La imaginación conservadora
Alegato a favor del conservadurismo
Gregorio Luri
La imaginación conservadora
ePub r1.0
Titivillus 23.01.2021
Título original: La imaginación conservadora
Gregorio Luri, 2019
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Dedicado al Círculo Hermenéutico Estraussiano de Les Planes
Alegato a favor del conservadurismo
«¿DEFENDER EL CONSERVADURISMO… EN ESPAÑA?»
Cuando presenté el proyecto de este libro a mi editor, me miró con cara de desconcierto y enseguida me formuló la pregunta que encabeza este apartado. Mi respuesta fue afirmativa; al fin y al cabo, no pretendía hacer nada vergonzoso ni incomodar a nadie.
Todo a lo que aspiro es a ayudar a conformar, en la medida de mis capacidades, lo que podemos llamar la imaginación conservadora consonante con los retos del presente. No quiero contribuir a la elaboración del programa electoral de ningún partido conservador, sino a algo más importante, que nace del convencimiento de que las fuerzas políticas declinan cuando no están en condiciones de contribuir a conformar la imaginación política de una comunidad. Lo que permite que un argumento adquiera relevancia política no suele depender únicamente de su estructura lógica. Los sentimientos, percepciones y predisposiciones que promueve también cuentan y, de hecho, suelen ser lo relevante.
Todos, creo, estamos de acuerdo en que el conservadurismo se sostiene o se hunde según el valor que colectivamente concedamos a la transmisión, pero también —y esto es algo que algunos conservadores suelen tender a olvidar— según el valor que el pensamiento conservador conceda a su propia historia. Ha ocurrido a veces que cuanto más se ha ido reduciendo el apoyo social a la transmisión, más se blindaba el conservadurismo en una defensa numantina de una idealización tan reconfortante de su pasado que en él no hay lugar para la caducidad. El conservadurismo debe aspirar a ser un árbol de hoja perenne, que no es el que no pierde las hojas, sino el que nunca se queda sin follaje. Como ya nos advirtió Gutierre Díez de Games en la primera biografía de las letras españolas, El Victorial, la «rueda del mundo nunca está queda nin dexa ser siempre las cosas en buen estado». Hay que andar con tiento para no confundir las enseñanzas de la historia con las tumbas de los muertos célebres y afines, no nos vaya a suceder lo que dicen que le sucedió al emperador Otón, que yendo a buscar sabiduría política a la tumba de Carlomagno, lo único que encontró fueron sus huesos, prueba de la finitud humana y, por lo tanto, de la de su propia dinastía.
En cuestiones patrimoniales, más importante que blindar una herencia es amarla. Si no amamos lo que heredamos, difícilmente estaremos dispuestos a pleitear por lo que nos han legado nuestros padres. Y si no pleiteamos nosotros, pleiteará el olvido. Esta herencia es, básicamente, el ecosistema cultural en el que germina nuestra identidad. Somos distintos de nuestros padres y nos adentramos en un futuro que siempre llega con sorpresas bajo el brazo, pero por eso mismo necesitamos contar con alguien al que reconocer como padre, para que nos ayude a encontrarle sentido a nuestro caminar. Eso no significa que estemos dispuestos a vestirnos como nuestros padres, a cantar sólo las canciones que ellos cantaban, a pensar como ellos o a batirnos por cada una de sus causas. Significa que sólo sabiendo de dónde venimos podemos comprender por qué nos vestimos como nos vestimos, por qué cantamos las canciones que cantamos o nos batimos en defensa de nuestras causas. El rey Alfonso de Nápoles decía que los mejores consejeros son los
muertos,[1] pero sólo pueden serlo para quienes estén dispuestos a escucharlos.
El conservador genuino —que sabe que para preservar el follaje de un árbol no hay que conceder el mismo valor a las hojas amarillentas que a los brotes verdes— ya no puede tener por una guía ideológica válida uno de los textos fundacionales del conservadurismo español, aquel Manifiesto de los persas que 69 diputados realistas le dirigieron a Fernando VII el 12 de abril de 1814 lamentando los «seis años de revolución» padecidos por España. Su contenido explícito responde a una coyuntura concreta que poco tiene que ver con la nuestra. Sin embargo, es más que probable que considere vigentes sus cuestiones de fondo implícitas, por ejemplo, la naturaleza de las relaciones entre filosofía y política, excelencia e igualdad; pluralismo y democracia; soberanía y autonomía personal; innovación y transmisión; libertad individual y ejemplaridad ciudadana, etc.
El Manifiesto es una prueba de que las tensiones que se habían producido durante la guerra de la Independencia en el seno de la Junta Central entre las ideas antiguas y las modernas no se habían resuelto. Recordemos que a la cabeza de «los antiguos» se encontraba un hombre ilustrado, el conde de Floridablanca, que defendía el modelo político del monarca ilustrado. Podríamos, pues, situar a Floridablanca en el origen remoto de nuestro conservadurismo… si no fuera por el profundo atractivo de la personalidad de Jovellanos.
Jovellanos se muestra como un conservador genuino cuando se opone a la convocatoria de unas Cortes Constituyentes argumentando que no se debía seguir el ejemplo de la Asamblea Constituyente francesa, porque España ya tenía su Constitución que, si bien no estaba articulada en un texto orgánico, estaba arraigada en nuestras costumbres, códigos e historia. Lo que Jovellanos quería era que España siguiera los caminos constitucionales de Inglaterra. Esto es lo que escribe en mayo de 1809: «¿Por ventura no tiene España su constitución? Tiénela sin duda; porque ¿qué otra cosa es una constitución que el conjunto de leyes fundamentales que fijan el derecho del Soberano y de los súbditos, los medios saludables de preservar unos y otros?». Es esta postura la que permite a Nocedal conceder a Jovellanos el título de padre y fundador del conservadurismo hispano. El Manifiesto de los persas fue posible porque las propuestas de Jovellanos quedaron en vía muerta. Reconozco que en el gesto de optar por Jovellanos hay un cierto narcisismo retrospectivo, pero para todos está permitido elegir predecesores ideológicos.
El conservadurismo español tiene su propia historia. Es una historia compleja y con frecuencia confusa que conviene que estudie sin timideces ni prejuicios si quiere conocerse bien a sí mismo. Por ejemplo, este mismo Manifiesto de los persas fue incorporado en 1941 a la Historia del tradicionalismo español de Melchor Ferrer, Domingo Tejera y José F. Acedo, como si fuera una prueba más de la verdad de ese constructo ideológico carlista —y, a través del carlismo, del franquismo— que fue la «España eterna». Los partidarios de la reductio ad Francorum tienden a creer que todo aquello que pasó por las manos de un franquista queda indeleblemente contaminado de fascismo, así que, quien se atreva a considerar el Manifiesto un texto digno de ser pensado, corre el riesgo de convertirse en la diana de sus prejuicios. La expresión reductio ad Hitlerum fue utilizada por Leo Strauss con la sugerencia irónica de que quizás Beethoven no era nazi, aunque le gustara a Hitler. Nosotros podemos decir que quizás el Manifiesto de los persas, Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Maeztu o Vázquez de Mella no eran franquistas por el hecho de que fueran utilizados por el franquismo, como no lo fueron los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, Fernando de los Ríos o Madariaga por defender en algunos de sus escritos la democracia orgánica.