La mala luz
I. El monstruo
I
El monstruo
«El monstruo estaba hecho de miedo.»
WILLIAM LINDSAY GRESHAM,
El callejón de las almas perdidas
1
(Muerto tras estos ojos)
Los dos nos habíamos mudado a Zaragoza recientemente, en el transcurso de unos
pocos meses, primero Jacobo y luego yo, ambos recién separados, todavía con la
marca de la alianza en el dedo, ese anillo de piel algo más pálida que funciona para el
mundo como una especie de emblema de soledad recién estrenada y moderadamente
vergonzante. Supongo que cada uno de nosotros iba huyendo de lo suyo. Él con la
intención de iniciar una etapa distinta, tras su jubilación anticipada, y yo puede que
de algún modo siguiendo sus pasos, no tanto por el alivio que suponía poder contar
con su compañía de vez en cuando, como seducido, creo, por la poderosa fascinación
que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas
a empezar, cualquier situación que, de una manera o de otra, pueda relacionarse en mi
imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo
aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la
mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior. Gente, por
ejemplo, que sale de la cárcel o abandona por fin el hospital tras una tortuosa cura de
desintoxicación y, con sus cuatro bártulos, alquila una habitación en un lugar
desconocido, lejos de todo lo anterior, y coloca en un vaso que hay sobre el lavabo su
cepillo de dientes, mete en los cajones unas cuantas mudas, puede que también un
revólver o el retrato de una mujer que apenas se sostiene, y abre la ventana para que
entre el aire y empiece la película. Y se ven entonces los neones en los muros de
enfrente y el ajetreo de un barrio hostil por descubrir en el que habrá que ir poco a
poco sentando plaza. Un concurso de traslados en el momento oportuno, la toma de
posesión de un nuevo destino administrativo puede ofrecerte algo parecido a eso, la
sensación de estar vivo contra pronóstico y de cuaderno en blanco con olor a
imprenta todavía, a la espera de cosas y de tinta. Y todo eso a pesar del cansancio y
de las cadenas viejas que sin duda aún habrán de arrastrarse enganchadas a los pies.
Cuando Jacobo me contaba los detalles de su mudanza y los primeros compases
de lo que parecía una vida nueva en toda regla, no podía evitar sentir cierta envidia, si
se trata de llamar a las cosas por su nombre, porque aunque sea de manera
intermitente uno siempre tiende a considerar, por instinto de supervivencia, que está a
tiempo todavía de dotar a los días que quedan de algo de sentido y construir una
nueva torre en medio de la nada para seguir viviendo: ganas a fin de cuentas de otros
escenarios, nuevos rostros, la humilde posibilidad de perderme por calles que no
supiera exactamente antes de empezar a recorrerlas dónde desembocan o entrar a
tomar café en bares en los que nunca antes hubiese puesto los pies, una ciudad al fin
y al cabo, con sus bajos fondos y sus salas de cine, su Fnac, sus librerías, sus noches parecidas a las noches de verdad. Todo como a escala, como de juguete, pero real en
resumidas cuentas y a la vuelta de la esquina. En la pequeña ciudad en la que
inicialmente vivíamos (desde hace cuántos años, y qué largo cada uno de ellos), la
dulce Provincia, es como si se hubiera ido adensando progresivamente, de un tiempo
a aquella parte, la nube de hastío que, como de oficio, ya de por sí, envolvía las tardes
a partir de cierta hora y nos metía en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de
tristeza enquistada y repetida, como un extraño rocío vespertino, una especie de sudor
al revés que atravesara, de fuera adentro, los poros de todos los muros y de todas las
cosas habidas y por haber y las dejara empapadas de vacío y de pasado y de un
cansancio antiguo que te obligaba a pasear medio encorvado, a leer sin ganas, a
siestas eternas con tal de no ver de qué lamentable manera agonizaba el tiempo bajo
esa mala luz que se adueñaba igualmente de la calle que del interior de las casas y los
bares.
Nos habíamos conocido años atrás, Jacobo y yo. Durante bastante tiempo nos
veíamos prácticamente a diario, la típica cerveza de después del trabajo, más o menos
ritual, que se prolonga cada tarde un poco más, a veces hasta la madrugada. Ese
descubrimiento recíproco del uno por parte del otro empezó siendo eufórico y vital.
Faltaban días para llevar a cabo todo lo que planeábamos hacer, y hasta horas en la
noche para enumerarlas. Ese tipo de afinidades son ante todo una cuestión de foco, de
visión sobre el mundo: de repente descubres a alguien que no sólo coloca en el
mismo punto del espacio la fuente de luz, sino que lo dirige en la dirección exacta en
la que tú mirabas. Mucha gente decide salirse del mundo de una manera o de otra,
pero no es fácil que dos personas vayan a hacerlo a la vez y por la misma puerta,
pasando a verlo todo desde muy lejos e idéntico ángulo. Cuando se da una
coincidencia así, es posible despreciar y admirar en armonía todo cuanto va haciendo
desfilar ante nuestros ojos el mundo circundante, y reírse de las cosas, especialmente
de asuntos medio sagrados para el resto de los mortales, temas intocables, cuestiones
delicadas que dejan de serlo de madrugada, como por arte de magia a partir de cierta
hora, entre el humo de los bares de los que entran y salen a tropezones clientes con
sus historias a cuestas, sombras con gabardina que se pasean por nuestro campo
visual y piden copas que beben a solas mientras la música los engulle, personajes de
un teatro demasiado pequeño como para ser tomado del todo en serio. A Jacobo le
gustaba sobre todo hablar de mujeres, tanto de sus novias del pasado, demasiadas
para que mi ajada memoria retuviera la circunstancia y el nombre de cada una con la
precisión que él hubiera querido en su interlocutor para no tener que andar repitiendo
a cada paso las mismas explicaciones, como de sus conquistas extramatrimoniales
más recientes. Su cháchara podía llegar a ser una turbadora confusión de niñas
soñadas y señoras como leonas, de hazañas más o menos reales con otras que no
pasaban de la categoría de intención o proyecto por madurar, todo un laberinto verbal
de carne y fantasía en el que yo me perdía con facilidad entre tanto nombre femenino
como se mencionaba, tanta carta de aquí para allá, tanta braga para arriba y para abajo. Nunca, ni siquiera en el cine, me han parecido tan deseables las mujeres como
contadas por Jacobo, ni tan perturbadoras como a través de su boca las hazañas de
amor. Le brillaban los labios al rememorar alcobas y faldas levantadas en los
escondites más precarios, pies desnudos haciendo sus dulces tareas por debajo de las
mesas más formales, unas veces historias del pasado y otras de cuatro días atrás,
rendiciones y arrebatos, el candor y la furia, el desmayo entre sus brazos de lo que
parecían damas de leyenda convertidas de repente, como por el efecto de un beso
mágico, en hembras sin más, despeinadas y bellísimas, jadeantes y sucias. Al
principio temía que, en justa correspondencia, esperase de mí confesiones similares,
con el mismo grado de escabrosidad y detalle, pero enseguida se dio cuenta de que yo
estaba lejos de sentirme cómodo hablando de esas cosas, ni siquiera en momentos así,
cuando los vasos se vacían deprisa y sé que todas duermen.
En contraste con esa especie de fiesta perpetua, justo en el reverso del coñac y la
música, estaba también la que fue desde bien temprano la obsesión de su vida: el
horror de los campos de concentración alemanes y todas sus derivas. Su padre había
sido superviviente del de Mauthausen, y los años siguientes a la liberación los dedicó,
infatigablemente, a dar conferencias y todo tipo de charlas acerca de su experiencia,
del deber de recordar y de la extraña culpa por haber salido con vida de un infierno en
el que ardieron tantos. Como Primo Levi, cayó en la cuenta del cansancio que
terminó por generar en la opinión pública un discurso mil veces repetido, comprobó
cómo el mundo dejó de querer escuchar aquel relato de atrocidades
fundamentalmente a partir de la guerra del Vietnam, que, como si se tratara de una
nueva y vigorosa moda, volvió caduco en cuatro días todo lo relacionado con el
espanto anterior. La imagen del horror pasó a ser la del napalm haciendo arder las
junglas y no ya más la de los cadáveres desnudos amontonados en la nieve. La
Guerra Mundial pasó a ser vieja de la noche a la mañana, y con ella el asunto de los
esqueletos andantes, las carretillas llenas de pellejos con rostro, los trabajos forzados,
los hornos crematorios y las cámaras de gas. Y también como Primo Levi, acabó sus
días dejándose caer por el hueco de la escalera, harto de salas vacías, de oídos sordos
y de los ecos terribles de su propio silencio. El legado que recibió Jacobo de su padre,
por encima de todo lo demás, fue la culpa. Difícilmente podía perdonarse no haberle
escuchado a su debido tiempo más y mejor, haberse hastiado sin disimulo de prestar
atención, desde niño, a las mismas historias que solían acabar en un baño de lágrimas
que se le antojaba tan patético como insoportable. Uno se harta siempre de las
pesadillas de los demás y de los gritos de madrugada en la habitación de al lado,
provengan de quien provengan. Se puede escuchar durante un tiempo, tomar la mano,
deshorarse por completo, ofrecer un calmante, un vaso de agua, pero si se quiere de
verdad simplemente continuar viviendo no queda otro remedio que terminar por
colocar algún tipo de barrera a todo eso, cerrar los oídos y, de una manera u otra,
alejarse. Irse de allí, dejar solo al que gime. Es como abandonar a un herido en la
cuneta cuando el enemigo se aproxima a pasos agigantados y carece de sentido correr el riesgo de quedarte a contemplar cómo se desangra del todo. Sólo después de morir
su padre, Jacobo se interesó de verdad por la historia que contaba aquel hombre
derrotado que lloraba con todas las películas, incluso con las comedias screwball más
desenfadadas, que se hundía en el sofá, que se quedaba inmóvil a veces, mirando al
vacío, con la cucharada de sopa detenida a mitad de camino entre el plato y su boca.
Lo leyó todo al respecto, lo divulgó como pudo y trató de hacer suya la visión del
espanto. Sentía que le debía a su padre las pesadillas que vinieron después, el
insomnio, los miedos, las sombras de verdugos rondando la noche entera por cuartos
y pasillos. Yo diría que de algún modo extraño llegó a amar ese sufrimiento heredado
que entre toneladas de horror le devolvía algo de la ternura del padre, un cierto olor
de hogar, el perfume de los viejos castigos soportables y justos. Hay quien conserva
como oro en paño el reloj de bolsillo de un ser querido, un retrato, una estilográfica
antigua o un mechón de pelo a modo de reliquia: Jacobo en cambio tenía ese miedo.
Y lo cuidaba a su manera, lo alimentaba con fotografías y recuerdos y libros. Al
principio, cuando me hablaba del tema yo me incomodaba un poco y tendía a bajar la
mirada sin terminar de saber qué actitud tomar, como cuando de niño tienes que dar
el pésame a un compañero de clase que ha enterrado a su madre hace dos días. Nunca
sabes si es mejor el silencio o las palabras ante la tragedia, abrazar a alguien,
regalarle tu bocadillo o sencillamente dejarlo solo. Sin embargo Jacobo, como si
tuviera la lección bien aprendida, tenía cuidado de no insuflarle al asunto una
gravedad especial en nuestras conversaciones. Prefería poner el acento en cuestiones
más o menos genéricas que le interesaban, tales como las reacciones humanas ante
situaciones límite, la supervivencia, el aguante, la fuerza del rencor. Y era increíble la
naturalidad con la que de esa cuestión pasábamos a otra cualquiera en nuestras
conversaciones; sin darnos cuenta ya estábamos hablando de nuevo de los pequeños
chismes del mundo circundante, de música y mujeres, de viajes que haríamos un día
y de todos los cartuchos todavía por quemar.
Con todo, creo que al final no acertamos a ser buenos el uno para el otro. Sin
querer, nos arrastrábamos mutuamente hasta nuestros correspondientes pozos,
imantados por la negrura del otro y la fuerza de sus vórtices. Nunca supimos
ayudarnos de verdad en lo que realmente importaba, más bien nos comportábamos
como esos hombres que se ahogan en el mar y que al sumergirse se agarran a sus
salvadores de tal modo, con brazos y uñas, que acaban por arrastrarlos con ellos hasta
el fondo. Sin decirnos nada, como por instinto, dejamos de vernos tan asiduamente y
otra vez el tedio volvió a envolverlo todo. Así estaban las cosas en los meses
anteriores a abandonar mi casa y así continuaron después, en la época del
apartamento alquilado a toda prisa, la soledad brutal, las persianas bajadas y los
cerrojos echados de noche y de día, como si sirvieran para algo todas esas cautelas y
las sombras no pudiesen atravesar paredes y poros.