La abolición del trabajo

Bob Black · Capítulo 1 de 2

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La abolición del trabajo

La abolición del trabajo

Bob Black

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Titivillus 15.12.2022

Título original: The Abolition of Work

Bob Black, 1985

Traducción: Federico Corriente Basús

Retoque de cubierta: senyor Ho

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

La abolición del trabajo

 

Nadie debería trabajar jamás.

El trabajo es la fuente de casi toda la miseria existente en el mundo. Casi todos los males que se pueden nombrar proceden del trabajo o de vivir en un mundo diseñado en función del trabajo. Para dejar de sufrir, hemos de dejar de trabajar.

Eso no significa que tengamos que dejar de hacer cosas. Significa que hay que crear una nueva forma de vida basada en el juego; dicho de otro modo, una revolución lúdica. Por «juego» también se debe sobreentender fiesta, creatividad, convivialidad, comensalía y puede que hasta arte. El juego va más allá de los juegos infantiles, por dignos que sean. Hago un llamamiento a favor de una aventura colectiva basada en el júbilo generalizado y la exuberancia libre y recíproca. El juego no es pasividad. Sin duda todos necesitamos mucho más tiempo para la pereza pura y la flojera del que nunca llegamos a disfrutar en la actualidad, al margen de la cifra de nuestros ingresos o de nuestra profesión, pero una vez recuperados del agotamiento inducido por el trabajo, casi todos queremos hacer algo. El oblomovismo y el

estajanovismo[1] son las dos caras de una misma moneda envilecida.

La realidad existente es completamente incompatible con la vida lúdica. Tanto peor para la «realidad», el agujero gravitatorio que nos sorbe la poca vitalidad que aún distingue a la vida de la mera supervivencia. Curiosamente (o no) todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el marxismo y la mayoría de variedades del anarquismo, creen con tanta pasión en el trabajo porque creen en muy poco más.

La izquierda dice que hay que acabar con la discriminación en el empleo. Yo digo que hay que acabar con el empleo. Los conservadores son partidarios de leyes que garanticen el derecho al trabajo. Siguiendo la estela del travieso yerno de Karl Marx, Paul Lafargue, yo me declaro partidario del derecho a la pereza. Los izquierdistas son partidarios del pleno empleo. Como los surrealistas (con la diferencia de que yo no lo digo en broma), yo soy partidario del pleno desempleo. Los trotskistas agitan a favor de la revolución permanente. Yo agito a favor de la diversión permanente.

Ahora bien, si todos estos los ideólogos abogan por el trabajo (y no solo porque pretenden obligar a los demás a hacer el suyo) se muestran extrañamente reticentes a confesarlo. Pueden perorar sin parar sobre salarios, horarios de trabajo, condiciones, explotación, productividad y rentabilidad. Están encantados de hablar de cualquier cosa menos del trabajo en sí. Estos expertos, que se proponen pensar en nuestro lugar, rara vez comparten sus conclusiones, pese a su enorme importancia para la vida de todo el mundo. Disputan quisquillosamente entre ellos en torno a los detalles. Aunque regateen sobre el precio, los sindicatos y la patronal están de acuerdo en que debemos vender nuestro tiempo y nuestras vidas a cambio de la supervivencia. Los marxistas creen que deberían mandar los burócratas, los

libertarios[2] creen que deberían mandar los empresarios, y a las feministas no les importa la forma que adopte la autoridad siempre y cuando los jefes sean mujeres. Está claro que estos traficantes de ideologías discrepan seriamente entre sí acerca de cómo repartirse el botín del poder. Queda igualmente claro que ninguno de ellos tiene nada en contra del poder como tal y que todos quieren que sigamos trabajando.

Quizá os preguntéis si hablo en broma o en serio. Hablo a la vez en broma y en serio. Ser lúdico no equivale a hacer el ridículo. El juego no tiene por qué ser frívolo, aunque no quepa equiparar la frivolidad a la trivialidad: es más, deberíamos tomarnos la frivolidad en serio más a menudo. Quiero que la vida sea un juego, pero un juego en el que haya mucho en juego. Quiero jugar para siempre jamás.

La alternativa al trabajo no es la mera gandulería. Ser lúdico no es ser

«quaalúdico[3]». Por más que valore el placer del sopor, nunca será tan gratificante como cuando se lo alterna con otros placeres y pasatiempos.

Tampoco estoy abogando a favor de esa válvula de escape sometida a la disciplina del reloj llamada «ocio»; nada más lejos. El ocio es no-trabajo en función del trabajo; es el tiempo que invertimos en recuperarnos del trabajo y en esfuerzos frenéticos pero desesperados por olvidarnos de él. Mucha gente regresa de las vacaciones tan hecha polvo que les hace ilusión volver al trabajo para poder reponerse de ellas. La diferencia fundamental entre el trabajo y el ocio es esta: por lo menos en el trabajo la alienación y la crispación se remuneran.

No estoy jugando a las definiciones con nadie. Cuando digo que quiero abolir el trabajo, eso es exactamente lo que quiero decir, pero quisiera precisarlo de manera no idiosincrásica. Mi definición mínima del trabajo es el trabajo forzado, es decir, la producción obligatoria. Ambos aspectos son fundamentales. El trabajo es producción impuesta por medios económicos o políticos, ya sea mediante la zanahoria o el palo. (La zanahoria no es más que el palo por otros medios). Ahora bien, no toda creación es trabajo. Nunca se trabaja como fin en sí, sino en función de algún producto o beneficio que el trabajador (o, caso más habitual, otra persona) obtiene de él. Eso es, necesariamente, el trabajo. Definirlo es despreciarlo. Ahora bien, el trabajo suele ser todavía peor de lo que se desprende de su definición. La dinámica de la dominación que le es intrínseca tiende a complicarse con el tiempo. En las sociedades avanzadas infestadas de trabajo, comprendidas ahí todas las sociedades industriales, ya sean capitalistas o «comunistas», el trabajo adquiere invariablemente otras connotaciones que acentúan su nocividad.

Por lo general (y esto es todavía más cierto en los regímenes «comunistas» que en los capitalistas, donde el Estado es el único patrón y todo el mundo es empleado) trabajo equivale a empleo, es decir, a trabajo asalariado, a venderse uno mismo a plazos. Así, el noventa y cinco por ciento de los norteamericanos que trabajan, lo hacen para alguien (o algo) ajeno. En la URSS, en Cuba, en Yugoslavia o en cualquier otro modelo alternativo que pueda aducirse, la cifra correspondiente se aproxima al cien por cien. Solo los asediados bastiones campesinos del Tercer Mundo (México, la India, Brasil, Turquía) albergan de momento concentraciones significativas de agricultores que perpetúan la situación tradicional de la mayoría de braceros a lo largo de los últimos milenios: el pago de impuestos (= rescate) al Estado o de una renta a terratenientes parasitarios a cambio de que por lo demás los dejen en paz. En la actualidad hasta esa suerte tan poco envidiable empieza a resultar apetecible. Todos los trabajadores industriales (y oficinistas) son empleados y padecen formas de vigilancia que aseguran la sumisión.

Ahora bien, el trabajo moderno tiene implicaciones todavía peores. La gente no solo trabaja: ejecuta «tareas». Una persona realiza una tarea productiva todo el tiempo, o de lo contrario… Incluso si la tarea en cuestión contiene un tanto de interés intrínseco (cosa que sucede con cada vez menos empleos) la monotonía de su carácter exclusivo y obligatorio fagocita cualquier potencial lúdico que pudiera contener. Un «curro» que podría ocupar las energías de alguna gente durante un período de tiempo razonable por mera diversión, no es sino una carga para quienes tienen que realizarlo durante cuarenta horas semanales sin poder opinar sobre cómo debe hacerse, en beneficio de propietarios que no contribuyen nada al proyecto, y sin oportunidad alguna de compartir tareas o repartir el trabajo entre quienes lo hacen concretamente. Este es el auténtico mundo del trabajo: un mundo de ineptitud burocrática, de discriminación y acoso sexual, en el que jefes estúpidos explotan y convierten en chivos expiatorios a sus subordinados, que son quienes (de acuerdo con cualquier criterio racional y técnico) tendrían que decidir cómo se hacen las cosas. Sin embargo, en la práctica el capitalismo subordina la maximización racional de la productividad y el beneficio a las exigencias del control organizativo.

La degradación que la mayoría de trabajadores experimenta en el lugar de trabajo es la suma de variopintas humillaciones que cabe agrupar bajo la denominación de «disciplina». Foucault ha complicado el problema pero es muy sencillo. La disciplina consiste en la totalidad de controles totalitarios que se ejercen en el lugar de trabajo —vigilancia, trabajo repetitivo, cadencias de trabajo impuestas, cuotas de producción, fichar, etcétera—. La disciplina es aquello que la fábrica, la oficina y el almacén tienen en común con la prisión, la escuela y el psiquiátrico. Se trata de algo horrible e históricamente novedoso. No estuvo al alcance de demoníacos déspotas antañones como Nerón, Gengis Khan e Iván el Terrible. Pese a toda su mala voluntad, no disponían de la maquinaria necesaria para controlar tan a fondo a sus súbditos como los déspotas modernos. La disciplina es la forma distintivamente diabólica de control moderno, una innovación impertinente que habrá que desterrar a la primera ocasión.

Eso es el «trabajo». El juego es todo lo contrario. El juego es voluntario. Lo que en determinadas circunstancias podría ser un juego se convierte en trabajo si es obligatorio: cae por su propio peso. Bernie de Koven definió el juego como la «suspensión de las consecuencias». Si con eso se pretende decir que el juego es intrascendente, esa definición es inaceptable. Eso sería envilecer el juego. Se trata de que las consecuencias, de haberlas, sean gratuitas. El juego y el don, que son manifestaciones del mismo impulso, el instinto lúdico, están estrechamente emparentados. Tienen en común un desdén aristocrático por los resultados. Jugar aporta algo al jugador; por eso juega. Pero la recompensa fundamental reside en la experiencia de la propia actividad (sea cual sea). Algunos estudiosos del juego, por lo demás perspicaces, como Johan Huizinga (Homo ludens), lo han definido en función de los juegos que obedecen a reglas. Siento un gran respeto por la erudición de Huizinga pero rechazo categóricamente sus reservas. Existen muchos buenos juegos (el ajedrez, el béisbol, el Monopoly, el bridge) que se rigen por reglas, pero jugar es algo que va mucho más allá de los juegos particulares. Conversar, follar, bailar, viajar: ninguna de estas actividades se rige por reglas, pero no cabe duda de que se trata de actividades fundamentalmente lúdicas. Y es tan posible jugar con las reglas como con cualquier otra cosa.

El trabajo convierte la libertad en una parodia. Según el discurso oficial tenemos derechos y vivimos en democracias. Otros, menos afortunados que nosotros, no son libres y tienen que vivir en Estados policíacos en los que las víctimas tienen que obedecer las órdenes que reciben, sin que importe lo arbitrarias que sean, porque de lo contrario… Las autoridades los someten a una estrecha vigilancia. La burocracia estatal controla hasta el menor detalle de la vida cotidiana. Los funcionarios encargados de acosarlos solo son responsables ante sus superiores, públicos o privados. De un modo u otro, la disidencia y la desobediencia se castigan. Los confidentes informan a las autoridades con regularidad. Según nos dicen, todo eso es muy malo.

Y sin duda lo es, aunque no sea otra cosa que una descripción del lugar de trabajo moderno. Los izquierdosos, conservadores y «libertarios» que denuncian el totalitarismo son unos falsos y unos hipócritas. En cualquier dictadura moderadamente desestalinizada hay mayor libertad que en el lugar de trabajo norteamericano medio. La jerarquía y la disciplina que hay en una oficina o en una fábrica es del mismo tipo que la que hay en una prisión o en un monasterio. De hecho, como han demostrado Foucault y otros, las prisiones y las fábricas aparecieron más o menos al mismo tiempo, y quienes las gestionaban se inspiraron conscientemente en sus técnicas de control respectivas.

Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe dice cuándo tiene que presentarse, cuándo tiene que marcharse y qué tiene que hacer entretanto. Decide cuánto hay que trabajar y a qué ritmo. Dispone de la libertad de llevar su control a extremos humillantes, reglamentando, si le parece, la ropa que puedes ponerte o la frecuencia con la que vas al servicio. Si hacemos salvedad de unas pocas excepciones, puede despedirte por cualquier motivo o sin motivo alguno. Te hace vigilar por chivatos y capataces y compila dosieres sobre cada uno de sus empleados. Una mala contestación se califica de «insubordinación», como si los trabajadores fueran niños desobedientes, y no solo supone que te despidan, sino que además te inhabilita para cobrar el subsidio de paro. Sin que tampoco estemos necesariamente de acuerdo con ello, cabe señalar que a los niños se les trata de forma muy similar en casa y en el colegio, y en su caso eso se justifica en nombre de su presunta inmadurez. ¿Qué nos dice eso sobre los padres y maestros que trabajan?

El degradante sistema de dominación que acabo de describir gobierna más de la mitad de las horas de vigilia de la mayoría de las mujeres y de la inmensa mayoría de los hombres durante la mayor parte de las décadas que abarca su existencia. A según qué efectos no es demasiado engañoso denominar a nuestro sistema democracia o capitalismo o (mejor aún) industrialismo, pero sus verdaderos nombres son fascismo fabril y oligarquía de oficina. Quienquiera que diga que esta gente es «libre» miente o es estúpido. Somos lo que hacemos. Si hacemos un trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que acabemos siendo aburridos, estúpidos y monótonos. El trabajo explica mucho mejor el creciente cretinismo que nos rodea que mecanismos de idiotización tan relevantes como la televisión y la enseñanza. Las gentes cuya vida transcurre sometida a un control inflexible, entregada al trabajo en cuanto terminan los estudios, y encorsetados por la familia al principio y por la residencia de ancianos al final, está habituada a la jerarquía y se encuentran psicológicamente esclavizadas. Su autonomía está tan atrofiada que el miedo a la libertad se encuentra entre sus pocas fobias no desprovistas de fundamento. Esa gente transmite su disposición a obedecer en el trabajo a las familias que forman, y así perpetúan el sistema de varias formas a la vez, en la política, en la cultura y en todo lo demás. Una vez que se exprime la vitalidad de la gente en el trabajo, es probable que se sometan a la jerarquía y a los especialistas en todo. Están acostumbrados a hacerlo.

Estamos tan inmersos en el mundo del trabajo que somos incapaces de ver lo mucho que nos perjudica. Tenemos que echar mano de observadores de otras épocas o de otras culturas para apreciar la extrema gravedad patológica de nuestra condición actual. En nuestro propio pasado hubo un tiempo en el que la «ética del trabajo» habría sido incomprensible, y es posible que Weber no estuviera desencaminado cuando vinculó su aparición a una religión, el calvinismo, que de haber aparecido hoy en lugar de hace cuatrocientos años habría sido denunciada de inmediato y con razón como una secta. En cualquier caso, para poner el trabajo en perspectiva no tenemos más que echar mano de la sabiduría de los antiguos. Estos consideraban al trabajo como lo que es, y su punto de vista siguió vigente, a pesar de los chiflados calvinistas, hasta que el industrialismo lo derrocó, pero no sin obtener antes el aval de sus profetas.

Supongamos por un momento que el trabajo no convierte a la gente en seres embotados y sumisos. Supongamos, en contra de cualquier psicología plausible y de la ideología de sus promotores, que el trabajo no tiene ningún efecto sobre la formación del carácter. Y supongamos que el trabajo no es tan aburrido, agotador y humillante como todos sabemos que es. Aún así, seguiría convirtiendo en una parodia cualquier aspiración humanista y democrática solo por la cantidad de tiempo que nos usurpa. Sócrates decía que los trabajadores manuales eran malos amigos y malos ciudadanos porque no disponían de tiempo para cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía. Tenía razón. Debido al trabajo, y da igual el que sea, no paramos de mirar al reloj. Lo único que tiene de «libre» el tiempo llamado libre es que al jefe no le cuesta nada. Dedicamos la mayor parte del tiempo libre a prepararnos para trabajar, ir a trabajar, regresar de trabajar y reponemos de trabajar. «Tiempo libre» es un eufemismo que designa esa facultad especial que tiene el factor de producción denominado «trabajo», y que consiste no solo en trasladarse a sí mismo y a sus expensas desde la vivienda al lugar de trabajo, sino en asumir además la responsabilidad principal por su mantenimiento y reparación. Eso no lo hacen el carbón y el acero, y los tomos y las máquinas de escribir tampoco. Los trabajadores sí. No es de extrañar que en una de las películas de gángsteres que rodó, Edward G. Robinson exclamase: «¡Trabajar es de panolis!».

Tanto Platón como Jenofonte atribuyen a Sócrates y evidentemente comparten claramente con él una conciencia de los efectos nocivos del trabajo sobre el trabajador como ciudadano y como ser humano. Heródoto identificó el desprecio por el trabajo como una de las virtudes de los griegos clásicos en el cénit de su cultura. Por aportar un solo ejemplo romano, Cicerón dijo que «quien entrega su trabajo a cambio de dinero se vende a sí mismo y se sitúa entre las filas de los esclavos». Hoy en día tanta franqueza escasea, pero los portavoces de las sociedades primitivas contemporáneas a las que tendemos a mirar por encima del hombro han iluminado a los antropólogos occidentales. Los Kapauku de Irían Jaya occidental, según Posposil, tienen una concepción del equilibrio existencial, y en consecuencia solo trabajan un día sí y otro no, y dedican el día de reposo a «recuperarse de la pérdida de vigor y salud».

Nuestros antepasados, en fecha tan tardía como el siglo XVIII, cuando ya habían recorrido gran parte del camino que habría de desembocar en nuestro actual predicamento, al menos eran conscientes de aquello que nosotros hemos olvidado: el envés de la industrialización. Su ardiente devoción por el «lunes santo» (que impuso en la práctica la semana laboral de cinco días entre ciento cincuenta y doscientos años antes de su consagración legal) traía locos a los primeros propietarios fabriles. Costó mucho tiempo someterlos a la tiranía de la campana, antepasada de la máquina de fichar. Es más, durante una o dos generaciones hubo que sustituir a los varones adultos por mujeres acostumbradas a obedecer y por niños, más fácilmente moldeables para hacerles encajar con las necesidades industriales.

Hasta los campesinos explotados del Antiguo Régimen arrebataban un tiempo considerable al trabajo que les imponían los terratenientes. Según Lafargue, una cuarta parte del calendario de los campesinos franceses estaba dedicada a los domingos y las fiestas, y las cifras correspondientes a las aldeas de la Rusia zarista (que difícilmente puede considerarse como una sociedad progresista) descritas por Chayanov también dan fe de que los campesinos dedicaban una cuarta o quinta parte de sus días al reposo. Con nuestros controles de productividad, es evidente que llevamos un gran retraso

con respecto a estas sociedades arcaicas. Si pudieran vemos, los [4] mujiks

explotados se preguntarían por qué ninguno de nosotros se molesta siquiera en trabajar. También nosotros deberíamos preguntárnoslo.

Para captar toda la magnitud de nuestro deterioro, pensemos en la situación de la humanidad primitiva cuando, sin gobierno ni propiedad, vagábamos por el mundo en calidad de cazadores-recolectores. Hobbes supuso que en aquel entonces la vida era desagradable, brutal y breve. Otros conjeturaron que la existencia se reducía a una lucha desesperada y continua por sobrevivir, una guerra librada contra una naturaleza cruel, en la que la muerte y el desastre aguardaban a los desafortunados o a todo aquel que no estuviese a la altura del desafío que suponía la lucha por la existencia. En realidad, todo eso era una mera proyección del miedo al desmoronamiento de la autoridad gubernamental en comunidades no acostumbradas a prescindir de ella, como la Inglaterra de Hobbes durante la guerra civil. Los compatriotas de este ya se habían topado con formas alternativas de sociedad que mostraban otros modos de vida (sobre todo en Norteamérica) pero ya entonces estas eran demasiado ajenas a su experiencia para que pudieran comprenderlas. Las clases inferiores, más próximas a la condición de los indios, las comprendieron mejor y a menudo se sintieron atraídas por ellas. A lo largo del siglo XVII, los colonos ingleses desertaban y se unían a las tribus indias o, cuando eran capturados durante las guerras, se negaban a regresar. Pero los indios jamás desertaban para unirse a las colonias blancas más de lo que los alemanes escalaban el muro de Berlín desde el Oeste para pedir asilo en el sector oriental.

La versión «supervivencia de los más aptos» del darwinismo (a lo Thomas Huxley) constituía una mejor exposición de las condiciones económicas de la Inglaterra victoriana que de un enfoque científico de la selección natural, como demostró el anarquista Kropotkin en su libro El apoyo mutuo, un factor en la evolución. (Kropotkin era científico —geógrafo, por más señas— y tuvo amplias ocasiones involuntarias de realizar trabajos de campo mientras estuvo exiliado en Siberia: sabía de lo que hablaba). Como la mayoría de teorías sociales y políticas, el relato de Hobbes y sus sucesores era en realidad una autobiografía más o menos inconsciente.

El antropólogo Marshall Sahlins, al examinar los datos de los que disponemos sobre los cazadores-recolectores contemporáneos, hizo saltar por los aires el mito hobbesiano en un artículo titulado «La sociedad opulenta primitiva» (recogido en Economía de la Edad de Piedra). Los cazadores-recolectores trabajan mucho menos que nosotros, y cuesta distinguir su trabajo de lo que nosotros consideraríamos juegos. La conclusión de Sahlins fue que «los cazadores y recolectores trabajan menos que nosotros, y en lugar de ser una labor continua, la búsqueda de alimentos es intermitente, el ocio es abundante y se duerme más per cápita durante el día que en cualquier otro estado de sociedad». Los cazadores-recolectores trabajaban una media de cuatro horas diarias, eso suponiendo que «trabajasen» en absoluto. Su «labor» tal y como la veríamos nosotros, era un trabajo cualificado que ponía a contribución sus capacidades físicas e intelectuales, pues como indica Sahlins el trabajo no cualificado a gran escala es imposible salvo en la sociedad industrial.

Así pues, esa labor satisfacía la definición que dio del juego Friedrich Schiller, como única ocasión en que el hombre realiza de manera total su humanidad dando rienda suelta a ambas vertientes de su naturaleza dual: el pensamiento y el sentimiento. Así lo expresó: «El animal trabaja cuando carece de algo y juega cuando rebosa de energía». (Una versión moderna —y sospechosamente desarrollista— de esta definición es la contraposición establecida por Abraham Maslow entre la motivación por «carencia» o por «crecimiento»).

En materia de producción, el juego y la libertad van de la mano. Hasta Marx, que a despecho de sus buenas intenciones pertenece al panteón productivista, observó que «el reino de la libertad solo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos». Nunca logró llamar del todo a tan feliz circunstancia por su nombre, a saber, la abolición del trabajo (al fin y al cabo, estar a favor del obrero y en contra del trabajo es bastante incongruente), pero nosotros sí podemos.

El deseo de retroceder o de avanzar hacia una vida sin trabajo figura de forma expresa en todos los tratados de historia social o cultural serios sobre la Europa preindustrial, entre los que cabe citar England in Transition de M. Dorothy George y Popular Culture in Early Modem Europe, de Peter Burke. También resulta pertinente el ensayo de Daniel Bell, «Work and its Discontents», el primer texto, creo, en referirse a la «revuelta contra el trabajo» con esas mismas palabras y que, de haber sido comprendido, habría supuesto un importante correctivo para la autocomplacencia habitualmente asociada con el volumen en el que apareció, El fin de las ideologías. Ni sus detractores ni sus fans han reparado en que la tesis-del-fin-de-la-ideología de Bell no anunciaba el fin de la insatisfacción social sino el comienzo de una fase nueva e inexplorada de la misma que no iba a estar conformada ni constreñida por la ideología. Fue Seymour Lipset y no Bell, quien proclamó (en El hombre político) en torno a esa misma época que «los problemas fundamentales de la Revolución Industrial están resueltos», solo unos años antes de que la insatisfacción post o metaindustrial de los estudiantes universitarios le obligara a abandonar Berkeley para refugiarse en la relativa (y temporal) tranquilidad de Harvard.

Como señala Bell, en La riqueza de las naciones, y pese a su gran entusiasmo por el mercado y la división del trabajo, Adam Smith prestó mayor atención al lado miserable del trabajo y fue más sincero al respecto que

Ayn Rand[5], los economistas de Chicago o cualquiera de sus epígonos modernos. Como dijo Smith: «El entendimiento de la mayoría de hombres está necesariamente moldeado por sus ocupaciones habituales. El hombre que pasa su vida realizando algunas operaciones simples… carece de cualquier ocasión de ejercer su entendimiento… Suele volverse tan estúpido e ignorante como le es posible a un ser humano». He aquí, en pocas y contundentes palabras, mi crítica del trabajo. Bell, que escribió su libro en 1956, durante la era dorada de la imbecilidad eisenhoweriana y la autocomplacencia estadounidense, identificó el malestar desorganizado e inorganizable característico de la década de 1970 en adelante: ese malestar del que ninguna tendencia política ha podido sacar partido, el que identificó el informe del Departamento de Salud, Educación y Bienestar titulado El trabajo en América, el que no puede ser explotado y cuya existencia, por tanto, se finge ignorar. Ese problema no es otro que la revuelta contra el trabajo. No figura en ninguno de los textos de los economistas neoliberales (Milton Friedman, Murray Rothbard, Richard Posner) porque para ellos, como solía decirse en Star Trek, «no computa».

Si estas objeciones, animadas por el amor a la libertad, no logran persuadir a los humanistas con inclinaciones utilitaristas o incuso paternalistas, existen otras que no pueden dejarles indiferentes. El trabajo es perjudicial para la salud. Es más, el trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente, el trabajo matará a la mayoría de las personas que lean estas palabras. Cada año, en los Estados Unidos mueren trabajando entre catorce mil y veinticinco mil trabajadores. Más de dos millones más quedan discapacitados. Entre veinte y veinticinco millones de trabajadores sufren accidentes laborales todos los años. Y estas cifras se basan en estimaciones muy conservadoras de lo que constituye un accidente laboral. Por tanto, no incluyen el medio millón de enfermedades profesionales que se producen cada año. Yo consulté un texto médico de mil doscientas páginas sobre enfermedades profesionales que apenas roza la superficie del asunto. Las estadísticas disponibles solo reflejan los casos evidentes, como los cien mil mineros que padecen silicosis, cuatro mil de los cuales mueren todos los años. Se trata de un índice de mortalidad mucho mayor que el del sida, por ejemplo. La atención mediática que suscita el sida refleja el supuesto tácito de que este aqueja a pervertidos que podrían poner coto a su depravación, mientras que la minería es una actividad sacrosanta y por encima de toda sospecha. Lo que no dicen las estadísticas es que el trabajo abrevia las vidas de decenas de millones de personas: al fin y al cabo, el homicidio no es otra cosa. Pensemos en todos esos médicos que se matan trabajando hasta reventar literalmente a los cincuenta y tantos años.

Aunque no mueras o te quedes lisiado mientras trabajas, podrías muy bien morir mientras acudes al trabajo, vuelves de trabajar, buscas trabajo o tratas de olvidarte de él. La inmensa mayoría de las víctimas de accidentes automovilísticos están realizando una de estas actividades impuestas por el trabajo o chocan con quienes las están realizando. A este cómputo ampliado de bajas hay que sumarle las víctimas de la contaminación automovilística e industrial, del alcoholismo y de la drogadicción inducida por el trabajo. Tanto el cáncer como las enfermedades cardíacas son dolencias modernas que habitualmente pueden atribuirse de forma directa o indirecta al trabajo.

El trabajo, pues, instituye el homicidio como modo de vida. Hay gente que cree que los camboyanos estaban locos por exterminarse a sí mismos, ¿pero acaso nosotros somos tan distintos? Al menos el régimen de Pol Pot tenía una visión, por distorsionada que fuera, de una sociedad igualitaria. Nosotros matamos a la gente en cantidades de seis cifras (por lo menos) a fin de venderles Big Macs y Cadillacs a los supervivientes. Nuestros cuarenta o cincuenta mil muertos anuales en carretera son víctimas, no mártires. Mueren por nada. Mejor dicho, mueren por el trabajo. Pero el trabajo no es nada por lo que merezca la pena morir.

Malas noticias para los progres: en este contexto de vida y muerte los parches reguladores no sirven para nada. La Occupation Safety and Health

Administraron[6] federal se fundó para poner orden en el corazón del problema, la seguridad en el puesto de trabajo. Incluso antes de que Reagan y el Tribunal Supremo la estrangularan, la OSHA ya era una farsa. Durante la era Cárter, cuando este organismo estaba subvencionado de forma más generosa, cabía esperar que un inspector de la OSHA se presentara al azar en una empresa cada cuarenta y seis años.

El control estatal de la economía no es una solución. En todo caso, bajo el socialismo de Estado el trabajo era aún más peligroso. Miles de trabajadores rusos murieron o sufrieron accidentes laborales durante la construcción del metro de Moscú. Circulan relatos sobre tres desastres nucleares soviéticos silenciados que hacen que en comparación Times Beach y Three Mile Island parezcan simulacros escolares de ataques aéreos. Por otra parte, la desregulación, que está de moda en la actualidad, no ayudará y seguramente será más perjudicial aún. Desde el punto de vista de la salud y de la seguridad (entre otros), la era más negra del trabajo coincidió con la época en que la economía se aproximaba más claramente al laissez-faire. Historiadores como Eugene Genovese han argumentado convincentemente que la suerte de los asalariados fabriles europeos y de los estados del norte de Estados Unidos era aún menos envidiable que la de los esclavos de las plantaciones sureñas (como sostuvieron insistentemente los apologistas de la esclavitud antes de la guerra de Secesión). No parece que ninguna reorganización de las relaciones entre empresarios y burócratas vaya a suponer grandes diferencias en el ámbito de la producción. Hasta el cumplimiento concienzudo de las vagas normas que en teoría tendría que hacer cumplir la OSHA seguramente provocaría la parálisis de la economía. Y da la impresión de que los responsables son conscientes de ello, ya que ni siquiera intentan adoptar medidas contra la mayoría de empresas infractoras.

Lo que he dicho hasta ahora no debería de resultar polémico. Hay muchos trabajadores hartos del trabajo. Las tasas de absentismo, de rotación de personal, de robos y sabotajes cometidos por los empleados, de huelgas salvajes y de escaqueo generalizado en el curro son elevadas y van en aumento. Quizá se esté produciendo mi cierto deslizamiento hacia un rechazo no meramente visceral, sino consciente del trabajo. Y no obstante, la opinión más extendida (universal entre los jefes y sus agentes pero también ampliamente difundida entre los propios trabajadores) es que el trabajo en sí mismo es inevitable y necesario.

Discrepo. En la actualidad el trabajo podría ser abolido y reemplazado, en la medida en que cumpla una función útil, por una multitud de nuevas formas de actividad libre. Abolir el trabajo exige abordar la cuestión tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo. Por un lado, habría que reducir inmensamente la cantidad de trabajo realizado, ya que la mayor parte de los empleos actuales son inútiles cuando no directamente nocivos y deberíamos deshacernos de ellos sin más; por otro (y creo que ahí residen el quid de la cuestión y el nuevo punto de partida revolucionario) hemos de transformar lo que quede de trabajo útil en un abanico de placenteros pasatiempos lúdicos y artesanales, imposibles de distinguir de otros pasatiempos placenteros salvo por el hecho circunstancial de que proporcionen productos acabados útiles. Eso no debería disminuir su atractivo. Solo entonces podrían derribarse todas las barreras artificiales del poder y la propiedad. La creación podría convertirse en diversión. Y todos podríamos dejar de temernos unos a otros.

No pretendo insinuar que la mayor parte de los empleos puedan ser salvados de este modo. No obstante, y bien mirado, no merece la pena salvar la mayor parte de los empleos. Solo una parte pequeña y cada vez más reducida de ellos posee alguna utilidad ajena a la defensa y reproducción del

sistema del trabajo y sus apéndices políticos y judiciales. Hace veinte años[7], Paul y Percival Goodman calcularon que solo un cinco por ciento del trabajo realizado entonces (cabe suponer que ahora esa cifra, de ser exacta, sería inferior) bastaría para satisfacer nuestras necesidades básicas de alimento, ropa y abrigo. Esa estimación no dejaba de ser una conjetura razonada pero la conclusión era clara: directa o indirectamente, la mayoría de los empleos está al servido de los fines improductivos del comercio o del control social. Podríamos liberar de golpe a decenas de millones de vendedores ambulantes, soldados, directivos, policías, agentes de bolsa, clérigos, banqueros, abogados, maestros, caseros, guardias de seguridad, publicistas, y a todos los que trabajan para ellos. Se produciría un efecto bola de nieve, puesto que cada vez que jubilásemos a algún pez gordo liberaríamos también a sus lacayos y subordinados. Así hará implosión la economía.

El cuarenta por ciento del contingente laboral está constituido por trabajadores de cuello blanco, la mayoría de los cuales desempeñan algunos de los empleos más tediosos e idiotas jamás ideados. Sectores enteros, como los seguros, la banca y las inmobiliarias, no consisten en otra cosa que en barajar papeles inútilmente. No es casualidad que el «sector terciario» (los servicios) crezca a expensas del «sector secundario» (la industria) mientras el «sector primario» (la agricultura) prácticamente desaparece. Dado que el trabajo es innecesario salvo para aquellos cuyo poder afianza, se desplaza a trabajadores que desempeñan ocupaciones relativamente útiles hacia ocupaciones relativamente inútiles con la única finalidad de garantizar el orden público. Cualquier cosa es mejor que nada. Por eso no puedes irte a tu casa solo porque hayas acabado antes de la hora. Aunque no tengan salida para la mayor parte de él, quieren tu tiempo, el suficiente para que seas suyo. De no ser así, ¿por qué durante los últimos cincuenta años la semana laboral media no se ha reducido más que en unos pocos minutos?

Acto seguido podemos atacar con un cuchillo de carnicero al trabajo propiamente productivo. Se acabaron la producción bélica, la energía nuclear, la comida basura y los desodorantes, pero ante todo, se acabó la industria del

automóvil. Puede que un Stanley Steamer[8] o un modelo T estén bien de vez en cuando, pero el «autoerotismo» del que dependen agujeros infectos como Detroit y Los Ángeles es inadmisible. Ya, y casi sin habernos esforzado, prácticamente hemos resuelto la crisis energética, la crisis medioambiental y todo un abanico de otros problemas sociales supuestamente insolubles.

Por último, tenemos que acabar con la ocupación más numerosa con diferencia, la que tiene los horarios más largos, está peor pagada y conlleva algunas de las tareas más enojosas que existen. Me refiero a las amas de casa que realizan tareas domésticas y crían hijos. Al abolir el trabajo asalariado e instaurar el pleno desempleo minamos la división sexual del trabajo. Tal como la conocemos, la familia nuclear es una forma inevitable de adaptación a la división del trabajo impuesta por el salariado moderno. Nos guste o no, tal y como han estado las cosas durante el ultimo siglo, desde el punto de vista económico es lógico que el varón traiga el pan a casa, que la mujer haga los curros de mierda que proporcionen a este un refugio en un mundo sin corazón, y que a los niños se les envíe a campos de concentración juveniles denominados «escuelas», fundamentalmente para que dejen en paz a mamá sin dejar de estar controlados, pero también para que adquieran de paso los hábitos de obediencia y puntualidad tan imprescindibles para un trabajador.

Si queremos deshacernos del patriarcado, tenemos que deshacemos de la familia nuclear cuyo «trabajo en la sombra» no pagado, como dice Ivan Illich, hace posible el sistema de trabajo que a su vez la toma imprescindible. La abolición de la infancia y el cierre de las escuelas están íntimamente ligados a esta estrategia «antinuclear». En este país hay más estudiantes a tiempo completo que trabajadores a tiempo completo. Necesitamos a los niños en calidad de educadores, no en calidad de alumnos. Tienen mucho que aportar a la revolución lúdica, porque se les da mejor jugar que a los adultos. Los adultos y los niños no son idénticos pero la interdependencia les permitirá encontrarse en pie de igualdad. Solo el juego puede colmar el abismo generacional.

Aún no he mencionado siquiera la posibilidad de reducir drásticamente el poco trabajo que quede mediante la automatización y cibernetización. Los científicos, ingenieros y técnicos liberados de ocuparse de la investigación militar y la obsolescencia planificada se lo pasarían pipa ideando medios de eliminar la fatiga, el tedio y el peligro asociados a actividades como la minería. Sin duda encontrarán otros proyectos con los que entretenerse. Quizá pongan en pie omniabarcantes sistemas de comunicación multimedia o funden colonias espaciales. Quién sabe. Personalmente, no soy en modo alguno un fanático de los aparatitos, y no querría vivir en un paraíso donde todo funcionara pulsando botones. No quiero robots esclavos que lo hagan todo; quiero hacer cosas yo. Creo que la tecnología ahorradora de trabajo tiene su lugar, pero creo que es un lugar modesto.

El balance histórico y prehistórico no es alentador. Cuando la tecnología productiva pasó de la caza-recolección a la agricultura y luego a la industria, las habilidades y la autonomía humana disminuyeron y el trabajo aumentó.

La evolución posterior del industrialismo ha intensificado lo que Harry Braverman denominó la degradación del trabajo. Los observadores inteligentes siempre han sido conscientes de ello. John Stuart Mill dijo que todos los inventos destinados a ahorrar trabajo jamás ahorraron ni un minuto de trabajo. Karl Marx dijo que «podría escribirse toda una historia de los inventos realizados desde 1830 para acá cuya única finalidad era la de proporcionar armas al capital contra las revueltas de la clase trabajadora». Además, los tecnófilos entusiastas (Saint-Simon, Comte, Lenin, B. F. Skinner) siempre han sido descaradamente autoritarios, o lo que es lo mismo, tecnócratas.

Deberíamos mostrarnos particularmente escépticos ante las promesas de los místicos de la informática. Ellos no paran de trabajar, así que lo más probable es que si se salieran con la suya, los demás también acabáramos haciéndolo. Eso sí, si proponen alguna contribución concreta más subordinada a los deseos humanos que las últimas innovaciones en tecnología punta, escuchémosles.

Lo que de verdad me gustaría es ver el trabajo convertido en juego. Un primer paso sería desprenderse de las nociones de «empleo» y «ocupación profesional». Incluso aquellas actividades que ya poseen cierto contenido lúdico lo pierden en su mayor parte cuando quedan reducidas a empleos que ciertas personas (y solo ellas) están forzadas a desempeñar excluyendo a todas las demás. ¿No es extraño que los labradores se fatiguen en el campo mientras sus amos (rodeados de aire acondicionado) vuelven a casa todos los fines de semana para ocuparse de las tareas del jardín? En un sistema de diversión permanente, seremos testigos de una Edad de Oro del diletante que dejará al Renacimiento en mantillas. No habrá más empleos, solo cosas que hacer y gente que quiera hacerlas.

El secreto de la transformación del trabajo en juego, como demostró Charles Fourier, consiste en organizar actividades útiles para sacar partido de lo que gente distinta disfruta haciendo en distintos momentos. Para que algunas personas hagan aquello con lo que disfrutarían, bastaría con erradicar las irracionalidades y distorsiones que aquejan a estas actividades cuando quedan reducidas a trabajo. Yo, por ejemplo, disfrutaría enseñando (un poco), pero no quiero saber nada de estudiantes obligados a asistir a clase y me niego a hacerles la pelota a patéticos pedantes para obtener una plaza.

En segundo lugar, hay cosas que a la gente le gusta hacer de vez en cuando, pero no durante mucho tiempo, y desde luego no continuamente. Puede que disfrutes haciendo de canguro unas horas para disfrutar de la compañía de los niños, pero no tanto como sus padres. Los padres, por su parte, agradecen mucho el tiempo libre que eso les deja, pero se angustiarían si estuviesen separados de su progenie durante demasiado tiempo. Esas diferencias entre individuos son las que hacen viable una vida lúdica en libertad. El mismo principio se puede aplicar a muchas otras actividades, sobre todo las más básicas. Así, mucha gente disfruta cocinando si puede dedicarse en serio a hacerlo en sus ratos libres, pero no cuando dicha actividad se limita a llenar cuerpos humanos de combustible para que trabajen.

En tercer lugar, y a igualdad de los demás factores, se puede disfrutar, al menos durante un rato, de ciertas actividades que resultan insatisfactorias cuando se realizan en solitario, en un entorno desagradable o a las órdenes de un jefe cambiando estas circunstancias. Es probable que eso sea válido, hasta cierto punto, para toda clase de trabajos. La gente saca todo el partido que puede a su ingenio (que de otro modo se echaría a perder) para convertir en juegos las tareas menos atractivas y más pesadas. Las actividades que gustan a algunas personas no siempre gustan a los demás, pero en potencia al menos, todo el mundo tiene intereses variados e interés en la variedad. Como reza el refrán, «hay que probarlo todo al menos una vez».

Fourier era un maestro consumado a la hora de especular sobre cómo podrían emplearse las inclinaciones más aberrantes y perversas en una sociedad post-civilizada, que él bautizó con el nombre de Armonía. Pensaba que el emperador Nerón no se habría torcido si de niño le hubiesen permitido gratificar su gusto por el derramamiento de sangre trabajando en un matadero. A los niños pequeños a los que les gusta especialmente revolcarse entre la porquería podría organizárseles en «Pequeñas Hordas» para limpiar retretes y vaciar la basura, y condecorar con medallas a los que destaquen. No estoy abogando por estos ejemplos concretos, sino por el principio subyacente, que para mí tiene todo el sentido del mundo como condición de una transformación revolucionaria global.

Tengamos presente que no tenemos por qué aceptar el trabajo actual tal y como es y hacerlo encajar con las personas adecuadas, algunas de las cuales sin duda tendrían que estar muy pervertidas. Si la tecnología desempeña un papel en todo esto, no sería tanto para automatizar el trabajo hasta hacerlo desaparecer como para abrir nuevos dominios en los que (re) creamos. Hasta cierto punto quizá queramos volver a la artesanía, desenlace que William Morris consideró como una de las consecuencias probables y deseables de la revolución comunista. El arte dejaría de estar en manos de los esnobs y los coleccionistas, sería abolido como actividad especializada al servicio de un público de élite, y sus cualidades estéticas y creativas regresarían a la vida integral de la que el trabajo las robó. Da que pensar que en su tiempo las urnas griegas sobre las que escribimos odas y que exhibimos en las vitrinas de los museos se utilizaran para almacenar aceite de oliva. Dudo mucho de que la posteridad, caso de haberla, vaya a ser tan benévola con nuestras baratijas. Lo fundamental es entender que en el mundo del trabajo el progreso no existe; en todo caso sería al revés. No deberíamos vacilar en sustraerle al pasado lo que nos pueda ofrecer. Los antiguos no pierden nada y nosotros salimos ganando.

Reinventar la vida cotidiana significa rebasar los límites de nuestros mapas. Existen, es cierto, más propuestas sugerentes de lo que sospecha la mayoría de gente. Además de Fourier y Morris (e incluso alguna que otra pista, aquí y allá, en Marx) disponemos de los escritos de Kropotkin, de los sindicalistas revolucionarios Pataud y Pouget, de los anarco-comunistas de antaño (Berkman) y de hoy (Bookchin). El Communitas de los hermanos Goodman es ejemplar, porque muestra qué formas se siguen de determinadas funciones (fines), y también se puede sacar algo de los heraldos, a menudo oscuros, de la tecnología altemativa-convivial, como Schumacher y sobre todo Illich, una vez desconectadas sus máquinas de niebla. Los situacionistas (tal y como nos los presenta el Tratado del saber vivir de Vaneigem y la

Antología de la Internacional situacionista [9] ) son tan implacablemente lúcidos que resultan estimulantes, pese a que nunca cuadrasen del todo la defensa del poder de los consejos obreros con la abolición del trabajo. Ahora bien, más vale esa incongruencia que cualquiera de las versiones existentes del izquierdismo, cuyos devotos parecen ser los últimos campeones del trabajo, pues sin trabajo no habría trabajadores, y sin trabajadores, ¿a quién podrían organizar?

Así que en gran medida los abolicionistas solo podrán contar consigo mismos. Nadie puede predecir que consecuencias tendría el desencadenamiento del poder creador sofocado por el trabajo. Podría suceder cualquier cosa. La tediosa oposición retórica entre la libertad y la necesidad, con su regusto teológico, se resolverá en la práctica en cuanto la producción de valores de uso vaya de la mano del consumo de deliciosas actividades lúdicas.

La vida se convertirá en juego, o más bien en una multitud de juegos, pero no (como ahora) en un juego de suma y sigue. El paradigma del juego productivo es un encuentro sexual óptimo. Cada uno de los partícipes potencia los placeres del otro, nadie está pendiente del marcador y todo el mundo gana. Cuanto más se da, más se recibe. En la vida lúdica, lo mejor de la sexualidad impregnará lo mejor de la vida cotidiana. El juego generalizado desemboca en la erotización de la existencia. Y a su vez la sexualidad podrá volverse más lúdica, así como menos urgente y desesperada.

Si jugamos bien nuestras cartas, todos podemos obtener de la vida más de lo que pusimos en ella; pero solo si jugamos para siempre jamás.

Nadie debería trabajar jamás. Proletarios de todos los países… ¡relajaos!

(1985)