La Rusia actual
Enrique Gómez Carrillo, salido del limbo, por Ernesto Lumbreras
Enrique Gómez Carrillo, salido del limbo
Ernesto Lumbreras
En vida se le reconoció como el Príncipe de los Cronistas, amigo de Oscar
Wilde, Maurice Maeterlinck y Gabriele D’Annunzio, bohemio del París más
parisino, es decir, del más decadente y exquisito, el que provocaba migraña y
sarpullido a don Miguel de Unamuno. Por un error de cartógrafos, nació un
27 de febrero de 1873 en la ciudad de Guatemala, la que abandonaría muy
pronto, apenas un político —el presidente de la República, el general Manuel
Lisandro Barillas— reconoció en su pluma atributos no aptos para el clima
del trópico: curiosidad de sátiro, disciplina prusiana y elegancia de lord; con
un empujón emocional de Rubén Darío, el mandatario estampó su firma en un
decreto y ordenó a su ministro de Hacienda concederle una beca para sus
estudios en España. Con apenas 18 años, se aburrió muy pronto del ajo, de la
guitarra estridente y de las tertulias de la condesa Pardo Bazán, y marchó con
su música y sus apetencias hacia el norte, sabedor de que en la capital
francesa se celebraban los esponsales del ajenjo y la poesía.
Aprendió sus primeras lecciones de periodista en El Correo de la Tarde,
de su ciudad natal, bajo la mirada socrática, la querencia francófila y el
estímulo musical del poeta nicaragüense, ya famoso tras la publicación de
Azul… (1888, 1890). Debido al hostigamiento escolar que lo fastidió con
pobre ingenio al llamarlo «comestible», borró el apellido materno, Tibie, de
prosapia belga, y firmó su primer libro, Esquisses (1892) —publicado en
Madrid y con dedicatoria al autor de Pepita Jiménez—, con el nombre de
Enrique Gómez Carrillo; sin embargo, años más tarde, sin burlas ni veras de
por medio, redujo su vocativo de pila a la sola inicial —la E blanca de
Rimbaud—, la que acompañaría de forma capitular los dos apellidos
heredados del padre. Pese a esas reconfiguraciones y recortes en sus tarjetas
de presentación, y en las portadas de sus libros, uno de sus tantos detractores,
echándole en cara sus inmoralidades para atraerse dineros de las arcas
públicas de Guatemala, le espetó esta frase: «Gómez con los dos Carrillos
llenos».
Antes de Rubén Darío, con quien mantuvo una relación ambivalente de
admiración y celos, de complicidad y deslealtades, E. Gómez Carrillo fue el
culpable de la idealización del artista latinoamericano en París. Mientras
muchos escritores y artistas hispanoamericanos —eso dice la leyenda—,
apenas salían de la estación de Saint-Lazare o la de Saint-Nazaire, en lugar de
preguntar cómo se llegaba a la Tour Eiffel, lo primero que hacían era
informarse dónde vivía el gran Darío; por otra parte, literatos, músicos y pintores, pero también estudiantes de leyes, arquitectura o medicina, viajaban
a la antigua Lutecia con sólo una prohibición: abstenerse de buscar al
degenerado de Gómez Carrillo a riesgo de perder la mesada o la beca. Un
joven alumno de medicina, Luis Cardoza y Aragón, desatendió tal advertencia
y procuró la compañía y el consejo durante los últimos años de vida del
célebre cronista; en cierto modo, entre los dos escritores se generó una
relación de discípulo y maestro, reconocida en la dedicatoria de los primeros
libros de poemas del prospecto de bardo, Luna Park (1923) y Maelstrom
(1926). Una década después, la admiración se trocaría en crítica acérrima; el
poeta de Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo (1948), iniciado en el realismo
socialista, se convertiría en el detractor número uno del dandi guatemalteco al
que consideró un descastado y sin genio, prosista vacuo y cínico, «finisecular,
con un no sé qué de fanfarrón mosquetero farsante, mentía por provocación,
por escandaloso y por afán de publicidad».
En otros renglones de sus memorias, El río. Novelas de caballería,
Cardoza vuelve a la carga contra su antiguo mentor: «Fue muy inteligente,
dotado para la sutileza, para la espuma. ¿Está inmortalmente olvidado?». El
descastado Gómez Carrillo murió con nacionalidad argentina y sus restos
yacen bajo una losa en el cementerio de Père-Lachaise. Por supuesto, el
cronista de La Rusia actual (1906) aceptaba, con la piel gruesa curtida en las
redacciones y en la bohemia, que su estilo literario convocaba sin
maniqueísmo a lo impúdico y superficial; declaraba, por ejemplo, «no busco
en mis libros de viaje el alma de los países que me interesan. Lo que busco es
algo más frívolo, más sutil, más positivo: la sensación». Benito Pérez Galdós
afirmó que en Europa pocos igualan a E. Gómez Carrillo y ninguno lo supera.
En la España de las primeras tres décadas del siglo XX creó escuela y moda en
el periodismo, con sus reportajes en los frentes de combate de la Gran Guerra,
sus entrevistas a los intelectuales y artistas más sobresalientes de Europa y sus
crónicas de viajes sobre diversas regiones del mundo. Estas últimas
colaboraciones, todavía en esa época, revestían cierto aire de exotismo y
sensualidad; tal vez por ese deambular miliunanochesco se le conoció
erráticamente como el Loti español. Entre 1899 y 1920 publicó en El Liberal
de Madrid 2667 crónicas y artículos y en el ABC, durante el periodo de 1921
a 1927, dio a conocer 570 entregas de géneros periodísticos diversos. Con
mayor fortuna que Manuel Gutiérrez Nájera o José Martí, galeotes de las
mesas de redacción de los diarios, el chapín supo vivir de su pluma con algo
más que decoro.
Fue activo y muy cercano colaborador de La Nación y de La Razón de
Buenos Aires así como del Diario de la Marina de La Habana y de
publicaciones periódicas madrileñas como Blanco y Negro, La Esfera,
Electra, Pluma y Lápiz. Dominaba la lengua gala, en sensu stricto, su lengua
materna; sin embargo, el renegado guatemalteco nunca se atrevió a escribir en
francés a pesar del ofrecimiento de una columna en periódicos y revistas de
renombre como Mercure de France; en una carta al filólogo español Julio
Cegador y Frauca confiesa dicho pesar: «He pasado aquí la mitad de mi vida
y no escribo en francés». Más allá de esa limitación, el más afrancesado de
los escritores centroamericanos fue traductor y divulgador constante de la
literatura gala, desde la casa Garnier Hermanos y de los numerosos espacios
periodísticos que estuvieron a su alcance. Siempre estuvo al día de las modas
y de los ismos. Curioso irredento, fue testigo presencial de los movimientos
telúricos que pusieron en entredicho la tradición y el canon decimonónico del
arte europeo; en ese papel, llegado el momento, fue impulsor y puente de la
nueva estética vanguardista en España y de la América española. Aunque
claro, en cumplimiento de su libreto de aguafiestas y descastado, cuando se
dio el debate sobre la paternidad del creacionismo entre Huidobro y Reverdy
inclinó su voto por el segundo; en contrapartida a tal deslealtad
hispanoamericana, publicó en la elegantísima Cosmópolis —núm. 34, octubre
de 1921—, dirigida por él, un poema titulado «Esas rosas eléctricas», de un
jovencísimo poeta mexicano llamado Manuel Maples Arce que ya velaba
armas para lanzar el primer manifiesto estridentista en diciembre de ese
mismo año.
Aunque padeció penurias en sus primeras andanzas, la flexibilidad moral
de Gómez Carrillo fue de gran utilidad a la hora de subastar su talento de
«publicista en Europa» al mejor postor del solar patrio y de otros lares. Contó
con la buena estrella de colaborar en la campaña política de 1898 que llevaría
a la presidencia de su país a Manuel Estrada Cabrera —el modelo histórico de
El Señor Presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias—, con lo cual ganaría
cargos y misiones en el Viejo Continente a lo largo de más de 20 años de
gobierno del temible dictador; uno de sus libros de viaje de mayor mérito y
celebración, El alma japonesa (1907), contiene esta dedicatoria que lo retrata
de cuerpo entero: «Al presidente Estrada Cabrera que ha sabido hacer del
culto de la enseñanza popular una religión moderna, dedica este libro su
amigo y admirador. EGC». Entre 1919 y 1921, publicó y corrigió en vida sus
obras (in)completas, en Madrid, en XXVII tomos, bajo el sello editorial Mundo
Latino, con gran distribución en Hispanoamérica, volúmenes que con un poco de fortuna todavía es dable encontrar en librerías de viejo de la Ciudad de
México.
De tan vasto catálogo quedan para el olvido sus novelas pecaminosas y
sus ensayos de corte sociológico, y aquellos donde se asumía como un crítico
de arte y de literatura llevado por sus corazonadas e impresiones. Entre las
primeras, Tres novelas inmorales: Del amor, del dolor y del vicio (1898)
desde el solo título ya desvelaba el afán de provocar con gratuidad a
sacristanes y señoritas. En el rubro de la reflexión y el análisis sucumbía a la
anécdota y a la glosa, defectos que para Pedro Henríquez Ureña —al
comentar La Grecia eterna (1908) de Gómez Carrillo— resultaban un
«prodigio acrobático de la inconsciencia intelectual», al menos como riesgo
cuando se abusaba del recurso; sin embargo, al crítico dominicano dicha
pieza, a caballo entre la crónica y el ensayo, no le resultó «un libro pedante ni
un libro irrespetuoso», incluso agrega a su reseña puntillosa que el pasaje
titulado «El palacio de Orestes» lo encuentra «magistralmente escrito,
vívidamente compuesto e iluminado con colores inagotables que ofrece el
lenguaje de Esquilo y Sófocles, aunque sea pálido el final, la modernización
del hijo de Clitemnestra: este cuadro vale por sí solo más que el conjunto de
todo lo restante».
En el territorio del reportaje de viaje y de la crónica citadina, en cambio,
hasta los colegas y críticos más exigentes manifestaron reconocimiento y
fascinación por obras como La Rusia actual, De Marsella a Tokio (1906), El
alma japonesa (1907), El Japón heroico y galante (1912), Romerías (1913),
En el corazón de la tragedia (1917) o El encanto de Buenos Aires (1921). En
las citadas Obras Completas de E. Gómez Carrillo se reunieron, en cinco
volúmenes, sus magistrales y desinhibidas crónicas, escritas con una prosa
ágil, fresca y vital que pareciera —la frase es de Borges aplicada a la obra de
Wilde— que se «acabaran de escribir esta misma mañana». Repasando el
índice de su quinteto, los títulos de sus crónicas despiertan la curiosidad del
lector, la estimulan con atmósferas de frenesí y desasosiego, lo seducen con
puertas entreabiertas a iniciaciones y misterios: «La resurrección de las
hadas», «La pasión de los monstruos», «La psicología del valor y del miedo»,
«El dandismo de Balzac», «Las sibilas del bulevar», «Del parecido en los
retratos», «El arte de trabajar la prosa», «Una visita al Papa», «El alma
lamentable de Verlaine», «En Roma, con D’Annunzio» o «Hablando con los
que salen del Infierno».
La muestra de tales anzuelos bien pudiera convertirse en la punta del
famoso iceberg de una futura antología de las crónicas de Gómez Carrillo. En España, con motivo del centenario del inicio de la primera guerra mundial, en
1914, se lanzaron al mercado dos colecciones de sus reportajes en las
trincheras de púas y lodo, así como en los cuarteles de los generales de los
ejércitos combatientes: Pequeñas historias de la Gran Guerra (Libros de la
Ballena, 2011) y Campos de batalla y campos en ruinas (Ediciones del
Viento, 2014). Aunque bromeaba al final de sus días con su paisano Arqueles
Vela sobre un inesperado y postrer viaje al país natal —a imagen y semejanza
del emprendido por Rubén Darío— con «el propósito de cosechar insultos»,
cabe señalar que solamente en Guatemala se ha mantenido el interés por
conservar y divulgar su legado. Allá, en universidades e institutos de cultura,
se han reeditado sus títulos más emblemáticos y vigentes por su valor
literario; asimismo, impulsados por la admiración y la simpatía del excéntrico
escritor, se han publicado epistolarios, biografías y tesis académicas; entre los
estudios biográficos se destaca el trabajo, Enrique Gómez Carrillo, el cronista
errante (1956, 2007), del nicaragüense Edelberto Torres Espinoza, también
autor de una valiosa monografía sobre Darío.
Pero regresando al juicio sumario de Luis Cardoza y Aragón, Gómez
Carrillo «¿está inmortalmente olvidado?». El hecho de que más de dos
terceras partes de su escritura las dedicara a géneros «menores», «bastardos»
y «utilitarios» de la literatura pareciera que pesa en su contra; Julián del Casal
y Manuel Gutiérrez Nájera también vaciaron buenas dosis de su inspiración y
energía en las prensas de los diarios, como lo hicieron Rubén Darío y Amado
Nervo; pero claro, se excusa a la cuarteta de modernistas bajo el siguiente
argumento: ejercieron el periodismo como modus vivendi pero fueron, sobre
todo, poetas. Asimismo, a este reduccionismo se suma la lectura parcial de
considerar el modernismo hispanoamericano como un movimiento
eminentemente poético, confiriendo a los prosistas un rol secundario y
tangencial; en una revisión a profundidad de la tendencia o escuela literaria en
cuestión, o de las generaciones llamadas «modernistas», se destacará que la
prosa de sus exponentes originó la primera renovación de la lengua castellana,
precisamente en la crónica ondulante, multicolor y bulliciosa de Gutiérrez
Nájera y Martí; de esta matriz fundacional, aunque también de otras fuentes,
los nuevos poetas y prosistas de la América española encontraron un terreno
más fértil para sus discursos emancipadores de la pesadez y tiesura de la
lengua escrita por la mayoría de los escritores en España en las últimas tres
décadas del siglo XIX.
Con toda una biblioteca gala a rebosar, de Villon a Cocteau, de Molière a
Apollinaire, también E. Gómez Carrillo surge y se renueva a partir de ese tronco hispanoamericano. En una reseña de Alfonso Reyes para la Revista de
Filología Española de Madrid —tomo II, núm. 4, 1915—, escrita en años
difíciles, cuando el ateneísta tuvo que vivir de su pluma por más de cinco
años, entre 1914 y 1920, rompe una lanza a favor del trabajo periodístico del
guatemalteco; aunque podría burlarse en su correspondencia con Henríquez
Ureña de que el autor de La Grecia eterna «se equivoca siempre al citar
nombres extranjeros», escribe, tal vez, por fraternidad gremial pero ¿por qué
dudarlo?, también por total convicción, estas líneas:
Su crónica de bulevares ha hecho escuela. Su concepción de París tuvo su época, y despertó en América una corriente de benéfica curiosidad. La literatura de Gómez Carrillo en este libro, como en los demás, es siempre periodística; pero el declararlo así no implica una censura, sino más bien una definición de carácter. Hoy por hoy la literatura periodística responde a una necesidad demasiado evidente para que tengamos derecho a discutir su eficacia. Otro representativo —y de primera calidad— «Azorín» ¿no ha dicho, hace un año, que preferiría la labor periodística a la otra?
El libro comentado por el mexicano es El modernismo (1914), donde Gómez
Carrillo realiza una exposición sobre la literatura francesa de la segunda mitad
del siglo XIX, corrientes y tendencias posteriores al movimiento romántico.
Dado que algunos libros de Reyes se formaron en el sedimento de sus
colaboraciones en diarios y revistas, su empatía con los géneros periodísticos
no dio lugar a dudas o menosprecio de su parte sobre el reto literario que
implica realizar una buena entrevista, reseña, reportaje o crónica. Con tales
simpatías y reconocimientos, sorprende que un mal día —como pasó con los
dinosaurios o el dodo—, la obra de E. Gómez Carrillo desapareció de los
estantes de las librerías. En el largo y documentado prólogo a la Antología de
crónica latinoamericana actual (2012) de Darío Jaramillo Agudelo no
aparece su nombre a la hora del recuento de los cronistas estelares del
modernismo. Sin embargo, una figura central de la crónica escrita en español,
Carlos Monsiváis, ponderaba el trabajo del bohemio escritor al grado de
afirmar:
Quizá el cronista por antonomasia del movimiento sea el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Conoce a todos los importantes y a todos los trata muy de cerca […] Y viaja por Europa y conoce y se deleita con la vida social y literaria de la que extrae crónicas que leen con entusiasmo los sedentarios.
El catálogo de la biblioteca de Monsiváis, en la Ciudad de los Libros de la
Biblioteca de México José Vasconcelos, confirma la admiración y el
conocimiento del autor de Amor perdido por su trabajo; en dichos estantes, el
lector curioso puede localizar primeras ediciones de Gómez Carrillo, así como una selecta bibliografía de estudios sobre su obra y trayectoria vital. ¿Qué
aires de la crónica del singular modernista permearon la estética y el estilo del
periodista mexicano? Un tema pendiente y atractivo. ¿Con qué actitud leería
Salvador Novo las obras de E. Gómez Carrillo, con quien comparte afinidades
literarias y morales? Otro asunto igualmente seductor. Aunque nacido en el
país vecino, parece que nunca tuvo intenciones de viajar a México, o incluso
de colaborar en algún medio periodístico. Probablemente la presente edición
de La Rusia actual sea su debut literario en el medio mexicano; dado que se
conoce menos al escritor que al personaje —este último, exagerado en el
salón de los espejos del mito—, conviene trazar ciertas coordenadas para
comprender mejor la relevancia de un reportaje como el realizado por el
centroamericano en el año de 1905 en la nación de los zares, al tiempo que se
ubican sus tentativas literarias y periodísticas de ese momento.
Cuando a comienzos de febrero arriba a la estación fronteriza de
Wirballen, en compañía de Alfredo Valenti, director del diario madrileño El
Liberal, el guatemalteco es un hombre de 32 años cumplidos. La etapa de la
bohemia parisina ha quedado atrás con la muerte de Verlaine en 1896 y la de
Wilde en 1900; además, la credencial de escritor decadente ha perdido lustre
y, en ciertos ámbitos progresistas, llama a la burla y al denuesto. Con
premeditado cálculo, Gómez Carrillo anticipó tales declives y movió con
maestría sus piezas en el ajedrez político y social de su tiempo. Aunque su
padrino Juan Valera lo ve como la oveja negra, cosmopolita y disoluta del
rebaño, su nombre y fama poseen en España un peso específico para
replantear el periodismo de la época. Con tal expectativa, El Liberal le
solicita un reportaje sobre un tema de actualidad europea: la situación de
Rusia en un momento doblemente crítico. Por un lado, el poderoso Imperio
eslavo está a punto de perder la guerra contra Japón y, tras la masacre obrera
en el Domingo Rojo del 9 de enero en San Petersburgo, en diferentes enclaves
de la inmensa nación han estallado huelgas y motines militares que darán
lugar a la revolución de 1905.
A ese avispero político y social llega E. Gómez Carrillo, entre agentes de
la policía secreta que desarticulan, todos los días, atentados contra el zar
Nicolás II y terroristas que preparan, todas las noches, la bomba que acabará
con la vida del emperador. Llega a la capital entre reporteros de Europa que
solicitan infructuosamente viajar a la zona de guerra, en el extremo oriente del
Imperio, en la última escala del Transiberiano: el puerto de Vladivostok. El
País del Sol Naciente hunde a destajo la flota rusa, lo que provoca sorpresa y
desazón en el Palacio de Invierno y curiosidad malsana entre los gobiernos de los países de Europa. Desde la ventanilla del vagón de primera clase, el
periodista escribe párrafos sobre el paisaje nevado de la ciudad fundada por
Pedro el Grande, y se demora, también, en la taxonomía de la belleza
femenina que viaja en el Nord-express, donde las parisinas ocupan el
primerísimo lugar de sus predilecciones:
Sus trajes, sus cuerpos, sus elegancias, sus malicias, sus coqueterías, todo lo que constituye el encanto de la muñeca moderna está en ellas y en ellas vibra. ¡Y cómo ríen! ¡Y con cuántos mimos, con cuantísimo estudio miran! Al lado de ellas, las alemanas parecen de madera; de una madera muy bien torneada, muy barnizada, muy fresca, pero madera al fin.
[…] Pero en cambio, sus hermanas las austríacas rivalizan con las más seductoras, uniendo
la frescura germánica al arte francés […] Y hay, dominándolo todo, una miss.
¡Qué bien dice aquella frase vulgarísima que cuando una inglesa se pone bonita, redime a
todas sus compatriotas del pecado de fealdad!
Al poco tiempo de recorrer las calles de San Petersburgo, de entrevistarse con
personajes siniestros y poderosos como el general Dimitri Trepoff y con
opositores del régimen zarista, de entrar en las iglesias para conocer los ritos
ortodoxos, de revisar expedientes judiciales con casos de crueldad y
humillación, de perderse en los mercados de pulgas y barrios miserables, la
inveterada frivolidad de Gómez Carrillo desapareció de golpe. Lo que el
lector de hace más de un siglo encontró en La Rusia actual fue una crónica
cruda y de humor negro, a ratos macabra y desoladora. Denunció en sus
entregas a El Liberal de Madrid, antes de reunir el material en libro, la
explotación salvaje de campesinos y obreros, la persecución de estudiantes, la
matanza de armenios en Bakú y el pogromo judío en Ucrania de 1903 a 1905.
Parodia el actuar medroso y cándido de Nicolás II y arremete contra la
aristocracia despilfarradora de los Romanov, de duques y condes por todas
partes, que esquilma la riqueza de la nación. Disecciona el papel de la Iglesia,
del humilde clero blanco de popes aldeanos al supremo, rico y poderoso clero
negro de los conventos «que produce los obispos, los consejeros imperiales,
los doctores del Santo Sínodo, los rectores espirituales de las grandes
duquesas». Muestra y analiza las estadísticas y los censos de la economía rusa
y los contrasta con la inequitativa y perniciosa distribución entre sus clases
sociales. No hay sombra de duda, como el propio periodista lo declara en la
dedicatoria, de que el presente «es un libro pesado. Es un archivo de
crueldades. Es un memorial de una época de sangre y dolor».
Aunque fue acusado de indiferente o superficial sobre temas de justicia
social, el reportaje de Gómez Carrillo aborda los varios frentes del Imperio y
la sociedad en un momento de descomposición social, persecución política y
desánimo nacional. Durante esa estancia de poco más de un mes es testigo de los movimientos del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, sus divisiones
y posturas, ante el inminente llamado de la Duma que dará origen a una nueva
constitución para salvar al país de la desastrosa crisis. Para un lector actual,
sorprende que en el reportaje no aparezcan los nombres de Lenin y Trotski,
figuras que afianzaron al partido desde su exilio en Londres y que, en ese
momento, está a punto de escindirse en sus dos facciones irreconciliables: los
bolcheviques y los mencheviques. De quien sí da noticia es del pope Gapón,
quien encabezó la manifestación del Domingo Rojo; en un pasaje antológico,
el periodista cuenta la novelada fuga a Finlandia del singular personaje,
sospechoso de ser un agente encubierto de la policía secreta del zar.
Los héroes literarios rusos en el arranque del siglo XX son el viejo León
Tolstói, retirado en su finca utópica de Yásnaia Poliana, y el joven Máximo
Gorki, huésped de una celda en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, a la
que irá a parar el mismo Trotski a finales de 1905. De los dos novelistas nos
da referencias y vivo testimonio; incluso se entrevista con la esposa de Gorki,
quien le cuenta a detalle las acusaciones de alta traición que pesan sobre el
autor de La madre. Conmovido por tal situación, escribe: «Cuando un poeta
tiene un sueño de libertad, de dicha nacional, de ventura piadosa, ve a lo lejos,
en una bruma helada, a una mujer que poniéndose el índice sobre los labios lo
obliga a callar. Es la imagen de Siberia». El mal humor se apodera entonces
del cronista que todo lo observa con rabia y desánimo; incluso en su
deambular por la palaciega San Petersburgo, levantada a orillas del Neva,
despotrica sobre la más europea de la ciudades rusas:
Porque así como Nápoles dora sus sordideces con sol, San Petersburgo esmalta de nieve sus miserias.
[…]
No tengo necesidad de ir muy lejos para convencerme de que San Petersburgo es una ciudad
improvisada, algo como un barrio de la Exposición Universal, o mejor aún, un campamento de palacios. Los historiadores hablan de 200 años. Lo importante era tener mucho oro, mucho oro, muchísimo oro. Porque en toda esta arquitectura sin belleza hay un derroche que pasma de columnatas de mármol, de techos áureos, de torres altísimas, de muros de basalto. En cualquier callejuela se encuentra, entre dos casuchas, un palacio de piedra roja de Finlandia con cariátides de ónice y puertas de bronce.
De regreso a su buhardilla del Barrio Latino, E. Gómez Carrillo ordena sus
papeles rusos y entrega, poco tiempo después de regresar del Japón —tema de
su próxima crónica viajera—, su primer gran reportaje a la casa Garnier
Hermanos de París. Con la publicación en 1906 de La Rusia actual, el libro
de viajes, como género literario, tendrá un exponente estelar e incomparable
en su pluma. Por lo me nos, esos epítetos se repitieron mientras vivió. Hoy, salido de su limbo de olvido y condena, está a prueba para la curiosidad y el
gusto del lector presente.
Al doctor Geo D. Coen
¿Se acuerda usted, querido amigo, de aquella tarde en que severamente me
aconsejaba usted que renunciase a mis frívolas fantasías habituales para
consagrarme a estudios sociales? Estábamos sentados en una terraza del
bulevar. Era la primavera. Y mientras usted me decía cosas serias, yo veía
extasiado a las parisienses ligeras que pasaban rítmicamente. «Jamás —iban
murmurando los frufrús de la calle—, jamás ningún problema le interesará
más que nosotras».
Hubo un día, sin embargo, en que lo hondo, lo triste, lo fastidioso, lo
sucio, lo pobre, me sedujo. Fue mi largo día de Rusia. Allá bajo la nieve
olvidé lo frívolo y me consagré a lo serio. Leí documentos que antes me
hubieran hecho reír, y lloré; copié columnas de cifras, de odiosas cifras;
traduje legajos judiciales. Y cuando hube terminado, me dije: «Éste es el
estudio que mi buen amigo Coen me aconsejó siempre hacer».
Helo aquí, amigo. Es un libro pesado. Es un archivo de crueldades. Es el
memorial de una época de sangre y de dolor. Su alma de usted, piadosa y
recta, sentirá en la lectura lo que la mía, frívola pero buena, ha sentido en la
escritura.
Le quiere, su
Gómez Carrillo