La noche del cazador

Davis Grubb · Capítulo 1 de 6 · parte 1/3

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La noche del cazador

Libro primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

El ahorcado

¿Perdonarás el pecado con el que hice que otros pecaran, el pecado que fue

para ellos puerta de perdición?

JOHN DONNE

El ahorcado

Una mano de niño y un pedazo de tiza hicieron el garabato cuidadoso, pero infantil, de trazos blancos sobre los ladrillos rojos en el muro junto a la cuadra de caballos de alquiler de Jander; dos toscos palotes en ángulo eran la horca, una gruesa línea quebrada era la cuerda, y una especie de espantapájaros era el ahorcado. Algunos de los que pasaron por aquella carretera no lo vieron; otros sí, y recordaron lo que significaba, y tuvieron solemnes pensamientos, y volvieron la mirada en dirección a la casa situada más abajo, en la carretera que lleva al río. Los críos, los pobres críos. Para sus ojos iba destinado el tosco dibujo; y lo vieron, y a lo largo de Peacock Alley oyeron la burlona canción infantil que lo acompañaba. Y ahora, en la cocina de aquella casa azotada por la desgracia, tomaban su desayuno en silencio. Pearl se detuvo de pronto y miró a su hermano con el ceño fruncido.

John, acábate las gachas.

El aludido frunció el entrecejo a su vez y apretó los labios; mientras tanto, su madre miraba a través de la ventana la amarillenta mañana marceña, que florecía en la seca madreselva que crecía a ambos lados de aquélla. Un frío sol invernal resplandecía entre la bruma matutina procedente del río.

John, cómete las gachas.

¡Cállate, Pearl!, gritó Willa, la madre de los niños. ¡Deja en paz a John! ¡Cómete tu desayuno y calla!

Sin embargo, John continuó con el ceño fruncido, observando cómo la niña seguía comiendo, y no dio por terminado el asunto.

Sólo tienes cuatro años y medio, Pearl, dijo. Y yo nueve. No tienes derecho a decirme nada.

Cállate, John.

Willa llenó una taza azul de loza de burbujeante café caliente y sorbió un poco frunciendo la nariz, para evitar el vapor. Entonces Pearl recordó el dibujo en la pared de ladrillos junto a la cuadra de caballos de alquiler de Jander en Cresap’s Landing, y les cantó la canción del ahorcado.

¡Cuelga, cuelga, ahorcado! ¡Mirad lo que hizo el verdugo!, cantó la niñita, y Willa se volvió, dejó violentamente la taza sobre el negro fogón y golpeó a la niña hasta dejar en su piel las marcas rosáceas de sus cuatro dedos.

¡No vuelvas a cantar eso! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!

Las manos delicadas y delgadas de Willa estaban anudadas en unos apretados puños amoratados. Los nudillos relucían como las articulaciones de las aves de corral sacrificadas. Pearl quería llorar, pero le pareció que, por fin, ahora podía llegar al fondo del asunto, de modo que contuvo las lágrimas.

¿Por qué?, dijo la niña en voz baja. ¿Por qué no puedo cantar esa canción? Los niños de Cresap’s Landing la cantan. Y John dijo…

¡No hagas caso de lo que diga John! ¡Madre mía, como si la cruz que llevo no fuera suficiente para que mis propios hijos…, sus propios hijos… se burlen de mí cantándomela! ¡A callar!

¿Dónde está papá?

¡Silencio! ¡Silencio!

Pero ¿por qué no quieres hablar? John lo sabe.

¡Cállate! ¡Cierra la boca!

Willa volvió a golpear el brazo regordete de la niña como si, al hacerlo, de alguna manera eliminase un hecho real, como si no se tratase de un brazo infantil, sino, más bien, del instrumento específico de su propio tormento y desesperación. Pearl se puso a llorar y a jadear imperceptiblemente, y, agarrando su vieja muñeca, se fue contoneándose, sin resuello a causa de la indignación, hacia el frío vestíbulo de la casa invernal. John siguió comiendo con lívida indiferencia, vagamente satisfecho, no obstante, con aquel castigo. Willa le miró patéticamente.

No quiero que se lo cuentes, John, susurró con voz ronca. No quiero que le digas ni una palabra, ¿me oyes? No quiero que lo sepa, nunca.

El no respondió y siguió comiendo con el glotón entusiasmo de un niño, relamiéndose los labios untados de blandas gachas y jarabe de arce.

¿Me oyes, John? ¿Has escuchado lo que te he dicho?

Sí, mami.

Y, pese a la omnipresente y monstruosa verdad que se cernía amenazadoramente sobre su pequeño mundo como un ogro de cuento de hadas, y a la certeza que durante tantas semanas había arrinconado cualquier otro sentimiento (incluso el dulce consuelo actual de desayunar en la cocina de su madre llena de vapor), John no pudo evitar el sentir una especie de cruel y travieso júbilo mientras la cadencia y el timbre de la canción de Pearl brincaban en su cabeza como un payaso tocando una zanfoña: ¡Cuelga, cuelga, ahorcado! ¡Mirad lo que hizo el verdugo! ¡Cuelga, cuelga, ahorcado! ¡Mirad cómo se balancea el ladrón!

Era la canción que los niños cantaban: todos los niños de Cresap’s Landing excepto, por supuesto, John y Pearl. Era la canción inventada por los niños cuyas manos habían trazado el dibujo con tiza en la pared de ladrillos rojos junto a la cuadra de caballos de alquiler de Jander. John bebió el último trago de leche y llevó la taza y el plato a Willa, que estaba junto al fregadero.

Ahora, dijo, me voy a Moundsville, a ver a vuestro padre. El almuerzo está en la despensa. Volveré para daros la cena, pero puede que regrese tarde. John, quiero que hoy cuides de Pearl.

Abrumado ya de responsabilidades para con su hermana, no vio ningún motivo para aceptar explícitamente aquella nueva carga.

¿Oíste, John? Cuida de ella, pues. Y tú, Pearl, haz lo que te diga John. Te dará el almuerzo a mediodía.

Sí.

Y tú presta atención a lo que voy a decirte, John. No le digas ni una palabra de…, ya sabes.

No, mami.

¡Cuelga, cuelga, ahorcado!, pensó distraídamente. (¡Vaya, casi era una melodía bailable!) ¡Cuelga, cuelga, ahorcado! ¡Mirad cómo se balancea el ladrón! ¡Cuelga, cuelga, ahorcado! Mi canción ha terminado.

Frente al espejo de marco pardusco que había encima de la vieja cómoda, Willa metió sus rizos castaños dentro del amplio sombrero de paja con la cinta verde.

¿Podemos tocar Pearl y yo la pianola?

Sí. Pero procura no romper los rollos, John. Son los favoritos de vuestro padre.

Willa respiró hondo, reprimió un sollozo mientras se empolvaba despacio la nariz y volvió a mirarse en el espejo con ojos acongojados, extraviados. Vaya, por un momento se había sentido casi como si Ben pudiera volver a oír aquellos rollos chirriantes y espasmódicos, casi como si se hubiera ido de pesca y estuviera a punto de volver para oírlos y reírse y las cosas fueran como en los viejos tiempos. Se mordió el labio inferior y rehuyó su rostro en el espejo.

¡Y no dejes jugar a Pearl con las cerillas de la cocina!, gritó mientras cruzaba el umbral en dirección a la glacial mañana. Cuando la puerta gris se hubo cerrado, John se puso a escuchar los chasquidos y jadeos, y luego los últimos estertores entrecortados y el zumbido creciente del viejo modelo T. Pearl apareció en la entrada del vestíbulo con su vieja muñeca en las manos; su astillada y desconchada cara era bastante parecida a la de la niña, que en ese momento estaba surcada de lágrimas que corrían por sus regordetas mejillas emitiendo débiles reflejos. John escuchó los zumbidos del viejo coche al alejarse por la carretera del río hacia Moundsville. Pearl se sorbió la nariz.

Vamos, Pearl, dijo John alegremente. Te dejaré tocar la pianola.

La niña pasó, altiva y solemne, por detrás de él hasta perderse en el oscuro salón entre las espectrales siluetas del mobiliario tapizado de muselina, que se amontonaba por todas partes como cuarentonas entradas en carnes con vestidos de verano. La vieja pianola estaba apoyada contra la pared, junto a la ventana, con la persiana bajada para protegerla del sol, como una catedral de roble ahumado. John levantó un poco la persiana para dejar que una franja de pálida luz invernal iluminara la pila de largas cajas donde se ocultaba la música. Pearl se agachó y alargó su mano regordeta para coger una.

No, dijo John con delicadeza. Déjame a mí, Pearl. Mamá dice que podrían romperse… ¡Además, no puedes leer los títulos!

Pearl suspiró y quedó a la espera.

Pondremos éste, dijo John poco después, y levantó la tapa de la caja y sacó suavemente de ella el grueso rollo de papel perforado. Este es realmente precioso.

Encajó el rollo en la ranura, fijó el papel en la pinza del rodillo de madera que había debajo y comenzó solemnemente a mover de arriba abajo el pedal con sus gruesos zapatos. El viejo instrumento pareció tomar aliento. Un silbido y un murmullo perforaron el silencio antes de que comenzara a sonar la música.

¡Espera!, gimió Pearl mientras se acercaba al taburete que había junto al que ocupaba él. ¡Espera, John! ¡Déjame! ¡Déjame!

Pero sus pies no alcanzaron los pedales, como siempre, de modo que se sentó a escuchar y observar pasmada de asombro, enmudecida por el maravilloso sonido que salía del aparato y por el espectáculo de las pequeñas teclas blancas y negras, que subían y bajaban dando saltos sin que las tocara ningún dedo humano. John pensó sombríamente: Es Carolina in the Morning. Era una de las canciones favoritas de papá.

Y recordó la de veces que la habían oído cuando Ben estaba allí, cuando todos estaban juntos, y sabía en qué parte estaba rasgado el rollo y que las teclas sonarían confusamente durante unos breves acordes y luego volverían a tocar la loca y alegre melodía. Pearl se acercó al viejo rollo y se chupó el dedo enmudecida por el estupor. Y suspiró cuando la tonada se terminó.

¿Más?

No, susurró John sombríamente, y se fue a la cocina arrastrando los pies, con el corazón en un puño al pensar en los buenos tiempos pasados que ya no volverían. No me apetece, Pearl.

Ella siguió sus pasos como un cordero perdido, apretando la vieja muñeca como si pudiera ser algún día su postrer consuelo, y permaneció a su lado junto a la ventana de la cocina, con la nariz aplastada contra el helado cristal. El ahorcado. Sí, todavía podían ver vagamente a lo lejos, más allá de la carretera helada, entre las nieblas invernales, el hombrecillo blanco dibujado en los ladrillos rojos. No había desaparecido con la noche. Según cómo miraban sus brazos y piernas en ángulo, parecía más bien un aeroplano. Pero, por supuesto, sabían que no lo era. Era un nítido hombrecillo de brazos rígidos y piernas rígidas con un sombrerito puntiagudo, y había un garabato blanco en lugar de cuerda y dos garabatos blancos para indicar la horca.

¡Cuelga, cuelga, ahorcado!, susurró Pearl.

Pues sabía que John nunca le pegaría. Sólo mamá no podía soportar aquella canción.

¡Cuelga, cuelga, ahorcado!, volvió a tararear, y se quedó sin respiración con la música atrapada en la garganta.

John frunció el ceño y dibujó sobre el cristal empañado de la ventana un hombre ahorcado que se balanceaba.

Más vale que mamá no te coja nunca cantando esa canción.

¿Por qué no quiere hablar de eso, John?

Porque eres demasiado pequeña.

Eso no es cierto, John. ¡No soy pequeña!

Él no dijo nada y se limitó a chuparse el labio. Nada le habría gustado más que contárselo. Desde el día en que los hombres de azul se llevaron a Ben, casi no podía soportar la responsabilidad de lo que sabía. No era algo que pudiese compartir con su madre o con cualquier otra persona. Era un secreto que constituía un pequeño mundo en sí mismo. Un pequeño mundo terrible como una isla por cuyas playas encantadas vagaba él ahora completamente solo, como un Robinson Crusoe solitario y afligido, mientras por todas partes sus ojos encontraban huellas del ahorcado.

 

Ben se recuesta en la litera y sonríe. El Predicador acaba de interrumpir su perorata. El Predicador está sentado frente a Ben, al otro lado de la celda que comparten, y lo taladra con sus ojos negros. El Predicador trata de adivinar. No es que Ben no le haya contado todo lo que les contó a los demás durante el juicio: al alcaide Stidger, al señor McGlumphey, al juez Stathers y al jurado. Es decir, todo menos lo único que querían saber de veras. Ben no se lo piensa contar a nadie. Pero se dedica a una especie de juego: ponerle la miel en los labios al Predicador. Ben le cuenta la historia una y otra vez, y el Predicador, sentado con el cuerpo encorvado, presta atención a cada palabra, a la espera del descuido que nunca llega.

Porque estaba rotundamente cansado de ser pobre. Eso es, ni más ni menos, lo que ocurrió, Predicador. Estaba harto de cobrar todos los viernes mi mísero jornal en la ferretería de Moundsville y de ir al banco del señor Smiley en día de paga y ver cómo abría aquel pequeño cajón lleno de billetes de diez dólares, de cincuenta y de cien; cada vez que los miraba me quedaba sin respiración pensando en las cosas que podría comprarles a Willa y a mis hijos.

¡Codicia y concupiscencia!

Sí, Predicador, eso sentía. Pero había algo más, ¿sabes? No lo quería sólo para mí.

¡Mataste a dos hombres, Ben!

Es cierto, Predicador. Un día engrasé el pequeño Smith & Wesson que el señor Blankensop guardaba en el escritorio de tapa corrediza que tiene en la ferretería y me dirigí al banco del señor Smiley y apunté con el revólver al señor Smiley y al cajero Corey South y le dije a Corey que me entregara aquel gran montón de billetes de cien dólares. ¡Te juro por Dios que nunca has visto un montón semejante, Predicador!

¡Por valor de diez mil dólares, Ben Harper!

Entonces el señor Smiley me dijo que estaba loco y Corey South trató de coger la pistola que tenía en el cajón, y les disparé a él y al señor Smiley, y mientras me acercaba para quitarle a Corey aquel montón de dinero el señor Smiley cogió la pistola, la levantó y me atravesó el hombro de un disparo. Eché a correr, asustado, y antes de darme cuenta me metí en el coche y volví a casa.

¿Con el dinero?

Sí.

¿Y entonces?

Ben Harper sonríe.

Pues bien, aquella tarde vinieron por mí por la carretera del río… el sheriff Wiley Tomlinson y cuatro policías.

¿Y tú dónde estabas, Ben?

En casa, Predicador. Ya no podía huir más. Estaba en el ahumadero con mis dos hijos… John y mi pequeña y dulce Pearl.

¿Y el dinero, Ben? ¿Qué ha sido de él? ¿Qué hay de esos diez mil dólares?

Ben sonríe de nuevo y se escarba los incisivos con la uña del pulgar.

¡Vete a la mierda, Predicador!, le dice en voz baja, sin rencor.

¡Escúchame, Ben Harper! No te servirá de nada adonde vas. ¿De qué sirve el dinero en el cielo o el infierno? ¿Eh, muchacho?

Ben calla. El Predicador se levanta y durante un rato contempla absorto la ventana de la celda con sus largas y flacas manos cruzadas a la espalda. Ben mira esas manos y se estremece. ¿Qué clase de hombre llevaría semejante tatuaje en los dedos?, piensa. En los dedos de su mano derecha, con letras azules bajo la piel gris, de aspecto ominoso, lleva tatuada la palabra A-M-O-R. Y lo mismo ocurre con los dedos de la mano izquierda, sólo que las letras forman la palabra O-D-I-O. ¿Qué clase de hombre?, ¿qué clase de predicador?, piensa Ben, desconcertado, y recuerda la hoja presta a saltar de la navaja de muelles que el Predicador oculta en la sucia manta de su cama. Pero el Predicador nunca utilizaría esa navaja contra Ben, porque quiere algo de él. Ansia saber qué ha sido de aquel dinero, y no se puede utilizar una navaja para conseguir algo así, especialmente con un tipo fornido como Ben. El Predicador da media vuelta y se acerca a la litera de Ben.

¡Pon en orden tu alma, Ben Harper! Ese dinero está ahora manchado de sangre por la maldición del propio Satanás. Y la única manera de limpiarlo es ponerlo en manos de gente buena y honrada que lo utilice para obras agradables al Señor.

¿Como tú, Predicador?

¡Soy hombre de salvación!

¿Tú, Predicador?

Sirvo al Señor a mi humilde manera, Ben.

Entonces, dice Ben Harper con voz meliflua, ¿cómo es que te encerraron en la penitenciaría de Moundsville, Predicador?

Hay gente que favorece las artimañas de Satanás en contra de los servidores del Señor, Ben Harper.

¿Y por qué tienes escondida esa navaja entre las mantas de tu cama, Predicador?

¡Sirvo a Dios y no vengo en son de paz, sino con una espada! Dios cegó a mis enemigos cuando me trajeron a este lugar funesto, y la metí clandestinamente bajo las narices de esos condenados guardias. Esa espada me ha sido útil en más de una ocasión comprometida, Ben Harper.

Apuesto a que sí, Predicador, dice Ben, que sonríe abiertamente; luego el Predicador sube a su litera y se queda allí un buen rato murmurando y rezando para sí y tramando nuevos planes a fin de lograr que Ben le cuente dónde ocultó esos diez mil dólares en billetes de banco. Es un juego entre ellos. Y, en cierta manera, ese jueguecito es la salvación de Ben Harper. Dentro de tres días vendrán a llevárselo al pabellón de los condenados a muerte, y un hombre que va a morir tiene que estar ocupado en jueguecitos como aquél para no acabar perdiendo la cabeza. Un jueguecito…, una pequeña guerra de voluntades. Ben Harper y el Predicador juntos las veinticuatro horas…, día tras día. Y Ben Harper sabe que es un juego que él ganará. Porque el Predicador puede hablar hasta quedarse sin aliento, pero él no piensa decírselo a nadie. El Predicador insiste, obstinado, incansable, en medio del estremecedor silencio nocturno de la prisión: ¡Oye, Ben! Adonde vas no te servirá de nada. ¡Dímelo, Ben! ¡Compra ahora tu acceso al Paraíso! ¿Me oyes, muchacho? Tal vez el Señor se lo piense dos veces y te deje entrar en el lugar de los escogidos si me lo dices, muchacho. ¡Dímelo! ¡Ten compasión!

Duérmete, Predicador.

¡La salvación, muchacho, siempre está a nuestro alcance hasta el último minuto! ¡Hay un día del juicio para todos nosotros, Ben Harper, y nadie sabe la hora! Ahora tienes tu oportunidad. ¡El señor Smiley y Corey South están muertos, muchacho! ¡Nada puede cambiar eso! Pero si permites que ese dinero sirva a los fines del Señor, Él, en su bondad, podría sentirse inclinado a perdonarte. Ben, ¿me oyes, muchacho?

¡Cierra el pico, Predicador!, dice en voz baja Ben, que contiene una risita al pensar en su juego, en el frenético jueguecito que impide que sus pensamientos se concentren en la soga que pende del patíbulo y en sus zapatos colgando a metro y medio del suelo en la sala de ejecuciones.

¡Óyeme, Ben! ¿Ves esta mano que alargo? ¿Ves las letras que hay tatuadas en ella? ¡Amor, Ben, amor! ¡Eso es lo que significan! Esta mano, mi mano derecha, es Amor. ¡Pero espera, Ben! ¡Mira! Por la ventana entra suficiente luz de luna para que lo veas. ¡Mira, muchacho! ¡Mira mi mano izquierda! ¡Odio, Ben, odio! Ahí está la moraleja, muchacho. ¡Estas dos manos son el alma de cualquier ser humano! Odio y amor, Ben… Las dos manos están enfrentadas mutuamente desde la cuna hasta la sepultura.

Ben escucha el familiar sermón; se estremece con una especie de deleite mientras el Predicador entrecruza los dedos de ambas manos y se los retuerce con tanta fuerza que los nudillos le crujen de un modo espeluznante.

¡Enfrentadas, muchacho! ¡En lucha la una con la otra! ¡La mano izquierda contra la mano derecha! ¡Odio contra amor! ¡El Bien contra el Mal! ¡Pero espera! ¡Hurra! ¡El Diablo pierde, Ben! ¡Se le escurren los dedos, muchacho!

Y el Predicador baja ambas manos, que golpean con estrépito el listón de madera que separa las literas. A continuación se calla y, agazapado en la oscuridad, sonríe porque la gloria de Dios se manifiesta en sus perversos dedos, a la espera de comprobar si su numerito ha impresionado al ocupante de la litera de abajo.

Podría edificar un tabernáculo, Ben, gimotea. ¡Un tabernáculo que daría cien vueltas al de Wheeling Island! Piensa en ello, Ben. Un tabernáculo edificado con esos diez mil dólares de oro maldito, manchado de sangre. ¡Pero espera, Ben! Entonces sería el oro de Dios. Millares de pecadores, rameras y borrachos se congregarían para escuchar Su palabra sólo porque tú habrías dado ese dinero para construir un templo en Su nombre. ¡Escúchame, muchacho! ¿No crees que después de eso el Señor cambiaría de idea sobre ti? ¡Vamos, habla, Ben! Él no permitiría que unos asesinatos de nada se interpongan entre tú y las puertas de la Gloria. ¡Demonios, no lo permitiría!

Ben se levanta apoyándose en el codo, harto del juego.

¡Cállate, Predicador! ¡Calla y duérmete antes de que trepe a tu litera y te meta la manta por la boca!

Otra vez silencio. El Predicador sigue arriba, en el denso y pegajoso silencio de la vasta prisión. El Predicador está echado de espaldas con los tatuados dedos entrecruzados por detrás de su larga y sucia cabellera rubia, imaginando la manera de sonsacar a Ben Harper durante los tres días que faltan para su ejecución. Ben se muerde los nudillos hasta hacerse sangre. Las cuerdas crujen por debajo de su colchón de paja al ritmo de su temblor febril. Ben Harper se estremece angustiado porque sueña que los ominosos dedos de la noche le dan alcance. Una vez más vuelve a aquella tarde invernal a orillas del río junto a la vieja casa, carretera arriba de Cresap’s Landing. Contempla las caras redondas de los niños: Pearl, fría y callada como un querubín de cementerio, estrecha la vieja muñeca contra su pecho, y John, con los ojos abiertos de par en par, escucha las cosas que le dice Ben.

¿Adonde vas, papi?

¡Lejos, John! ¡Lejos!

Estás sangrando, papi.

No es nada, muchacho. Sólo un arañazo en el hombro.

Pero hay sangre, papi.

¡Calla, John! Recuerda lo que te dije que hicieras.

Sí, papi.

¡Y tú, Pearl! ¡Recuérdalo también! ¡Lo juraste!

Por el rabillo del ojo, Ben ve que por la carretera, más allá de la curva del huerto, se acerca un enorme descapotable lleno de hombres de azul bien armados. La boca de John es un trazo blanco mientras sus ojos oscuros siguen a los hombres de azul. Caminan despacio, dando un rodeo, por la hierba marchita que bordea el patio.

Ahora me voy, muchacho.

John abre la boca y tiembla, pero vuelve a cerrarla sin emitir ningún sonido.

Haz todo lo que te dije, John.

Sí, papi.

Y cuida de Pearl.

Protégela con tu vida, muchacho.

Sí, papi.

¿Quiénes son esos hombres?, susurra Pearl por fin.

No te preocupes por ellos. Han venido a buscarme y tengo que acompañarlos, niños. No perdáis el tiempo pensando en eso ahora. Haced sólo lo que os dije. ¡Cumple lo que juraste, muchacho!

¡Sí!

Vuelve a jurarlo, John. ¡Júralo, muchacho!

¡Lo juro! ¡Lo juro!

Ben Harper está tumbado en su litera con la frente cubierta de gotas de sudor que parecen rocío matutino. No se mueve por temor a que el Predicador note que está despierto y terriblemente asustado, y piense que ha llegado la hora de romper el sello, vencer su cautela y saber por fin dónde está oculto el dinero. Pero el Predicador ronca y masculla en sueños cosas sobre el Pecado y el Oro y la Sangre del Cordero, y al cabo de un rato Ben se relaja y observa el borde de la luna invernal, sólo su borde, en el rectángulo azul de la ventana, en el que se destaca, semejante a uno de esos recortables con que juegan los niños, la negra silueta de la esquina de una de las torres de la muralla, por la que asoma una puntiaguda ametralladora. Cierra los ojos y piensa en el día que acaba de terminar. A su esposa, Willa, le permitieron visitarle aquella mañana. La miró desde el otro lado de la tela metálica, y hubiera querido decirle cosas que no había sentido necesidad de expresarle desde hacía tanto tiempo que ya casi ni se acordaba. Desde la primavera de 1928, cuando se rugaron a Elkton (Maryland) porque allí las bodas eran rápidas y no hacían preguntas y se casaron y pasaron su primera noche juntos en un motel haciendo el amor como ella siempre había deseado, sin tener que ocultarse por los rincones. Recordó que durante toda su noche de bodas oyeron el zumbido y el estruendo de los patines sobre ruedas en la pista de patinaje al otro lado de la autopista y el estruendo de un disco que ponían una y otra vez, ese que dice: ¡Lucky Lindy está en el aire! ¡Lucky Lindy levantó el vuelo!, y soñando con la vida que pasarían juntos en la casa cerca del río más arriba de Cresap’s Landing, y con que pediría aumento de sueldo en la ferretería y le compraría a Willa una pianola. Era curioso que todo hubiera sido siempre cuestión de dinero. Hasta el mismísimo final. Incluso aquel día, en la cárcel, no paró de preguntarle dónde había escondido los diez mil dólares. Le dijo una y otra vez que no le era de ningún provecho callar y que no tenía derecho a dejarlos a ella y a los niños sólo con aquella casa cerca del río que había heredado de su tío Harry. Sólo con eso y con la ropa que llevaban puesta. Pero él no soltó prenda. Y se le descompuso el estómago, sentado al otro lado de la tela metálica, al oír que Willa insistía una y otra vez hasta que su rostro empezó a parecerse al del Predicador: agotado y enfermo de codicia, la misma codicia que le había llevado al asesinato y la horca. Observó los ojos de su mujer, brillantes y febriles con la esperanza de sonsacarlo, mientras con su lengüecita rosada se lamía los labios llena de excitación, y, por fin, la decepción que relajó su boca cuando se dio cuenta de que no se lo contaría, de que nunca se lo contaría a nadie.

Esa misma tarde el señor McGlumphey, su abogado, también fue a verlo. Era un hecho incontrovertible: todos habían sido extraordinariamente considerados con él en el juicio. El señor McGlumphey había hecho todo lo posible para que sólo lo condenaran a cadena perpetua, y el jurado era un grupo de gente de lo más amable que se podía desear; varias veces, desde que lo condenaron, se había dicho: No les deseo ningún mal ni quiero venganza, en este mundo o en el otro. El señor McGlumphey le dijo al principio que seguramente saldría mejor librado si confesaba dónde había ocultado los diez mil dólares, y fue precisamente entonces cuando decidió no confesarlo nunca. Porque hasta el más tonto podía ver que lo que perseguían no era hacer justicia, sino los diez mil dólares. De modo que Ben le contestó que no diría nada aunque le rompieran los brazos y piernas para hacerle hablar, y el señor McGlumphey dijo que no harían nada de eso sino que más bien les gustaría ayudarlo en lo posible, pero que no veía forma de librarlo de la horca si él no ponía de su parte. De modo que Ben estaba más seguro que nunca de llevar la razón. Y concluyó, con la más fría lógica calvinista, que si tenía que confesar lo del dinero para evitar ser ahorcado, no había verdadera justicia en los tribunales, de modo que bajaría a la tumba como satisfacción por su pecado. Eran la codicia y la concupiscencia las que lo habían llevado a Moundsville, y eran la codicia y la concupiscencia las responsables de que fueran a colgarlo. Y el rostro de Willa suplicándole y tratando de sonsacarlo tras la tela metálica. Y el rostro del señor McGlumphey argumentando. Y la voz del Predicador en la oscuridad.

¿Dónde? ¿Dónde, Ben? ¿Dónde? Ten compasión, muchacho. ¿Dónde, Ben? ¿Dónde?

Se despertó. El borde de la luna había desaparecido de la ventana. El rectángulo azul estaba vacío, a excepción de una pizca de la desgreñada pelambrera del Predicador. Ben se acurrucó despacio bajo la manta, puso en tensión sus músculos como un muelle de acero y luego lanzó el puño con toda su fuerza y oyó crujir los huesos del rostro que le susurraba.

¡No deberías haberme pegado! ¡Soy un hombre de Dios!

¡Eres un hijo de puta! ¡Te has levantado sigilosamente y me has estado susurrando al oído mientras dormía! ¡Esperabas poder hacerme hablar durante el sueño! ¡Maldito seas, Predicador! ¡Vete al infierno!

¡Sin embargo, no deberías haberlo hecho, muchacho! ¡Soy un hombre del Señor!

¡Eres un hipócrita baboso, Predicador! ¡Vuélvete a tu litera antes de que te rompa la cabeza! ¡Se me da una higa que me ahorquen por dos asesinatos o por tres!

Ben permanece rígido y escucha los crujidos del jergón de paja del Predicador, que se ha dejado caer sobre él gimoteando y se revuelve convulsivamente mientras se limpia la sangre de la nariz. Luego Ben se quedó dormido y vio con suma claridad la pequeña sala de ejecuciones y la soga. Su primo Wilfred y su anciano tío Jimmy John Harper consiguieron invitaciones para asistir a una ejecución en 1930, y Wilfred se mareó y vomitó y tuvieron que llevarlo a una farmacia para reanimarlo y asearlo, y su tío Jimmy John jamás quiso hablar de ello, y cada vez que alguno de los chicos de Ben se le acercaba con una cuerda y le pedía que deshiciera los nudos, lo echaba con cajas destempladas. Ben podía verse a sí mismo nítidamente en la pequeña sala de ejecuciones, en la que un hombre le ponía una cuerda al cuello, y entonces se daba cuenta de que era el Predicador, y cuando hacían funcionar la trampilla y Ben caía, caía, caía, su verdugo se reía. Se incorporó en la litera tan impetuosamente que su cabeza golpeó contra la pared.

¿Qué dije, Predicador?

¿Qué, Ben?

Trepó a la litera de arriba y sus dedos rodearon la garganta del Predicador como un fleje de acero.

¡Dije algo mientras dormía! ¿Qué dije, Predicador?

¡Nada! ¡Dios mío, nada, Ben!

¡Mientes, Predicador! ¡Maldita sea, mientes!

Apretó los dedos y presionó con los pulgares el cartílago de la tráquea del Predicador hasta que empezó a respirar con dificultad y jadeó ruidosamente. Entonces aflojó la presión por un instante.

¡Dije algo! ¿Qué dije, Predicador? ¿Qué? ¿Qué?

Ben lo levantó por los hombros, lo estrelló contra la pared y le golpeó la cabeza contra las piedras al ritmo de sus palabras. Los demás presos vociferaban y aporreaban las puertas de sus celdas a lo largo del corredor pidiendo silencio.

¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

El Predicador jadeó y se atragantó.

Tú… has… has citado el Libro Santo, Ben.

¿Yo qué?

¡Citabas las Sagradas Escrituras! Dijiste… dijiste: Y un niño los conducirá.

Entonces Ben lo soltó, volvió a su litera, enrolló uno de sus calcetines y se lo metió en la boca antes de volver a dormirse; a la mañana siguiente, cuando lo despertó el abrumador y resonante contralto de la sirena, tenía todavía el calcetín en la boca y notaba en la reseca lengua su intenso y repugnante sabor, pero sabía, al menos, que no había hablado. Lo escupió y sonrió abiertamente al Predicador, que estaba al otro lado de la celda, vestido y acicalado desde mucho antes de que sonara la sirena. Tenía hinchada la nariz y los ojos a la funerala por el golpe que Ben le había dado. Ben soltó una carcajada. Nada detendría al Predicador. El brillo volvía ya a aquellos ojos de cazador; la pregunta volvía ya a tomar forma detrás de aquellos labios finos y malignos. Casi resultaba imposible resistírsele.

¿Ben?

¿Qué, Predicador?

Dentro de un mes me iré de aquí. Para entonces tú habrás muerto, Ben. ¡Habrás muerto y habrás perdido tu oportunidad de hacer las paces con Dios! ¡Si me lo contaras todo, muchacho, te sería más fácil conseguirlo! ¡Vamos, Ben, con esos diez mil dólares podría construir un tabernáculo que haría que el de Wheeling Island pareciera un gallinero! ¡Incluso le pondría tu nombre, muchacho! ¡El Tabernáculo de Ben Harper! ¿Qué te parece? ¡Sería el orgullo del valle, Ben! ¡El tabernáculo evangélico más concurrido de todo el curso del Ohio!

Continúa, Predicador.

¡El Señor podría sentirse bondadoso contigo, Ben! El Señor podría decir: ¿Qué importan un par de asesinatos?

¿Tendrían caramelos gratis los críos, Predicador?

¡Claro que los tendrían!

¿Distribuirías comida gratis entre los pobres hambrientos que acudieran a ti, Predicador?

No te burles, Ben.

No me burlo, Predicador. ¿Lo harías?

Sí, Ben. Si tú me lo pidieras, muchacho. Sería tu tabernáculo. ¡Todas esas pobres almas que vagan hambrientas por este valle de lágrimas… toda esa gente empujada al robo y la prostitución! ¡Piénsalo, Ben! ¡Irían allí y bendecirían tu nombre!

Ben Harper se inclina y busca el otro calcetín debajo de la litera.

¡Habla, habla, Predicador!, dice riéndose entre dientes. ¡No te prives!

 

Y el Predicador también soñaba. Cuando se tumbaba en la oscuridad y no ideaba nuevos medios para hacer hablar a Ben, pensaba en mujeres. No estaba completamente seguro de cuántas habían sido. Unas veces eran doce, y otras sólo seis, y, de repente todas se convertían en una sola, cuyo rostro surgía en el vacilante claroscuro de sus sueños como la Ramera de Sodoma; pero cuando su mano hurgaba debajo de la manta y abrazaba el mango de hueso de la fiel navaja, el rostro palidecía y se disolvía en un espasmo de horror, y volvía a refugiarse en la oscuridad. No se le daba bien recordar datos, lugares, nombres. Y, no obstante, reaparecían fragmentos con desconcertante claridad: escenas de tiempos ya olvidados, nombres perdidos, rostros muertos; reaparecían, y él sabía al instante qué era lo que había sentido en aquel tiempo, por aquel nombre, por aquel rostro, y que Dios le había hablado con claridad diciéndole lo que tenía que hacer. La navaja debajo de la piel de cordero, la Espada de Jehová bajo sus iracundos dedos. Dios le envió gente. Dios le dijo qué hacer. Y siempre le proporcionaba viudas. Viudas con un poco de dinero en el azucarero del comedor y tal vez un poco más en el banco del pueblo. El Señor proveía. A veces eran sólo unos cientos de dólares, pero él se lo agradecía exactamente igual una vez acabada su tarea, cuando había borrado todas las pruebas y no quedaba ni una sola gota escarlata en las hojas de los agradables bosques donde remataba su misión y la Espada de Dios estaba limpia de nuevo…, lista de nuevo.

Durante la próspera y tranquila década de los veinte había vagado por las aldeas ribereñas y las poblaciones industriales de Ohio, Kentucky e Indiana trabajando discretamente para Dios; sin alharacas ni ostentación. Quizás fue su misma indiferencia a ser atrapado —su incapacidad para imaginar que alguien quisiera entrometerse— lo que hizo que su único encontronazo con la ley fuera el robo de un coche en Parkersburg, lo que lo había enviado a la penitenciaría estatal. A veces encontraba a sus viudas en las columnas de anuncios por palabras de las revistas femeninas de tres al cuarto. Siempre viudas. Hilarantes, agradables, estúpidas viudas dispuestas a sentarse a solas con él en un polvoriento sofá de la sala de estar, en la que todavía flotaba el nauseabundo y dulzón olor a flores del entierro de su difunto. Viudas gordas, ardientes, de sonrisa estúpida, que coqueteaban y le hacían ojitos y buscaban a tientas su mano con dedos regordetes, pegajosos a causa de los bombones que acababan de comerse; tenían unas manos blandas, de cadáver, que le provocaban náuseas, y tenía que refrenar su indignación mientras miraba sus rostros empolvados y sonreía y hablaba del próvido Dios que los había unido. Y después venía lo de la pequeña suma de dinero; dinero para irle a predicar la palabra de Dios a un mundo de rameras y débiles mentales.

Vagaba por el país predicando. Tomaba una habitación en un hotel barato de estación, de esos en que los viajantes de comercio se sentaban en los largos crepúsculos del verano a esperar el paso del tren vespertino, y hacía correr la voz de que estaba en la ciudad para que lo invitaran a predicar en algún templo, lo que

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