La buena esposa

Jill Alexander Essbaum · Capítulo 1 de 24

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La buena esposa

Capítulo 1

Bien mirado, Anna era una buena esposa.

A media tarde, el tren en el que viajaba primero dio un bandazo y luego tomó con suavidad una curva en la vía antes de entrar en la estación de Dietlikon a la hora y treinta y cuatro, como siempre. No es un mero tópico, es un hecho irrefutable: los trenes suizos son puntuales. La S8 tenía su origen en Pfäffikon, una pequeña localidad situada a treinta kilómetros. Desde Pfäffikon la línea subía bordeando el lago de Zúrich, pasaba por Horgen, en la orilla oeste, por Thalwil, por Kilchberg. Pueblos minúsculos donde transcurrían vidas minúsculas. Desde Pfäffikon, el tren hacía dieciséis paradas antes de llegar a Dietlikon, el minúsculo pueblo donde transcurría la vida de Anna, tan minúscula que un mero horario de trenes modulaba sus planes cotidianos. El autobús de Dietlikon no llegaba al centro de la ciudad. Los taxis eran caros y poco prácticos. Y aunque la familia Benz tenía coche, Anna no conducía. Nunca se había sacado el carnet.

Así que su mundo estaba estrictamente regido por las idas y venidas de las locomotoras, por la disposición de Bruno, el marido de Anna, o de Ursula, la madre de Bruno, para llevarla a los sitios donde no se podía ir en autobús, y por el motor de sus propias piernas y la distancia que pudieran abarcar, que rara vez era tanta como habría deseado.

Pero los trenes suizos son muy puntuales, y Anna se las arreglaba con las mínimas molestias. Le gustaba viajar en tren; disfrutaba dejándose arrullar por el balanceo de la marcha.

Edith Hammer, otra expatriada, le dijo una vez a Anna que los trenes suizos se retrasaban solo por un motivo: «Cuando alguien se tira a la vía».

La doctora Messerli le preguntó a Anna si en alguna ocasión se había planteado el suicidio o intentado quitarse la vida.

—Sí —reconoció Anna contestando a la primera pregunta. Y a la segunda—: Defina «intentar».

La doctora Messerli era rubia, menuda, de una edad indeterminada pero ya madura. Visitaba a sus clientes en una consulta en la Trittligasse, una calle adoquinada con poco tráfico no muy lejos del Museo de Bellas Artes de Zúrich. Había estudiado psiquiatría clínica en Estados Unidos, pero había recibido su formación analítica en el Instituto Jung de Küsnacht, un municipio de Zúrich a siete kilómetros escasos de la ciudad. Aunque suiza de nacimiento, la doctora Messerli hablaba un inglés impecable, si bien con un acento muy marcado. Sus consonantes eran rotundas, y las vocales, largas como arcos parabólicos, a veces sonaban tan cerradas que inducían a confusión: «¿Qué pieeensa, Aaanna?», le preguntaba a menudo la doctora (casualmente cuando menos probable era que ella contestara con sinceridad).

Invariablemente, Anna se encogía de hombros con desidia y decía las únicas palabras que creía que merecía la pena decir.

—No lo sé.

Salvo que, por supuesto, casi siempre lo sabía.

Esa tarde lloviznaba. El tiempo en Suiza es cambiante, aunque rara vez extremo en el cantón de Zúrich, y menos en septiembre. Era septiembre, porque los hijos de Anna ya habían vuelto al colegio. Desde la estación Anna recorrió con lentitud culpable el medio kilómetro de la calle que atravesaba el centro de Dietlikon, demorándose en los escaparates de las tiendas, apurando los últimos instantes robados. Toda la euforia poscoital se había desvanecido, y ahora solo podía sostener en la mano las riendas del hastío. No era un sentimiento nuevo. Solía apoderarse de ella una languidez agotadora que la lastraba. Las gafas en oferta en la vitrina de la óptica la adormecieron. Bostezó frente a la pirámide de medicamentos homeopáticos de la farmacia. El canasto de paños de cocina junto al SPAR la aburrió casi sin remedio.

El aburrimiento, como el horario de los trenes, regía la vida cotidiana de Anna.

«¿Será verdad? —pensó Anna—. No puede ser del todo cierto». No lo era. Una hora antes Anna yacía desnuda, húmeda y abierta en la cama de un desconocido en un apartamento del barrio de Niederdorf en Zúrich, cuatro pisos por encima de los callejones sinuosos del casco antiguo y las calles adoquinadas, con badulaques que vendían kebabs y restaurantes donde se servían cazuelas de queso emmental fundido para compartir.

«He perdido la poca vergüenza que me quedaba», pensó.

—¿Hay alguna diferencia entre la vergüenza y la culpa? —preguntó Anna.

—La vergüenza es extorsión psíquica —contestó la doctora Messerli—. La vergüenza miente. Avergüence a una mujer y creerá que obra intrínsecamente mal, que está en falta permanente. Solo confiará en sus fracasos. Nunca podrá convencerla de otra cosa.

Eran casi las tres de la tarde cuando Anna llegó al colegio de sus hijos. La escuela municipal estaba al lado de la plaza del pueblo, entre la biblioteca y una casa señorial de trescientos años de antigüedad. Un mes antes, el día de la fiesta nacional suiza, la plaza se abarrotó de ciudadanos que comían salchichas y se balanceaban como borrachos al compás de la música de una orquesta folclórica bajo los fuegos artificiales que iluminaban el cielo. Durante las maniobras militares, los soldados aparcaron los camiones del ejército en diagonales torcidas junto a la fuente del centro de la plaza, que en verano se llenaría de niños que chapoteaban desnudos mientras sus madres se sentaban en algún banco cercano a leer un libro y tomar yogur. Bruno había cumplido con su servicio de reservista hacía años; de la experiencia solo quedaba un fusil de asalto en el sótano. Y a Anna no le interesaban las novelas de bolsillo, y cuando sus hijos querían nadar los llevaba a la piscina municipal.

Ese día el tránsito en la plaza era escaso. Un trío de mujeres charlaban delante de la biblioteca. Una empujaba un cochecito, otra sujetaba una correa al final de la cual jadeaba un pastor alemán y la otra simplemente estaba de pie con las manos vacías. Eran madres de otros niños del colegio, y Anna les llevaba a todas unos diez años. Su piel lucía lechosa y turgente en zonas que ella sentía resecas y hundidas. En sus rostros se veía, pensaba Anna, una luminosa desenvoltura, un porte relajado, un lustre autóctono.

Anna no solía sentirse a gusto dentro de su propia piel. «Tengo la cara crispada y treinta y siete años —pensó—. Soy la suma de todos mis tics». Una madre la saludó con la mano, y su sonrisa, aunque de mera cortesía, fue sincera.

Había encontrado al desconocido en las clases de alemán. «Bueno, Anna, acabas de meterte su polla en la boca —se recordó—. Ya no puede decirse que sea un desconocido». Y no lo era. Se llamaba Archie Sutherland, era escocés, expatriado y, como Anna, alumno de la escuela de idiomas. «Anna Benz, estudiante de idiomas». Fue la doctora Messerli quien la había animado a apuntarse al curso de alemán (y, por una de esas asombrosas ironías de la vida, Bruno insistió en que visitara a un psicoterapeuta: «Estoy harto de tus putos dramas, Anna. Ve a que te arreglen la cabeza», le dijo). La doctora Messerli le dio luego a Anna un horario de clases.

—Ya va siendo hora de que tome un rumbo que la obligue a una participación más plena en el mundo que la rodea —dijo.

El afectado discurso de la doctora, aunque condescendiente, dio en el clavo. Iba siendo hora. Y tanto.

Al final de aquella cita, tras varios intentos más de convencerla, Anna se dio por vencida y accedió a inscribirse en una clase de alemán para principiantes en la Migros Klubschule, el curso que debería haber hecho cuando, nueve años antes, llegó a Suiza, con la lengua trabada, sin amigos, y ya desesperada por su suerte.

Hacía una hora Archie le había preguntado a Anna desde la cocina de su apartamento: ¿Le apetecía un café? ¿Un té? ¿Algo de comer? ¿No necesitaba nada? ¿Nada de nada? Anna se vistió con cautela, como si hubiera espinas en las costuras de su ropa.

En la calle se empezaron a oír los gritos de los niños que volvían al colegio después del almuerzo, mezclados con las voces de los turistas norteamericanos que resoplaban mientras subían la pronunciada cuesta que llevaba a la Grossmünster, la catedral de Zúrich, un recio edificio gris medieval, inconfundible, con dos torres simétricas que se alzan empotradas en la fachada de la iglesia y descuellan por encima del techo abovedado como las orejas de una liebre alerta.

O unas astas.

—¿Qué diferencia hay entre una necesidad y una carencia?

—Una carencia es algo que falta, pero no es esencial. Una necesidad es algo sin lo que no puedes sobrevivir. —La doctora añadió—: Si no puedes vivir sin algo, no puedes.

«¿Nada de nada?». Igual que la doctora Messerli, Archie hablaba inglés con un acento marcadísimo, modulado no por las consonantes cambiantes del alto alemán, sino por palabras que se arremolinaban y reventaban al mismo tiempo. Aquí una erre ondulante, allá una cola de vocales entrechocando unas con otras como avivadas por el fuelle de un herrero. A Anna la atraían los hombres que hablaban con acento. Fue la cadencia foránea de Bruno al hablar en inglés la que dejó que le deslizara el pulgar, la lengua, por debajo de las bragas en la primera cita (además de la botella de Williams Birnen Schnaps, el aguardiente de pera que bebían hasta perder el sentido). En su juventud Anna tenía sueños dulces y húmedos en los que fantaseaba con hombres a los que amaría algún día, hombres que la amarían a ella. Les ponía nombres propios pero imprecisos, rostros extranjeros: Michel, el escultor francés con dedos largos cubiertos de arcilla reseca; Dmitri, el sacristán de una iglesia ortodoxa cuya piel olía a alcanfor, a jara, a resina de sándalo y mirra; Guillermo, su amante con manos de matador. Eran hombres espectrales, ensoñaciones de muchacha, pero armó a todo un ejército internacional.

Se casó con el suizo.

«Si no puedes vivir sin algo, no puedes».

A pesar de la sugerencia de la doctora Messerli para que se inscribiera en esas clases, Anna tenía un nivel básico de alemán. Se las apañaba. Sin embargo, su alemán solo destacaba por estar mal cultivado y por el esfuerzo hercúleo que le exigía hablarlo. No obstante, durante nueve años se las había arreglado con esos conocimientos rudimentarios. Anna había podido comprarle sellos a la mujer de la oficina de correos, hacer consultas con cierto grado de detalle a pediatras y farmacéuticos, describir el corte de pelo que deseaba a las estilistas, regatear precios en los mercadillos, charlar con los vecinos, y complacer a una pareja de afables pero perseverantes testigos de Jehová que cada mes llegaban a su puerta con un ejemplar en alemán de Atalaya. Anna también había podido, aunque con menos frecuencia, dar indicaciones a los extranjeros, adaptar recetas de programas de cocina, tomar notas cuando el deshollinador de la chimenea detallaba los riesgos de las juntas de mortero sueltas y los tiros obstruidos, y librarse de multas cuando, a petición del revisor, no podía mostrar el pase del tren para validarlo.

Aun así su dominio de la gramática y el vocabulario era pobre, carecía de fluidez, y las frases hechas y la sintaxis correcta se le escapaban por completo. Cada mes se presentaban docenas de situaciones en las que había de dejar una tarea en manos de Bruno. Él se ocupaba de los trámites burocráticos, de pagar el seguro, los impuestos, el recibo de la casa. Él rellenaba el papeleo para el permiso de residencia de Anna. Y Bruno manejaba la economía familiar, porque ocupaba un cargo directivo intermedio de banquero en Credit Suisse. Anna ni siquiera tenía una cuenta corriente.

La doctora Messerli alentó a Anna a adoptar un papel más activo en los asuntos familiares.

—Debería —reconoció Anna—. La verdad es que debería.

Ni siquiera sabía muy bien en qué consistía el trabajo de Bruno.

No había ninguna razón para que Anna no pudiera acercarse a las madres que charlaban en la plaza, ninguna regla que lo prohibiera, nada que le impidiera sumarse a la conversación sin más. A dos las conocía de vista y a una de nombre, Claudia Zwygart. Su hija Marlies iba a la clase de Charles en el colegio.

Anna no se acercó a ellas.

A modo de explicación, Anna resumió así su actitud: «Soy tímida y no me apetece hablar con desconocidos».

La doctora Messerli se mostró comprensiva.

—Es difícil para los extranjeros hacer amigos suizos.

El problema de fondo va más allá de un pobre dominio del alemán, bastante problema de por sí. Suiza es un país aislado, sellado en sus fronteras y neutral por elección durante dos siglos. Tiende la mano izquierda a refugiados y personas en busca de asilo, mientras con la derecha arrambla con grandes sumas de dinero recién lavado y oro nazi. (¿Injusto? Tal vez. Pero cuando Anna se sentía sola arremetía con todo). Y como el paisaje que habitan, los suizos están cerrados en sus contornos. Tienden por naturaleza al aislamiento, conspiran para mantener a los forasteros a distancia designando no una, ni dos, ni tres, sino cuatro lenguas nacionales. El nombre oficial de Suiza está en una quinta lengua: Confoederatio Helvetica. De todos modos, la mayoría de los suizos hablan alemán, y en Zúrich se habla alemán.

Aunque no exactamente.

El alemán escrito en Suiza es el alto alemán estándar de los libros de texto. Pero los suizos hablan una variante del alemán que no es estándar en absoluto. No hay una ortografía establecida. No hay claves de pronunciación. No hay un vocabulario consensuado. Varía de un cantón a otro. Y la lengua misma salta del velo del paladar como una amígdala infectada tratando de escapar, para que nos entendamos. Al oído del extranjero suena como si el hablante construyera palabras inventadas a partir de los ritmos más infrecuentes, las consonantes apocopadas más raras y la disposición más rocambolesca de vocales abiertas, alargadas. Se resiste a cualquier intento foráneo de aprenderla, porque cada palabra es santo y seña.

Anna hablaba el mínimo indispensable de suizoalemán.

Anna no se acercó a las otras madres. En lugar de eso, rascó la suela de uno de sus zuecos marrones en el bordillo de la acera. Jugueteó con su pelo y fingió observar el vuelo de un pájaro invisible.

Resulta difícil amar a un hombre despojado de su lengua materna. Y aun así, Anna se casó con el suizo.

Sonó el timbre del colegio y los niños salieron en tropel del edificio al patio de la escuela. Anna vio primero a Victor, jugando a lo bruto con dos amigos. Charles lo seguía de cerca, atrapado en una algarabía de niños. Echó a correr hacia Anna en cuanto la vio, la abrazó y empezó a contarle cómo le había ido el día sin necesidad de que se lo preguntara. Victor se entretuvo con sus compañeros y al final fue arrastrando los pies. Así era Victor cuando se metía en el papel de Victor, distante y un poco estirado. Anna disculpó su reticencia y optó por alborotarle el pelo. Victor hizo una mueca.

Anna experimentó los primeros hormigueos de la culpa mientras caminaban de vuelta a casa (no podía calificarlas de verdaderas punzadas). Fue una sensación difusa, pero en cierto modo vigorizante. Ese nivel de indiferencia era una novedad. Hizo que se sintiera extrañamente satisfecha de sí misma.

Los Benz vivían a cien metros escasos de la escuela municipal. Su casa sería visible desde el patio del colegio de no ser por la Kirchgemeindehaus, el salón parroquial de la iglesia, un edificio del siglo XIX con entramado de madera que se interponía justo en medio. Anna no solía volver caminando a casa con los niños, pero apenas hacía una hora que había consumado el acto y aún sentía las manos de Archie en sus pechos; un remordimiento moderado no estaba de más.

Se fueron a vivir a Suiza en junio de 1998. Anna, embarazada y exhausta, no tuvo recursos para afrontar una discusión. Telegrafió su conformidad en largos suspiros silenciosos y ocultó sus muchas inquietudes en una de los miles de cámaras secretas de su corazón. Buscó un lado positivo, un vaso medio lleno. A fin de cuentas, ¿quién no aprovecharía la ocasión de vivir en Europa si se la ofrecieran? En el instituto, Anna se encerraba en su cuarto la mayoría de las noches y se obsesionaba pensando en todos los otros lugares adonde los hombres de su vida la llevarían algún día. En esos sueños lánguidos, sumisos, les daba a los hombres todo el poder. Bruno trabajaba para Credit Suisse desde hacía años. ¿Aceptaría un puesto en Zúrich?, le preguntaron. Anna estaba casada y embarazada, y más o menos enamorada. Suficiente. «Será suficiente», pensó.

Y así fue como se mudaron a Dietlikon. Dos líneas de tren interurbano comunicaban la localidad con Zúrich. Estaba cerca de un gran centro comercial. Las carreteras eran seguras, las casas, bien cuidadas y el lema del pueblo encerraba grandes promesas. Aparecía en la página web y en los folletos. Se anunciaba en el cartel enfrente del ayuntamiento, y encabezaba la primera página del Kurier, el modesto periódico semanal de Dietlikon: Menschlich, offen, modern. Humana. Abierta. Moderna. Anna volcó todo su optimismo en esas tres palabras.

Dietlikon era además el pueblo natal de Bruno. Su Heimatort. Regresó como el hijo pródigo. Anna tenía veintiocho años. Bruno, a los treinta y cuatro, se adaptó sin esfuerzo al entorno de su infancia. No era de extrañar: Ursula vivía a pocos minutos a pie de la Klotenerstrasse, en la casa donde había criado a Bruno y a su hermana Daniela. Oskar, el padre de Bruno, llevaba más de una década muerto.

Bruno presentó buenos argumentos. Vivir en Dietlikon ofrecería a sus hijos («¿Vamos a tener más? ¿Estás seguro?». Ni siquiera se podía decir que hubieran decidido tener el primero) una infancia saludable, sin límites, segura y estable. Una vez ella se hizo a la idea (y después de que Bruno jurara que hablarían de los futuros hijos antes de concebirlos), Anna fue capaz de reconocer las ventajas del traslado. Así que cuando se sentía sola o nostálgica, rara vez en aquellos primeros meses, por personas, cosas o lugares que nunca pensó que añoraría, se consolaba imaginando la cara del bebé. «¿Tendré a un Heinz de mofletes colorados que me llame Mueti? ¿Mi propia Heidi de trenzas rubias?». Y Bruno y Anna estaban, más o menos, enamorados.

La calificación «más o menos» inquietó a la doctora Messerli.

Anna se explicó.

—¿No es siempre así? En toda relación entre dos personas, una siempre amará más, la otra menos. ¿Verdad?

Victor, de ocho años, era el hijo mayor de Anna. Charles tenía seis. Eran, en efecto, los niños rubicundos y bien nutridos que Anna había imaginado. Tenían el pelo rubio ceniza y los ojos castaños. Eran un par de chicarrones bulliciosos, hermanos a ultranza, y sin duda los hijos del hombre con el que Anna se había casado.

—Pero tuvo más niños, ¿no? No debía de ser todo tan terrible.

«Por supuesto que no. No había sido terrible para nada. No siempre. No todo había sido siempre terrible». Anna duplicaba sus negaciones, las triplicaba. Hacía diez meses Anna había dado a luz a una hija de pelo negro y piel dorada a la que llamó Polly Jean.

Y juntos formaban la familia Benz y vivían en el municipio de Dietlikon, en el distrito de Bülach, en el cantón de Zúrich. Los Benz: Bruno, Victor, Charles, Polly, Anna. Una familia corriente y por lo general discreta que vivía en una calle llamada Rosenweg —vía de la Rosa—, un camino privado que terminaba justo delante de su casa, construida al pie de la lenta pendiente que ascendía la colina cerca de medio kilómetro por detrás de su propiedad y se allanaba justo donde empezaban los bosques de Dietlikon.

Anna vivía en un callejón sin salida, un cul de sac.

Pero la casa era bonita y el jardín más grande que el de casi todas las que había alrededor. Hacia el sur había varias granjas, en cuyas fincas lindaban campos de maíz, girasoles y colza. Ocho Apfelbäume en plena madurez crecían a un lado de la casa, y en agosto, cuando los árboles estaban preñados de suculentas manzanas maduras, la fruta caía de las ramas al suelo con un ritmo sordo tan constante como los goterones de lluvia al principio de un aguacero. Tenían matas de frambuesa, y un parterre de fresas y grosellas rojas y negras mezcladas. Y aunque el huerto que recorría uno de los laterales solía estar descuidado, tras una cerca de escasa altura en la parte delantera de su propiedad, los Benz disfrutaban de una avalancha de rosales, de flores de todas las tonalidades. «Rosenweg es un camino de rosas», pensaba a veces Anna.

Victor y Charles entraron a la carrera por la puerta principal. Antes de que pasaran del recibidor, Ursula salió a su encuentro y con gesto adusto se llevó el dedo índice a los labios. «¡Vuestra hermana está dormida!».

Anna agradecía poder contar con Ursula, lo agradecía de verdad. Sin embargo, Ursula, que rara vez se mostraba desagradable con ella, seguía tratándola como un objeto extraño, un medio destinado a la felicidad de su hijo (en el caso de que «feliz» fuera la palabra que definía a Bruno, y Anna estaba casi segura de que no lo era) y el receptáculo en el que sus nietos —a los que quería profundamente— venían al mundo. Si Ursula ofrecía ayuda era por los niños, no por Anna. Había sido profesora de inglés en una escuela de secundaria durante treinta años. Se desenvolvía en un inglés acartonado pero fluido y se mostraba dispuesta a hablarlo cuando Anna estaba presente, algo que Bruno a veces ni siquiera se molestaba en hacer. Ursula se llevó a sus nietos a la cocina para merendar.

—Voy a ducharme —dijo Anna. Ursula enarcó una ceja pero la bajó enseguida mientras seguía a Victor y Charles a la cocina. No era asunto suyo. Anna cogió una toalla del armario de la ropa blanca y se encerró en el cuarto de baño.

Necesitaba una ducha. Olía a sexo.