La partida de caza

Isabel Colegate · Capítulo 1 de 2 · parte 1/5

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La partida de caza

Aunque en su momento causó cierto escándalo,…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Aunque en su momento causó cierto escándalo, en el recuerdo de la mayoría quedó eclipsado por lo que sucedió a continuación. Podemos verlo como una obra de teatro que se escenifica en una estancia iluminada con luces de gas; quizá con el baile de las llamas de un vivo fuego de leña encendido a un lado de la estancia, un espléndido salón eduardiano lleno de muebles, mesas abarrotadas de adornos y fotografías enmarcadas, y gente que conversa en grupos, sentada o de pie; además, una potente luz eléctrica llega de una sala contigua en la que nadie ha entrado todavía, y esta potente luz retrospectiva que se cuela por debajo de la puerta hace que nuestro salón parezca oscuro, el baile de las llamas tenue, los círculos de luz amarilla que proyectan las lámparas, opacos como el oro deslustrado, y la gente, bueno, parece gente reconocible, pero gente de otra época, nuestros padres y nuestros abuelos transformados en personajes de un pasado mucho más lejano, como Carlomagno y sus caballeros o los siete durmientes de Éfeso recién despertados de su sueño milenario.

Fue un error de cálculo que desembocó en una muerte. Ocurrió en el otoño anterior al estallido de lo que se conoció como la Gran Guerra.

 

El paisaje de Oxfordshire comprende bosques en abundancia y herbosas llanuras regadas por ríos de curso lento y sinuoso. Una amplia franja de tierra arcillosa se extiende por todo el condado, desde el límite de Gloucestershire, cerca de Lechlade, hasta el límite de Buckinghamshire, más allá de Bicester. El Támesis surca este suelo arcilloso en su camino hacia el este, se desvía luego hacia el sur, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad de Oxford, y recorre un tramo bordeando un cinturón de bosques mixtos, donde el cauce del río forma la frontera de Nettleby Park, una finca que, en 1913, era propiedad de sir Randolph Nettleby, barón y caballero de campo.

 

«Grajos y palomas torcaces. Cuando estoy aquí me olvido de su rumor constante, de eso y del ruido de los cascos de los caballos en la gravilla o en el patio de los establos, del olor a humo de leña y a hojas húmedas, del zumbido de las abejas. La casa está plagada de insectos que entran a desovar o a morir, o a las dos cosas. Los días de sol se concentran delante de las ventanas que miran al sur: abejas, algunas avispas y cientos de diminutas moscas de la fruta. Los criados no paran de abrir y cerrar las ventanas para espantarlas con un plumero. También hay mariposas, almirantes rojos y pavos reales, posadas en el marco de las ventanas, y, cómo no, ratones que entran a pasar el invierno. “Con tanta gente en la casa”, dice Minnie, “esto ya es imposible”. A veces me gustaría que los ratones y las moscas ahuyentaran a la gente. A Minnie le gusta tener la casa llena de gente, sobre todo cuando vuelve de pasar dos semanas en Marienbad, donde no sé si su hígado mejora o no, pero desde luego se le abre el apetito de compañía. Si no hay más remedio que tener invitados, al menos que puedan decir que han disfrutado de una buena partida de caza. Aunque no pueda hacer otra cosa, puedo desempeñar el papel de montero mayor».

—Siempre estás escribiendo en ese cuaderno negro, abuelo.

—Es mi Cuaderno de Caza —dijo sir Randolph—. Bueno, en parte es mi Cuaderno de Caza. También anoto mis pensamientos. No es mala idea acostumbrarte a escribir lo que piensas. Así no tienes que molestar a nadie.

—Yo aborrezco escribir —dijo Violet.

—Eso es porque no se te da demasiado bien. A muy pocas personas les gusta hacer cosas que no se les dan demasiado bien.

—A mí se me da muy bien dibujar.

—Aquí tienes un papel y un lápiz. Hazme un dibujo bonito de una liebre mientras yo termino de redactar la crónica del día.

La niña inclinó obedientemente la cabeza sobre el papel y sir Randolph abrió el cuaderno por el lado contrario. «612 faisanes», escribió. «12 liebres, 22 conejos, 2 picapinos… Lord Harltip, el señor Ormston, el señor Harry Stamp (“Imbécil”, murmuró), el conde Rakassyi…».

Entró Rogers, el mayordomo.

—El té está servido en el salón, sir Randolph.

—¿Ya? ¿Ya han bajado todos? Parece que la gente cada vez tarda menos en cambiarse de ropa. ¿Tú crees que ya no se lavan, Violet? ¿Qué te parece?

—Creo que la niñera quiere que la señorita Violet vaya al cuarto de los niños — dijo Rogers.

—Ve, hija. Enséñame el dibujo primero. ¿No has podido hacer gran cosa? Sólo una línea.

—Es una línea muy larga.

—Necesitas algo más que una línea para dibujar una liebre.

—Mis pelos son sólo una línea —dijo la niña. Se entresacó con cuidado una hebra de pelo y se lo enseñó a su abuelo—. Mira.

 

El coto de caza era por aquel entonces muy vasto, abarcaba cuatrocientas hectáreas (una octava parte de la finca); estaba rodeado por un bosque y protegido por un muro, excepto donde el río hacía las veces de barrera natural. El cinturón de árboles tenía una profundidad variable y dentro del coto había además zonas de bosquecillos y arboledas, donde unas veces predominaban el roble y el acebo y otras veces el abeto de Escocia crecía entre los árboles de hoja caduca. La mayor parte de estos bosques la había plantado cien años antes el abuelo de sir Randolph, uno de los primeros entusiastas de la caza, que en aquella época era un deporte mucho más sencillo.

En el recinto del coto se encontraba también la granja, con algunas tierras de labor, y, justo al otro lado del muro, en dos de sus lados, había campos de trigo, nabos y clavo. En otoño, los faisanes que Glass, el guarda de caza, había criado en primavera y a principios del verano, se alimentaban entre los rastrojos en compañía de algunas perdices.

 

Empezaba a oscurecer cuando Glass llegó a su casa, después de comprobar las piezas de caza que se almacenaban temporalmente para distribuirlas más tarde entre los arrendatarios de las tierras del lugar, amigos de sir Randolph. La mujer del guarda había muerto hacía cinco años, y Glass vivía solo con su hijo, Dan.

Descolgó un saco colgado de la puerta de atrás y secó con él las patas y el pecho de sus dos perros cobradores. La perra se arrimó a su amo para que la secara primero, dando a entender, con un gruñido suave, lo mucho que le gustaba que le frotaran el pecho y la tripa, a la vez que sacudía la cola plumosa e intentaba lamerle la cara. El otro perro, Sam, era menos efusivo y más fácil de tratar. Glass echó a andar hacia la perrera, una caseta de ladrillo construida en el otro extremo del patio, con una verja de hierro delante y espacio para muchos más perros que Sam y Bess. Se aseguró de que Dan les había dejado en los cuencos comida y agua fresca y, hecho esto, cerró la verja y volvió a la casa, deteniéndose antes de entrar a lavarse las botas manchadas de barro debajo de un grifo.

Dan estaba delante del fogón, en calcetines, comiendo un bollo. A su lado estaba Flo, la hija de John Page, que llevaba un abrigo de lana y un cesto en el brazo.

—Mi madre me manda a decirle que mi padre está otra vez mal de la espalda. No podrá acompañarlo mañana en la batida.

—Maldita espalda —dijo el señor Glass—. ¿No puede hacer nada por él el doctor West? ¿Es que también West está de baja? Supongo que no podrá ir al aserradero si tiene la espalda mal. ¿Qué es eso que traes?

—Unos bollos con pasas de mi madre.

—Muy amable de su parte. ¿Cuántos se ha comido Dan? Hazme el favor de pasar de camino por casa de Tom Harker. Dile que lo necesito mañana de ojeador, que esté a las ocho en el coto para ahuyentar la caza hacia el bosque de Badger antes de que empiece la partida. ¿Te acordarás? A las ocho en punto, en Batty Clump.

—¿Tom Harker? —se sorprendió Dan.

—No hay nadie más. Mañana tendré aquí a cien hombres, o casi. Es el gran día.

—Dijiste que no volverías a contar con Tom Harker después de lo que pasó la última vez.

—No hay más remedio. Aunque no me hace gracia. ¿Por qué voy a enseñarle, y encima gratis, dónde encontrar las mejores presas? Pero Tom sabe bien lo que se hace. Necesito a alguien de confianza si John no puede venir.

—Puedo hacerlo yo.

—Tú irás al otro extremo de la línea de tiro. Además, ¿qué pasa si sir Randolph quiere que vayas con él para recargarle la escopeta, como ha hecho hoy?

—Ojalá me lo pidiera. Pero Charlie se habrá recuperado mañana. Sólo ha metido el pie en la madriguera de un conejo. Hasta el más tonto la habría visto.

—Un tonto no ve todo lo que tú ves, jovencito —dijo su padre.

Flo se echó a reír con admiración; pero al oír su propia risa, le pareció tonta y bruscamente dejó de reírse. Aunque era verdad que no conocía a ninguna persona que fuera tan observadora como Dan. Siempre había sido muy observador. Tenían la misma edad: catorce años.

—Tom sólo caza a escondidas para llenar el puchero —dijo Glass—. Al menos eso espero.

 

La casa de Glass quedaba algo apartada del pueblo, al borde de la masa forestal. Se veía desde la carretera, junto a una cancela que daba paso al bosque. Delante de la casa se extendía un semicírculo de hierba donde los caballos que arrastraban los carros, cargados con largos troncos de madera, podían esperar o dar la vuelta. En el centro de esa explanada crecía un roble, y a los pies de éste había un abrevadero de piedra. Ahí se detuvo Flo a encender su farol. No lo había encendido antes de salir de la casa, porque sabía que Dan nunca se molestaría en utilizar un farol en una noche como aquélla. Había luna, aunque en ese momento la tapaba una nube; de todos modos, Dan conocía tan bien el camino que apenas necesitaba mirar; se orientaba por el olor o el ruido, como un animal. A Flo le gustaba más la compañía de la vela temblorosa que la luz que le ofrecía. Conocía el camino casi tan bien como Dan: los árboles que crecían en el seto eran para ella presencias familiares, lo mismo que las cancelas, las zanjas y las arboledas que separaban la casa del guarda de la inmunda casucha —al menos así lo veía Flo— de Tom Harker. Era una casa de ladrillo rojo, de una planta, con la porquera o el establo a un lado y dos habitaciones en el otro, en la que Tom había vivido con su madre hasta que ésta murió, dos años atrás, con más de noventa años y sin un solo diente en la boca; desde que vivía allí solo, sus largas ausencias, cuando se iba sin dar explicaciones, eran menos frecuentes que en vida de su madre. Tom Harker era techador de profesión y supuestamente iba a buscar trabajo, o tal vez se marchara por el puro placer de deambular, pues por lo general había en la finca trabajo de sobra. Corrían rumores de que tenía una mujer en otro pueblo, a la que nunca había traído a casa por miedo al mal genio de su madre, que tenía fama de ser de armas tomar. Unos esperaban que, después de la muerte de la madre, la mujer por fin se dejaría ver, y otros creían que el hecho de que no apareciera tampoco era necesariamente concluyente: quizá al cabo de tantos años se había hartado de él.

El caso es que vivía solo, con una perra collie, flaca y huidiza como una sombra, a la que nunca se había oído ladrar, una perra ideal para un furtivo, eso pensaba Glass. A pesar de que era esquivo, y de que todo el mundo sabía que de vez en cuando se dedicaba a la caza furtiva, todos tenían a Tom Harker por una persona respetable, buen hijo y hombre de palabra, amable con los niños que robaban manzanas de sus tres prolíficos y antiguos frutales —¿no se lo habían oído decir a él mismo cientos de veces?— y al que jamás se había visto borracho. Por eso, al no ver luz en su ventana, cuando Flo primero llamó a la puerta, después la empujó y asomó la cabeza en una habitación oscura, que olía sobre todo a tabaco, pero más que a esto a algo que le pareció casi indistinguible del olor que salía de las madrigueras de la ladera del monte, por encima del camino que cruzaba el bosque de Badger, la muchacha supo que de nada serviría buscar a Tom allí donde habría ido a buscar a cualquier otro hombre que no estuviera en casa a esa hora, es decir, al pub, pues sus frecuentes comentarios sobre los males del alcohol eran de sobra conocidos. No se le ocurría que pudiera estar en otro lugar después de la caída de la noche, pero el leve resplandor del fuego en la cocina parecía indicar que no andaba lejos. Como Flo era una chica responsable, decidió esperarlo. La noche no era fría y, a la vista del olor a hurón que flotaba en la casa, prefirió esperar fuera. Dejó el farol en el umbral de la puerta y se sentó a un lado, envolviéndose en el abrigo y cubriéndose la cabeza con la capucha, de manera que sólo veía la llama estable de la vela y un trozo del barril en el que Tom Harker recogía el agua de la lluvia.

 

Tom había visto al grupo de cazadores cuando éstos volvían a casa al final de la tarde y la neblina empezaba a cubrir los campos. Se subió al muro del coto, en el hayedo, con la perra a su lado, y esperó junto a un árbol, mirando hacia el coto y la arboleda donde tradicionalmente acechaban los cazadores para efectuar la última ronda de disparos en la segunda jornada de caza, que duraba tres días. Veía bien a tres de ellos, y a los demás detrás de la arboleda. Se quedó en un lugar discreto, como tenía por costumbre, aunque probablemente nadie hubiera protestado si lo hubiesen visto: una cacería importante, en la que participaban cazadores famosos, atraía con frecuencia a algunos espectadores, y, donde estaba Tom, no había temor de que pudiera interferir en el deporte.

Oyó que los ojeadores se abrían camino por el bosque, entre la maleza, silbando o lanzando una voz de vez en cuando, dando golpes en los troncos de los árboles y asustando a los mirlos, que se desperdigaban entre los matorrales con chillidos de alarma. Empezaron a oírse entonces los faisanes. Debía de haber algunos al otro lado, donde Tom no los veía —«¡Allí!», oyó decir. «¡Allí, a la derecha!»—, y después disparos, varios disparos más, hasta que de repente pareció que todos los pájaros levantaban el vuelo, cientos de faisanes entre las escopetas (presentadas como siempre de maravilla, según vio Tom, a la vez que reconocía de mala gana la pericia de Glass), y todas las armas disparaban al mismo tiempo. Veía a los tres cazadores, acompañados de dos cargadores cada uno: uno para recibir la escopeta vacía y otro para devolverla recargada, mientras el tirador no apartaba la vista ni un instante de los faisanes. Le pareció que al cazador que tenía más lejos se le escapaban algunas aves, pero los otros dos —lord Hartlip y Lionel Stephens— disparaban a una velocidad y con una precisión ante las que Tom, como aficionado a la caza, no pudo sino sentir admiración. Un pájaro más pequeño surgió de pronto a un lado del bosque, volando muy deprisa. Era una presa fácil para lord Hartlip, que la abatió al instante: otro picapinos para añadir a su lista. No había un deporte mejor en ninguna parte de Inglaterra, pensó Tom Harker, que no tenía dificultades para acomodar mentalmente esta idea junto a sus opiniones acerca del dominio que ejercían los ricos sobre la vida de los trabajadores. La salva de disparos concluyó, se oyó la voz de Glass, que gritó con fuerza: «Listo, sir Randolph», y Tom vio que los cazadores se relajaban y se acercaban los unos a los otros, con las manos en los bolsillos o encendiendo un cigarrillo, después de haber entregado las escopetas a los cargadores para que las llevaran a casa, y vio que los perros, animados por sus adiestradores, empezaban a cobrar las piezas a toda prisa, y vio que la carreta, tirada por un caballo viejo, un animal que llevaba casi veinte años desempeñando el mismo trabajo, se acercaba para recoger el último cargamento del día. Los ojeadores, con sus característicos abrigos largos de color crema, ya salían del bosque. Glass habló con algunos de ellos —es probable que les diera instrucciones para el día siguiente— mientras sir Randolph se acercaba al grupo y destacaba entre los demás con su estrafalario y anticuado sombrero de ala ancha. Cuánto tardaban en dispersarse, pensó Tom. ¿No querían volver a casa a tomar el té? Incluso había un par de señoras que se habían sumado a los cazadores a la hora de comer y que, a diferencia de las demás mujeres, sus hijas o lo que fueran, se habían quedado con ellos hasta el final, quizá porque la tarde era muy agradable. El sol había lucido sin interrupción después de la niebla de la mañana —en la mansión había sido un gran día para espantar a los insectos con los plumeros — y Minnie había dicho durante la comida: «La verdad es que los colores del otoño este año son más bonitos que nunca»; a lo que sir Randolph había contestado: «Todos los años dices lo mismo», mientras observaba la cara regordeta de su mujer, un poco acalorada (se había puesto su traje de tweed nuevo y estaba pasando mucho calor), y esa mirada suya, tan irónica, tan penetrante, que no a todo el mundo agradaba. Minnie era una mujer tonta en muchos aspectos, y no todos sabían que, para su marido, gran parte de su encanto residía precisamente en esto.

Las señoras paseaban entre las hileras de pájaros muertos, en su mayoría ya recogidos y amontonados a un lado del camino para que pudieran admirarlos y hacer el recuento. Los hombres, tanto los cazadores como los ojeadores y los guardas de caza, iban y venían contemplando los animales sacrificados y expuestos. Tom, que necesitaba asegurarse de que tenía el camino libre para ocuparse de sus asuntos, esperaba, cambiando el peso de un pie al otro, a que todos se retiraran de una vez.

Despacio, sacaron de la arboleda el faetón con sus dos caballos azabaches. Era un coche grande y negro, de aspecto fúnebre —lo cierto es que en este mismo vehículo habían llevado al cementerio, en su ataúd, a la madre de sir Randolph, que murió en 1898, con diez años menos que el siglo—, con un asiento alto delante y espacio para seis personas detrás, sentadas frente a frente. Las señoras subieron al coche. El grupo se demoró un poco más en decidir, con mucha cortesía, quiénes de los caballeros debían ir con ellas. Cuando por fin se encontró a los acompañantes idóneos, el faetón se alejó por el camino de la casa, que mostraba a lo lejos sus chimeneas, entre los árboles ornamentales, a más de medio kilómetro de distancia.

A continuación, sin tiempo que perder, cargaron el otro carro hasta que su estructura de hierro quedó festoneada de parejas de aves a los lados, las liebres, más pesadas, detrás, y por fin consiguieron dar la vuelta para salir en dirección contraria, hacia la granja, seguidos por una carreta más ligera de la que tiraba una jaca recia de color tostado, encargada también de repartir la leche, en la que llevaban los cartuchos que habían sobrado. Los caballos de granja no se guardaban en los establos de la mansión. Pasaron muy cerca de donde estaba Tom: el ruido de los cascos resonó con claridad en la quietud del atardecer y las últimas luces del día rozaron el bronce bruñido del bocado y el formidable pescuezo de las bestias de tiro.

Los últimos cuatro o cinco invitados volvían a la residencia a paso ligero, seguidos por los cargadores y los adiestradores de perros, que ya estaban a punto de desviarse de la avenida principal hacia la parte de atrás de la casa, donde se encontraban las perreras y la armería, mientras los ojeadores se dispersaban en dirección al pueblo. Tom esperó a moverse hasta que casi los perdió de vista, y hasta que los colores dorados del final de la tarde se rindieron a la suave tonalidad entre gris y rosada del primer crepúsculo. La niebla, todavía baja, aunque por momentos más densa, empezaba a levantarse visiblemente de la tierra, desplegando una capa de vapor húmedo que, a la mañana siguiente, aún seguiría cubriendo el suelo como la leche derramada mientras el cielo cobraba poco a poco el azul claro y pálido de un nuevo día de finales de octubre. Tom echó a andar por los alrededores del coto sin hacer ruido, sin alejarse de los árboles, hasta donde el terreno empezaba el descenso hacia la densa cortina de bosques que bordeaba el río. Se detuvo allí, en una cancela que daba paso a las amplias veredas de hierba, interrumpidas en algunos tramos por el bosque en su caída hasta la orilla del agua, donde al día siguiente se presenciaría una espléndida caza de faisanes, y buscó en los grandes bolsillos de su chaquetón. Era allí, mientras los hombres que habían pasado el día ocupados volvían a casa, y mientras Glass relajaba momentáneamente la implacable supervisión de sus dominios, donde, con ayuda de su perra, Tom cazaría un conejo.

 

—¿No está con nosotros el israelí? —murmuró sir Randolph, cuando le ofrecieron una taza de té.

Se había acercado a su nuera, Ida, y le hablaba al oído. Minnie, que estaba algo lejos de su marido, detrás de la tetera y el hervidor de plata, sentía un afecto especial por sir Reuben.

«Qué hombre tan encantador», decía Minnie de él. Lo cierto es que a menudo, para dirigirse a él, lo llamaba: «Mi querido amigo». «Mi querido amigo, no tenías por qué haberte molestado», decía, cuando él le regalaba otro capricho muy caro. Era más que generoso con sus millones.

—Calla —dijo Ida con un dejo de reproche—. Se ha caído en una ciénaga y se está dando un baño de mostaza.

—No me digas. ¿En una ciénaga? Aquí no hay ciénagas.

Minnie los había oído.

—Se ha mojado los pies —dijo entonces con dulzura—. Cruzando una acequia. Lo he convencido para que me permitiera enviarle a Hopkins y se diera un baño de mostaza. Ya sabéis lo relajante que es.

—Desde luego que sí, cuando un hombre sale a cazar con un calzado inadecuado —contestó sir Randolph.

—No llevaba un calzado inadecuado —dijo Ida con firmeza—. Iba calzado como todo el mundo. Me fijé especialmente.

Ida sentía cariño hacia su suegro, pero había llegado a convencerse de que, cuando estaba en Nettleby —cosa que hacía con cierta frecuencia, porque su marido era miembro del cuerpo diplomático y normalmente estaba en el extranjero; y porque todos coincidían en que era importante que los cuatro hijos de la pareja pasaran una parte de sus años de formación en casa de sus abuelos—, su especial misión era encargarse de que sir Randolph «no se saliera con la suya», como diría ella, demasiado a menudo. Minnie rara vez se enfadaba con su marido: uno de los rasgos de su matrimonio era que a ninguno de los dos —aunque en varias ocasiones ambos se hubieran portado de una manera que les había causado sorpresa y quizá también dolor— se les había oído criticar jamás al otro. Ida era una persona muy práctica y creía que a sir Randolph se le consentían demasiadas excentricidades en la casa. Se había propuesto que a su marido no se le consintiera ninguna: estaba a punto de ser nombrado embajador. Ida tenía una mirada directa, los dientes ligeramente salidos y la cara grande y de aspecto saludable; parecía holandesa, aunque lo cierto es que era mitad francesa, por parte de madre, y hablaba cuatro idiomas con fluidez. A sir Randolph le gustaba su nuera, a pesar de lo dura que era a veces con él. «No es una belleza», decía de ella, «pero es buena persona. A nadie le gusta estar rodeado de demasiada gente con imaginación y esas tonterías».

La imaginación y esas tonterías habían afectado, por lo visto, a algunos de los hijos de Ida. Muchas veces, a sir Randolph le sorprendía que unos padres tan prosaicos hubieran engendrado a aquellos cuatro niños. En ese momento vio a la mayor de sus nietas al otro lado de la mesa del té: Cicely, de diecinueve años, coqueteando con el húngaro Rakassyi, mientras Tommy Farmer, el hijo de Roland Farmer, que acababa de ingresar en el cuerpo de granaderos y tenía la misma edad que Cicely, parecía como si no supiera dónde meterse. Marcus, el hermano de Cicely, de quince años, estaba sentado al lado de Tommy y comía ajeno a las sutilezas de la conversación. Cicely había heredado los dientes de su madre, pero tenía un rostro alargado y fino, unos ojos castaños, grandes y llenos de vida, una nariz pequeña, aunque aquilina, y una abundante melena que siempre tendía a escaparse de los alfileres con que la sujetaba, y esta combinación le daba en conjunto un encanto vibrante. También tenía una manera de hablar atropellada, modelada hasta cierto punto, según su abuelo, a imagen de Aline Hartlip, a quien esta peculiaridad, entre otros atributos, le había procurado ciertamente un gran éxito social. Tal vez no fuera una forma de hablar demasiado favorecedora para una muchacha de diecinueve años, y se prestaba a comentarios indignados.

—Tengo que ponerme talco en las piernas, no hay más remedio —estaba diciendo Cicely en ese momento—. Y echarme de espaldas con los pies en el aire, y luego mi doncella y yo nos pasamos horas y horas tirando con todas nuestras fuerzas.

El conde Rakassyi parecía preocupado.

—¿Merece la pena tanto sufrimiento? —dijo.

—Desde luego que sí. Quedan maravillosas una vez puestas. Yo me siento muy orgullosa cuando las llevo. Tommy las ha visto, ¿verdad que sí, Tommy? Mis nuevas botas de caza… Sí, las has visto, Tommy. ¿Cómo te atreves a fingir que no?

Pero sir Reuben ya se acercaba al grupo, se abría camino por el suelo reluciente y las alfombras persas hacia la mesa del té, sorteando las mesitas y las plantas en sus macetas, y se excusaba por el retraso.

—Ha sido culpa de Hopkins, ya lo sé. Esa mujer puede ponerse muy mandona — dijo Minnie, subiendo la llama del hervidor de plata, para no servirle el té frío.

—Ha insistido de manera tajante en que el remedio sólo sería eficaz si pasaba media hora con los pies en la bañera; ni un segundo menos.

Sir Reuben levantó los hombros y tendió las manos, con las palmas vueltas hacia arriba, con una expresión de impotencia que también evocaba, como muchos de sus gestos, cierta actitud antigua, oriental, insinuante y sutil: el eco de una blanca plaza de mercado bajo un sol milenario. Tenía la cabeza grande, la frente alta y prominente, una nariz formidable, ganchuda, los ojos oscuros, levemente caídos en las comisuras, la boca de trazo delicado y sensible, y el mentón firme. Su modesta estatura sorprendía después de todo lo anterior: si hubiera tenido la nariz y la barbilla un poco más cerca, sir Reuben habría parecido una especie de Polichinela asiático.

Dijo entonces que hoy había vuelto a pensar que los bosques de Nettleby eran perfectos; en su opinión, nada tenían que envidiar a los de Sandringham o Holkham, aunque a menor escala, por supuesto.

—Los copiamos —dijo sir Randolph—. Son una copia exacta.

—No me había dado cuenta —contestó sir Reuben—. ¡Qué interesante! ¿Cómo lo hicieron?

Sir Reuben se acercó a su anfitrión con una actitud que parecía expresar una profunda simpatía, más propia de la esfera espiritual que del plano mundano. Mientras volvía a contar la historia de la amistad que unió a su abuelo y al primer lord Leicester —quien casi un siglo antes había empezado ya a plantar sus bosques, con la mira puesta en la caza—, sir Randolph recordó una vez más lo mucho que costaba creer en la fama de su invitado, al que se contaba entre los negociadores más implacables de la cuenca minera del Rand, y contestó, una vez más, a la amable atención de sir Reuben, su rápida capacidad de comprensión y la extraña e insondable melancolía que irradiaba.

—Ah, Sandringham… —suspiró Minnie. (Habían pasado a hablar de la cría de faisanes y de los métodos que se emplearon por primera vez en Sandringham y se copiaron más adelante en Nettleby)—. Hemos estado allí, claro, pero sólo una vez. No es lo mismo.

—¿Cómo iba a serlo? —dijo sir Reuben, posando una mano en la de Minnie.

Los dos grandes amigos guardaron silencio y sonrieron con nostalgia, mientras sir Randolph se abstenía de señalar lo que sin duda hubiera podido señalar: lo mucho que disfrutó Minnie cuando el difunto rey dio su aprobación al plan y lo mucho que se esforzó después para que dicha nueva organización colmara las expectativas de su invitado real, con lo que estuvo a punto de llevar la finca a la quiebra.

—¿No tomabais col rizada por la mañana? —decía en esos momentos Charles Farquhar—. Estoy seguro de que tomé col rizada por la mañana la última vez que estuve aquí.

—La última vez que estuviste aquí no había coles. Era enero.

Sir Randolph tenía a Charles Farquhar por un personaje insignificante. Era un buen cazador, aunque la caza era lo único que despertaba su entusiasmo, y celebraba una buena cacería de perdices en su finca de Norfolk; por eso sir Randolph no tenía inconveniente en invitarlo a pasar unos días de vez en cuando, pero no veía ninguna necesidad de tomarse la molestia de hablar con él. Minnie había insistido en que esta vez tenían que invitarlo, porque vendría Aline Hartlip.

«Es de rigueur invitarlos a los dos en este momento», había dicho.

Aline Hartlip era una invitada muy exigente, y, si la presencia del apuesto aunque memo (en opinión de sir Randolph) Charles Farquhar servía para tranquilizarla mientras su marido, Gilbert, se concentraba en la caza, sir Randolph aceptaba de buen grado invitar también a Charles. Gilbert Hartlip era uno de los mejores cazadores de toda Inglaterra, si no el mejor de todos, y daba gusto verlo en acción: a veces causaba cierta inquietud, porque tenía un temperamento algo divo y podía llegar a ponerse difícil cuando creía que no le ofrecían los mejores puestos, tal como le correspondía. También tenía la costumbre de permitir que su cargador llevara la cuenta de su puntuación: ese día, sir Randolph lo había visto preguntar a su ayudante en varias ocasiones cuántos pájaros había abatido después de una ronda. Aunque sir Randolph sabía que ésta era una práctica bastante común, en privado la consideraba poco deportiva. En su opinión, la caza no debía ser una competición; claro que, cuando uno tenía una reputación como la de lord Hartlip, podía permitirse competir contra sí mismo. Confiaba en que Gilbert no abrigara otra intención. Por otro lado, había oído por casualidad, al mismo cargador, preguntar al cargador de Lionel Stephens qué puntuación llevaba su amo, y, como Lionel Stephens estaba cazando de maravilla, sir Randolph tuvo la sensación de que podía estar surgiendo cierta rivalidad personal entre los dos cazadores, una idea muy incómoda.

Se percató de que Lionel Stephens parecía tranquilo y en forma, mientras que Gilbert Hartlip estaba pálido: era bien sabido, aunque no le gustaba que se hablara de esto, que después de cazar sufría fuertes dolores de cabeza. Lionel, por su parte, era lo que normalmente se entiende por un hombre de buena planta y, a diferencia de Charles Farquhar, tenía cerebro además de atractivo físico. No era alto, no tanto como Bob Lilburn, con cuya mujer, Olivia, Lionel estaba hablando en ese momento. Sin embargo, a pesar de su aspecto de héroe, Bob Lilburn no era ni la mitad de atlético que Lionel. ¿No había escalado éste el Cervino?

—Bueno, el amanecer… —estaba diciendo Lionel, con una mezcla de entusiasmo y modestia en su sonrisa aniñada—, el amanecer en las cumbres de los Alpes es un espectáculo asombroso.

—¡Cuánto me gustaría verlo! —dijo Olivia, con los ojos resplandecientes.

Eso era auténtica belleza, pensó sir Randolph. Una mujer hermosa, con un hombre atractivo a su lado: ¡qué orgulloso se sentía de ellos! Lástima que el pobre Bob Lilburn fuera un poco bruto, aunque simpático.

—No —dijo entonces Aline Hartlip, que estaba sentada al lado de Sir Randolph —. No hay absolutamente nada.

—¿Qué quieres decir?

Aline le sonrió, y su rostro inteligente y delgado traslucía la incredulidad que le causaba la ingenuidad de sir Randolph.

—No finjas que no estás tan intrigado como todos —dijo Aline—. Pero anoche tuve una pequeña conversación con Olivia, y te aseguro que no hay nada en absoluto. De hecho, creo sinceramente que ella ni siquiera sabía de qué le hablaba.

—Yo tampoco lo sé. Aunque detecto cierta maldad.

—¿Desde cuándo es maldad especular un poco? Además, una no puede evitarlo cuando lo que tiene delante, como en este caso, es de la máxima calidad…, ¿o no lo es ella?…, y está unida a alguien que parece de la misma calidad pero no lo es: una segunda persona a la que la primera persona, cumpliendo con su deber, le ha dado un hijo y heredero… Y ahora aparece una tercera persona que también es de la máxima calidad… Eso creo yo, ¿tú no?… Y yo diría que está evidentemente subyugada. Por supuesto que especulo. No se me ocurre nadie por cuya felicidad pueda interesarme más. Olivia es absolutamente excepcional. Aunque siempre he tenido envidia de ella, porque no hay quien la supere en encanto, ¿no estás de acuerdo?

—Ya sabía yo que se trataba de alguna maldad —dijo sir Randolph—. En cuanto al grado de superioridad en las artes del encanto, sabes perfectamente que esos laureles son tuyos. Qué pareja tan competitiva sois, tu marido y tú.

—¿Gilbert, competitivo? Pero ¡si ni siquiera se ha sumado al juego!

—Me refiero a la caza, en este caso.

—Ah, la caza. La caza no me interesa en absoluto —dijo Aline—. Aunque me gustan los hombres que son buenos cazadores, claro está.

—En ese caso, no podrías haber elegido mejor marido.

—Eso crees, ¿verdad? Pero hoy ha ocurrido algo muy extraño. ¿Te has dado cuenta?

—La verdad es que no —confesó sir Randolph.

—Me refiero a que cierta persona, no diré quién, porque ya sabes que uno siempre se da por aludido, ha cazado casi tan bien como cierta otra persona. O igual de bien. Creo que eso no había ocurrido nunca. Pero nunca.

—Entonces, sin duda hoy no ha ocurrido.

—Ha ocurrido. Y se lo ha tomado muy mal —insistió Aline.

—Bah, tonterías… ¿Cómo va a molestarse por una cosa así? El otro ni siquiera juega en la misma liga. No es un cazador famoso como tu marido. Es sólo un buen atleta al que se le da bien cualquier deporte. A él no le interesa igualarse con Gilbert.

—Claro que le interesa. Todo el mundo quiere derrotar al campeón.

—La caza no es un juego —dijo sir Randolph—. No es un deporte de competición. Te aseguro que estás muy equivocada, Aline. No es así como funciona el cerebro de nuestro joven amigo.

—¿Ni siquiera ahora que la locura del amor corre por sus venas? ¿Para deslumbrarla a ella?

—Tu maldad no conoce fronteras. Ella no se dejaría deslumbrar por eso.

—Cualquier mujer se dejaría deslumbrar por eso —dijo Aline—. ¿Por qué razón, si no, crees que los hombres se dedican a estas cosas? Es así, ¿verdad que sí, Charles? Los hombres hacen proezas para conquistar a las mujeres, ¿no es cierto? ¿Qué otra razón podría haber?

—Ninguna, mi querida Aline, ninguna —dijo Charles Farquhar, jovialmente.

—Proezas —dijo sir Randolph, decidido a que Aline no notara cuánto le había disgustado, pues ésta había sido probablemente la intención con que ella lo había dicho. (¿No le había parecido siempre demasiado flaca? La delgadez extrema, en las mujeres, era una señal de malicia, él siempre lo había dicho)—. Una proeza, para cualquier hombre, es formar pareja de bridge con mi mujer. Yo lo hice una vez, hace treinta años, y no he vuelto a tocar un naipe desde entonces. Aunque por la expresión de sus ojos veo que alguien va a tener que hacerlo. La fiebre del bridge se ha apoderado de ella. Sé que hay otro experto entre nosotros. Pero ¿hay alguno más?

Sir Reuben Hergesheimer era un excelente jugador de bridge. Minnie y él jugaban a menudo y apostaban fuerte. No había entre los demás invitados nadie como ellos.

—No estaría mal echar unas manos —dijo Minnie, como si no hubiera jugado un par de horas entre el té y la cena la mayoría de las tardes desde hacía treinta y cinco años. (A veces incluso jugaba después de cenar, aunque generalmente sólo cuando la partida se ponía seria y se dejaba en manos de los hombres, después de que las mujeres se hubieran retirado)—. ¿Aline? —preguntó Minnie—. ¿Charles?

Los dos aludidos se levantaron obedientemente. Hubo una oleada de movimiento. Rogers y una doncella acudieron a retirar el servicio del té.

—Vamos a la biblioteca a jugar a la Solterona —dijo Cicely.

—Lo que sea, menos juegos de palabras —dijo Tommy.

Pero cuando Rogers abrió la puerta, todo el mundo se distrajo. La abrió con el sigilo y la deferencia de costumbre y se quedó detrás, sosteniendo el picaporte mientras Mary, la doncella, salía con la bandeja de plata. No se dio cuenta de que parecía estar anunciando la llegada de un importante personaje.

—Mirad —dijo Cicely en voz baja.

Todos miraron y oyeron el suave chapoteo de unos pies con membranas. Al parecer, Rogers sostenía la puerta para dar paso a un pato.

—¡Ay! —dijo Ida, que reconoció al pájaro.

Al notar que Mary titubeaba con la bandeja en la mano, Rogers salió de detrás de la puerta para ver qué pasaba. La doncella se apartó a un lado, sonrojada de vergüenza. El pato, sin apenas dudarlo, siguió adelante y cruzó la puerta. Era una hembra joven, un ánade real en plena forma.

—Ah —dijo sir Randolph—. Rogers, creo que necesitamos al señorito Osbert.

—Qué cosa tan divina —dijo Aline.

—Pata, pata, ven aquí, ven, pata —llamó Cicely, extendiendo una mano.

—Es inútil que intentes atraparla —dijo su hermano Marcus—. Se echará a volar y lo tirará todo. Tenemos que esperar a Osbert.

—Qué niño tan travieso —dijo Ida—. Lo siento, belle-mère. —Era así como se dirigía a su suegra.

—No tiene importancia, hija —contestó Minnie—. Pero creo que Marcus tiene razón. Será mejor que no hagamos nada hasta que venga Osbert. El salón está lleno de cosas que puede tirar.

El grupo, que en su mayoría ya se había levantado y empezaba a desplegarse para las siguientes diversiones de la tarde, volvió a tomar asiento.

La pata se detuvo, como si de pronto tomara conciencia de cuánta gente había en el salón, y los miró a todos, uno a uno, con la cabeza ladeada.

—Está pensando —dijo Cicely.

—Espero que no tome ninguna decisión precipitada —dijo sir Randolph.

El ánade abrió la boca como si bostezara, sin hacer ningún ruido, volvió a cerrarla, sacudió ligeramente las plumas y extendió entonces una pata a un lado, como si diera un paso de baile. Luego desplegó un ala, abarcando con ella toda la longitud de la pata, y reveló con este movimiento una zona de plumas brillantes, azules con rayas blancas, escondida por debajo del ala marrón moteada.

—Qué maravilla —dijo Olivia.

La pata y el ala volvieron a su posición de costumbre, las plumas se sacudieron de nuevo, y el pájaro reanudó su atenta observación del grupo.

—¿Dónde se ha metido Osbert? —preguntó Ida.

Con un sonoro resoplido, el ave soltó entonces una cagarruta grande y húmeda. Cicely se rió. Hecho esto, la pata siguió andando despacio, bajó la cabeza y empezó a picotear y arañar la alfombra persa.

En ese momento, por fortuna, entró corriendo un niño, cogió a la pata en brazos —que protestó con un graznido pero no se resistió— y dio media vuelta para salir corriendo tal como había llegado. El niño de diez años, con la piel clara y el pelo oscuro, era Osbert, el tercero de los hijos de Ida. Cuando ya se acercaba a la puerta, apareció en el umbral la niñera, seguida de Rogers, Mary y otra doncella que traía una bayeta, un cubo y un cepillo. La ayuda había llegado.

—Osbert, espera —dijo Ida—. Al menos podrías pedir disculpas a tu abuela.

—Lo siento, abuela —dijo Osbert, con aire de sentirse acorralado.

Pero todos reían y parecían muy interesados en la pata. Únicamente Minnie instaba a Rogers en voz baja a seguir recogiendo los restos del té y sacar la mesa de naipes.

—Un pato es una mascota muy poco común —dijo lord Lilburn, mirando al niño desde lo alto de su estatura, por encima de la nariz larga y el imponente bigote marrón—. ¿Cómo llegó a tus manos?

—La encontré en el río en primavera. Había perdido a su madre.

—¿Era un polluelo?

—Tenía sólo cuatro días, creo —contestó el niño.

—¿Y no se escapa?

—Sí. Se va al río con los demás patos, pero siempre vuelve de noche, y a veces también de día. Por eso nunca sé cuándo va a volver. Y cuando vuelve, me busca.

—Más vale que mañana no la pierdas de vista —dijo Charles Farquhar, con su estilo campechano—. Está perdida si se va con la bandada de patos salvajes, ¿verdad, sir Randolph?

Sir Randolph miró a su nieto con un gesto muy serio.

—No la dejes salir mañana, Os. No te olvides.

El niño, de aspecto mucho más frágil que su hermano Marcus, apretó a su mascota con fuerza y asintió.

—¿Lo has oído, pata? —continuó Charles Farquhar en tono burlón—. Si sales mañana por la tarde te vas a enterar. Como te vea pasar volando por encima de mí, te aseguro que no tendrás la más mínima esperanza. ¡Bum! ¡Bum! Y todo habrá terminado para ti —dijo, riéndose con ganas.

—Si la matas —dijo Osbert, más blanco que nunca—, te mataré.

—¡Osbert! —exclamaron a la vez Ida y la niñera.

—Vaya, ¿conque ésas tenemos? —dijo Charles Farquhar, que parecía que lo estaba pasando en grande—. ¿Puedo preguntarte cómo piensas hacerlo?

—Te mataré. —Osbert entrecerró los ojos, tensó los labios y dijo entre dientes—: Rezando.

Hubo una carcajada general. Osbert se puso colorado. La niñera se lo llevó del salón. La criada limpió los excrementos del ave y Mary terminó de retirar la vajilla del té. Rogers cerró la puerta sin hacer ruido después de que las dos salieran y desplegó la mesa de naipes, con su tapete verde. La conversación se reanudó.

—No deberíamos habernos reído —dijo Olivia Lilburn en voz baja a Lionel Stephens.

—Tú no te has reído —dijo Lionel Stephens.

—No me ha hecho gracia.

—¿Crees que tiene intención de cumplir su amenaza?

—No es eso. Pero, si yo fuera Dios, me sentiría inclinada a escuchar sus oraciones —contestó Olivia.

—¡Ah! —protestó él.

—Se ve que ese niño tiene emociones intensas, y habrá que educarlo para enseñarle las costumbres del mundo y ponerle del lado de las escopetas y en contra de los patos. Me parece una lástima.

—En cierto modo, todos tenemos que aprender a disciplinar nuestras emociones —dijo Lionel.

—Desde luego que sí, pero ¿quién inventa las reglas del comportamiento masculino? ¿Quién dice que matar es el súmmum del heroísmo? ¿Hay que sacrificar una vida por cada héroe? Veo que te escandaliza profundamente lo que digo. Lo siento.

—Más que escandalizarme, me impresiona —dijo ella—. Me impresiona porque, aunque sabía…, siempre lo he sabido…, que tenías tanto ardor, no creía que llegaras a manifestarlo, al menos conmigo.

—Creo que contigo puedo manifestarlo, porque eres un amigo de verdad y no te reirás de mí.

—No, no me reiré.

—Nos hemos puesto muy serios —dijo Lionel—. Creo que estamos rompiendo una de las reglas. No es de buena educación ponerse tan serio.

—Yo creo que sí lo es. Pero nadie lo sabrá. Cuanto más serios parezcamos, más pensarán que estamos contando terribles mentiras sobre Aline.

—Podemos hacerlo después —dijo Olivia—. Se me da muy bien contar mentiras sobre Aline. Lo que ocurre es que, desde que tengo un hijo, me ha dado por pensar en otras cosas, en que tengo una responsabilidad tremenda. Y, cuando estoy en una cacería, soy consciente de que mis sentimientos son muy distintos de los de los hombres y de que incluso me gustaría rebelarme contra el mundo que los hombres han construido, si supiera cómo. Aprecio la belleza de un buen disparo, desde luego, y el encanto de los deportes y las tradiciones rurales, pero no puedo dejar de sentir la solemnidad que cobra todo eso, por su connotación de sacrificio, su connotación de muerte, de sangre. ¿Por qué necesitamos eso para que nuestro placer sea completo?

Seguir: parte 2 de 5