La traición como arte
I. Un día de septiembre de 1939…
Augusto Assía
La traición como arte
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Titivillus 04.07.2023
Título original: La traición como arte
Augusto Assía, 1955
Editor digital: Titivillus
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I
UN DÍA DE SEPTIEMBRE DE 1939…
EMPIEZA LA SENSACIONAL
REVELACIÓN
El «Attorney General» es en los Estados Unidos lo más aproximado a nuestro Ministro de Justicia, aunque sus disimilitudes son tantas como sus similitudes. Cuando a principios de noviembre de 1953 contó ante una asamblea de hombres de negocios en Chicago que el ex presidente Truman había colocado en uno de los más importantes y neurálgicos puestos de la máquina estatal norteamericana a un alto funcionario sabiendo que era espía comunista, el «Attorney General» del Gobierno Eisenhower, míster Brownell, metió los dedos en el más sensible e inflamable avispero jamás levantado en los Estados Unidos.
No tenía mucho de nuevo la revelación. Era una historia vieja con el primer capítulo escrito en septiembre de 1939, sólo unos días después que el ministro de Asuntos Exteriores naci, von Ribbentrop, firmara en Moscú el pacto de amistad con Rusia, dándole espectacular vuelta de campana al difícil equilibrio de fuerzas en que estaba montada la precaria paz.
Bajo las tenues tinieblas de la rezagada noche veraniega, en el apacible y confiado Washington de aquellos tiempos, una voluminosa, casi elefantiásica figura, cartapacio bajo el brazo, avanzaba entre las casitas, adormecidas tras sus jardines, con aire desasosegado que desdecía de la placidez de la escena, lo agradable de la hora y el burgués, opulento, satisfecho aire del personaje. A la vuelta de una esquina, tras mirar ansiosamente a su alrededor varias veces, el viandante empujó rápido una cancela y se precipitó con pasos largos, a través del jardín, en una casa igual a todas las demás del barrio.
En aquella casa ordinaria e igual a todas las demás de uno de los barrios iguales a todos los demás de Washington, capital de los Estados Unidos, iba a comenzar aquel anochecer de septiembre del año 39, apenas terminada la guerra civil de España e iniciada la segunda guerra mundial, la más desigual y extraordinaria revelación de nuestros tiempos, frente a la que palidece la tragedia griega y la Historia no encuentra precedente.
La casa era la del subsecretario de Asuntos Exteriores, a cargo de las cuestiones de seguridad, y el gordo personaje que, sospechoso, acababa de entrar sin llamar a la puerta, Whittaker Chambers.
APARECE ALGER HISS
Sólo hasta unos pocos días antes, Whittaker Chambers había sido, escondido tras una serie recambiable de pseudónimos, el enlace o correo de una red de espionaje comunista y una ficha clave dentro de la conspiración al servicio de Rusia.
Dudas, vacilaciones, aprensiones y decepciones venían ya, por lo visto y según andando los años hubo de tener ocasión de explicar, corroyendo sus convicciones comunistas sobre las que el pacto ruso con la Alemania naci actuó de paja sobre el lomo del camello.
Chambers decidió hacer tabla rasa con el pasado y contarles a las autoridades cuanto sabía sobre la confabulación de que había sido parte y la cual tenía su centro de gravitación dentro de los ministerios y los grandes órganos estatales. Primero intentó que le recibiera el propio Presidente, a la sazón Franklin Delano Roosevelt. Habiendo fracasado sus intentos para llegar hasta el famoso despacho ovalado del famoso Presidente, se resignó el contrito espía a confesarse con el subsecretario de Asuntos Exteriores, a cuyo cargo estaba el enlace con la policía, Adolfo Berle. En el modesto despacho de Berle, adornado con grabados ingleses de escenas de caza, Chambers desenfundó su tremenda historia y entregó un informe completo con los nombres de todos sus cómplices.
En el informe aparecieron a la luz de la traición, por primera vez, el joven y brillante diplomático Alger Hiss, Frank Coe, Víctor Perlo, Ware y Harry Dexter White; hasta veintisiete nombres de veintisiete altos funcionarios y técnicos del Gobierno norteamericano enzarzados en la red del espionaje comunista. En una de las redes, Chambers avisó simultáneamente que había otras de las que no tenía detalles, debido al sistema de compartimientos-estanco aplicado por los rusos a sus servicios secretos.
TAMBIÉN TÚ, ADOLFO
Hechas las pertinentes copias del informe que distribuyó a los pertinentes departamentos, Berle llevó uno en persona al presidente Roosevelt. Sentado en su silla de mano, ante su amplia mesa siempre abarrotada de papeles que esperaban continuamente la remolona atención del gran personaje, el Presidente de los Estados Unidos echó, mientras Berle temblaba con la excitación, un indiferente vistazo al documento, puso un gesto aburrido primero y luego un gesto irritado que quería decir «también tú, Adolfo, con estas monsergas».
El propio Whittaker Chambers ha descrito la reacción del presidente Roosevelt frente a su impresionado subsecretario de Asuntos Exteriores en los populares versos:
«Get out of here with that ump-ta-ta,
And don’t come back again».
Se heló la sangre en las venas del joven subsecretario que, lacónicamente, declaró nueve años más tarde ante un comité parlamentario: «me di cuenta, de que allí mismo había terminado mi carrera política».
Ocurría el doble episodio representado por la comparecencia de Chambers ante Berle y la de Berle ante Roosevelt, en el temprano otoño de 1939.
Entre 1939 y 1948, los espías delatados por Whittaker Chambers siguieron, con perversión del mandato bíblico, creciendo y multiplicándose. Y prosperando.
Hubo un momento en que su red alcanzó a todos los puntos centrales de la organización política, diplomática y militar norteamericana sobre la que, antes que como una red, el «aparato» soviético actuaba como una garra.
Todos aquéllos cuyas actividades fueron descubiertas por Whittaker Chambers, todos los veintisiete, sin una sola excepción, siguieron su carrera ascendente hacia las cumbres del Estado norteamericano, ganando a cada vuelta más influencia, más poder y más firme dominio en los consejos de Estado, y no sólo Harry Dexter White, la singularidad de cuyo caso consiste exclusivamente en que ha sido elegido por el Gobierno actual para «epitomizar» la negligencia y complacencia de los demócratas frente al comunismo y sus manejos.
Así como el caso de White no es único, no fué el presidente Truman el único complaciente con los comunistas.
Antes lo había sido su antecesor Roosevelt quizá todavía en mayor medida.
Lo fueron todos los ministros de Justicia, de Asuntos Exteriores y de Defensa de los dos Presidentes. Incluso los jefes de servicio de espionaje y contraespionaje. La Prensa. Quizá la única excepción haya sido el Congreso, que nunca se dejó adormecer por los cantos de sirena «progresistas», la canción de cuna con que se presentaba a los norteamericanos el comunismo.
Pero el papel del Congreso y otros papeles habrán de ir compareciendo por su turno sobre el escenario de esta tragicomedia llamada traición.
DEL BRAZO DE ROOSEVELT
Ahora conviene al hilo de la historia y el orden de la narración, volver la vista hacia la marcha de los personajes cuyos malos pasos había puesto al descubierto Whittaker Chambers. Uno de los denunciados por Whittaker Chambers era Alger Hiss.
Alger Hiss comparece el año 44 en Yalta del brazo de Roosevelt y como su consejero diplomático en la Conferencia donde el mundo occidental y el oriental habrían de reñir el duelo sobre la organización de la paz. Pasan pocos meses y Alger Hiss trasladaba sus cuarteles desde Yalta a San Francisco.
En la Conferencia de San Francisco es secretario de la delegación norteamericana, hace de enlace con los corresponsales y las fotografías le muestran compartiendo la plataforma, en la sesión final, nada menos que con el propio presidente Truman y su secretario de Asuntos Exteriores, Mr. Stettinius.
Otros cuantos meses y se reúne la Conferencia de Dumbarton Oaks.
En Dumbarton Oaks, Alger Hiss ostentó el puesto de secretario general. Su poder, su influencia y su prestigio, aunque misteriosos y de origen inexplicable, alcanzan carácter de leyenda en las altas esferas internacionales. Su popularidad es igual a su modesta y retirada naturaleza.
Otro era Frank Coe.
En el año 1945 ó 46, Frank Coe surge sobre el Londres de la postguerra en el neurálgico puesto de consejero comercial de la Embajada norteamericana. Cuatro años después, el Departamento de Estado de su propio país le niega un pasaporte para visitar Méjico, pero aún entonces es el secretario general del Fondo Monetario donde le había colocado poco antes de dimitir su director, Harry Dexter White.
Mientras, el resto de los veintisiete designados por Whittaker Chambers se movían y expandían de Ministerio en Ministerio, siguiendo siempre la dinámica de los intereses rusos. El fin de las hostilidades encuentra a Nathan Silvermaster en la «Junta de la Guerra Económica», Víctor Perlo se trasladó a la «Oficina para la Administración de Precios», William Remington a la Casa Blanca donde otro de los espías rojos, Lauchlin Currie, era nada menos que ayudante de Roosevelt para la elección de personal y nombramientos políticos. Salomón Adler está en la China de consejero diplomático. Víctor Perlo en el Ministerio de Comercio. David Weintraub se había incrustado en la organización de Harry Hopkins que, a su vez, se había incrustado en la Casa Blanca como eminencia gris del presidente Roosevelt.
HUÉSPEDES DE LA CASA
BLANCA
Era la época en que Mrs. Eleonor Roosevelt, inefable y dinámica esposa del Presidente del mismo nombre, llevaba a comer en la Casa Blanca al Comité Central de las Juventudes Comunistas cuyos caballeros en una ocasión abuchearon dentro de su propia casa al propio Presidente, porque había dicho algo respecto a Rusia que les pareció sacrílego.
Ha sido dicho que por entonces no había un solo Departamento estatal norteamericano en que los agentes comunistas no tuvieran metida su garra, ni un secreto militar o político que no olieran con su larga y penetrante nariz. Sumadas unas cosas a otras los comunistas inyectaron dentro del carro estatal y la sociedad norteamericanos la mayor dosis de traición que ha resistido a través de la historia organismo alguno. Un comunista acompañó a Yalta al presidente Roosevelt, otro fué el consejero que acompañó al general Marshall en la China, cuando Marshall propuso la coalición entre Chang Kai Chek y los comunistas, que había de terminar con los comunistas engulléndose a Chang Kai Chek. Un tercer comunista le servía de «secretario» al propio Marshall cuando visitó Moscú para negociar con Stalin y Molotof.
Pérdida de media Europa, pérdida de la China y pérdida del secreto atómico han sido hasta ahora las piedras miliarias con que la conspiración comunista ha dejado, como Don Juan, triste recuerdo de su paso.
ANTECEDENTES DE LA
TRAICIÓN
De todas las adherencias que acompañan al barco de los imperios y se incrustan a su quilla, ninguna más vieja que la traición.
En el romano, el islámico, el español o el británico, la traición ha ido acompañada casi siempre por la aventura, el impulso individual, el lucro o el resentimiento.
Le estaba reservada al americano la organización de la traición como un arte con su técnica, su sistema y hasta su estética.
Si hay una característica que una a todos los miembros del frío y eficiente «aparato» comunista en los Estados Unidos es la ausencia de cualquier sentimiento aventurero, cualquier afán romántico o cualquier codicia metálica. Ni de uno solo se sabe que hubiera cobrado nada para su lucro personal y todos ellos, sin excepción, se han distinguido siempre por su dedicación al trabajo, su eficiencia en los detalles de cada día y la modestia de sus vidas privadas. Hiss ha sido descrito incluso por sus enemigos como un asceta que en el tiempo que las atenciones de su diabólica conspiración le dejaban libres se deleitaba en leer poesía y contemplar pájaros, mientras su mujer, Priscilia, que algunos consideran como el brazo que movía la tramoya, pintaba tiernamente por afición. Por una de esas raras ironías de la Historia, la inclinación de Alger a la contemplación de los pájaros y la de Priscilia a pintar hubieron de convertirse en dos de los principales instrumentos entre cuantos cooperaron a la condena de Hiss. Esto habrá de ser referido en capítulos posteriores.
Por lo menos entre los miembros del «aparato» descubiertos hasta ahora no figura tampoco ninguno de los agentes habitualmente propicios al espionaje, según los clásicos. Ni navegantes o artistas, troteras o capitanes de fortuna han sido sacados a luz de entre las telarañas de la conspiración comunista en los Estados Unidos. No hay un solo político envuelto en el complot; ni casi siquiera los propios políticos comunistas a los que Rusia parece mantener en cierto modo al margen de su organización secreta y los cuales han sido condenados y enviados a la cárcel, antes bajo acusación de revolucionarios que de espías.
Uno de los aspectos curiosos de la actual legislación norteamericana es que resulta más fácil ser enviado a la cárcel por revolucionario que por espía, y mientras muchos de los espías siguen en la calle, la mayoría de los revolucionarios están ya a la sombra.
TÉCNICA Y ESPIONAJE
Sin apenas excepción, los miembros del «aparato» descubiertos hasta ahora, son antes que nada y fundamentalmente burócratas de alta categoría, con carreras universitarias por lo general distinguidas, que gozaban de reputación entre sus compañeros y vecinos, y que no intervienen directamente en política. De hecho, sobre la mayoría no se sabía siquiera que profesaran otras ideas sino aquéllas cultivadamente izquierdistas, envueltas en capa de humanitarismo y progresismo, de moda aquí por los años 30 y 40.
También casi sin excepción todos pertenecen a esa clase de funcionario moderno, llamado técnico de la organización, que lo mismo sirve para un barrido que para un fregado cuyo oficio consiste en deambular de Ministerio en Ministerio y Departamento en Departamento, dispuestos siempre a enmendar yerros y poner remiendos o deshacer entuertos.
Algunas gentes han querido encontrar tras los miembros del «aparato», además del común denominador de la eficiencia burocrática, la comunidad de origen representada por la procedencia que se esconde en nombres como el de White (Weit), Perlo, Silverman, Coe o Weintraub. Pero tal común denominador es —aun sin menospreciar la importancia de la seducción que sobre gentes de origen lituano, polaco o ruso pueda ejercer la propaganda soviética— sacada un tanto por los pelos. Hiss, Remington o Lattimore son nombres que no tienen el menor reflejo oriental.
Todas las teorías sobre el carácter y composición del «aparato» habrán de quedar en suspenso, empero, hasta que no hayan sido desenterradas todas sus raíces. El complot descubierto por Whittaker Chambers está hoy más o menos al aire. Después de la de Whittaker Chambers, sin embargo, dos grandes revelaciones se han sucedido. Una la del diplomático ruso Guzenko, y otra la de Elizabeth Bentley. En 1948 ésta y en 1946 la otra. Tras la pista de las delaciones de Guzenko aún anda estos días un comité senatorial. En cuanto a las de Elizabeth Bentley, la antigua auxiliar de Golos, declaró hace ocho años que, según sus informes, los rusos poseían en los Estados Unidos cuatro grandes redes.
De estas cuatro grandes redes hasta ahora sólo han sido descubiertas los cabos de dos.