La mujer del kimono blanco

Ana Johns · Capítulo 1 de 43

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La mujer del kimono blanco

Prólogo

 

Me llamo Naoko Nakamura. Mi nombre de casada es Naoko Tanaka. Y una vez, durante un breve período entre ambos, tuve un nombre distinto, ajeno a la tradición, debido a una boda inusual que se celebró bajo un viejo árbol de luces titilantes.

No dispusimos de un sacerdote ordenado que oficiara la ceremonia. No nos casamos en un santuario sagrado y no me cambié tres veces de ropa, como dicta la tradición.

Pero estaba enamorada.

Aquella noche, la oscuridad cayó sobre las casitas de la aldea y las envolvió con su manto de negrura, pero al oeste el cielo mantuvo un color naranja, se aferró al horizonte, furtivo y lleno de curiosidad. Cuando salí al porche, el aire húmedo besó mis mejillas. Bajé el escalón, pisé la tierra y, al doblar la esquina de la casa, dejé escapar un grito ahogado.

A lo largo del camino de guijarros se alineaban linternas de papel, y unas esferas que tenían el color dorado de la mantequilla iluminaban los árboles como hotaru amarillas, como una nube de luciérnagas surgida tras las lluvias torrenciales de julio. Había tantas que, al pasar por debajo de las ramas y levantar la mirada, los árboles me parecieron paraguas gigantes que me protegían de un centenar de estrellas fugaces.

Con una sonrisa, me pasé la mano por el vestido para sentir su esponjosa textura bajo la yema de los dedos. Nunca me había sentido tan bella, ni había estado tan nerviosa. En mi interior, la excitación crepitaba como los destellos de una bengala, era una descarga eléctrica que me atravesaba desde los pies hasta la punta de los dedos de las manos.

Frente a mí, en el centro del pequeño grupo de gente que esperaba, estaba el hombre que iba a convertirse en mi marido. Al reflejarse en sus ojos, la luz de un farol hizo que las volutas blancas en su centro danzaran como velas sobre el más azul de los océanos, y yo me perdí en ellos. Me perdí en él. Me perdí en ese momento.

Con cada paso que daba me acercaba un poco más a mi futuro y me alejaba un poco más de mi familia. Era un contraste de extremos en todos los sentidos, pero de alguna manera yo había encontrado mi lugar entre ellos. Buda lo llamaba el camino del medio. El equilibrio correcto de la vida.

Yo lo llamaba felicidad.

Una vida con amor es una vida feliz. Una vida dedicada únicamente al amor es una estupidez. Una vida de condicionales es insoportable. A mis setenta y ocho años, he pasado por las tres.

Mi abuela solía decir: «Así con las penas, así con la felicidad, todo pasa». Pero, incluso en mi vejez, cuando cierro los ojos sigo viendo el lejano parpadeo de un millar de luces diminutas.