La Fundación

Antonio Buero Vallejo · Capítulo 1 de 4

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La Fundación

Parte primera

Antonio Buero Vallejo

 

La Fundación

 

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Titivillus 17-10-2019

Antonio Buero Vallejo, 1974

Editor digital: Titivillus

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PARTE PRIMERA

 

I

 

La habitación podría pertenecer a una residencia cualquiera. No es amplia ni lujosa. El edificio donde se halla se ha construido con el máximo aprovechamiento de espacios. Los muros son grises y desnudos: ni zócalo, ni cornisa. Muebles sencillos pero de buen gusto: los de una vivienda funcional donde se considera importante el bienestar. Pero el relativo apiñamiento de pormenores que lo acreditan aumenta curiosamente la sensación de angostura que suscita el aposento. El techo se encuentra, sin embargo, tan alto que ni siquiera se divisa. De tono neutro, sin baldosas ni fisuras, parece el suelo de cemento pulimentado. El ángulo entre el lateral izquierdo y la pared del fondo no es visible: los pliegues de una larga cortina que se pierde en la altura forman un chaflán que lo oculta. En el lateral izquierdo, a media altura y cerca de la cortina, sobresale del muro una taquilla de hierro colado en él empotrada. Sin puertas ni cortinillas, su pobre aspecto contrasta con el de otros muebles. En sus dos anaqueles brillan finas cristalerías, vajillas, plateados cubiertos, claros manteles y servilletas allí depositados. Bajo la taquilla, el blanco esmalte de una puertecita cierra un pequeño frigorífico embutido en la pared. En el primer término de dicho lateral e incrustada asimismo en el muro, sobria percha de hierro, de cuyos pomos cuelgan seis saquitos o talegos diferentes entre sí. Arrimada al muro y bajo ellos, cama extensible que, plegada por su mitad, forma un mueble vertical. En la pared del fondo y junto a la cortina, la única puerta, estrecha y baja, de tablero ahora invisible por estar abierta hacia afuera y a la izquierda del marco. Hállase éste al fondo de un vano abocinado en el muro, cuyo gran espesor es evidente. Sobre la puerta, globo de luz y, más arriba, la rejilla redonda de un altavoz. Contiguo al vano y abarcando el resto del muro hasta su borde derecho, enorme ventanal de gran altura y de alféizar sólo un poco más bajo que el dintel de la puerta. Su marco se halla, asimismo, en un hueco ligeramente abocinado del muro. El ventanal no parece poder abrirse: dos simples largueros verticales sin fallebas sostienen los cristales. Bajo el ventanal y con la cabecera adosada al muro de la derecha, una cama sencilla y clara de línea moderna.

Alineados bajo ella, tres bultos recubiertos por arpilleras o mantas diversas, de utilidad desconocida por el momento. Sujeta la pared sobre la cabecera del lecho, pantallita cónica de metal. El resto del lateral derecho lo ocupa casi por completo una estantería de finas maderas, totalmente empotrada en el muro y quebrada por irregulares plúteos. En su parte baja, un televisor; en algún otro de sus tableros, varios botones.

En sus estantes lucen los bellos y lujosos tejuelos de numerosos libros y asoman artísticas figuritas de porcelana o cristal. Bajo la estantería y cercana al lecho, emerge del muro la tabla de una mesilla, al parecer también de hierro: una simple superficie sobre la que descansan libros, revistas y un teléfono blanco. En el primer término de la escena y hacia la derecha, mesa rectangular de clara madera y suave barniz, no muy grande. Sobre ella, periódicos y alguna revista ilustrada. A su al rededor, cinco acogedores silloncitos de luciente metal y brillante cuero. A la derecha del primer término, pendiente de una larga varilla que se pierde en lo alto, gran lámpara con su moderna pan talla de fantasía.

La puerta abierta da a lo que parece ser un corredor estrecho, limitado por una barandilla metálica que continúa hacia ambos lados y que causa la impresión de dar al vacío.

Tras el ventanal, lejana, la dilatada vista de un maravilloso paisaje: límpido cielo, majestuosas montañas, la fulgurante plata de un lago, re motos edificios que semejan extrañas catedrales, el dulce verdor de praderas y bosquecillos, las bellas notas claras de amenas edificaciones algo más cercanas. Tras la barandilla del corredor y en la lejanía, prolóngase el mismo panorama. Con su contradictoria mezcla de modernidad y estrechez, la habitación sugiere una instalación urgente y provisional al servicio de alguna actividad valiosa y en marcha. La risueña luz de la primavera inunda el paisaje; cernida e irisada claridad, un tanto irreal, en el aposento

(Suave música en el ambiente: la Pastoral de la Obertura de «Guillermo Tell», de Rossini, fragmento que, no obstante su brevedad, recomienza sin interrupción hasta que la acción lo corta. Acostado en el lecho, bajo limpias sábanas floreadas y rica colcha, un Hombre inmóvil, de cara a la pared. De su cuerpo sólo es visible la nuca y la revuelta cabellera. Con una flamante escoba, TOMÁS está barriendo basurillas que lleva hacia la puerta. Es un mozo de unos veinticinco años, de alegre semblante, que usa pantalón oscuro y camisa gris. Sobre el pecho, un pequeño rectángulo negro donde descuella, en blanco, la inscripción C-72. Calzado blando. La escoba se mueve flojamente; TOMÁS silba quedo algo de la música que oye y se detiene, acompañándola con un leve cabeceo.)

TOMÁS.— Rossini… (Se vuelve hacia el lecho.) ¿Te gusta? (No hay respuesta. TOMÁS da un par de escobazos.) Poco hemos hablado tu y yo desde que vinimos a la Fundación. Ni siquiera sé si te gusta la música. (Se detiene.) A los enfermos les distrae. Pero si te molesta… (No hay respuesta. Barre.) Es una melodía tan serena como el fresco de la madrugada, cuando asoma el sol. Da gusto oírla en un día tan luminoso como éste. (Ante el ventanal.) ¡Si vieras cómo brilla el campo! Los verdes, el lago… Parecen joyas. (Reanuda el barrido, saca la basura por la puerta y la deja fuera, a la derecha. Se asoma a la barandilla y contempla el paisaje. El sol baña su figura. Vuelve a entrar y, apartando levemente la cortina de la izquierda, deja detrás la escoba.) ¿Te gustaría ver el paisaje? El aire está tibio. Si quieres, te incorporo. ¿Eh? (Ninguna respuesta. Se acerca a la cama y baja la voz) ¿Te has dormido? (El enfermo no se mueve. TOMÁS va a alejarse de puntillas. Fatigada débil, se oye la voz del HOMBRE acostado.)

HOMBRE.— Habla cuanto quieras. Pero no me preguntes… Estoy cansado.

TOMÁS.— (Va a la mesa y toma una revista.) Claro, no te alimentas… (Ríe y se sienta.) Asel ha dicho que no te conviene tomar nada, y Asel es médico. (Deja la revista.) Pero tampoco te veo tomar líquidos, (Señala a la cortina.) ni ir al cuarto de aseo. (Se levanta y se le acerca.) ¿Te levantas mientras dormimos? (Se inclina hacia él.) ¿Eh?… (BERTA ha aparecido por la derecha del corredor y entra a tiempo de oír las últimas Palabras de TOMÁS, a quien contempla, sonriente. Es una muchacha de mirada dulce y profunda, de brillante melena leonada. El blanco pantaloncillo que viste deja ver sus exquisitas piernas; sobre la inmaculada camisa de abierto cuello, un rectángulo azul con la inscripción A-72. En las manos, un diminuto bulto blanquecino.)

BERTA.— No te va a responder. Se ha dormido.

TOMÁS.— (Se vuelve hacia ella.) ¡Berta! (Se acerca para abrazarla.)

BERTA.— (Lo elude, risueña.) ¡Cuidado! (Avanza.)

TOMÁS.— (Tras ella.) ¡No te escapes!

BERTA.— (Muestra sus manos.) Lo vas a aplastar.

TOMÁS.— ¿Un ratón blanco?

BERTA.— Del laboratorio. Nos hemos hecho amigos. (Se lo enseña.) Es muy dócil. Apenas se mueve.

TOMÁS.— Le habrán inoculado algo.

BERTA.— No. Aún no hemos empezado a trabajar. ¿Y vosotros?

TOMÁS.— (La abraza por la espalda.) Tampoco.

BERTA.— (Levanta sus manos.) Te está mirando. Te quiere.

TOMÁS.— ¡Deliras!

BERTA.— ¿No le ves la ternura?

TOMÁS.— ¿Dónde?

BERTA.— En esas gotitas de vino que tiene por ojos. Bésalo, (TOMÁS besa su cuello.) ¡A él!

TOMÁS.— No quiero.

BERTA.— Disimula, Tomasito. Es mi novio.

TOMÁS.— ¿Me traicionas con un ratón?

BERTA.— Le hablaba a él, no a ti.

TOMÁS.— (Se separa, inquieto.) ¿Le has puesto mi nombre? (BERTA asiente. TOMÁS va hacia la mesa, pensativo.)

BERTA.— (Al ratón.) Tomás, rabo largo, el señor se ha enfadado. Es un egoísta.

TOMÁS.— (Con media sonrisa.) Más bien celoso.

BERTA.— (Ríe.) ¡Te odia, Tomasín! Ponle ojos tiernos para que se quede contigo.

TOMÁS.— ¿Yo?

BERTA.— Hay que salvar a Tomás…

TOMÁS.— ¡Tomás soy yo!

BERTA.— A Tomás rabo largo. (Va hacia él.) ¿No te da lástima? Me gustaría rescatarle de lo que le espera. Podrías cuidarlo en algún rinconcito del cuarto de baño… Sería vuestra mascota. (Él deniega.) ¿No?

TOMÁS.— Devuélvelo a su jaula, Berta. Lo necesitan.

BERTA.— (Después de un momento.) Aborrezco a la Fundación.

TOMÁS.— Gracias a sus becas vas a ampliar tus estudios y yo a escribir mi novela… (Se acerca. BERTA acaricia al roedor, sin mirar a TOMÁS.) La Fundación es admirable, y lo sabes.

BERTA.— Sacrifica ratones.

TOMÁS.— Y perros, y monos… Héroes de la ciencia. Un martirio dulce: ellos ignoran que lo sufren y hasta el final se les trata bien. ¿Qué mejor destino? Si yo fuera un ratoncito lo aceptaría.

BERTA.— (Lo mira, enigmática.) No. (Breve pausa.) Tú eres un ratoncito, y no lo aceptas.

TOMÁS.— (Inmutado.) A veces no te entiendo.

BERTA.— Sí me entiendes.

TOMÁS.— (Pasea.) Pero ¿a qué vienen esos escrúpulos tardíos? ¡Es tu trabajo!

BERTA.— Quisiera salvar a mi amiguito.

TOMÁS.— ¡Todos los ratones son iguales!

BERTA.— Este se llama Tomás.

TOMÁS.— (La toma por la cintura.) Ponle otro nombre. (Ríe.) Llámale Tulio. Es el más antipático de mis compañeros.

BERTA.— No puedo, se llama como tú. (Se desprende y se encara con TOMÁS.) ¡Y lo salvaré! (TOMÁS la mira, perplejo.) Adiós. (Va hacia la puerta.)

TOMÁS.— (Leve angustia en su voz.) ¡Espera! (La retiene por un brazo.) Mis compañeros no tardarán en volver. Y quieren conocerte. (La conduce a un silloncito. Ella se sienta, acariciando al ratoncillo.) No acaban de creer que tú también hayas venido a la Fundación.

BERTA.— ¿Por qué no?

TOMÁS.— Dicen que es mucha casualidad. (Se sienta sobre la mesa, a su lado.) Están ciegos para las casualidades. (Extiende un dedo hacia el número de la camisa de ella.) Ayer les hablé de ésta. (Ella le sonríe.) ¿Os parece mentira que mi novia esté en la Fundación? —les dije—. Pues además le han dado el mismo número que a mí: el 72.

BERTA.— ¿Tampoco lo creyeron?

TOMÁS.— ¡Menos aún! Se echaron a reír… Excepto Asel. Es un tipo desconcertante.

BERTA.— (Sin mirarle.) ¿Lo conocías de antes?

TOMÁS.— No… No. ¿Por qué lo preguntas?

BERTA.— Por preguntar.

TOMÁS.— Él no se rió. Él dijo: eso, más que una casualidad, sería un prodigio. Ahora los conocerás, verán tu número y se convencerán de que todo lo que nos sucede a ti y a mí es prodigioso. ¿A que sí?

BERTA.— Sí. (Él se inclina y la besa largamente. Ella ríe.) Tomasito se me va a escapar. (Se levanta y sujeta al animal.) Quieto, rabo largo. No seas tú ahora el celoso. (Se lo enseña.) Mira, me está diciendo algo.

TOMÁS.— Yo nada oigo.

BERTA.— Es otro prodigio. (Se aproxima el ratón a una oreja.) Dice que se acerca la hora del almuerzo y que quiere comer. Deben de ser celos, pero tiene razón. No puedo esperar más.

TOMÁS.— (Se levanta.) ¡Un minuto! Pronto estarán de vuelta… (La toma por un brazo.) ¿Cómo has sabido que hoy no salía yo a pasear?

BERTA.— ¿No te toca el aseo de la habitación?

TOMÁS.— ¿Cómo lo sabes? Desde anteayer no hemos hablado.

BERTA.— (Lo mira hondamente.) Me lo habrás dicho tú.

TOMÁS.— (Intrigado.) No.

BERTA.— (Desvía la vista y eleva la cabeza.) Noto un olor desagradable…

TOMÁS.— (Desvía la vista.) Viene del cuarto de baño. La taza filtra mal. O quizá sea el depósito, que descarga sin fuerza… Ya he avisado al encargado de la planta. (Ríe.) Hasta una Fundación como ésta sufre deficiencias… Se han dado tanta prisa en construir y organizar que aún no hay servicio, ni comedores…

BERTA.— Y el apiñamiento.

TOMÁS.— Claro. Mientras terminan los nuevos pabellones. ¿Estáis vosotras mejor atendidas en los vuestros?

BERTA.— Lo mismo. Sin servicio aún. Y por eso me tengo que ir. Vámonos, rabo largo. (Inicia la marcha.)

TOMÁS.— (La detiene con timidez.) Ya no tardan nada… Y es gente interesante. Te agradarán. Incluso Tulio. Es un poquitín grosero y aborrece la música… Pero es un fotógrafo excepcional, que anda tras un descubrimiento óptico formidable. Un verdadero sabio, aunque algo desequilibrado. Y Max, otro sabio. Un matemático eminente. Pero éste, simpatiquísimo y servicial… Lino es ingeniero. Va a experimentar un nuevo sistema de pretensados… Habla poco y es buena persona.

BERTA.— Y Asel.

TOMÁS.— Asel. El mejor de todos.

BERTA.— (Por el hombre acostado.) ¿Y éste?

TOMÁS.— (Después de un momento.) No lo creerás, pero aún no sé a lo que se dedica. (Se acerca al lecho.) Como está enfermo no lo cansamos con preguntas.

BERTA.— ¿No estará oyendo?

TOMÁS.— Duerme profundamente. (La invita a acercarse. Ella lo hace. En voz baja.) Mira. Parece un campesino. Quizá sea un horticultor… Ensayará injertos, cultivos y todas esas cosas. (Breve pausa.)

BERTA.— Se me ha hecho tarde, amor. Ahora sí que me voy.

TOMÁS.— (La abraza. Se le vela la voz.) Vuelve esta noche.

BERTA.— (Asombrada.) ¿Aquí?

TOMÁS.— Son muy dormilones… y muy compresivos. Si nos refugiamos en el cuarto de baño no dirán nada.

BERTA.— (Al ratón.) Está loco, Tomasín.

TOMÁS.— Loco por ti. ¿Vendrás?

BERTA.— (Después de un momento.) Aborrezco a la Fundación.

TOMÁS.— (La besa.) Pero no a mí… Vuelve esta noche.

BERTA.— Basta… (Se desprende.) Basta. (Va hacia la puerta.)

TOMÁS.— ¿Vendrás?

BERTA.— (Desde la puerta muestra al ratón.) Tengo que proteger a mi otro novio… (Señala la cortina.) Y en el cuarto de baño huele mal.

TOMÁS.— ¡Nos vamos a otro sitio!

BERTA.— (Risita.) ¿A dónde? (Él no sabe que responder.) ¡Adiós! (Desaparece por la derecha del corredor. TOMÁS sale presuroso y alza la voz.)

TOMÁS.— ¡Yo sé que vendrás! (Llega de más lejos la argentina risa de BERTA. TOMÁS la ve alejarse. Luego contempla el paisaje y respira el aire perfumado. Penetra de nuevo en la estancia y sonríe hacia el HOMBRE enfermo.) ¡Cielos, qué mañana! Tan pura como la de Rossini. Duerme, duerme. (Cruza.) Amortiguaré un poco la música.

HOMBRE.— Estoy despierto.

TOMÁS.— (Se detiene, inmutado.) Perdona… Los dos creímos que dormías… Te habremos molestado.

HOMBRE.— He dormitado a ratos… (Con voz de sueño.) Ninguna molestia. (TOMÁS se acerca a la estantería, manipula en un botón y la música se amortigua.) Hay un olor desagradable.

TOMÁS.— (Se vuelve hacia él, turbado.) Del cuarto de aseo. Lo arreglarán pronto… ¿Prefieres así la música? (No hay respuesta. TOMÁS se encamina a la mesa sin hacer ruido y toma una revista. Cuando va a sentarse llegan por la izquierda del corredor cuatro hombres que miran hacia la derecha por un momento. En cuanto los ve, TOMÁS corre a la estantería y corta la música. Ellos entran. El primero en hacerlo es TULIO, magro cuarentón de rostro afilado y serio. Viste, como todos, camisa gris: en su rectángulo negro, la inscripción C-81. Pantalón oscuro, diferente al de los demás, asimismo distintos entre sí.) ¿Qué tal el paseo?

TULIO.— (Hosco.) Bien. (Los otros entran inmediatamente después: MAX, de unos treinta y cinco años, C-96 en su camisa, de agradable fisonomía, va a sentarse a la mesa y hojea la revista dejada por TOMÁS.)

MAX.— ¡Espléndido! Figúrate que hasta hemos jugado a pídola. ¡Y Tulio ha resultado un maestro! (TULIO lo mira, ceñudo.) En caerse, claro. Pero un maestro. (Ríe, y TOMÁS ríe con él. Entre tanto, LINO entra y va a sentarse al extremo derecho de la mesa. Muy vigoroso y de aire taciturno, aparenta unos treinta años. C-46 en su camisa.)

TULIO.— (Agrio.) Voy a beber agua. (Se acerca a la cortina. ASEL se ha aproximado, nada más entrar, a la cama y observa al HOMBRE acostado. Después se recuesta contra el pie del lecho y mira a TOMÁS. ASEL es el mayor de todos: unos cincuenta años, tal vez más. Cabello gris, expresión reflexiva. En su rectángulo, C-73.)

TOMÁS.— Son pullas sin malicia, Tulio. ¿Te sirvo una cerveza?

TULIO.— (Seco.) Prefiero agua.

TOMÁS.— ¿Sí? Pues yo no. (TULIO desaparece tras la cortina. MAX se barrena una sien ante TOMÁS, que sonríe.)

ASEL.— Y tú, Tomás, ¿qué tal lo has pasado?

TOMÁS.— Muy distraído. He oído a Rossini, he leído…

ASEL.— ¿Ninguna novedad?

TOMÁS.— Ninguna. ¿Cuándo empezamos los trabajos?

MAX.— Tú, cuando quieras. Un escritor no necesita despachos ni laboratorios. (TULIO reaparece secándose la boca con la manga.)

TOMÁS.— Y ya tomo mis notas. Pero también necesito aislamiento.

ASEL.— Así pues, mañana tranquila. ¿Ninguna visita?

TOMÁS.— (Sonríe.) Una. (Todos lo miran, tensos. Con un resuelto de disgusto, TULIO se acerca a uno de los saquitos colgados a la izquierda, entreabre su boca sin descolgarlo y saca un pañuelo, que se guarda. LINO se levanta, mira de reojo a TOMÁS y se acerca a la puerta, en cuya esquina se recuesta.)

ASEL.— (Entre tanto.) ¿Quién?

TOMÁS.— (Divertido.) ¿No lo adivinas?

ASEL.— (Se incorpora.) Calla. Alguien se acerca. (Se aproxima a la puerta. MAX se levanta y se sitúa a su lado. TULIO se vuelve hacia la puerta. Por la izquierda del corredor aparecen, sonrientes, el ENCARGADO y su joven AYUDANTE. Ambos visten impecable chaqueta negra, pantalón de corte y corbata de seda clara, al estilo de los regentes de hoteles. El ENCARGADO es un señor de edad mediana y porte distinguido. TOMÁS se acerca.)

TOMÁS.— ¡Buenos días, señor!

ENCARGADO.— (Acentúa su sonrisa.) Buenos días, caballeros. ¿Todo en orden?

TOMÁS.— Sí, señor. Tan sólo algunas pequeñeces sin importancia… ¿Cuándo abrirán los comedores?

ENCARGADO.— (Ríe suavemente.) Muy pronto. La Fundación les ruega que perdonen estas pasajeras deficiencias. Si me permite… (Entra y observa al HOMBRE acostado.) ¿Tampoco hoy se ha levantado?

ASEL.— Sigue débil. Pero no es grave.

ENCARGADO.— Muy bien. (Huele discretamente el aire sin decir nada. Su mirada recorre el aposento.) Celebro que los señores se encuentren a gusto. (Regresa a la puerta.)

TOMÁS.— Muchas gracias.

ENCARGADO.— (Desde el corredor dedica a todos una sutil sonrisa.) Siempre a la disposición de los señores. (Se va por la derecha. El AYUDANTE se inclina, muy risueño, y desaparece a su vez.)

TOMÁS.— Son amabilísimos. (Con un sardónico gruñido cruza TULIO, toma un libro pequeño y deteriorado de la mesilla de noche y se recuesta en ella para hojearlo. LINO se asoma al exterior. ASEL, torna a recostarse a los pies de la cama.)

LINO.— Ya no tardará la bazofia.

MAX.— (Mientras va a sentarse a la mesa.) Linda manera de llamar a nuestros festines.

TOMÁS.— Es un exquisito.

LINO.— Perdona, Tomás… Es mi modo de hablar.

TOMÁS.— ¿Yo? No tengo nada que perdonarte. ¿Quién quiere una cerveza? (Sin levantar la vista del libro, TULIO emite otro gruñido de sorna. TOMÁS lo mira. MAX le indica por señas que no haga caso.)

MAX.— Prefiero whisky. Yo mismo me lo serviré. (Sin dejar de leer, TULIO suelta la carcajada. ASEL lo reprende con un meneo de cabeza.) Y a éste, un calmante.

TOMÁS.— (Ríe.) Sí que le hace falta.

TULIO.— (Sin levantaría vista.) Me reía de algo… que pone aquí. (TOMÁS llega al frigorífico y lo abre. Destellos de botellas y envases. LINO modula, abstraído, una absurda y discordante melodía con la boca cerrada: improvisados tonos que suben a veces desagradablemente. TOMÁS, que pensaba lo que podría sacar, lo mira, incómodo.)

TOMÁS.— Si quieres pongo música. (LINO lo mira, enmudece y se encoge de hombros.) ¿Te apetece una cerveza? (LINO mira a ASEL, quien le hace un leve gesto de asentimiento.)

LINO.— Bueno.

ASEL.— (Mirando a TULIO.) Para mí otra. (TULIO lo mira con desdén. TOMÁS recoge de la taquilla un abridor, con el que destapa una botella de cerveza. MAX toma de la taquilla dos vasos altos y se los presenta. TOMÁS los llena. MAX se acerca a LINO y le tiende uno.)

MAX.— Toma.

LINO.— Gracias. (Pero no lo toma. TOMÁS está abriendo otra botella. Saca otro vaso de la taquilla y se sirve.)

MAX.— (A LINO.) Toma, hombre… (TOMÁS los mira.)

LINO.— (De mala gana.) Trae. (Toma el vaso. MAX se acerca a ASEL.)

ASEL.— ¿Quién nos ha visitado esta mañana, Tomás? No nos lo has dicho. (LINO, que iba a beber, interrumpe su ademán. TULIO cierra su libro y mira a TOMÁS. MAX se detiene.)

TOMÁS.— (Ríe.) Y no sé si decíroslo. (Va a beber, se detiene y brinda su vaso a TULIO.) Perdona, Tulio. ¿Te apetece? (TULIO lo mira, colérico.)

MAX.— ¿Le pongo estricnina para que te sepa mejor? (TOMÁS y él ríen. Tulio deja el libro sobre la mesilla con un golpe airado.)

TOMÁS.— Bueno, hombre. No te sulfures. (Y bebe.)

MAX.— Tu cerveza, Asel. (Le tiende el vaso.)

ASEL.— (Lo toma.) Gracias. (LINO cruza hacia la mesa con los ojos bajos, deja blandamente el vaso que no ha bebido, se sienta en un sillón y tamborilea sobre la tabla.)

TOMÁS.— ¿Y tu whisky, Max? (MAX va a la taquilla, de la que saca un vaso con unos dedos de whisky ya servidos.)

MAX.— Aquí está. ¿Me pones el hielo? (Sorprendido, TOMÁS lo mira y saca del frigorífico un recipiente de metal.)

TOMÁS.— ¿Cuándo te lo has servido?

MAX.— (Con una rápida ojeada a los demás.) Hace un minuto. ¿No lo has visto?

TOMÁS.— No… (Saca un par de cubitos de hielo con unas pinzas y se los echa en el vaso. MAX agita su bebida. Tomás guarda todo y cierra el frigorífico.)

ASEL.— (Suave.) Tomás, dinos quién vino. (LINO deja de tamborilear y aguarda la respuesta. TULIO se cruza de brazos y mira a TOMÁS. Sin perderlo de vista, MAX bebe.)

TOMÁS.— Pues… esa deliciosa personita cuya presencia en la Fundación os obstináis en negar. (Todos se miran.)

ASEL.— ¿Tu novia?

TOMÁS.— (Jactancioso.) ¡Y con el 72 en su blusa! ¡Por muy poco no te das de narices con el prodigio, Asel! No hace ni cinco minutos que se ha marchado. (TULIO se sienta en un sillón y resopla con gesto adusto.) ¡No me creen, Max! Piensan que me gusta inventar. (Pasea y bebe.) Que se lo pregunten al enfermo. Estaba despierto cuando ella vino.

TULIO.— (Iracundo.) ¡Cállate!

ASEL.— (Se incorpora.) ¡Tulio!

TULIO.— No lo aguanto. (Se levanta y va a mirar al exterior desde la puerta.)

ASEL.— ¿Qué es lo que no aguantas? En realidad, todos creemos a Tomás menos tú. (TULIO le mira, irritado.) Procura serenarte. Llevas algún tiempo… demasiado nervioso.

MAX.— Asel tiene razón. Te ayudaremos todos.

TULIO.— (Seco.) ¿A qué?

TOMÁS.— (De nuevo afable, sonríe a TULIO.) Te ayudaremos si lo necesitas, Tulio. Yo también, porque me considero tu amigo. (Se acerca.) Si te desagrada que hable tanto de Berta…

MAX.— Es muy natural. Es tu novia.

TOMÁS.— Si a Tulio le molesta, no volveré a hablaros de ella.

TULIO.— Habla de lo que te dé la gana.

TOMÁS.— (Reflexiona.) Estamos algo aislados aquí… Ésa puede ser la causa.

ASEL.— ¿La causa de qué?

TOMÁS.— Asel, tú recibes noticias de tu mujer y de tus hijos. Ayer tuviste carta.

ASEL.— Así es.

TOMÁS.— A Max lo visita su madre y a Lino también le llegan cartas de sus padres… ¿Estás casado, Tulio? (Silencio.)

ASEL.— No tiene a nadie.

TOMÁS.— Te ruego que me perdones. Le diré a Berta…

TULIO.— (Pasea, exaltado.) ¿Que no venga por acá? ¡Gracias, hombre! ¡Ojalá vinieran muchas personas, ojalá viniese el mundo entero! (A los demás.) ¡Lo que me crispa no es lo que Tomás supone, y vosotros lo sabéis de sobra!

ASEL.— No grites, Tulio.

TULIO.— ¿Ni siquiera se va a poder gritar?

TOMÁS.— ¿De qué hablas? (LINO tamborilea de nuevo sobre la mesa.)

ASEL.— ¡Por favor, no perdamos la calma! Tomás, ruégale a Berta, en nombre de todos, que nos visite lo antes que pueda.

TULIO.— ¡Asel, esto es un error!

ASEL.— (Lento.) ¿Qué dices?…

MAX.— (Sonriente.) No es un error y debes ofrecerle a Tomás tus excusas.

TOMÁS.— No es necesario.

MAX.— Sí lo es. A ti y a todos. (Ríe.) ¿Por qué no nos haces una de tus fotos maravillosas? Los buenos amigos de la Fundación a la hora del aperitivo. ¿Qué te parece?

TULIO.— (A media voz.) Que estáis todos chiflados.

MAX.— Si me dejas la máquina os retrato yo, contigo en medio. A condición de que mires al pajarito y sonrías. ¡Será una sonrisa histórica! (Menos TULIO, ríen todos: hasta el ensimismado LINO ríe a su pesar.)

TULIO.— (Con aviesa sonrisa.) Conforme. A condición de que Berta se ponga a mi lado para la foto. (TOMÁS lo mira, molesto.)

ASEL.— Eso es una grosería, Tulio. (TULIO se encoge de hombros. El timbre del teléfono comienza a sonar suavemente. Nadie lo acusa.)

TOMÁS.— (Frío.) También retratarás a Berta, si quieres hacernos ese favor. Pero no ahora, puesto que no está aquí.

TULIO.— Eso. No está aquí. (Enfadado, TOMÁS da un paso hacia él. Se contiene y recobra la sonrisa.)

TOMÁS.— ¡Tulio, te dejo por imposible! (Apura su cerveza.) ¿Nadie toma el teléfono? (Todos se miran.) Hace rato que suena. Puede ser tu mujer, Asel. O quizá tu madre, Max…

MAX.— Yo lo tomaré.

TULIO.— (Entre dientes.) ¡Y lo tomará! (MAX descuelga. Menos LINO, todos le miran.)

MAX.— Diga… No, no soy Tomás… (Le guiña un ojo a TOMÁS, que sonríe.) Es que nos confunden las voces. Yo soy Max… ¡Qué amable! También todos nosotros deseamos conocerla… (Con cara de vinagre, TULIO cruza bajo la triunfal mirada de Tomás y desaparece tras la cortina.) Bueno, casi todos… (TOMÁS está a su lado, nervioso.) Mil gracias. Le paso el teléfono a Tomás, que se está mordiendo las uñas…

TOMÁS.— No digas tonterías. (ASEL va a la mesa y se sienta, atento.)

MAX.— (Ríe.) ¡Ya se ha comido un meñique! ¡Tenga cuidado con él! ¡Es capaz de devorarla por teléfono!

TOMÁS.— ¡Trae, ganso! (Le arrebata el teléfono. MAX se acerca a la cortina y, como si viese a TULIO a su través, señala a TOMÁS con el gesto de preguntar: «¿Qué dices ahora?» Después va hacia la cama, observa un instante al enfermo y se reclina en la madera de los pies.) ¡Berta, qué pronto has llegado!… ¿En tu coche? Creí que habías venido dando un paseo… (Tapa el micrófono.) Tiene un utilitario, pero le he prometido algo mejor para cuando nos casemos. (Destapa.) ¿Desde que no nos vemos? ¡Ah, yo sigo viéndote!… ¡Ya lo creo!… (Se vuelve hacia la ventana.) Desde aquí te veo en tu pabellón… (Ahoga la risa.) Es que tengo ojo telescópico. Una enfermedad muy rara… Oye, ¿sigue vivo Tomás?

ASEL.— ¿Tomás?

TOMÁS.— (Tapa el micrófono.) Un ratón del laboratorio. Le ha puesto mi nombre la muy descarada. (Destapa.) ¡Dile que nos veremos las caras! ¡Lo suspenderé por el rabo en el aire, que es lo que más rabia les da!… ¡Al contrario! Tu llamada ha sido oportunísima. Quienes negaban tu existencia han tenido que morder el polvo. Esta noche te ofrecerán sus disculpas… ¡No, no! ¡No quiero ni oírlo! Esta noche vienes… ¡Para que mis amigos vean lo guapa que eres, mujer! (El escándalo de un depósito que se descarga tras la cortina le interrumpe.) No, ahora no te oigo bien… (Disgustado por el ruido que no cesa, se tapa el oído libre, al tiempo que reaparece TULIO terminando de abrocharse el pantalón.) ¡Oye!… ¡Que vengas esta noche!… (Cuelga, molesto.) Ha colgado. O han cortado, no sé… Espero que vendrá. Esta noche o mañana lo más tarde.

TULIO.— O pasado mañana.

TOMÁS.— (Seco.) Gracias por la buena intención. De todos modos ya no puedes negar que ella está aquí.

TULIO.— (Cruza para sentarse a la mesa.) Yo no me he puesto al teléfono.

TOMÁS.— (Se acerca, amostazado.) ¡Pero Max sí! ¡Y ha hablado con ella! ¡Y si no fuera por ese condenado ruido que has hecho, no sé si aposta!… (TULIO lo mira de través.) Porque se te podía haber ocurrido aliviarte en otro momento, digo yo…

ASEL.— ¿Otra. vez? Yo os ruego a los dos…

TULIO.— Descuida. Me callo.

TOMÁS.— También yo. (Pasea. LINO reanuda sus modulaciones. TOMÁS se detiene ante el ventanal y contempla la campiña.)

LINO.— ¿Cuánto faltará para la comida?

ASEL.— Unos diez minutos. (Saca una corta pipa, vieja y requemada, que chupetea con avidez.)

LINO.— ¿Tanto?

MAX.— No. Ni cinco minutos. (Pausa.)

LINO.— (A ASEL, en voz baja, señalando al enfermo.) ¿Te corresponde hoy la ración de ése? (TOMÁS se vuelve despacio, escuchándolos con vaga inquietud.)

ASEL.— (Suspira.) Pues… sí. Lo siento. (TOMÁS va a hablar, pero se contiene al oír a LINO. MAX hojea una revista.)

LINO.— Si, al menos, pudiésemos fumarnos el pitillo de la espera… (ASEL se saca la pipa de la boca y la huele con delectación. TULIO saca su pañuelo y se lo pasa por los labios.) ¿No te quedará a ti ninguno, Max? (MAX deniega.)

ASEL.— Paciencia. Es otro de los lunares de esta admirable Fundación. Creo que hasta dentro de dos días no abren el economato.

TOMÁS.— (Avanza un paso, contento.) ¡Pero eso os lo resuelvo yo ahora mismo!

LINO.— (Con ilusión.) ¿Te quedan cigarrillos?

TOMÁS.— ¡Claro que sí! Yo apenas fumo. (Se dirige a los talegos de la izquierda.) ¡Y bebe tu cerveza, hombre! ¡Ni la has probado! (LINO recoge su vaso y bebe un sorbo sin quitarle ojo a TOMÁS. TULIO se engolfa en su libro, ceñudo. MAX sorbe otro poquito de su whisky. ASEL observa a TOMÁS, que extrae de uno de los saquitos una cajetilla de tabaco y la muestra a todos. No obstante, algo le defrauda a LINO, pues baja la cabeza.) ¡A fumar! (TOMÁS abre la cajetilla y ofrece.)

ASEL.— Toma tu cigarrillo, Lino. (LINO saca un cigarrillo de la cajetilla con torpes dedos y se queda con él en la mano.)

TOMÁS.— (A ASEL.) ¿Tú no quieres?

ASEL.— (Se lleva a la boca la pipa.) Ya sabes que estoy intentando abandonar el vicio.

MAX.— Yo Soy un vicioso repugnante. Dame. (Toma el cigarrillo y saca de su bolsillo una caja de cerillas.)

TOMÁS.— (Tímido.) Tulio… (TULIO deniega con un dedo, sin levantar la cabeza.) Pero tú fumas… (TULIO niega con la cabeza, enfurruñado. TOMÁS mira a todos y esboza un consternado ademán.)

ASEL.— (Suave.) También le has rechazado la cerveza… No lo desaires por segunda vez. Él te estima.

TULIO.— (Golpea la mesa con el puño.) ¡Basta de sermones! (Con gesto de impotencia, vuelve a golpear repetidas veces.) Está bien. ¡Presento mis excusas! (Rojo de ira.) ¡Y le probaré que yo también le estimo! ¡Os lo probaré a todos!

TOMÁS.— Pero, Tulio, no lo digas tan enfadado. Yo te agradezco tu buen deseo sin necesidad de esas explicaciones.

TULIO.— (A todos, más calmado.) Perdonadme, tengo el genio vivo. (TOMÁS le ofrece la cajetilla.) Fumar, no. He dicho que no quiero y no quiero. (Se levanta y cruza. Se vuelve hacia TOMÁS.) Gracias. (Se aposta ante la puerta y mira al exterior. MAX enciende su cigarrillo y ofrece lumbre a LINO, que vacila. MAX insiste; LINO se pone el cigarrillo en la boca y lo enciende. Pero, tras dos o tres chupadas, lo deja consumirse sobre un cenicero. TOMÁS saca un cigarrillo y se guarda la cajetilla.)

TOMÁS.— ¿Me das fuego? (MAX le prende el cigarrillo.) Gracias. ¿Enciendo la televisión?

MAX.— Viene muy sosa a estas horas.

TOMÁS.— Con estas niñerías ni me he acordado de poner la mesa, y el almuerzo debe de estar al llegar. Lo hago en un vuelo.

MAX.— ¡Y como nadie! Si te falla la literatura, ya sabes: camarero de gran hotel. Ganan más que los novelistas…

TOMÁS.— (Ríe.) Lo pensaré. (Ha ido a la mesa y recoge todos los periódicos y revistas, que deja sobre la mesilla. TULIO se vuelve y lo mira con tristes ojos.)

TULIO.— (Humilde.) ¿Te ayudo?

ASEL.— ¡Bravo, Tulio! (TULIO dibuja una sonrisa avergonzada.)

TOMÁS.— (Conmovido.) Si quieres, con mucho gusto. Te lo agradezco de veras. Retira tú los vasos, por favor. ¿Acabasteis todos?

MAX.— (Se apresura a apurar su vaso y lo suelta.) Listo. (TULIO se acerca a la mesa, indeciso. TOMÁS recoge el cenicero, donde el cigarrillo de LINO aún lanza su columna de humo.)

TOMÁS.— ¿No te gusta este tabaco, Lino? (Apaga la colilla.)

LINO.— ¿Eh? Sí. Cualquier tabaco me gusta.

TOMÁS.— (Va la mesilla para dejar el cenicero.) Se te ha consumido entero…

LINO.— (Desconcertado, mira a los demás.) Estaba distraído.

TOMÁS.— Pídeme otro cuando quieras. (Nada más dejar el cenicero se detiene, asombrado por la increíble actuación de TULIO, quien, después de mimar los ademanes de apiñar y recoger vasos, pero sin rozar siquiera los que se ven sobre la mesa, se encamina con esa carga imaginaria hacia la taquilla. Los demás no parecen hallar nada anómalo en su proceder; MAX se levanta, apurando su colilla para dejarla en el cenicero, y después se acerca al HOMBRE acostado para observarlo discretamente. De nuevo abstraído, LINO tamborilea sobre la mesa con ambas manos. Sonriente y saboreando su pipa vacía, ASEL mira a TULIO. TOMÁS reprime su despecho.) No debiste ofrecerme ayuda para reírte de mí. (Todos lo miran, sorprendidos. TULIO se detiene y se vuelve, inquieto. Muy atento, ASEL avanza hacia ellos.)

TULIO.— ¿Me hablas a mí?

TOMÁS.— Glacial.) ¿A quién, si no? (Va a la mesa.)

TULIO.— ¿Y por qué… me dices eso?

TOMÁS.— ¿Qué estás haciendo?

TULIO.— (Turbado.) Llevar los vasos… a la alacena.

TOMÁS.— ¿Qué vasos?

TULIO.— (Apenas se atreve a levantar sus manos.) Éstos.

TOMÁS.— No sé qué pensar de ti. (Reúne los vasos, que tintinean.)

TULIO.— Pero… si yo…

MAX.— (Rápido.) ¡Ha sido una broma, Tomás!

TOMÁS.— ¡De muy mal gusto! (Cruza con los vasos hacia la taquilla.) Me parece… ¡Vamos! ¡Me parece que mis deseos de conciliación no han podido ser más claros!

ASEL.— Sin duda, pero cálmate…

TOMÁS.— (Saca de la taquilla un mantel estampado.) ¡Me ha ofrecido ayuda para burlarse!

TULIO.— ¡No!

TOMÁS.— (Mientras va a la mesa y pone el mantel.) ¡No le soportaré ni una burla más! Pediré al Encargado que lo trasladen de habitación.

MAX.— (Le ayuda a extender el mantel.) ¿No lo entiendes? Hay que disculpárselo…

TULIO.— (A ASEL.) ¡Yo quería complacerle!

TOMÁS.— ¡Y todavía insiste! (Mientras va a la taquilla para tomar servilletas.) ¡No quiero oírle ni una palabra más! Este incidente ha terminado. (Con una colérica mirada a TULIO.) Para siempre.

ASEL.— No, Tomás…

TOMÁS.— ¿Lo vas a disculpar?

MAX.— Trae. (Le recoge las servilletas y las va colocando.)

LINO.— No ha sido una burla, Tomás. (Tomás va a buscar cubiertos.)

TULIO.— (Con un gruñido sarcástico señala a MAX.) ¡Vaya! Resulta que yo soy el único que no sabe ayudar.

MAX.— (A TOMÁS.) Yo pondré las copas. (Va a la taquilla y saca copas, que lleva a la mesa.)

TULIO.— (Con despecho.) ¡Las copas!

ASEL.— (Se acerca a TOMÁS.) Tienes que comprenderlo. Él no sabía lo que hacía.

MAX.— Yo traigo el vino. (Va a la taquilla.)

TULIO.— ¡Asel, si lo explicas así, prefiero explicarlo yo!

ASEL.— No seas picajoso. (A TOMÁS.) Y tú, ven aquí. (MAX lleva a la mesa una botella de vino. TOMÁS deja sobre la mesa su carga de cubiertos)

TOMÁS.— Tengo que poner la mesa. (Va a la taquilla y toma los platos.)

ASEL.— (Le sigue.) Escúchame, por favor. (Lo toma de un brazo.)

TOMÁS.— Déjame.

ASEL.— (Lo retiene y le lleva al primer término.) Ven.

TULIO.— (Se acerca.) ¡Te digo que así no! ¡Ya estoy harto!

ASEL.— (Tajante.) ¡Cállate! (Breve pausa.)

TULIO.— (Respira con fuerza.) ¡Como quieras! Seguiré teniendo paciencia. (Y se aparta hacia la mesa, en cuyo extremo derecho se sienta, cruzándose de brazos.)

ASEL.— (A media voz.) Tomás, tú sabes que Tulio…

TOMÁS.— Yo no sé nada.

ASEL.— Tú sabes que él… es muy raro. (Breve pausa.) Ten tú también paciencia. Y comprensión.

TOMÁS.— ¡Está bien, está bien! Como quieras. (Va a la mesa, pone bruscamente los platos, vuelve a buscar más y los lleva. MAX le ayuda a colocarlos.) Gracias. (TULIO no soporta la visión de esa ayuda ni la brusquedad con que TOMÁS le ha puesto delante un plato y se levanta para apoyarse en la mesilla, que golpea con sus manos, de cara a la librería.)

MAX.— (Procura distender la situación.) ¿Qué coche piensas comprar cuando te cases, Tomás? (ASEL se sienta.)

TOMÁS.— No sé… Aconséjame tú. (A LINO.) O tú, ingeniero. De eso sabrás bastante… ¿Cuál me recomiendas?

LINO.— No sé qué decirte. Yo soy ingeniero.

TOMÁS.— ¡Pues por eso! ¿De qué marca es el tuyo?

LINO.— (Ríe levemente.) De… la mejor.

TOMÁS.— (Coloca el último plato y ríe.) ¡No lo dudo! ¿Otro cigarrillo?

LINO.— (Va a asentir, se arrepiente.) No, gracias. (Tamborilea.)

TOMÁS.— (Mira la mesa y se frota las manos.) Ya está todo. (Se acerca a la cama y mira por el ventanal.) ¡Qué mañana más luminosa! (A sus espaldas, se miran todos.)

LINO.— ¡Y qué larga! Cinco horas ya, desde el desayuno.

TOMÁS.— (Se vuelve a medias.) ¿Te saco unos taquitos de jamón o de queso?

LINO.— Aguantaré. Ya queda poco. (De bruces sobre la mesa, reclina la cabeza en los brazos. Con la boca cerrada reanuda sus curiosas modulaciones.)

TULIO.— ¡Maldita sea, huele cada vez peor!

TOMÁS.— (A ASEL.) ¡Ah!… Eso también está resuelto. (Todos lo miran.)

MAX.— ¿Resuelto?

TOMÁS.— (Se adelanta, risueño.) He avisado esta mañana. (LINO juguetea con el plato que tiene delante. TULIO aprieta los puños.)

ASEL.— (Se levanta despacio.) ¿A quién?

TOMÁS.— Al Encargado. Pasó a primera hora. (LINO se levanta y, sin abandonar su plato, va a la puerta y atisba. Después se vuelve para escuchar, dando nerviosos giros al plato.)

ASEL.— (Entretanto.) Has dicho que sólo hubo una visita.

TOMÁS.— La de Berta. Pero el Encargado vino mucho antes. Nada más salir vosotros.

MAX.— ¿No te confundes con otro día?

TOMÁS.— ¿Cómo me voy a confundir? Notó el olor, entró y le expliqué lo que pasaba. Ha prometido llamar en seguida al fontanero. (TULIO se vuelve de espaldas y se apoya de nuevo en la mesilla.) ¿Contentos?

ASEL.— Por supuesto. ¿Habló de alguna otra cosa? (Sin volverse TULIO se envara.)

TOMÁS.— Sus gentilezas de siempre. Que si estábamos satisfechos… Todo eso.

ASEL.— (Risueño.) Algo más comentarías con él, novelista. A ti te gusta charlar.

TOMÁS.— (Ríe.) Le hablé de Berta, de lo simpáticos que sois todos… (Mira a TULIO.) Todos. Él también es muy cortés y agradable. Estoy seguro de que cumplirá su promesa.

ASEL.— (Después de un momento.) ¿Habló también con el enfermo?

TOMÁS.— Me parece… que no. Dormía como ahora.

HOMBRE.— (Sin moverse) No duermo. Os estoy escuchando.

TOMÁS.— (Lo mira. A ASEL.) Bueno, entonces sí dormía. (Todos le miran extrañamente.) ¿A qué vienen esas caras? ¿Qué creéis ahora? Preguntádselo cuando venga con el almuerzo.

ASEL.— No es necesario, Tomás.

MAX.— Nadie duda de tu palabra.

TOMÁS.— (Pasea.) Hoy sí que tardan… También yo empiezo a sentir apetito. (Se enfrenta con LINO.) Son estos aires, no cabe duda. Cuando nos vayamos de aquí todos habremos engordado. (Ríe.) Y a ti te vendrá bien… Eres fuerte, pero estás algo flaco. (Entretanto, ASEL se acerca a TULIO y, a hurtadillas de TOMÁS, le dice algo con gesto afable y menea la cabeza con resignación. TULIO asiente.)

ASEL.— Tampoco a ti te sobran kilos, Tomás.

TOMÁS.— (Se vuelve hacia él.) ¡Ni falta que me hacen!

ASEL.— Ven aquí, por favor. (Se adelanta. TOMÁS se acerca.) Estás pálido.

TOMÁS.— Siempre fui pálido.

ASEL.— (Le mira la mucosa de un párpado.) Sigues completamente anémico.

TOMÁS.— ¡No es posible!

ASEL.— (sonríe.) ¿Soy o no soy médico?

TOMÁS.— Lo eres, pero…

ASEL.— Debes sobrealimentarte, ya te lo dije. Hagamos una cosa. Aparte de todas las incursiones que quieras en el frigorífico, hoy te comes la ración del enfermo.

LINO.— (Molesto.) ¿Por qué?

ASEL.— Si hoy me corresponde a mí, puedo cederla a quien se me antoje, ¿no?

TULIO.— A quien la necesite, y tú la necesitas, Asel.

ASEL.— No. Yo se la cedo a Tomás.

TOMÁS.— Ya lo has hecho otras veces… ¡Y yo puedo comer cuanto me venga en gana! ¡Y todos!

ASEL.— El apetito es mayor. (Lo mira fijamente.) Tú lo has dicho, son los aires… Confiesa que estás deseando hartarte un día. Y que ningún día lo consigues.

TOMÁS.— Es verdad. Y no lo comprendo.

ASEL.— Hoy te saciarás.

TOMÁS.— Asel, yo no debo aceptarlo.

ASEL.— No se hable más. (Le pone una mano en el hombro.) ¡Prescripción facultativa!

TOMÁS.— (Baja la cabeza.) Gracias. (Silencio.)

TULIO.— Asel, si no digo algo, reviento.

ASEL.— Si no es un disparate… (Se sienta y juguetea con su pipa.)

TULIO.— Eres el hombre más admirable que he conocido.

ASEL.— (Risueño.) Es un disparate. (Breve pausa.) También tú le diste ayer a Tomás algo de tu comida…

TULIO.— (Rezonga.) Porque me lo rogaste tú.

ASEL.— Tonterías. Lo hiciste de buena gana.

TULIO.— Que te crees tú eso. (Silencio.)

HOMBRE.— Yo también tengo hambre. ¿Por qué me tenéis a dieta? (Nadie acusa estas palabras. TOMÁS, muy perplejo, lanza una mirada al enfermo.)

TOMÁS.— También yo voy a reventar si no digo algo, Asel.

ASEL.— Pues dilo.

TOMÁS.— Como médico… no te entiendo.

ASEL.— Porque no eres médico.

TOMÁS.— ¿No debería tomar algo el enfermo? (Se miran, a hurtadillas de TOMÁS.)

ASEL.— Dieta absoluta.

HOMBRE.— ¿Por qué?

TOMÁS.— ¿Por qué?

ASEL.— Sería largo de explicar…

TOMÁS.— Ni siquiera bebe.

ASEL.— Sí bebe. Cada noche le doy el líquido que necesita.

TOMÁS.— (Se acerca a él, turbado.) Y durante el día… ¿nada?

ASEL.— Nada.

TOMÁS.— Se morirá de sed.

ASEL.— No.

TOMÁS.— (Tímido.) ¿Le vas a reconocer hoy?

ASEL.— No hace falta. Se halla en una etapa estacionaria.

TOMÁS.— (Caviloso.) Supongo que sabes lo que haces.

ASEL.— No lo dudes.

TOMÁS.— Pero dime, Asel… (Le oprime un hombro.) Si nos sobran alimentos, ¿por qué recogemos todos los días su ración y nos la tomamos por turno? (ASEL titubea.)

MAX.— ¿Y por qué no?

LINO.— Tú has admitido que tenías hambre.

TOMÁS.— (Pasea.) Sí. Todos la tenemos. ¡Y no me lo explico!

MAX.— (Risita.) Los aires. (Silencio. TOMÁS los mira uno a uno y recibe las inocentes miradas de todos. Después se acerca a la cama y se inclina sobre el HOMBRE acostado.)

TOMÁS.— ¿Te encuentras bien? ¿Quieres algo? (No hay respuesta. TOMÁS se incorpora y se vuelve hacia ASEL.) No le irá a pasar nada… ¿Verdad, Asel?

ASEL.— No.

TOMÁS.— (Da unos pasos vacilantes. Se vuelve a mirar al paisaje.) Es hermoso vivir aquí. Siempre habíamos soñado con un mundo como el que al fin tenemos. (Silencio.)

MAX.— No le vuelvas a hablar del retrete al Encargado. Podría molestarse.

TULIO.— (Seco.) Es seguro que el Encargado no lo va a olvidar.

TOMÁS.— Descuidad. (Va a la estantería.) ¿Un poco de música?

ASEL.— Como quieras. (TOMÁS va a oprimir el botón.)

MAX.— Espera. Creo que ya está aquí el almuerzo. (Va hacia la puerta con un plato en la mano.)

LINO.— Sí. Ya lo traen. (TULIO toma un plato y cruza a su vez, Poniéndose enfila detrás de LINO y MAX. TOMÁS se acerca a la mesa.)

ASEL.— (Cachazudo, se guarda su pipa, toma un plato y se levanta.) Recoge tú el del enfermo.

TOMÁS.— Eso iba a hacer. (Toma dos platos y se dirige a la puerta. ASEL se coloca detrás de TULIO. Conducido por dos camareros correctamente vestidos de frac, llega por la izquierda del corredor un niquelado carrito de dos tablas, colmada la superior de fuentes con exquisitas viandas y la inferior de suculentos postres. Entre el carrito y la barandilla aparece, muy sonriente, el ENCARGADO.)

ENCARGADO.— Buenos días, señores.

TODOS.— Buenos días. (El PRIMER CAMARERO le tiende a LINO un cestito repleto de dorados panecillos, que LINO se apresura a trasladar a MAX y éste a TULIO, quien lo pasa a ASEL, el cual se aparta un instante de la fila y lo deja sobre la mesa.)

ENCARGADO.— (Entretanto.) La carta de hoy es excelente y variada. (Los CAMAREROS les sonríen.) Tienen donde elegir. (A TOMÁS, que se acerca con los dos platos.) ¿Son para el enfermo?

TOMÁS.— Sí. ¿Qué me aconseja usted? (Risita del PRIMER CAMARERO.)

ENCARGADO.— ¿Puede comer de todo?

TOMÁS.— De todo.

ENCARGADO.— (Tenue risita.) Entonces me permito recomendarle estos riquísimos entremeses, una terrina de foie-gras y solomillo con champiñones. (Los CAMAREROS ahogan regocijadas risitas. TOMÁS tiende un plato y uno de ellos se lo va llenando.) Y, de postre…, le recomiendo la tarta de manzana. Está exquisita.

TOMÁS.— Perfecto. Yo tomaré lo mismo.