Joyita
Sección 1
Joyita
Sobrecubierta
None
Tags: General Interest
OceanofPDF.com
Joyita
Sobrecubierta
None
Tags: General Interest
OceanofPDF.com
Patrick Modiano
Joyita
OceanofPDF.com
Las desconocidas.
Había transcurrido una docena de años desde que no me llamaban ya
«Joyita» y me encontraba en la estación de metro de Châtelet en la hora punta. Estaba entre el gentío que recorría el interminable pasadizo, en el pasillo rodante. Una mujer llevaba un abrigo amarillo. Me había llamado la atención el color del abrigo e iba viéndola de espaldas, en el pasillo rodante.
Luego seguía por el pasadizo donde indicaba «Dirección Château-de-Vincennes». Ahora estábamos parados, apretujados unos contra otros en medio de la escalera, esperando a que se abriera la portezuela. Se hallaba a mi lado. Entonces le vi la cara. El parecido de aquel rostro con el de mi madre era tan increíble que pensé que era ella.
Me vino a la memoria una foto, una de las pocas fotos que conservé de mi madre. Tenía la cara iluminada como si un proyector la hubiera hecho surgir de la noche. Siempre me he sentido violenta viendo esa foto. En mis sueños siempre era una foto antropométrica que me tendía alguien -un comisario de policía, un empleado del depósito de cadáveres-para que pudiera identificar a aquella persona. Pero yo me quedaba muda. No sabía nada de ella.
Se sentó en uno de los bancos de la estación, apartada del resto de la gente, que se apretaba al borde del andén a la espera del convoy. No quedaba sitio libre en el banco, a su lado, y yo aguardaba de pie, detrás, apoyada en una máquina automática. El corte de su abrigo seguramente había sido elegante en otro tiempo, y su color vivo le daba un toque de fantasía. Pero el amarillo se le había desvaído y vuelto casi gris. Parecía al margen de todo lo que la rodeaba y me pregunté si se quedaría allí, en el banco, hasta la hora del último metro. El mismo perfil que el de mi madre, la nariz tan particular, levemente respingona. Los mismos ojos claros. La misma frente alta. El pelo era más corto. No, no había cambiado mucho. Ya no tenía el pelo tan rubio, pero, después de todo, yo no sabía si mi madre había sido rubia de verdad. La boca se le contraía en un rictus de amargura.
Estaba segura de que era ella.
Dejó pasar un tren. El andén se quedó vacío unos minutos. Me senté en el banco, a su lado. Al poco, una multitud compacta volvió a ocupar todo el andén. Podría haber entablado conversación con ella. No encontraba las palabras y había demasiada gente alrededor.
Iba a quedarse dormida en el banco, pero, cuando el ruido del convoy no era aún más que un lejano temblor, se levantó. Subí al vagón detrás de ella. Estábamos separadas por un grupo de hombres que hablaban muy alto entre ellos.
Se cerraron las puertas y entonces pensé que tenía que haber cogido, como de costumbre, el metro en el otro sentido. En la estación siguiente me vi arrastrada al andén por la oleada de los que salían; luego, volví a subir al vagón y me acerqué a ella.
Bajo aquella luz tan intensa parecía más vieja que en el andén. Una cicatriz le cruzaba la sien izquierda y parte de la mejilla. ¿Qué edad tendría?
¿En torno a los cincuenta? ¿Y en las fotos? ¿Unos veinticinco? Tenía la mirada igual que a los veinticinco años, clara, con una expresión de extrañeza o temor vago, y se le endurecía de repente. La posó en mí por casualidad, pero no me veía. Se sacó una polvera del bolsillo del abrigo, la abrió, se acercó el espejo a la cara, y se fue pasando el dedo meñique de la mano izquierda por el rabillo del ojo, como para quitarse una mota de polvo. El metro cogía velocidad, pegó un bote, me agarré a la barra metálica, pero ella no perdió el equilibrio. Seguía impasible mirándose en la polvera. En Bastille, no sé ni cómo, consiguieron subirse todos, y a duras penas se cerraron las puertas. A ella le dio tiempo a guardarse la polvera antes de que la masa de gente abordara el vagón. ¿En qué estación se bajaría? ¿Pensaba seguirla hasta el final? ¿Era realmente necesario? Tendría que acostumbrarme a la idea de que vivía en la misma ciudad que yo. En su día me dijeron que había muerto, hacía mucho, en Marruecos, y jamás intenté saber nada más. «Murió en Marruecos», una de esas frases que datan de la infancia y cuyo significado no entiende una del todo. De esas frases sólo te queda en la memoria la sonoridad, como algunas letras de canciones que me daban miedo. «Era un pequeño navío…» «Murió en Marruecos.»
En mi partida de nacimiento figuraba su fecha de nacimiento: 1917, y en la época de las fotos pretendía tener veinticinco años. Pero seguro que, para entonces, ya había hecho trampa con la edad y se había falsificado la documentación con la idea de quitarse años. Se subió el cuello del abrigo como si tuviera frío en aquel vagón donde, sin embargo, viajábamos apiñados. Me fijé en que tenía las solapas completamente desgastadas.
¿Desde cuándo llevaba aquel abrigo? ¿Desde la época de las fotos? Por eso
estaba el amarillo tan desvaído. Llegaríamos al final de la línea y, allí, un autobús nos trasladaría hasta algún lugar perdido de las afueras. La abordaría en ese momento. Pasada la estación de Lyon había menos gente en el vagón. De nuevo se posaba en mí su mirada, pero era esa mirada que intercambian maquinalmente los viajeros entre sí. «¿Se acuerda usted de que me llamaban joyita? Por aquella época también adoptó usted un apellido falso. Y hasta un nombre falso, que era Sonia.»
Ahora estábamos sentadas una frente a otra en los asientos más cercanos a las puertas. «Intenté localizarla por la guía e incluso llamé a las cuatro o cinco personas que tenían el mismo nombre que el suyo de verdad, pero no habían oído hablar nunca de usted. Yo me decía que debería ir un día a Marruecos. Era la única manera de averiguar si estaba muerta en serio.»
Pasada Nation, el vagón circulaba vacío, pero ella seguía sentada en su sitio frente a mí, con las dos manos juntas y las mangas del abrigo grisáceo destapándole las muñecas.
Unas manos desnudas sin asomo de anillo ni pulsera, unas manos agrietadas. En las fotos llevaba pulseras y anillos, anillos macizos como los de la época. Pero, hoy, ya nada.
Cerró los ojos. En tres estaciones se acababa la línea. El metro se detendría en Château-de-Vincennes y yo me levantaría lo más discretamente posible, y saldría del vagón dejándola dormida en el asiento.
Cogería el otro metro, dirección Pont-de-Neuilly, como habría hecho si no me hubiera fijado en aquel abrigo amarillo un rato antes, en el pasillo.
El tren se detuvo suavemente en la estación de Bérault. Ella abrió los ojos, que recobraban así su duro brillo.
Echó un vistazo al andén y se levantó. Yo la seguía de nuevo por el pasillo, pero ahora estábamos solas. Entonces observé que llevaba esas zapatillas de punto, con forma de calcetines bajos, que se llamaban panchos, lo que acentuaba sus andares de antigua bailarina.
Una avenida ancha, orlada de edificios, en la linde entre Vincennes y Saint-Mandé. Caía la noche. Cruzó la avenida y entró en una cabina telefónica. Esperé a que cambiara varias veces el semáforo y crucé luego yo. En la cabina tardó cierto rato en encontrar unas monedas o una ficha. Yo hice como que estaba absorta en la luna de la tienda más próxima a la cabina, una farmacia que tenía en el escaparate ese cartel que tanto me asustaba de niña: el diablo echando fuego por la boca. Me volví. Estaba
marcando despacito un número de teléfono, como si fuera la primera vez.
Apoyaba el auricular en el oído aferrándolo con las dos manos. Pero no contestaban en ese número. Colgó, se sacó un papelito de uno de los bolsillos del abrigo y, mientras iba haciendo girar el dial del teléfono con el dedo, no apartaba la vista del papelito.
Fue entonces cuando me pregunté si tendría domicilio en algún sitio.
Esta vez le contestó alguien. Yo veía el movimiento de sus labios a través del cristal. Seguía sosteniendo el auricular con las dos manos y de cuando en cuando meneaba la cabeza, como para concentrar toda su atención. A tenor de los movimientos de los labios, hablaba cada vez más alto, pero aquella vehemencia acababa por calmársele. ¿A quién estaría llamando? Entre los escasos objetos que me quedaban de ella en la caja de galletas de metal, una agenda y una libreta de direcciones databan de la época de las fotos, de cuando me llamaban Joyita. De más joven no me había entrado nunca la curiosidad de ojear la agenda y la libreta, pero hacía algún tiempo que las hojeaba un rato por la noche. Nombres.
Números de teléfono. Sabía de sobra que no valía la pena marcarlos.
Además, no me apetecía.
En la cabina, ella seguía hablando. Parecía tan absorta en la conversación que podía acercarme sin que notara mi presencia. Hasta podía hacer como que estaba esperando mi turno para telefonear, y captar a través del cristal algunas palabras que pudieran ayudarme a comprender mejor qué había sido de aquella mujer del abrigo amarillo y los panchos.
Pero no oía nada. Seguramente estaba llamando a alguno de los que figuraban en la libreta, al único al que no hubiera perdido de vista o que no se hubiera muerto todavía. Muchas veces alguien se mantiene ahí, durante toda tu vida, y no consigues desanimarlo nunca. Lo mismo te ha conocido en tiempos de bonanza, pero, más tarde, es capaz de secundarte en las penurias, sin cejar en su admiración, siendo el único que sigue concediéndote crédito, sintiendo por ti eso que llaman la fe del carbonero.
Un mendigo como tú. Un perrillo fiel. Un eterno sufridor. Yo intentaba imaginarme cómo sería el aspecto de ese hombre, o esa mujer, al otro lado del teléfono.
Salió de la cabina. Me echó una mirada indiferente, la misma mirada del metro. Abrí la puerta de cristal. Sin meter una ficha en la ranura marqué al
tuntún, por hacer el paripé, un número de teléfono, esperando que se alejara un poco.
Sostenía el auricular contra la oreja, y no daba ni tono. El silencio. No era capaz de decidirme a colgar.
Entró en el café, junto a la farmacia. Dudé antes de seguirla, pero me dije que no se fijaría en mí. ¿Quiénes éramos nosotras dos? Una mujer de edad incierta y una joven perdidas entre la masa del metro. De esa masa de gente nadie habría logrado distinguimos. Y cuando volvimos a subir al aire libre éramos como tantos miles y miles de personas que regresan por la noche a las afueras.
Estaba en una mesa del fondo. El rubio mofletudo de la barra le puso un kir Había que averiguar si iba allí cada noche a la misma hora. Me propuse quedarme con el nombre del café. Calciat; avenue de Paris número 96. El nombre estaba impreso en el cristal de la puerta, arqueado en semicírculo, y en caracteres blancos. En el metro, en el camino de vuelta, iba repitiéndome el nombre y la dirección para anotarlos en cuanto pudiera. No se muere en Marruecos. Se sigue viviendo una vida clandestina, después de la propia vida. Una se toma cada noche un kir en el café Calciat, y al final los clientes acaban por acostumbrarse a esa mujer del abrigo amarillo. Nadie le ha preguntado nunca nada.
Me senté a una mesa, no muy lejos de la suya. Yo también pedí un kir, en voz alta, para que lo oyera, con la esperanza de que viera en ello un signo de connivencia. Pero permaneció impasible. Guardaba la cabeza levemente inclinada, con la mirada al tiempo dura y melancólica, los brazos cruzados y apoyados en la mesa, en la misma actitud que la que mostraba en el cuadro. ¿Qué habría sido de aquel cuadro? Me siguió durante toda la infancia. Estaba colgado en la pared de mi cuarto de Fossombronne-laForét. Me dijeron: «Es el retrato de tu madre». Era obra de un tipo que se llamaba Tola Soungouroff. Lo pintó en París. El nombre y la ciudad figuraban al pie del cuadro, a la izquierda. Tenía los brazos cruzados, como ahora, con la diferencia de que en una de las muñecas llevaba puesta una pesada pulsera de cadena.
Aquello podía servirme de excusa para entablar una conversación. «Se parece usted a una mujer que vi la semana pasada en un cuadro del rastro, en porte de Clignancourt. El pintor se llamaba Tola Soungouroff.» Pero no tenía el coraje de levantarme y dirigirme a ella. Suponiendo que fuera capaz
de pronunciar la frase sin equivocarme: «El pintor se llamaba Tola Soungouroff, y usted, Sonia, pero era un nombre falso; el auténtico, como puede leerse en mi partida de nacimiento, era Suzanne». Sí, una vez pronunciada la frase, muy deprisa, ¿qué ganaría con eso? Haría como que no entendía, o se le atropellarían las palabras en la boca, y le saldrían sin orden ni Aperitivo francés a base de vino blanco y licor de «cassis»
(grosella negra). (N. del T.) concierto, porque hacía muchísimo que no hablaba con nadie. Pero mentiría, jugaría al despiste, como ya hizo en la época del cuadro y las fotos inventándose la edad y un nombre falso. Y
también un apellido falso. Y hasta un falso título nobiliario. Dejaba correr el bulo de que había nacido en una familia de la aristocracia irlandesa.
Supongo que se le cruzaría en el camino algún irlandés, porque si no, no se le habría ocurrido una idea semejante. Un irlandés. Quizá mi padre -
resultaría muy difícil volver a localizarlo y debió de olvidarse de él. Seguro que se había olvidado de todo lo demás y se hubiera llevado un buen chasco de sacarle yo el asunto.
Se trataba de otra persona distinta de ella. Con el tiempo se habían disipado las mentiras. Pero, en su día, estoy segura de que se las había creído a pie juntillas.
El rubio mofletudo le puso otro kir. Ahora había muchos clientes en la barra. Y todas las mesas estaban ocupadas. En aquel guirigay no habríamos podido ni oírnos. Tenía la sensación de seguir dentro del vagón del metro. O
de estar, más bien, en la sala de espera de una estación, sin saber exactamente qué tren me tocaba coger. Pero ya no había tren para ella.
Estaba retrasando la hora de regresar a su casa. No estaba muy lejos, seguro. Yo tenía muchísima curiosidad por saber dónde. No me apetecía nada hablar con ella, no sentía por ella nada en especial. Las circunstancias habían impedido que hubiera entre nosotras eso que llaman la leche de la bondad humana. Lo único que deseaba saber era dónde había ido a parar, doce años después de su muerte en Marruecos.
Cf. Macbeth, de Shakespeare, acto 1, escena V. (N. del T) Era una callecita, por la zona del castillo o el fuerte. No conozco muy bien la diferencia entre una cosa y otra. La componían casas bajas, garajes y hasta cuadras. De hecho, se llamaba rue du Quartier-de-Cavalerie. En la acera de la derecha, hacia la mitad, se perfilaba la mole de un gran edificio de ladrillo oscuro. Ya era bien de noche cuando nos metimos en la calle. Yo
seguía andando unos metros detrás de ella, pero poco a poco iba reduciendo la distancia entre nosotras. Tenía la certeza de que no se percataría ni aunque anduviera a su altura. Volví de día a aquella calle. Pasabas el edificio de ladrillo y, más allá, ibas a salir al vacío. El cielo estaba despejado. Pero, cuando llegabas al final de la calle, caías en la cuenta de que daba a una especie de descampado que, a su vez, bordeaba una extensión más amplia. Un cartel indicaba: «Campo de maniobras». Al otro lado comenzaba el bosque de Vincennes. De noche, aquella calle se parecía a cualquier calle de las afueras: Asniéres, Issyles-Moulineaux, Levallois…
Ella avanzaba despacio, con sus andares de ex bailarina. No debía de resultarle fácil con los panchos.
El edificio, con su oscura mole, destacaba sobre todas las demás construcciones. Una se preguntaba por qué lo habrían levantado en aquella calle. En la planta baja, una tienda de alimentación a punto de cerrar. Ya habían apagado los neones y sólo alumbraba ya una luz en la caja. Yo la veía a través del cristal cogiendo en el estante del fondo una lata de conserva, y luego otra. Y un paquete negro. ¿Café? ¿Achicoria? Llevaba las latas de conserva y el paquete abrazados contra el abrigo, pero, al llegar a la caja, hizo un movimiento en falso. Se le cayeron las latas y el paquete negro. El tipo de la caja se los recogió. Sonreía. Los labios de una y otro se movían, y a mí me hubiera encantado saber cómo la llamaba. ¿Por el nombre de verdad, el de joven? Salió, y seguía sujetando las latas de conserva y el paquete con ambos brazos contra el abrigo, un poco como se lleva a un recién nacido. Estuve en un tris de ofrecerle mi ayuda, pero, repentinamente, la rue du Quartierde-Cavalerie me pareció muy lejos de París, perdida en alguna región remota, alguna ciudad fronteriza. Pronto iba a cerrar todo, la ciudad se quedaría desierta y me perdería el último tren.
Pasó por la verja. En cuanto vi de lejos aquella mole de ladrillo oscuro, tuve el presentimiento de que vivía allí. Ahora cruzaba un patio, y al fondo se elevaban varios edificios iguales al de la calle. Iba andando cada vez más despacio, como si tuviera miedo de que se le cayeran las compras. De espaldas, cualquiera hubiera dicho que llevaba una carga demasiado pesada para sus fuerzas, y que era ella la que podía caerse en cualquier momento.
Entró en uno de los edificios, al fondo del todo, hacia la izquierda.
Estaba indicada cada una de las diversas entradas: Escalera A. Escalera B.
Escalera C. Escalera D. La suya era la escalera A. Me quedé un rato frente a
la fachada, esperando a que se iluminara alguna ventana. Pero esperé para nada. Me pregunté si habría ascensor. Me la imaginé subiendo por la escalera A y apretando contra ella las latas de conserva. No se me quitaba esa idea de la cabeza, ni en el metro de vuelta.
Repetí el mismo camino los días siguientes al final de la tarde. Justo a la hora a la que me había encontrado con ella la primera vez, me quedaba esperándola, sentada en un banco, en la estación de Châtelet. Al acecho del abrigo amarillo.
Cuando se va el metro se abre la portezuela, y la oleada de viajeros se desperdiga por el andén. Con el tren siguiente se apelotonarán en los vagones. El andén está vacío, se llena de nuevo y acaba por relajarse la atención. Te dejas atontar por las idas y venidas de la gente, no ves ya nada concreto, ni siquiera un abrigo amarillo. Un mar de fondo te arrastra a uno de los vagones. Recuerdo que, en esa época, desfilaban los mismos carteles en todas las estaciones. Una pareja con tres niños rubios en torno a una mesa, por la noche, en un chalet de montaña. Les iluminaba la cara una lámpara.
Afuera caía la nieve. Debía de ser Navidad. En la parte alta del cartel se leía: PUPIER, CHOCOLATE DE LAS FAMILIAS.
La primera semana fui una sola vez a Vincennes. La semana siguiente, dos veces. Luego, otras dos más. En el café había demasiada gente hacia las siete de la tarde para que nadie se fijara en mí. La segunda vez me arriesgué a preguntar al rubio mofletudo que servía las consumiciones si iba a venir hoy la señora del abrigo amarillo. Frunció el ceño como si no entendiera.
Lo reclamaban desde una mesa próxima. Creo que no me oyó. Pero no habría tenido tiempo de contestarme. Para él también era hora punta. A lo mejor ella no era asidua de aquel café. No vivía en aquel barrio. La persona a la que había llamado desde la cabina vivía en el edificio de ladrillo y había ido a visitarla aquella noche. Le llevó unas latas de conserva. Un rato después cogió el metro en el otro sentido, como hice yo, y regresó a su casa, a una dirección que yo no sabría nunca. La única referencia clara era la escalera A. Pero me tocaría ir llamando puerta a puerta en cada rellano, y preguntar a quienes tuvieran a bien abrirme si conocían a una mujer de unos cincuenta años con un abrigo amarillo y una cicatriz en la cara. Sí, había ido una noche de la semana anterior, después de comprar en la tienda que daba
a la calle unas latas de conserva y un paquete de café. ¿Qué iban a contestarme? Había soñado todo eso.
Y, sin embargo, terminó por volver a aparecer a la quinta semana. En el momento en que yo salía de la boca de metro, la vi en la cabina telefónica.
Llevaba su abrigo amarillo. Me pregunté si acababa también ella de salir del metro. Habría entonces en su vida trayectos y horarios regulares… Me costaba imaginarla ejerciendo un trabajo diario, como todos los que cogían el metro a esa hora. Estación de Châtelet. Era demasiado vago para saber algo más. Sobre las seis de la tarde docenas de miles de personas van a parar a la estación de Châtelet, antes de desperdigarse por los cuatro puntos cardinales haciendo transbordos. Sus rastros se mezclan y se confunden definitivamente. En esa oleada existen puntos fijos. No debería haberme conformado con esperar en uno de los bancos de la estación. Hay que aguardar un buen rato en los lugares donde están las taquillas y los quioscos de prensa, en el largo pasillo de las escaleras mecánicas, sin olvidar los otros. Hay gente que se pasa allí todo el día, pero sólo reparamos en ellos tras un periodo de aclimatación. Mendigos. Músicos ambulantes.
Carteristas. Enajenados que no volverán a subir nunca más a la superficie.
A lo mejor ella tampoco salía en todo el día de la estación de Châtelet. Yo la observaba en la cabina telefónica. Era como la primera vez, no parecía lograr comunicación de inmediato. Otra vez marcaba el número. Se ponía a hablar, pero la conversación duraba mucho menos que el otro día.
Colgaba con gesto seco. Salía de la cabina. No se paraba en el café.
Seguía por la avenue de Paris, con sus consabidos andares de ex bailarina.
Llegábamos a Château-de-Vincennes. ¿Por qué no se apeaba en esa estación de metro, que era el final de la línea? ¿Por la cabina telefónica y el café donde solía tomarse un kir antes de regresar a casa? ¿Y las otras noches en que no la había visto yo? Seguro que esas noches se había apeado en la estación de Château-de-Vincennes. Tenía que hablar con ella, de lo contrario acabaría por darse cuenta de que la andaban siguiendo. Yo buscaba una frase, la más breve posible. Le daría la mano sin más. Le diría:
«Usted me puso Joyita. Tiene que acordarse…». Nos estábamos acercando al edificio y, como la primera noche, no me veía con ánimo para abordarla.
Todo lo contrario: la iba dejando distanciarse, sentía que me subía por las piernas una debilidad de plomo. Pero también una especie de alivio a medida que se alejaba. Aquella noche no se paró en la tienda a comprar
latas de conserva. Mientras cruzaba el patio del edificio, yo me quedé detrás de la verja. El patio sólo estaba iluminado por un globo en el porche de la escalera A. Bajo aquella luz, el abrigo recobraba su color amarillo. Ella iba encorvándose levemente y avanzaba hacia la entrada de la escalera A con paso agotado. Me vino a la memoria el título de un libro con santos que yo leía en la época en que me llamaba Joyita: El viejo caballo de circo.
Cuando desapareció, pasé la verja. En la parte de la izquierda, una puerta cristalera con una placa, una lista de nombres por orden alfabético y, junto a cada uno de ellos, la escalera correspondiente. Detrás del cristal había luz.
Llamé. Por el resquicio de la puerta asomó el rostro de una mujer morena, de pelo corto, bastante joven. Le dije que estaba buscando a una señora que vivía allí. Una señora sola de abrigo amarillo.
En lugar de cerrar la puerta sin más, frunció el ceño como si tratara de recordar un nombre.
–Debe de ser la señora Boré. Escalera A… ya no sé qué piso.
Iba recorriendo la lista con un dedo. Me señalaba un nombre. Boré.
Escalera A. Cuarto piso. Empecé a cruzar el patio. Cuando sentí que cerraba la portería, di media vuelta y me escurrí a la calle.
Aquella noche, durante todo el trayecto de vuelta en metro, estaba segura de que no se me iría de la cabeza aquel apellido. Boré. Sí, se parecía al apellido del hombre que, de acuerdo con lo que creí entender en su día, era hermano de mi madre, un tal Jean Bori. Me llevaba los jueves a su garaje. ¿Era mera coincidencia? No obstante, el apellido de mi madre que figuraba en mi partida de nacimiento era Cardéres. Y O'Dauyé el apellido que adoptó; su nombre artístico, digamos.
Todo esto es de cuando yo me llamaba Joyita… Ya en mi cuarto, estuve mirando otra vez las fotos, abrí la agenda y la libreta de direcciones, que estaban guardadas en la vieja caja de galletas, y, en medio de la agenda, me topé con la hoja de papel arrancada de un cuaderno escolar -lo conocía de sobra-. La minúscula caligrafía en tinta azul no era la de mi madre. En la parte superior de la página ponía: SONIA CARDÈRES. Debajo del nombre, una raya. Y la raya daba paso a estas líneas, que abarrotaban los márgenes.
Cita fallida. Desdichada en septiembre. Desavenencia con una mujer rubia. Tendencia a dejarse llevar por soluciones peligrosamente fáciles.
Nunca se volverá a recuperar lo perdido. Flechazo por un hombre no francés.
Cambio en los meses que vienen. Tenga cuidado a finales de julio.
Visita de un desconocido. No hay peligro pero, con todo, prudencia. El viaje finalizará bien.
Había consultado a una echadora de cartas o a alguna quiromante.
Supongo que no se sentía muy segura respecto al futuro. Tendencia a dejarse llevar por soluciones peligrosamente fáciles. Le entró miedo, de golpe, como en uno de esos artefactos de feria que llaman gusanos o scenic railway. Demasiado tarde para bajarse. Cogen velocidad y una se pregunta enseguida si no irán a descarrilar. Ella veía venir la torta. Desdichada en septiembre. Seguramente el verano en que de buenas a primeras me vi sola en el campo. El tren estaba atestado. Yo llevaba al cuello un papelito con una El «tren panorámico». Anglicismo de la época referido a las «montañas rusas». (N. del T) dirección escrita. Nunca se volverá a recuperar lo perdido. En el campo, algo más tarde, recibí una postal. Está en el fondo de la caja de galletas. Casablanca. La plaza de Francia.
«Muchos besos.» Ni siquiera llevaba firma. Una letra gorda, la misma que en la agenda y la libreta de direcciones.
Antiguamente enseñaban a las niñas de la edad de mi madre a escribir muy grande. Flechazo por un hombre no francés: pero ¿cuál? En la libreta figuran varios nombres que no son franceses. Tenga cuidado a finales de julio. Fue el mes en que me enviaron al campo, a Fossombronne-la-Forêt.
En mi cuarto colgaba de la pared el cuadro de Tola Soungouroff, así que cada mañana, al despertarme, mi madre me clavaba la mirada. Después de la postal no volví a recibir la menor señal de vida. Sólo me quedaba de ella aquella mirada por la mañana, y también por la noche, cuando leía acostada, o si estaba enferma. Al cabo de un rato me daba cuenta de que no se dirigía a mí, sino que era una mirada perdida.
No hay peligro pero, con todo, prudencia. El viaje finalizará bien. Creo que se equivocó la echadora de cartas, pero a lo mejor ocultaba parte de la verdad para no desesperar a sus clientes. Me hubiera gustado saber qué ropa llevaba mi madre aquel día en la estación de Austerlitz, cuando llegó a París. El abrigo amarillo, no. Y también sentía haber perdido aquel libro con santos que se llamaba El viejo caballo de circo. Me lo habían dado en el campo, en Fossombronne-la-Forét. Pero me estoy liando… Creo que ya lo
tenía en el piso de París. Por otro lado, también el cuadro colgaba de la pared de una de las habitaciones de aquel piso, la habitación inmensa con los tres peldaños forrados de felpa blanca. En la cubierta del libro resaltaba un caballo negro. Estaba dando una vuelta a la pista, se diría que la última, con la cabeza inclinada, aspecto de cansancio, como si estuviera en un tris de caerse a cada paso.
Sí, mientras la vi cruzando el patio de la finca me vino de golpe a las mientes la imagen del caballo negro. Andaba alrededor de la pista y daba la impresión de que los arreos le pesaran horrores. Eran del mismo color que el abrigo.
Amarillos.
La tarde en que creí reconocer a mi madre en el metro hacía ya algún tiempo que conocía a aquel hombre que se llamaba Moreau o Badmaev.
Coincidimos en la librería Mattei, en el boulevard de Clichy. Cerraba muy tarde. Yo estaba buscando una novela policiaca. A las doce de la noche éramos los dos únicos clientes, y me aconsejó un título de la Série Noire.
Luego nos fuimos charlando por el paseo central del bulevar. Le salía a ratos una curiosa entonación que me hacía pensar que era extranjero. Más tarde me explicó que había heredado aquel apellido, Badmaev, de un padre al que apenas llegó a conocer. Un ruso. Pero su madre era francesa. En el papelito donde ese primer día me escribió su dirección ponía: Moreau-Badmaev.
Hablamos de todo y de nada. Aquella noche no me dijo gran cosa sobre él, salvo que vivía en la zona de porte d'Orléans y que estaba allí por casualidad. Y era una agradable casualidad, porque me había conocido. Le apetecía saber si yo leía otros libros aparte de novelas policiacas. Le acompañé hasta la estación de metro de Pigalle. Me preguntó si podíamos volver a vernos. Y me dijo con una sonrisa:
–Así intentaremos ver las cosas con más claridad.
Esa frase me llamó mucho la atención. Era como si pudiera leerme el pensamiento. Sí. Había llegado a un periodo de mi vida en que deseaba ver las cosas con más claridad.
Me resultaba todo tan confuso desde el principio, desde mis más antiguos recuerdos de infancia… A veces me Colección de novela negra de la editorial Gallimard. (N. de/ T) rondaban, hacia las cinco de la mañana, a esa hora peligrosa en que ya no consigues volver a dormirte. Entonces
esperaba, antes de salir a la calle, para asegurarme de que estuvieran abiertos los primeros cafés. Sabía de sobra que, nada más poner los pies fuera, se me esfumarían esos recuerdos como retazos de malos sueños. Y
eso en cualquier época del año. Las mañanas de invierno en que aún es de noche, el aire vivo, las luces que brillan y los primeros clientes congregados ante la barra cual conspiradores te dan la ilusión de que la jornada que empieza será una nueva aventura. Y esa ilusión te acompaña parte de la mañana. En verano, cuando la jornada se anuncia muy calurosa y todavía no hay mucha circulación, yo estaba sentada en la primera terraza abierta, y me decía que bastaba con bajar por la rue Blanche para ir a dar a la playa.
También esas mañanas se disipaban todos los malos recuerdos.
El Moreau-Badmaev quedó conmigo en la porte d'Orléans, en un café que se llamaba Le Corentin. Llegué la primera. Ya era de noche a las siete.
Me había advertido de que no podía ir antes porque trabajaba en una oficina. Vi entrar a un tipo de unos veinticinco años, alto, moreno, con chaqueta de cuero. Me localizó enseguida y se sentó frente a mí. Yo había temido que no me reconociera. Él no sabría nunca que me había llamado Joyita. ¿Quién lo sabía aún, aparte de mí? ¿Y mi madre? A lo mejor uno de estos días debería decírselo. Para intentar ver las cosas con más claridad.
Me sonrió. Me dijo que tuvo miedo de no poder venir.
Aquella tarde lo habían entretenido más de la cuenta. Y luego, sus horarios de trabajo cambiaban de una semana a otra. En ese momento estaba trabajando de día, pero la semana siguiente le tocaba de diez de la noche a siete de la mañana. Le pregunté qué hacía. Sintonizaba programas de radio en lenguas extranjeras y redactaba la traducción y un resumen. Y
eso para un organismo del que no entendí muy bien si dependía de una agencia de prensa o de un ministerio.
Lo habían contratado para ese trabajo porque manejaba unos veinte idiomas. Yo, que no hablaba más que francés, estaba muy impresionada.
Pero me dijo que no era tan difícil. Una vez aprendidas dos o tres lenguas, bastaba con seguir la propia inercia. Estaba al alcance de cualquiera. Y yo,
¿a qué me dedicaba? Bueno, de momento vivía de trabajitos a tiempo parcial, pero esperaba encontrar tarde o temprano un trabajo fijo. Me hacía mucha falta -sobre todo para la moral.
Se inclinó hacía mí y bajó la voz: -¿Por qué? ¿Anda floja de moral?
No me incomodó la pregunta. Apenas lo conocía, pero con él me sentía en confianza. – ¿Qué busca exactamente en la vida?
Daba la impresión de disculparse por aquella pregunta vaga y solemne.
Me miraba fijamente con sus ojos claros y noté que eran de un color azul casi gris. Tenía también unas manos muy bonitas.
–Qué busco en la vida…
Intentaba lanzarme, era imprescindible que le contestara algo. Un tipo como él, con sus veinte lenguas, no entendería que me quedara sin respuesta.
–Busco… contactos humanos…
No pareció decepcionarle mi respuesta. De nuevo aquella mirada clara que me envolvía y me hacía bajar los ojos. Y aquellas hermosas manos, estiradas encima de la mesa, de finos y largos dedos que me imaginaba corriendo por las teclas de un piano. Yo era tan sensible a las miradas y a las manos… Me dijo:
–Hay un término que ha empleado usted hace un instante y que me ha llamado la atención… el término «fijo»…
Ya no me acordaba. Me resultaba halagador que concediera importancia a las pocas palabras que había pronunciado. Unas palabras tan triviales.
–El problema es encontrar un punto fijo…
En ese momento, a pesar de su calma y la dulzura de su voz, me pareció tan ansioso como yo. Por lo demás, me preguntó si me embargaba esa desagradable sensación de flotar, como si te arrastrara una corriente y no pudieras aferrarte a nada.
Sí, eso era más o menos lo que sentía. Los días se sucedían sin que nada permitiera distinguir unos de otros, en un deslizamiento tan regular como el del pasillo rodante de la estación de Châtelet. Yo era arrastrada por un pasillo interminable y ni siquiera necesitaba dar un paso. Y, sin embargo, una tarde próxima me iba a topar de buenas a primeras con un abrigo amarillo. Entre toda aquella masa de desconocidos con la que acababa por confundirme iba a resaltar un color que no debía perder de vista si aspiraba a descubrir un poco más sobre mí misma.
–Hay que encontrar un punto fijo para que la vida deje de ser esa perpetua flotación…
Me sonreía como deseando atenuar la seriedad de sus palabras.
–Una vez que encontremos el punto fijo, entonces todo irá mejor, ¿no le parece?
Sentí que trataba de recordar mi nombre. De nuevo me entraron ganas de presentarme diciéndole: «Me llamaban Joyita». Le explicaría todo desde el principio. Pero dije simplemente:
–Mi nombre de pila es Thérèse.
La otra noche, en el paseo central, le pregunté cuál era el suyo y él contestó: «Nada de nombre de pila. Llámeme Badmaev, sin más. O, si prefiere, Moreau». Aquello me extrañó, pero más tarde pensé que era por voluntad expresa de protegerse y guardar las distancias. No le apetecía entablar una intimidad demasiado grande con la gente. A lo mejor ocultaba algo.
Me propuso pasar por su casa. Para prestarme un libro. Vivía en los bloques de viviendas frente al café Le Corentin, al otro lado del boulevard Jourdan. Edificios de ladrillo, como el de Víncennes en el que luego yo vería a mi madre cruzando el patio. Ibamos caminando junto a unas fachadas todas iguales. En el 11 de una rue Monticelli subimos las escaleras hasta el cuarto piso. La puerta daba a un pasillo de linóleo rojo oscuro. Al fondo del pasillo, entramos en su habitación. Un colchón en el mismo suelo y pilas de libros pegados a las paredes. Me invitó a sentarme en la única silla, frente a la ventana.
–Antes de que se me olvide… Tengo que darle este libro…
Se agachó sobre las pilas de libros v las examinó una a una. Al final sacó un libro que destacaba entre los otros por su cubierta roja. Me lo tendió. Lo abrí por la página del título:
En los confines de la vida.
Daba la impresión de disculparse. Incluso dijo:
–Si la aburre, no tiene por qué leerlo.
Se sentó en la orilla de la cama. La habitación estaba iluminada únicamente por una bombilla desnuda, fijada en la punta de un largo trípode. La bombilla era muy pequeña y de escasísima intensidad. Junto a la cama, en lugar de una mesilla de noche, un enorme aparato de radio, de esos con tela. Yo ya había visto otro igual en Fossombronne-la-Forét.
Me resultó muy llamativo.
–Le tengo cariño a este aparato -me dijo-. En ocasiones lo uso para mi trabajo. Cuando puedo hacerlo en casa…
Se agachó y accionó el botón. Se encendió una luz verde.
Se oía una voz sorda que hablaba en un idioma extranjero. – ¿Le apetece saber cómo trabajo?
Cogió un bloc de papel de cartas y un bolígrafo que estaban encima del aparato de radio. Iba escribiendo a medida que escuchaba la voz.
–Es muy fácil… Lo cojo todo en taquigrafía.
Se acercó y me tendió el papel. Desde aquella tarde he guardado aquel papel siempre conmigo.
Algo por debajo de los signos taquigráficos, se leía: Niet lang geleden slaagden matrozen er in de sirenen, enkele mijlen zuidelijd van de azoren, te vangen.
Y la traducción: «Hace no mucho de esto, unos marineros lograron atrapar a unas sirenas a pocas millas al sur de las Azores».
–Es en neerlandés. Pero lo ha leído con leve acento flamenco de Amberes.
Giró el botón para que dejáramos de oír la voz. No quitó la luz verde.
Pues ése era su trabajo. Le daban una lista de programas que escuchar, de día o de noche, y tenía que hacer la traducción para el día siguiente.
–En ocasiones son programas que llegan de muy lejos… locutores que hablan lenguas raras.
Los oía de noche, en su habitación, para entrenarse. Me lo imaginaba tumbado en la cama, en la oscuridad traspasada por aquella luz verde.
Se sentó de nuevo en la orilla de la cama. Me dijo que desde que vivía en aquel apartamento prácticamente no usaba la cocina. Había otra habitación, pero la había dejado vacía y no entraba nunca en ella. Además, a fuerza de escuchar tanta radio extranjera, terminaba no sabiendo ya muy bien en qué país estaba.
La ventana daba a un patio grande y a las fachadas de otros edificios, donde estaban iluminadas, en todos los pisos, otras ventanas. Cierto tiempo después, cuando seguí a mi madre por primera vez hasta su domicilio, estaba segura de que la vista desde su habitación era la misma que la de casa de Moreau-Badmaev. Consulté la guía con la esperanza de encontrar su nombre y me sorprendió la cantidad de gente que vivía allí. Unas cincuenta personas, entre ellas una docena de mujeres solas. Pero no aparecía su nombre de soltera, ni el nombre inventado que utilizó en su día. La portera no me había indicado todavía que se llamaba Boré. Y luego tuve que volver
a consultar la guía por calles. Había perdido el número de teléfono de Moreau-Badmaev. En su dirección aparecían tantos nombres como en la de mi madre. Sí, los bloques de casas, en Vincennes y en porte d'Orléans, eran aproximadamente los mismos. Su nombre, Moreau-Badmaev, figuraba en la lista. Era la prueba de que no lo había soñado.
Aquella tarde, en el momento en que estaba yo mirando por la ventana, me dijo que la vista era «un poco triste». Al principio de estar allí le había invadido una sensación de ahogo. Se oían todos los ruidos de los vecinos, de los de la misma planta, de los de arriba y de los de abajo.
Un jaleo continuo, como el de las cárceles. Llegó a pensar que estaba encerrado para los restos en una celda en medio de cientos y cientos de otras celdas ocupadas por familias o personas solas como él. En ese momento regresaba de un largo viaje a Irán durante el que había perdido la costumbre de París y las grandes ciudades. Había pasado allí una temporada para intentar aprender un idioma, el «persa de las praderas».
No lo enseñaba ningún profesor, ni en la Escuela de Lenguas Orientales.
Así que tocaba ir al país. Había hecho el viaje el año anterior. El regreso a París, a porte d'Orléans, le resultó difícil, pero ahora ya no le molestaban en absoluto los ruidos de los demás inquilinos. Le bastaba con encender el aparato de radio y girar lentamente el botón. Y otra vez se encontraba muy lejos. Ya ni le hacía falta viajar. Bastaba con que se encendiera la luz verde.
–Si le apetece, podría enseñarle el persa de las praderas…
Lo dijo de broma, pero la frase me resonó en la cabeza debido a la palabra «praderas». Pensé que iba a marcharme pronto de aquella ciudad y que no tenía ningún motivo serio para sentirme prisionera de nada. Ante mí se abrían todos los horizontes, praderas hasta perderse de vista que bajaban hacia el mar. Por última vez quería reunir unos cuantos pobres recuerdos, reencontrar algún rastro de mi infancia, como ese viajero que se guardará hasta el final en el bolsillo un viejo carnet de identidad caducado. No había gran cosa que reunir antes de irme.
Eran las nueve de la noche. Le dije que tenía que volver a casa. La próxima vez me invitaría a cenar, si me parecía bien.
Y me daría una clase de persa de las praderas.
Me acompañó hasta la estación de metro. Yo no reconocía la porte d'Orléans, y eso que hasta los dieciséis años llegaba a ella cada vez que
venía a París. En aquella época, el coche de línea que cogía en Fossombronne-la-Forét paraba delante del café de la Rotonde.
Él me seguía hablando del persa de las praderas. Esa lengua, me explicaba, se parecía al finlandés. Era igual de agradable de oír. Transmitía la caricia del viento entre las hierbas y el rumor de las cascadas.
Al principio de todo notaba un olor muy raro en la escalera. Venía de la moqueta roja. Debía de estar pudriéndose poco a poco. Ya se veía asomando, en diversos sitios, la madera de los peldaños. Tanta gente había subido por aquellos escalones, los había bajado en la época en que fue hotel… La escalera era empinada y arrancaba nada más pasar la puerta cochera. Yo sabía que mi madre había vivido en aquel hotel. La dirección figuraba en mi partida de nacimiento. Un día en que estaba ojeando los anuncios por palabras en busca de una habitación de alquiler, me extrañó encontrarme con dicha dirección en las páginas de «Alquiler de estudios».
Me presenté a la hora indicada. Me estaba esperando en la acera un señor de unos cincuenta años, de tez colorada. Me enseñó, en el primer piso, una habitación con un cuartito de baño. Me pidió tres meses por adelantado «en efectivo». Por suerte me quedaba esa cantidad sobre poco más o menos. Me llevó al café, en la esquina del boulevard de Clichy, para rellenar y firmar los papeles. Me explicó que habían cerrado el hotel y habían convertido las habitaciones en «estudios».
–Mi madre vivió en este hotel…
Me oí pronunciando lentamente esta frase y me sorprendió a mí misma.
¿Qué mosca me había picado? Él dijo, con voz distraída: «¿Ah, sí? ¿Su madre?». Tenía edad para haberla conocido. Le pregunté si, en el pasado, se había dedicado al hotel. No. Lo había comprado el año pasado con unos socios y habían hecho unas reformas. – ¿Sabe? – me dijo-. No era precisamente un hotel muy brillante.
Y la primera noche pensé que a lo mejor mi madre había ocupado la habitación en la que estaba yo. Así que la tarde en que andaba intentando alquilar una habitación y me topé en el periódico con la dirección, 11, rue Coustou, fue cuando se desencadenó todo. Hacía ya algún tiempo que me daba por abrir la vieja caja de galletas, hojeaba la agenda y la libreta de direcciones, miraba las fotos… Hasta entonces, he de confesar que no había abierto nunca la caja o, si acaso, cuando lo hice, no se me había ocurrido husmear en lo que para mí eran meros papelajos de otra época. Desde la
infancia estaba acostumbrada a aquella caja, me había seguido como el cuadro de Tola Soungouroff, formaba parte del paisaje desde siempre. Hasta había guardado en ella algunas piezas de bisutería. Tú no te fijas en los objetos que te acompañan hace mucho. Y si resulta que los pierdes, te das cuenta de que se te han escapado ciertos detalles. Por ejemplo, ya no me acordaba de cómo era el marco del cuadro de Soungouroff. Y si se me hubiera perdido la caja de galletas, se me habría olvidado que en la tapa había pegada una etiqueta medio rasgada donde aún podía leerse LEFÈVRE-UTILE. Hay que desconfiar de esos a los que llaman testigos.
Había regresado al punto de partida, teniendo en cuenta que aquella dirección figuraba en mi partida de nacimiento como el domicilio de mi madre. Y seguramente yo habría vivido también allí muy al principio de mi vida. Una tarde en que Moreau-Badmaev me acompañaba hasta casa le conté todo esto, y me dijo:
–Entonces, ha vuelto usted a su vieja casa familiar.
Y nos echamos a reír los dos. El portón está cubierto de madreselva, permaneció cerrado tanto tiempo que empezaron a crecerle hierbas por detrás y sólo es posible entreabrirlo y colarse entre los dos batientes. Al fondo de la pradera, bajo la luna, el castillo de nuestra infancia. Más allá, a la izquierda, sigue estando el cedro. Ahora penetramos en el castillo. Con un candelabro en la mano, cruzamos el salón azul y la galería con los retratos de los antepasados puestos en hilera. No ha cambiado nada, todo ha permanecido en el mismo sitio bajo una capa de polvo. Subimos por la escalera grande. Al fondo del pasillo, estamos por fin en la habitación de los niños. Así es como se entretenía en describir Moreau-Badmaev el retorno al ámbito familiar, tal como tendría que haberlo hecho yo en otra vida. Pero la ventana de mi habitación daba a la minúscula rue Puget, mucho más estrecha que la rue Coustou y con la que formaba una especie de triángulo.
Mi habitación estaba en la punta de aquel triángulo. No había ni contraventanas ni cortinas. De noche, el letrero luminoso del garaje, por debajo, en la rue Coustou, proyectaba en la pared, por encima de mi cama, unos reflejos rojos y verdes. No me incordiaba. Al contrario, me sentía más segura. Alguien velaba por mí. A lo mejor las señales rojas y verdes venían de muy lejos, de aquella época en que mi madre estaba en la habitación, tumbada en la misma cama y, como yo, tratando de conciliar el sueño. Se encendían, se apagaban, se encendían, y aquella intermitencia me acunaba y