La conspiración Médici

Barbara Frale · Capítulo 1 de 31

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La conspiración Médici

Prólogo

 

 

FLORENCIA

20 DE JUNIO DE 1478

 

De pronto, la multitud de sombras se le vino encima. Malvadas e implacables,

se abalanzaron sobre él y lo arrollaron, lo aplastaron, lo ahogaron.

«¡Ayuda! Me matan…».

Pero el grito se ahogó en su garganta. Nadie pudo oír su desesperada

súplica.

—¡Hijo!

Lorenzo se sobresaltó y se volvió bruscamente hacia donde provenía la

voz. Vio el hábito claro de un fraile erguido de pie junto a él. El religioso lo

miraba con auténtica inquietud. Le puso una mano en el hombro para

calmarlo.

—Debes de haberte quedado dormido, Lorenzo. Estabas soñando.

Gritabas algo.

—Estaba rezando, pero de repente me he deslizado en una pesadilla. Debe

de ser por todas estas estatuas que me rodean. Son tan inquietantes… ¡Me

asustan!

Contempló afligido a toda esa multitud de seres sin alma que lo

circundaban, con los cuerpos rígidos y los ojos inexpresivos, con las

vestimentas arrugadas y desgarradas por el filo de la daga. Todos iguales,

todos en la misma angustiante postura, hombres de pie apoyados en las

piernas, pero privados de aliento.

Los ciudadanos de Florencia habían querido agradecer a Dios que salvara

la vida de Lorenzo el día que los conspiradores, decididos a aniquilar a los

Médici, pintaron de sangre las antiguas baldosas del Duomo; pero, en lugar de

encender suntuosos cirios como ofrenda a la Virgen, vaciaron sus propias

bolsas para financiar todas esas estatuas de tamaño natural, que reproducían

con un realismo asombroso las facciones del hombre que había sobrevivido

gracias al milagro.

Su gran semejanza con el verdadero les confería un aspecto macabro: la

diáfana nitidez de la cera creaba una perversa ilusión de realidad y evocaba la

palidez de un rostro exangüe. Y la impresión de un cuerpo sin vida era mil

veces más intensa en la obra del mejor aprendiz del maestro Andrea

Verrocchio, es decir, el joven Leonardo, hijo de don Piero da Vinci: en un

arrebato de entusiasmo, o tal vez de descaro, el aprendiz osó pedir que

Lorenzo donara a la estatua la ropa que había usado aquel fatídico día,

impregnada de su propia sangre, que ahora se había convertido en una

horrible costra negra.

El fraile se acercó más. Parecía furioso con Lorenzo, su mirada albergaba

una difícil lucha entre la ira, el resentimiento y el arrepentimiento. Pero, más

fuerte que cualquier otro sentimiento, había en él un afecto fraternal teñido de

una profunda tristeza. ¿Lo conocía? Probablemente sí, pero su cara se

confundía entre la multitud de nombres y rostros con los que se cruzaba tantas

veces en el convento de San Marcos.

—Veo que apartas la vista de esa representación, Lorenzo. Sin embargo,

es tu retrato. ¿Acaso tienes miedo de ti mismo? ¿O tal vez le temes a tu mala

conciencia?

El heredero de los Médici se alteró aún más de lo que lo había estado

hasta entonces. La voz del religioso se había vuelto más baja y dulce, pero

también amenazante, incluso acusadora. Extenuado por tantos días sin tregua

y noches sin descanso, Lorenzo pensó que tal vez no era un verdadero fraile,

un hombre de carne y hueso, sino el demonio disfrazado de humano que había

venido a atormentarlo en ese momento de dolor, a echarle en cara todas sus

culpas una por una.

Porque sí, mea culpa! Lorenzo de Médici había cometido errores. Errores

de cálculo con el dinero y las personas; cálculos mal ejecutados fruto de la

arrogancia, la ligereza, el orgullo o una ambición desmesurada. Cargaba una

inmensa responsabilidad sobre sus espaldas, y ahora la vida le pasaba factura.

Se había convertido en un hombre incapaz de sentir compasión, un

déspota que daba rienda suelta a su rabia a través de un torbellino de eficaces

represalias para esparcir el terror por las calles de Florencia: juicios sumarios;

ahorcamientos en la Piazza della Signoria; emboscadas; venganzas a puerta

cerrada contra aquellos que tenían su parte de pecados que expiar, pero que

no podían caer en manos de los Médici sin que el pueblo se sublevara contra

Lorenzo y toda su familia.

Ahora lo llamaban «tirano»; apenas unas semanas antes era el gran

mecenas de las artes, el heraldo de la Signoria. El ciudadano honorífico. El orgullo de Florencia.

Se arrepentía de su ingenuidad, de cómo había mantenido los ojos

obstinadamente cerrados ante las señales de advertencia que tanto la vida

como sus amigos le enviaron. Y, sobre todo, se arrepentía de haber

sucumbido a la más diabólica de las tentaciones: la seducción del poder.

Dirigió la resuelta mirada hacia ese punto de la nave donde se había

perpetrado el atroz crimen. Lorenzo vio de nuevo a Giuliano sentado a poca

distancia de él, en el extremo opuesto del coro. Así debía ser: los dos

hermanos Médici lideraban el coro del Duomo, sólidos y firmes como dos

imponentes torres en las esquinas de un tablero de ajedrez. ¿Quién no habría

entendido de inmediato el verdadero peso de la familia en la ciudad con solo

notar qué asiento les estaba reservado en la catedral?

El joven cardenal Raffaele Riario celebra misa en el altar mayor. Su

apariencia es ridícula, ataviado con sotanas suntuosas, él que en el umbral de

los diecisiete años se deja ya con orgullo su primera barba, convencido de que

le confiere autoridad y un aire más maduro. El niño cardenal alza la hostia, se

encuentra de espaldas y no ve nada de lo que sucede detrás de él en ese

instante. Todos se arrodillan, pues es el momento más solemne del rito, y

justo entonces, como un demonio que ha escapado por las puertas del

infierno, Francesco de Pazzi ataca a Giuliano y lo apuñala salvajemente. Una,

dos, tres veces. Es tanto el odio que acumula que, en su furia de atravesar al

otro sin darle escapatoria, se hiere incluso a sí mismo y pierde sangre de una

pierna. Lleva algo de tiempo que los demás, atónitos, se den cuenta de lo

sucedido. Y luego un cataclismo de gritos salvajes resuena en todas las

direcciones. Las bóvedas profundas amplifican esos gritos, así como los pasos

furiosos de miles de pies y el estrépito de armas desenfundadas que chocan

con fiereza.

Lorenzo recuerda solo algunas imágenes de la tragedia. El destello de una

hoja metálica que le roza el rostro, un dolor insoportable en el cuello; se lleva

la mano a la garganta y la ve empapada de sangre. Diez compañeros están

junto a él, lo arrastran lejos del peligro mientras él llama a gritos a los suyos.

Rápidamente lo empujan a la sacristía, forman un escudo humano a su

alrededor, Poliziano les cierra la pesada puerta a los atacantes en la cara. Pero

un momento antes de que esa puerta lo ponga a salvo, Lorenzo alcanza a ver a

su amigo Nori desplomarse al tratar de servirle de escudo con su propio

cuerpo; expira casi de inmediato, con el estómago perforado por las dagas. Ve

a Giuliano tendido en un charco de sangre. Giuliano, lejos de él, perdido,

exánime, abandonado por todos, incluso por Dios.

Y después del día de la sangre, llegaron los del furor. Con ira ciega,

Lorenzo se vengó de sus enemigos de modo ejemplar, ordenó funerales

públicos para su hermano y obligó a la Signoria a considerar su muerte un

crimen contra el Estado. También esas imágenes estaban impresas en su

memoria con letras de fuego: el obispo Salviati, ¡maldito Salviati!, cuelga de

una ventana del Palazzo della Signoria; todavía lleva puestas sus vestiduras

sagradas. Sus ojos, desorbitados, parecen preguntarse con incredulidad en qué

pudo haberse equivocado.

Y Francesco de Pazzi, Salviati y el resto de los sucios ladrones que se

aliaron para llevar a cabo la masacre, todos se convirtieron en alimento de

cuervos y buitres, expuestos en la calle para escarnio público. Ese fue el

último día de primavera, una primavera que tiñó horriblemente de sangre la

ciudad de Florencia.

—Tus enemigos han caído uno tras otro —dijo el fraile—. ¿Te sientes

satisfecho con la venganza?

—No todos están muertos. Faltan los más infames.

—Supongo que te refieres a Bandini y Girolamo Riario, el sobrino

favorito de Su Santidad. ¿Por qué te odia?

—Está corroído por la ambición. Le gustaría gobernar toda Italia y cree

que soy un obstáculo. Además, me considera culpable de la muerte de su

hermano. Ludovico Riario y yo éramos amigos. Lo asesinaron para

perjudicarme y Girolamo quiere lavar la ofensa con mi sangre.

—No renunciarás a la venganza, ¿verdad, Lorenzo?

—¡Nunca! No encontraré paz hasta que haya puesto a todos los asesinos

de mi hermano bajo tierra.

—¿No tienes temor de la ira de Dios?

Lorenzo no respondió. El atrevimiento del fraile lo irritaba; miró hacia

otro lado.

—¿Está aquí para sermonearme, reverendo padre? —preguntó con tono

áspero.

—Hoy no, Lorenzo. Sígueme, vamos fuera. Es urgente que veas algo.

 

En la tierra calcinada por la canícula estival, entre los tallos secos inclinados

por el viento, algo se movía. Lorenzo avanzaba cauto entre la maleza,

siguiendo el hábito del fraile. El lugar era realmente inhóspito, había que

esquivar las zarzas y cuidar dónde se ponían los pies, rezando a Dios para no toparse con víboras u otras alimañas ponzoñosas escondidas entre esas malas

hierbas.

El rumor del Arno detrás de ellos parecía atenuado. Lo ahogaba un

zumbido constante e inquietante que se intensificaba a cada paso. Lorenzo se

detuvo aterrorizado: ahora entendía qué era ese ruido.

Eran gusanos, miles. Larvas de moscas carnívoras que se arrastraban por

el suelo en una procesión larga y disciplinada, lejos ya de los fluidos

humanos, diluidos por la muerte, con los que se habían alimentado. Entre los

arbustos de enebros y laureles descansaba un cuerpo que no era más que un

inmenso banquete repleto de insectos que pululaban por todas partes debajo

de la piel. Era un hervidero; brotaban de la boca, de las cuencas vacías y del

resto de los orificios de aquel cuerpo irreconocible, antes de arrastrarse en una

dirección precisa, la misma para todos. Era imposible identificar quién era en

esas condiciones, incluso si era hombre o mujer, joven o viejo.

Lorenzo se llevó las manos a la boca para reprimir las náuseas. Sintió una

endemoniada urgencia de vomitar, y ahogarse con su propio vómito podía ser

un fin lo bastante humillante como para expiar sus culpas, pero no había

comido en días y tenía el estómago cerrado por la tensión y los nervios. Al

final, su cuerpo se rebeló contra esa visión atroz. Tras unos instantes

espasmódicos, sintió la garganta corroída por los jugos gástricos.

—¿Quién era?

—Alguien como tú, tan soberbio que creyó que el hombre es el artífice de

su propio destino. Pero no halló más que desgracia. Ni siquiera tuvo el

consuelo de descansar en una tumba.

—¡¿Quién era?! —rugió Lorenzo, colérico.

—El primero al que diste muerte: Jacopo de Pazzi.

Atónito, Lorenzo clavó los ojos desorbitados en ese horrible amasijo de

carne en descomposición y larvas hormigueantes.

—Es el jefe de la familia que quería destruirnos… ¿Por qué está su cuerpo

aquí? ¡Lo enterraron, a pesar de que no lo merecía!

—Un grupo de sinvergüenzas decidió hacerle un segundo funeral —le

contó el fraile con amarga ironía—. Lo desenterraron en secreto y lo trajeron

aquí, a orillas del Arno. Tienen la intención de cortarlo en pedazos y tirarlo al

río como si fueran los restos de un puerco.

—¡Es horrible!

—Y también muy sospechoso. ¿Cómo es que los muchachos no sienten

pavor frente a un cuerpo tan descompuesto? Alguien ha corrido el chisme de que tú estás detrás de esta infamia, de que pagaste bien a esas pequeñas

sabandijas.

—¡Eso no es verdad!

—Entonces lo hacen porque esperan una recompensa. Por ahora he

logrado ahuyentar a esos malintencionados, les dije que Dios los maldeciría

vertiendo sobre ellos un mar de desgracias. Pero volverán, lo sé. La chusma

tiene hambre de dinero y sed de violencia.

—Vámonos. ¡No me importa lo que hagan con este maldito cadáver!

Dicho esto, Lorenzo desanduvo los pasos por el sendero entre zarzas y

matorrales. Cuando se encontraban tan lejos del cadáver que su hedor ya no

viciaba el ambiente, escucharon un alboroto de voces febriles y pasos

agitados de numerosos pies que retumbaban hacia las orillas del Arno.

—¡Ahí están, han vuelto!

—¡Agáchese, reverendo! Que no lo vean o será peor para usted.

El religioso apartó con furia la mano de Lorenzo, que lo tenía sujeto por el

hábito, repugnado con la idea de que aquella horda destrozara el cadáver de

un hombre. Franqueó el seto de enebros que los ocultaba y salió al

descubierto frente al grupo de alborotadores, que se apiñaban alrededor del

cuerpo. Lo rodearon nerviosos, arrebatados, como hormigas feroces que no se

atreven a machacar con sus tenazas a un escorpión agónico, aún medio vivo.

El horror de esa carne ennegrecida y podrida, convertida en un banquete

para gusanos, paralizaba a los niños presentes. Había pocos, apenas una

decena, y contemplaban la horrible escena con ojos aterrorizados e

incrédulos, como corderos llevados al matadero. Los otros ya tenían barba, y

los lideraban tres individuos siniestros que Lorenzo no tuvo problemas en

reconocer: hombres leales a la casa Pazzi o Salviati, todos probablemente

involucrados en la conspiración de una forma u otra. Había razones para

pensar que habían organizado esta vil venganza póstuma porque ahora ya no

tenían que temer las represalias del muerto. Pero la de los Médici sí, ¡y sería

despiadada!

Vieron al fraile acercarse con expresión severa.

—¡Vuelvan a la ciudad, en nombre de Dios! Desmembrar un cadáver es

un sacrilegio, y no serán perdonados. Aunque pecador, ¡este hombre era

cristiano!

—Vete, fraile —lo amenazaron—. No tenemos nada contra ti y no

queremos lastimarte.

—¡Abandonen sus perversas intenciones! ¡Y pidan perdón al Señor! —

bramó.

Tal desesperada insistencia irritó al líder de la pandilla, que agarró al

religioso por el cuello del hábito y lo arrojó tres pasos hacia atrás. Los otros

dos se rieron de él y comenzaron a empujarlo pasándoselo entre ellos como si

fuera un muñeco de trapo. Lo hicieron retroceder brutalmente por el camino

para que ya no pudiera molestarlos con sus palabras. ¡No habían llegado tan

lejos solo para escuchar sermones!

El religioso soportó sus ataques con total entereza, retrocedió sin bajar la

mirada, pero dio un mal paso y terminó en el suelo. Debió de estrellarse

contra una piedra al caer, porque, cuando intentó levantarse, se llevó

mecánicamente la mano a la nariz, que le dolía una barbaridad. Tal vez se la

había roto, porque a Lorenzo, agazapado entre las zarzas, le pareció que su

cara era como una máscara de sangre.

Mientras tanto, los delincuentes arrojaban baldes de agua sobre el cuerpo

devorado por gusanos para darle una limpieza rápida. Un hombre de mirada

torva y cuerpo de luchador avanzó hacia el cadáver. Hasta entonces había

mantenido su distancia, observando toda la escena con ojos gélidos, pero

ahora tenía que hacer su parte. Blandía un cuchillo de carnicero, y con él

desprendió el cráneo descarnado de un solo golpe. Sus movimientos eran

firmes, precisos. Parecía tranquilo, sin titubeos, como cualquier artesano en

plena labor; esto indicaba que con toda probabilidad era verdugo de oficio. Le

pasaron una pala, con la que levantó en el aire el horripilante trofeo; la

blancura del hueso craneal que estaba al descubierto en varios puntos era una

admonición espantosa de la mezquindad humana. Lo arrojó al río sin dudarlo.

Tiró la pala sobre la hierba y, otra vez trabajando con el cuchillo, se afanó

en desmembrar las extremidades una por una. También estas terminaron en el

río. Cuando corrió la misma suerte hasta el último de los pedazos, el jefe le

dio una patada al más grande de los jovenzuelos.

—¡Canta! —ordenó.

El pobre muchacho tragó saliva, luego miró a los demás en busca de

solidaridad y ayuda. Pero todos eran más pequeños y estaban más asustados

que él. Hizo acopio de valor, inspiró y un débil sonido salió de su garganta.

—«Mira, don Jacopo…».

—¡Más fuerte!

El niño asintió, mientras que a los otros los pusieron en fila de a uno y los

espolearon para correr siguiendo el curso del río, que fluía llevando su

macabra carga sanguinolenta.

—«¡Mira! ¡Don Jacopo baja por el Arno!».

Ahora la despiadada procesión corría por la orilla cantando esa canción

burlona a coro, y, gritando esas palabras, entraron por la puerta que daba al

espacio urbano.

Lorenzo se acercó al fraile y lo ayudó a levantarse.

—Pobre de su nariz… Debe de estar rota.

El religioso tenía expresión de sufrimiento, pero se podía pensar que era

más por el dolor de no haber sido capaz de impedir la decadente escena

blasfema, de la que había sido un espectador impotente, que por la nariz.

Lorenzo le ofreció un pañuelo limpio para quitarse la sangre de la cara.

—Venga, reverendo. Volvamos a la ciudad.

El fraile no se movió. Observó fijamente a Lorenzo con una mirada

oprimida por una urgencia secreta que, sin embargo, le resultaba difícil

comunicar.

—No te he traído aquí solo para mostrarte ese cuerpo —murmuró

finalmente—. Hay cosas que tengo que decirte. Y quería hacerlo en un lugar

seguro, donde no corramos el riesgo de que nos espíen.

Vio que, no lejos de los dos, pero al menos a cien pasos de la puerta

trasera custodiada por gendarmes, bajo la confortable sombra de un roble

centenario, había una gran fuente de piedra donde los viajeros abrevaban sus

caballos. Le pidió que lo siguiera hasta allí, que se sentara en el borde junto a

él. Ese lugar contaba con la privacidad adecuada para hablar

confidencialmente sobre cosas secretas. A su alrededor se oía solo el chirrido

de las cigarras aturdidas por el sol ardiente, millones de ellas.

—El primero en caer ese funesto día fue Giuliano —murmuró el fraile

con el sagrado respeto debido a los muertos—. Los asesinos atacaron a tu

hermano antes de ir por ti. ¿No te parece extraño, Lorenzo? Parece como si

hubiera sido él el verdadero objetivo de la conspiración, no tú.

—También Giuliano tenía que morir —respondió con debilidad—. Y yo,

y mi esposa Clarice…, toda la estirpe de los Médici habría sido borrada de la

faz de la Tierra.

—Debes reflexionar sobre un hecho tan ilógico, Lorenzo. ¿Por qué

Giuliano? ¿Por qué él primero?

—A mi alrededor había varios hombres armados. En cambio, Giuliano

estaba solo, desarmado y sin sospechar nada.

—Eso es comprensible: nunca desempeñó labores en la Signoria. Su peso

en el juego de la política siempre fue insignificante. Tú has dirigido a la

familia desde la muerte de tu padre. Tú solo. ¿Por qué entonces tus enemigos

habrían tenido que deshacerse de él? Solamente era un joven audaz y galante, un poco presuntuoso tal vez… Cui prodest? ¿Quién podría sacar provecho de

su muerte?

Lorenzo miraba la línea del horizonte a lo largo de las colinas distantes

con la mirada vacía de un insensato.

—No lo sé, padre. No puedo imaginar ningún motivo razonable…

—¿Estás seguro?

Prefirió no responder esa pregunta. Ambición, avaricia, sed de poder…

Cuanto más revisaba los acontecimientos de los últimos meses, más

confundido se sentía Lorenzo acerca de los motivos de la conspiración que

había truncado la joven vida de Giuliano y lo había obligado a él a vivir

aislado dentro de una jaula protectora.

—No lo sé —repitió débilmente.

—Entonces, escúchame, Lorenzo. Te contaré algo que no sabes, así

podrás entender. Y tal vez llegues a perdonarte algún día.