La espinosa belleza del mundo
Carta a Tomás González por Peter Schultze-Kraft
CARTA A TOMÁS GONZÁLEZ
¿No te asustaste, don Tomás, cuando te dijeron que iban a publicar todos tus cuentos recogidos en un volumen? Pues con un proyecto de esta clase lo lanzan a uno al parnaso de los clásicos, es decir, a la cómoda esfera en donde se es consagrado e intocable, a salvo de las animosidades de unos y la envidia de otros. Cuentos reunidos suena a punto final, a labor cumplida, a despedida de la lucha cotidiana contra sí mismo y contra las desgracias del mundo, esa lucha que es un elemento imprescindible para la creación artística. «Mi arte siempre es contra algo», me dijo una vez el pintor alemán Dieter Masuhr.
Sin embargo, para tus lectores es una bendición tener ahora fácil acceso a tus cuentos en un solo tomo y hacerse una idea de lo vasta y profunda que es esta parte de tu obra literaria. Van a descubrir las constantes en tus cuentos, que son básicamente las mismas de tus novelas. No tratas de construir historias artificiales y espectaculares, sino que te limitas a los temas eternos de nuestra existencia: el amor, la vida y la muerte, la fragilidad de las aspiraciones y empresas humanas y la fugacidad del tiempo y de la memoria. El enigma de la psique humana.
La grandeza del hombre en su fracaso. La hermandad con la Naturaleza.
Nunca cometí la estupidez de preguntarte cómo escribes tus cuentos.
Porque es un secreto. Un secreto que ni siquiera tú conoces. «Nadie sabe escribir. ¡Ay del autor que sabe!», dijo, con sabia humildad, el escritor suizo Peter Bichsel. Algunos autores a quienes les va bien con su primer cuento creen que dominan ya el oficio y fácilmente caen en la trampa de su aplomo. Se repiten entonces y como resultado los textos siguientes les salen rutinarios, insípidos, estériles. Cada obra literaria debe ser una nueva aventura en la que el autor hasta el último momento no está seguro de lograr salvar su piel. Cuando recién terminaste el cuento «Esto contaba Roberto Maldonado Parnell» —uno de los nuevos textos que escribiste para este libro—, me dijiste que su escritura te había dado
«bastante guerra». Esta es una de las razones por las cuales tu literatura es tan fresca y no se marchita.
Es interesante estudiar en el caso de tu cuento «El Expreso del Sol»
cómo fue el proceso de creación y cómo lo interpretó un lector extranjero. El cuento se publicó primero en alemán que en español, con el título «Viaje a la Costa», en mi última antología del cuento colombiano a la que le di el mismo nombre, Reise an die Küste (Edition 8, Zúrich 2013). En el epílogo a la antología traté de acercarme a tu relato de la siguiente manera:
Un día Rosario González informó a su hermano Tomás de un incidente casero del que normalmente sólo se habla en famille. El tío demente de su marido, oriundo de Barranquilla y antes de su jubilación viajero frecuente de la ruta ferrocarrilera del río Magdalena, había entrado, con la maleta hecha, al baño de la casa y se había sentado en el inodoro, dispuesto a viajar en el Expreso del Sol a la Costa. Esta historia trágica, casi tragicómica, ya de por sí hubiera servido para un cuento conmovedor. Pero Tomás González vio más potencial literario en ella. No sólo escribió un cuento sobre una enfermedad, sobre una familia, sobre el trópico, un recuerdo de los ferrocarriles colombianos estúpidamente abolidos, sino que convirtió el episodio, además, en un cuento de amor.
Al comienzo el protagonista principal es don Rafael, quien padece de Alzheimer; al final su esposa Jesusita es la heroína. El viaje de don Rafael a la Costa es en verdad un viaje a las riberas del Hades y Jesusita recupera a su marido en el umbral de la muerte, una inversión del mito de Orfeo y Eurídice. Cuando se lo advertí a Tomás, me contestó: «Esto no lo tenía en mente, pero me alegra, y más aún me alegra que sea al revés».
Como es obvio, el cuento «El Expreso del Sol» tiene mucho que ver con Gabriel García Márquez. Por un lado, porque don Rafael tiene la misma enfermedad de la que padecía el Premio Nobel (a quien el cuento está dedicado); por otro lado, porque el tren de don Rafael nos lleva exactamente al mundo tropical, al cual pertenecen García Márquez y su obra. Veo en este texto de González un desarrollo continuado del realismo mágico en el sentido de una
«secularización» o interiorización, una ruptura con él, y al mismo tiempo un homenaje a su maestro. En el texto no hay nada exagerado, nada increíble, no hay milagros, todo queda concebible y en el suelo, los protagonistas ni siquiera salen de su casa. Hay que reconocer que también el mundo de un enfermo de Alzheimer es real. El único milagro lo realiza Tomás, quien logra que no sólo don Rafael y poco a poco Jesusita, sino también los lectores, participen en el viaje como si estuvieran a bordo del tren que no existe.
Para mí, tú eres singular en la literatura colombiana contemporánea por tres factores: por la muy distinta filosofía que se trasluce en toda tu obra, por tu lenguaje particular y por los puntos tangenciales con algunos autores de la literatura universal.
Cuando digo «filosofía» tengo en mente la máxima estética que rige tu literatura y que se manifiesta en tu visión de la convivencia y la mutua
correspondencia de los extremos, la luz y la sombra, lo hermoso y lo horrible, la vida y la muerte, en una frase, «la espinosa belleza del mundo» que se volvió tu leitmotiv. Esta dualidad la logras expresar a veces en una sola imagen como, por ejemplo, en una escena de la novela La historia de Horacio donde un apuñalado que, esperando al médico en un bar fétido, «perdía sangre y tomaba cerveza». Incluso te atreviste a sugerir al autor del Libro de Job, con la debida alusión al cambio, un addendum: mientras en Job 14:1 se dice que el hombre en su corta vida solamente es «hastiado de sinsabores», propones en el epígrafe de la novela Para antes del olvido ampliar las experiencias del hombre diciendo que su vida está «toda llena de alegrías y miserias».
Para ilustrar tu concepto literario me escribiste una vez: «El arte del arte consiste precisamente en captar la realidad toda. Tal como lo logró Goya en su pintura Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid.
Aquí el horror es reconciliado por la estética, aquí domina la fuerza de la vida frente a la muerte». Está bien escogida la palabra «reconciliar»
porque tu literatura tiene en verdad un efecto reconciliador y consolador.
Tu obra está llena de tragedias, de muertes, de sufrimiento, pero al final no dejas al lector deprimido y destrozado sino que lo elevas y le haces sentir que él, a pesar de todas las calamidades, es parte del universo. Le muestras que la muerte pertenece a la vida y que la vida está por encima de la muerte y no se deja detener. Miremos el cuento «Luciérnagas».
Después de la conmovedora tragedia que termina con el amor y las vidas de Jesús y Atilano, en la finca en la que habían pensado pasar las vacaciones, el mundo y la vida siguen su curso:
A eso de las tres de la tarde, en el prado, frente a los vidrios de la sala, caminó un castor, que se levantó sobre las patas traseras, miró desde lo alto de su cuerpo y se internó de nuevo, sin prisa, entre los árboles.
Llegó también puntual el atardecer y empezaron a sonar los fuegos artificiales en Susquehanna y otros pueblos.
Aunque ya no estaban ellos dos en este mundo, nada faltaba.
Se encendieron una a una las luciérnagas y comenzaron a llenar de luces el prado, los arbustos, el cielo, la arboleda.
En este contexto cabe mencionar tu novela La luz difícil, donde lograste reconciliar la máxima angustia y pena que el protagonista sufre en una tragedia familiar con la alegría de vivir recobrada al final de su
vida. El escritor alemán Martin Mosebach captó esto muy bien al comentar: «El libro logra la hazaña casi increíble de hacernos vivir intensamente el dolor físico y mental y, al mismo tiempo, experimentarlos como algo superado. Después de que La luz difícil ha llevado al lector a través de una noche tortuosa, lo deja tan ligero como un pájaro que abandona la rama en la que brevemente se había posado».
La novela a la que se refiere Mosebach es una de tus grandes obras, Tomás. Te vas a divertir si te digo que Hermann Hesse en un poema de 1922, «Beim Wiederlesen des Maler Nolten» («Releyendo a Maler Nolten», la novela de Eduard Mörike de 1832), tiene un verso que parece como un resumen del contenido y del mensaje de La luz difícil: « Und heilig wird, was sonst so wehe tut, [...] und lächeln lernt der Schmerz»
(«Y sagrado se vuelve lo que otras veces tanto duele, [...] y el dolor aprende a sonreír»). Aquí tres poetas de diferentes épocas se dan la mano: Hesse, Mörike y tú, González.
Dije que tu literatura se distingue por no envejecer. Esto se debe por un lado a tu estilo breve y compacto y tu lenguaje sencillo y plástico. Por el otro lado, tienes la rara capacidad de escuchar a la gente e incorporar su habla en tu literatura, no como un elemento folclórico sino como una expresión del fondo de su ser. Martín Lutero, quien antes de existir una gramática oficial creó con su traducción de la Biblia la base para el desarrollo de la lengua alemana, tenía esta capacidad de escribir «a la pata la llana» o, como hubiera dicho él, « den Leuten aufs Maul zu schauen».
Es un hecho que el idioma nunca se nutrió del mundo amanerado y pretensioso de las cortes ni recibió impulsos del lenguaje torcido y estéril de los abogados y mucho menos de la retórica vacía y mentirosa de los políticos, sino que está más bien siendo creado y continuamente renovado en el campo, en la calle, en las cantinas y en la cama, es decir, en los lugares donde se habla sin ringorrangos. Los gramáticos sólo han tratado de disciplinar (y a veces estrangular) el lenguaje que habla la gente. Los verdaderos voceros del «pueblo» son los poetas y escritores.
(Como si esto no fuera mucho, en ciertos momentos de la Historia en que la mentira es declarada verdad o en que la barbarie se apodera del espíritu
y del lenguaje de la gente, al pobre poeta le toca también otra función: la de preceptor, domador, purificador de su pueblo.)
Entre paréntesis, el habla popular es un desafío insuperable para el traductor. En él se refleja, más que en el lenguaje culto, la mentalidad de un pueblo —y la mentalidad no puede ser traducida—. De ninguna manera debe el traductor aquí emplear, como se hace frecuentemente, un dialecto del idioma de la traducción o términos gramaticales incorrectos.
La única aproximación respetuosa al habla popular es verterlo a un lenguaje muy simple.
El primero en señalar tu afinidad con unos escritores de la literatura universal fue el historiador Jorge Orlando Melo, quien hace treinta y cinco años escribió en una reseña sobre tu novela Primero estaba el mar en el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango: «Se trata de una breve narración que, sin que puedan advertirse influencias evidentes o modelos obvios, evoca la desesperanza de las obras clásicas de Onetti, la sutileza psicológica de Updike y esa compaginación de poesía y destrucción que aflora en muchos de los relatos de Malcolm Lowry, y que está a la altura de ellos».
Melo tiene razón en hacer hincapié en tu rumbo literario independiente («sin que puedan advertirse influencias evidentes o modelos obvios») porque escritores de tu talla están lejos de imitar a los clásicos —deben más bien competir con ellos—. Con el epígrafe de Robinson Crusoe en Los caballitos del diablo tú mismo creas un nexo con la literatura universal. Con toda razón, porque tu novela de hecho puede leerse como «robinsoniana», es decir, como relato sobre la vida en un ambiente similar a una isla aislada. Sin embargo, tú vas más allá de Daniel Defoe. Mientras en Robinson Crusoe el lector está todo el tiempo (y en vano) esperando a que algo pase en la isla, en Los caballitos del diablo entremezclas el continuo desarrollo de la finca con todo un drama familiar: la querella entre los hermanos, los asesinatos de Emiliano y J., la soledad de la madre. Los filólogos van a descubrir, además, paralelos entre Los caballitos del diablo y la novela Verano tardío (1857) del austriaco Adalbert Stifter y el relato «El hombre que amaba las islas»
(1927) de D. H. Lawrence.
También en tus cuentos están esos puntos tangenciales de los que estoy hablando. En «Flotar» reconozco la sabia serenidad y el humor recóndito que compartes con Chéjov. Y en «Verdor» te acercas a otro gran autor al presentar un indigente que se ha retirado del mundo viviendo «con la cabeza metida en una bolsa de plástico negro a la que le había hecho orificios para respirar», una bolsa que «le proporcionaba su noche perpetua, su intimidad». Este individuo es más que un tipo grotesco, es una figura como salida del teatro del absurdo de Samuel Beckett, igual que la escena en el mismo cuento donde, en un albergue neoyorkino para indigentes, «más de cincuenta personas desvencijadas, sentadas frente a un televisor, miraban sin alegría a un hombre muy rosado que le hacía chistes a una audiencia invisible que se desternillaba de la risa».
«Verdor» tiene en verdad muchas facetas. Es un cuento emocionante por su tema, un gran cuento neoyorkino y hasta un cuento con una dimensión premonitoria. ¿Recuerdas el relato «Mario y el mago» de Thomas Mann? En él, Mann presiente, años antes de que ocurriera, el surgimiento del fascismo en Italia. En «Verdor», escrito en 1987 y publicado por primera vez en 1993, tú describes los chorros de agua que salen de los hidrantes en Nueva York y que «de noche caían contra el espejo del asfalto como si arrastraran carros y edificios, sirenas y neones, y los aniquilaran en un cataclismo espectacular contra la tierra». Leyendo esto hoy día, ¿quién puede evitar pensar en un acontecimiento apocalíptico real que conocemos con la fecha 9/11?
Y ahora, después de tu odisea por Nueva York, Chía, Cachipay y Guatapé, te pusieron en el parnaso de los clásicos, don Tomás, el Olimpo literario donde tienes el derecho a hablar con los dioses y compartir su mesa. Allí la vida es amena, eso sí. Todo el mundo se llama sólo por el apellido —«Qué tal, Borges», «Hola, McCullers»—, se tutea y, aunque cada poeta hable en su propio idioma, todos se entienden. Sin embargo, no puedo imaginarme que te vayas a contentar con tomar néctar todo el día así sea en la mejor compañía. Seguro que de contrabando te habrás llevado tu pluma y un día nos sorprenderás con un nuevo libro, Obra completa y otros cuentos de Tomás González. Estaré a la orden para traducirlo,
Peter Schultze-Kraft*
Septiembre de 2019
* Peter Schultze-Kraft (Berlín, Alemania, 1937) está vinculado con Colombia desde hace sesenta años y a través de sus antologías de cuentos y traducciones de novelas ha sido el principal promotor de la literatura colombiana en el mundo germanoparlante. En 2003 publicó la primera traducción de Tomás González a un idioma extranjero. A partir de entonces tradujo al alemán seis novelas, un tomo de cuentos y la obra poética de este autor, y gestionó su publicación.
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