La guerra de los pobres
Historia de Thomas Müntzer
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A su padre lo habían ahorcado. Había caído al vacío como un saco de grano. Tuvieron que cargarlo a hombros por la noche, y después enmudeció, la boca llena de tierra. Entonces todo ardió. Los robles, los prados, los ríos, los galios de los taludes, la tierra pobre, la iglesia, todo. Él tenía once años.
A los quince años de edad, había fundado una liga secreta contra el arzobispo de Magdeburgo y la Iglesia de Roma. Leía las Epístolas de san Clemente, el Martirio de Policarpo, los Fragmentos de Papías. Él y algunos camaradas cantaban las maravillas de Dios, atravesaban el Jordán en batín y, trazando con tiza en el suelo el círculo cósmico, signo de unión, se tumbaban dentro por turnos, y estiraban los brazos en cruz para que descendiese el Cielo en la Tierra. Y entonces él se acordaba del cadáver de su padre, de su lengua enorme como una palabra que se hubiese secado. «Me sentía lleno de gozo, pero solo nos unimos a Dios con terribles dolores y desespero». Eso creía él.
Cuentan que, en Stolberg, un tal Barthol Munzer había sido viñador; se habla también de otro tal Monczer Berld y de un Monczers Merth, pero nada se sabe de ellos. Está también Thomas Miinzer, muerto en una trifulca en una taberna. No se sabe si le habían sacudido un mamporro o le habían roto la crisma, tampoco se sabe si fue o no pariente del otro Thomas Müntzer, aquel cuyo padre, hacia 1500, por motivos desconocidos, fue ejecutado por orden del conde de Stolberg, unos dicen que ahorcado, otros que en la hoguera.
Cincuenta años antes, una pasta ardiente había fluido desde Maguncia hasta el resto de Europa, había fluido entre las colinas de cada ciudad, entre las letras de cada nombre, en los canalones, en los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Esos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro. La Biblia.
Así, en tres años, confeccionaron más de ciento ochenta ejemplares, cuando un solo monje no habría copiado más que una. Y los libros se multiplicaron como los gusanos en un cadáver.
Con lo cual, el pequeño Thomas Müntzer podía leer la Biblia, creció con Ezequiel, Oseas y Daniel, pero era el Ezequiel de Gutenberg, el Oseas de Gutenberg y su Daniel; y tras abrir la cancela podrida y desvencijada que rascaba el suelo, permanecía largo rato abajo, en la vieja cocina, frotándose los ojos. No sabía lo que veía ni lo que debía ver. Estaba solo como un ladrón, y era inocente.
Pasó el tiempo; vivió con su madre, sin duda en la estrechez. Padecía del corazón. Bajo los robles, los abetos, en la tierra pobre del Harz, mientras corría tras los cerdos con otros críos, tenía que detenerse, atontado de pronto, y rompía a llorar. Sí, me lo imagino al borde de un río de guijarros negros, el Wupper o el Krebsbach, eso poco importa, o en las laderas de pequeñas lomas tristes, de caos rocosos, colinas erosionadas, míseras turberas, en el valle del Bode o del Oker, asfixiándose en medio de una mezcla de amargura y amor.
Finalmente, cursó estudios, en Leipzig, luego se hizo cura en Halberstadt, en Brunswick, después preboste aquí y allá, hasta que, tras sufrir numerosas tribulaciones entre la horda de los partidarios de Lutero, salió de su agujero, en 1520, cuando fue nombrado predicador en Zwickau.
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