La guerra que nos ocultan

Francisco Cruz · Capítulo 1 de 17

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La guerra que nos ocultan

Primeras palabras

 

M ÉXICO ES IGUAL pero distinto desde aquellos días del asesinato de tres estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Guerrero, y la desaparición de 43 de sus compañeros el 26 de septiembre de 2014. La historia sigue llena de capítulos oscuros y una parte medular es todavía un

misterio, envuelto en un halo de actos que inquietan: crímenes extrajudiciales que

incluyen métodos para hacer daño y causar terror a las víctimas, violación a los derechos

humanos, destrucción de evidencias, investigaciones amañadas, exámenes periciales

deficientes, testimonios arrancados bajo coacción y terrorismo visual.

Bastó la noche de Iguala para terminar con la imagen que el gobierno de Enrique

Peña Nieto había vendido a los mexicanos que votaron por él y a los gobiernos

extranjeros que aplaudieron las reformas estructurales del mismo viejo PRI en un país

que presenta características y cifras de muertos similares a las de una nación en guerra.

El 26 de septiembre de 2014, los estudiantes de Ayotzinapa llegaban a las 19:34 horas

a las puertas de la ciudad guerrerense de Iguala sin saber que antes del amanecer del 27

tres de ellos serían asesinados, ni que otros 43 desaparecerían sin dejar rastro.

Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís Gallardo fueron abatidos por disparos de

armas de fuego. Peor fue el destino del tercer asesinado, Julio César Mondragón Fontes,

porque lo torturaron brutalmente, lo desollaron vivo, lo dejaron morir desangrado a

menos de 500 metros del Centro de Inteligencia y espionaje policiaco-militar de aquella

ciudad, conocido como C4.

En cuanto a los 43 desaparecidos, ni la Procuraduría General de la República (PGR)

ni la Fiscalía General de Guerrero (FGG) han aclarado nada aún. A casi dos años de los

hechos de Iguala, municipio de un estado rico en yacimientos de uranio, oro y titanio,

los normalistas forman parte de las estadísticas de un país saqueado en el más completo

de los silencios y el mayor disimulo de la complicidad, la corrupción y la impunidad.

Irracional como es, aquel 26 de septiembre de 2014 ilustra la descomposición del

país. Estudiantes, periodistas, maestros, activistas y líderes sociales desafectos al régimen u

opositores han sido víctimas de todo: vejaciones, ultraje, desaparición forzada, tortura,

secuestro, humillación y asesinato.

A partir de diciembre de 2006 y hasta finales de 2015, más de 150 mil personas

murieron intencionadamente en México e incontables miles más han desaparecido,

advierte la Open Society Justice Initiative, organización sin fines de lucro que promueve

los derechos humanos, en su estudio Atrocidades innegables, que presentó en mayo de 2016.

Frescas, las imágenes de la barbarie en Ayotzinapa han dado la vuelta al mundo y han

llevado al gobierno mexicano a vivir una prolongada pesadilla, porque de inmediato se

descubrió que la tragedia era mucho peor de lo informado, lo que debilitó los cimientos

del gobierno y marcó para siempre a Peña Nieto, quien en dos años malbarató el capital

político con el que el 1 de diciembre de 2012 juró como nuevo presidente.

Después de aquella noche surgió una vez más la pregunta inevitable: ¿está México en

guerra?

Aunque el gobierno rechaza los señalamientos de un conflicto armado, las evidencias

dicen lo contrario: en el país predomina una violencia muy parecida a una guerra civil en

diferentes estados y varios frentes, al tiempo que se pretende minimizar sistemáticamente

el desorden social con una actuación cada vez más visible de la Marina y el Ejército en

conjunción con las policías federal y estatal.

En junio de 2015 el Índice de Paz Global, elaborado por el Instituto para la Economía

y la Paz (IEP), señaló contundentemente: México es el país más violento de América

Central y el Caribe, y el segundo en todo el continente. Por su parte, la prensa de

Estados Unidos documentó cómo el gobierno peñista había invertido 3 mil 500 millones

de dólares en la compra de armamento hasta convertir a sus Fuerzas Armadas en el

segundo ejército más poderoso de América Latina.

Justifican la pregunta masacres, fosas clandestinas, ejecuciones sumarias, la visible

carrera armamentista, extorsiones, persecución y encarcelamiento de estudiantes, líderes

sociales y maestros, secuestros, linchamientos y la militarización de amplias zonas, así

como los 65 mil 200 asesinatos que han tenido lugar en los primeros tres años del

gobierno de Peña (aunque sólo se reconocen 54 mil 454 intencionales). Agrava la

situación la zozobra de que en el país se denuncian menos de 7% de los crímenes y

delitos que se cometen.

No reconocer el estado de guerra o el conflicto armado le da ventajas al gobierno: el

derecho de tratar a opositores como criminales del fuero común y perseguirlos sin orden

judicial; también le confiere poderes especiales al Ejército, exculpándolo de cumplir y

respetar las leyes relativas a los derechos humanos y a los límites para el uso de la fuerza

letal.

Además, impide tener una mejor comprensión de cómo un país puede desaparecer a

las víctimas, cómo se destruye la evidencia y se frena la búsqueda de los desaparecidos.

Reconocer que hay una insurrección popular obligaría al gobierno a salvaguardar los

derechos humanos y respetar los mecanismos internacionales que se otorgan con el

derecho de guerra. En otras palabras, las Fuerzas Armadas y las policías tendrían que

respetar la Constitución y los Convenios de Ginebra suscritos por México.

Al no aceptar el estado de guerra, el gobierno puede ocultar que en algunas entidades

del país siguen presentes, e incluso han empeorado, las causas que dieron origen a la

guerrilla en las décadas de 1960 y 1970. De ahí la vana intención de evitar el tema contra

toda evidencia, de negar que hay grupos rebeldes en activo y otros rebeldes-insurgentes en gestación; que sigue viva la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de

México (FECSM), la cual aglutina a los casi 6 mil 600 estudiantes de las 16 normales

rurales en funciones del país.

La brutal y exitosa campaña a través de los medios masivos de comunicación para

crear una imagen negativa de los profesores de educación básica, responsabilizándolos de

todos los males del sistema educativo, y para presentar a los normalistas de Ayotzinapa

como una gavilla de vándalos y revoltosos, ha servido al gobierno para poner en marcha

un “proyecto” de militarización en algunos estados considerados problema, como

Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán.

 

AYOTZINAPA hizo que la clase política mexicana se convirtiera en el hazmerreír

internacional cuando se descubrió que aquel 26 de septiembre de 2014 un grupo

encapuchado —no se supo si eran policías al servicio del crimen organizado o militares—

recorrió comercios y casas en algunas calles del centro de Iguala amenazando de muerte a

quienes osaran ayudar a los estudiantes. Aterrorizada y amenazada, la sociedad igualteca

fue obligada a presenciar y ser cómplice por omisión de un crimen masivo escandaloso.

¿Fueron el asesinato de tres estudiantes y la desaparición de 43 de sus compañeros casos

aislados o temía el gobierno que esta fuera la mecha para un nuevo estallido social?

Los padres de familia y los compañeros de los estudiantes muertos y de los

desaparecidos están convencidos de que el gobierno —en sus tres niveles, a través de los

cuerpos policiales—, el Ejército y el narcotráfico estuvieron detrás del entramado

criminal.

Y tienen razones para ser incrédulos porque desde el ascenso de Peña se despliega un

proyecto militarista, si bien desde mediados de la década de 1960 Guerrero vive una

prolongada guerra irregular en la que el Ejército ha sido muy eficaz para infiltrar y

aniquilar movimientos sociales, grupos insurgentes y movimientos campesinos

transformados en guerrilla rural, cuyos mayores representantes son los extintos profesores

normalistas Genaro Vázquez Rojas —quien hizo intentos por encuadrar su descontento e

inconformidades a través de la lucha institucional, desde antes de graduarse en la Escuela

Nacional de Maestros de la Ciudad de México— y Lucio Cabañas Barrientos, egresado

de la “Raúl Isidro Burgos”, quien también canalizó sus primeras luchas políticas por la

vía legal a través de los movimientos sociales.

Pocos, hasta antes de junio de 2014, imaginaron que algún día podían repetirse

crímenes masivos de Estado, cuyos testimonios modernos pueden rastrearse allá por 1960

y 1962, durante la presidencia de Adolfo López Mateos, y octubre de 1968, en la del

poblano Gustavo Díaz Ordaz, extendiéndose hasta junio de 1971, en el sexenio de Luis

Echeverría Álvarez, 1976 con José López Portillo y Pacheco y 1988 en la presidencia de

Carlos Salinas de Gortari.

La situación se ha prolongado hasta la administración peñista. El 31 de diciembre de

2015, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) presentó un informe —Situación de los derechos humanos en México— en el que constató la grave crisis

humanitaria que vive México, “caracterizada por una situación extrema de inseguridad y

violencia; graves violaciones, ejecuciones extrajudiciales y tortura; niveles críticos de

impunidad y una atención inadecuada e insuficiente a las víctimas y familiares […],

miles de desapariciones y un contexto que ha provocado el desplazamiento de miles de

personas”.

El informe también advierte que la respuesta en la lucha contra el crimen organizado

“ha desatado aún mayor violencia, así como violaciones graves a los derechos humanos,

en la que se observa una falta de rendición de cuentas conforme a los estándares

internacionales”.

Y en mayo de 2016 el periódico The New York Times documentaría que las Fuerzas

Armadas mexicanas son letales o “asesinos excepcionalmente eficaces que apilan

cadáveres con una celeridad extraordinaria”. De acuerdo con el Times, si actúa el

Ejército, mata a ocho y deja vivo a uno; y si lo hace la Marina, queda viva una persona y

mata a 30, promedios que contrastan drásticamente con los internacionales, porque en

un combate cualquiera quedan cuatro heridos por cada muerto. En otras palabras, son

muy eficientes para las ejecuciones sumarias.

En las calles aún flota una pregunta retórica, que suena a sarcasmo: ¿se conocerá

algún día la verdad?

Pocas cosas hay ciertas, y sobresalen algunas: los líderes sociales y comunitarios de

Guerrero están convencidos de que los estudiantes de Ayotzinapa encarnan la dignidad

de la pobreza en los tiempos en los que el Estado se ha endurecido y ha solapado la

corrupción, mientras en la normal “Raúl Isidro Burgos” hay una verdadera educación

política socialista que ha templado voluntades y moldeado generaciones de jóvenes

dignos.

La situación asusta por sus tinieblas. A dos años del fusilamiento “sin sentido” de 22

jóvenes en un bodegón de San Pedro Limón en Tlatlaya, Estado de México, y a casi dos

de los crímenes de Ayotzinapa, cada día surgen más interrogantes sobre si los une un eje

común, si representan la manifestación de un plan deliberado.

A pesar de que en las altas esferas del palacio presidencial se mantiene un discurso que

imputa los crímenes a sicarios y policías municipales al servicio de los cárteles del

narcotráfico, Ayotzinapa es uno de los capítulos más sórdidos en las últimas cinco

décadas de la historia nacional.

La oleada de “emoción” que provocó entre millones de priistas la llegada de Peña

Nieto a Palacio Nacional el 1 de diciembre de 2012 se transformó primero en estupor

por el caso Tlatlaya y más tarde en desconcierto, pánico generalizado, indignación y

vergüenza nacional por los normalistas desaparecidos, los dos asesinados por armas de

fuego y el desollamiento de Julio César Mondragón Fontes, originario del municipio de

Tenancingo, Estado de México.

Fue el descrédito total. La imagen del “reformista” Peña y la de sus dos principales

colaboradores —Luis Videgaray Caso, de Hacienda, garante de la marcha de la economía y las finanzas, y Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, encargado de la

seguridad interna— cayó en desgracia, perdió legitimidad y entró en declive.

La imagen se deterioró aún más el 24 de abril de 2016 porque ningún funcionario

federal asistió a la presentación de las conclusiones del Grupo Interdisciplinario de

Expertos Independientes (GIEI) de su segundo y último informe, lo que lamentó James

Cavallaro, presidente de la CIDH, al resaltar las críticas al sistema mexicano de justicia

que hicieron esos especialistas y evidenciar que 80% de los detenidos por el caso

Ayotzinapa presentaron algún tipo de lesión; además, ratificó que toda la investigación

está plagada de irregularidades y obstáculos, junto con una campaña permanente de

desacreditación de los expertos independientes.

Una vez presentados los resultados, y sin temor al ridículo, Peña Nieto agradeció, a

través de la red social @EPN, la información y las 22 recomendaciones sugeridas por el

GIEI, señalando que la PGR analizaría el informe para enriquecer su propia

investigación.

Después de revisar un expediente judicial sin censura de más de 55 mil hojas tamaño

oficio, entrevistar a líderes sociales de Guerrero y del Estado de México que

prácticamente viven en la clandestinidad y a salto de mata, así como a cabecillas del

crimen organizado en la llamada Tierra Caliente de ambas entidades —y de Michoacán,

el tercero en discordia—, así como de recorrer las calles de Tixtla de Guerrero, Acapulco

de Juárez, Chilpancingo de los Bravo, Tepecoacuilco de Trujano e Iguala de la

Independencia, y los municipios mexiquenses de Tlatlaya y Luvianos, las páginas

siguientes ofrecen una versión del porqué y el para qué de tales crímenes.

 

AYOTZINAPA: ENTRE LA RIQUEZA

Y LA MILITARIZACIÓN

 

Guerrero, un estado de 81 municipios con un paisaje cambiante de zonas selváticas que

nacen en las costas del océano Pacífico y alcanzan los relieves montañosos, posee

abundantes bienes naturales, en especial minerales, apreciados por todo el mundo. Sin

embargo, el “olvido” y el despotismo del gobierno federal, la marginación estructural y el

abuso de los caciques locales forman parte de la cotidianidad de los guerrerenses, quienes

viven en una de las tres entidades más pobres y marginadas del país, porque toda la

riqueza que está bajo sus pies queda en manos ajenas.

Poco se habla del auge de una “nueva” ola de represión que cobró ribetes de tragedia

desde la década de 2000, cuando se puso en marcha otro operativo político-militar

encubierto de contrainsurgencia. Poco se habla de que el gobierno federal carece de una

política pasiva de disuasión y que los cárteles del narcotráfico en Guerrero y algunas

zonas del Estado de México viven en la pujanza no sólo por el trasiego de drogas y por las

actividades criminales colaterales —extorsión, secuestro y trata de blancas—, sino porque

en vastas zonas de esos estados apareció un negocio más redituable y legal: la minería.

Primero fue la fiebre del oro, que propició la llegada de mineras de Canadá,

principalmente, para explotar extensos y cuantiosos yacimientos. Luego se esparcieron

rumores, que más tarde serían datos confirmados, sobre formidables reservas de uranio.

Por último se corroboró información confidencial sobre la existencia de espléndidos

depósitos de titanio.

Esa “fiebre” gambusina cuenta historias de terror en números fríos: sólo entre 2006,

al inicio del gobierno del panista Felipe Calderón Hinojosa, y mediados de 2015, ya en

el de Peña, las mineras —en su gran mayoría extranjeras— extrajeron 62 toneladas 276

kilogramos de oro en pepita y polvo.

Y en diciembre de 2011 se hizo pública una información que heló la sangre a los

guerrerenses, fue como una amenaza de que la miseria y la violencia aumentarían: uno de

los mayores depósitos o yacimientos de oro se descubrió muy cerca de Ayotzinapa, donde

se encuentra la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”.

Así pues, el estado de Guerrero dio forma a lo que los especialistas en finanzas, físicos

y geólogos llaman el ambicionado Cinturón de Oro, un corredor que se extiende desde

Mezcala hasta la zona sur de su vecino, el Estado de México, atravesando la sierra, para

llegar a Temascaltepec, Tejupilco, Tlatlaya, Luvianos y Zacazonapan.

La llegada de las mineras y una ola de represión “selectiva” que se hizo patente a

través de la persecución y el hostigamiento de la guerrerense Evelia Bahena García, el

encarcelamiento de la también guerrerense comandanta Nestora Salgado García, así

como los asesinatos de los oaxaqueños Alberta Bety Cariño Trujillo y Bernardo Vásquez

Sánchez, y del chiapaneco Mariano Abarca Robledo, reconocidos activistas defensores de

los derechos humanos (y tres de ellos líderes de la lucha antiminera), propició que desde

2013 la normal “Raúl Isidro Burgos” se convirtiera en punto clave para canalizar el

descontento social en Guerrero.

La escuela se transformó en un colectivo que escapaba a los controles políticos e

ideológicos del Estado mexicano, mientras los aguerridos estudiantes normalistas y sus

líderes, en forma también natural, se hicieron las figuras más evidentes de lucha en una

entidad en la que la ciudadanía no sólo lidiaba con criminales del fuero común y

narcotraficantes, la represión gubernamental, policial y de las Fuerzas Armadas, sino con

otros “enemigos” poderosos que tampoco estaban dispuestos a tolerar ninguna protesta,

los “nuevos” gambusinos del crimen organizado.

En la campaña que hace sexenios se puso en marcha para cerrar las escuelas normales,

la “Raúl Isidro Burgos” aparece desde siempre como uno de los mayores objetivos. Desde

hace mucho es vista como un enemigo capaz de impulsar una revuelta interna, aunque la

rebelión ciudadana es una realidad, y se nota claramente a través de la creación de

policías comunitarias: la respuesta popular a la incapacidad y el abuso de los entes del

Estado. Asimismo, cada día se vuelve más evidente la rebelión contra las mineras y el

nacimiento de grupos como el de Insurgencia por el Rescate Institucional y Social (IRIS),

en Michoacán, y el Ejército Revolucionario del Pueblo en Armas (ERPA), en Veracruz.

El secuestro de normalistas, su desaparición y el asesinato de tres no son un caso aislado. Aunque así se quiera manejar desde la oficialidad, la actuación del gobierno está

en entredicho. Su respuesta ha consistido en destinar recursos millonarios a la llamada

gran prensa que se ha encargado de desviar la atención. Eso pasó en el caso de las

masacres en territorio guerrerense de Chilpancingo, en diciembre de 1960; de Atoyac, el

18 de mayo de 1967; de Huautla, el 9 de febrero de 1993; de Aguas Blancas, el 28 de

junio de 1995, y de El Charco, el 7 de junio de 1998.

 

AYOTZINAPA ENCAJA en otras historias que culminan en la primera semana de abril de

2016, cuando el Senado de la República puso en marcha la maquinaria priista a fin de

aprobar la ley reglamentaria al artículo 29 de la Constitución que le da luz verde a Peña

para decretar el Estado de Excepción, suspender garantías individuales y el orden legal, y

criminalizar la protesta social. Además, el 21 de abril la Cámara de Diputados aprobó

reformas al Código de Justicia Militar y un nuevo Código Militar de Procedimientos

Penales que crea la Fiscalía General de Justicia Militar y la figura de jueces de control,

que podrán ordenar el cateo a domicilios particulares, oficinas del gobierno federal e

incluso a las dos cámaras del Congreso de la Unión y los organismos autónomos.

La militarización es inocultable: a través de retenes, cuarteles, guarniciones, sectores,

45 zonas militares del Ejército, así como ocho regiones navales1 y 12 del Ejército, las

Fuerzas Armadas tienen control efectivo de la población, sobre todo en zonas

consideradas de riesgo y alto riesgo. A la organización de las fuerzas militares se suman las

áreas de control de policías estatales y federal.

La presencia cotidiana de las Fuerzas Armadas —soldados o marinos visibles de la

Ciudad de México a Chiapas, Baja California Sur, Veracruz o Guerrero— y su

estratificada organización cuentan también con un efectivo sistema de espionaje interno,

aunque oficialmente se le conoce como Sistema de Inteligencia Militar (SIM).

De acuerdo con manuales confidenciales o de circulación limitada elaborados e

impresos a partir del año 2000, “las Fuerzas Armadas representan uno de los pilares más

importantes de la estructura de gobierno para realizar acciones orientadas a fortalecer la

identidad nacional, el respeto al sistema gubernamental, así como el reconocimiento y la

representatividad de las autoridades, para lo cual esta misión podrá cumplirse, entre otras

formas, con programas de apoyo a la población (labor social), atendiendo problemas y

necesidades específicas en zonas previamente seleccionadas, detectadas mediante la

elaboración de estudios socioeconómicos que permitan determinar el tipo y magnitud del

apoyo a proporcionar”.

Los objetivos son claros: “Generar inteligencia militar, para presentar el mayor

número de opciones para la toma de decisiones adecuadas y oportunas a fin de afrontar la

problemática que afecta la seguridad nacional. […] Tomar acciones preventivas que

permitan un adecuado despliegue operativo, proteger el dispositivo y las operaciones,

anticipándonos a las acciones de los agentes externos e internos que atenten contra la

seguridad nacional”.

A la luz de los acontecimientos y lo que se ha documentado hasta hoy, los casos

Ayotzinapa y Tlatlaya fueron minimizados o valorados erróneamente porque nadie en la

inteligencia militar tuvo capacidad para entender el daño que se haría a la imagen

personal del comandante supremo de las Fuerzas Armadas: Peña Nieto.

Sin reconocer un solo conflicto interno, Peña seguiría el ejemplo de su antecesor

Felipe Calderón y reforzaría la presencia del Ejército y la Marina y los modernizaría a

través de una ambiciosa compra masiva de armamento en cuya primera etapa —como ya

se dijo líneas antes— se gastarían al menos 3 mil 500 millones de dólares.

En 2016, el Índice Global de Potencia de Fuego (GFI, por sus siglas en inglés), una

clasificación del poderío militar y la potencia de fuego bélico de 106 países —elaborada

sobre la base de más de 50 factores, incluidos el presupuesto general militar, la mano de

obra disponible y la cantidad de equipos que tiene en su arsenal respectivo, así como el

acceso a los recursos naturales, su capacidad tecnológica, capital humano, capacidad

industrial y el ejército con el que cuenta—, señalaba que las Fuerzas Armadas mexicanas

ocupaban el lugar número 31.

Una revisión al juego de los números y análisis que usa el GFI, entre cuyas fuentes

informativas se encuentran la Agencia Central de Inteligencia (CIA), muestra que

México se ha convertido en la segunda potencia militar de América Latina, apenas atrás

del gigante sudamericano Brasil, que en la clasificación global ocupa la casilla 22.

Para un país en paz y cuya amenaza para la estabilidad es el crimen organizado, el

poderío militar de México se mide en dos vertientes: el Ejército —que incluye la Fuerza

Aérea— y la Marina-Armada. Al primero se le contabilizaron 695 vehículos blindados y

362 aeronaves, incluidas 42 de ataque. Y a la segunda, una fuerza de 143 embarcaciones,

entre ellas seis fragatas, dos destructores, tres corbetas y otras 21 embarcaciones para la

operación en una franja costera de 9 mil 330 kilómetros.

Para abril de 2016, la Marina estaba en vías de incrementar su poderío político: el

Senado dio entrada y analizaba una iniciativa para tomar el control de las 113 capitanías

de puerto del país bajo el manto de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Y

habrá que recordar que ocho fueron señaladas como infiltradas por El Chapo Guzmán,

además de utilizar 28 buques de pesca para transportar cocaína, según una investigación

de la Secretaría de Marina (Semar), publicada en Reforma el 11 de mayo de 2010.

Al margen de su aprobación o rechazo, la iniciativa fue vista como el primer paso

para militarizar instalaciones clave para el desarrollo, bajo argumentos como los de la

Coordinación General de Protección Portuaria e Instalaciones Estratégicas de la Semar,

que asegura que, de acuerdo con el Convenio de Viña del Mar, México está

comprometido a inspeccionar el 20% de buques extranjeros que atracan en nuestros

puertos; sin embargo, sólo se revisa el 4 o 5%.

En abril de 2014, el sitio especializado Business Insider elaboró una lista del poderío

militar de 35 países —en la que incluyó factores no tomados en cuenta por el GFI, como

las diferencias cualitativas en armamento— y ubicó a las Fuerzas Armadas mexicanas en

el lugar 33, a Brasil en el 14 y a Canadá en el 16. Ninguna otra nación de las Américas fue incluida en esa selecta clasificación en la que Estados Unidos, Rusia, China, India y

Gran Bretaña ocuparon los primeros cinco lugares.

Business Insider y el GFI apuntan que el gobierno mexicano destina cada año un

presupuesto cercano a 7 mil millones de dólares para sus Fuerzas Armadas. La Secretaría

de la Defensa Nacional (Sedena) cuenta con una plantilla de 213 mil 477 efectivos,

mientras que la Marina tiene 60 mil 313 militares listos para ir al frente.

Hasta diciembre de 2015, el Ejército y la Fuerza Aérea contaban con 541 generales

—45 de división, 175 de brigada y 318 brigadieres—, 873 coroneles; mil 635 tenientes

coronel; 3 mil 612 mayores; 4 mil 99 capitanes primeros; 3 mil 824 capitanes segundos;

15 mil 26 tenientes; 9 mil 367 subtenientes; 17 mil 85 sargentos primeros; 37 mil 906

sargentos segundos y 49 mil 409 cabos; en otras palabras, un Ejército muy obeso lleno de

jefes.

En junio de 2012, Rogelio Velázquez publicó en la revista Contralínea un

señalamiento que causó urticaria: “Las Fuerzas Armadas padecen macrocefalia: tienen

una cabeza muy grande y un cuerpo muy pequeño […]. Y es que el país cuenta con 541

generales para 211 mil 488 efectivos, mientras que el ejército chino registra 191 generales

para más de 2 millones.

”Consideradas como las fuerzas más poderosas del mundo en cuestiones operativas y

tecnológicas, la Fuerza Aérea y el Ejército de Estados Unidos contaban con 890 mil 489

militares en activo hasta marzo de 2012, [pero entre uno y otra] suman 615 generales:

313 en el primero y 302 en el segundo. […] En el Ejército, 11 portan el grado de

general, 47 el de general teniente, 109 el de general principal y 146 son generales

brigadier. En la Fuerza Aérea los números refieren 12, 46, 96 y 149, respectivamente.

Con ello, apenas son 71 generales más que su vecino del sur. Es decir, México tiene

porcentualmente más generales. Estos representan el 0.25% del total de fuerzas activas

mexicanas. En Estados Unidos, los generales representan el 0.06%. Por cada general

mexicano se cuenta con 390.9 efectivos; y por cada estadunidense mil 447.9”.2

La realidad es más compleja de lo que parece porque el poderío militar ha sido

incapaz de contener el avance de la delincuencia organizada o, en su defecto, las Fuerzas

Armadas representan una enorme burocracia que consume cuantiosos recursos y que

nadie se atreve a tocar porque constituyen el sostén político del grupo en el poder.

Y lo del poderío no es retórico. En junio de 2015 el periodista estadounidense Joshua

Partlow hizo palidecer a más de un general mexicano. El día 15 señaló en el influyente

periódico The Washington Post que en los últimos dos años el gobierno mexicano había

comprado al estadounidense un equipo militar por al menos mil millones de dólares.3

El almirante William E. Gortney, jefe del Comando Norte, el cuartel general militar

de Estados Unidos que se ocupa de México, testificó ante el Congreso a principios de

este año que “la compra compulsiva de México representaba un aumento de 100 veces

respecto a años anteriores [y] la decisión del gobierno mexicano de acercarse al

Departamento de Defensa para la compra de equipamiento militar no tiene precedentes

y marca un hito histórico entre los dos países”. Pero el almirante se quedaría corto porque el mismo Partlow develó nuevos datos sobre la carrera armamentista del peñismo.

El gobierno mexicano, que encabeza Peña Nieto a partir del 1 de diciembre de 2012,

había hecho otras compras, entre ellas, más de dos docenas de helicópteros UH-60

Blackhawk para la Fuerza Aérea y la Armada, y más de 2 mil 200 vehículos todoterreno:

mil 500 millones de dólares en equipo a través de programas de ventas militares del

gobierno, y 2 mil millones de dólares a empresas estadounidenses.

Consultor privado mexicano y especialista en el tema, radicado en la capital

estadounidense, Íñigo Guevara Moyano atribuyó las compras del gobierno de Peña a la

guerra contra el crimen organizado, y le dijo al periodista que desde 2006, el inicio del

sexenio de Felipe Calderón, el gasto para equipamiento militar había pasado de 2 mil

600 millones de dólares a 7 mil 900 millones en 2015.

Partlow citó al investigador estadounidense John Lindsay-Poland, de la Universidad

de San Diego, quien el 23 de marzo de 2015, en un estudio para el Congreso

Norteamericano sobre América Latina (NACLA), alertó: “[la] militarización masiva [es]

una mala noticia para los mexicanos devastados por los abusos de la policía y soldados”.

El estudio de Lindsay-Poland es rico en detalles: “El martes 17 de marzo, el

Departamento de Estado aprobó la venta de 3 helicópteros Blackhawk para el Ejército

mexicano por 110 millones de dólares, para apoyar a las tropas dedicadas a operaciones

de lucha contra las drogas. El convenio viene de la mano de un acuerdo más amplio para

la compra de 18 Blackhawks por 680 millones. Los helicópteros son producidos por

Sikorsky, en Connecticut, y General Electric, en Lynn, Massachusetts. […] Estados

Unidos también suministraría 6 ametralladoras M134 de 7.62 mm para los

helicópteros”,4 que tienen una capacidad de 6 mil disparos por minuto.

 

SI EXISTE O NO un plan de largo plazo para contener índices de violencia e inseguridad,

hasta hoy cualquier afirmación sería desmentida por la pobreza de resultados, pero se

vislumbra con claridad que hay planes para complementar el trabajo no sólo a través de

ciertas iniciativas de ley para justificar temas como la represión, a través de las reformas al

artículo 29 constitucional, sino de hacer realidad el anhelado Mando Único, disfrazado

de Mando Mixto, al que responderían todas las policías —municipales, estatales y

federales— del país.

En las iniciativas de ley a las que dio entrada el Senado y que más se acercan a los

deseos de la Presidencia, envueltas en un decálogo para mejorar seguridad, justicia y el

Estado de Derecho en respuesta al caso Ayotzinapa, el programa parece descabellado

porque supone que el municipio perderá su frágil autonomía —uno de los elementos

fundamentales que rigen el federalismo— y otros principios que le dieron origen, pero

también una inversión inicial directa de 200 mil millones de pesos del presupuesto

federal.

El modelo policial está agotado. Por esa razón se ha empezado a delinear la forma del

nuevo Sistema Nacional de Seguridad Pública y se discute quién se encargará de él, porque representa el mando sobre medio millón de efectivos que superan en número al

personal total —incluidos reservistas— de la Marina, el Ejército y la Fuerza Aérea.

Independientemente del nombre formal de ese Mando Mixto, una vez asumido el

control de las policías de los 2 mil 400 municipios, las 32 entidades y todos los cuerpos

federales, en el Senado y en la Presidencia se analizan y buscan mecanismos para regresar

a los militares a sus cuarteles, pero, a cambio, cuerpos policiacos municipales son

preparados en los Centros de Adiestramiento Regionales, como el de “Maguey Cenizo”,

ubicado en la VI Región Militar de Mazaquiahuac en Tlaxco, Tlaxcala.

Este centro de adiestramiento se ubica en 500 hectáreas de bosque y áreas adaptadas

para prácticas de tiro, lanzamiento de granadas de mano y cohetes. Allí se enseñan

habilidades y técnicas para intervención, reacción a emboscadas y agresiones, primeros

auxilios, cacheo, mantenimiento y funcionamiento de armamento, además de derechos

humanos. En cuatro semanas, según el secretariado ejecutivo del Sistema Nacional de

Seguridad Pública, se habían formado 5 mil policías municipales hasta 2013, preparados

para ejecutar acciones con disciplina e instrucciones de carácter militar.

En algunos sectores del Senado y del gobierno federal hay temor porque nadie sabe si

los soldados, después de campañas callejeras que empezaron en diciembre de 2006, y en

las que han gozado de impunidad absoluta, podrán reintegrarse plenamente a los

cuarteles. Paralelamente, a la nueva policía se le construye un conjunto de prestaciones y

seguridad social para evitar que sean presas fáciles de los reclutas del crimen organizado.

En las intenciones, una vez aprobada la Ley Contra la Infiltración del Crimen

Organizado en las autoridades municipales, estas podrán ser disueltas bajo los

argumentos de que las corporaciones presentan patrones sistemáticos de corrupción y

violaciones de derechos humanos. Esto es, la autoridad de los civiles será cancelada cada

vez que la Federación lo decida.

Se aprobó en el Congreso un nuevo mando de lo que será la “nueva” policía

mexicana que recaerá en un militar en retiro, o un mando técnico, o un agente de

inteligencia, o un superpolicía que se encargará de la administración y operación de los

32 mandos únicos estatales. Su poder rivalizará con el de los secretarios de la Defensa,

Marina-Armada y Gobernación. Con la nueva arquitectura institucional, dispondrá de

controles parlamentarios mínimos y la capacidad de someter a los presidentes

municipales y a gobernadores, que ya es así, pero que esta vez será legal, porque ese

Mando Mixto o Fuerza de Seguridad Pública tendría autoridad para desaparecer los

poderes de un estado o municipio cuando haya indicios, sólo eso, de que el crimen

organizado los ha infiltrado o que es rehén de grupos criminales organizados, rebeldes

insurgentes o guerrilleros.

Ese escenario se dotaría de un marco jurídico para regular el uso de la fuerza pública,

el cual permitirá a mandos policiacos, encargados de dirigir un operativo, considerar una

manifestación como “ilegal”, por ejemplo, y contarán con elementos legales para su

disuasión utilizando municiones y armas letales.

EL ESPECTACULAR CRECIMIENTO del número de guardias privados —el ejército “invisible”

empresarial y cuyo número es desconocido, pero que bien puede superar 2 millones de

personas y cuya presencia permanente se nota a través de casos como el de los

guardaespaldas de Lord Ferrari (Alberto Sentíes Palacio), Lord Rolls Royce (Emir Garduño

Montalvo) o Lord Me la Pelas (Raúl Libién Santiago), y los del empresario poblano Jorge

Aduna Villavicencio, involucrados en seis asesinatos—, la multimillonaria renovación del

armamento de guerra de las Fuerzas Armadas y las proyecciones para crear el Mando

Único de las policías de todo el país han hecho que en algunos círculos haya una especie

de euforia porque quienes controlan el monopolio de las armas tendrán personal

suficiente para mantener seguras e intocables a las élites de poder.

El narcotráfico le ha dado a las Fuerzas Armadas el pretexto ideal para modernizar su

maquinaria de guerra. Como pasa desde 1946, cuando inició la era de presidentes civiles,

los militares gozan de una autonomía casi absoluta y no hay una política que vislumbre

no sólo el recorte a presupuestos militares sino una que, en el corto plazo, los regrese a los

cuarteles.

Con esta base, el jueves 21 de abril de 2016, cuando el pleno de la Cámara de

Diputados aprobó con 253 votos del PRI, PAN, PVEM, Nueva Alianza, Encuentro

Social y el único diputado independiente a favor, a pesar de que los perredistas votaron

en contra, se mantuvieron presentes en la sesión regalándole el quórum necesario para

lograr las reformas al Código de Justicia Militar y un nuevo Código Militar de

Procedimientos Penales para crear la figura de la Fiscalía General de Justicia Militar,

como se detalló líneas arriba, y de jueces de control, quienes podrán ordenar cateos en

delitos de disciplina militar relacionados con delincuencia organizada, homicidio doloso

o delitos graves y violentos con armas de fuego y explosivos.

Los cateos se extenderán a domicilios particulares, oficinas de gobierno, el Congreso

de la Unión —aun cuando en la Constitución se define que los recintos legislativos son

inviolables según el artículo 61— y el Poder Judicial, así como organismos

constitucionales autónomos como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el

Instituto Nacional Electoral, el Banco de México, además de los institutos Nacional de

Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, Nacional de

Estadística, Geografía e Informática y el Federal de Telecomunicaciones.

También se permitirá la intervención a las llamadas telefónicas y de todos los sistemas

de comunicación que faciliten intercambio de datos, informaciones, audio, video,

mensajes, archivos electrónicos, contenidos de cualquier dispositivo que pueda guardar

información, incluidos centros de datos remotos; hasta podrán realizarse localizaciones

geográficas en tiempo real de soldados y ciudadanos.

Las reformas también prevén que los civiles estarán obligados a presentarse a declarar

como testigos ante un juicio en desarrollo en tribunales militares; de no hacerlo, un juez

militar podrá ordenar su traslado, sea por militares o policías federales.

EJÉRCITO CIBERNÉTICO

 

Vientos de guerra soplan para pueblos enteros donde el aire es de pólvora. Y el caso de

Julio César Mondragón Fontes se deja ver como una amenaza terrible de lo que puede

suceder a los insurgentes. La historia ha demostrado que no hay lugar para la libertad de

expresión donde se pretende imponer un solo pensamiento.

Los “enemigos” o desafectos del régimen y los sublevados, casi todos, terminan

muertos, desaparecidos o en cárceles clandestinas. Cada que hay una ola de represión es

común encontrar las huellas de la bota militar o de crímenes de guerra, pero se intenta

esconder la realidad. El sistema ha impuesto un rígido control político y moldeó a los

opositores cuando abrió la puerta a los partidos de oposición.

Ciertamente el régimen no se ha sustentado únicamente en la represión, ha tenido la

capacidad para fragmentar la realidad a través de los medios masivos de comunicación, a

los que se suma internet a través de programas informáticos de inteligencia artificial o

cuentas que simulan ser personas en las redes sociales, bots, y también intenta modificar

la realidad, eliminando comentarios negativos y tratando de neutralizar las críticas contra

el sistema y, en especial, contra la administración de Peña Nieto. No otra, sino una

guerra sucia tecnológica a través de internet y las redes sociales.

Para tratar de contener y minimizar las críticas, el gobierno federal y algunos estatales

también han creado “ejércitos” de trolls, personas que cuestionan y atacan

sistemáticamente a los críticos. Según los estudiosos del tema, una diferencia

fundamental que distingue a los trolls de los bots es que los primeros sí son personas,

aunque se escondan detrás de nombres falsos y cuentas que pueden ser difíciles de

rastrear.

El vicepresidente de Marketing de la Asociación Mexicana de Internet (Amipci),

Guillermo Pérezbolde, respondió la pregunta clave sobre qué son los trending bots y los

crisis bots en un amplio artículo escrito para Mercadotecnia, publicidad y medios Mercado

2.0: “[Los primeros] se dedican únicamente a generar volumen de conversación de forma

artificial en torno a un tema o hashtag, con la intención de convertirlo en trending topic

en Twitter […]. Estos bots son ampliamente utilizados en campañas políticas con la

intención de simular popularidad en un candidato.

”[Y] los segundos] atacan o defienden otras cuentas o temas, […] son muy utilizados

en páginas de Facebook para simular movimientos en contra de una marca, buscando

generar una idea negativa de la empresa en la gente. También se utilizan para

contrarrestar esas opiniones negativas. Algunos de estos bots se encuentran programados

para atacar en periodos de tiempo determinados para hacer el mayor daño posible”.

Así es como se ha combatido el potencial democrático y plural de las redes sociales,

sin descuidar a los medios tradicionales, cuya cobertura y política editorial no ha

cambiado y, la mayoría siguen amparados en los grandes contratos públicos de la

publicidad; los gobiernos estatales y federal han desarrollado programas especiales para

copar a las nuevas tecnologías y su información que se multiplica en Facebook, Twitter, Google o Instagram; las inundan con sus “seguidores” o, mejor dicho, sus burócratas

responsables de las redes sociales, conocidos también como esquiroles de la protesta

social.

Sin modificar la esencia de sus contenidos ni políticas editoriales, la prensa mexicana

se ha ido adaptando a las nuevas realidades. Así, aunque los usuarios únicos —ya no

lectores— lleguen incluso a “convencerse” de que tienen acceso a contenidos e

información imparcial, la realidad es que procesan información dirigida. Sin saberlo,

pueden estar charlando o interactuando con los chat bots (bot conversacional o programas

informáticos de respuestas automatizadas), alimentados y supervisados, eso sí, por

trabajadores asalariados de empresas privadas o gubernamentales.

Un estudio de la escritora alemana Erin Gallagher sostiene “que los peñabots, cuentas

creadas para apoyar a Enrique Peña Nieto en internet durante las elecciones

[presidenciales] de 2012, hoy se dedican a bloquear las protestas en redes sociales y a

eliminar tendencias en México. […] más de 75 mil cuentas automatizadas en Twitter son

utilizadas para combatir las críticas al gobierno”.

Llamada también Guerra Sucia de los bots, se ha usado, por ejemplo, para defender

en su momento al procurador Jesús Murillo Karam, después de su infame señalamiento

de “ya me cansé”, tras la desaparición de los estudiantes normalistas en Iguala, o para

tratar de minimizar los daños por la brutal represión policiaca a las protestas sociales,

como las de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero

(CETEG).

Para Gallagher, los peñabots también atacan personalmente a periodistas y activistas

con campañas de difamación, amenazas de muerte y otras formas de acoso. Y “las redes

sociales son el nuevo Zócalo. Los mexicanos dependen de estas redes para publicar sus

noticias al mundo y para comunicarse entre ellos. Cuando alguien manipula estas redes,

hace mucho daño a la sociedad mexicana y a la libertad de expresión. […] En México,

un hashtag no es sólo un hashtag, es una forma de hacer visible lo invisible”.

La experiencia operativa de la Presidencia mexicana en internet y las redes sociales

quedó al descubierto a finales de marzo de 2016, cuando el hacker colombiano Andrés

Sepúlveda le confesó a la revista especializada Bloomberg Businessweek que en la campaña

presidencial de 2012 operó para el equipo del candidato priista Enrique Peña Nieto.

Sepúlveda dijo que para beneficiar esa campaña manipuló redes sociales, espió a otros

candidatos, manejó sus correos electrónicos, coordinó ciberataques y encabezó un equipo

de seis hackers que robaron estrategias de campaña, manipularon redes sociales para crear

falsos sentimientos de entusiasmo y escarnio, e instaló spyware en sedes de campaña de la

oposición.

Firmado por Jordan Robertson, Michael Riley y Andrew Willis, con Carlos Manuel

Rodríguez y Matthew Bristow, el trabajo precisa: “En México, el dominio técnico de

Sepúlveda y la gran visión de una máquina política despiadada de [el venezolano Juan

José] Rendón confluyeron plenamente, impulsados por los vastos recursos del PRI”.

Aunque hizo algunos comentarios para Bloomberg, nada que lo comprometiera, el venezolano Rendón —llamado también Rey de la propaganda negra, de la desinformación

y del rumor— resultó un viejo conocido de la clase política mexiquense. En 2005 fue uno

de los personajes que coordinaron y orquestaron el trabajo sucio, que se tradujo en

campañas de desprestigio, para que Peña Nieto superara a su rival panista Rubén

Mendoza Ayala, y llegara a la gubernatura del Estado de México.

El problema es más serio de lo que parece porque los usuarios mexicanos de internet

y redes sociales, sobre todo periodistas, activistas desafectos del régimen y políticos

opositores, así como estudiantes y maestros críticos del sistema son altamente vulnerables

—a través de métodos de ingeniería social informática—, a los llamados ataques de

fuerza bruta o intromisiones no autorizadas a sus cuentas, así como al hacking.

Si han de tomarse a pie juntillas los resultados de la Encuesta Nacional sobre

Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH),

2015, del INEGI, y de los Hábitos de los Usuarios de Internet en México 2016, de la

Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), 12.8 millones de hogares (39.2% a nivel

nacional) tienen disponibilidad de internet, y el país cuenta con unos 65 millones de

internautas. De ese universo, 46% pertenece a la clase media, mientras que las redes

sociales se han convertido en el instrumento más eficaz y útil de comunicación, acceso a

la información y ciberactivismo.

 

LA GUERRA QUE NOS OCULTAN documenta esa otra parte de la historia de dos crímenes que

ha quedado oculta en la vorágine de información que se generó en los meses posteriores.

Esta es esa otra historia que se calla por temor a las grandes corporaciones mineras y para

no ahuyentar la llegada de nuevos capitales que aprovecharon el “ya me cansé” del ex

procurador Murillo.

También es la historia de cómo se organizó una cacería que culminó con un

operativo contrainsurgente de gran envergadura para acorralar, emboscar y desaparecer a

los estudiantes de Ayotzinapa, pero cuyo blanco mayor era la dirigencia estudiantil o el

Comité Central de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, con

lo que se daría un golpe definitivo, mortal por necesidad, a las 16 normales rurales que

aún están en pie.

Esto es Guerrero, y también el otro México, el del normalista Julio César Mondragón

Fontes, cuya tortura refleja el salvajismo de la sociedad y los sufrimientos extremos de

una víctima. Él, una realidad que casi nadie quiere ver.