La mujer sentada

Gillaume Apollinaire · Capítulo 1 de 9

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La mujer sentada

Capítulo I

Gillaume Apollinaire

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Titivillus 11.08.16

Título original: La femme assise

Gillaume Apollinaire, 1920

Traducción: Cristina Ridruejo Ramos

Editor digital: Titivillus

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I

Nacida en Maisons-Laffitte, Elvire Goulot tiene un gusto especial por los caballos, que pinta de un modo notable y por la equitación.

A pesar de que ya no tenga ocasión de montar a caballo, a menudo sueña con ello

y cuando tiene problemas se consuela imaginándose grandes cabalgadas.

Ha visto caballos maravillosos en los famosos establos de su ciudad natal, pero

aquellos que recuerda con más placer son los tres caballos enganchados a la troika de su amante, el gran duque Andrés Petróvich.

Tan blancos como la nieve, eran los caballos más hermosos de toda Rusia.

Estaban valorados en un millón el ejemplar. Sus colas caían casi hasta el suelo. Iban como el viento y el cochero que los guiaba era el más gordo que pudiera haber.

Desde la infancia, Elvire tuvo un espíritu agudo y una memoria notable. No ha

sido nunca creyente, pero jamás ha dejado de ser supersticiosa. Sus sueños siempre se han dirigido a las cosas del amor. De pequeña soñaba con agujas, estacas y barreras, lo cual, según el testimonio de cierta escuela, es significativo.

Su primer amante fue un médico, hombre casado a un tiempo muy amable y muy

libertino. La tomó cuando ella tenía quince años. Él tenía treinta y seis. Estaba ligeramente enferma, y había venido para curarla. Era uno de esos hombres delgados que, conocedores de todos los refinamientos del amor, corrompen el espíritu de las mujeres sin saber hacerse amar sinceramente. Su relación comenzó con un escándalo, pues la madre de Elvire descubrió el pastel. El seductor fue acusado, y si se libró fue sólo gracias a la declaración de Elvire, que afirmó ante los jueces que el acusado no la había tomado virgen. Fue absuelto, y le guardó por ello un profundo agradecimiento.

Una vez dado el primer paso, Elvire se vio entregada a la depravada educación de

ese Georges, el médico, que le inculcó junto con el gusto por las mujeres todo aquello que se puede saber del vicio.

Durante el invierno de 1913, la llevó a Montecarlo, donde la dejó sola al tener que

regresar precipitadamente a París. Fue en el Casino donde el viejo Replanov, el primer abogado de Petrogrado, que entonces era San Petersburgo, se fijó en ella y le aconsejó que lo siguiera a Rusia.

«Será feliz —le decía—. Reemplazará a mi hija que ha muerto, y a quien se

parece usted. Venga, no le faltará de nada. La trataré como si fuera mi hija.»

Y respetuosa pero apasionadamente, la besaba en la punta de los dedos.

Replanov partió el primero y, como Georges tardaba en regresar, Elvire se decidió

a partir para Rusia. Fue a comprar su billete a la Compañía Wagons-Lits, mas era y parecía tan joven que hubo de obtener el consentimiento previo de su padre a quien el viejo Replanov escribió una carta, un verdadero monumento a la hipocresía, pues en cuanto Elvire estuvo en Petrogrado la vendió a una asociación de libertinos de la que formaba parte y ella se convirtió en la amante del gran duque Andrés Petróvich. Pasó siete meses en Rusia y, de esa estancia con los moscovitas, me habló una vez de la siguiente manera:

«El gran duque, mi amante, tenía veintiséis años. Era muy guapo. Jamás he visto

un hombre tan guapo ni tan brutal. Amaba a las mujeres y a los muchachos. Era más

corrupto que Georges en el sentido de que la crueldad dominaba todos sus

escrúpulos, y el orgullo casi lo hacía delirar. Las mujeres, francesas en su mayoría,

que eran amantes de los otros libertinos, no eran ni jóvenes ni seductoras. Eran tan

sólo, por lo que me pareció, mujeres de negocios que se prestaban a todo aquello que

una imaginación depravada en extremo pudiera sugerir a sus amantes. La más

guapa era una rusa. Era también la más lasciva, y sus gustos concordaban con los de

los hombres que nos rodeaban. Tenía un saque inimaginable, tanto para la comida

como para la bebida, y jamás he visto mujer que pudiera beber tanto champán como

ella.

»Recuerdo una orgía en casa del general Breziansko; había allí una cincuentena

de comensales, entre ellos dos grandes duques, y, cuando se mandó a los criados

retirarse, esa joven rusa, tras ponerse tal y como vino al mundo, cual bacante

desmelenada y frenética se metió debajo de la mesa, dando ocasión a todos aquellos

que le gustasen —fueran hombres o mujeres— de manifestar la vivacidad de sus

sensaciones, desencadenando el regocijo de los asistentes.

»Pero me horrorizaba esa vida en la que no había en absoluto lugar para el

descanso, la ternura y la dulzura. De no ser por una amiga que me hice, una

bailarina de restaurante francesa, de veintiocho años, no habría podido permanecer ni

un mes en Rusia. Era la amante secreta del viejo general Breziansko, que había caído

en una devoción senil, desmesurada e incierta a un tiempo, confundiendo su propia

costumbre con lo que dicen los Evangelios respecto a la resurrección de la carne y lo

que cuentan sobre la Flagelación».

La morena Georgette, tan tierna con Elvire, que era la ricitos, se convertía en un

verdadero demonio cuando se trataba de fustigar la vieja piel del general Breziansko. Se esforzaba por poner en ese oficio un cuidado tanto más minucioso por cuanto que cada vez que el éxito coronaba sus esfuerzos, percibía una suma equivalente a veinticinco mil francos de los nuestros; mas el acontecimiento era raro, no obstante lo cual ese viejo tambor de Breziansko no dejaba de ser generoso y Georgette se encontraba satisfecha de su situación.

No le ocurría lo mismo a Elvire, que enflaquecía y sufría con impaciencia las

agresiones que su amante y sus amigos le infligían a su orgullo. Lo que más la irritaba era que no había cena en un restaurante que no acabara con alguna espantosa discusión en la que los gerentes o los dueños del hotel —en su mayoría franceses— eran tratados de un modo tal que sublevaba a Elvire, que intentaba consolarse con el amor de Georgette y también dibujando flores, cerditos y caballos que después iluminaba y que le servían como papel de cartas, cosa que provocaba la admiración del viejo Replanov, que venía a verla en ocasiones y exclamaba:

«Pinta como mi hija. Ya te lo dije, Elvire, te pareces a ella milagrosamente. Por

eso velo por ti como un padre y te he introducido en la mejor sociedad de Rusia».

Elvire se escapa un día, con algo de pena por dejar su hermoso apartamento de la Pentelemonskaya. Pero ya no podía más y había enflaquecido mucho. Georgette era la única que estaba al corriente de la fuga. En la frontera, otra historia. No querían dejarla pasar, al no estar en regla su pasaporte. Por fortuna, distinguió en el andén a un oficial a quien había visto en Petrogrado. Éste allanó todas las dificultades y, al apearse en la Gare du Nord, Elvire ya no añoraba más que las extrañas y nostálgicas canciones escuchadas en Rusia ya no sabía dónde, en un restaurante o en el campo y los tres caballos blancos de nieve, raudos como el viento y que el cochero más gordo de toda Rusia conducía siempre afanosamente.

Georges la recibió como fue recibido el hijo pródigo y, por mediación de uno de

sus amigos, la hizo debutar en un music-hall donde tomó la costumbre de llevar monóculo. Allí conoció a una figurante de medio pelo, Mavise Baudarelle, cuyos padres eran taberneros en el bulevar Mont-parnasse, donde se hospedó y Mavise Baudarelle le dio felicidad hasta el día en que un joven pintor ruso de buena familia, Nicolás Varinov, se la quitó a la familia Baudarelle.

Nicolás Varinov repartía su tiempo entre su hermana, la princesa Teleschkin, y su

amante Elvire, con la que se instaló en un estudio en la calle Maison-Dieu. Cuando Nicolás estaba en casa de su hermana, Elvire pintaba, con una delicada fantasía y no sin esfuerzo, resplandecientes ramos en los que aparecían margaritas con los pétalos negros y esa vida animada por el arte, al amor, el baile en Bullier y el cine continuó hasta el momento de la declaración de guerra.

Se recuerda que el año 1914 comenzó con una alegría loca. Como en tiempos de

Gavarni, el carnaval dominó esa época. Estaba de moda el baile, se bailaba por todas partes, en todas partes se celebraban bailes de disfraces. La moda femenina se prestaba tan bien al disfraz que las mujeres ataviaban sus cabellos con colores deslumbrantes y delicados que recordaban a los de las fuentes iluminadas que me asombraron de niño en la exposición de 1889. Se hubiera dicho también que eran resplandores estelares y las parisinas que seguían la moda tenían todo el derecho, ese año, a que las llamasen Berenices, pues sus melenas merecían un lugar entre las constelaciones.

Naturalmente habían resucitado los bailes de la Ópera. Y la broma picantona del

primero que tuvo lugar, en el que cada mujer recibía una caja cerrada con llave, mientras que cada hombre recibía una llave, habiendo de encontrar por su cuenta la cerradura de su llave, parecía un excelente augurio para la alegría general. Y tal vez más tarde, cuando con el tango, el maxixe y la furlana se olviden la guerra y sus «bombas fúnebres», se diga de la época pacífica del año 1914, como en la célebre litografía de Gavarni: «Se le perdonará mucho, pues ha bailado mucho».

De hecho, a los disfraces de 1914 les faltaba un artista como Gavarni, que había

diseñado tantos, inventándolos, sin copiar nada a nadie.

No había, en 1914, ningún personaje particular de nuestro tiempo, como los

Débardeurs, los Dominós, las Pierrettes, los Postillons, las Bayadéres o los Chicards, que un poeta convertiría rápidamente en personajes comparables a las máscaras de la Comedia italiana y que merecen no ser en absoluto abandonados.

Para crear otras máscaras, habría sido preciso otro Gavarni.

Su obra maestra fue el Débardeur, que es sobre todo un disfraz femenino

deliciosamente equívoco cuyo carácter subrayó sobradamente en esa leyenda sobre una mujer débardeur flirteando con una pierrette, que le grita: «¡Vete por ahí!… ¡Cómo son los hombres!», cosa que tal vez resume la insolente fantasía de todo el siglo XIX.

También habría sido preciso, para la nueva alegría de la época, inventar un nuevo

cancán, al haber sido el antiguo situado por la Goulue, Rayon d’Or, Grille d’Égout, Valentin le Désossé y por la devoción de grandes pintores como Toulouse-Lautrec al nivel de las danzas hieráticas.

Habría sido preciso algo que respondiera al cancán de los tiempos de Gavarni, a

ese cancán joven cuyas diferencias con el cancán solemne del Moulin Rouge son tan evidentes si se compara por ejemplo el cuadro de Seurat, El baile del Chahut, con el monólogo mucho más antiguo de Jules Choux, que comienza así:

La chahutera y la cancanska,

Sus posturas íntimas las conozco yo

Con redowe y con mazurca

De víctimas he dejao un montón (bis)

 

1914. Año de bailes y de mascaradas, la época no carecía de una suave gravedad pero era ligera, jamás se baila tanto como en las revoluciones y las guerras y ¿qué singular poeta inventó pues ese tópico verdaderamente profético: «Bailar como en un volcán»?

El personaje más característico de esa época de bailes y ballets rusos fue

incuestionablemente Elvire, a quien sigo viendo en Bullier con sus cabellos lilas, sus pieles blancas y su monóculo, la llamaban la Ricitos y nadie duda de que ese atavío (cabellos lilas, monóculo y abrigo de piel blanca) se hubiera generalizado al año siguiente si no hubiera llegado la guerra. Tal vez hubiera surgido otro Gavarni y hubiéramos tenido en el baile de la Ópera deliciosas Ricitos, como en los tiempos de Gavarni había encantadores débardeurs.

Nicolás Varinov también la llevaba a veces con Mavise a los bailes populares: el

de Gravilliers, donde los músicos estaban en un pequeño balcón; el Baile de la Juventud, en la calle Saint-Martin, cuyo patrón tenía una colección de facas tan hermosa que se las daba a los clientes de regalo; el de Octubre, en la calle Sainte-Geneviève, que en 1914 pertenecía al Sr. Vachier; el Petit Balcon, abierto en un callejón sin salida cerca de la Bastille; el baile de la calle Carmes; la Fauvette, en la calle Vanves, y la Bolera de Montmartre, encantador lugar donde la música era, a mi parecer, más agradable que la del Sr. Strauss.

La guerra asesinó todos esos «rendez-vous de noble compañía» en los que ahora

Elvire no puede pensar sin sentir una tierna melancolía.

La guerra, pues, estalló, quebrando como un cristal esa vida adorable y ligera.

Nicolás Varinov quedó extremadamente impresionado por el imprevisto

acontecimiento y, pocos días después de la Marne, le declaraba a Elvire, que se aferraba a él como una gata, que el tiempo del amor había sido interrumpido y que las ocupaciones que éste conlleva, en particular durante la noche, no se retomarían, por lo que a él concernía, hasta el fin de las hostilidades.

Como Elvire no acordaba a la guerra sino un escaso interés, esa decisión le

pareció incoherente, y en el firmamento de su relación comenzó a alzarse el desdén, cual luna pelirroja.