La clase

Hermann Ungar · Capítulo 1 de 15

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La clase

Capítulo I

Hermann Ungar

La clase

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Titivillus 30.06.17

Título original: Die Klasse

Hermann Ungar, 1927

Traducción: Ana María de la Fuente Rodríguez

Editor digital: Titivillus

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CAPÍTULO I

Él sabía que las miradas de los chicos le acechaban, que el menor descuido podía ser su perdición. Este año había dieciocho chicos sentados frente a él. Sentados en los bancos, de dos en dos, mirándole. Él estaba seguro de que la catástrofe tenía que llegar. Debía hacerse el terrible. Sabía que no lo era. Él defendía su pan, luchaba por cada día de moratoria. Su severidad era parte del sistema destinado a retrasar el fin. Tenía que ganar tiempo. Cada día podía traerle la salvación porque, precisamente ese día ganado, él, el maestro Josef Blau, tal vez haciendo acopio de fuerzas, podría conseguir que le fuera atenuada la pena a la que se había hecho acreedor.

Luchaba por todos los medios para mantener la disciplina. En cuanto se relajara, todo se perdería. A la primera piedra que se desprendiera, caería el edificio entero. Él sabía que quedaría sepultado bajo los escombros. Conocía ejemplos que le habían enseñado que la dulzura y la tolerancia no eran los medios adecuados para mantener a raya a los chicos. Otros profesores habían fracasado por eso. El ser humano, decían, estaba dotado de bondad y comprensión; en tal caso, los chicos de catorce años no eran seres humanos. Su corazón era cruel. Si se derrumbaba la barrera de la disciplina, bien lo sabía él, de nada serviría hacer alusión a la delicada situación del maestro ni pedir consideración. Ellos, desde el momento en que empezaran a perseguirle sus risas burlonas, no le darían cuartel y él tendría que huir, humillado, con la cabeza baja, desposeído de su pan.

La escuela se encontraba en un barrio de gente acomodada. Los chicos estaban bien alimentados y bien vestidos. Él era de origen humilde. Comprendía que la riqueza, cuando se disfruta desde la cuna, proporciona al individuo una libertad de acción y una confianza en sí mismo que no se consiguen con estudios, formación ni conocimientos. Él sabía que éste era su punto vulnerable y temía que los chicos lo descubrieran.

Le parecía que sus miradas escrutaban sus movimientos y sus ropas.

Él estaba frente a la clase sin moverse, con la espalda apoyada en la pared. Los miraba a todos y cada uno. Sabía que no podía dejar que se le escapara ni el menor asomo de sonrisa en aquellas caras vueltas hacia él. Podría ser una sonrisa de superioridad y desencadenar la revuelta. Si la veía a tiempo, podría sofocarla con la mirada. También podría imponer un castigo, con cualquier pretexto. Lo esencial era estar preparado en cada segundo de las horas de clase para impedir que la disciplina se tambaleara por cualquier motivo.

Por esta razón, el profesor Blau se abstenía de pasear por la clase como solían hacer los otros maestros. El movimiento aflojaba la tensión, era relajante y relajaba. Desaparecía la barrera entre el superior y el conjunto de los subordinados, el sistema perdía rigidez, se hacía flexible. Los pesos no podían desplazarse sin amenazar el equilibrio. Él sabía que, al primer paso que diera, en la clase se liberaría un suspiro. La rigidez de los cuerpos cedería. Por otra parte, al mantener una posición fija, no tenía que exponer sus movimientos a la observación de los chicos que, si caminaba, lo seguirían con la mirada. A pesar del peligro de los apuntadores, tomaba la lección a los chicos en el mismo banco, en lugar de hacerles salir a la pizarra. También este desplazamiento podía romper el equilibrio y crear perturbaciones. El orden bipartito sería reemplazado por el tripartito y la bipolaridad de las miradas, de él a ellos y de ellos a él, se rompería con la creación del tercer polo. La puerta de la clase estaba a la altura de la primera fila de bancos, frente a las ventanas. Éstas daban al patio. A tres pasos de los bancos, frente a la pared transversal, en la que se hallaba la pizarra, estaba la tarima con la mesa de Josef Blau. La mesa había sido colocada a un extremo de la tarima, de cara a las ventanas. Si Josef Blau, como hacían otros maestros, hubiera caminado hasta las ventanas por el estrecho pasillo que quedaba entre la tarima y los bancos, para colgar el sombrero en la percha destinada al maestro, situada en el rincón entre la mesa y la pared, durante el recorrido hubiera tenido a su espalda los ojos de una parte de los alumnos. Para evitar el dar la espalda a la clase, subía directamente a la tarima desde la puerta y se dirigía a su lugar describiendo un semicírculo no sólo en la traslación sino también sobre su propio eje, para no perder de vista a los chicos. Josef Blau anotaba la entrada en el libro de clase y se situaba junto a la primera ventana, de manera que la pared le protegiera la espalda de las miradas del exterior. Así permanecía, de cara a los chicos, hasta el final de la clase. Al marcharse, hacía el mismo recorrido que al llegar, a la inversa. Tanto o más que el movimiento, las ropas podían hacerle blanco de las burlas de los chicos. A los ojos de los ricos, nada era más despreciable que la pobreza, pensaba Josef Blau. En su misma conmiseración había un sentimiento de superioridad. Él sabía que no podía prescindir de la buena ropa, aunque tuviera que hacer grandes sacrificios para adquirirla. Todos los años, al empezar el curso, se encargaba un traje. Pero, a pesar del esmero con que cuidaba sus prendas de vestir, no bien entraba en la clase, advertía con bochorno lo modesto de su indumentaria. El temor de que le brillaran el fondillo del pantalón y las mangas a la altura del codo, le obsesionaba de tal modo que giraba las mangas hacia dentro y mantenía los brazos pegados al cuerpo durante toda la clase.

Los chicos, casi sin excepción, vestían traje de marinero azul, con escote en pico que dejaba ver unos pechos blancos y sin vello. Los pantalones eran ajustados y algunos llegaban muy por encima de la rodilla, por lo que entre el pantalón y el calcetín quedaba al descubierto otro buen trozo de carne. El traje de los chicos molestaba al profesor Blau. Aquella forma de vestirse le parecía una incorrección hacia él, una especie de desafío.

Él era bajo y delgado. Por la desazón que le producían las prendas holgadas y por su sentido del orden, llevaba la chaqueta siempre abotonada. Tenía las piernas flacas y, para no enseñar más piel que la indispensable, usaba altos cuellos de pajarita.

Despierto, sufría la ilusión, tan dolorosa como mortificante, de ser él quien estaba vestido de marinero, mientras sus alumnos se burlaban del vello que le asomaba por el escote y de otras muchas cosas, avergonzándolo mortalmente.

En los ojos de los chicos leía el afán de saltar las barreras y aproximarse a él. Puesto que con la fuerza no lo conseguirían mientras él se mantuviera alerta, lo intentaban con la astucia. Lo seguían por la calle. Por muchas precauciones que tomara, a la larga, no podría impedir que vieran a Selma. Ellos acabarían por enterarse de su existencia y, mientras mirasen al maestro con expresión atenta y sumisa, sus pensamientos libidinosos girarían en tomo a su matrimonio. Tal vez estuvieran despojándole de sus prendas de vestir, hasta dejar al descubierto su cuerpo escuálido, e imaginándolo con Selma en aquella situación que lo asemejaba al perro callejero. Si conocieran a Selma, si uno sólo de ellos la viera con aquellos vestidos ceñidos a sus amplias curvas, estos pensamientos se harían más reales. Ellos no debían ver a Selma. Él, como el comandante de una fortaleza sitiada, debía asolar las tierras de los alrededores, incluso las fértiles, y convertirlas en desierto, para dificultar por todos los medios la aproximación del enemigo.

Entre él y los chicos no debía existir más relación que la profesional. La relación profesional tenía sus vías trazadas, sus normas. Si abandonaba el terreno en el que regían estas normas, sería imposible volver a él. Lo impersonal, todo lo ajeno a su condición de maestro y alumnos, habría cedido el puesto para siempre a lo personal y relativo. Él debía mostrarse inflexible cuando los chicos trataran de enredarlo en una conversación particular, como se prende al pez en las mallas de una red. Si, durante el descanso entre clases, se acercaban a él, que solía quedarse apoyado en un rincón del largo corredor, los despachaba secamente. Él no desconocía las teorías de quienes propugnaban el acercamiento entre maestro y alumnos. Pero no había elección. Aquellos chicos tenían la superioridad de los bien alimentados, la seguridad de los bien vestidos; si llegaban a descubrir las miserias que intuían en él, su risa podría destruirlo. Había uno que no llevaba traje de marinero. Se llamaba Johann Bohrer. Su padre era pasante de abogado. Bohrer llevaba chaqueta marrón y pantalón largo. Las mangas de la chaqueta le brillaban. Sus manos no eran blancas como las de los otros chicos, sino rojas e hinchadas de frío. Josef Blau evitaba mirar y preguntar a aquel chico. Le parecía que Bohrer podía levantarse bruscamente, acercarse a él, el maestro Josef Blau y, entre las risas de toda la clase, darle unos golpecitos en el hombro. Los chicos podían compararlo con Bohrer, con quien compasivamente compartían el desayuno. Ninguno podía darse cuenta de su angustia con tanta claridad como Bohrer. A pesar de que Josef Blau intuía la respuesta, obedeciendo a una voluntad superior que lo empujaba hasta el borde del abismo, preguntó a Bohrer qué querría ser de mayor. Bohrer, sin levantar la mirada, en voz baja, como si comprendiera la vergüenza de Blau, respondió que él quería ser maestro. Durante un momento, Blau quedó anonadado. Palpó la pared con la mano. Cerró los ojos.

Pero ya se había hecho en la clase el murmullo del movimiento y le llegaba a los oídos. ¿Era esto el fin? ¿Comprendían ahora los chicos que para el hijo de un pasante no había más profesión que la de maestro? ¿Que la profesión de Josef Blau era profesión de pobres? ¿Los verían ahora ya para siempre el uno al lado del otro, Josef Blau y Johann Bohrer, el de las manos coloradas? ¿Estaba marcado para siempre? Se sobrepuso. Su mirada recobró la fijeza. Comprendió que debía recurrir a medios más enérgicos para consolidar su autoridad y pensó en la posibilidad de que disponían los maestros cuando existía el castigo corporal. Hubieran debido hacer que fueran los mismos alumnos los que lo aplicaran. Así se habría roto la solidaridad, se los hubiera podido enfrentar unos con otros como el destino enfrenta unas con otras a las criaturas humanas que le están sometidas. El castigo corporal era mejor que las amonestaciones, las malas notas, el quedarse después de clase y los deberes suplementarios. Éstos eran castigos que no herían, que los chicos podían cumplir con una sonrisa de superioridad. El castigo corporal hacía patente al alumno su inferioridad frente al poder del maestro. El maestro Blau comprendía y aprobaba los principios que habían conducido a la supresión de estos castigos. No obstante, él los hubiera aplicado, de haber podido, porque también los chicos hubieran utilizado todos los medios para destruirlo a él. No hubiera vacilado, ya que se trataba de su pan. Si no quería dar por perdida esta lucha desde el principio, tenía que reprimir toda inclinación a la tolerancia. Josef Blau sabía que al fin sería derrotado, pero luchaba por retrasar la hora de la derrota. Él no sabía dónde empezaría el horror. El peligro amenazaba por muchos frentes. En el mundo de la escuela y en el mundo ajeno a ella. El contacto entre estos dos mundos aceleraría la catástrofe. Él comprendía que, en su empeño por luchar contra su destino, se aferraba a un clavo ardiendo. Pero, contra esa ley que tan cruelmente lo perseguía, no había más que clavos candentes.

Salió de la clase con dieciocho cuadernos forrados en papel azul debajo del brazo. Oyó la algarabía que se alzó tan pronto y cerró la puerta. Josef Blau ya no veía a los chicos, pero sabía que se habían levantado y rodeaban el banco de Karpel. Karpel, con quince años, era el mayor. Blau intuía que en Karpel se concentraba y multiplicaba la hostilidad de todos sus alumnos. Cuando llegara el fin, y si este fin se iniciaba aquí y no en casa, partiría de Karpel, con su pelo negro peinado con raya en medio. La cara de Karpel ya no era fina y femenina como la de los otros chicos. Era delgado y pálido, de nariz prominente y ojeras profundas. Parecía tener la cara sucia por la oscura pelusa que le cubría las mejillas. La idea de que también el cuerpo de aquel muchacho tuviera vello de hombre era tanto más turbadora dado que Karpel también llevaba la blusa de marinero abierta hasta la cintura como sus compañeros. Producía a Blau la misma impresión que, a una persona decente, la visión de un hombre vestido de mujer; porque, en cualquier momento, podía quedar al descubierto una parte del cuerpo cubierta con vello de hombre.

Josef Blau sentía la superioridad de este chico que lo despreciaba, aunque todavía no había dado expresión audible a su desprecio. Sin duda, estaba concentrando fuerzas y odio contra el maestro, para desatarlos cuando llegara el momento de dar a los otros la señal de lanzarse sobre la presa. El alumno nada tenía que perder. Si era expulsado, su padre, con lo rico que era, encontraría para él otras escuelas. Pero el maestro estaría preparado. No les resultaría fácil atacarlo mientras él tuviera los ojos en ellos, taladrándolos con la mirada. Cada vez que la mirada de Blau se posaba en él, Karpel bajaba la cabeza. Y escondía los dedos debajo del pupitre cuando los ojos del maestro los observaban. ¿Por qué no mantenía quietas sus manos de uñas relucientes y bien cuidadas? ¿Por qué razón las escondía a la mirada del maestro si no era porque sabía que las uñas de Blau no estaban cuidadas y que la vista de sus manos avergonzaba al maestro, y todavía no había llegado el momento de avergonzar a Blau?

Josef Blau apretó el paso. Ya se oía, en lo alto de la escalera, el ruido de los chicos que se acercaban. Una vez en la calle, entró en el primer portal. Quería dejar pasar a los chicos. Ahora salían. No lo veían, ya que el portal estaba oscuro. Él sí podía verlos, cómo bajaban saltando las escaleras exteriores, cómo se estiraban y desperezaban. Hacían oscilar los libros atados con las correas. Estaban frente a él, Karpel en medio del grupo. Karpel dijo algo y Blau oyó el coro de risas que sonó al otro lado de la calle. Karpel tenía las manos hundidas indolentemente en los bolsillos del pantalón y sujetaba los libros bajo el brazo izquierdo. Aquel chico tenía experiencia. Ya conocía los vicios prohibidos. Quizá hasta conocía a la mujer. Blau se avergonzaba de la experiencia del alumno. Karpel no se avergonzaba.

Karpel sacó del bolsillo una hoja de papel. El papel pasó de mano en mano. Los chicos se reían. Sin duda, era un dibujo obsceno lo que mostraba Karpel. Quizá lo representara a él, el profesor Blau, dibujado por el experto Karpel en circunstancias ridículas, pero Josef Blau no podía salir, ponerse en medio de los chicos e incautarse del dibujo.

Lo hubieran rodeado por todas partes. Ahora había en todos burla y arrogancia. Lo hubieran recibido con risas, porque, en aquel momento, lo verían tal como lo había dibujado Karpel. Allí no había orden al que tuvieran que someterse, el orden que le asignaba un lugar frente a los chicos. Aquí, entre la gente, las casas y los coches, en medio del ruido de la calle, él hubiera tenido que empezar por crear el orden. Los chicos estaban de pie, el orden se había roto. Estaban en movimiento, aquí su triunfo sería fácil. Y él no iba a consentir que consiguieran su triunfo tan fácilmente.

Josef Blau esperaba. Cuando los chicos se fueron, salió del oscuro portal a la calle.