La esperanza

André Malraux · Capítulo 1 de 8

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La esperanza

I La ilusión lírica

I

 

La ilusión lírica

I

 

1

Un estrépito de camiones cargados de fusiles se extendía sobre Madrid, tenso en la noche de verano. Desde varios días antes las organizaciones obreras anunciaban la inminencia del levantamiento fascista, la infiltración enemiga en los cuarteles, el transporte de las municiones. Ahora Marruecos estaba ocupado. A la una de la mañana, el gobierno se había decidido por fin a distribuir armas al pueblo; a las tres, el carnet sindical daba derecho a las armas. Era tiempo: las llamadas telefónicas de las provincias, optimistas de medianoche a dos de la madrugada, comenzaban a no serlo ya.

La central telefónica de la estación del Norte llamaba a las estaciones una tras otra. El secretario del sindicato de los ferroviarios, Ramos, y Manuel, designado para asistirlo aquella noche, dirigían. Salvo Navarra, dividida, la respuesta había sido: ya, el Gobierno domina la situación, las organizaciones obreras controlan la ciudad a la espera de las instrucciones del Gobierno. Pero el diálogo acababa de cambiar:

—¿Oiga, Huesca?

—¡Dígame!

—El comité obrero de Madrid.

—¡Ya no más, basuras! ¡Arriba España!

En la pared, clavada con chinches, la edición especial (7 de la tarde) de Claridad: en seis columnas: «¡A las armas, camaradas!».

—¿Oiga, Ávila? ¿Cómo estáis? Hablan de la estación.

—¡La puta que te parió, canalla! ¡Viva Cristo Rey!

—¡Hasta pronto! ¡Salud!

Habían llamado urgentemente a Ramos.

Las líneas del Norte convergían hacia Zaragoza, Burgos y Valladolid.

—¿Oiga, Zaragoza? ¿El comité obrero de la estación?

—Fusilado. ¡Y muy pronto lo estaréis vosotros! ¡Arriba España!

—¿Oiga, Tablada? Habla Madrid Norte, el responsable del sindicato.

—¡Llama a la cárcel, hijo de puta! Allí te llevaremos a patadas.

Cita en Alcalá, la segunda taberna a la izquierda. Los de la central miraban la buena pinta de gángster rizado y jovial que tenía Ramos.

—¿Oiga, Burgos?

—Habla el comandante.

Ya no había jefe de estación. Ramos cortó.

 

Sonaba un teléfono:

—¿Oiga, Madrid? ¿Quién habla?

—El sindicato de los transportes ferroviarios.

—Habla Miranda. La estación y la ciudad son nuestras. ¡Arriba España!

—Pero Madrid es nuestra. ¡Salud!

No había que contar con refuerzos del Norte, salvo por Valladolid. Quedaba Asturias.

—Diga, ¿Oviedo? ¿Quién habla?

Ramos se volvía prudente.

—El delegado de la estación.

—Habla Ramos, el secretario del sindicato. ¿Cómo estáis vosotros?

—El coronel Aranda es leal al Gobierno: mandamos tres mil mineros armados para reforzar a los nuestros.

—¿Cuándo?

Un martilleo de culatazos, en torno a Ramos, que no oye más.

—¿Cuándo?

—Enseguida.

—¡Salud!

—Sigue a ese tren con el teléfono —dice Ramos a Manuel. Llamó a Valladolid—. Oiga, ¿Valladolid? ¿Quién habla?

—Delegado de la estación.

—¿Cómo estáis?

—Los nuestros ocupan los cuarteles. Esperamos un refuerzo de Oviedo: haced que llegue lo antes posible. Pero no os preocupéis: aquí las cosas andarán bien. ¿Y allí cómo estáis?

—Así, así.

—¿Se han rebelado las tropas?

—Todavía no.

Valladolid cortaba.

Se podían desviar por allí todos los refuerzos del Norte.

A través de las historias de orientación que comprendía mal y en medio del olor de cartón de la oficina, de hierro y de humo de la estación (la puerta estaba abierta a la noche muy calurosa), Manuel anotaba las llamadas de las ciudades. Afuera, el ruido de los cantos y de los culatazos de los fusiles; debía sin cesar hacer repetir (los fascistas cortaban las comunicaciones). Transportaba las posiciones al mapa de la red: Navarra, dividida, todo el este del golfo de Vizcaya, Bilbao, Santander, San Sebastián, leal, pero dividido en Miranda. Por otra parte, Asturias, Valladolid, leales. Llamadas telefónicas incesantes.

—Oiga, aquí Segovia. ¿Quién eres?

—Delegado del sindicato —contesta Manuel mirando a Ramos con aire interrogador. ¿Qué era él, exactamente?

—¡Muy pronto te cortaremos los cojones!

—No me daré cuenta. ¡Salud!

Ahora llamaban las estaciones fascistas mismas: Sarracino, Lerma, Aranda del Duero, Sepúlveda, de nuevo Burgos. De Burgos a la Sierra, las amenazas llegaban más rápido que los trenes de auxilio.

—Habla el Ministerio del Interior. ¿Central del Norte? Haced saber a las estaciones de ferrocarril que la guardia civil y la guardia de asalto apoyan al Gobierno.

—Habla Madrid Sur. ¿Cómo anda el Norte, Ramos?

—Parecen sostenerse en Miranda, y más abajo también. Tres mil mineros vienen de Valladolid: habrá refuerzo por ese lado. ¿Y vosotros?

—Han tomado las estaciones de Sevilla y de Granada. Lo demás resiste.

—¿Córdoba?

—No se sabe: pelean en las barriadas cuando toman las estaciones. Paliza seria en Triana. También en Peñarroya. Pero me sorprendes con tu historia de Valladolid: ¿es que no lo habían tomado?

Ramos cambió de teléfono y llamó:

—Oiga, ¿Valladolid? ¿Quién habla?

—Delegado de la estación.

—¿Ah?… Nos decían que los fascistas estaban allí.

—Error. Todo anda bien. ¿Y vosotros? ¿Se han rebelado los soldados?

—No.

—Oiga, ¿Madrid Norte? ¿Quién habla?

 

—Responsable de los transportes.

—Habla Tablada. ¿No has llamado aquí?

—Nos dijeron que os habían fusilado, o que estabais en chirona, no sé qué.

—Salimos. Ahora los presos son los fascistas.

 

—Habla la Casa del Pueblo. Haced saber a todas las estaciones fieles que el Gobierno, apoyado por las milicias populares, domina en Barcelona, Murcia, Valencia, Málaga, en toda Extremadura y en todo el Levante.

 

—¡Oiga, habla Tordesillas! ¿Diga?

—Consejo Obrero de Madrid.

—A los cerdos de tu especie se los fusila. ¡Arriba España!

Con Medina del Campo, el mismo diálogo. La línea de Valladolid era la única gran línea de comunicaciones con el Norte que aún quedaba.

—¿Oiga, León? ¿Quién habla?

—Delegado del sindicato. ¡Salud!

—Aquí Madrid Norte. ¿Ha pasado el tren de los mineros de Oviedo?

—Sí.

—¿Sabes dónde está?

—Hacia Mayorga, creo.

Afuera, en las calles de Madrid, siempre cantos y culatazos.

—¿Oiga, Mayorga? Habla Madrid. Dígame.

—¿Quién es usted?

—Consejo Obrero de Madrid.

Cortaban. ¿Entonces, dónde estaba el tren?

—¿Oiga, Valladolid? ¿Podréis resistir hasta que lleguen los mineros? ¿Estáis seguros?

—Absolutamente seguros.

—¡Mayorga no contesta!

—No tiene importancia.

 

—¿Oiga, Madrid? Habla Oviedo. Aranda acaba de sublevarse, se lucha.

 

—¿Dónde está el tren de los mineros?

—Entre León y Mayorga.

—¡Manteneos en contacto!

Manuel llamaba. Ramos atendía.

—¿Oiga, Mayorga? Habla Madrid.

—¿Quién?

—Consejo Obrero. ¿Quién habla?

—Jefe de Centuria de las falanges españolas. Vuestro tren ha pasado, idiotas. Todas las estaciones son nuestras hasta Valladolid; Valladolid es nuestro desde medianoche. A vuestros mineros se los aguarda con ametralladoras. Aranda está libre de ellos. ¡Hasta pronto!

—¡Hasta muy pronto!

Una tras otra, Manuel llama a todas las estaciones entre Mayorga y Valladolid.

—¿Oiga, Sepúlveda? Hablan de Madrid Norte, Comité obrero.

—Vuestro tren ha pasado, imbéciles. Sois unos hijos de puta, y esta semana iremos a cortaros el coño.

—Fisiológicamente contradictorio. ¡Salud!

La llamada continuaba.

¿Oiga, Madrid? ¡Oiga, oiga! ¿Madrid? Habla Navalperal de Pinares. De la estación. Hemos vuelto a tomar el pueblo. Los fascistas, sí, desarmados, presos. Dad la noticia. Ellos llaman cada cinco minutos para saber si son siempre dueños de la ciudad. ¡Oiga, oiga!

 

—Habría que dar por todos lados noticias falsas —dijo Ramos.

—Ellos controlan.

—Siempre causará desorden.

 

—¿Oiga, Madrid del Norte? Habla la U. G. T. Diga, ¿quién habla?

—Ramos.

—Nos han dicho que llega un tren de fascistas con armamento perfeccionado. Bajaría en Burgos. ¿Tienes informes?

—Aquí se sabría. Todas las estaciones hasta la Sierra son nuestras. Con todo, habrá que tomar precauciones. Un momento.

»Llama a la Sierra, Manuel.

Manuel llamó a todas las estaciones, una tras otra. Tenía en la mano una regla y parecía marcar el compás. Toda la Sierra era leal. Llamó al Correo Central: las mismas informaciones. Más acá de la Sierra, o los fascistas no habían intentado nada, o habían sido derrotados.

Sin embargo, tenían la mitad del Norte. En Navarra, Mola, el exjefe de policía de Madrid; contra el Gobierno, las tres cuartas partes del ejército, como de costumbre. Del lado del Gobierno la guardia de asalto y el pueblo, la guardia civil, acaso.

—Habla la U. G. T. ¿Es Ramos?

—Sí.

—¿Y el tren?

Ramos preguntó a su vez:

—¿Y en general?

—Bien, muy bien. Salvo en el Ministerio de Guerra. A las seis dijeron que todo estaba perdido. Les habían dicho que no tenían cojones; que los milicianos se escaparían. Nadie hace caso de sus historias: apenas te oigo, de tal manera la gente canta en la calle.

En el receptor, Ramos oía los cantos, que se mezclaban a los de la estación.

Aunque el ataque hubiera sin duda estallado casi en todas partes a la misma hora, parecía que fuese un ejército en marcha que se aproximaba: las estaciones tomadas por los fascistas estaban cada vez más cerca de Madrid; y no obstante la atmósfera era tan tensa desde hacía algunas semanas, la multitud se hallaba tan inquieta por un ataque que quizá debiera sufrir desarmada, que aquella noche de guerra daba la impresión de ser una inmensa liberación.

—¿El cacharro para ir a esquiar está siempre allí? —preguntó Ramos a Manuel.

—Sí.

Confió la central a uno de los responsables de la estación. Algunos meses antes, Manuel había comprado de segunda mano un auto para ir a hacer esquí en la Sierra. Todas las mañanas, Ramos lo usaba para la propaganda. Aquella noche, Manuel lo había puesto de nuevo a disposición del Partido Comunista, y trabajaba una vez más con su compinche Ramos.

—¡No vamos a empezar como en 1934! —dijo éste—. Corramos a Tetuán de las Victorias.

—¿Dónde queda?

—Cuatro Caminos.

A trescientos metros fueron detenidos en el primer puesto de control.

—Documentos.

El documento era el carnet sindical. Manuel no llevaba consigo su carnet del Partido Comunista. Como trabajaba en los estudios cinematográficos (era ingeniero de sonido), un vago estilo de Montparnasse le daba la ilusión de escapar por su indumentaria a la burguesía. En ese rostro muy moreno, regular y un poco pesado, sólo las cejas espesas podían aspirar a ser las de un presunto proletario. Por lo demás, apenas los milicianos le echaron un vistazo cuando reconocieron la cara risueña y el pelo crespo de Ramos. El auto volvió a arrancar entre las palmadas en el hombro, los puños en alto y los salud: la noche no era más que fraternidad.

Y sin embargo la lucha entre socialistas de derecha y de izquierda, la oposición de Caballero a la posibilidad de un ministerio Prieto, no habían sido débiles en esas últimas semanas. En el segundo control, hombres de la F. A. I. (Federación Anarquista Ibérica) confiaban un sospechoso a los obreros de la U. G. T. Está bien, pensó Ramos. La distribución de las armas no había terminado: llegaba un camión cargado de fusiles.

—¡Parecen suelas! —dijo Ramos.

En efecto, no se veían de los fusiles sino la caja de madera.

—Es verdad —dijo Manuel—. Chuelas.

—¿Por qué farfullas así?

—Me he roto un diente comiendo. Mi lengua sólo se ocupa de eso. Le importa un bledo el antifascismo.

—¿Comiendo qué?

—Un tenedor.

Siluetas abrazaban fusiles que acababan de recibir, insultadas por otras que aguardaban en la sombra, apretadas como fósforos. Pasaban mujeres con sus capachos llenos de balas.

—¡No es demasiado pronto! —dijo una voz—. ¡Cuánto hace que esperamos que nos caguen a tiros!

—Yo creía que el Gobierno iba a dejar que nos aplastaran.

—No te hagas mala sangre: ¡ahora verán lo que es bueno! ¡Recua de cochinos!

—Esta noche el pueblo es el sereno de Madrid…

Cada quinientos metros, nuevo control: los automóviles fascistas recorrían la ciudad con ametralladoras. Y siempre los mismos puños en alto y la misma fraternidad. Y siempre el extraño ademán de esos hombres en la noche que no terminan de palpar sus fusiles: no tienen fusiles desde hace un siglo.

Al llegar, Ramos arrojó su cigarrillo y lo aplastó con el pie.

—Deja de fumar.

Desapareció enseguida, volvió diez minutos después seguido por tres compañeros. Todos llevaban paquetes envueltos en diarios, atados con cuerdas.

Manuel había encendido tranquilamente un nuevo cigarrillo.

—Deja tu cigarrillo —dijo Ramos serenamente—, esto es dinamita.

Los compañeros colocaron parte de los paquetes en el asiento de adelante, parte en el de atrás, y entraron de nuevo en la casa. Manuel había dejado su asiento para aplastar su cigarrillo con el pie. Levantó hacia Ramos un rostro consternado.

—Vamos, ¿qué te sucede?

—Me fastidias, Ramos.

—Así es. Ahora vamos.

—¿No se podría encontrar otro cacharro? Yo conduciría.

—Haremos saltar los puentes, el de Ávila para empezar. Llevamos dinamita y va a ser mandada enseguida a donde corresponde, Peguerinos, etcétera. No tendrás la intención de perder dos horas, ¿no? Sabemos, por lo menos, que este cacharro anda.

—Sí —dijo Manuel tristemente—, de acuerdo.

No le importaba tanto el coche cuanto sus encantadores accesorios. El auto arrancó. Manuel adelante, Ramos atrás, apretando contra su vientre un paquete de granadas. Y de pronto Manuel se dio cuenta de que ese automóvil le era indiferente. No había ya automóvil; había esa noche cargada de una esperanza turbia y sin límites, esa noche en que cada hombre tenía algo que hacer en la tierra. Ramos oía un tambor lejano como los latidos de su corazón.

A cada cinco minutos, los detenía el control.

Los milicianos, muchos de los cuales no sabían leer, daban palmadas en el hombro de los ocupantes desde que reconocían a Ramos y no bien lo oían gritar: «¡No fuméis!», cuando viendo el automóvil cargado de paquetes, empezaban a patalear de alegría: la dinamita era la vieja arma novelesca de Asturias.

El auto arrancaba.

En Alcalá, Manuel se lanzó. A su derecha, un camión de la F. A. I., lleno de obreros armados, viró de golpe a la izquierda. Manuel trató de esquivar el camión, sintió el ligero cacharro que lo levantaba del suelo y pensó: «Esto se acabó».

Se encontró acostado de bruces entre los paquetes de dinamita que rodaban como castañas —sobre la acera, afortunadamente—. Bajo su rostro, su sangre brillaba, iluminada por el foco eléctrico; no sufría, sangraba por la nariz, y oía gritar a Ramos: «¡No fuméis, camaradas!». Él gritó lo mismo, por fin se dio la vuelta y vio a su amigo, las piernas en escuadra, algunos mechones crespos caídos sobre la cara, con las granadas ferozmente apretadas contra el abdomen, rodeado por hombres con fusiles que se agitaban entre paquetes sin atreverse a tocarlos. En el centro, una colilla de Ramos (que había aprovechado estar atrás solo para encender un cigarrillo) se consumía. Manuel la apagó con el pie. Ramos comenzó a hacer apilar los paquetes a lo largo de la pared. Del auto para esquiar, era preferible no hablar.

Un altavoz gritó: Las tropas amotinadas marchan por el centro de Barcelona. El Gobierno es dueño de la situación.

Manuel ayudaba a apilar los paquetes. Ramos, siempre tan activo, no se movía.

—¿Qué esperas para echarme una mano?

¡Oíd! Las tropas amotinadas marchan por el centro de Barcelona.

—No puedo mover el brazo: la crispación ha sido demasiado fuerte. Ya pasará. Paremos el primer automóvil disponible y partamos nuevamente.

 

2

En medio de la frescura del riego matutino, rayaba el alba sobre Barcelona, en pleno verano. En la angosta taberna que había permanecido abierta toda la noche ante la inmensa avenida vacía, Sils, llamado el Negus, de la Federación Anarquista Ibérica y del Sindicato de los Transportes, distribuía revólveres a sus compañeros.

Las tropas rebeldes llegaban a la periferia. Todos hablaban.

—¿Qué van a hacer las tropas aquí?

—Cagarnos a tiros, puedes estar seguro.

—Ayer los oficiales juraron fidelidad a Companys.

—La radio te responde.

La pequeña estación de radio, en el fondo del estrecho salón, ahora repetía cada cinco minutos: Las tropas sublevadas bajan hacia el centro.

—¿El Gobierno distribuye armas?

—No.

—Ayer, dos compañeros de la F. A. I. que se paseaban con fusiles fueron arrestados. Hubo que acudir a Durruti y a Oliver para que los soltaran.

—¿Qué dicen en La Tranquilidad? ¿Les darán los fusiles, sí o no?

—Creo que no.

—¿Y los revólveres?

El Negus continuaba pasando los suyos.

—Han sido puestos servicialmente a disposición de los compañeros anarquistas por los señores oficiales fascistas. Mi barba inspira confianza.

Con dos amigos y algunos cómplices había desvalijado por la noche las cámaras de oficiales de dos barcos de guerra. Conservaba el mono azul de mecánico que se había puesto para entrar en el barco.

—Ahora —dijo, tendiendo el último revólver— juntemos nuestros céntimos. En la primera armería abierta hay que comprar balas. Veinticinco cada uno, eso tenemos, no es bastante.

Las tropas sublevadas bajan hacia el centro…

—Las armerías no abrirán hoy, es domingo.

—Nada de historias: las abriremos nosotros. Cada cual irá a buscar a sus compinches y los traerá con nosotros.

Quedan seis. Los otros se van.

Las tropas sublevadas…

El Negus manda. No a causa de sus funciones en el sindicato, sino porque una noche, cuando la compañía de tranvías de Barcelona, después de una huelga, echó a cuatrocientos obreros, el Negus, ayudado por una docena de compañeros, pegó fuego a los tranvías que estaban en depósito en la colina del Tibidabo, y los lanzó en llamas, soltados los frenos, en medio de las bocinas espantadas de los automóviles hasta el centro de Barcelona. Acto continuo, el sabotaje menos importante que dirigió duró dos años.

Salieron en el amanecer azulado y cada cual se preguntaba qué podría depararles la próxima aurora. En cada esquina llegaban grupos, traídos por los que habían dejado primero la taberna. Cuando llegaron a la Diagonal, las tropas salieron a la luz del día que empezaba.

El martilleo de los pasos se detuvo, una salva recorrió el bulevar: por la avenida más grande de Barcelona en línea recta, precedidos por sus oficiales, los soldados del cuartel de Pedralbes miraban hacia el centro de la ciudad.

Los anarquistas se pusieron al abrigo en la primera calle perpendicular; el Negus y otros dos se volvieron.

No veían a esos oficiales por primera vez. Eran los mismos que habían detenido a los treinta mil presos en Asturias, los mismos que en 1933 habían permitido el sabotaje de la rebelión agrícola, gracias a los cuales la confiscación de los bienes de la orden de los jesuitas ordenada por sexta vez desde hacía un siglo, había sido por sexta vez letra muerta. Los mismos que habían echado a los padres del Negus. La ley catalana echa a los arrendatarios viñadores cuando sus viñedos no se cultivan: a causa de la filoxera, todos los viñedos enfermos considerados sin cultivar, y echados de los viñedos los viñateros que los habían plantado, que los cultivaban desde hacía veinte o cincuenta años. A quienes los reemplazaban, como no tenían ya ningún derecho sobre el viñedo, se les pagaba menos. Los habían echado, quizá esos mismos oficiales fascistas…

Avanzaban en medio de la calzada, encuadrando las tropas, precedidos en las aceras por patrullas de protección; en cada esquina, las patrullas antes de pasar tiraban a lo lejos. Los focos eléctricos no estaban todavía apagados; los anuncios de neón brillaban con un brillo más profundo que el de la madrugada. El Negus se volvió hacia sus compañeros.

—Nos han visto, seguramente. Tenemos que dar la vuelta y caerles encima desde más arriba.

Corrieron sin ruido: casi todos andaban en alpargatas. Se emboscaron bajo las puertas de una calle perpendicular a la Diagonal: barrio rico, hermosas puertas profundas. Los árboles del bulevar estaban llenos de pájaros. Cada cual veía enfrente, del otro lado de la calle, a un camarada inmóvil, con el brazo extendido y un revólver en la mano.

La calle vacía se llenó poco a poco con el ruido regular de los pasos. Cayó un anarquista: acababan de tirarle desde una ventana. ¿Desde cuál? La tropa estaba a cincuenta metros. ¡Qué bien debían de ver, desde las ventanas, todos los portales de la acera opuesta! Inmóviles bajo los portales de la calle vacía que se llenaba con las pisadas regulares de la tropa, los anarquistas esperaban que los derribaran como en el tiro de un parque de diversiones.

Salva de la patrulla. Las balas pasaron como un vuelo de langostas; la patrulla continuó. Desde que el grueso de la tropa pasó delante de la calle, tiros de revólver salieron de todas las puertas.

Los anarquistas no tiran mal.

¡Adelante!, gritaron los oficiales; no contra esta calle, sino contra el centro de la ciudad: cada cosa a su tiempo. Entre los ornamentos de la entrada monumental que lo protegía, el Negus sólo veía a los soldados de la cintura a los pies. Ni un arma: todos los fusiles, apuntando, tiraban al paso; pero bajo los faldones de las chaquetas corrían muchos pantalones de civiles: los militantes fascistas estaban allí.

Desfilaron las patrullas de retaguardia, decreció el ruido de los pasos.

El Negus reunió a sus compañeros, cambió de calle, se detuvo. Lo que hacían era ineficaz. El combate serio ocurriría en el centro, en la plaza de Cataluña, sin duda. Habría que tomar las tropas de revés. Pero ¿cómo?

En la primera plaza, la tropa había dejado un destacamento. Un poco imprudente, quizá… Poseía un fusil ametrallador.

Un obrero pasó corriendo, revólver en mano.

—¡Arman al pueblo!

—¿A nosotros también? —preguntó el Negus.

—¡Te digo que arman al pueblo!

—¿A los anarquistas también?

El otro no se volvió.

El Negus buscó un café, llamó por teléfono al diario anarquista. Armaban al pueblo, en efecto: pero los anarquistas, hasta ahora, habían recibido sesenta revólveres. ¡Tanto daba buscarlos uno mismo en los barcos de guerra!

La sirena de una fábrica aulló en la mañana. Como los días en que sólo se deciden pequeños destinos. Como los días en que el Negus y sus compañeros las oían y se apresuraban delante de largas paredes grises y amarillas, paredes sin fin. En la misma alborada, con las mismas luces eléctricas aún encendidas y que parecían colgadas del trole del tranvía. Una segunda sirena. Diez, veinte…

Cien.

Todo el grupo permaneció en medio de una calzada, cataléptico. Hasta entonces ninguno de los compañeros del Negus había oído más de cinco sirenas a la vez. Como las ciudades amenazadas de España se estremecían en otros tiempos bajo las campanas de todas sus iglesias, el proletariado de Barcelona respondía a las salvas con el rebato anhelante de las sirenas de las fábricas.

—Puig está en la plaza de Cataluña —gritó un tipo que corría hacia el centro, seguido de otros dos. Éstos tenían fusiles.

—Yo aún lo creía en el hospital —dijo un compañero del Negus.

Todas esas sirenas, lanzadas juntas, perdían su lúgubre sonido de barcos que zarpan y hacían pensar en las maniobras de una flota que se amotina.

—De la distribución de las armas nos vamos a ocupar nosotros mismos —dijo el Negus mirando el destacamento y el fusil ametrallador.

Sonreía rabiosamente; entre los bigotes y la barba negra, sus dientes avanzaban un poco. De todas las fábricas ocupadas, el aullido alternativamente largo y precipitado de las sirenas llenaba las casas, las calles, el aire y todo el golfo hasta las montañas.

 

Las tropas del cuartel del Parque —como todas las otras— bajaban hacia el centro. Puig, con jersey negro, ocupaba una plaza con trescientos hombres; era el más bajo y el más ancho. Todos no eran anarquistas: más de cien habían recibido fusiles distribuidos por el Gobierno. Los que no sabían tirar se hacían explicar el manejo del fusil. «La propiedad no tiene nada que hacer aquí», decía Puig que distribuía los fusiles entre los mejores tiradores, con la aprobación general.

Los soldados llegaban por la avenida más grande; Puig dividió a sus hombres entre todas las calles opuestas. El Negus acababa de llegar con sus compañeros y el fusil ametrallador, pero sólo el Negus sabía manejar un fusil ametrallador. Nada se oía, ni la carrera de los milicianos calzados de alpargatas ni los tranvías —ni siquiera el paso de los soldados, todavía demasiado lejos—. Desde que las sirenas habían callado, un silencio como en acecho pesaba sobre Barcelona.

Los soldados avanzaban, el fusil preparado, bajo los inmensos carteles de publicidad de un hotel y de una perfumería. ¿Es que ya esta propaganda es del pasado?, pensaba Puig. Todos los anarquistas apuntaban.

La primera fila de soldados —en pantalones de civil— tiró contra una de las calles, se desplegó bajo un vuelo de palomas claras de las cuales muchas cayeron. La segunda fila tiró sobre otra calle, se desplegó. Los hombres de Puig desde su abrigo tiraban también, no sobre la franja de una calle, como lo habían hecho los del Negus, sino en fuego convergente; y la plaza no era grande. La primera fila fue a paso de carrera, llegó hasta el fusil ametrallador del Negus y, como una ola que cae abandonando sus guijarros, refluyó hacia la avenida en ráfagas rabiosas, dejando un festón de cuerpos extendidos o apelotonados.

En las ventanas de un hotel, hombres en mangas de camisa aplaudieron (¿a los civiles o a los soldados?): deportistas extranjeros venidos para las Olimpiadas. La sirena de una fábrica repitió su llamada de barco.

Los obreros se lanzaron en persecución de los soldados.

—¡A sus puestos!, —aullaba Puig, agitando sus cortos brazos. No lo oían.

En menos de un minuto una tercera parte de los perseguidores había caído: ahora que los soldados estaban abrigados bajo los portales de la avenida, los obreros se encontraban en la situación de las tropas cinco minutos antes. En el fondo de la plaza, cadáveres y heridos caquis; delante, cadáveres y heridos oscuros o azules; entre ambos, palomas muertas; por encima de todos, veinte sirenas empezaban a aullar de nuevo en el sol de las vacaciones.

Puig y sus hombres, cada vez más numerosos a pesar de los heridos de la plaza, acosaban a las tropas en medio del ruido entrecortado del tiroteo y de las sirenas declinantes. Los soldados se batían en retirada a paso ligero: de otro modo, los combatientes del Frente Popular los rodearían por las calles paralelas a la avenida y los aguardarían al abrigo de una barricada.

Las puertas del cuartel se cerraron con ruido de hierros.

—¿Puig?

—Soy yo. ¿Qué pasa?

Sin cesar llegaban nuevos combatientes. Como los guardias civiles y los guardias de asalto luchaban en el centro y los comunistas eran poco numerosos en Barcelona, los jefes anarquistas resultaban de oficio jefes de combate. Puig era relativamente poco conocido: no escribía en Solidaridad Obrera. Pero se sabía que había organizado la ayuda a los niños de Zaragoza y por eso, los que no eran anarquistas preferían entendérselas con él que con los jefes de la F. A. I. (En la primavera de 1934, durante cinco semanas, los obreros de Zaragoza, dirigidos por Durruti, habían mantenido la huelga más grande que España hubiera conocido. Rechazando toda subvención, habían pedido solamente a la Solidaridad que el proletariado se ocupara de sus hijos; más de cien mil hombres habían aportado a la Solidaridad víveres y fondos, inmediatamente distribuidos por Puig, y una columna de camiones improvisada por él había llevado a Barcelona a los hijos de los obreros de Zaragoza). Pero, por otro lado, como los anarquistas no abonaban cotizaciones, Puig, como Durruti, como todo el grupo de Solidarios, habían en otra época atacado y tomado, para ayudar a los huelguistas y a la Librería anarquista, los camiones que transportaban el oro del Banco de España. A todos los que conocían su biografía novelesca, los sorprendía ese hombrecito fornido de nariz aguileña, de mirada irónica y que, desde aquella mañana, no dejaba de sonreír. Sólo se parecía a su biografía por el jersey negro hasta el cuello.

Dejó allí un tercio de sus hombres, cada vez más numerosos, que comenzaron a levantar barricadas, y el fusil ametrallador. Uno de los nuevos sabía usarlo. Llegaban muchos soldados pasados al pueblo, todos en mangas de camisa por temor de que los confundieran; pero habían conservado sus cascos. Los oficiales fascistas les habían dado por la mañana dos copas de ron y les habían dicho que iban a reprimir una conspiración comunista.

Puig fue con los demás a la plaza de Cataluña. Se trataba de aplastar a los rebeldes del centro de la ciudad y de volver después a los cuarteles.

 

Llegaron por la Rambla de Cataluña. Frente a ellos el hotel Colón dominaba la plaza con su torre en forma de piña y sus ametralladoras. Las tropas del cuartel de Pedralbes, aisladas, ocupaban los tres principales edificios: al fondo, el hotel, a la derecha, la Central Telefónica, a la izquierda, el Eldorado. Los hombros de la tropa no se batían, pero las ametralladoras permitían a los oficiales, a los fascistas disfrazados hasta medio cuerpo y a los que se habían «convertido en soldados» desde hacía quince días, dominar la situación.

Una treintena de obreros se lanzaron a través de la elevada plazoleta central, tratando de aprovechar los árboles que la rodean. Las ametralladoras empezaron el fuego. Los hombres caían uno tras otro. La sombra de las palomas que volaban en redondo, bastante alto sin alejarse, pasaba sobre los cuerpos extendidos, y sobre un hombre que vacilaba aún, con un fusil por encima de la cabeza, en el extremo del brazo.

Alrededor de Puig había ahora insignias de todos los partidos de izquierda. Miles de hombres estaban allí.

Por primera vez, liberales, hombres de la U. G. T. y de la C. N. T., anarquistas, republicanos, sindicalistas, socialistas, corrían juntos hacia las ametralladoras enemigas. Por primera vez los anarquistas habían votado para obtener la libertad de los presos de Asturias. Era de las sangres asturianas mezcladas que surgía la unidad de Barcelona y la esperanza que tenía Puig de ver mantenerse esa oriflama roja y negra por fin desplegada, y que hasta entonces sólo había sido una bandera secreta.

—¡Los del Parque han vuelto a su cuartel! —gritó un barbudo que llevaba un gallo bajo el brazo.

—Goded acaba de llegar de las Baleares —gritó otro.

Goded era uno de los mejores generales fascistas.

Pasó su automóvil, con una U. H. P. pintada con albayalde en el capó. «Nuestra propaganda», se dijo Puig que pensaba en los carteles de la placita.

Otros agresores trataban de deslizarse rasando las paredes, de aprovechar las marquesinas, los balcones, siempre expuestos al fuego de por lo menos dos nidos de ametralladoras. Con la garganta ardiendo y seca como si hubiese fumado tres paquetes de cigarrillos, Puig los miraba caer uno tras otro.

Avanzaban porque está dentro de la tradición de la insurrección avanzar contra el enemigo; detenidos delante del hotel, allí, en esa acera atestada de mesas redondas de café, hubieran sido fusilados a plena luz. El heroísmo que no es más que imitación del heroísmo no conduce a nada. A Puig le gustaban los hombres duros y amaba a esos hombres que caían. Y estaba aterrado. Batirse contra algunos guardias civiles para apoderarse del oro del Estado no era tomar el hotel Colón, pero su modesta experiencia le bastaba para comprender que los asaltantes no tenían coordinación ni objetivos determinados.

Sobre el asfalto del muy ancho bulevar que rodea la plazoleta, las balas saltaban como insectos. ¡Cuántas ventanas! Puig contó las del hotel: más de cien y le pareció que había ametralladoras en las O de la enorme insignia del techo: cOlOn.

—¿Puig?

—¿Qué?

Respondía casi con hostilidad a ese calvo de bigotitos grises: iban a pedirle órdenes, y lo que había en él de más serio se negaba a darlas.

—¿Vamos?

—Espera.

Pequeños grupos trataban siempre de avanzar en la plaza. Puig había dicho a sus hombres que aguardaran; los hombres le teman confianza: aguardaban. ¿Qué?

Una nueva ola —empleados con cuellos postizos y hasta con sombreros— salió corriendo de la calle de las Cortes, y se derrumbó en el rincón del paseo de Gracia, despedazada por las ametralladoras de la torre del Colón y las del Eldorado.

Hacía buen tiempo sobre los cuerpos caídos y sobre la sangre.

Puig oyó el primer cañonazo.

Si los cañones eran de los obreros, el hotel estaba tomado; pero si las tropas bajaban de los cuarteles hacia la plaza, sostenidas por el cañón, la resistencia popular —como en 1933, como en 1934…

Puig corrió a llamar por teléfono: no había más que dos cañones, pero eran de los fascistas.

Reunió a sus hombres, entró en el primer garaje, los amontonó en camiones y partió bajo los árboles de verano de los cuales huían los gorriones.

Los dos cañones, dos 75, estaban en batería en ambos lados de una ancha avenida. La barrían. Delante de ellos, soldados, todos esta vez con pantalones de civil, con sus fusiles y una ametralladora; detrás, soldados más numerosos, un centenar, se diría que sin ametralladora. La avenida terminaba doscientos metros más lejos, cortada por otra a la que se unía en ángulo recto. En medio de una T, un portal; bajo el portal tiraba un cañón del 37.

Puig mandó a un pequeño grupo para que reconociera la protección de los artilleros en las ramas de la T y apostó a sus hombres en una calle perpendicular a la avenida.

Detrás de él, en un aullido jadeante de trompetas y de bocinas, llegaban dos Cadillac barriendo la calle zigzagueando como en un film de gángsters. El primero, conducido por el calvo de los bigotitos, corrió, en medio del fuego convergente de los fusiles y de la ametralladora, bajo los obuses que pasaban demasiado alto. Hundiéndose entre los dos cañones, hizo de lado a los soldados como un quitanieves, y fue a aplastarse contra la pared junto al portal del cañón del 37, al que sin duda apuntaba. Desechos negros en medio de manchas de sangre —una mosca aplastada contra la pared.

El 37 continuaba tirando contra el segundo auto que se lanzaba entre los dos cañones, la bocina aullando, y se hundió bajo el portal a 120 por hora.

El 37 dejó de tirar. Desde todas las calles los obreros miraban el agujero negro del portal, en el silencio sin bocinazos. Esperaban que los del auto reaparecieran. Los del auto no reaparecieron.

De nuevo aullaban las sirenas, como si el sonido vuelto inmenso de las bocinas, todavía en el aire, hubiera llenado a la ciudad entera para los primeros funerales heroicos de la revolución. Un gran círculo de palomas habituadas al alboroto cotidiano daba vueltas por encima de la avenida. Puig envidiaba a los camaradas muertos, y sin embargo tenía ganas de ver los días próximos. Barcelona estaba encinta de todos los sueños de su vida.

—No cabe duda —dijo el Negus—: Es un trabajo respetable, pero no es un trabajo serio.

Volvieron los que Puig había mandado para un reconocimiento.

—Detrás de los cañones, allí, a la derecha, hay más de una docena de individuos.

Sin duda, los fascistas no eran bastante numerosos para vigilar todas las calles en torno a ellos: Barcelona es una ciudad en forma de tablero de ajedrez.

—Toma el mando —dijo Puig al Negus—. Yo voy a tratar de pasar en sentido inverso, viniendo de atrás: acércate con los otros lo más posible a los cañones; echaos encima después de que nosotros hayamos pasado.

Se fue con cinco compañeros.

El Negus y los suyos avanzaron.

Apenas diez minutos. Los soldados enloquecidos se volvieron, los artilleros trataron de dar la vuelta a las piezas: el auto de Puig, habiendo embestido el pequeño cuerpo de guardia, se venía encima de los cañones con el fusil ametrallador entre las dos hojas del parabrisas como un balancín frenético. Puig veía a los cañoneros, a los que sus parapetos no protegían ya, agrandarse como en el cinematógrafo. Una ametralladora fascista tiraba y aumentaba de tamaño. Cuatro agujeros redondos en el triplex. Inclinado hacia delante, exasperado por sus piernas cortas, Puig aplastó el acelerador como si hubiese querido hundir el piso del auto para alcanzar a sus compañeros del otro lado de los cañones. Dos agujeros de más en el triplex, fulgurantes. Un calambre en el pie derecho, las manos crispadas sobre el volante, los cañones de mosquetones que se lanzan sobre el parabrisas, el estruendo del fusil ametrallador en los oídos, las casas y los árboles que se balancean —el vuelo de las palomas cambiando de color al mismo tiempo que de dirección—, la voz del Negus que grita…

Puig sale de su desmayo para encontrar la revolución y los cañones tornados. No había recibido sino un golpe muy fuerte en la nuca cuando el auto se había sacudido. Dos de sus compañeros estaban muertos. El Negus los vendaba.

—Así, así tienes un turbante. ¡Ahora eres un árabe!

Por el otro extremo de la avenida pasaban guardias civiles y guardias de asalto. A los oficiales y a los hombres con pantalones de civil los llevaban a la policía, a los soldados desarmados a un cuartel. Los que se iban conversaban con los obreros de escolta que se habían repartido sus fusiles. Los demás volvieron a la plaza de Cataluña.

Allí la situación no había cambiado, sólo que los cadáveres eran más numerosos. Puig llegaba esta vez por el paseo de Gracia, en un rincón del cual estaba el hotel Colón. Un altavoz gritó: La aviación del Prat se ha unido a los defensores de las libertades populares.

Tanto mejor, pero ¿dónde?

Una vez más, de todas las calles opuestas al hotel salían anarquistas, socialistas, pequeño burgueses de cuello duro, algunos grupos de campesinos: estaba avanzada la mañana, los campesinos empezaban a llegar. Puig detuvo a sus hombres. La ola de asalto barrida por los tres nidos de ametralladoras, dejó su festón de muertos, y refluyó.

Como otro vuelo de palomas, los papeles de una asociación fascista, lanzados por las ventanas, caían lentamente o se posaban en los árboles.

Por primera vez Puig, en vez de estar frente a una tentativa desesperada, como en 1934 —como siempre—, se sentía frente a una posible victoria. A pesar de lo que conocía de Bakunin (y sin duda era el único de todo ese grupo que lo hubiera más o menos leído), la revolución a sus ojos había sido siempre un motín. Frente a un mundo sin esperanza, no esperaba de la anarquía sino rebeliones ejemplares; para él, todo problema político habría pues de resolverse por la audacia y el carácter.

Se acordó de Lenin bailando sobre la nieve el día en que la duración de los soviets sobrepasó en veinticuatro horas la de la Comuna de París. Hoy no se trataba ya de dar ejemplos, sino de vencer; y si sus hombres se iban como los otros, caerían como ellos y no tomarían el hotel.

De los dos bulevares que, a través de la plaza, descienden en V hacia el Colón, y de la calle de las Cortes que pasa delante como una raya, llegaron, exactamente juntos, tres regimientos de la guardia civil. Puig miraba los tricornios de sus viejos enemigos brillar al sol. Por el modo en que avanzaban entre los ¡vivas! estaban con el Gobierno. El silencio de la plaza fue tal que se oyó el vuelo de las palomas.

Los fascistas vacilaban también, estupefactos de ver a la policía al lado del Gobierno. Y no ignoraban que los guardias civiles son tiradores de primera.

El coronel Jiménez subió cojeando los peldaños de la plazoleta y avanzó derecho hacia el hotel. No llevaba armas. Hasta la tercera parte de la plaza, nadie tiró. Después, desde tres lados, las ametralladoras de nuevo hicieron fuego. Puig corrió al primer piso de la casa delante de la cual se encontraba el coronel. De todos sus enemigos, aquellos que más aborrecían los anarquistas eran los guardias civiles. El coronel Jiménez era un católico ferviente. Y he aquí que ahora combatían juntos, en una extraña fraternidad.

Jiménez se había vuelto; levantó su bastón de jefe de la guardia civil y, de tres calles, los hombres con tricornio se lanzaron. Jiménez, cojeando siempre (Puig recordó que sus hombres lo llamaban el Viejo Pato), caminó de nuevo hacia el hotel, solo entre las balas en medio de la plaza inmensa. Los guardias de izquierda avanzaban a lo largo del Central, de donde no podían tirar verticalmente los de derecha, a lo largo del Eldorado. Hubiera sido necesario que los ametralladores del Eldorado tirasen sobre aquellos de la izquierda, pero, delante de los guardias civiles, cada grupo fascista trataba de defenderse en vez de defender a su aliado.

Las ametralladoras del Colón apuntaban alternativamente a derecha e izquierda, no sin trabajo: los guardias no avanzaban en línea sino en profundidad, y utilizaban con precisión el abrigo de los árboles, seguidos por los anarquistas que, ahora, salían de todas las calles; y al mismo tiempo pasaban delante de Puig en un estruendo de botas, los guardias de la calle de las Cortes, a paso de carga, sobre quienes nadie tiraba ya. En medio de la plaza, el coronel avanzaba derecho, siempre cojeando.

Diez minutos después, el hotel Colón estaba tomado.

 

Los guardias civiles ocupaban la plaza de Cataluña. Barcelona nocturna estaba llena de cantos, de gritos y de tiros de fusil.

Civiles armados, burgueses, obreros, soldados, guardias de asalto pasaban en la luz de la cervecería; instalados en todas las mesas, los guardias bebían.

El coronel Jiménez bebía también en un saloncito del primer piso transformado en puesto de comando. Controlaba todo el barrio; desde hacía algunas horas, muchos jefes de grupos venían a pedirle instrucciones.

Puig entró. Llevaba ahora una chaqueta de cuero y un gran revólver, atuendo que no dejaba de ser romántico bajo su turbante sucio y ensangrentado. Parecía aún más pequeño y más ancho.

—¿Dónde somos más útiles? —preguntó—. Tengo un millar de hombres.

—En ninguna parte. Por el momento, todo anda bien. Van a tratar de salir de los cuarteles, de Atarazanas, a lo menos. Lo mejor es que usted espere media hora; no es inútil ahora tener su reserva además de las mías. Parecen vencedores en Sevilla, Burgos, Segovia y Palma, sin hablar de Marruecos. Pero aquí serán vencidos.

—¿Qué hace usted de los soldados prisioneros?

El anarquista estaba tan cómodo como si hubieran combatido juntos desde hace un mes, señalando por su actitud que venía a pedir consejo, y no a recibir órdenes. Jiménez conocía sus rasgos por haber examinado muchas veces su ficha antropométrica; estaba asombrado por su pequeña estatura de corsario rechoncho. Aunque Puig fuera un jefe de segundo orden, lo intrigaba más que los otros a causa de la ayuda que había prestado a los niños de Zaragoza.

—Las instrucciones del Gobierno son desarmar a los soldados y ponerlos en libertad —dijo el coronel—. Los oficiales habrán de comparecer ante el consejo de guerra.

—¿Era usted el que estaba en el Cadillac que permitió tomar los cañones, verdad?

Puig recordaba haber visto, al fondo de la calle, los tricornios de la guardia civil que pasaban con las gorras de plato de la guardia de asalto…

—Sí.

—Estuvo bien. Porque si hubieran llegado aquí con el canon, todo habría cambiado quizá.

—Usted tuvo suerte cuando atravesó la plaza…

El coronel, que amaba frenéticamente España, le estaba reconocido al anarquista, no por su cumplimiento, sino por demostrar ese estilo de que tantos españoles son capaces y por responder como lo hubiera hecho un capitán de Carlos V. Porque estaba claro que, por «suerte», quería decir «valor».

—Tuve miedo —decía Puig— de no llegar hasta el cañón. Vivo o muerto, pero hasta el cañón. Y usted ¿qué pensaba?

Jiménez sonrió. Estaba sin sombrero, con su pelo blanco cortado al rape que hacía pensar en el plumón de un pato. Así lo apodaban a causa de sus ojitos muy negros y de su nariz en forma de espátula.

—En esos casos, las piernas dicen: «Vamos, ¡qué estás haciendo, idiota!». Sobre todo la que cojea.

Cerró un ojo y levantó el índice:

—Pero el corazón dice: «No dejes de ir…». Nunca había visto las balas rebotar como las gotas de un chaparrón. Desde lo alto se confunde fácilmente a un hombre con su sombra, lo que disminuye la eficacia del tiro.

—El ataque era bueno —dijo Puig con envidia.

—Sí, sus hombres saben batirse, pero no saben combatir. Por debajo de ellos, en la acera, pasaban camillas vacías manchadas de sangre.

—Saben batirse —dijo Puig.

Vendedoras de flores habían echado sus claveles al paso de las camillas, y las flores blancas resaltaban en ellas junto a las manchas.

—En la cárcel —dijo Puig— no me imaginaba que hubiera tanta fraternidad.

Al oír la palabra cárcel, Jiménez tuvo conciencia de que él, coronel de la guardia civil de Barcelona, estaba bebiendo con uno de los jefes anarquistas, y sonrió de nuevo. Todos esos jefes de los grupos extremistas habían sido valientes, y muchos estaban heridos o muertos. Para Jiménez como para Puig, el valor era también una patria. Pasaban los combatientes anarquistas, las mejillas negras a la luz del sol. Ninguno se había afeitado: el combate había empezado demasiado temprano. Otra camilla pasó, con un gladiolo fijado a una de sus varas.

Una luz rojiza subió detrás de la plaza, otra a lo lejos, sobre una colina; después subieron, aquí y allá bolas estremecidas, de un rojo claro. Como había sido llamada en auxilio por el jadeo de las sirenas, Barcelona incendiaba aquella noche todas sus iglesias. Jiménez miraba las enormes fogatas granate, iluminadas desde abajo, que afluían por encima de la plaza de Cataluña, se puso de pie y se persignó. No ostensiblemente, como si hubiese querido confesar su fe: sino como si estuviera solo.

—¿Conoce usted la teosofía? —preguntó Puig.

Ante la puerta del hotel, se agitaban periodistas que ellos no veían, hablaban de la neutralidad del clero español, o de los monjes de Zaragoza que mataban a golpes de crucifijo a los soldados de Napoleón. Sus voces subían, muy claras en la noche, a pesar de las detonaciones y de los gritos lejanos.

—¡Vaya! —masculló Jiménez, sin dejar de mirar la humareda—, Dios no está hecho para que lo hagan entrar en el juego de los hombres, como quien pone un copón en el bolsillo de un ladrón.

—¿Por quiénes han oído hablar de Dios los obreros de Barcelona? Por aquellos que predicaban en su nombre las virtudes de la represión de Asturias, ¿no?

—¡Eh!, por las únicas cosas que un hombre oye hablar verdaderamente en su vida: la infancia, la muerte, el valor… ¡No por los discursos de los hombres! Supongamos que la Iglesia de España no sea ya digna de su tarea. ¿En qué los asesinos que lo invocan a usted —y no son pocos— le impiden a usted continuar su tarea? No conviene pensar en los hombres en función de su bajeza…

—Una multitud a la que se obliga a vivir bajamente, no es propensa a mirar hacia lo alto. Desde hace cuatrocientos años, ¿quiénes tienen «cuidado de estas almas», como ustedes dirían? Si no les enseñaran de tal modo a odiar, quizá aprenderían mejor el amor, ¿no?

Jiménez miró las llamas lejanas:

—¿Ha mirado usted los retratos o las caras de los hombres que han defendido las más hermosas causas? Deberían ser alegres o serenos, a lo menos… La primera impresión que dan siempre es de tristeza…

—Los sacerdotes son una cosa y el corazón es otra. Sobre eso yo no puedo entenderme con usted. Tengo la costumbre de hablar, y no soy ignorante, soy tipógrafo. Pero hay de por medio otra cosa: he hablado a menudo con escritores, en la imprenta; era como con usted: yo le hablaría de los curas, usted me hablaría de Santa Teresa. Yo le hablaría del catecismo, usted me hablaría de… ¿de quién podría ser?… de Santo Tomás de Aquino.

—El catecismo tiene para mí más importancia que Santo Tomás.

—Su catecismo y el mío no es el mismo: nuestras vidas son demasiado diferentes. A los veinticinco años he releído el catecismo: lo había encontrado aquí, en el arroyo (es una historia moral). No se enseña a tender la otra mejilla a gente que desde hace dos mil años no ha recibido sino bofetadas.

Puig turbaba a Jiménez porque la inteligencia y la tontería estaban en él repartidas en muy otra forma que en las personas que tenía por costumbre tratar.

Los últimos clientes, salidos de los armarios, de los excusados, de los sótanos y de los desvanes donde los habían encerrados los fascistas, aparecían con el reflejo anaranjado del incendio en sus rostros estupefactos. Las nubes de humo se hacían cada vez más espesas, y el olor del fuego era tan fuerte como si el mismo hotel hubiera sido incendiado.

—El clero, óigame: en primer lugar, no me gusta la gente que habla y que no hace nada. Soy de otra raza. Pero soy también de la misma, y es por eso por lo que los detesto. No se enseña a los pobres, no se enseña a los obreros a aceptar la represión de Asturias. Y que lo hagan en nombre… en nombre del amor, no, eso es lo más asqueroso. Mis amigos dicen: ¡recua de idiotas, harías mejor en quemar los Bancos! Pero yo digo: no. Que un burgués haga lo que hace, es natural. Que lo hagan ellos, los sacerdotes, no. Iglesias que han aprobado los treinta mil arrestos, las torturas y todo lo demás, está bien que las quemen. Salvo por las obras de arte: a ésas hay que guardarlas para el pueblo. La catedral no arde.

—¿Y Cristo?

—Es un anarquista que ha triunfado. El único. Y a propósito de los curas le diré una cosa que usted no comprenderá bien, acaso, porque no ha sido pobre. Odio a un hombre que quiere perdonarme por haber hecho lo mejor que he hecho.

Lo miró esta vez fijamente, casi como a un adversario:

—No quiero que me perdonen.

Un altavoz exclamó en la plaza nocturna: Las tropas de Madrid no se han pronunciado todavía. El orden reina en España. El Gobierno domina la situación. El general Franco acaba de ser detenido en Sevilla. La victoria del pueblo de Barcelona sobre los fascistas y las tropas rebeldes es ahora completa.

El Negus entró agitando los brazos, y gritó a Puig:

—¡En el Parque acaban de salir los soldados! Han hecho una barricada.

—Salud —dijo Puig a Jiménez.

—Hasta luego —respondió el coronel.

En un auto requisado por la autoridad, Puig y el Negus partieron a toda velocidad a través de la noche rojiza llena de cantos. En el barrio de los Caracoles, por las ventanas de los burdeles, los milicianos lanzaban los colchones a los camiones que partían enseguida hacia las barricadas.

Las había ahora por todas partes en la ciudad nocturna: colchones, adoquines, muebles: una, extraña, estaba hecha de confesionarios; otra, ante la cual los caballos habían caído, apareció en la rápida luz de los faros como si fuera un amontonamiento de cabezas de caballos muertos.

Puig no comprendía para qué servía lo que habían construido los fascistas, que ahora combatían solos en medio de la hostilidad de los soldados. Tiraban detrás de un amontonamiento de patas de silla, confusas en la penumbra: los focos eléctricos habían sido apagados a tiros de fusil. Desde que reconocieron a Puig y su turbante, alegres clamores llenaron la calle: como en todo combate que se prolonga, el placer de los jefes empezaba. Siempre acompañado por el Negus, Puig fue al primer garaje y tomó un camión.

La avenida era larga, bordeada de árboles azules en la noche. Invisibles, los fascistas tiraban. Tenían una ametralladora. Los fascistas tenían siempre ametralladoras.

Puig conducía a toda velocidad; apretaba el acelerador como había apretado el del automóvil. Se oyó el ruido del cambio de velocidades, entre dos ráfagas el Negus pudo oír también un tiro aislado y vio a Puig alzarse de golpe, apoyar sus dos puños sobre el volante como sobre una mesa, con el grito del hombre a quien una bala acaba de romperle los dientes.

Un armario con espejo de la barricada cayó como un tiro sobre los faros del camión que reflejaba: en la frenética matraca del fusil ametrallador del Negus la masa de los muebles se abrió como una puerta que se tira abajo.

Los milicianos que pasaban por la brecha iban más allá del camión atascado en los muebles. Los fascistas huían hacia el cuartel próximo. El Negus, sin dejar de tirar, miraba a Puig, oculto por su turbante, muerto.

 

3

20 de julio

A través de los torsos desnudos y las mangas de camisa, entre las mujeres a las que se echaba y que volvían, guardias civiles con tricornios y guardias de asalto trataban en vano de organizar a la multitud, dispersa por delante, inmensa por detrás, de la cual surgía un grave y constante clamor. Un oficial conducía a un bar a un soldado que acababa de evadirse del cuartel de la Montaña. Jaime Alvear había visto que se dirigían hacia el bar, y había entrado antes que ellos. El cañón disparaba regularmente como el corazón de aquella multitud, por encima de los débiles tiros de fusil que disparaban desde todas las ventanas y desde todas las puertas, más allá de los gritos, del olor de piedra cálida y de alquitrán que subía de Madrid.

Las cabezas de los consumidores se agruparon como moscas alrededor del soldado. Éste jadeaba.

—El coronel ha dicho: hay que salvar… la República.

—¿La República?

—Sí, dado que acaba de caer en manos de los bolcheviques… de los judíos y de los anarquistas.

—¿Qué han respondido los soldados?

—¡Bravo!

—¿Bravo?

—Pues sí, ¿qué hay con ello? Les importa un bledo… Hay que decir que los que respondían eran sobre todo los nuevos. Desde hace ocho días… estaba lleno de nuevos.

—¿Y los soldados de izquierdas? —preguntó una voz.

En los vasos inmóviles, el coñac y la manzanilla temblequeaban al ritmo del combate. El soldado bebió. Poco a poco encontraba de nuevo su respiración.

—Quedaban aquellos que se guardaban de decirlo. Todos los demás, desde hace quince días, se habían dado la vuelta. Hombres de izquierda, entre nosotros, todavía quedarían unos cincuenta. Pero no estaban allí, se dice que estaban todos atados en un rincón.

Los rebeldes tenían la convicción de que el Gobierno no armaría al pueblo, y esperaban a los fascistas de Madrid, que aún no se movían.

De pronto se hizo silencio: un altavoz funcionaba. Como los periódicos aparecían únicamente una vez por día, el destino de España sólo se expresaba por radio. Continúa la rendición de los cuarteles de Barcelona. El cuartel de las Atarazanas ha sido tomado por los sindicalistas conducidos por Ascaso y Durruti. Ascaso murió en el ataque del cuartel. La fortaleza de Montjuich se rindió al pueblo sin combatir…

El bar entero gritó de entusiasmo. Hasta en Asturias no había un nombre más significativamente siniestro que el de Montjuich.

… porque los soldados se negaron a ejecutar las órdenes de sus oficiales después de haber oído a los altavoces del Gobierno legal de España anunciar que estaban relevados de toda obediencia a sus oficiales facciosos.

—¿Quién lucha en este momento en el cuartel? —pregunto el oficial.

—Los oficiales, los nuevos. Los compañeros se escapan como pueden. El sótano debe estar lleno de ellos. Cuando vuestro cañón empezó, nadie salió a pelear; comprendieron la treta: saben que los anarcos y los bolcheviques no tienen cañones. Yo le dije a los compañeros: ese discurso del coronel es un golpe de los fascistas. Tirar sobre el pueblo, ¡no faltaba más! Y vine a juntarme con vosotros.

El soldado no lograba dominar el temblor de sus hombros. El cañón disparaba siempre y se oía como un eco la explosión del obús.

Jaime había visto el cañón. Lo maniobraba un capitán de la guardia de asalto que no era artillero y que lograba disparar, pero no apuntar. A su lado se agitaba el escultor López, comandante de la milicia de la cual formaba parte Jaime. La perspectiva no permitía poner el cañón en batería contra la puerta; el capitán tiraba pues contra la puerta, a ojo de buen cubero. El primer obús —demasiado alto— fue a estallar en las cercanías; el segundo, contra la pared de ladrillos, en medio de una gran polvareda amarilla. A cada obús, el cañón, que no estaba apuntalado, retrocedía rabiosamente, y los milicianos de López, con sus brazos desnudos tensos en los radios de sus ruedas como en los grabados de la Revolución Francesa, lo ponían aproximadamente en su sitio. Un obús había sin embargo atravesado una ventana y estallado en el interior del cuartel.

—Cuando entréis, ¡atención! Porque los compañeros no han tirado contra vosotros. ¡Y lo hacen adrede!

—¿Y en qué se reconoce a los nuevos?

—¿Enseguida…? No lo sé… pero después… os diré una cosa: nunca tienen familia…

Quería decir que los fascistas que habían entrado en el ejército para luchar contra el levantamiento ocultaban a sus mujeres demasiado elegantes, las calles más próximas resguardadas estaban llenas de las mujeres que aguardaban a los soldados, las únicas en toda la multitud, verdaderamente silenciosas.

El ruido de la descarga de fusilería subió por encima de un chirrido de camiones: otros guardias de asalto llegaban. Ya estaba allí uno de sus autos blindados. El cañón sacudía siempre el vino en los vasos. Fusil al brazo, se acercaban hombres que traían noticias, como en la cantina de los estudios cinematográficos los actores van a beber disfrazados, entre dos tomas. Pero sobre el embaldosado blanco y negro del bar, había huellas de suelas ensangrentadas.

—¡Otro ariete!

Una viga enorme avanzaba como un monstruo geométrico, llevada por cincuenta hombres paralelos, inclinados hacia delante como sirgadores, con o sin cuello, pero todos con un fusil a la espalda. Atravesó los escombros de la calzada, los cascotes y los trozos de verja, golpeó la puerta como un gong enorme y retrocedió. Aunque estuviera lleno de gritos, de detonaciones y de humo, el cuartel vibró detrás de su alta puerta con toda su sonoridad de convento. Tres de los que llevaban la viga cayeron bajo el tiro de los fascistas. Jaime reemplazó a uno de ellos. En el momento en que avanzaba la viga, un sindicalista de gruesas cejas se tomó la cabeza con ambas manos como para taparse los oídos y se lanzó sobre la viga en marcha, brazos de un lado, piernas de otro. La mayoría de los que llevaban el ariete no lo habían visto; y la viga continuó su marcha lenta y pesada, el hombre siempre plegado en dos sobre la madera. Para Jaime, que tenía veintiséis años, el Frente Popular era esa fraternidad en la vida y en la muerte. De las organizaciones obreras, en las cuales ponía tanta más esperanza cuanto que no ponía ninguna en aquellos que desde hacía siglos gobernaban su país, conocía sobre todo a esos «militantes de base» anónimos y puestos en todas las salsas, que eran la devoción misma de España; en pleno sol y bajo las balas de los falangistas, empujando esa enorme viga que llevaba hacia los batientes de la puerta su compañero muerto, combatía con toda la plenitud de su corazón. El ariete sonó de nuevo contra la puerta, ante la cual cayó el muerto; sus dos vecinos, uno de los cuales era Ramón, lo tomaron para alzarlo. El madero retrocedió, lentamente. Todavía cayeron cinco hombres. Por donde había pasado el ariete, entre dos líneas de heridos y de muertos, había un camino blanco y vacío.

La mañana de julio avanzaba y los rostros estaban laqueados de sudor. Bajo los grandes golpes sordos del cañón y del ariete que ritmaban todos los sonidos del ataque, en las calles bajas, al pie de las escaleras de acceso al cuartel, un alboroto de empleados, obreros, pequeño burgueses, fusil en mano atado por una cuerda (el Gobierno había distribuido los fusiles pero no las correas), las cartucheras colgando en medio del pecho por correas demasiado cortas, esperaban el ataque con los ojos fijos en la puerta.

El ariete se detuvo, el cañón dejó de tirar, las cabezas sin sombrero y los tricornios se inclinaron hacia atrás; hasta los mismos fascistas no tiraron. Se escuchaba la vibración profunda de un motor de avión.

—¿Qué es?

Los ojos se volvieron hacia Jaime. Los camaradas de su milicia socialista sabían que ese gran piel roja con mechones negros era ingeniero en la fábrica Hispano. El aparato era uno de esos viejos Bréguet del ejército español, pero los fascistas estaban en el ejército también. Bajó describiendo una gran curva por encima del espeso silencio de la multitud: dos bombas estallaron en el patio del cuartel y gran cantidad de folletos, antes de caer, volaron largo rato en el cielo de verano por encima de las aclamaciones.

Desde las calles de abajo la multitud se lanzó al asalto a través de las escaleras. El ariete golpeó una vez más la puerta, contra un tiroteo desesperado; en el instante en que retrocedía, de una de las ventanas de la fachada brotó una sábana: habían hecho en la punta un enorme nudo para poder lanzarla. El ariete no la vio, prosiguió su impulso y hundió de golpe la puerta que los fascistas acababan de abrir.

El patio interior estaba absolutamente vacío.

Más allá de ese vacío detrás de las ventanas y las puertas cerradas del patio, comenzaban los prisioneros.

 

Al principio salieron los soldados, blandiendo sus carnets sindicales, muchos con el torso desnudo. Uno de los primeros tambaleaba, mientras la multitud lo acosaba a preguntas, se puso de cuatro patas y bebió en el arroyo. Después vinieron los oficiales, los brazos en alto. Unos indiferentes o esforzándose en parecerlo, otros escondiendo la cara en el fondo de una gorra, otro sonriendo, como si todo aquello no fuera más que una broma; éste no alzaba las manos sino a la altura de los hombros, y de tal modo parecía avanzar hacia los milicianos con el propósito de abrazarlos.

Por encima de ellos, el último postigo de una de las ventanas centrales, destrozado por el cañón, saltó. Por el marco de la ventana, sobre el balcón cuya mitad faltaba, se precipitó un muchacho que reía a carcajadas, con tres fusiles sobre la espalda, dos en la mano izquierda tomados por el caño como perros por una traílla. Los tiró a la calle gritando: ¡Salud!

Las mujeres de los soldados, los milicianos del ariete, los guardias civiles se precipitaron. Las mujeres corrían dando gritos por los corredores monacales del cuartel, extrañamente silencioso desde que el cañón no tiraba más. Jaime y sus compañeros, fusil al hombro, llegaron al primer piso. Otros milicianos habían entrado por alguna brecha: escoltados por alegres civiles de cuello postizo, con las cartucheras alrededor de sus chaquetas de empleados y que los apuntaban con los fusiles, avanzaban los oficiales.

La brecha era sin duda ancha, porque cada vez había más milicianos. Llegado de afuera, el ¡hurra! de una multitud enorme sacudía las paredes. Jaime miró por la ventana: un millar de brazos desnudos con el puño cerrado brotaba de la multitud en mangas de camisa, de golpe, como en un gimnasio. Comenzaban a distribuirse las armas tomadas.

La pared, delante de la cual se amontonaban los fusiles modernos y los sables de teatro, ocultaba a la calle un gran patio que veía Jaime. Al fondo de este patio una tienda de bicicletas. Mientras los milicianos peleaban, el negocio había sido saqueado y el patio estaba cubierto de grandes pedazos de papel de embalaje, de manubrios y ruedas. Jaime pensaba en el sindicalista doblado sobre el ariete.

En la primera sala, estaba sentado un oficial, la cabeza apoyada en una mano por encima de su sangre que aún corría sobre la mesa. Otros dos estaban en el suelo, con un revólver cerca de las manos.

En la segunda sala, bastante oscura, había soldados acostados; aullaban ¡Salud!, ¡Ea!, ¡Salud!, pero no se movían: estaban atados. Eran aquellos que los fascistas sospechaban que eran fieles a la República o de tener simpatía por los movimientos obreros. De júbilo, golpeaban el suelo con el tacón a pesar de las cuerdas. Jaime y los milicianos los abrazaban, a la española, mientras los iban desatando.

—Abajo hay más compañeros —dijo uno de ellos.

Jaime y sus compañeros bajaron corriendo por una escalera interior hasta un cuarto todavía más oscuro, se precipitaron sobre los camaradas amarrados abrazándolos también: éstos habían sido fusilados la víspera.

 

4

21 de julio

—¡Buenas tardes! —dijo Shade a un gato negro que lo miraba con desconfianza. Dejó su mesa del café La Granja, le tendió la mano: el gato escapó en medio de la multitud y de la noche—. Los gatos son también libres después de la revolución, pero yo continúo asqueándolos: yo soy siempre un oprimido.

—Vuelve a sentarte, pánfilo —dijo López—. Los gatos son mamarrachos inamistosos, y quizá fascistas. Los perros y los caballos son imbéciles: nada puedes obtener de ellos en materia de escultura. El único animal amigo del hombre es el águila de los Pirineos. De muchacho yo tenía un águila de los Pirineos; es un animal que sólo se alimenta de serpientes. Las serpientes son caras, y como no podía afanarlas en el jardín zoológico, compraba carne barata, la cortaba en tiras. Las agitaba delante del águila, y el águila, de puro amable, simulaba engañarse y las comía glotonamente.

Habla Radio Barcelona —dijo el altavoz—. Los cañones tomados por el pueblo apuntan a la Capitanía donde se han refugiado los jefes rebeldes.

A la vez que miraba la calle de Alcalá y tomaba notas para su artículo del día siguiente, Shade observaba que el escultor, con su nariz borbónica, a pesar de su belfo y de su penacho, se parecía a Washington; pero sobre todo a un loro. Tanto más cuanto que López, en ese momento, agitaba los brazos.

—¡A escena, adentro!, —gritaba—. ¡Se filma!

En plena luz de las lámparas eléctricas, Madrid, vestida con todos los disfraces de la revolución, era un inmenso estudio nocturno.

Pero López se tranquilizó: milicianos venían a darle la mano. Para los artistas que frecuentaban La Granja, era menos popular por haber tirado como en el siglo XV con el cañón de la Montaña, la víspera, y aún por su talento, que por haberle contestado no hacía mucho al agregado de embajada que le pedía que esculpiera el busto de la duquesa de Alba: «Sólo si posa como el hi-po-pó-ta-mo». Lo más seriamente del mundo: siempre metido en el Jardín Zoológico, conociendo los animales mejor que San Francisco, afirmaba que el hipopótamo acudía cuando le silbaban, se quedaba absolutamente quieto, y se iba cuando no lo necesitaban ya. La imprudente duquesa se había escapado de una buena: López esculpía en diorita, y el modelo, después de oírlo durante horas golpear como un herrador, veía su busto «adelantar» siete milímetros.

Pasaron soldados en mangas de camisa lanzando vivas y seguidos de niños… Eran las tropas que habían abandonado a los oficiales rebeldes de Alcalá de Henares para pasarse al pueblo.

—Mira todos los chiquillos que pasan —dijo Shade—, están enloquecidos de orgullo. Hay algo que me gusta aquí: los hombres son como los chiquillos. Lo que me gusta se parece siempre a los chiquillos, de cerca o de lejos. Miras a un hombre, ves al niño en él, por azar, estás conquistado. Tratándose de una mujer, naturalmente estás perdido. Míralos: todos sacan a luz el niño que por lo común ocultan: aquí, los milicianos hacen orgías con lo que fuere, y otros mueren en la Sierra, y es la misma cosa. En América se figuran la revolución como una explosión de cólera. Lo que aquí domina en todo momento es el buen humor.

—No sólo el buen humor.

López no era sutil sino cuando hablaba de arte. No encontró las palabras que buscaba y se limitó a decir:

—Oye.

Los automóviles pasaban a toda velocidad, en uno y otro sentido, cubiertos con las enormes iniciales blancas de los sindicatos, o con la U. H. P. (Unión de Hermanos Proletarios); sus ocupantes se saludaban con el puño, gritando: ¡Salud!, y toda esa multitud triunfante parecía unida por aquel grito como por un coro constante y fraterno. Shade cerró los ojos.

—Todo hombre necesita encontrar un día su lirismo —dijo.

—Guernico dice que la fuerza más grande de la revolución es la esperanza.

—García dice eso también. Todo el mundo lo dice. Pero Guernico me aburre: los cristianos me aburren. Adelante.

Shade se parecía a un cura bretón; según López, ésa era la causa fundamental de su anticlericalismo.

—A pesar de todo, es verdad, idiota. Piensa ¿qué vengo yo buscando desde hace quince años? El renacimiento del arte. Bueno. Aquí todo está pronto. Los imbéciles pasean su sombra por esa pared de enfrente, y no la miran. Hay un montón de pintores, crecen en medio de los adoquines; la semana pasada descubrí uno en los altos de El Escorial: dormía. Hay que darles paredes. Cuando se necesita una pared, se la encuentra siempre, sucia, ocre o color tierra de Siena. La limpias hasta dejarla blanca, y se la das a un pintor.

Shade, fumando su pipa con un gesto de sachem, escuchaba atentamente: sabía que López, ahora, hablaba con seriedad. El loco imita al artista, y el artista se parece al loco. Shade desconfiaba de las teorías artísticas que amenazan toda revolución, pero conocía la obra de los grandes artistas mexicanos, y los grandes frescos salvajes de López, erizados de garras y de cuernos españoles, eran sin duda un lenguaje del hombre en lucha.

Dos ómnibus cargados de milicianos, erizados de fusiles, iban a Toledo. Allí la rebelión no estaba sofocada.

—Les damos paredes a los pintores, viejo, paredes desnudas, ¡adelante con el dibujo, con la pintura! Aquellos que pasen delante necesitan que les habléis. No es posible hacer un arte que hable a las masas cuando no se tiene nada que decirles, pero nosotros luchamos juntos, queremos hacer juntos otra vida y tenemos muchísimas cosas que decirnos. Las catedrales luchaban con todos para todos contra el demonio, que por lo demás tiene la cara de Franco…

—Las catedrales me hartan. Hay más fraternidad aquí, en la calle, que en cualquier catedral del otro lado. Continúa.

—El arte no es un problema de temas. No hay un gran arte revolucionario. ¿Por qué? Porque se discute todo el tiempo sobre directivas en vez de hablar sobre función. Hay que decir a los artistas: ¿necesitáis hablar a los combatientes? (A algo preciso, no a una abstracción como las masas). ¿No? Bueno, haced otra cosa. ¿Sí? Bueno, ahí está la pared. La pared, hombre, y eso es todo. Dos mil individuos van a pasar por delante cada día. Los conocéis. Queréis hablarles. Ahora, arregláoslas. Tenéis libertad y necesidad de serviros de ellos. Muy bien. No crearemos obras de arte, eso no se hace por encargo, pero crearemos un estilo.

Los palacios españoles de los bancos y de las compañías de seguros, arriba, en la sombra y un poco más abajo toda la pompa colonial de los ministerios armonizaban en el tiempo y en la noche con los coches fúnebres extravagantes, las arañas de los clubs, las girándulas y los estandartes de las galeras colgados en el patio del Ministerio de Marina, inmóviles en esa noche sofocante.

Un anciano dejó el café; había escuchado al pasar y posó la mano en el hombro de López.

—Haré un cuadro con un viejo que se va y un idiota que se lava. El idiota que se lava, deportista, cretino, agitado, es un fascista…

López levantó la cabeza; el que hablaba era un buen pintor español. Pensaba manifiestamente: o un comunista.

—… un fascista, sí. Y el viejo que se va, es la vieja España. Mi querido López, adiós.

Salió, cojeando, en la aclamación inmensa que llenaba la noche: los guardias de asalto que habían vencido a los rebeldes de Alcalá volvían a Madrid. De las mesas, de las aceras, todos los puños en alto se levantaban en la noche. Los guardias pasaban, ellos también, con el puño en alto.

—No es posible —replicó López desatado— que de personas que necesitan hablar y de personas que necesitan oír no nazca un estilo. Que les dejen solos, que les den aerógrafos y pistolas de pintar y todo el resto de la técnica moderna, y más tarde la cerámica, ¡ya verás!

—Lo bueno que tiene tu proyecto —dijo Shade pensativo, y tirando las puntas de su chalina— es que tú eres un idiota. Sólo me gustan los idiotas. Lo que antes se llamaba la inocencia. Todas las personas son demasiado sabiondas, y no saben qué hacer. Todos esos individuos son idiotas como nosotros…

Bajo el chirrido de los cambios de velocidad, las voces llenaban la calle, con un pisoteo atravesado por los compases de la Internacional. Una mujer pasó delante del café, con una maquinita de coser en los brazos, apretada sobre su pecho como un animal enfermo.

Shade permanecía inmóvil, la mano en la cazoleta de la pipa. Echó solamente hacia atrás, de un papirotazo, un sombrerito blando con los bordes levantados. Un oficial, con la estrella de cobre sobre su chaqueta azul, estrechó al pasar la mano de López.

—¿Cómo anda todo en la Sierra? —le preguntó éste.

—No pasarán. Continuamente llegan milicianos.

—Perfectamente —dijo López mientras el oficial continuaba su marcha—. Y un día habrá ese estilo en toda España, como ha habido catedrales en Europa y como hay en todo México el estilo de los muralistas revolucionarios.

—Sí. Pero siempre que te comprometas a dejarme en paz con tus catedrales.

Los autos de la ciudad, requisados y lanzados a toda velocidad al servicio de la guerra o del sueño, se cruzaban en medio de gritos fraternales. Las fotos tomadas en la montaña por los operadores de los antiguos periódicos fascistas, nacionalizados, circulaban desde la mañana en la terraza y los milicianos se reconocían en ellas. Shade se preguntaba si iba a consagrar su artículo, aquella noche, al proyecto de López, al proyecto de La Granja, o a la esperanza que llenaba la calle. A todo, quizá. (Detrás de él, una de sus compatriotas hacía grandes ademanes, con una bandera norteamericana de cuarenta centímetros sobre el pecho; acabó por enterarse de que era sordomuda). ¿Nacería un estilo de esas paredes dispersas, de esos hombres que pasarían delante, iguales a los que pasaban delante de él en ese segundo, agitados en esa verbena de libertad? Tenían en común con sus pintores esa comunión subterránea que había sido, en efecto la cristiandad, y que era la revolución; habían elegido la misma manera de vivir, y la misma manera de morir. Y sin embargo…

—¿Es un proyecto irrealizable, o algo que debe ser organizado por ti, o por la Asociación de los artistas revolucionarios, o por el ministerio, o por la sociedad de las águilas y de los hipopótamos, o qué? —preguntó Shade.

Pasaban personas con fardos de ropa blanca, sábanas dobladas dignamente, apretadas bajo el brazo como cartapacios de abogados; un pequeño burgués, con un edredón muy rojo a la luz del café, que apretaba sobre el pecho, como la mujer que había llegado antes llevaba su máquina de coser; otros con sillones patas arriba sobre la cabeza.

—Ya veremos —respondía López—. Ahora no por mí, en todo caso: mi milicia parte para la Sierra. ¡Pero puedes estar tranquilo!

Shade, soplando, disipó el humo de su pipa:

—Mira, amigo López, si supieras hasta qué punto estoy harto de los hombres.

—No es éste el mejor momento…

—No olvides que he estado en Burgos antes de ayer. ¡Y era lo mismo, por desgracia! Era lo mismo… Los pobres idiotas fraternizaban con las tropas…

—Oye, zopenco: aquí son las tropas las que fraternizan con los pobres idiotas.

—Y en los grandes hoteles, las condesas beben con los campesinos monárquicos, con la boina en la cabeza y la manta sobre los hombros…

—Y los campesinos se hacen matar por las condesas que no se hacen matar por los campesinos; por lo demás, se necesita orden.

—Y escupían cuando oían palabras como República o Sindicato, pobres idiotas… He visto a un sacerdote con un fusil; creía que defendía su fe; y en otro barrio, a un ciego. Tenía una venda sobre los ojos. Y en la venda habían escrito con tinta violeta: «Viva Cristo Rey». Creo que ése también se creía voluntario…

—¡Y era ciego!

Una vez más, como siempre que los altavoces gritaban: Atención, con sus voces de ventrílocuos, se hizo silencio en torno de ellos: Aquí Radio Barcelona. Ahora podréis oír al general Goded.

Todos sabían que Goded era el jefe de los fascistas de Barcelona, y que dirigía militarmente la rebelión. El silencio pareció extenderse hasta los límites de Madrid.

Habla —dijo una voz fatigada, indiferente y no sin dignidad— el general Goded. Me dirijo al pueblo español para declarar que be tenido la suerte en contra y que estoy prisionero. Lo digo para que todos aquellos que no quieren continuar la lucha se sientan desligados de todo compromiso conmigo.

Era la declaración de Companys vencido, en 1934. Una inmensa aclamación se desplegó sobre la ciudad nocturna.

—Esto refuerza lo que iba a decir —continuó López, que vació su copa de coñac en señal de alegría—. Cuando hice los bajorrelieves que tú llamas mis trastos escitas, no tenía piedra. La buena cuesta bastante cara; los cementerios están llenos; allí no hay más que piedra. Entonces, desvalijaba los cementerios por la noche. Todas mis esculturas de esa época han sido esculpidas en pesares eternos; es así cómo abandoné la diorita. Ahora vamos a pasar a una escala mayor: España es un cementerio lleno de piedras, vamos a esculpir en grande, ¿me oyes, retardado?

Hombres y mujeres llevaban fardos envueltos en lustrina negra; una vieja acarreaba un reloj de péndulo; un niño, una maleta; otro, un par de zapatos. Todos cantaban. Algunos pasos atrás, un hombre tiraba de un coche cargado con toda una casa de compra y venta, y cantaba sin seguir el compás. Un muchacho, agitado, que movía los brazos como aspas de molino, lo detuvo para retratarlo. Era un periodista: llevaba una máquina fotográfica de magnesio.

—¿Qué significan todas esas mudanzas? —preguntó Shade bajándose el sombrerito sobre la frente—. ¿Temen que los bombardeen?

López alzó los ojos. Por primera vez miraba a Shade sin afectación, ni frenesí.

—¿No sabes que hay muchos montepíos en España? Esta tarde el Gobierno ha dado orden de abrirlos y de devolver todos los objetos empeñados, sin pagar la póliza. Toda la miseria de Madrid ha venido, no atropellándose en modo alguno, sino con bastante lentitud. (No debían creer que era cierto). Han salido con sus edredones, sus cadenas de reloj, sus máquinas de coser… Es la noche de los pobres.

Shade tenía cincuenta años. De vuelta de muchos viajes (entre otros, de la miseria americana, después de la enfermedad, larga, mortal, de una mujer que había amado), sólo asignaba importancia a lo que llamaba idiotez o animalidad, es decir, a la vida fundamental: dolor, amor, humillación, inocencia. Grupos bajaban por la avenida con sus carritos erizados de patas de sillas, seguidos por transeúntes con relojes de péndulo; y la idea de todos los montepíos de Madrid abiertos en la noche a la pobreza por una vez salvada, la idea de esa multitud dispersa que volvía a los barrios pobres con sus prendas reconquistadas, fue lo primero que hizo comprender a Shade lo que podía significar para los hombres la palabra revolución.

Contra los automóviles fascistas lanzados a través de las calles oscuras con sus ametralladoras, corrían los automóviles requisados; y, por encima de ellos, el salud obsesivo abandonado, vuelto a pronunciar acompasado, perdido, unía la noche y los hombres en una fraternidad de armisticio, más dura a causa del próximo combate: los fascistas llegaban a la Sierra.