La guardiana del ámbar

Freda Lightfoot · Capítulo 1 de 36

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La guardiana del ámbar

Prólogo

 

1919

Mis botas de nieve estaban tan desgastadas que tenía la sensación de caminar descalza sobre el hielo que cubría el duro sendero de montaña y tenía las plantas de los pies entumecidas por el frío. El aliento se me congelaba formando cristales en las partes de mi nariz y mis mejillas que quedaban al descubierto a pesar de la bufanda y el gorro de piel. Hacía mucho que había perdido a mi pequeño poni, pues el pobre animal había dado media vuelta y había salido corriendo aterrorizado en dirección a la casa cuando empezaron los disparos, aunque no estoy segura de que lo lograra.

Mi casa, si se podía llamar así al lugar en el que había habitado tantos años, ya no existía. No era más que el cascarón de su antigua gloria. Recordaba cómo me oprimía la oscuridad de la noche casi como si estuviera de nuevo entre las paredes de aquella cárcel. Había cerrado mi mente a los horrores que había dejado atrás, en un intento por desterrar los miedos engendrados por todos los seres queridos que habían desaparecido de mi vida. En lugar de eso, intentaba fijar la mirada en los talones de mi guía, que caminaba fatigosamente delante de mí, porque sabía que, si quería sobrevivir, debía permanecer concentrada. Era mi última oportunidad de salir de Rusia.

Estuvimos caminando durante días, enfrentándonos al hielo, la nieve y las ventiscas, alimentándonos a base de pedazos de pan rancio no demasiado limpio y sin nada con lo que humedecer el paladar excepto los carámbanos que chupábamos. Cuando al fin llegamos a una cueva, se me doblaron las rodillas y caí al suelo, llena de gratitud. Recuerdo que sentí un gran alivio al saber que podría descansar un rato, y daba gracias por estar protegida de aquel viento cortante. Las dos noches anteriores, ¿o habían sido tres?, habíamos dormido al aire libre, sin siquiera atrevernos a encender fuego por si lo veían los bolcheviques y venían a buscarnos. Me acurruqué agradecida en un rincón, me froté las manos y los pies para evitar que se congelasen, me subí el cuello del abrigo, coloqué la bolsa junto a mí y me dije con firmeza que no debía quedarme dormida. Tenía miedo de no volver a despertar, tan feroz era el frío.

Pero a pesar de mis esfuerzos, debí de quedarme dormida al instante por puro agotamiento, ya que no recuerdo nada más hasta el momento en que me despertaron un rayo de luz diurna que se filtró en la cueva al amanecer y un sonido extraño. Me incorporé de repente y miré a mi alrededor en busca del guía. No estaba allí. El hombre al que había pagado una suma desorbitada, hasta el último kopek que poseía, me había abandonado. Estaba sola. Pero cuando el ruido de los cascos de los caballos sobre las rocas penetró en mi aturdido cerebro, comprendí que estaba a punto de tener compañía poco grata.