La mascota del dragón

Gema Perez · Capítulo 1 de 22

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La mascota del dragón

Capítulo 1

La primera vez que escuchó las trompetas, la pequeña Alyra correteaba alrededor del manantial que caía desde la cascada en lo profundo del bosque. Su corazón se aceleró, puesto que aquel sonido estridente había sido capaz de mortificar a las ninfas con las que jugaba en el claro.

—¿Adónde van? —les preguntó la pequeña Alyra.

Las ninfas se dispersaron en el agua, convirtiéndose en espuma. No contestaron ante sus ruegos ni súplicas, y Alyra quedó completamente sola.

El rugido de la cascada opacaba sus pensamientos, y parecía crecer como su incertidumbre.

Estaba acostumbrada a ser obedecida, por eso no entendía por qué aquellos seres con los que acostumbraba jugar le hicieran poco caso. Pero había visto sus caras al momento de desaparecer. Estaban lívidas, como si el color de la sangre que fluía en su interior se desvaneciese debido a una emoción indescriptible.

Alyra escuchó pasos pesados detrás de los arbustos. Se reincorporó y vio salir de ellos a una pequeña compañía, compuesta al menos por cinco soldados. Las orejas puntiagudas, y el brillo de los ojos contrastaban con la fulmínea armadura que cubría sus cuerpos, sobre pecheras y yelmos que parecían hechos con el polvo de las estrellas.

—Princesa —dijo el más fornido de ellos. Se decía que el penacho de su yelmo había sido arrancado de una poderosa águila en las montañas del fin del mundo—. Necesitamos que venga con nosotros.

—¿Por qué razón, Galdor? —inquirió la princesa, mirando al elfo de arriba abajo—. ¿Padre te ha mandado a buscarme?

—Más que eso —dijo Galdor, acercándose un poco más—. Estos bosques ya no son seguros. —Le tendió la mano—. Venga. La escoltaremos hacia el castillo.

Y en ese momento, las trompetas volvieron a arremeter desde todas partes, haciendo vibrar el césped, la roca y el agua, como si la primera advertencia

no hubiese sido suficiente. Alyra recayó en los ojos de Galdor, y concibió el mismo terror que había visto en las ninfas.

Alyra asintió, y se asió de la mano de Galdor. Era muy alto. Se decía que era el guerrero más experimentado de todo el reino de los elfos. Valiente y leal. Así lo describía su padre cuando este le contaba muchas de las pasadas campañas de guerra. Su mano derecha, y su más fiel aliado.

—¿Qué pasa, Galdor? —preguntó Alyra mientras serpenteaban los caminos rumbo al castillo.

Empezaba a hacer calor. Debajo de su vestido comenzaba a sudar a cántaros. Nunca le había pasado. Aquel bosque era tan fresco como la caricia aquel viento norteño. Los pájaros y demás bestias parecían notar que algo no andaba bien. Se escondían en sus madrigueras, raspando los troncos, agarrando a sus crías y perdiéndose hacia las profundidades del bosque.

—Esperaba que no viviera esto tan pronto, princesa —dijo Galdor, sin apartar la vista del sendero—. No tiene de qué preocuparse. —La miró antes de esbozar una sonrisa—. Nosotros nos haremos cargo.

La explanada se abrió en cornamentas hechas de mármol que se abrían en un palco gigantesco a la luz de una montaña. Las puertas del castillo, tan enormes como un coloso, se conectaban con un puente hecho de adoquines de diamante.

Pero el azoro de Galdor resonaba en sus pasos al encontrarse con la doble hoja, que se abrió para dejarlos pasar. Una tercera oleada de trompetas anunció su llegada, que en ese momento no parecía importante.

Las legiones de elfos desfilaban precipitadamente sobre todos los pasillos del palacio, cargando cimitarras y mandobles al cinto, sin mencionar las grandes ballestas y arcos. Alyra tragó grueso, puesto que nunca había visto tanto movimiento en su casa.

—¡Galdor! —exclamó una voz en lo alto de unas escaleras de plata, tapizadas con finas alfombras de color sangre, parecidas a una lengua—.

¡Galdor, has vuelto!

El Rey ya bajaba los escalones, apremiado como todos los demás. Las cabezas se inclinaban a su alrededor, como si formasen para él un sendero

de lealtad.

—Su majestad —dijo Galdor al inclinarse—. La he traído, tal cómo me pidió.

—¿Tuviste problemas, mi buen Galdor? —El Rey no desaprovechó la oportunidad de dirigirle una mirada a su hija.

—No más de los que ya tenemos, su majestad —respondió Galdor al ponerse de pie. Llevó la mano de Alyra hacia la palma de su padre—. Pido permiso para retirarme. Mis hombres esperan por mí, y en estas circunstancias no debo hacerlos esperar. —Hizo una pausa—. ¿Se unirá a nosotros?

—En cuanto ponga a mi hija a resguardo —dijo el Rey—. Anda. Infunde ánimos en nuestros soldados. Hoy la sangre correrá de una u otra manera, ya que el infierno ha decidido saludar.

Galdor dibujó una sonrisa en su rostro, como si le sorprendiera alguna ironía escondida detrás de aquellas palabras. Volvió a inclinarse en señal de respeto, y salió despedido hacia las caballerizas, repartiendo órdenes en el camino. Su capa ondeaba como una bandera.

—Ven conmigo —dijo el Rey, dándose la vuelta con Alyra consigo—. No salgas bajo ninguna circunstancia, hija.

—No entiendo qué está pasando —dijo Alyra.

—Y es una lástima que tengas que entender a tan corta edad, mi luz. —

Empezaron a deambular por pasillos por los que muy pocas veces Alyra había transitado—. Es de vital importancia que no te muestres durante las próximas horas. Es de vital importancia que te escondas aquí.

Llegaron a una puerta de acero negro, tan oscura como las pesadillas a las que Alyra solía huirles.

—¿Padre…? —Alyra sintió una sacudida en su pecho; una soledad latente que comenzaba a germinarle desde su corazón. Miró a su padre, buscando una respuesta para aquel sentimiento, y los ojos azules del gobernante le parecieron tan profundos como un abismo en el fondo de los cinco océanos.

—Han venido —dijo su padre, inclinándose hasta tenerla frente a frente—.

¿No lo sientes…? —Se secó el sudor de la frente.

El calor había aumentado desde que salió del bosque, notó Alyra. Tuvo la impresión de que la piedra de las paredes podría evaporarse en cualquier momento. Pestañeó al imaginarse aquello.

—Tienes un deber con tu gente, Alyra —dijo su padre, levantándose y abriendo la puerta.

El interior de aquella habitación lucía como un almacén. Olía a vino, y la humedad opacaba un poco al calor que embargaba el palacio.

—Recuerda —dijo su padre en el umbral—. No salgas bajo ninguna circunstancia.

Y dicho esto, cerró con un portazo. El silencio impregnó la habitación, y a su vez, los pensamientos de Alyra. Junto a su corazón, se sentó en un rincón con las piernas retraídas, a la espera de cualquier cosa.

Le pareció, en la oscuridad, escuchar rugidos con aliento de fuego.

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