La ciudad plácida
Capítulo 1
Jordi Bordas
La ciudad plácida
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Titivillus 29.11.15
Jordi Bordas, 2014
Editor digital: Titivillus
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CAPÍTULO 1
—Lo que está claro es que se ensañaron con él.
El inspector y segundo jefe del Grupo de Homicidios de la Policía de Barcelona estaba en cuclillas junto al cuerpo sin vida que, a diferencia de otras muchas muertes violentas, no había adquirido una postura extravagante. Yacía de espaldas sobre el asfalto, con la cabeza ladeada hacia la derecha, los brazos en cruz, los ojos semiabiertos y las palmas de las manos apoyadas en el suelo. El rostro lucía un semblante sereno. De hecho, ahora que observaba aquella cara con más detenimiento, parecía la de una persona dormida, salvo por las manchas de sangre. Ocultaban casi toda su faz y empapaban lo que, en circunstancias normales, debió de ser una camisa blanca, ahora una prenda completamente carmesí.
El personal médico forense ya había cubierto lo que una hora antes era un ser vivo. Francisco Manzano levantó el plástico negro para que su jefe, Javier Arousa, pudiera contemplar a aquel desconocido. Arousa, máximo responsable del Grupo de Homicidios, era un hombre delgado, de estatura media, cara afilada, pelo negro firme y con una vitalidad y una energía que desmentían su edad —rebasaba con holgura los cincuenta, quince años más que Manzano—, y sabía por experiencia que fuera quien fuera aquel desgraciado, aún debería permanecer tendido allí cuando menos un par de horas.
Era difícil encontrar un juez de guardia que se presentara en menos de ciento veinte minutos para ordenar el correspondiente levantamiento del cadáver, y más aún a aquellas horas de la madrugada, minutos antes de las cinco. Llevaba más de treinta años como policía y Arousa seguía preguntándose el porqué de aquella demora. «Ni siquiera se dan prisa cuando hay un acto terrorista».
Movió la cabeza de un lado a otro como si quisiera alejar aquella idea de su pensamiento, pero fue incapaz de lograrlo. «¡Cuántas veces se han visto imágenes por televisión con la víctima todavía en el suelo antes de que su señoría —y al pronunciar mentalmente aquellas palabras fue consciente del tono despectivo con que las acompañó— diera permiso para trasladarla!».
Manzano, ajeno a estos pensamientos, señaló con el dedo índice la parte superior de la pálida cabeza del muerto.
—Mira, jefe —dijo después de dar un rodeo y agacharse.
Arousa, siguiendo la dirección que le señalaba su subordinado, posó su mirada en la zona posterior y sobresaliente del cráneo, justo por encima de la nuca de la víctima, allí donde una coronilla de dimensiones notables había reemplazado lo que, en tiempos, debió de ser una zona poblada por una espesa mata de pelo negro.
—Una puñalada ahí.
Su ahí tenía forma de cráter. La piel estaba levantada y dejaba al descubierto el hueso roto. La sangre había manado de un pequeño agujero negruzco que se adivinaba profundo. La oscuridad de la noche y la escasa iluminación del lugar apenas permitían ver nada (el día todavía no había despuntado, aunque ya se intuía sobre el lejano horizonte negro que formaba el mar). El asesinato se había cometido en una pequeña calle que enlazaba con una amplia avenida. La vía, de aspecto señorial, se extendía hacia el sur con un gran solar próximo al majestuoso hospital de Vall d’Hebrón, un terreno rústico convertido en cochera del metro hacía ya veinte años, bajo el impulso de los Juegos Olímpicos.
—Otra ahí.
Esta vez, Manzano apuntaba al cuello. A diferencia del boquete craneal, la sangre debió de salir con ímpetu y abundancia por aquel orificio, a juzgar por las dimensiones de la oscura mancha extendida sobre la calzada.
—Dos en el pecho.
Ni siquiera llegó a señalar la zona en cuestión. No era necesario. Aquel sujeto vestía una chaqueta gris sobre la que se había bordado el escudo de la compañía del Ferrocarril Metropolitano, que no llevaba abrochada y sobre la que se había dibujado un mapamundi cuyos continentes eran grandes áreas de sangre.
—Recibió una de las puñaladas a la altura del corazón. La otra, a su derecha, poco más o menos debajo del pezón.
Arousa siguió en silencio las explicaciones. La pericia de Manzano a la hora de efectuar las inspecciones oculares era tan precisa que hacía innecesario formular preguntas. No había nadie, en todo el Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, capaz de captar tantos detalles como él en pocos minutos. Nadie, de cuantas personas intervenían posteriormente en un caso de muerte violenta como era este crimen —ni el mejor forense ni el perito más experimentado— había desmentido nunca lo que el subjefe de Homicidios Manzano adelantaba a los pocos minutos de llegar al escenario del delito. Nunca en los casi ocho años que llevaba destinado en aquel grupo policial.
El máximo responsable de Homicidios comprobó que lo que ambos agujeros tenían en común era la tonalidad oscura que cubría prácticamente por completo la camisa y la chaqueta.
—Una quinta, en el vientre. Le debió de perforar los intestinos.
Javier Arousa fijó su mirada justo encima del cinturón, donde un enorme reguero, ahora inmóvil, impedía ver con exactitud por dónde había penetrado el arma homicida. El muerto no parecía ser un hombre barrigudo. Al contrario. Más alto que bajo, no le sobraba ni un gramo de grasa. Contemplándolo en su totalidad, trató de imaginarlo de pie. Cerró los ojos para visualizar mejor la imagen que se estaba formando en su mente y, en efecto, las características físicas de la víctima correspondían a las de una persona atlética. Fuera casualidad o pura intuición, Manzano le ahorró el esfuerzo.
—Medía metro ochenta. Debe de pesar más de setenta kilos y me apuesto lo que quieras a que se cuidaba. Ciclismo, footing, natación, gimnasia… lo que fuera, pero el tío estaba en forma.
—Entonces no es descabellado pensar que quizá conocía a su agresor. Si no, habría tratado de hacerle frente…
—Puede que no. No hay que descartar la posibilidad de que fuera más de uno.
Antes de que Arousa llegara a preguntar en qué basaba su hipótesis, Manzano estaba agarrando las manos del cadáver para poder ladearlo ligeramente.
—Mira: dos puntazos más en la espalda, uno debajo del omóplato derecho y el otro un poco más arriba del riñón izquierdo. En total, siete heridas, todas ellas mortales. Así que es posible que lo atacaran por detrás y que, cuando iba a defenderse, lo acabaran acuchillando cinco veces por delante sin que tuviera tiempo para reaccionar. Sí, es posible que su muerte se deba a un único autor, pero creo que, por ahora, no podemos descartar que fueran varios. Lo que me parece obvio es que las hemorragias fueron tan masivas que tuvo que morir en pocos minutos. Quizá en segundos pero, en todo caso, eso lo confirmará el forense.
Ambos permanecieron unos instantes en silencio dando vueltas a cómo pudo producirse aquella salvaje agresión. A la vista del silencio de su jefe, Francisco Manzano reanudó su discurso.
—Si el crimen lo cometió una sola persona, el asunto podría ser todavía peor. Ya sabes que es mucho más difícil atrapar a un homicida que actúa por libre que desarticular un grupo, donde algún miembro siempre acaba por cometer un error.
Javier Arousa no respondió. Estaba completamente de acuerdo con Manzano. La detención de un único asesino siempre resultaba mucho más ardua y compleja que el esclarecimiento de los delitos perpetrados por una banda. Tenía la seguridad de que la sociedad barcelonesa conocía la existencia de bandas criminales organizadas, pero el estado de alarma de los ciudadanos se disparaba cuando se trataba de un único asesino que actuaba por motivos que la llamada opinión pública no siempre acababa de comprender.
—Sea como sea —comentó en voz baja el jefe del Grupo de Homicidios—, estoy de acuerdo contigo: por la violencia que muestra el cadáver, pudo haber ensañamiento. Si fue obra de un solo autor, estamos ante un resentido, un sádico o un psicópata que goza causando el mal y, además, es inteligente.
—Si se cree superior a los demás —añadió Manzano— eso lo llevará a cometer algún error. Quizá eso nos ayude.
—Cierto, pero mientras tanto tiene tiempo para cometer nuevos crímenes. Ojalá me equivoque y no sea así, porque esta ciudad, tan orgullosa de sí misma, no está preparada para convivir con un asesino en serie.
Francisco Manzano alzó la cabeza. Él no había caído en aquel extremo. No se le había pasado por la cabeza que aquella muerte fuera la primera de varias. La historia criminal reciente de Barcelona no recogía la existencia de un asesino múltiple entre sus ciudadanos, a diferencia de otras grandes urbes donde la presencia de criminales de aquella índole sí había sido notable. A lo sumo, en el caso de la capital catalana, algún homicida que había asesinado a un par de ciudadanos, pero no más. Nada que ver con varias muertes violentas perpetradas por un solo individuo.
—¿Qué hacía por aquí a estas horas?
—Salía de trabajar —respondió Manzano—. Era conductor del metro y, según me ha informado el jefe de estación, su jornada laboral terminó a las cinco.
—¿Podemos descartar que lo asesinaran para robarle?
La pregunta de su jefe obligó a Manzano a cortar de cuajo sus razonamientos.
—Sí. No parece que le falte nada. Por lo menos, a primera vista. Hemos encontrado su cartera con cincuenta y cinco euros, varias tarjetas de crédito y también su teléfono móvil. Si el motivo del asesinato hubiera sido el robo, el autor o los autores habrían tenido tiempo de sobra para saquearle. A la hora en la que se cometió el crimen, no había nadie por las calles. Al menos, hasta ahora no hemos podido dar con nadie que haya visto u oído algo. Fue un compañero suyo el que avisó a una patrulla cuando, yendo hacia la entrada de la cochera para iniciar su turno, se lo encontró en el suelo. Por lo que nos ha dicho el vigilante de las cocheras, el muerto había salido unos diez minutos antes, o puede que algo más. No, desde luego no parece que fuera un atraco.
—¿Tenéis su filiación?
—Sí. Se llama Juan Morales Hernández. Treinta y cinco años. Nacido en Barcelona y residente en Castelldefels, muy cerca del aeropuerto. Gracias al compañero que lo ha encontrado hemos dado con su coche. Es aquel de allí.
Con el dedo índice de su mano derecha señaló el vehículo al que aludía, custodiado ya por dos agentes uniformados. Un Citroën de color blanco insultantemente límpido.
—He puesto a Cano a investigar los aspectos personales del fallecido y, dentro de un rato, llamaré a Bernal para que averigüe su situación económica.
Juan Cano y María Bernal le parecieron a Arousa una elección acertada que ponía de relieve las dotes organizativas de Manzano. El joven inspector Cano —todavía le quedaban algunos años para cumplir los treinta— era un especialista a la hora de obtener datos relevantes en sucesos como aquel. En el caso de la agente Bernal, la única mujer del Grupo de Homicidios, tenía un don natural para escudriñar cuentas corrientes, préstamos, hipotecas e ingresos no habituales que muchas veces eran clave para esclarecer lo sucedido.
Javier Arousa dio media vuelta sobre sí mismo, comprobó que los agentes de la Brigada Científica ya estaban trabajando sobre el terreno y contempló de nuevo el lugar, intentando averiguar si en las cercanías había alguna cámara de seguridad que hubiera podido grabar la agresión o la presencia del autor o autores del homicidio. Pero no hubo suerte. Ni una sola. El esclarecimiento de aquel crimen no iba a resultar, a priori, fácil. Movió la cabeza de un lado al otro lamentando esa circunstancia.
—Por el momento, no hay nada más que hacer —añadió el segundo jefe de Homicidios al ver que su superior no decía nada más—. Yo me quedaré aquí hasta que llegue el juez de guardia. Volveré a hablar con el conductor que descubrió el cadáver para ver si recuerda algo más y, de paso, echaré otro vistazo por los alrededores. Nunca se sabe qué podemos encontrar. No hace falta que te quedes, jefe. ¿Para qué vamos a estar los dos aquí, no te parece?
Arousa asintió con la cabeza. También aquella era una buena decisión de Manzano. La mejor de todas, seguramente.
—Cierto. En todo caso, a las nueve y media estaré en Jefatura. No hace falta que tú estés a esa hora. Descansa y ven más tarde. De todas formas, si hay alguna novedad me localizas en el móvil.
—Descuida.
El jefe del Grupo de Homicidios, que seguía acudiendo a los escenarios de todos los crímenes que se registraban en Barcelona aunque por su condición de máxima autoridad de Homicidios no tenía por qué hacerlo, permaneció unos instantes contemplando al fallecido hasta que, lentamente, se encaminó hacia su coche. Pensaba, mientras se aproximaba al vehículo, que aún llegaría a tiempo para ver a su hijo Ernesto, peluquero de perros, antes de que fuera a la clínica donde trabajaba y a su hija Paola, enfermera en el Hospital Clínic, que aquel lunes 4 de julio de 2011 tenía turno de mañana. El verano no empezaba bien, nada bien.