La copa dorada

Belva Plain · Capítulo 1 de 26

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La copa dorada

Primera Parte

 

HENNIE Y DAN

CAPÍTULO I

 

Toda su vida recordaría aquel sombrío cielo otoñal, vasto, elevado y frío con el fuerte viento que soplaba del East River hacia Broadway. Cuando fuera muy anciana todavía se maravillaría, como hacemos todos, de la casualidad de las cosas, pues si ella no hubiera doblado precisamente aquella esquina, precisamente a aquella hora, su vida entera habría sido diferente.

El niño, cuya mano ella sujetaba, recordaría vagamente unos gritos y un color rojizo, una mezcla confusa de amarillo fuerte, confusión y un terror no comprendido.

Y otro niño, el que nació porque ella había doblado aquella esquina, oiría contar una historia de heroísmo, que llegó a convertirse en una leyenda de la familia, hasta hartarse de ella.

La casa estaba ardiendo. Sobre sus paredes de ladrillo chamuscadas, el fuego se retorcía y agitaba arrancándole como con garras gigantescas los nervios y las fibras. De su corazón destrozado surgía una espiral de fuego; fuerte y fiero, se elevaba al viento, y un humo denso se derramaba sobre los tejados. De las bombas brotaban potentes chorros de agua que llegaban hasta las llamas formando un arco, pero el fuego tenía poder por sí mismo.

Y la muchedumbre que observaba, apiñada en la calle entre las bombas contra incendios y los caballos, permanecía a la espera de que la destrucción fuera completa, o de que se les dijera lo que tenían que hacer o a dónde tenían que ir. Vestida con raídos jerséis y chales de color gris amarronado, apenas se movía, solo para cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro, o para pasarse el bebé de un brazo al otro. Como una sola voz, emitía un murmullo triste y quejumbroso.

Los incendios como este eran bastante frecuentes en aquella parte de la ciudad, pero aun así esta gente contemplaba la escena con asombro e incredulidad. Era demasiado pronto para creer en la verdad de lo que estaba sucediendo o para haber hecho recuento de las pérdidas, de los colchones de plumas y las almohadas, la mesa de la cocina, la muda de ropa interior y el abrigo de invierno. Eso vendría después. Ahora bastaba con haber salido vivos.

Se oyó un terrible chillido angustiado. Una joven que estaba en el extremo más alejado de la multitud, y que cruzaba la calle, se volvió al oír ese sonido. Llevaba a un niño pequeño cogido de la mano, y se alejaba porque no quería que el chiquillo viera algo tan espantoso. Pero el grito la traspasó y se detuvo.

—¿Qué ocurre? ¿Hay alguien herido?

La noticia fue pasando de boca en boca.

—Hay alguien dentro, un bebé.

—En el último piso, además.

—Las mangueras no llegan hasta tan lejos.

—De todas maneras, no hay suficiente presión.

Una pregunta inocente:

—¿No pueden subir por la casa de al lado y entrar allí?

Una respuesta despreciativa:

—¿Quién cree que va a intentarlo?

Ahora el humo salía del cuarto piso. Pronto llegaría al quinto, y luego al último.

—No podrá vivir mucho tiempo ahí dentro.

—Dios mío, qué manera de morir.

La muchacha no podía apartarse de allí. Oía los latidos de su corazón.

—¡Me estás haciendo daño en la mano! —gritó el niño.

—Oh, Paul, lo siento. No quería apretar tanto. —Y se agachó y le abrochó el pequeño cuello de terciopelo para protegerle del viento—. Ya nos vamos, nos vamos enseguida.

Pero se quedó clavada donde estaba. Tenía los ojos fijos en las ventanas tras las cuales se estaba produciendo la más terrible de las muertes, la muerte de un niño. Sintió la trémula calidez de la mano del chiquillo. ¿Y si se tratara de él? Y miró aquellos ojos claros y brillantes del azul más vivo, y aquellas mejillas rollizas… Y pensó: «Pero es el niño de alguien, ¿no?». Y no pudo alejarse de allí…

Ahora, con furioso estruendo de campanas llegó el coche-escalera. Cuatro caballos se acercaron ruidosamente, y la multitud se retiró y dispersó exaltada para dejarlos pasar, apartándose de los cascos y el aliento de los animales. Bajaron la escalera, la arrastraron hasta el edificio, y la apoyaron contra la pared: ¿nadie sabía que solo llegaba hasta el tercer piso? Se oyó un gran jadeo y un suspiro colectivo.

«Estúpidos, estúpidos», pensó la muchacha.

Uno de los bomberos llegó al final de la escalera y se quedó allí, extendiendo los brazos en un gesto de impotencia, mostrando que todavía quedaban un piso y medio para llegar al último. Luego, después de haber demostrado que la tarea era imposible, bajó la escalera, tosiendo a través del humo, para unirse a un grupo de bomberos que estaban reunidos en la acera entre los espectadores, que eran de la misma opinión: No había esperanzas.

—¿No creen —volvió a aventurar una mujer— que alguien podría ir por la casa de al lado?

—¿Y cómo pasaría? La distancia entre los dos edificios es demasiado grande para saltar por encima. ¿Cree que alguien lo intentará, a una altura de seis pisos y sin nada debajo para sostenerle, excepto una cornisa medio podrida?

—De todas maneras, el borde es demasiado estrecho para que pueda caber el pie. Solo tiene unos centímetros de ancho.

—No, quienquiera que esté allí puede considerarse muerto.

—Calcinado.

—Dicen que primero te mata el humo. Te asfixias.

—Esto no siempre es cierto. Una vez yo vi a un hombre que se estaba quemando. Chillaba… todavía me parece oírle.

El fuego empezó a rugir. Quizá había estado rugiendo todo el rato, pero la muchacha solo se dio cuenta ahora de su terrible voz. Cerró los ojos. El ruido era como el bramido del viento y del agua en una tormenta en la playa de Long Island, adonde a veces iban en verano y donde en una ocasión había visto ahogarse a un hombre. Era una fuerza que podía hacerte caer como una hoja o un grano de arena. No podías hacer nada contra ella.

Alguien se estaba abriendo paso a través de la multitud. La muchacha, notando el movimiento de los cuerpos que se desplazaban, pudo ver fugazmente la parte de atrás de una cabeza de pelo negro y una camisa de lana a cuadros. Poniéndose de puntillas, vio a un hombre joven que corría, hacía retroceder a los grupos que se hallaban en las aceras y se precipitaba escaleras arriba en la casa de al lado.

—Va a intentarlo —dijo una mujer—. Imagínese, va a intentarlo.

—¿Intentar qué?

—¿A usted qué le parece? ¡Entrar por el otro edificio!

—No lo creo. ¡Es imposible! ¡Estaría loco!

—Pues está loco.

—¡Dios mío, miren allí! ¡Allí arriba!

El joven estaba en la ventana del último piso, al lado del edificio en llamas. Sentado a horcajadas en el antepecho, balanceaba una pierna en el aire.

—¿Qué está…, cómo cree que podrá…? —los espectadores de nuevo parecían murmurar al unísono.

Un pie buscaba espacio en la estrecha cornisa. Era una cornisa de hojalata; sobre ella, la cifra 1889. Una mano se extendió y empezó a palpar, probando la frágil voluta de la columna lisa de falso estilo clásico, un tosco bajorrelieve en deteriorada piedra. La mano se retiró.

—Ahí no hay nada donde agarrarse —dijo la muchacha para sí, conteniendo el aliento.

El humo era cada vez más espeso. Se enroscaba y encrespaba con el viento que soplaba; el mismo fuego producía ahora viento, que se encontraba con los vientos que venían del río, de las cuatro esquinas de la tierra, y luchaba con ellos, arremolinando el humo de manera que el hombre quedaba casi oculto en él.

Cambió de posición y se sentó en el antepecho. Por un momento permaneció inmóvil, con las piernas colgadas; llevaba pantalones de pana verde. Luego, como si finalmente se hubiera decidido, giró en redondo, quedando de espaldas a la calle, con las puntas de los pies en la cornisa y las manos en el antepecho. Con pies y manos se aferraba a la desgastada piedra.

—¡Oh, que resista, por favor! ¡Que no se rompa y le arroje a la calle!

A la muchacha le dolía el cuello; tensa de tanto mirar hacia arriba, le parecía estar en el lugar del joven. Mientras, este tanteó con un pie, calibrando la distancia que había entre los edificios. Era demasiado grande incluso para las largas piernas de un hombre tan alto; porque incluso desde donde se encontraba, podía darse cuenta de que era alto. De manera que tendría que deslizarse hasta el borde del edificio y luego saltar, lo cual, sin duda, lo sabía desde el principio, igual que lo sabían los bomberos.

—Vuelve atrás…, no lo intentes…, vuelve atrás.

En la casa en llamas las ventanas habían empezado a consumirse; el cristal hecho añicos cayó con un musical tintineo. Sobre la calle llovieron cenizas y jirones de tela quemada.

Alguien habló detrás de la muchacha.

—No puede haber nadie vivo allí dentro.

—No vale la pena que arriesgue su vida…

La mano del joven debió de asirse a algún pequeño saliente. Centímetro a centímetro se deslizó por la fachada de piedra, alejándose de la ventana. Muy arriba, a través de la pantalla de humo, podían verle, debían percibir que otra vez estaba midiendo distancias, que se situaba para saltar. Ahora parecía estar afirmándose, equilibrándose o quizá discutiendo consigo mismo si tenía algún sentido intentarlo.

«No puedes hacerlo, ¿no ves que no puedes hacerlo?».

Silencio. Un caballo relinchó. Silencio. Alguien tosió.

El corazón de la muchacha latía con fuerza. «Vomitaré si se cae. Debería mirar hacia otra parte. ¡Mira ahora hacia otra parte!». Pero no pudo.

—No resistirá —dijo la charlatana mujer de detrás de la muchacha.

«Ojalá te callaras», pensó esta con rabia.

Un pedazo de papel quemado se le enroscó como un gato o una serpiente alrededor del tobillo, pero ella no lo sintió. Notaba la caída a la calle, los atroces segundos al estallar el pavimento.

Tenía abiertos los gruesos labios.

—Oh, Dios —susurró.

El joven saltó. El brazo extendido y la pierna volaron por el espacio. La mano se agarró con firmeza; uno podía imaginarse los músculos de los brazos en tensión y las uñas poniéndose blancas. Un pie se apretó sobre la cornisa del edificio en llamas y se aferró hasta que el resto del cuerpo, que se curvaba hacia el exterior, pudiera seguir y enderezarse y guardar el equilibrio.

La muchacha volvió a cerrar los ojos. Tuvo un fugaz pensamiento: «Nadie está pensando en el niño que se encuentra dentro; incluso yo misma no estoy pensando en él».

Cuando abrió los ojos, el joven estaba de pie en la cornisa del edificio que ardía, pegado a la pared y acercándose poco a poco a la ventana.

«No mires abajo. Si miras, caerás…».

—Gracias a Dios que la ventana está abierta —murmuró en voz alta la muchacha.

¿Qué habría ocurrido si hubiera estado cerrada? No lo había pensado. Y se preguntó si el joven tampoco lo había hecho.

Este giró para entrar por la ventana. Y se produjo un murmullo de alivio y asombro.

—¡Dios mío, qué valiente!

—¿Quién es? ¿Lo sabe usted?

—El humo le matará.

—Quema los pulmones. Basta respirarlo un par de veces.

—No puede haber nadie vivo ahí dentro.

—¡Hagan paso! ¡Apártense, salgan de en medio, maldita sea!

Ahora traían una red. Una docena de hombres se acercaron para sujetarla.

—¡Maldita sea, apártense!

Esperaron.

—No se puede sobrevivir ahí dentro. Quema los pulmones.

Y entonces apareció en la ventana. Sostenía a alguien en brazos: una mujer, con una ondulante falda. No era un bebé: una niña mayor, entonces… El joven la soltó. El cuerpo cayó por el aire con un grito desgarrador y rebotó sano y salvo en la red, rebotó una vez más y fue sacado. Se oyó un gran aplauso.

Luego, el joven, extendiendo con fuerza los brazos, también saltó, como un chiquillo que se arroja de pies al East River en un día de verano. Se oyó otro aplauso de alivio y liberación; riendo y aplaudiendo, la multitud se acercó al héroe.

«Pero no ea más que una anciana a quien había salvado», pensó la muchacha. No era ningún niño suplicante e indefenso en su cuna, solo una mujer muy vieja y fea con pelos en la cara y que gimoteaba, a la que le quedaban pocos años de vida. ¿Valía la pena que el joven arriesgara su vida por ella? «Y no obstante, se nos enseña —pensó con seriedad, pues ella era una creyente seria— que el que salva una vida salva al mundo entero. Aun así, si hubiera sido la vida de un niño… Bueno, ya está hecho. Él lo ha hecho».

La multitud le tenía acorralado. Cerca del humeante edificio, frente a una pequeña casa de madera del siglo pasado, ahora estaba jadeando y tosiendo, apretujado entre un indio de la tienda de tabacos y un poste de barbero cuya brillante bola había sido arrancada por la oscilante manguera contra incendios. Emocionada y curiosa, la multitud se apretaba para tocarle y mirarle con asombro. Los periodistas ya estaban allí con su bloc de notas, el lápiz y un centenar de preguntas.

¿Quién era el joven? ¿Dónde vivía? ¿Por qué lo había hecho?

—¿Qué importancia tiene mi nombre? ¿Y por qué lo he hecho? Oh, porque alguien tenía que hacerlo. Es una razón tan buena como cualquier otra, ¿no le parece?

Aunque agotado, se mantenía erguido. La muchacha estaba hechizada. Un rey que pasara en una carroza de oro no la habría cautivado más. Desde lejos, entre las cabezas que se apiñaban, la joven le miraba: ojos vivos, pómulos altos, un mechón de ondulado cabello, espeso como una crin, que él se apartaba de la frente a cada momento.

«Tiene la camisa desgarrada y las manos le sangran. Quiere estar solo. Yo no le importunaría tanto. Ve a casa y descansa, te diría. Eres el más maravilloso…, ve a casa y descansa, querido mío».

—Bueno, hijo, ¿qué te ha parecido ese hombre tan valiente? —preguntó un viejo tipo a Paul, cuando se marchaban.

—Yo podría hacerlo —respondió Paul con aire serio.

—¡Bien, eso está muy bien! ¡Así se habla! ¡Sí, señor, harás que tu madre se sienta orgullosa de ti cuando seas mayor! ¿Cuántos años tienes?

—Cuatro —contestó Paul.

Cruzaron la calle y Paul susurró:

—Ha creído que eras mi madre, tía Hennie.

—Lo sé.

No era raro que la gente pensara que Paul era hijo suyo cuando salían juntos. Ella deseaba que lo fuera. Entre ellos había algo que no tenía nada que ver con la edad. A veces miraba al futuro, años y años adelante, y veía a los dos preocupándose el uno del otro. No era algo de lo que hablara, pues la gente lo encontraría tonto. Pero era cierto, de todos modos.

¿Quién es esa muchacha que se va a su casa al atardecer? Sus ojos dicen de ella que es solitaria y soñadora. Son el rasgo distintivo de un rostro redondo y agradable, y vulgar de no ser por ellos. En forma de hoja, tienen el color pardo del otoño y hacen juego con el pelo rizado que asoma bajo el ala de su sombrero de plumas. Tiene dieciocho años y parece mayor.

Porque tienes el esqueleto grande. No sé cómo es que te hiciste tan grande. Nunca ha habido nadie en mi familia con tu complexión, ni en la de tu padre, que yo sepa.

Se llama Henrietta De Rivera. Vive con su familia en una casa de apartamentos al este de los elegantes edificios de Washington Square, con sus escalinatas de entrada y zonas para montar y pulidas barandillas. Su dirección está lo bastante cerca de estas cosas para ser respetable, pero demasiado lejos de ellas para ser de buen tono.

Tres días a la semana trabaja como voluntaria en un centro de asistencia social en el centro de la ciudad. Enseña inglés a inmigrantes; también intenta enseñarles a bañarse, y trata de que no le importen sus ropas, que a veces están muy sucias, pues comprende que es muy difícil encontrar tiempo o un lugar para el aseo personal. Su trabajo se denomina «asimilación del inmigrante en la vida americana».

Algunas de estas personas no quieren ser asimiladas completamente en el tipo de vida de familias como los De Rivera, pero las familias como los De Rivera quieren que lo hagan porque su existencia tal como es les resulta incómoda. Hennie, naturalmente, se da cuenta de todo esto, pero no está de acuerdo con ello. No se siente superior; más bien, siente una profunda afinidad. En realidad, su amiga más íntima —y ella nunca ha tenido muchas — no procede del grupo en el que ha crecido, sino que es una alumna de una de sus clases de inglés, una inmigrante que trabaja en un taller donde se le paga poco por trabajar mucho, que solo tiene unos años más que ella.

A Hennie le gustaría ser enfermera voluntaria como Lillian Wald. Sin embargo, sus padres no le permitirán que se prepare para ello. Tampoco le permitirán que efectúe ningún trabajo pagado. ¡Recibir una paga podría parecer que su padre no podía mantenerla! Una joven de buena familia no trabaja por dinero, ni siquiera, piensa Hennie, cuando su familia podría sin duda utilizarlo. Pero no lo dice. Es una de las muchas cosas que piensa pero no dice.

—Has suspirado, tía Hennie —dijo Paul.

—¿De veras? Me temo que estoy cansada. ¿Tú estás cansado? ¿Tienes hambre? Hemos dado un largo paseo, pero todavía quedara tiempo para tomar un vaso de cacao en mi casa antes de que tu madre venga a buscarte.

Ahora cruzaban Washington Square. Los gorriones llenaban el aire de ansiosos gorjeos. Dos niñas hacían sonar sus aros contra las barandillas, produciendo un sonido como de tambores. Una dama bajó de su carruaje, llevando un perrito blanco en sus brazos, y sonrió a Paul.

—Es bonito esto —dijo Paul.

El niño levantó los ojos hacia la cúpula formada por los árboles, ahora escasamente poblados de hojas; su pequeño rostro estaba serio. «El cielo, visto a través de las hojas, debe de ser una maravilla para él —pensó Hennie —. Quizás está intentando ver a Dios allá arriba, como yo solía hacer».

Pero no estaba pensando en Dios, sino en Hennie. Estaba pensando, aunque no conocía las palabras para ello, que le gustaba el silencio entre esas casas y los colores, y estar aquí con ella. Le gustaba esto, siempre que le permitían pasar con ella un día o una noche. ¡Era tan agradable! Ella era diferente; él pensaba en el resto de la familia como «ellos», separados de «ella», y les amaba a todos, pues ninguno se portaba mal con él, pero ella era diferente.

Ella nunca decía: «No me molestes ahora» o «Después, Paul. Ahora estoy ocupada».

Cuando le llevaba al parque, lo cual no sucedía con demasiada frecuencia, normalmente el día del asueto de la Fräulein, era mucho mejor verla a ella sentada, observándole jugar, que ver a la Fräulein mirando con el ceño fruncido por encima de la labor de punto. Siempre estaba tejiendo alguna cosa fea de color gris para sus sobrinos y sobrinas.

«Komm jetzt! Schnell zurück!», gritaba con aire enojado; en realidad no estaba enfadada, pero su voz hacía que lo pareciera, como si fuera un ladrido. Se rio al pensar en la Fräulein ladrando como un perro. Así que la tía Hennie era mucho mucho mejor. Mejor que su madre, también, aunque sospechaba que no debería pensar eso. Su madre no le regañaba, pero no era tan divertida. Casi nunca podía sentarse en su falda por culpa de las arrugas: Ten cuidado, cariño; vas a arrugarme la falda. Claro que él ya tenía casi cinco años, y en realidad no es que quisiera sentarse en la falda de nadie, solo que cuando estaba cansado, era una cosa agradable de hacer.

Pero siempre podía sentarse en la falda de la tía Hennie. Ella le leía acerca de la pequeña huérfana Annie, y luego estaba lo del «extraño hombrecito del tipo más puro, pues tenía el corazón tierno como un melocotón maduro». A eso se llamaba «poesía», cuando rima como puro y maduro.

Y la tía Hennie le abrazaba.

—Adivina quién es el extraño hombrecito —le preguntaba ella, y él le decía que no sabía adivinarlo, aunque sí lo sabía.

—¡Pero si eres tú! —le decía ella, abriendo grandes ojos con sorpresa, y le abrazaba otra vez.

—¿Te ha gustado ese hombre? —le preguntó ahora.

Por un momento ella no supo a quién se refería.

—¿El hombre que se ha subido al tejado, quieres decir?

—Sí. ¿Te ha gustado? A mí sí.

—Sí, ha estado magnífico.

—Yo podría hacer eso —volvió a decir Paul.

Ella le acarició la cabeza.

—No sé si podrías hacerlo. Casi nadie podría. —Ella creía que había que ser honesta con los niños—. Pero estoy segura de que harás muchas cosas magníficas.

—¿Qué es lo que haré?

—Aprenderás mucho porque prestas atención a lo que ves y escuchas. Entenderás cosas hermosas. Y serás muy bueno. Ahora démonos prisa. Se estarán preguntando dónde estamos.

El servicio de té estaba colocado en su gran bandeja; la madre y la hermana de Hennie estaban esperando. «Es como un cuadro —pensó—; y saben que forman un cuadro. Florence debe de haber traído las rosas». Siempre las traía, nunca demasiadas, solo las suficientes para crear una imagen perfecta de color rosa y crema en un pequeño jarrón de plata.

—Paul tiene que tomar su cacao —dijo Angelique, la abuela—. Y después puedes llevártelo a casa, Florence.

Las dos habían estado charlando cómodamente. Interrumpida la conversación con la llegada de Hennie y Paul, hubo un breve silencio mientras volvían a hilvanarse los pensamientos.

—Esta habitación es encantadora —dijo Florence—, con tantas cosas bonitas, mamá.

Angelique hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Pertenecen a otro ambiente. No a este.

Era cierto. Aquellos retratos, las cortinas de encaje finas como el velo de una novia, aquellos duques y duquesas de Dresde que se saludaban inclinando la cabeza en la rinconera, eran demasiado suntuosos para unas habitaciones tan ordinarias. Hacían pensar en elevados techos, columnas y balconadas. Pertenecían a otro lugar y a otra vida, la vida que se había detenido en Appomattox, ocho años antes de que naciera Hennie.

¿Cómo era posible pues, que todavía oyera mentalmente sus gritos y su clamor? Era porque Angelique les daba vida. Papá, que había sufrido cuatro años de guerra, casi nunca hablaba de ello, ni el gran tío David, que había sufrido cosas aún peores, aunque, como decía siempre Angelique, en el lado equivocado. ¡Pero cuánto se aferraba ella a aquella vieja guerra! Llevaba la pena y la ira como un raído abrigo que no quisiera tirar. Quizá no podía. Quizá, de algún modo extraño, la protegía.

—Sí, fue un día triste cuando vinimos a Nueva York —dijo ahora Angelique. Se puso en pie y se acercó a la ventana, a la que se sentía atraída docenas de veces durante el día—. Dicen que el invierno llegará pronto. A esperar todos esos montones de nieve sucia derritiéndose.

La desolación de la imaginada calle en invierno se reflejó en su hermoso rostro maduro, en el que las mejillas empezaban a formar bolsas.

—¡Oh, cuando pienso en los sitios donde crecí! ¡Nuestro adorable jardín cubierto en Nueva Orleáns, con su surtidor! —Su voz se lamentaba de aquel privilegiado encanto perdido—. ¡Céspedes y más céspedes en todo el camino

hasta el río en Beau Jardín, antes de la guerra! Fiestas y criados[1]…

Esclavos, pero ella nunca utilizaba esta palabra. Y con un gesto rápido de la mano despreció el pequeño salón que Florence, aunque caritativamente, había alabado. Y la cortina en la que la última doncella irlandesa estaba canturreando y picando carne, el vestíbulo con los estantes para libros de papá…

—Está oscuro aquí —dijo Hennie, que encontraba insoportable todo aquello.

Encendió la luz de gas; la llama siseó y salió como un chorro. El reloj de mármol, suspendido entre columnas corintias doradas, dio la hora.

Florence se levantó.

—Vamos, Paul. Es hora de irnos a casa.

—Nos lo hemos pasado muy bien, Paul y yo —le dijo Hennie.

—Hemos visto un incendio —dijo Paul—, y gaviotas. Se zambullen en el río para coger pescado.

—Siempre nos lo pasamos bien —añadió Hennie.

—Ya lo sé. —Nunca quedaba claro si a Florence le importaba o no.

Desde la ventana, Angelique contempló a su hija y a su nieto alejarse en su pulido carruaje negro, detrás del cochero con sus botones dorados y el magnífico par de caballos tordos. Suspiró otra vez.

—Tu padre ya viene. Abre la puerta, así no tendrá que buscar la llave… ¡Llegas pronto, Henry!

—No había mucha actividad en el centro.

Con demasiada frecuencia no la había. Papá había esperado prosperar desde que él y Wendell Hughes llegaron al Norte y abrieron su oficina en el distrito del algodón, cerca de Hanover Square.

Papá era gris: traje gris, piel gris, pelo gris. Su aspecto dolía a Hennie.

—Nos hace falta capital —solía decir—, ese es el problema. No tenemos suficiente para expandirnos como deberíamos. Oh, nos las arreglamos, pero no es lo que yo tenía pensado, Dios lo sabe. A veces me parece que te estoy fallando, Angelique.

Hennie le estuvo observando durante toda la cena. Comió en silencio. Ella se preguntó si oía la mitad de la animada conversación de su madre y su hermano. Alfie siempre divertía a su madre.

—… Así que Mr. Hemmings se ha girado en redondo para ver de dónde había salido la pelotilla que le había dado de lleno en la nuca, pegajosa y mojada…

Su madre quería parecer ofendida, pero la risa se lo impidió.

—¡Alfie, eres el colmo! Ahora dime, ¿de verdad has hecho los deberes para mañana?

Por supuesto que no los había hecho. Había que recordárselo y estimularle.

Pero él es el último bebé de su madre y siempre será el predilecto, aunque su cabello ya no sea amarillo como las plumas de un canario, un leve bigote haya empezado a asomar sobre su labio superior, y su nariz sea prominente. El brillo de sus ojos lo eclipsa todo.

Cuando fueron al salón, papá apoyó la cabeza en el respaldo de su butaca. Hacía eso porque estaba demasiado cansado para hablar. Hennie lo sabía. Estaban compenetrados, ella y su padre. Habían querido que ella fuera un Henry, pero resultó ser una Henrietta. A pesar de eso, era alta como él, y tenía sus dientes grandes y separados. La gente decía que esa era señal de buena suerte. Papá se reía de ello y decía que él seguía esperando.

Angelique levantó la mirada de su labor de punto.

—Florence y Walter se mudarán a la casa de la calle Setenta y Cuatro antes de marcharse a Florida. Qué casa tan bonita, y muy cerca del parque, lo cual es perfecto para los niños.

—Le has sobresaltado. Estaba empezando a quedarse dormido —dijo Hennie en silencio y con enfado. Cerró su libro.

—Sí, es magnífico —dijo papá—. Es magnífico pensar que toda su buena fortuna les ha venido de la parte de los Werner, y ninguna de la nuestra.

Era vergonzoso para un hombre sentir una humillación tan amarga. Hennie no podía mirarle.

—Ni siquiera celebramos su boda en nuestra casa —dijo papá. Era la enésima vez que lo decía.

—Sabes muy bien, Henry, que no podíamos tener a toda aquella gente en este lugar —respondió mamá—. No sé por qué sigues repitiendo eso.

—El Sur estaba arruinado, y sin embargo yo me casé contigo en tu casa, Angelique.

En la pared de detrás de papá colgaba su retrato, pintado por un caro artista, con el uniforme gris de confederado. Se erguía orgulloso, con charreteras y galón, una especie de daga o pequeña espada en la mano, y la cabeza ladeada con gesto airoso. Cada vez que hablaba del Sur o de ruina, sus ojos se iban al retrato. Para él tenía gran valor, pero a Hennie le producía una sensación de mal presagio, como si fuera un recordatorio, una advertencia y una promesa de que lo que él había sufrido, lo tendrían que sufrir otros, quizá ella misma. Una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.

Tío David también tenía un retrato. El suyo era solamente una fotografía, y su uniforme era azul, pero él lo guardaba igualmente en donde pudiera verlo. Un recordatorio. Hasta el fin de los tiempos.

—En cuanto a los Werner —dijo ahora mamá—, es un simple intercambio y nunca olvides esto, Henry. —Se interrumpió para contar los puntos, volando sus manos nerviosas. Prosiguió—: los Werner se hicieron ricos con la guerra, que nos hizo pobres a nosotros. Puede que ahora estén en la Banca, pero el abuelo estuvo detrás del mostrador de un almacén, como todos los alemanes, no hace mucho tiempo. ¡No creas que el apellido De Rivera no les impresiona, querido!

A ella le impresionaba más que a papá, que lo poseía. ¡Cuánto hablaba y hablaba ella de los distinguidos abogados, los doctores y estudiosos, los aristócratas de Charlestón antes de que siquiera existieran los Estados Unidos! Lo que ella quería decir era que, aunque entre los judíos es infinitamente mejor ser alemán que uno de esos pobres polacos o rusos del centro de la ciudad, es mucho mejor aún ser portugués o español.

Esto me hace encoger. Qué mezquino. Y estúpido, también, porque la familia de su propia madre fue alemana, como a tío David le gustaba recordarle.

Ahora se lo recordó Hennie.

—Tío David nació en Alemania.

—¡Oh, tío David! ¿Por qué siempre lo relacionas todo con tío David?

—No siempre.

—Bueno, te pareces mucho a él —dijo Angelique, más mansa. Y sonrió para compensar su anterior reproche, pero la segunda observación no es que fuera totalmente un cumplido. Y Hennie lo sabía.

Pensaban que era ridículo, e incluso papá estaba de acuerdo con ello, que tío David practicara la medicina entre los pobres, cuando podía estar en la parte alta de la ciudad. Angelique se lamentaba de que era una vergüenza para la familia, aunque por otro lado sentía cariño por él. Siempre había envuelto su pasado de cierto misterio, pero para Hennie no había ningún misterio, porque tío David se lo había contado él mismo. Había sido abolicionista secreto en el Sur antes de la guerra, había disparado a un hombre, matándole accidentalmente, y había tenido que huir al Norte para conservar la vida. Era anciano, tenía cerca de setenta años, pero nadie lo habría dicho. En sus sencillas habitaciones había alegría, y nadie sabía con cuánta frecuencia iba a visitarle allí Hennie.

Hennie se puso en pie.

—Creo que me voy a la cama. Papá, mamá, buenas noches.

—¿Tan temprano? —exclamó papá—. ¿No te encuentras bien?

—Me encuentro bien. Solo tengo sueño.

Pero la tristeza se había infiltrado en la habitación, como el polvo. Había polvo en los muebles, las paredes, el techo, y todo entre las paredes; el hombre del periódico recostado en su butaca, la mujer que fruncía el ceño y hacía calceta; era como si estuvieran —ellos, nosotros— esperando algo. Más dinero, para poder ser lo que habían sido. Pero lo que habían sido no era algo que Hennie quisiera.

En su haba podía dejar la tristeza fuera. Las cosas que había en ella eran amigas. Le hablaban. La muñeca de la cabeza de porcelana tenía una cara simpática que le recordaba el soleado cumpleaños en que tío David se la había regalado, una docena de años atrás. Los libros llenaban los estantes. Robinson Crusoe, Alicia en el país de las maravillas, La vieja tienda de curiosidades, todos ellos eran amigos. Sus tapas estaban como nuevas, a pesar de que los había leído y releído. Le gustaba que las cosas estuvieran pulcras, pero sin exceso. En su joyero había un brazalete de oro sin cierre y un collar de perlas pequeñas; eran sus tesoros y no deseaba más.

Se quedó tumbada a oscuras. Estaba empezando a hacer frío, filtrándose aire fresco por los bordes de la cama; el edredón formaba un cálido refugio en el que se enroscó. Le gustaba su pequeña habitación. El viento que por la tarde había sido tan fuerte, se había calmado; y la noche era tranquila. La calle estaba silenciosa salvo por el ocasional clip-clop de un caballo o una voz deseando buenas noches.

De repente le pareció que había demasiado silencio. Todavía era temprano; debería haber más vida. Y pensó en las calles donde la gente de su centro de asistencia social luchaba entre la suciedad y el desorden, de un modo que ningún ser humano debería soportar. Y con todo había más vida real allí. ¿Tenía sentido aquello?

Hennie sabía que la consideraban demasiado emotiva. No podía soportar el maullido de un gato hambriento en el callejón, ni ver caballos haciendo esfuerzos para arrastrar un autobús colina arriba con el suelo helado, mientras el conductor les daba latigazos. ¡Pobrecitos, pobrecitos!, solía decir entre sollozos, cuando todavía era una niña.

Demasiado emotiva, decían. Bueno, nunca había sido la favorita de su madre, y siempre lo había sabido, también, pues ningún regalo ni beso ni ninguna sonrisa puede ocultar una verdad como esa cuando se es niño.

¡Oh, su madre podía ser feliz con Alfie! Tenía «personalidad», o más bien, muchas personalidades según el momento. Mrs. Hughes, la esposa del socio de papá —una alegre boba, en opinión de Hennie— llamaba a Alfie «joven caballero», lo cual era, por supuesto, su mayor alabanza. No pensaría que lo era si pudiera verle cuando se burlaba de ella riéndose con sonoras carcajadas mientras se metía dos almohadas bajo el abrigo, delante y detrás.

¡Y su madre podía confiar tanto en Florence! Pero Florence siempre había sabido ponerse un cinturón azul con un viejo vestido blanco de verano y convertirse en una belleza, no siéndolo. Cuando tenía dieciocho años, como Hennie ahora, la mesa del vestíbulo estaba repleta de invitaciones en bonitos y gruesos sobres. La gente se acordaba de Florence, la gente de la escuela dominical de la iglesia, o la gente a la que había conocido durante una semana pasada en la costa. Walter Werner le propuso matrimonio dos meses después de haber sido presentados, y se casó el día en que ella cumplía los diecinueve.

De modo que Hennie estaba atrapada entre su hermana y su hermano. ¡Con qué facilidad podría desaparecer entre sus olas, un pequeño botecillo al que el paso de ellos haría zozobrar, si ella dejara que ocurriera! Pero nada de eso era culpa suya. Simplemente, ellos eran personas decididas y ella no.

—Solo piensas que no lo eres —le corregía su amiga Olga—. Nunca has intentado descubrirlo.

Su amistad era algo impensado, o quizá no, pues Hennie necesitaba que alguien la quisiera, y Olga se sentía honrada de que su profesora la buscara. Un atardecer de verano, después de la clase, se encontraron en la calle; todavía era temprano, aún era de día, y siguiendo un repentino impulso Hennie le propuso tomar una taza de café juntas. Olga le había despertado la curiosidad. Casada con un obrero como ella, condenada a llevar una vida monótona y penosa, no había perdido su ansiosa imaginación. Con la misma rapidez con que Hennie le prestaba libros ella volvía por más.

Discutiendo sobre Tolstoi y Dickens llegaron a hablar de asuntos personales. Olga le habló de la vergüenza y el horror de la persecución rusa, y de los largos y duros meses de huida y viaje por mar y la lucha en Nueva York. Hennie le contó algunas cosas acerca de su familia, y de alguna manera, por lo que Hennie no dijo más que por lo que dijo, Olga comprendió la posición que ella ocupaba en aquella familia. La imaginación que la llevaba a la Inglaterra de Dickens la transportó al hogar de Hennie.

Nunca había entrado físicamente en aquel hogar. Ambas muchachas sentían, aunque jamás lo expresaban con palabras, que esa visita no era apropiada. Su amistad estaba mejor en terreno neutral, fuera de las casas para cuyos resentidos ocupantes Hennie parecería una simple observadora, y fuera igualmente del educado y curioso escrutinio de Angelique.

Hennie estaba totalmente despierta. De repente sentía una energía incansable. Pensar de esta manera en su amiga la llevó ahora otra vez a su propia emoción, posiblemente por una asociación natural de la miserable calle de Olga con aquella en la que había tenido lugar aquel milagro de la tarde. Había quedado deslumbrada como jamás en su vida lo había estado. Quería sentirlo otra vez…

En las grises sombras de la habitación flotaba la imagen del joven, imprecisa como un boceto sin terminar. Y sin embargo era cierto que le reconocería: ojos vivos, un rebelde mechón de pelo oscuro. ¡Absurda fantasía! ¿Qué tenía que ver él con su vida? Era una estúpida romántica, un estorbo incluso para su más secreto yo.

Y no obstante… ocurrían tantas cosas en el mundo. Encuentros, separaciones, amantes…, vida. ¿Por qué no a ella?

Porque…, fantasía absurda… esa es la razón.

 

Luego, un día le vio salir de la oficina del tío David. Bajaba corriendo la escalera, apartándose de la frente aquel largo mechón de pelo que siempre se salía de su sitio. Llevaba los mismos pantalones de pana verde; a ella le parecía muy conmovedor, muy masculino, que tuviera el poco sentido de vestir un color tan feo. Le observó alejarse a grandes trancos por la atestada calle.

«¡Qué boba eres, Hennie! Boba y ridícula», pensó, y permaneció allí, discutiendo consigo misma, tratando de decidirse, rodeada de compradores que le daban empujones frente a un carro lleno de plátanos.

Un empujón la devolvió a la realidad. Dio media vuelta y subió la escalera.

Al parecer el tío David acababa de preparar té. Con una taza en la mano, los pies apoyados en el escritorio manchado de tinta, se había aposentado para disfrutar de una hora de rara soledad. Pero la sonrisa con que obsequió a Hennie era auténtica.

—Siéntate y sírvete una taza tú misma. Siento no tener nada más que ofrecerte, pero ayer olvidé ir al mercado. Bueno, ¿cómo estás?

—Bien, tío David, bien.

—¡Cuéntame las noticias de la familia! Me siento culpable, no he visto a tus padres desde hace más de un mes. Pero aquí estoy tan ocupado que los días pasan sin darme cuenta.

A través de la puerta abierta miró hacia la pequeña sala de espera, en cuyas cuatro paredes se alineaban las rígidas sillas. El suspiro que exhaló revelaba cansancio y satisfacción, allí, en su santuario, amueblado con una bascula para bebés, un estante con polvorientos libros de texto, un amarillento cráneo humano, medicinas, vendas y tablillas.

—Dime, ¿cómo están todos?

—Igual que siempre. Mis padres siguen preocupados por Alfie. No va muy bien en la escuela, y dice que no irá a la Universidad. Quiere ganar dinero.

—Dejadle que haga lo que quiera. Es un joven perfectamente sensato, que sabe a dónde quiere llegar. Nunca conseguirán que sea un hombre de letras, ¿es que no lo ven?

—Y Florence se cambia de casa. Vi la casa nueva; es muy bonita, cerca de Central Park West.

—Ah, sí, la Quinta Avenida judía. Bueno, está muy bien. Es lo que ella quería. Es agradable ver que la gente consigue lo que quiere. Y tú, Hennie, ¿estás consiguiendo tener lo que quieres?

—¿Cómo se puede saber lo que realmente se quiere, tío?

—¡Una respuesta judía! Responder a una pregunta con otra pregunta. — Dejó la taza—. Filosóficamente, tienes razón. Es una pregunta amplia, el objetivo de la vida… ¡Ah, la mayoría de nosotros morimos sin saberlo jamás! Pero me estoy refiriendo a lo cotidiano, a qué haces con tu vida diariamente y si estás satisfecha…, más o menos.

Le gustaba que él tuviera tanto interés por ella. Sin embargo, hasta cierto punto, adivinaba la intención de ese interés; sin duda sus padres habían hablado de ella, igual que les había oído hablar de Alfie.

Empezó a decir:

—Bueno, ya sabes que estoy contenta con lo que hago. Veo que estoy ayudando en el centro de asistencia social…

—Aparte del centro —interrumpió el anciano.

—Ah, leo, voy a la biblioteca una vez a la semana. Tengo que leer tres libros cada semana, libros buenos. Y he estado sacando libros para Paul. ¿Sabes lo que me dijo el otro día? «Me pregunto qué pensarán de mí mis antepasados cuando me miran desde el cielo». ¡Imagínate, un niño de su edad pensando una cosa como esa! Creo que cuando sea mayor será una persona fuera de lo corriente.

El anciano no dejó que se fuera por las ramas sino que la forzó a responder de manera directa.

—Sí, sí, pero estamos hablando de ti, no de Paul. ¿Qué hay de tu vida social?

Hennie se sonrojó.

—¡Vida social! ¡Es estúpido, tío David! La gente comerciando con invitaciones… —Y se burló—: «¿Te han invitado al tal y al cual?». «¡Cómo! ¿No? ¡Qué tragedia! Podías haber lucido tu nueva esclavina de piel, tu…».

Tío David la interrumpió otra vez. Interrumpir era un extraño hábito en un hombre que por lo demás era tan cortés.

—Entiendo lo que quieres decir. Pero no es del todo así, Hennie. No lo desprecies todo. No es bueno que te quedes tan apartada. —Hablaba con mucha suavidad—. Sé honesta, Hennie, te has apartado de ello por alguna razón que no comprendo. No haces ningún esfuerzo. ¿Es posible que no te sientas bonita? ¿Es esto?

Llevas un vestido correcto, no tienes granos en la cara, no estás desfigurada; pero eres torpe, tus pies son torpes, tu lengua es torpe, y te sientas con las mujeres cuando tienes bailes libres.

—No lo sé exactamente —murmuró.

Hay algo que una posee o no posee. Gracia natural, eso es lo que me falta. Gracia natural.

—Serás una mujer muy atractiva, Hennie. Todavía es demasiado pronto para verlo, pero está ahí. Algunas mujeres maduran tarde, eso es todo. ¿Sabes —dijo David, inclinándose hacia delante, estudiando con atención la pared que había detrás de la cabeza de Hennie—, sabes que me recuerdas mucho a tu abuela Miriam? Parece que sus cualidades se saltaron una generación. Tu madre no se parece en nada a ella. Y con esto no quiero decir nada malo de tu madre —añadió rápidamente.

—Lo sé.

—Ella poseía resistencia, Miriam. Fuerza. Bravura.

Un torrente de palabras, que no tenía planeadas, le salió de repente.

—Hablando de bravura, tío David, hace unas semanas vi algo estupendo. Vi a un hombre que rescataba a una mujer en un incendio. Nunca lo olvidaré. Subió a la cornisa, que estaba a seis pisos de altura sobre la calle. ¡Fue horrible! ¡Y tan maravilloso! Tenías que haberle visto; no creerías que un hombre pudiera hacer eso. Fue… fue el ofrecimiento de su vida entera por un extraño.

—Oh, sé quién era. Le conozco.

—¿De veras? Es extraño, pero me ha parecido reconocerle en esta calle precisamente hace un momento, cuando he entrado.

—¡Daniel Roth! Acaba de estar aquí. Le he curado las manos.

—Su vida entera —repitió Hennie con reverencia.

Ella recordó algo.

—Daniel Roth… Me parece que vi ese nombre en el tablón de anuncios del centro de asistencia social. Daniel Roth, para tocar el piano en nuestro festival infantil del Día de Acción de Gracias. ¿Crees que se trata del mismo?

—Oh, sí, toca el piano bastante bien, y es el tipo de cosa que haría. Es profesor. Enseña Ciencias en la escuela superior de aquí. También es una especie de científico-inventor; tiene un pequeño laboratorio, y vive en la parte trasera o arriba.

Inclinándose en la silla, tío David alcanzó su pipa. Prendió una cerilla, encendió la pipa, le dio unas chupadas, se la quitó de la boca y la examinó con exasperante cuidado mientras el tiempo pasaba.

Se rio entre dientes.

—¡Ah, Dan es algo especial! Hace tiempo que le conozco. Es un luchador, un batallador. Ahora mismo, está metido en la reforma de la vivienda. —Hizo una pausa, reflexionando durante un minuto, sin darse cuenta de la atención de Hennie que, con las manos enlazadas alrededor de las rodillas, esperaba con impaciencia—. Sí, sí, es un batallador. Lleva la lucha hasta la Cámara de Representantes. Trabaja con Lawrence Veiller, un hombre interesante, un aristócrata que nació con una fuerte conciencia. Trabajó en un centro de asistencia social, como tú. Supongo que has oído hablar de Veiller y has leído a Jacob Riis.

—He leído Como vive la otra mitad. —Pero no quería oír hablar de Riis o de Veiller.

—Los hombres como ellos miraron al exterior —aquí tío David hizo un gesto con la mano hacia la ventana— y no les gustó lo que vieron. Sabes, es una vergüenza, Hennie, que permitan esas casas de pisos, sin patio, ni luz ni aire. Pero lo peor de todo son los incendios, como el del otro día. La escalera está en el centro, y aspira el fuego hacia arriba como un cohete; inunda todo el edificio, la gente no tiene la menor oportunidad.

Así debía haber luchado contra la esclavitud en el Sur. La juventud, enardecida por la indignación, estalló por un momento en la vieja cáscara con su piel cubierta de manchas y la dentadura postiza gruesa como platos de loza; por un momento los ojos le brillaron y Hennie, al ver lo que había sido, sintió lástima. Aun así, quería que la conversación volviera a Daniel Roth.

La lengua de tío David fue más rápida.

—Sí, Hennie, sí, y tú has visto a las muchachas que permanecen ante las puertas esperando a los hombres. Oh, ya eres lo bastante mayor para que te hable de estas cosas, aunque tus padres se asustarían y no me lo perdonarían. Pero ellos forman parte de la vida, y debemos mirar a la vida a los ojos. Cuando una chica está desesperada por salir de un agujero podrido y no tiene otro camino, al menos ninguno que ella pueda ver… —El reloj dio el cuarto de hora otra vez. El hombre se puso en pie—. Deja que retire esas tazas. No quiero que entre algún paciente y vea tazas sucias. Ah, sí, estábamos hablando de Dan, ¿no? Supongo que no está bien que yo lo diga, pero…, oh es cosa de familia, y ¿me disculparás un poco la vanidad si te digo que me recuerda a mí mismo? Excepto en que yo nunca fui tan apuesto. Desde luego, él no es practicante; dudo que vaya jamás a la sinagoga, lo cual es lamentable, pero no debo reprochárselo.

«Habla demasiado; es síntoma de vejez», pensó Hennie con afecto mientras se marchaba. Y también pensó: «El Festival del Día de Acción de Gracias. Estaré allí».

 

El centro de asistencia social estaba situado en el medio de un cuadrilátero irregular limitado por Houston Street, en Bowery, Monroe Street y el East River. Cinco viejas casas, en otro tiempo los hogares de opulentos mercaderes, habían sido convertidas en aulas y talleres, donde se enseñaba cocina, danza, costura, debate, carpintería, educación cívica y el idioma inglés. En un amplio patio había columpios y arenales. Las habitaciones estaban amuebladas con donaciones procedentes de hogares de lo que se llamaba «las damas de la parte alta de la ciudad»: sólidos sofás de tela de crin negra, escupideras, y sillas con demasiado relleno, pantallas de chimenea y librerías con puertas de cristal, que se mantenían cerradas con llave para proteger las hileras de clásicos estampados en oro: Vidas paralelas de Plutarco y La caída del Imperio romano. En el vestíbulo de entrada había un gran espejo con un marco de yeso dorado que mostraba a unas ninfas y querubines sosteniendo una cornucopia llena de uvas. Había sido un regalo de bodas hecho a Florence y a Walter y que no les había gustado.

Esa tarde, todas las luces estaban encendidas y el edificio lleno de gente. La sala de reuniones había sido decorada con unos símbolos de peregrino, calabazas y maíz seco manchado, que formaba parte del proceso por el que las mujeres cubiertas con chales, los hombres con barba y sus hijos procedentes de los stetls e Irlanda iban a convertirse en americanos. En el estrado, el gobernador Bradford y Elder Brewster, con pantalones negros y sombrero de cartón negro de copa alta, peroraban con dignidad, saludando con una inclinación de cabeza a Squantum y diversas mujeres indias vestidas con mantas a rayas y cadenas de abalorios. Massasoit era un adolescente de doce años, pelirrojo y de mejillas sonrosadas, que solo hacía un año que había salido de Minsk, pero a quien Hennie había enseñado a hablar inglés con fluidez en menos de un año.

El piano estaba colocado en el extremo más alejado del escenario donde Hennie se sentaba. Las lámparas de gas le enfocaron cuando él entró, pues Hennie vio que se trataba de Dan Roth.

Hizo una leve inclinación de cabeza y empezó a tocar el piano. Interpretó aquella música sencilla con placer, levantando la vista de vez en cuando para hacer gestos de aliento con la cabeza a algún niño que vacilara; se lo estaba pasando bien.

Hennie oyó los latidos de su propio corazón. Y permaneció sentada muy quieta, con las manos plegadas sobre la falda de seda oscura, pensando: «Probablemente no haré nada. La función terminará, él se marchará, y yo me iré a casa».

Hubo algunos discursos. Varias señoras, con quevedos colgados de cadenas, se dieron las gracias unas a otras por su colaboración. Miss Demarest, la directora, expresó su gratitud a todos, y con su voz de pájaro agradeció especialmente a Mr. Roth su ayuda con la música.

Todo el mundo se puso en pie y los que podían cantaron el himno o sectario de Acción de Gracias. «Nos reunimos para pedir la bendición del Señor». Se invitó a pasar al salón contiguo para tomar café y pastel. Había terminado.

Sin embargo Hennie no se movió. Alguien le dio unos golpecitos en el hombro.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal? —le preguntó Olga.

La sala estaba vacía.

—Solo… solo estaba pensando —respondió Hennie sonrojándose.

Ola se mostró incrédula y preocupada.

—¿Pero en qué, aquí sola?

—Ese hombre que ha tocado el piano…, mi tío lo conoce, creo. Me preguntaba cómo hablarle, si debería hacerlo.

—¿Cómo hablarle? Abres la boca y dices: «¿Cómo está usted? Creo que es usted un hombre apuesto, y yo me llamo…».

La risa alivió la tensión que sentía Hennie en su pecho.

—Olga, haces que parezca muy fácil.

—Es fácil. En serio, si quieres hablar a una persona, ¡ve y háblale! Lo peor que puede ocurrir es que a esa persona no le gustes, y en ese caso, que el diablo se la lleve; y lo intentas con otra en otra ocasión.

Así que Hennie se levantó y fue al otro salón a encontrar a Daniel Roth. Este estaba de pie entre las alegres damas de la parte alta de la ciudad, con sus elegantes vestidos y relojes de oro clavados en las solapas, y parecía querer escapar, igual que había hecho cuando los periodistas le asediaban después del incendio.

—Creo que usted conoce a mi tío —dijo Hennie—, el doctor David Raphael. Soy Henrietta De Rivera.

—¡Claro que le conozco! Es una de mis personas favoritas.

Su sonrisa era afectuosa.

—Él también le admira a usted.

Hennie no sabía que su rubor y su tímida excitación le sentaban bien. Le hubiera gustado decir algo alegre acerca de la velada, pero no se le ocurrió nada y se sentía confusa.

Las elegantes señoras, al ver que el invitado de honor estaba ocupado, se retiraron. La velada estaba llegando a su fin. Los niños que se habían quedado dormidos fueron despertados y subidos a los hombros de sus padres. Los más mayorcitos se envolvieron en sus abrigos y todo el mundo empezó a irse a casa. Pero eran personas sin rostro y anónimas para Hennie. Pasaban por su lado como sombras. Ella se hallaba sola en la habitación con Daniel Roth, que la estaba mirando.

El joven le dijo, sorprendiéndola:

—Ven a tomarte un café conmigo, ¿quieres? Todavía es temprano.

Estas cosas no suceden. Las fantasías extravagantes no se convierten en realidad. Aturdida, se cogió del brazo que él le ofrecía y salieron a la calle.

Era una apacible tarde de otoño, una rara y breve prórroga del verano, con un cielo tímido sobre los tejados. La condujo hacia East Broadway.

—Podemos tomar café aquí, o té. ¿Vives cerca de aquí?

—No, cerca de Washington Square.

—Entonces, ¿qué es lo que te ha traído aquí esta noche?

—Trabajo en el centro de asistencia social.

—¿Eres una de esas generosas damas de la parte alta de la ciudad?

—No especialmente generosa. No tengo dinero para dar. Solo enseño inglés a los novatos.

—Esto no ha sido muy amable por mi parte.

—¿El qué?

—Mi observación acerca de las damas de la parte alta de la ciudad. Ha sido sarcástica, lo siento.

Ella no se había dado cuenta del sarcasmo.

—¿Qué más haces?

—A veces doy clases de cocina. No es que sea muy buena, pero me gusta cocinar. Me relaja.

—¿Necesitas relajarte? —Parecía divertido, y Hennie pensó que se estaba comportando como una tonta.

—Me temo que sí. A veces —respondió tímidamente.

Estaba empezando a sentirse incómoda con la mano cogida de su codo e hizo como si la sacara, pero él apretó el brazo, aprisionándole la mano.

—¿Te molesta cogerte de mi brazo?

—Oh, no quería…

Otra vez se quedó en silencio. Si hubiera hablado, le dijo él más adelante, todo habría resultado diferente entre ellos.

—¿Tus padres no se preocuparán porque estás fuera de casa?

—No. Suelo volver a casa a pie con un grupo, así es más seguro.

—Estarás segura conmigo, Henrietta.

—Me llaman Hennie.

—Eso te va mejor. Y a mí me llaman Dan.

Estaba anocheciendo, pero en las calles aún había actividad. Un caballo regresaba a los establos, arrastrando un carro vacío. Las escalinatas de entrada rebosaban de niños, y tras las ventanas abiertas de las plantas bajas gemían como voces cansadas las máquinas de coser.

—Escucha —dijo Dan—. Todavía están trabajando. No sé de dónde sacan las fuerzas. Calor, frío, asma, trabajo y trabajo.

—Eso es lo que dice tío David.

—Sí, él lo sabe. Y se preocupa. Por eso se queda aquí. Sería más fácil sin duda trasladarse a la parte alta.

—¿Por eso también tú enseñas aquí?

—Sí —respondió Dan brevemente.

East Broadway estaba iluminado. Las farolas resplandecían en la ancha avenida, mientras las lámparas que se veían en las altas ventanas de dos elegantes hogares mostraban tranquilas familias sentadas en sus salones, o todavía a la mesa.

Dan soltó el brazo de Hennie.

—Entremos aquí. Es un café. Apuesto a que nunca has estado en un café, ¿verdad?

—No. —Ni había salido con un hombre, y mucho menos un hombre que sus padres no le habían presentado.

—Encontraremos una mesa tranquila; es pronto. A medianoche habrá tanto ruido, que ni siquiera te oirás a ti misma pensar, y mucho menos hablar, con el violinista gitano y todos los rusos discutiendo.

Tomaron asiento. Las mesas de madera sin mantel estaban muy juntas.

—Pero está limpio —le aseguró Dan, siguiendo la mirada de ella—. O bastante, al menos.

Un camarero les trajo dos vasos de té caliente.

—Puedes tomar café si lo prefieres. La costumbre rusa es ofrecer té en un vaso. No sabías eso, supongo.

—Lo había oído decir.

Tenía las manos frías. Rodeó el vaso caliente con ellas, dándose cuenta de que él la estaba observando con una mirada estudiada, y preguntándose en qué estaba pensando. Quizá lamentaba la impulsiva invitación, hecha tan solo por educación porque era la sobrina de tío David. Bajó la vista, y vio que sus manos descansaban sobre la mesa. Vio la vena bifurcada de la muñeca que estaba de lado. Parecía una cosa íntima, esa pequeña vena azul.

Entraron unos hombres, hablando fluidamente en yiddish. Dan señaló a uno de ellos.

—Es un actor. Puede que sea una estrella dentro de poco. Este es un lugar famoso entre los intelectuales rusos. Periodistas, poetas, socialistas, todos vienen aquí. Los ortodoxos tienen sus propios lugares. Yo voy a todos ellos y no pertenezco a ninguno. Me gusta observar. Soy curioso.

—Entonces, ¿no eres ruso?

—Nací en Nueva York. En Yorkville, Calle 84 en la Tercera Avenida. El barrio bohemio. De habla alemana.

Ahora sus dedos jugueteaban con un tenedor.

—Todo el rato estás con la mirada baja —dijo Dan bruscamente—. ¿Por qué? ¿Te asusta que te miren?

—No. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque te sonrojas. No te dé vergüenza. Es encantador.

Hennie alzó los ojos.

—No puedo evitar sonrojarme. Lo odio. —Entonces algo se soltó en su interior—. Te vi cuando rescataste a la mujer en aquel incendio. Quería ir a decirte lo maravilloso que era.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Supongo que soy tímida. Y me di cuenta de que querías marcharte.

—Tienes razón. Habrían montado un circo a costa mía, si les hubiera dejado. Dime, ¿cuántos años tienes, Hennie’?.

—Dieciocho.

No sabía si la encontraría demasiado joven para ser interesante, o demasiado mayor para ser tan inexperta como debía parecer.

—Yo tengo veinticuatro. Pareces mayor. Eres muy muy seria.

—Me temo que sí. Es uno de mis defectos.

—Vaya. ¿Quién te dice eso?

—Oh, la gente.

Él se quedó pensando.

—Bueno, no hay nada malo en ello. Vivir es un asunto lo bastante serio. Especialmente si vives por aquí. ¿Sabías que más tarde descubrieron que había tres bebés en el edificio aquel día? Encontraron los cuerpos cuando el fuego se hubo consumido.

Hennie sintió un escalofrío, y él prosiguió:

—¡Me enfurezco cuando pienso en la gente que se hace rica a base de poseer ratoneras como esas! ¡Me entran ganas de destruirlas, de hacerlas explotar! —se interrumpió—. Discúlpame. Quiero cambiar el mundo. Soy ridículo.

Ella dijo con amabilidad:

—No eres ridículo.

—Sí, lo soy. Me estoy oyendo a mí mismo hablar demasiado. Eso es extraño, también, porque normalmente se me critica el ser demasiado callado. Pero cuando me excito por algo, entonces no sé cuándo parar de hablar.

Florence le habían enseñado: «Deja siempre que un hombre hable de sí mismo. Incítale a que lo haga. A los hombres les encanta eso». Y sintiéndose avergonzada por utilizar ese truco, Hennie dijo:

—Me gusta oírte. Háblame de ti.

—No hay gran cosa que contar. De todos modos, no sabría cómo empezar.

—Por el principio. Dónde te criaste.

Él se echó a reír.

—Digamos que estaba rodeado de cigarros. Los cubos de basura de las aceras estaban siempre llenos de hojas de tabaco. Pero mi padre no era cigarrero, era sastre. Mi madre había muerto. Yo no la recuerdo.

Se detuvo, como si un repentino recuerdo le hubiera hecho parar. A Hennie le pareció que veía, en la contracción de dolor de su frente, algo más que la natural añoranza de una madre. Era una melancolía profunda. Le sorprendió ver que podía reconocer con tanta rapidez algo de sí misma en un extraño, diferentes como eran ambos, el rostro de él tan móvil y el suyo tan inmóvil.

—Eso no es todo —dijo ella, con intención de hacerle regresar de donde estuviera.

—¿Qué más quieres que te diga?

—Podrías decirme lo que querrías ser.

—¡Lo que querría ser! Bueno, hubo una época en que tuve ideas grandiosas acerca de la música. Cuando era niño, mi profesor de piano solía alabarme, de modo que empecé a verme, tontamente, como gran concertista, vestido con corbata y frac… ¡yo, con frac! Saludando en el escenario, con el público en pie, enloquecido. —Frunció el ceño—. De todos modos, me olvidé de eso. Bueno, no quería ser abogado, tanto discutir, y a diferencia de la mitad de los chicos del vecindario, tampoco quería ser médico. Pero me gustaba la ciencia. Un verano hice unos trabajos en un laboratorio de química, y eso me decidió. Así que fui al City College y ahora soy profesor de Ciencias. —Hizo una pequeña mueca como de vergüenza—. Además, hago mis pequeños experimentos.

—¿Qué haces?

Estaba funcionando. Florence tenía razón. Los hombres querían hablar de sí mismos.

—¿Has oído hablar de Charles Brush?

—Me temo que no.

—Descubrió la lámpara de arco de carbono. Me gusta estudiar cosas como esta y el poder de la resonancia eléctrica y… oh, muchas cosas…, es difícil de explicar.

—No lo intentes. Sería igual que si me hablaras en búlgaro.

Él se echó a reír.

—Bueno, solo es que admiro a los hombres que tienen ideas, hombres como Edison y Bell, sabes. Tengo libretas de apuntes llenas de ideas, la mayoría de ellas inútiles, probablemente. Aunque una vez inventé algo bonito… Te estoy aburriendo.

—¡Claro que no! ¿Qué era el invento?

—Era una lámpara de arco eléctrico que podía arder más tiempo que las antiguas.

—¿Qué ocurrió con ella?

—Se está fabricando. Me dieron quinientos dólares por ella. Un amigo mío tiene un primo, un abogado, que la vendió por mí. Los quinientos me vinieron muy bien entonces, ayudaron a que la muerte de mi padre fuera un poco más confortable. —Dan apretó la mandíbula. Luego se volvió a Hennie con una sonrisa de disculpa—. Todavía abrigo el sueño disparatado de que descubriré algo maravilloso, como la manera de enviar mensajes a todo el mundo por el aire, o quizás el empleo de máquinas eléctricas para diagnosticar enfermedades. Disparatado, ya ves. ¿Quién soy yo, al fin y al cabo?

—No es un disparate. Solo tienes veinticuatro años. No puedes decir todavía lo que harás.

—No importa si no llego a hacerlo nunca. Al menos, puedo hacer algo de provecho enseñando, espero. ¡Hay tanta inteligencia aquí, en estas calles, esperando a que se le abra la puerta y se la deje en libertad! Sería mucho más fácil; se podría hacer mucho más en la escuela si la vida fuera mejor. Ahí es donde entra la Ciencia, Ciencia y socialismo.

—¡No serás socialista! —Hennie no había conocido jamás a un auténtico socialista.

—De corazón, sí. Oficialmente, no. No me preocupa la política, lo cual sorprendería a los tipos políticos que están por aquí. No pertenezco a ningún partido. Simplemente me gusta salir y tratar de hacer cosas que es necesario hacer.

—Realmente me recuerdas a tío David.

—¡Oh, eso es un auténtico cumplido! No acabaría nunca de decir lo que pienso de él. Honesto, sencillo, bueno, ¿sabes? A veces pienso que ese hombre tiene poderes, y que puede leer el pensamiento. Bueno, no quiero decir eso exactamente, pero es raro, eso tienes que admitirlo. Raro.

—Yo también lo creo. En la familia —dijo Hennie con timidez—, piensan que es terriblemente extravagante. ¡Deberías oír las discusiones que hay en casa! Mi padre y el marido de mi hermana siempre votan republicano. Piensan que tío David es un radical salvaje, pero a mí no me lo parece.

—Entonces, tu familia debe de encontrarte extravagante a ti también, y radical.

—Creo que sí. Me quieren, pero creo que sí.

—¿Te sientes acaso sola en tu casa? Me imagino que tiene que ser así.

—Sí, un poco.

Se miraron candorosamente el uno al otro, a los ojos. El contacto quizá duró un minuto, mucho tiempo para que los ojos permanezcan fijos. Y Hennie tuvo una sensación extraordinaria de pasmosa realidad, clara y palpable, como si acabara de despertar a esa realidad, que hacía trivial e insignificante todo lo que había conocido hasta entonces.

Dan echó la silla hacia atrás.

—Vamos —dijo—, es tarde, y no quiero que tus padres se pongan furiosos porque te retengo fuera.

Era ya noche cerrada. Era hermosa, con fantásticas nubes oscuras en el pálido firmamento, una noche para caminar y caminar y no irse a casa. De vez en cuando, en las esquinas de la calle, un grupo de jóvenes se apretujaba y fumaba en donde la luz de alguna tienda iluminaba la acera. En el último escalón de una sala de reuniones, un orador estaba exhortando a una pequeña multitud.

—Misión cristiana para los judíos —observó Dan.

—Parémonos, podría ser interesante.

—No. —Dan fue firme. La llevó del codo—. Puede hacerse muy desagradable. Siempre hay alguien que se excita de una manera o de otra. No me gustaría que estuvieras aquí entonces. En cuanto a mí, nunca he podido entender esta pasión por la religión. Mucha estupidez, ¿no opinas igual?

—No. —Basta de «trucos»; solo la verdad.

Él le preguntó con curiosidad:

—Entonces, ¿eres creyente?

—Sí…, tiene que haber algo. —Levantó la vista. Las nubes se estaban dispersando, abriendo el ancho cielo a un millón de estrellas—. Todo eso de allá arriba, y nosotros aquí abajo, no pueden ser accidentes. Beethoven, o los hombres como tu Edison, no pueden ser simples accidentes.

Ahora él la estaba mirando a ella, escuchándola de un modo dulce; la expresión de su cara; la hermosa noche, el serio tema de conversación, todo la inundaba.

—¿Eres practicante pues, Hennie?

—Sí, pero no como tío David. Él es ortodoxo. Nosotros vamos al Templo Emanu-El.

—Yo he dejado todo eso, pero si tuviera que ser practicante, tendría que ser ortodoxo.

Habían llegado al portal de la casa de Hennie. Se había levantado viento, que hacía susurrar las últimas hojas de los árboles. Dan miró hacia arriba y luego hacia la calle.

—Me pregunto —dijo lentamente—, cómo puede nadie creer en Él. Tanta miseria. Y lo peor de todo son las guerras.

—Estas cosas no son culpa de Dios, sino nuestra —replicó ella—. Deberías hablar con tío David, ya que le admiras tanto.

—Ya lo hago, ya lo hago. Sí, es bueno ser creyente…, si se puede serlo. Y a ti te va, Hennie. —Cogió la cara de la joven y la volvió hacia la luz—. Un rostro tan bonito. Y unos ojos encantadores, ojos serios. Quiero verte otra vez. ¿Puedo?

El nudo que tenía Hennie en la garganta solo le permitió decir que sí con la cabeza.

—Visitaré a tus padres. Esperarán que lo haga. Buenas noches, Hennie.

Hennie subió corriendo la escalera. Las lágrimas acudieron a sus ojos, las más dulces, las más asombrosas lágrimas.

No hay nadie más como él en todo el mundo.

 

—¿Recuerdas cuando te hablé de Dan Roth, tío David? Bueno, nos conocimos. Fue hace dos semanas, cuando acudió al Festival del Día de Acción de Gracias, y desde entonces nos hemos visto dos veces. El domingo pasado fuimos al Acuario y a Central Park.

Él notó que su voz era más rápida y más aguda que de costumbre. El viejo alzó las cejas.

—¿Fue a tu casa? ¿Conoció a tus padres?

—Por supuesto. ¿Cómo, si no, habría conseguido salir con él?

—¿De qué hablaron?

—Oh, de cosas. Nada importante, solo las frases corteses de siempre.

Pero habían hecho preguntas, preguntas con intención, y todo había salido a la luz: el padre sastre, y la lucha, y que enseñaba en una escuela. Angelique le había hecho casi todas las preguntas, siempre tan educada, con una leve sonrisa y un cabeceo.

Y Dan también había estado cortés, respondiendo con las mismas leves sonrisas y cabeceos, un minueto de saludos con la cabeza, de manera que se habría dicho que sin duda se despreciaban mutuamente; y no obstante, ninguno de los dos, después, dijo nada salvo «Es un joven inteligente» y «Tus padres son gente agradable».

—Me ha invitado a la Ópera. No creo que mamá quiera que vaya, pero no puede negarse, puesto que me invitó en su presencia.

Tío David se quitó la pipa de la boca.

—Lo que estás diciendo es que a tus padres, a tu madre, no les gustó.

—Claro; ellos preferirían a alguien como Walter.

Lo que no habían dicho después de que Dan se hubiera marchado, las palabras que no habían utilizado, era lo que importaba: los antecedentes familiares, que significaban, en el fondo, el dinero. Dinero para comprar cosas que manejar y sostener, como cuando Angelique cambia de sitio los candelabros después de cenar o juguetea con sus perlas.

—¿Forman un buen contraste, verdad, Daniel Roth y mi cuñado?

La respuesta de tío David fue una sorpresa para Hennie.

—Al fin y al cabo, tampoco hay nada tan malo en Walter Werner.

—No he querido decir que lo hubiera, pero prefiero el tipo de hombre como Dan.

—Ah, estoy de acuerdo. No obstante, las cosas, la gente, no son tan sencillas.

La observación era ya conocida, una afirmación de lo evidente. Con todo, sonó de una manera extraña.

 

Fueron a ver Rigoletto. Florence y Walter, sin duda alguna instigados por Angelique, les acompañaron. Walter había insistido en comprar los cuatro asientos en la quinta fila, en el centro.

—Yo voy al gallinero, cuando no me quedo de pie —observó Dan.

Sobre ellos, la Herradura de Diamantes relucía y resplandecía; allí arriba había mucho movimiento, idas y venidas, visitas entre los palcos, personas que llegaban tarde y otras que se iban en el segundo acto.

—Ahí está Mrs. Astor —dijo Florence, ofreciendo sus gemelos de teatro para ver a una dama voluminosa y enjoyada.

Dan susurró:

—Ahora comprendo de dónde procede la expresión «el caballito de Astor».

Hennie se rio y se alegró de que lo hubiera dicho en un susurro. La observación habría sido una terrible afrenta para Florence, para quien las Mrs. Astors del mundo eran objetos de veneración.

Después, Walter los llevó a todos a cenar a «Delmonico's». aunque Hennie al principio se había negado a coger prestada la capa de su hermana, ahora se alegraba de que su madre le hubiera hecho aceptarla, pues la estancia era un jardín florido de satenes y terciopelos, y de blancos hombros de mujeres tan exquisitas, que era difícil no mirarlas. Hennie había estado allí solo en otras dos ocasiones.

—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Walter. Adoptaba una actitud paternal hacia Hennie. Sus ojos, que sus gafas hacían parecer más grandes, eran penetrantes.

A Hennie le desagradaba Walter, y respondió con brusquedad:

—No estoy muy segura de lo que pienso, Walter. No me parece muy real.

Y él se echó a reír con aquella risa fresca, no hostil, ladeando la cabeza, estudiando a Hennie como si hubiera dicho algo ingenioso.

Y ella prosiguió. (¿Por qué insistía?):

—Oh, es bonito, pero es como una representación, ¿entiendes lo que quiero decir?, como si cada uno estuviera representando un papel. Una representación o una ceremonia.

—¡Vamos! —exclamó Florence, fastidiada, pero sin duda con un tono no tan áspero como hubiera empleado de no hubiera empleado de no haber estado Dan, el extraño, allí presente—. Eso es una auténtica tontería, Hennie.

Dan intervino en defensa de Hennie.

—Entiendo exactamente lo que Hennie quiere decir por «no real». Sí, lo entiendo. —Y miró a su alrededor. El altísimo espacio estaba lleno de animación: risas, amplios vestidos, botellas de champaña descorchadas, camareros apresurados, lujosos abrigos de pieles sobre los respaldos de las sillas. Despacio, prosiguió—: Entre los obreros existe un sentido de valor auténtico, de valor de la verdad. Aquí hay tanto derroche, más comida de la que se puede comer, y más y demasiado de todo. Toda mi vida he tenido el firme propósito de no caer jamás en la trampa de desear el lujo. Una vez que empiezas, no hay final para lo que encuentras necesario, incluso cuando no lo mereces.

Levantó la cabeza al decir esto. No había en el lugar ningún hombre que pudiera compararse a él. Hennie no había dejado de observar a las mujeres que habían mirado a Dan al entrar él, durando sus miradas una fracción de segundo de más. La gente le miraba a él, no a ella. Y por un instante, algo frío cayó en su pecho, un peso, frío y fuerte, y tuvo que hacer un esfuerzo para levantarlo.

—Debe recordar —amonestó Walter— que esta gente ha trabajado para poseer lo que posee, o lo hicieron sus padres o sus abuelos. Y proporcionan empleo. Mantienen al país en movimiento.

Dan era obstinado.

—Gastar en armamento, eso es lo que realmente mantiene al país en movimiento, como dice usted.

—¿Usted no opina que debemos estar armados? —preguntó Walter.

Y Hennie pensó, como si notara que se estaba acumulando la tensión: «¿Por qué estamos hablando así?».

—Estamos gastando como locos —dijo Dan—. Aun así, hay señales esperanzadoras. —Siguió hablando—: Que un déspota obcecado como el zar pida una limitación de armamentos es esperanzador.

El dialogo era como una pelota, lanzada y devuelta al instante.

Walter replicó:

—Yo no pondría muchas esperanzas en eso. No confío en los de Europa, en ninguno de ellos.

—Sin un cierto grado de confianza en las buenas intenciones de un hombre no puede existir futuro.

—Si todos tenemos que desarmarnos, eso significa que todo el mundo está satisfecho con el modo como están las cosas. ¿Supone que a Francia le satisface que Alemania se quede con la Alsacia-Lorena? En mi opinión, Alemania no tiene derecho a ella.

Cuando Dan alzó las cejas, Walter se echó a reír, con una risa de ligera superioridad.

—¿Le sorprendo? Debe de pensar que porque mis padres son alemanes de nacimiento yo soy germanófilo. No, se lo aseguro. Soy de otra generación.

—Alemán, francés, o cualquier cosa, no importa. Son todos ladrones asesinos.

La voz de Dan, aunque baja, resonó. La gente de las mesas cercanas le miraron, y apartaron la vista. Y Dan prosiguió:

—Sí, al hombre común se le grava con impuestos para pagar sus monstruosas armas, modelos avanzados, año tras año, con dinero que podría ser utilizado para electrificación, energía limpia, para quitar la carga de los hombros humanos. Yo mismo, a escala muy pequeña, he estado trabajando en… —se interrumpió—. Lo siento. No es este el momento ni el lugar.

—Hay que tener armas. —Hizo un gesto de firmeza con la boca—. Es ingenuo pensar de otra manera. ¿Pondría sobre la mesa los ahorros de toda su vida y dejaría la puerta de la calle abierta?

—Tiene que haber un principio —Dan respondió.

Ahora intervino Florence:

—Mr. Roth tiene razón, Walter. No es el momento de tener una conversación tan seria. Hemos venido a divertirnos.

—Llámeme Dan. Y regáñeme a mí. Yo he empezado.

—Te llamaré Dan, pero no te regañare. —Florence sonrió de un modo encantador—. Creo que tu punto de vista es muy interesante, y me gustaría conocerlo con más detalle en otra ocasión. Pero ahora no me importa reconocer que estoy muerta de hambre. ¿Pedimos la cena?

Que no haya aristas. Suave. Suave. Tenía razón. Hennie lo sabía. Pero Dan también.

El agua y el aceite no pueden mezclarse. Ellos jamás se gustarían, ninguno de ellos.

 

El invierno llegó con toda su crudeza. El helado cielo reflejaba su azul puro en las praderas nevadas de Central Park, y en las calles sonaban las tintineantes campanillas de los trineos, mientras la nieve se pulverizaba bajo los corredores. En la pista de patinaje de St. Nicholas, Hennie, con medias nuevas de lana, a rayas, daba vueltas con Dan; juntos, se deslizaban con grandes pasos, rítmicamente.

¡Oh, ciudad encantada! Todos los transeúntes sonreían con aire aprobador. El hombre de la helada esquina, que le vendió una flor para la solapa de Hennie, se la entregó como si fuera un regalo. En el centro de la asistencia social, sus niños más intratables, más alborotadores, no eran más que pícaros normales, después de todo. La gente era tan amistosa, tan buena. Se podía amar a todo el mundo.

—Se te nota en la cara —le dijo Olga una tarde, después de una clase de inglés.

—¿Qué es lo que se me nota? —Hennie fingió no comprender, pero lo sabía muy bien; se lo había contado a Olga, porque tenía que decírselo a alguien, y esta muchacha— cuyo pobre marido, delgado y pálido, se pasaba el día encorvado sobre la máquina de coser —sabía lo que era amor.

Por la noche, Hennie se sentaba junto a su ventana y soñaba. Le añoraba tanto…, su espeso cabello, brillante como el pelo de un animal, su boca triste, sus párpados redondeados, sus hermosas manos… Lo añoraba tanto…

 

—Hace tiempo que no venías —dijo tío David—. ¿Qué has estado haciendo?

Ella quiso parecer indiferente.

—Me he estado viendo con tu amigo Daniel Roth.

—¿Ah, sí? ¿Adónde vais juntos?

—A pasear. A patinar. Fuimos a la Ópera con Florence y Walter. Vimos Rigoletto. Fue maravilloso.

—Ah, sí… y, ¿cómo salió?

Tío David tenía un modo especial de inmovilizarte con la mirada, exigiéndote una respuesta sincera. Así pues, dejando la pose de indiferencia, respondió:

—Walter insistió en comprar los asientos, y a Dan no le gustó mucho eso.

—Me imagino que no. Es muy independiente, si es que es algo.

Tío David hizo una pausa, con aire pensativo. Dentro de un momento juguetearía con su pipa, preparando lo que tenía que decir. Encendió una cerilla y la apagó.

—Sí, sí, es un asunto extraño, esta cosa del hombre y la mujer. Elegir, quiero decir. ¿Cómo se puede saber? Y de ello depende toda la vida de uno. —Encendió otra cerilla y con ella la pipa, dio unas bocanadas y se quitó la pipa de la boca—. Tal vez por eso no me he casado. Mi hermana, tu abuela, ¿recuerdas muchas cosas de ella, Hennie?

Nunca se sabía qué inesperado derrotero podía tomar una conversación con tío David. Podía llegar a ser exasperante.

—No mucho. Solía cantar una canción alemana cuando yo era muy pequeña: Du Bist wie eine Blume.

—«Eres como una flor». La recordaba de su propia infancia. Sí, era una mujer notable. Tenía un coraje tremendo, como te digo siempre.

«Y no necesito oírlo otra vez», pensó Hennie.

—Quizás no sabías que se equivocó en su matrimonio. Durante diez años vivió en la infelicidad con tu abuelo.

—No lo sabía.

—Bueno, supongo que no sirve de mucho resucitar estas cosas. Solo que algunas veces uno recuerda, y puede ser doloroso recordar.

El día de hoy llenaba la mente de Hennie, la tarde fría y resplandeciente, y él estaba hablando de personas muertas hacía mucho tiempo. Su tono de voz era apesadumbrado, y ella no lo quería, porque no encajaba con la energía que sentía dentro de sí misma.

El anciano se puso a limpiar su pluma con un trapo viejo. Su frente tenía un gesto pensativo; sus manos daban vueltas y vueltas. Al cabo de uno o dos minutos, observó:

—Supongo que le encuentras muy guapo, ¿no?

Ella se sorprendió.

—¿A quién?

—A Dan, por supuesto, ¿a quién si no? No pensarás que me refiero a Walter Werner, ¿verdad?

—Bueno, estabas hablando de mi abuelo. —Hennie se echó a reír, y luego respondió con ligereza—: Oh, sí, ¿tú no opinas igual?

—Sí. Y también todas las mujeres que le ponen la vista encima, Hennie.

—¿Qué puedes querer decir?

—Lo que digo. Todas las mujeres van tras él. Hace tiempo que le conozco, sabes, y…

—¿Yo voy tras él? —Hennie sintió en su rostro el calor repentino de un intenso rubor—. ¿De verdad crees que voy detrás de alguien, tío David?

—No, no eres suficientemente osada, querida.

Osada no. Pero sí tenaz, dice papá. Nunca abandonas, aunque no hagas ruido.

—Pero otras mujeres sí lo son, Hennie. Y ahí está el problema.

—No sé qué es lo que intentas decirme, tío David. —Algo se endureció en su fuero interno. Temor, o ira, o quizás ambas cosas.

—Tiene demasiado encanto, para su bien. Algunas personas nacen así. Es como si hubiera un imán en ellas.

El resplandor de la luz que entraba por la ventana le dolía a los ojos a Hennie. Apartó la silla.

—No sé qué importancia tiene todo esto —dijo.

¿No lo sabes? ¿No lo sabes?

—¿Y qué si otras mujeres le miran? Él no puede evitarlo, ¿verdad?

Otra vez el anciano hizo aquel lento ceremonial con la pipa. Lo hace porque tiene que pensar una respuesta. Y ella esperó.

—Verás, Hennie. Hay hombres que no pueden resistir. No pueden ser fieles a una mujer. Sí, aman a sus esposas, pero con todo, no pueden resistir.

—Y tú piensas… —Su voz era extraña, de falsete—. ¿Tú piensas que Dan es así?

—Sí. No te enamores de él, Hennie. Por favor, no lo hagas.

Ella permaneció en silencio, sorprendida, incrédula.

—¿Estás enamorada de él, Hennie?

Siguió callada.

—No te conviene. Tengo que decírtelo. Escúchame, Hennie, querida. A él le gustan demasiado las mujeres. Es su defecto.

—¡Después de todas las cosas agradables que dijiste de él!

—Sí, y todas son verdad. Pero lo que te estoy diciendo ahora también lo es.

—¡Me lo dices ahora! ¿Por qué ahora?

—Antes no pensé que fuera necesario.

Hennie sintió desprecio por él: allí estaba, sentado con su pipa y su pluma y su esqueleto en el estante. Era viejo, y los viejos odiaban a los jóvenes cuando les miraban y se daban cuenta de lo que se les había escapado, de lo que ahora era demasiado tarde para conseguir…

—Veo que te has enfadado conmigo.

—Sí. No tienes derecho. Estás estropeando…, estropeando —tartamudeó.

—No quiero que te hagan daño, eso es todo —dijo tío David con dulzura.

—No me harán daño. ¿O es que hay algo más que no me has dicho?

Que Dan hubiera cometido algún crimen…, no, no, era imposible.

—No hay nada más, te lo juro, que lo que te he dicho. Créeme, Hennie. Te estoy diciendo algo que tu madre no te diría. No lo consideraría «bonito». Pero yo sé que un marido infiel te destrozaría el corazón. Hay muchas mujeres que pueden vivir con eso, pero no creo que tú pudieras. —El anciano esbozó una sonrisa, que ella no se la devolvió—. Pero no me dejes interpretar demasiadas cosas de este asunto. Que un hombre venga a visitarte unas cuantas veces… no significa que vayas a casarte con él. Solo he querido advertirte. Espero no haberte lastimado.

Ella no lo miraba. ¿Cómo se atrevía? Un hombre se estaba enamorando de ella, de eso estaba segura. Se puso en pie, alisándose la falda; este gesto femenino la tranquilizó.

«Viejo, viejo, ¿qué sabes tú?».

 

¡Ah, el húmedo y suave aire primaveral! El organillero italiano interpretaba Santa Lucía con apasionada añoranza, llevando su sonido de calle en calle. Las niñas saltaban a la pata coja y los niños jugaban a canicas en las aceras. Dan y Hennie montaban en un tándem, cantando, a través de Central Park. Cruzaron el puente de Brooklyn y contemplaron los barcos que surcaban el río.

—¡Imagínate! ¡Alrededor del cabo de Hornos desde China! —gritó Hennie.

En cubierta, unos hombres de piel amarilla oscura, hombres en miniatura desde donde se encontraban ellos, sobre el puente, tiraban de una cuerda. Ella se volvió a Dan.

—¿Qué te sugiere? ¿Té? ¿Seda? ¿Laca roja?

Él se inclinó hacia ella. Como era tan alto, siempre tenía que inclinarse.

—Me hace pensar en ti. Puedo verme en tus ojos. ¿Sabías que tienen algo de verde?

—¡Dan! Son castaños.

Mirándole a él fijamente a los ojos, pudo verse a sí misma reflejada en ellos. Ahora se sentía a gusto con él; parecía imposible que hubiera podido sentir algún recelo. Él lo había conseguido.

—De todos modos, hay algo verde en ellos —insistió—. No he visto jamás unos ojos como los tuyos. Ni he encontrado jamás a una chica como tú.

Alegremente, ella contestó:

—¿A cuántas has conocido?

Bromeaba, feliz y contenta, mientras el corazón le palpitaba.

—Oh, docenas. Cientos, quizá. No, en serio, Hennie, tú eres diferente de todas ellas. Estoy enamorado de ti. Lo sabes, ¿verdad?

Ella quería prolongar la maravilla de la duda.

—¡Apenas me conoces!

—Desde hace casi cuatro meses. Es suficiente tiempo. De todos modos, conozco mis sentimientos. La pregunta es: ¿y tú?

—¿Yo…?

—¿Conoces tus sentimientos? ¿Me amas?

El viento casi se llevó su débil voz cuando dijo:

—Te amo.

—Querida Hennie. —Sus labios le recorrieron la mejilla—. Disfrutaremos de unos buenos años juntos, una buena vida, querida Hennie.

Qué equivocado estabas, tío David.

 

—Estás saliendo mucho con Daniel Roth —observó Angelique un día.

—¡No solo con él! Te lo dije, siempre somos siete u ocho cuando vamos a patinar o a montar en bicicleta. Amigos de él, otros profesores. —Dio detalles —: Forman una especie de club, para hacer deporte.

Su madre la miró con incredulidad.

—Bueno, claro, ya sé que tú no irías sola por ahí, con un hombre.

Dan no estaba acostumbrado a llevar carabina. Entre los intelectuales, profesores y escritores del East Side, este tipo de cosa era ridícula. Así que a Hennie le fue necesario mentir en casa.

¡Ah, si ellos supieran lo que estaba ocurriendo! Se acordó de aquella reunión para la huelga de los arrendamientos en la que él había hablado con tanta convicción, apasionado y con razón, un héroe sobre la tribuna. De pie entre la multitud, mirándole a él, Hennie había tenido una fugaz e incongruente visión de sus padres y de ella misma ante la mesa del comedor de Florence: la tímida doncella pasando las fuentes, las afeitadas mejillas de Walter sobre el cuello duro, el conjunto de tenedores de plata.

Antes, ella conocía, por supuesto, a la gente de la clase, pero tenía que imaginar dónde vivían. Ahora lo veía.

—El alquiler por esos inmundos agujeros es de doce dólares al mes —le dijo Dan—. Claro que tienen un inquilino que les paga sesenta y cinco centavos a la semana, pero el pan cuesta quince centavos al día por lo menos, la leche cuatro centavos el cuarto, una libra de carne doce centavos. No es extraño que coman tantos pepinillos. Son baratos y llenan.

Hennie llegó a conocer cada una de aquellas miserables calles. Su agudizada vista captaba detalles que en otro tiempo solo habían sido confusos. Escuchando a Dan, sintió una nueva oleada de dolorosa indignación. Era extraño que quizás hubiera oído las mismas palabras con bastante frecuencia de labios de tío David, pero nunca con esta proximidad.

—Es como Zola —observó.

—¿Has leído a Zola? Eso es bastante atrevido para una chica de tu edad —dijo Dan con admiración.

Cruzaron Bottle Alley y llegaron a Mulberry Street. En los tendederos de las casas colgaban ropas raídas; un buhonero ofrecía un abrigo gastado por cincuenta centavos; sobre un tablón, colocado sobre dos barriles de cenizas, unos montones de pescado se pudrían al sol, pues la primavera había dado paso al verano. Aquí no había organilleros que tocaran, porque no había nadie que les arrojara monedas.

—Mira —dijo Dan— a ese chico que está leyendo en la escalinata. Dentro no hay sitio para hacer los deberes. Es frustrante. Yo estoy frustrado como profesor.

Subiendo la cuesta de la Segunda Avenida, pudieron ver las habitaciones de las segundas plantas, donde trabajaban los «explotados».

—Como animales en establos —dijo Dan—. Viejos tuberculosos, y niños que pronto lo estarán, enjaulados juntos. ¿Ves el cinturón de tu vestido?

Hennie se miró el estrecho cinturón.

—Lo hicieron en un lugar como este. Alguien que trabajó diez o doce horas diarias por cinco dólares a la semana o menos lo hizo.

—Lo sé. Tengo una amiga, Olga…

«¡Oh, está mal! ¡Mal! Y mamá se queja de que no es fácil ser pobre, como si supiera lo que es ser pobre».

Entre Grand Street y East Broadway se extendía un pequeño parque, cemento gris entre los edificios grises, con unos bancos bajo un flaco árbol que se marchitaba al calor de finales de verano. Se sentaron un rato sin hablar. Dan miraba hacia la lejanía. Hennie se preguntaba qué podía estar viendo en aquel árido lugar.

—Estoy orgullosa de ti, Dan —dijo, sintiéndose de repente muy conmovida.

—¿Orgullosa? ¿Qué he hecho? Todavía no he hecho nada.

Le cogió la mano. El calor de las dos manos le envió unas suaves ondas que le recorrieron todo el cuerpo. Sintió la calidez de su propio cabello en la nuca, fue consciente de sus senos, y pensó en los cuerpos de ambos entrelazados.

—Hace casi un año que nos conocemos —dijo—. Parece que hace más tiempo.

—Es tarde. No podemos quedarnos aquí sentados —dijo, casi enfadado.

—¿Por qué no? Se está tranquilo.

—Porque tus padres harán preguntas.

—No me importa.

—No lo dices en serio. No tiene sentido buscar problemas.

Caminaron despacio, entreteniéndose. Las calles estaban quedándose vacías, se hacía entrar en casa a los niños, los caballos eran conducidos a los establos.

Hennie señaló:

—Esta es tu calle, ¿no?

—Sí. —Al cabo de un momento, Dan dijo—: Te pediría que fueras a mi casa…, pero tengo el laboratorio en la parte trasera de un taller, y una habitación arriba…, está muy desordenada.

Hennie permaneció callada.

—La habitación, quiero decir. El laboratorio lo tengo siempre flamante. Si no, no podría trabajar.

Hennie se sentía abatida, enfriada toda la cálida agitación de antes. No obstante, tenía que decir algo; lo que dijera debía de ser indiferente y superficial.

—Sabes, nunca he entendido realmente lo que haces en el laboratorio.

—Oh, hago muchas cosas, según se me ocurren las ideas.

—¡Ni siquiera sé lo que es la electricidad!

—No dejes que eso te preocupe. Nadie sabe lo que es. Podemos utilizarla, construir transformadores y generadores, hacer cosas con ella, pero lo que es… —Se encogió de hombros—. Si eres religiosa, puedes decir que Dios la hizo. Si no, puedes decir tan solo que es una especie de energía que existe en el universo, y déjalo así.

Ella pensó: «Como si en realidad me importara la electricidad o si Dios la hizo o lo que sea excepto…, lo que de verdad me importa».

Llegaron a casa de Hennie. Él se quedó mirándola.

—Me gustaría que pudiéramos ir juntos a casa —dijo—. Estoy harto de dejarte siempre aquí. Besarte rápidamente antes de que nos vea alguien, irme a mi casa solo. Es una lástima. Ojalá pudiéramos estar juntos en una habitación con la puerta cerrada.

Ella quería preguntar: ¿Sí, cuándo? Pero se quedó callada. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Solo es por el dinero. Tengo miedo del futuro, de no tener nada para ti. Todo es cuestión del maldito dinero —dijo con amargura—. Incluso el amor cuesta dinero en este condenado mundo.

Hennie deseaba hacer desaparecer sus palabras. Como una llave, estas abrían una puerta que daba a un lúgubre espacio hacia el que ella no quería mirar.

—Encontraremos la manera —dijo—. Estoy segura de que la encontraremos.

 

Alfie entró en la habitación de Hennie. Con trece años, se estaba convirtiendo en una persona, en un Mensch, como decían los alemanes. A veces, cuando sus padres estaban fuera de casa, iba a la habitación de ella y se echaba en el suelo, sobre el estómago, para hacer sus deberes mientras Hennie leía. También era capaz de decir cosas sorprendentes, demostrando un poder de observación que sus padres no reconocían.

—Oí a papá y a mamá hablar de ti el domingo pasado —informó a Hennie.

Ella se estaba cepillando el pelo, y le veía a través del espejo. Alfie había adoptado una expresión de importancia.

—Mamá quiere que papá hable contigo.

—¿Hablar conmigo? ¿De qué? —Se volvió a él rápidamente, pues conocía la respuesta.

—Ya lo sabes. De Dan.

—De Mr. Roth, quieres decir. No eres lo bastante mayor para llamarle Dan.

¿Por qué castigaba al niño? «Matas al mensajero que trae la mala noticia, por eso».

—Bah —dijo—. Puedo llamarle Dan si quiero. ¿No quieres saber lo que dijeron? Bueno, pues no te lo diré.

—Lo siento, Alfie. Dímelo, por favor.

Ablandado, el muchacho contó:

—Bueno, papá dijo: «No, esa táctica no es buena. Dejemos que la cosa salga por sí misma», o algo así. Y dijo: «La chica está hechizada, cualquiera puede darse cuenta de ello». Y dijo: «De todos modos, probablemente, no saldrá nada de todo esto». Y mamá dijo: «Sí, pero hace ya un año; le está haciendo perder el tiempo».

—¿Nada más?

—Sí. Mamá dijo que realmente estás mucho más bonita desde hace un tiempo. Y dijo que Florence podría presentarte a montones de gente, pero que siempre dices que no. ¿Es verdad?

—Supongo que sí.

Hennie empezó a sentir debilidad, un temblor interno. Pronto empezarían a presionarla para que les diera una explicación.

Alfie entrecerró sus alegres ojos con curiosidad.

—Porque estás enamorada, por eso. Le dejas que te bese, apuesto a que sí. —Y soltó una de sus sonoras carcajadas.

Está pensando en lo que viene después del beso, igual que yo.

—¡Alfie, no seas tan fresco!

—No me importa que le beses. Me gusta ese hombre. Es listo. Odio la escuela, pero no me importaría estar en su clase, ¿sabes?

—Sí, es muy listo. Inventó algo, un tipo de luz, o tubo, o algo que arde más tiempo que lo de antes.

—¿De veras? Entonces debe de ser rico.

—Oh, no. Casi no le dieron nada por ello.

—Entonces le engañaron. No tenía que haberlo vendido todo al momento. Lo que hay que procurar es tener una renta.

—Alfie, no quiero insultarte, pero no sabes nada de negocios. Solo tienes trece años.

—¡Hasta un niño de diez sabría eso!

—Bueno, de todos modos. Dan no hace esas cosas por dinero. Las hace por placer, porque siente curiosidad por conocer cómo funciona el mundo. Es un auténtico científico.

—¿Te vas a casar con él, Hennie?

Tenía necesidad de hablar de lo que la había llenado durante todos esos meses de tanta alegría y esperanza.

—Quiero confiar en ti, Alfie. ¿Puedo fiarme? No se lo he dicho a nadie.

Esto le gustó a Alfie.

—¿Ni siquiera a Florence?

—No. Solo a ti. Porque sé que no vas a contarlo hasta que esté preparada.

—No lo diré. ¿Vas a casarte con él, entonces?

—Sí —respondió en voz baja.

—¿Cuándo?

—No lo sé…, pronto.

Había una profunda soledad en la habitación cuando Alfie se fue de ella, una tristeza más profunda que la melancolía que produce la separación, porque esta noche, por vez primera, estaba teñida de temor. Hennie trató de consolarse con el sueño, pero este solo le trajo una pesadilla terrible. Dan estaba de pie a su lado, en algún lugar de techo abovedado lleno de una música ensordecedora y sus ecos; él abría los labios, y decía algo que ella no podía oír; tuvo que repetirlo varias veces antes de que ella entendiera.

—Nunca me casaré contigo, Hennie —decía Dan, mientras, detrás de él, tío David afirmaba con la cabeza con aire triste y sensato.