La Union-Epilogo De Vuelta A Tu Amo
Sinopsis
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Melisa y Gabriel afrontan de nuevo el reto de estar juntos. Sin embargo, el peso de sus
sufrimientos y el tiempo que duraron separados, aún media en la relación.
Empieza el
verdadero caminar, donde las inseguridades y los temores van de la mano de su
inquebrantable amor. Se renuevan promesas y sentimientos.
En el epílogo de esta historia; Melisa y Gabriel como el Ave Fénix resurgen de las cenizas y se
reconcilian con el pasado, para dar la bienvenida a la nueva vida que los espera.
Contenido
Sinopsis
Créditos
Dedicatoria
Cita: El Cantar de los Cantares
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Sobre la autora
Créditos
© 2010 Barranquilla, Isabel Cristina Acuña Caballero.
Registro de Autor: 1-2013-45145
Oficina de Registro de Autor. Min. de Justicia.
Colombia.
Editado por Isabel Cristina Acuña Caballero en Colombia para CreateSpace.
Diseño de portada por Nadia Salamanca Fuenzalida en Chile.
Diagramación interior por Nadia Salamanca Fuenzalida en Chile.
http://diseno-sos.blogspot.com/
Primera Edición: Septiembre 2013
ISBN-13: 978-1492739395
ISBN-10: 1492739391
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o medio, sin permiso previo de la titular del copyright. La infracción de las condiciones descritas puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Dedicatoria
A mi preciosa hija,
con mis mejores deseos por su felicidad.
Mi amado es mío y yo soy suya.
El Cantar de los Cantares 2:16
Capítulo 1
Corría como si la vida le fuera en ello y así era. Con la respiración agitada y el corazón a punto de
tiro, miraba hacia atrás de vez en cuando. Solo veía el verde de la selva, que parecía correr detrás para
tragárselo, y los árboles que se extendían como flechas hasta el cielo.
Percibía las grietas y las trampas
de maleza a su paso. Escuchaba el susurro de los animales, el revoloteo de alas invisibles. El intenso
olor a clorofila y humedad le produjo náuseas y entonces lo sintió. Alguien lo cogía de la cadena que
tenía amarrada al cuello, tiraba y tiraba, lo que le produjo asfixia. Trataba de defenderse con las manos,
pero era inútil. Otra vez volvía al hueco negro en el que había estado refundido casi dos años.
―¡No! ¡No voy a volver! ¡Malditos, malditos!
―¡Gabriel para, por favor, despierta! ―Melisa lo movía para sacarlo de la pesadilla en la que se
encontraba. Su cuerpo se sacudía bruscamente y los dolorosos quejidos le partieron el alma.
Abrió los ojos asustado. Aún estaba inmerso en el espejismo.
―¡No! ¡No! ―gritó, acostado, todavía manoteó en el aire, lo que hizo que Melisa brincara al extremo
de la cama para evitar un golpe.
―Mi amor, estás a salvo, estás conmigo ―Melisa se acercó de nuevo y se tendió junto a él.
―¡Dios mío!
Gabriel se levantó enseguida y se sentó en la cama con los codos sobre las piernas y la cabeza entre
las manos. Era la cuarta pesadilla en los tres meses que llevaban juntos. Se dio la vuelta y la miró con
temor.
―¿Te he hecho daño? ¿Estás bien?
La primera vez que ocurrió la había lastimado, pero ella sabía que Gabriel aún no se perdonaba por
eso. Estuvo una semana sin dormir con ella. Era un hombre orgulloso y Melisa estaba al corriente de que
no le gustaba mostrar vulnerabilidad en ninguna faceta de su vida. Le había dado unos días para que se
calmara, pero al ver que pasaba una semana y persistía en ello, había entrado una madrugada al cuarto de
huéspedes y le había dicho que si no podía compartir lo malo, entonces tampoco estaba lista para
compartir lo bueno y que volvería a su casa. Gabriel en principio se negó, suplicó, discutieron, hasta que
accedió a dormir de nuevo con ella a regañadientes y con muchas reservas.
Ella se arrodilló en el lecho y le acarició la espalda cubierta por una película de sudor. Trató de
abrazarlo, pero él fue más rápido y se levantó de golpe. Caminó como fiera enjaulada, se llevó las manos
atrás de la cabeza.
―No debería dormir contigo.
―Ya lo hemos discutido.
―Estás bajo mi responsabilidad. Aceptémoslo hasta que termine la terapia.
―Mi lugar está en esta cama contigo y con todo tu equipaje.
A pesar del tono suave empleado por Melisa, Gabriel sabía que nada la haría cambiar de opinión.
Cuando ella quería, era pura roca.
―No quiero volverte a lastimar.
―No lo harás ―le contestó ella con convicción―, porque te apoyarás en mí.
―¿Así como tú te apoyas en mí? ―el reproche en su tono fue evidente, pero al ver su expresión se
arrepintió enseguida de sus palabras. La abrazó angustiado―. Mi amor. Te necesito tanto, tanto… Eres
mi sanación, mi amor, mi amor, mi amor…
―Aquí estoy para ti.
El ansia tan elocuente con que la había sujetado hizo que Melisa lo abrazara con vigor para calmarlo.
Dejó la angustia a un lado y se vistió de ternura para él. Se volvieron a acostar, abrazados. Gabriel
apoyó la cabeza en el pecho de Melisa y cerró los ojos. Ella le acariciaba el cabello
―Descansa, mi vida. Te prometo que mañana todo irá mejor.
―Deseo que esas horrorosas pesadillas queden atrás ―le susurró después de un bostezo.
―Quedarán enterradas bajo miles de momentos felices. Te lo juro.
Era viernes y habían llegado a la cabaña de Santa Marta a últimas horas de la tarde. Gabriel llevaba
dos meses inmerso en una fusión importante de una de sus empresas y le había pedido, no, pedido no…
exigido un par de días en la soledad del lugar. La respiración de Gabriel se normalizó, lo que indicaba
que ya se había dormido. Para Melisa fue más difícil conciliar el sueño.
Deseaba tanto ayudarlo. Para ser
un hombre que había sufrido la experiencia de un secuestro había evolucionado muy bien. Los ataques de
ansiedad no se habían vuelto a repetir y ya había reanudado su vida social, en la que ahora estaba
incluida ella. Las pesadillas y los recuerdos eran lo único que quedaba de la amarga experiencia.
Melissa despertó horas más tarde y observó a Gabriel que dormía boca abajo con medio cuerpo
enredado en la sábana. El rostro varonil de su esposo estaba relajado, quiso acariciar su frente, delinear
las cejas, pero no quería despertarlo. Ella sonrió ante el largo absurdo de sus pestañas, las envidiaba. Se
percató de que las líneas alrededor de la boca se estaban desvaneciendo. No quedaban rastros de lo
ocurrido la noche anterior, por lo menos en su apariencia externa. Se levantó despacio, se vistió deprisa,
intentó silenciar sus acciones y salió de la habitación. Hasta ella llegaban los rayos de sol del amanecer y
el sonido de las olas del mar. En la cocina puso la cafetera y anduvo rumbo a la playa, como hacía todas
las mañanas que visitaba aquel lugar.
El paisaje se abrió ante ella como una hermosa postal. Dio gracias al cielo por poder disfrutarlo y
por la bendición de tener a Gabriel de nuevo en su vida. Lo adoraba, era un sentimiento que iba más allá
de todo lo que había vivido hasta ese momento. Su semblante se ensombreció un poco, al saber que ese
mes tampoco le daría la noticia tan anhelada por ambos, más por ella, que deseaba tanto quedar
embarazada, pero parecía que la vida tenía otros planes. Hacía tres meses que habían vuelto. Todavía era
muy pronto para consultar a un médico y a lo mejor todo lo ocurrido le pasaba factura a su cuerpo, lo que
podía ocasionarle algún ligero desorden. Esperaba que fuera eso y no el aborto que había sufrido tiempo
atrás. A veces pensaba que vivía en un sueño. Había estado mucho tiempo sin permitirse ser feliz y otras
veces pensaba que un mal designio acabaría de nuevo con todo, como hacía dos años. Ese era uno de los
temores que se guardaba para sí y, por lo visto, no lo había hecho bien, porque Gabriel la tenía calada.
No le pasó desapercibida la pregunta de la noche anterior. Le guardaba sus recelos para no abrumarlo.
Desde que habían vuelto, encontraba cualquier pretexto para estar con él.
Las horas que Gabriel
pasaba en la oficina se le hacían eternas y cuando llegaba buscaba enseguida su contacto de manera
alucinante. Le acariciaba el rostro, le besaba los labios y los ojos, lo tocaba en todo momento, le
aferraba la mano y sabía que Gabriel adivinaba su condición porque estaba peor que ella. La llamaba
decenas de veces a lo largo del día y la reñía si se retrasaba en alguna diligencia. A veces lo notaba
avergonzado y le decía que no deseaba ahogarla o privarla de hacer sus cosas, pero el temor a perderla
ganaba cualquier batalla en su interior y con eso su marido no jugaba. A continuación observó el mar otra
vez y se levantó para volver a la cabaña.
Lo encontró junto a la mesa de la cocina cortando unos trozos de fruta en un bol. Sus ojos de musgo
descansaron en ella. Melisa sonrió orgullosa de saber que ese hermoso hombre le pertenecía. Caminó
hacia él y apoyó el rostro en su espalda y le pasó las manos por debajo de los brazos hasta posarlas en su
pecho. Vestía un bañador y tenía el torso desnudo. Besó su espalda y le acarició los pectorales. Lo oyó
suspirar.
―Buenos días, amor de mi vida.
―Buenos días, preciosa.
Lo aferró más a ella.
―Melisa, ¿qué pasa?
Era incapaz de decirle la verdad.
―Que soy muy feliz, que tengo el marido más guapo del mundo, además de trabajador y…
Gabriel gruñó, dejó enseguida lo que estaba haciendo, se giró despacio, se limpió las manos con una
toalla de cocina y las apoyó en la mesa.
―¿Qué pasa, mi amor? Si es por lo ocurrido anoche, no tienes que…
Ella se perdió en su mirada y se arrebujó en él, para pegar la nariz y aspirar su aroma. Susurró algo
que él no entendió.
―¿Cómo? ―la sujetó por la nuca y le levantó el rostro.
―Tengo miedo ―le confió con los ojos cerrados, negándose a mirarlo.
El tono de voz en el que fueron pronunciadas las palabras lo enterneció. La contempló unos segundos
en silencio, le apartó un mechón de cabello y le besó la nariz. Luego la llevó a una de las sillas y la sentó
en sus piernas como si fuera un bebé. Cogió sus manos y le besó las palmas.
―¿A qué tienes miedo?
―A que todo sea un sueño, que vuelvan a separarnos. A que me dejes de amar, a no poder darte
hijos.
―Shsss… Tranquila, mi amor.
―Es que…
Acercó la cabeza y sus labios encontraron la boca de Melisa dócil y dispuesta. La besó con suavidad,
saboreándola, disfrutando como siempre de ese momento mágico que solo ella le brindaba. Segundos
después le habló al oído.
―No es un sueño y te lo puedo demostrar ahora mismo ―sonrió ante la mirada de ella―. Nadie
volverá a separarnos, te amaré hasta el último día de mi vida y más. Te daré hijos e hijas con tus ojos y tu
corazón.
La única promesa que tenía asidero era que la amaría hasta el día que muriera, que la locura que
había empezado en Cartagena lo acompañaría hasta el día de su muerte. Lo sentía en lo más profundo de
su alma. Vivir sin ella era como tratar de vivir sin un corazón, imposible.
Pero para el resto de promesas
debía revestirse de fe, sí, únicamente la fe haría que ellos tuvieran la vida que merecían. La sintió algo
más tranquila. La abrazó y la besó para arrasar con los malos pensamientos.
Él también necesitaba
convencerse de que nada saldría mal.
―Júrame que no nos separaremos más, Gabriel―insistía ella.
―Te lo juro por tu vida que es lo más valioso para mí. Te lo juro.
La expresión de Gabriel cambió enseguida a un gesto oscurecido por el deseo. Solo ella contaba con
la capacidad de hacerlo arder con una simple caricia o con su tono de voz suplicante y demandante.
Cuando pronunciaba su nombre, solo podía imaginarla gimiendo entre las sábanas.
La levantó y la tumbó en el sofá que tenía más cerca. Entre besos ansiosos y desaforados la cubrió
con su cuerpo. Deseaba aguantar un poco la pasión. Desde el regreso anhelaba poseerla con urgencia,
como si se la fueran a arrebatar de un momento a otro. Necesitaba respirarla, respirar a través de ella.
Ansiaba dominarla con ímpetu de pasión. Arrancarle la ropa, hacerla suya mil veces más, atar su cuerpo
al de ella desde la punta de los pies hasta lo más profundo del alma.
Atravesarle la boca con la lengua
hasta más allá de la garganta. « ¿Cuándo cesará esta locura? ¿Cuándo?» se preguntaba mientras la
observaba ruborosa y apasionada. Melisa arqueó la espalda al entrar en contacto con el pecho de Gabriel
y empezó a gemir cuando sus manos emprendieron el camino de los pechos.
―Me calientas tanto… ―le susurraba mientras la despojaba del vestido de baño y hundía los dedos
entre sus nalgas, al tiempo que la acomodaba para disfrutarla.
―No era mi intención ―contestó ella con simulada seriedad a punto de soltar la carcajada. Lo
deseaba todo el tiempo.
La fulminó con una mirada inexorable y en tono ronco le ordenó:
―Quiero que sea tu intención siempre.
Se amaron en el sofá. La cabaña fue testigo de los gemidos desmayados de Melisa, de las
aspiraciones roncas de Gabriel, de la liberación de los dos, del deseo de Gabriel de llegar con sus
embestidas a algún punto inalcanzable, de las palabras de amor que se alejaban para perderse con el
sonido de las palmeras silbantes y de las olas del mar. Cuando cayó exhausto sobre ella, la acarició con
ternura y le besó la frente, le puso el cabello detrás de la oreja y aspiró su aliento mientras saboreaba sus
labios entreabiertos. Ella sonrió con los ojos aún cerrados.
―¿Por qué sonríes?
―Porque tan pronto abra los ojos me voy a encontrar al hombre más hermoso que he visto.
Él soltó una carcajada y le acarició el abdomen.
―Hermoso ―le dijo en tono jactancioso―. Entonces soy hermoso.
―¡Por Dios! ¿Qué he dicho? ―abrió un ojo y le sonrió―. Lo que hacemos las mujeres después de un
orgasmo.
A continuación trató de levantarse, pero su marido tenía otros planes.
―Dicen siempre la verdad.
Se deslizó con ella y a punta de cosquillas y jugueteos le hizo repetir y prometer todo lo que se le
ocurrió.
El resto del día pasearon por la playa, se tumbaron al sol y por la tarde recorrieron la ciudad y los
alrededores. Melisa compró artesanías y un bolso tejido por los indios arahuacos. Llegaron a la cabaña y
se bañaron juntos después de hacer de nuevo el amor.
Gabriel le había pedido antes que se arreglara para una cena formal. Melisa pensó que volverían a
salir, pues no le había dicho nada más. Cuando se reunieron en la sala, Gabriel silbó por lo bajo.
―Estás hermosa.
―No tanto como tú.
Gabriel le sonrió con gesto de complacencia. Vestía un pantalón de lino y camisa suelta de lino
también. A Melisa le recordó la noche de su primera cena en el restaurante de Cartagena.
El vestido de ella era sencillo, de color hueso de algodón por debajo de la rodilla, sin mangas y un
pequeño escote que mostraba algo de piel ligeramente bronceada. La tomó de la mano y la llevó por un
camino de antorchas a unos metros de la playa, a una mesa arreglada de forma elegante. Un amable
camarero se acercó.
―Mi amor, ¡qué sorpresa!
―Para ti lo mejor.
Habían actuado de manera sigilosa, pues Melisa no se había dado cuenta de nada. Se le había hecho
extraño que Gabriel hubiera mandado prender algunas antorchas, pues les tenía prohibido a los escoltas
que se acercaran a la cabaña. Estaba encantada, la comida había sido encargada a uno de los mejores
restaurantes de la ciudad y consistió en un plato de mariscos bañado en vino blanco y ensalada griega.
La noche era perfecta, la luna brillaba y una suave brisa mecía las palmeras casi al mismo ritmo en
que arribaban a la playa las olas del mar. El momento era mágico, el amor flotaba en el ambiente. A los
lejos llegaban los acordes de una canción desde el equipo de alta fidelidad que había en la cabaña.
Gabriel la invitó a bailar, se pegó a su cuerpo al ritmo de un bolero instrumental. No era buena bailarina,
pero junto a él flotaba. Gabriel posó sus manos en las nalgas.
―¡Atrevido! ¿Qué dirá el camarero? ―le susurró Melisa algo apenada.
―¿Muy atrevido? ―la acarició con más ímpetu y la pegó más a él―. Lo despaché con un gesto hace
unos segundos. Estamos solos.
―Tus vigilantes están por algún lado y tenlo por seguro que no te quitan la vista de encima.
―Les di un rato libre, no te preocupes.
La abrazó y le susurró al oído, con una voz profunda y oscura que la hizo estremecer, la canción de la
melodía que les llegaba desde la casa: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez».
En ese momento la obligó a mirarlo y le siguió cantando: «Que tengo miedo a tenerte y perderte
después». Gabriel dejó de cantar y volvió a pegarla a su pecho. Melisa estaba más allá de la emoción,
parecía que su corazón iba estallar de gozo por la felicidad compartida. Al terminar la canción volvieron
a la mesa. Gabriel no dejaba de mirarla, sacó una pequeña bolsa de terciopelo azul oscuro y se la
extendió.
―Mi amor…
Gabriel deseaba llenarla de joyas de la cabeza a los pies, pero sabía que eso no haría feliz a su
esposa. Sin embargo, en cuanto vio la piedra de la joya que Melisa extendió en sus manos, mandó diseñar
lo que para él era un símbolo de su amor.
―Gabriel…
Él sonrió ante el gesto de ella.
―¿Te gusta?
―Es… ― expresó sin aliento― preciosa.
Era una hermosa gargantilla en oro blanco, con las iniciales de los nombres de los dos unidas por un
corazón que era un diamante azul claro incrustado en una montura de diamantes plateados. Melisa nunca
había visto una piedra tan perfecta. Era un fino trabajo de joyería. Gabriel la contemplaba expectante. A
Melisa se le aguaron los ojos ante lo que significaba o lo que creía ella que significaba, y no se
equivocó.
―En cuanto vi la piedra te recordé en la playa de Barú. Te he dicho mil veces que el color de tus
ojos es el mismo ―carraspeó, emocionado. Gabriel se levantó, llegó hasta ella y tomó la cadena en sus
manos―. Esa tarde me hechizaste y bendito sea el momento en el que mi corazón dejó de pertenecerme.
Es todo tuyo. Obsérvalo, está ocupado por ti. Es un símbolo de mi amor que quiero que lleves siempre.
Tienes mi corazón en tus manos.
Le puso la joya con gesto nervioso y cuando abrochó el cierre no pudo evitar acariciarle la nuca. Ella
sintió que esa caricia la quemaba, quería deshacerse bajó el toque de sus manos, derretirse de amor en
esa playa mágica.
Melisa nunca olvidaría esa noche, la luna inmensa, las estrellas desparramadas en el cielo, y la
mirada verde musgo de su Gabriel que la envolvía, la esclavizaba y la liberaba, la hacía sentirse viva.
―Mi amor ―le dijo emocionada―, te amo. La vida no me alcanzará para dar rienda suelta a este
amor que siento por ti. Quiero despertar todos los días entre tus brazos, reír entre tus labios y que me
mires así siempre.
―Quiero que te cases conmigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―Por la Iglesia.
―A los ojos de Dios ya estamos casados ―contestó reticente.
―Necesito hacerlo, amor ―señaló él, mientras trataba de convencerla.
―No es necesario, me siento tu esposa desde hace mucho tiempo ―le sonrió y le acarició el
rostro―. Hay un papel firmado por ahí, en algún lado ―contestó queriendo quitar hierro al asunto.
Había estado tan disgustada con Dios por todo lo ocurrido que le parecía una hipocresía plantarse
delante de un sacerdote para bendecir la unión, pero Gabriel pensaba diferente; es más, él, que había sido
poco creyente o hasta donde ella sabía, la arrastraba a la iglesia los domingos.
―Quiero empezar de cero.
― ¿Por qué?
―Mi amor, quiero poner el mundo a tus pies. Nunca imaginé, cuando nos conocimos en Cartagena,
que pudiera existir un sentimiento semejante. Me haces el hombre más feliz del mundo y quiero que tú
sientas igual. Me has dado muchas cosas. Te dije una vez que a tu lado soy mejor persona. Por favor,
todo esto que siento quiero que lo bendiga Dios.
Ella lo miró dubitativa.
―No sé…
Él le aferró las manos y le dirigió una mirada punzante. Parecía adivinar todo lo que pasaba por la
cabeza de ella.
―Mi amor, Dios impidió que yo terminara con mi vida en esa selva.
―Gabriel, me matas ―le decía ella con la voz entrecortada de angustia―.
Él no te ayudó, dejó que
te refundieras todo ese tiempo.
―Cariño ―ella cerró los ojos de golpe―, escúchame, por favor. ¿Si tú no lo haces entonces quién?
No lo hago por atormentarte, solo quiero que me entiendas. Estás equivocada, Dios guió todos mis pasos,
me libró de cosas peores y me dio la esperanza de un mañana mejor. Sin él no habría durado ni un mes.
Viví en un infierno y, sin embargo, había pequeñas cosas que me indicaban que Dios estaba conmigo. Me
visitabas en sueños, mi corazón te recibía por las noches. Te sentía, Melisa, sin saber quién eras y si eso
no es un jodido milagro, entonces no sé qué más puede ser.
Se miraron con fijeza. Para Melisa, la visión de Gabriel se tornó borrosa.
―No soporto pensar en todo lo que tuviste que pasar ―Gabriel la abrazó y le acarició el cabello.
―Estamos de nuevo juntos y es lo único que me importa. No te voy a presionar más, si no deseas
casarte por la Iglesia está… ―ella lo acalló con un dedo en los labios que convirtió en caricia, fijó su
mandíbula con la otra mano. Melisa haría cualquier cosa por él. Su esposo había sufrido algo
abominable, algo que no debería sufrir nadie en este mundo. A pesar de toda su fuerza guerrera era un
hombre herido, vulnerable y ella no le iba a dar motivos de preocupación.
―¿Cómo puedo negarte algo si eres el centro de mi vida? Si todas las mañanas tengo el privilegio de
despertarme al lado del mejor hombre del mundo, el hombre que amo por encima de todo. Hagámoslo, mi
amor.
―¿Estás segura? Quiero una boda por todo lo alto, pero si deseas algo más íntimo lo haremos.
Aparte de los motivos que le dio a Melisa, Gabriel deseaba en el alma borrar la manera tan
detestable con que la había tratado su familia durante el secuestro. Aunque después sus padres la
hubieran compensado de alguna forma, el remordimiento seguía ahí.
Después del trato que le había
dispensado él en Nueva York, deseaba crear nuevas vivencias. Además, aunque la noticia de la
implicación de Melisa como sospechosa del plagio nunca estuvo en los medios, su padre se aseguró de
ello, no quería suspicacias, ni malos entendidos, y la mejor forma era haciendo un casamiento con todas
las de la ley. Necesitaba mostrarle al mundo que Melisa era suya en cuerpo y alma, que esa mujer
excepcional le pertenecería para siempre.
Capítulo 2
Regresaron a Bogotá al día siguiente, descansados y bronceados, para sumergirse en la vorágine de
los preparativos de la boda.
Cuatro semanas después ya no estaba tan seguro. Entre su madre, su suegra y la coordinadora de
bodas lo estaban volviendo loco. Optó por la salida de todos los hombres, cuando de decisiones
hogareñas se trataba: dejó todo en manos de Melisa y una organizadora de bodas. Lo único que exigió, en
medio de la negociación, era que la boda se celebrara en Cartagena.
Melisa actuó como un general con la coordinadora de eventos, le dijo a Gabriel que a partir de ese
momento ella se encargaría de todo y supo mantener a raya a Amalia y a Mariela que, aunque bien
intencionadas, no compartían el mismo parecer en cuanto a decoración, platos y menús. Mantuvo los
preparativos en secreto y Gabriel la dejo hacer encantado.
Mientras tanto, Gabriel, ya inmerso en su trabajo, recibió la visita de Joaquín Campos, el guerrillero
desmovilizado al que le había prometido trabajo en cuanto terminara el curso de informática que
realizaba con una entidad del Estado. Lo recibió enseguida. Notó al joven algo apabullado al entrar a la
oficina. «El cambio de roles», sentenció en sus pensamientos Gabriel.
Respondió al saludo con un
apretón de manos que notó algo húmedo. Lo invitó a tomar asiento y después por el intercomunicador
pidió a la secretaria un par de cafés.
―¿Ya ha terminado el curso?
―Sí, don Gabriel. Aquí traigo los papeles que me certifican como experto en informática.
Gabriel cogió el legajo y leyó cada uno de los papeles.
―Sacaste buenas notas.
―Sí, señor.
Otra vez el silencio. Entró la secretaria con una bandeja. Joaquín tomó la taza con gesto algo
nervioso.
―¿Has vuelto a hablar con alguno de ellos?
Joaquín sabía que con «ellos» se refería al grupo al que había pertenecido hasta hacía un año atrás.
―No, señor. No estaría aquí en este momento.
―Entiendo. ¿Has pasado currículums a otras empresas? ―preguntó Gabriel al tiempo que depositaba
su mirada en el joven.
―Sí, señor ―dudó un momento y Gabriel terminó por él.
―Yo fui tu último recurso ―el joven asintió―.¿Por qué?
Lo miró callado durante unos segundos.
―Me avergüenza lo ocurrido. No es fácil para mí mirarle a la cara.
―Entonces, ¿por qué no aceptaste la propuesta en otra parte?
La mirada de angustia y desespero de Joaquín tocó una fibra sensible en el alma de Gabriel. Este
joven tenía una familia que mantener.
―La gente no quiere nada con nosotros, don Gabriel. Piensan lo peor.
Gabriel quiso reprocharle muchas cosas. Decirle que ellos mismos eran los culpables de su actual
situación, pero no sacaría nada con eso. Se quedó unos instantes pensativo y de pronto se le ocurrió una
idea.
―¿Cuántas personas viven contigo y cuántos son cabeza de familia?
―Somos doce en este momento y ocho son cabeza de familia.
―Vamos a hacer lo siguiente.
«Llegó el momento de ensuciarse las manos por los demás», pensó sorprendido de ver hasta dónde
había cambiado por Melisa, por el secuestro, por la vida, en fin…
―Necesito que me reúnas una información.
El joven lo miraba algo desconfiado.
―No voy a acusar a nadie.
―No se trata de eso. Debes aprender a confiar en mí. Lo que te voy a plantear tiene que ver con el
futuro tuyo y del resto de compañeros.
―Lo escucho.
Mariela revoloteaba alrededor de Melisa mientras esta preparaba la cena de Gabriel. Aunque tenía
empleadas de sobra para ello, le gustaba agasajar a su esposo con algún plato preparado por ella. Era
noche de lasaña. Rallaba el queso de forma brusca e impaciente. La rigidez en sus gestos transmitía
claramente su estado de ánimo.
―El pobre no tiene la culpa.
―¿De qué hablas?
―Que no estás rallando el queso, lo estás machacando.
Melisa soltó los utensilios y le pidió a Antonia, una de las empleadas, que siguiera con la labor.
Mientras tanto ella se dirigió a uno de los muebles y sacó un par de bandejas de vidrio.
―Quiero que le lleves una bandeja a papá.
―Se chupará los dedos, estoy segura.
Melisa había tenido el periodo esa tarde y se sentía miserable. Tan pronto concluyeran esos días
pensaba ir al ginecólogo. Ya era hora de examinarse y averiguar cuál era el problema. No quería que su
madre se enterara, pero percibía su mirada y sabía que algo andaba mal.
Mariela, aparte de sabia, era
bruja. Revolvió la salsa boloñesa con la cuchara de palo y la dejó en un plato de porcelana. A
continuación procedió a preparar la salsa blanca. En una sartén echó una barra de mantequilla que
chisporroteó e invadió el lugar con su aroma, la mezcló con harina de trigo hasta obtener una pasta suave,
le agregó la leche sin dejar de remover y luego la cebolla rallada y le pidió a Antonia la pimienta. Armó
la lasaña mientras le hacía preguntas banales a Mariela sobre la joyería y la exhibición de las diferentes
piezas en un estand de una importante feria que les había otorgado buenos contactos. Melisa se
sorprendía del desparpajo de su madre al abordar el tema de la joyería. Se sentía orgullosa de ella.
Después de un par de minutos de silencio, y cuando puso las dos bandejas en el horno y despachó a
Antonia de la cocina, se sentó junto a ella alrededor de la mesa del comedor auxiliar con sendas tazas de
té. La cocina era una mezcla de olores agradables: orégano, finas hierbas, revuelto con el aroma de la
cebolla y la lasaña que salía del horno. Todos los electrodomésticos eran de última generación. A Melisa
le encantaba el lugar.
―¿Me vas a decir qué te pasa?
Melisa tomó la taza con las dos manos y sorbió el líquido caliente.
―Tuve el periodo esta tarde.
―Entiendo.
―Algo debió pasar cuando perdí a mi bebé ―el tono utilizado denotaba que aún le dolía
profundamente esa pérdida―. Fue tan fácil la primera vez.
―Has pasado por muchas cosas. Deja que tu organismo encuentre el equilibrio por sí solo. No te
presiones o será peor.
―Es que quiero que todo sea como antes del secuestro.
―Nada será como antes, debes entenderlo. Ustedes son personas distintas, con una profunda
experiencia dolorosa a cuestas. Pero son jóvenes… ¡Disfruta estos momentos con tu esposo! Tuvieron su
vida suspendida un tiempo, están recién casados, están aprendiendo a conocerse y a convivir. Además,
las mujeres de mi familia somos tardías para los embarazos. Tú llegaste después de siete años de
matrimonio.
Melisa la observó con gesto desolado.
―Deseo tanto un hijo…
―Tú quieres que regrese el hijo que perdiste, ese es el problema. ¿Cómo vas a conseguir quedar
embarazada si no lo dejas ir?
―Como si fuera tan fácil.
―¿Gabriel te presiona de alguna forma para tener hijos?
―No, ¡cómo se te ocurre! He tratado de ocultarle mis sentimientos.
―Ese marido tuyo bebe los vientos por ti de una manera… ―puso los ojos en blanco―. Si se
enterara de cómo te sientes buscaría una solución solo para no verte tan preocupada.
―Lo sé.
―Paciencia, Melisa, paciencia. Si no es tu momento ahora por algo será y si te estresas será peor.
Debes consultar un médico, esa ansiedad no es normal. Eres una mujer fuerte a pesar de tus temores. No
le des el mando a tus miedos. No quieras tener todas las pelotas en el aire, porque terminaran en el suelo.
Bueno, y cambiando de tema, ¿ya escogiste el vestido?
Una semana después Gabriel llegó de la oficina y Melisa estaba en el estudio con un par de carpetas
en las manos, en las que había una propuesta que le había hecho llegar una trabajadora social con una
solución para los desplazados víctimas de la violencia que volvían de nuevo a sus tierras en varias
regiones del país. Melisa estaba evaluando entre varios proyectos para escoger uno y llevarlo a cabo con
el dinero que Gabriel había destinado para ello. Habían iniciado el proceso de crear una fundación, y
todos los trámites legales y comerciales llevarían un tiempo. Al encontrarse sus miradas, Melisa se sintió
hermosa, amada y al recibir el beso y el abrazo de Gabriel le invadió la vitalidad que aún traía su esposo
después de una dura jornada de trabajo.
―Tengo que comentarte algo ―le dijo mientras se desembarazaba del abrigo y la chaqueta. Melisa
se los recibió y los puso en una silla. Lo llevó al sofá con ella.
―Te escucho.
Gabriel le relató, algo abochornado, lo ocurrido con Joaquín Campos meses atrás al salir de la
taberna, pero la mirada de Melisa destilaba comprensión y aceptación.
Entonces él se relajó y le habló
de las disculpas y de la visita que le había hecho el joven unas semanas antes, y luego le contó lo que
tenía en mente. Después de que Joaquín saliera del lugar, había llamado a Álvaro a la oficina y le había
planteado la posibilidad de crear una empresa de servicios con solo personal desmovilizado de grupos
ilegales. Tras estudiar varias ideas, se decantaron por la creación de un centro de atención al cliente, que
tendría contrato con una de las empresas de telefonía móvil más grandes del país. Si el proyecto
funcionaba bien en la capital, Gabriel podría extenderlo a otras partes de Colombia.
Melisa lo escuchaba anonadada. «Lo sabía», pensaba exultante. En cuanto lo conoció sabía que
estaba ante un hombre fuera de lo común y otra vez la invadió el orgullo por poder recorrer el camino de
la vida junto a él.
―¿Y bien? ¿Qué opinas?
―Me dejas sin palabras…
―Ven, quiero mostrarte lo trabajado hasta ahora.
Se sentó detrás del escritorio, frente al ordenador. Melisa lo siguió. Gabriel abrió el correo y le
mostró cifras y demás datos.
―Es una gran idea, mi amor. ¿Por qué no me habías dicho nada?
―Quería darte la sorpresa y cuando tuviera todo más o menos armado pedirte ayuda.
―¿Qué necesitas?
―Quiero que me ayudes a llevar el proyecto. Serías mi asistente. Necesito que busques una
psicóloga, pero no de empresa, quiero a alguien con alguna especialización.
Esos chicos necesitan mucha
ayuda, aparte del trabajo que les voy a brindar.
Melisa le acarició el cabello y repitió:
―Asistente… ¿Tendré una oficina al lado de la tuya?
―Por supuesto.
Gabriel se echó hacia atrás en la silla y Melisa se sentó en sus piernas y lo abrazó.
―Creo que hay un problema, señor Preciado ―hizo hincapié en el apellido.
―Te escucho.
―A su esposa no le va gustar que contrate una asistente tan joven.
Gabriel enarcó una ceja ante el tono utilizado por ella y se quedó mirándola.
La notaba tensa hacía
días y no sabía por qué. Había intentado que le confesase lo que sucedía, pero ella se negaba. Pensó que
eran los preparativos de la boda, pero cosa curiosa, Melisa tenía un don de la organización que hacía que
todo marchara sobre ruedas. Luego le sorprendió que sus ojos brillaran con deleite y la sonrisa que
acompañó sus palabras. Gabriel le siguió el juego.
―No se enterará si no le decimos nada. Pero primero, deberá pasar la entrevista para obtener el
trabajo.
―Estoy preparada.
Se levantó y se sentó a horcajadas sobre él.
―¿Para qué está preparada? ―la voz de Gabriel se había vuelto ronca y evidentemente seductora.
―Para iniciar un tórrido romance con usted, señor Preciado.
―Bien.
Gabriel bajó la cabeza con rapidez y le cubrió la boca con la suya y el mundo empezó a girar al
responder a la codicia con que lo besaba su esposa. No se apartó cuando le murmuró:
―Repita, señor Preciado, me calienta…
―Señor Preciado ―le decía mientras le aflojaba el nudo de la corbata y le desabotonaba la camisa.
En cuanto tuvo su pecho descubierto lo acarició con los labios, mientras un escalofrío surcaba su piel. Le
gustó la manera en que Gabriel entornó los ojos―, está será una de las ventajas de tenerme como
asistente.
―Es usted endiabladamente sexy. Eso es un problema ―le susurraba mientras le acariciaba los
brazos de arriba abajo. Sin quitarle la mirada de encima, llevó la mano a la gargantilla que Melisa no se
quitaba desde el día en que Gabriel se la había puesto, prolongó la caricia hasta la hendidura de la
garganta.
―¿Para quién? ¿Para usted, señor Preciado, o para su esposa?
―Para ambos. Puede apostar su dulce trasero a que sí. No sé si podré mantener las manos lejos de
usted trabajando tan cerca.
―¿Desea que le demuestre alguna habilidad en especial?
―La que usted considere conveniente para asegurar el trabajo.
Las palabras pronunciadas por Gabriel fueron como una caricia sensual que casi le hizo derretirse.
Melisa suspiró cuando su boca rozó de nuevo los labios de Gabriel e introdujo la lengua, besando
primero las comisuras a lado y lado. Luego llevó los labios al lóbulo de la oreja, que besó y mordisqueó
durante un rato.
―¿Qué tan tórrido será el romance?
―No tiene idea…, señor Preciado.
Ella se arrodilló a sus pies. Gabriel atesoraba en su mente todas las posiciones utilizadas por ella,
pero esta le daba un halo de sumisión del que carecía en toda la jornada y un deseo primitivo de dominar
lo invadía. Ella le terminó de desabotonar la camisa, le desabrochó la hebilla del cinturón y, con
dificultad, dejó el miembro al descubierto. Erguido, duro y caliente. El semblante de Gabriel mudó a uno
alterado en cuanto lo tomó en su boca. Absorto de excitación y amor se estremecía ante las caricias de
los labios y la lengua de su mujer. Sus clamores inundaron el lugar durante varios minutos.
Capítulo 3
Melisa se acomodó los pendientes de diamantes y observó su aspecto en el espejo. En unos minutos
saldrían para una recepción en un conocido club de Bogotá. Era una recaudación de fondos que hacía un
grupo de fundaciones para las víctimas del conflicto armado. El vestido que lucía era un Christian Dior
azul marino sin tirantes y pegado al cuerpo. El cabello lo llevaba liso y los labios pintados de rojo mate.
En cuanto Gabriel entró al cuarto a buscarla, ella giró sobre sí hasta llegar a él.
―¿Y bien?
―Estás bellísima, mi amor ―lo pronunció con total devoción y frunció el ceño al reparar en el color
de los labios que hacía su boca aún más sensual.
Melisa se le echó al cuello, le acarició la solapa del esmoquin y le susurró al oído:
―Tú sí que estás guapo… Seré la envidia de todas las mujeres.
―Y yo tendré que alejar a los moscardones. Estoy seguro que se les caerá la baba por ti.
―No habrá necesidad de eso porque estaremos juntos todo el rato.
―Será una noche muy larga. No dejaré de pensar en el momento en que ese vestido esté a tus pies.
―Retorcido como siempre.
―La culpa es tuya.
―Solo mía.
―¿Acaso lo dudas?
―No.
Llegaron al club, se bajaron del coche, saludaron a un par de conocidos y entraron. Gabriel aferró a
Melisa en actitud protectora. Ella sonrió algo nerviosa al flash de una cámara. Tomó una copa de
champán que su esposo le pasó, el líquido la relajó y se dedicó a observar el lugar.
Era un salón sobrio y distinguido. Respiraba a dinero antiguo. Del techo colgaban sendas arañas de
cristal que iluminaban de manera estratégica la habitación, obras de arte adornaban las paredes. Las
mujeres lucían elegantes en sus trajes de noche y los hombres todos con esmoquin. Los camareros
pululaban por el recinto con bandejas con diferentes bebidas.
Minutos después, Melisa se movía entre los invitados como si hubiera nacido para esa vida, percibía
las miradas de algunos de los invitados y sabía de memoria lo que cruzaba por sus mentes. Estaban
intrigados por la novedad: el partido del momento, el hombre duro de negocios, el sobreviviente a un
horror estaba atrapado, había caído en las redes de una muchachita que lo tenía bailando en un dedo. Ya
había oído varios comentarios al respecto, unos cuantos jocosos, otros sarcásticos y los últimos con un
deje de envidia. A ella no le importaba el qué dirán, trataba de disfrutar de todo y acomodarse a todo
para hacer feliz a su esposo.
Gabriel saludó con la mano a varios conocidos. Álvaro Trespalacios y una pareja conocida se
acercaron. De inmediato los rodearon varias personas y empezó una retahíla de presentaciones y nombres
que distrajeron a Melisa un buen rato.
―¿Señora Melisa de Preciado? ―preguntó una mujer a su lado.
―Sí, soy yo ―contestó Melisa mirándola con curiosidad. Se había alejado unos metros de su esposo
atraída por una de las pinturas.
La joven le dio la mano en un apretón firme. Tendría la misma edad que ella, era bajita pero
voluptuosa y con unos hermosos ojos verdes almendrados que le daban un aire sensual. Vestía un traje
largo de chiffon1 rojo, no tenía casi joyas. Unos discretos pendientes y una
cadena que terminaba dentro del vestido, ocultando lo que colgaba al final de la misma. A pesar de su belleza, percibió en ella un aura de tristeza.
1 Chiffon: es un tejido que puede estar fabricado con fibras de algodón, seda o fibras sinté cas, pero normalmente se relaciona con seda o nylon.
―Soy Olivia Ruíz Manrique, disculpe la intromisión. Usted no me conoce.
―Es un placer, Olivia ―y reconoció el nombre enseguida porque estaba en una de las carpetas con
los diferentes proyectos que había estudiado en días pasados. Era un plan muy ambicioso.
―El placer es mío. Quiero felicitarle por su labor social. La cruzada que inició con su esposo es de