La sospecha

Fiona Barton · Capítulo 1 de 90

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La sospecha

Primera parte. El encargo

PRIMERA PARTE

EL ENCARGO

1

 

Domingo, 27 de julio de 2014

 

LA PERIODISTA

La llamada llega a las tres de la madrugada. El estridente ring del teléfono en la mesilla de noche abre un boquete en nuestro sueño. Alargo la mano para silenciarlo.

—Hola —susurro.

Me responde un murmullo de interferencias. Me aprieto el teléfono al oído.

—¿Quién es?

Noto que Steve se vuelve hacia mí en la cama, pero no dice nada.

El silbido de las interferencias cesa y oigo una voz.

—Hola… Hola —dice, buscándome.

Me incorporo de un salto en la cama y enciendo la luz. Steve refunfuña y se frota los ojos.

—Kate, ¿qué pasa? —murmura.

—¿Quién es? —repito, aunque sé de quién se trata—. ¿Jake?

—Mamá —dice la voz, y la distancia distorsiona la palabra. O quizá es el alcohol, pienso con disgusto—. Siento haberme perdido tu cumpleaños.

La línea vuelve a silbar y se corta.

Miro a Steve.

—¿Era él? —pregunta. Asiento.

—Siente haberse perdido mi cumpleaños…

Es la primera vez que nos llama en siete meses. Me ha escrito tres emails, pero nuestro hijo mayor nos dijo desde el primer momento que no estaría localizable por teléfono. Dijo que quería librarse de todo el estrés que le provocarían nuestras constantes llamadas. Que prefería ponerse él en contacto con nosotros.

La última vez que llamó fue la mañana de Navidad. Esperábamos que viniera a pasar las fiestas, que abriera los regalos con nosotros y preparase su indigesto vino caliente. Se lo propusimos y luego se lo rogamos por correo electrónico. Incluso le compramos un billete de avión cuando pareció que daba su brazo a torcer. Pero Jake no vino, y sólo nos obsequió con una llamada de diez minutos el día de Navidad. Steve cogió el teléfono y habló con él; yo no me apartaba de su lado. Luego Jake pidió hablar con su hermano pequeño, Freddie, y por último conmigo, su madre.

Ese día arrullé el teléfono como si pudiera sentir el peso y el calor de su cuerpo, y procuré escuchar y no hablar. Pero mi hijo se mantuvo distante mientras los segundos se desgranaban en una cabina telefónica perdida en alguna parte, y al final me vi convertida en inquisidora.

—Bueno, cuéntame dónde estás, cariño.

—Aquí —respondió riéndose.

—¿Sigues en Phuket?

—Sí, sí.

—¿Y estás trabajando?

—Pues claro. Hago varias cosas.

—¿Cómo andas de dinero?

—Me las arreglo, mamá. No te preocupes por mí. Estoy bien.

—Bueno, mientras seas feliz… —me oí decirle. La solución cobarde.

—Sí, estoy feliz.

Después de colgar, Freddie me puso una copa de prosecco en la mano y me dio un beso en la mejilla.

—Vamos, mamá. Está bien. Seguro que se lo está pasando genial tomando el sol mientras nosotros tenemos que aguantar toda esta lluvia.

Pero yo sabía en el fondo de mi corazón que mi hijo no estaba bien. Su voz se había vuelto desconfiada. Y además estaba esa risa nerviosa. No era la voz de mi Jake.