La ventana

Isabel Alba · Capítulo 1 de 1 · parte 1/4

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La ventana

La ventana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Isabel Alba

ePub r1.0

Titivillus 08.09.2023

Isabel Alba, 2022

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Para Encarna,

en memoria.

Hoy en el cielo se apiñan supervivientes invisibles.

Desde el tallo los saludamos[1]

JOHN BERGER

La esperanza es esa cosa con plumas

Que se posa en el alma,

Y canta una melodía sin palabras,

Y nunca se detiene del todo[2].

EMILY DICKINSON

Se encuentra en una habitación cuadrada. Pequeña y oscura. Sentada a los pies de una cama. Alguien está acostado en la cama. Un bulto informe. Irreconocible bajo las sábanas. Hay una mujer a su lado. La mujer dice: «Qué bien se está sin mascarilla». Entonces se da cuenta. Ni ella ni la mujer llevan mascarilla. Busca la suya con la mirada. A su alrededor. Sobre la cama. Aunque no logra verla, la intuye. Sabe que está. También que no se atreverá a ponérsela. Resignada, calcula la distancia entre la mujer y ella. Un metro escaso. Luego observa la puerta. A la derecha de la cama. Está abierta. A continuación, gira la cabeza a la izquierda. Hacia la ventana. Cerrada. Está cerrada. Se levanta y la abre de par en par. Aún no le ha dado tiempo a apartarse cuando alguien, desde el otro lado, la vuelve a cerrar bruscamente. De un golpe. Al hacerlo, le roza la cara con la mano. Retrocede espantada. Y mientras retrocede comprende que la ventana no da a la calle. No hay aire. No va a correr el aire.

«Es un sueño». Lo piensa mientras se ducha. «No es real. Es un sueño». Se lava los dientes. Se viste. Incluso se pone los zapatos. Sube la persiana. Amanece. El cielo enrojece. «De ira», se dice. Va a la cocina a prepararse el desayuno. Se lo lleva a su mesa de trabajo. Enciende el ordenador. Ya es de día.

El verano en que cumplió quince años siempre tenía frío. Después de comer, se tendía, larga y flaca —flaquísima—como era, sobre una piedra ancha. Ardía. Bajo el sol del mediodía. La piedra ardía. Y ella. Quieta. Con los ojos cerrados. El calor del sol le abrasaba la carne. Le caldeaba los huesos. Las abejas zumbaban a su alrededor. Sabía que si abría los ojos vería mariposas blancas. Libélulas de tonos dorados y azules. Mariquitas. Pero no los abría. Placentero. Así lo definiría. Era un momento placentero. El mejor del día.

Le obsesiona el espacio. No da valor alguno al tiempo. Sobre todo en el último año. En que los días pasan rapidísimos y a la vez se suceden lentos. Se arrastran indolentes y parsimoniosos, sin embargo breves. Ya es de día y de pronto será de noche. Entremedias, un hueco que hay que llenar. Así día tras día. El tiempo no le concierne. En cambio, le obsesiona el espacio. Siempre le ha obsesionado el espacio. Cómo posicionamos nuestros cuerpos. Cómo, en relación con nuestros cuerpos, situamos las cosas. La distancia que tomamos con los otros cuerpos. Mucha. Poca. Tan poca que resultamos avasalladores. Sabe bien lo que es tener un cuerpo sin espacio. Un cuerpo que no dispone de ningún espacio. Lo que no puede imaginar es un espacio sin cuerpos. Cuerpo. Espacio. Ocupar el menor espacio posible. Ocupar el mayor espacio posible. Ocupar el mayor espacio posible es instintivo. Atávico. Propio de animales. Y de hombres. Son. Somos animales. «Mucho peor que animales», piensa ella. Y se acuerda de su perro.

Allá fuera, en la plaza interior a la que da su ventana, no hay nadie. Ni un alma.

¿Cuándo fue la última vez que vio una libélula?

Su perro la seguía por la casa. No esta casa. No. Sino la suya. Su casa de niña. Era un chucho de patas cortas. Rabo largo y hocico afilado. Tenía el pelo negro y una mancha blanca en un costado. Un borrón extraño. Ajeno. Un pegote en su cuerpo azabache. Era un perro de dibujos animados.

Lo encontró una mañana en el huerto. Bajo un árbol. Muerto.

Ya no hay libélulas.

Antes. Cuando iba a nadar. Y había otras mujeres en el vestuario. Buscaba hacerse un hueco lo más lejos posible de sus cuerpos. A veces lo encontraba vacío. Era feliz. Cuando encontraba vacío el vestuario. Se situaba en el centro. Delante del espejo del lavabo. Entonces llegaba alguna otra mujer y se ponía a su lado. Muy pegada. Casi empujándola. Su cuerpo, el de la desconocida, forcejeaba con el de ella por tomar ese espacio. Por apoderarse precisamente de ese lugar. El único ocupado. Algunas veces se sentía tan violentada que se cambiaba de sitio. Otras, resistía. Pero se daba prisa. En cambiarse. Se decía, «no es una rendición, sino una entrega voluntaria».

Tampoco hay ya abejas.

«Una avispa asiática puede matar entre veinticinco y cincuenta abejas al día», lee.

Ni mariposas blancas.

Entró en la UCI en marzo. Murió en mayo. Ella le escribía todos los días. Los diez días que estuvo en casa. Sabiendo que era positiva. Le escribía. Podía leer su miedo entre líneas. Antes de ir al hospital. Antes de entrar en la UCI. Le escribía. Y siguió escribiéndole. Todos los días. Todo el tiempo que estuvo en la UCI. Treinta y cinco días. Contó los días. Aunque no pudiera leer sus WhatsApp. Le escribía. Porque quería que los leyera. Que despertara y los leyera. «Se llama esperanza», piensa. «Proviene de espera», piensa. «Una espera vana», piensa. Murió sola. Dejó solos a sus dos hijos. La dejó sola a ella. Sola. Solos. Sola.

El espacio. Mierda de espacio. Le gustaría no tener cuerpo. Mierda de cuerpo. Ser solo cerebro. Un cerebro dentro de un ordenador. Le gusta imaginárselo. Solo un cerebro dentro de un ordenador. Le sobra el cuerpo. Los cuerpos enferman. Se deterioran. Mueren. Le sobra el cuerpo. Antes, cuando nadaba, se sentía cómoda en su cuerpo. Los brazos. Las piernas. Saltar de cabeza al agua. Bracear. Aletear. Qué hermosas palabras. Bracear. Aletear. Batir. Nadar. Tener un cuerpo. Ser solo un cerebro en un ordenador.

A veces pone música. Baila. Entonces vuelve a sentir que su cuerpo es un lugar confortable. Por un instante. Un lapso brevísimo de tiempo. Vuelve a sentirse cómoda en su cuerpo. Por un instante. «Somos química», se dice. La idea le resulta tranquilizadora. Se dice, «es solo una cuestión química». Baila. Las endorfinas se disparan. Ella baila. Y por un lapso brevísimo de tiempo se emborracha de endorfinas. Se embriaga de cuerpo.

Un hombre atraviesa la plaza. Turna un cigarrillo. La mascarilla en la barbilla. Se detiene. Vuelve sobre sus pasos. Mea contra una pared. El cigarrillo cuelga de sus labios.

Lleva tres meses sin trabajo. Tiene treinta y ocho años. Y lleva tres meses sin trabajo. Enciende el ordenador. Pero no trabaja. Ella es/era ilustradora. Todas las mañanas, desde hace tres meses, se levanta cuando suena el despertador. Se ducha. Se lava los dientes. Se viste. Hasta se pone los zapatos. Todas las mañanas. Enciende el ordenador. No hay mails. No hay encargos, propuestas ni invitaciones. Nada. Se come los ahorros. Paga el piso. La luz. El gas. El agua. Las basuras. Se come los ahorros. Los devora. Todas las mañanas enciende el ordenador y oye los ruidos que hacen los vecinos. Sonidos de las casas ajenas. Estridentes. Invasivos. Violentos. Las cuchillas golpean contra los lavabos. Resuenan las cadenas de los váteres. Los niños lloran. Aspiradoras. Golpes que no identifica. Martillazos. Sillas que se arrastran. Grifos abiertos.

Un taladro. Alguien grita. Sonidos. Estridentes. Invasivos. Violentos. Todas las mañanas.

Todas las mañanas se levanta cuando suena el despertador. Es lo que ha hecho toda su vida. Desde que terminó la carrera. Trabajar. En casa. Hasta el mediodía. Todos los días. Durante el confinamiento siguió haciendo lo mismo. Lo de siempre. Lo de todas las mañanas. Lo de todos los días. No era algo extraño. No era algo nuevo. Lo había hecho toda su vida. Siguió levantándose cuando sonaba el despertador, duchándose, lavándose los dientes, vistiéndose, poniéndose los zapatos, levantando la persiana y encendiendo el ordenador. Trabajaba hasta el mediodía. Después hacía la comida. Un día a la semana bajaba la basura e iba al supermercado. Hasta que vio que podía comprar Online. Elegía los productos en la pantalla. Pagaba con la tarjeta. Le dejaban la compra delante de su puerta. Ella la recogía. No tenía necesidad de salir a la calle. No tenía necesidad de encontrarse con nadie cara a cara. Bastaba con bajar la basura de cuando en cuando.

Durante el confinamiento todavía tenía encargos. El parón llegó con el verano. No era algo inhabitual. Siempre había un parón en verano. Esperó a septiembre. Pero septiembre fue un mes vacío. Hizo alguna cosa en octubre. Poco en noviembre. En diciembre salvaron la Navidad. Pero no a ella. Desde entonces, para ella, no ha habido nada.

Durante el confinamiento llenó un cuaderno grande, negro, de collages. Lo dividió en dos partes: «Lo que se ha roto» y «Lo que queda». En diciembre empezó otro. Solo llenó tres páginas. Lo tituló «La espera».

Cuando murió tenía cuarenta y dos años. Había estudiado música, pero trabajaba en una papelería. La papelería donde ella compraba las hojas. Las acuarelas. Los lápices de colores. Trabajaba en una papelería y sabía tocar el violín. Aunque no tenía un violín. Tenía dos hijos pequeños, muchas tareas y muy poco tiempo. Ella acababa de llegar a la ciudad. Le sobraba tiempo. Buscaba con quien compartirlo. Coincidían en la papelería. Hablaban de música. De libros. De exposiciones y recetas de cocina. Cada una bebía las palabras de la otra. Estaban solas. Estaban secas. Era como si se regaran mutuamente. Se rociaban de palabras. De ideas. Florecían. Empezaron a verse para tomar un café. Un vino. Le hacía pequeños regalos, cosas que hurtaba de la papelería: una goma nueva. Tintas de colores. Un buen pincel. Cuando no había nadie en la tienda, se zambullía en el ordenador. Por ella. Para ella. Le buscaba becas. Concursos. Lo que fuera que pudiera interesarle. Ella le hacía dibujos. En sus márgenes anotaba cosas que solo las dos entendían. A la derecha de un árbol frondoso cargado de frutos rojos había escrito: «¿En serio?». Y al pie de una mujer, de espaldas, que se alejaba por un camino: «¿Qué es un día normal?». Se escribían todos los días. Se enviaban audios si lo que querían decirse era demasiado largo. Lo que sucedía a menudo. Le escribió durante los diez días que estuvo aislada en casa. Y después. Le escribió también después. Los treinta y cinco días que pasó en la UCI. Todos los días.

En la primera parte del cuaderno del confinamiento, «Lo que se ha roto», ella dibujó ventanas. Una ventana en cada página. Sobre las ventanas pegó palabras recortadas de aquí y de allá. Recortaba. Formaba frases. Pegaba.

Sobre una ventana cerrada en cuyo cristal se refleja el

paisaje exterior. Pegó

La pecera

No creas que podrás ver más allá

Sobre una ventana oscura. Negra. Pegó

Una puerta abierta

Una piedrecita debajo de la puerta

Un lugar

Nunca se me había ocurrido entrar aquí

Y en una tercera ventana, con la persiana echada. Pegó La

tinta

Cada letra

Duerme

Son consecuencias

Había/hay también una ventana fuera de sus goznes, caída.

Pegó

La vida quebrándose

Hace dos años que vive en esta casa. Casi cuatro que vive en esta ciudad. Antes vivió en otras ciudades. En muchas otras casas. Siempre de alquiler. Siempre en pisos compartidos. Daba clases para sobrevivir. Si había suerte, ilustraba un libro. A veces vendía un dibujo en una feria. O le concedían una beca. Incluso una vez le dieron un premio. Hace dos años. Le dieron un premio y le tocó una VPO en alquiler. Iba a vivir sola por primera vez. Fue un golpe de suerte. ¿Fue un golpe de suerte?

Exterior. Treinta y cinco metros. Una habitación. Cocina y un baño. Tercer piso. Letra D. Lejos de la escalera y del ascensor. Al fondo de un pasillo. Se mudó. Eran las nueve de la noche cuando se mudó. Llegó a su nueva casa, al fondo de un pasillo, con un cuadro, una carpeta de dibujo, una caja de libros y dos maletas. Solo había/hay una vivienda al lado de la suya. Letra C. Las puertas en ángulo recto. Pared con pared. Para llegar a su casa había/hay que pasar por delante de la de los vecinos. Los vecinos tenían la puerta abierta de par en par. La familia-Madre. Padre. Un hijo adolescente estaba cenando. Dentro. Delante de la puerta abierta. En el pasillo había/hay una ventana. Junto a la puerta de ella. Trente a la de ellos. Una ventana abierta. Los vecinos cenan. Su puerta está abierta frente a la ventana abierta. Ella los ve. Ellos la ven. Lo recuerda bien. Sus miradas la recorren. De arriba abajo. Le gustaría que cerrasen la puerta. No verlos. Que no la vieran. «Es obsceno», piensa. Su intimidad expuesta. Y la de ella. También al descubierto. «Es obsceno», piensa. «Como si observaran/observara por una mirilla», piensa.

Una mirilla.

Cada día. Cada vez. Siempre. Tiene que pasar por la casa de al lado para llegar a la suya. Al fondo del pasillo. La primera vez, cuando pasa cargada con sus cosas (un cuadro. Una carpeta de dibujo. Una caja de libros. Dos maletas), se fija en que hay una hendidura en la pared. Donde encaja la manilla de la ventana. La ventana está siempre abierta. Encajada. Desde hace años. La tienen siempre abierta. Como la puerta. Quiere pedirles que cierren la puerta. Pero no lo hace. No les dice que cierren la puerta. Solo dice: «Buenas noches. Que aproveche».

Lee en un periódico digital:

«Crisis del coronavirus. Nuevos casos: 77 087. Hospitalizados: 16 314. En UCI: 3739. Fallecidos: 2354».

«La semana de disturbios se salda con 129 detenidos».

«Muerte al islam: una mezquita amanece con pintadas y la puerta calcinada».

«Sorprendido un juez en una fiesta ilegal».

El cielo se ha suavizado. Calmo, envuelve en brumas los tejados. Hay pájaros. En las ramas de los árboles hay pájaros. Mirlos. Zorzales. Algún pinzón. Un petirrojo se ha posado en el alféizar de su ventana. Junto al jazmín. Que este año ha florecido antes de tiempo. Los trinos de los pájaros se pisan. Se solapan. Rivalizan entre ellos para ver quién canta más alto. «Los mirlos tienen la contienda ganada», piensa. «Juegan con ventaja», piensa. Se pregunta si en el parque los árboles habrán empezado ya a echar las hojas. Imagina los pequeños y quebradizos brotes de un verde frágil y desvaído, casi transparentes, como los que ve surgir tímidamente en las ramas de los cuatro árboles de su plaza. Se pregunta si en el césped del parque habrán brotado las margaritas. E imagina la mullida alfombra verde brillante salpicada de amarillo. Y a los mirlos. Pasean a saltitos, orgullosos, entre las flores con sus picos a juego y el negro contraste de sus cuerpos.

El dos de mayo de 2020, sábado, fue el primer día que salió. Fue el primer día que salió todo el mundo. Se encontró, de pronto, arrastrada por una riada humana. Contagiosa y amenazadora. Corrían. Como si el guardián de un zoo, en un descuido, se hubiera dejado abiertas las puertas de todas las jaulas. Así al menos lo percibía ella. Ella también corría. Huía. No del encierro. Sino de ellos. De las fieras. Eso es al menos lo que le parecían. Fieras, rieras humanas. La rodeaban. Voraces. Anhelantes. Ansiosas. Cargadas de un brío excesivo. Incontrolable. Los ojos arrebatados. Las bocas muy abiertas. Jadeantes. Así al menos los veía ella. Y corría. La empujaba el miedo. Durante dieciocho días solo había visto a la cajera del supermercado. Tres veces. Durante treinta días no vio absolutamente a nadie. En cuarenta y ocho días solo había visto a un ser humano. Tres veces. Y ahora se los encontraba a cientos. Juntos. Y a cientos. Surgían a su alrededor. Por todas partes. A pie. En bici. En patinete. Invadían las calles. Las aceras. Las calzadas. Enfebrecidos. Ávidos. Perturbados. Caminaban. Corrían. Pedaleaban. Alguien había apretado un botón, pensaba, para que, durante una hora, miles de autómatas se pusieran en movimiento a la vez. A cámara rápida. Sabía que después se les agotarían las fuerzas. Se detendrían de golpe. Regresarían, dóciles, a sus jaulas. Paralizados de nuevo. ¿Qué les retenía en su encierro? Suponía que, como a ella, el miedo. No aguantó. Se dio la vuelta. Regresó a casa.

Recuerda haber leído (y subrayado) en El jinete pálido de Laura Spinney el siguiente párrafo:

En 1918, esta aparente lotería [la transmisión de la gripe]

era inexplicable y consternaba profundamente a la gente. Ferréol Gavaudan intentó describir esta sensación a Collier, un médico francés que se encontraba en ese momento en la ciudad de Lyon, cuando escribió que era diferente a las «punzadas en el estómago» que había sentido en el frente. Se trataba de «una inquietud más difusa, la sensación de un horror indefinible que

se había apoderado de los habitantes de esa población[3]».

«La sensación de un horror indefinible que se había apoderado de los habitantes de esa población».

El tres de mayo de 2020, domingo, volvió a intentarlo. Esta vez se atrevió a llegar hasta el parque. Vio, asombrada, árboles altísimos (no recordaba que los árboles pudieran ser tan altos). Cuyas copas, mecidas por la brisa, acariciaban el cielo. Se difuminaban. Borrosas, allí arriba. Lejos del alcance de sus ojos que, en cuarenta y ocho días, solo habían visto lo inmediato (contiguo. Cercano). Se difuminaban borrosas allí arriba lejos del alcance de sus ojos, que en cuarenta y ocho días habían perdido la capacidad de enfocar lo distante (separado. Extenso. Lejano). Todo olía. A aire. A cálido. A primavera. A tierra. A hojas. A flores. Olía. Y sonaba (resonaba. Murmuraba. Susurraba). El viento. Los pájaros. El agua. La hierba. Encontró un claro diminuto, un espacio reducido, desnudo, entre árboles anchos y frondosos. Enormes. Se acuclilló en el centro.

Sobre la hierba. Oculta por las ramas. Protegida. Fijó la vista en las raíces de los árboles, pétreas y extensas. Cuajadas de musgo. Se agarraban obstinadas a la tierra. Luego miró al cielo. Etéreo. Inalcanzable. Remoto. Estuvo allí casi media hora. Respirando. Solo respirando. Y mirando. Solo mirando. Arriba. Abajo.

Respirar

Mirar

Arriba

Abajo

Después volvió a casa.

Esa noche supo por su hermana que había muerto.

Cuando era una niña se pasaba las horas dibujando. Recostada en el suelo. Sobre la alfombra de su dormitorio. De espaldas. Su perro se tumbaba a su lado. Muy quieto. La observaba. Si ella se detenía (levantaba la cabeza. Mordía el lápiz), se ponía en guardia en el acto. Subía las orejas. Se erguía. Esperaba.

La vecina tenía/tiene plantas. Junto a su puerta. Bajo la ventana. En el recodo del pasillo. En el recodo del pasillo está el ascensor. Trente a la puerta que da a la escalera. Y más allá, en ángulo recto, hay un rellano. Estrecho. Sin ventanas. Con otras dos viviendas. Ay B. Ella pensó que las plantas alegraban el pasillo. Y se alegró de vivir ahí.

Ella pensó que lo transformaban en un bonito invernadero. Y se alegró de poder compartirlo. A ella le gustaban/le gustan las plantas. Compró dos drácenas y las puso junto a su puerta. Una a cada lado. Compró una kentia y la colocó bajo la ventana. Junto a las hiedras de la vecina.

Dos meses más tarde la kentia apareció en su puerta. Apretujada contra una de las drácenas. En su lugar, bajo la ventana, la vecina había colocado una nueva hiedra. Pero por entonces ella estaba enamorada y no se preocupó.

Estuvo enamorada tres años.

Durante el confinamiento añoraba el sol. A mediodía. Tumbada sobre la cama. Inmóvil. Los ojos cerrados. Extendía la cara hacia la ventana. Buscaba el sol con ansia. Pero su calor no le abrasaba la carne ni le caldeaba los huesos como cuando era una adolescente. Era un sol frío. De invierno.

Durante el confinamiento caminaba por la habitación. Todas las tardes. Caminaba. Caminaba. Caminaba. Esperaba/temía que sonara el teléfono. Caminaba. Caminaba. Esperaba/temía tener noticias. Caminaba.

Durante el confinamiento se duchaba. Por las noches. Se duchaba durante mucho tiempo. Escuchaba el sonido del agua. La sentía arder sobre su piel. Necesitaba agua. Mucha agua. Muy caliente. Sobre la piel.

Durante el confinamiento empezó a anotar sus sueños.

Soñó

Con dos peces pequeños que revoloteaban por el techo. En el sueño pensaba que debía cuidar de no espantarlos. Esperar. Cogerlos. Y matarlos.

Con un corazón. Lo llevaba al cuello colgado de una cadenita. El corazón tenía luz. Se encendía y se apagaba. Latía sin parar.

Con que dormía en el suelo. En una habitación con mucha gente. Se despertaba. Estaba sola. Todos se habían marchado.

Con un viaje. Se olvidaba la maleta en el coche. Una maleta rígida. Roja. Regresaba a buscarla. No estaba.

Con que le cortaban la cabeza y volvían a colocársela sobre los hombros.

La noche del tres de mayo de 2020. Cuando supo por su hermana que había muerto. No dijo una palabra. Tampoco gritó. Ni lloró. Enmudeció. Colgó el teléfono. Fue a por las botellas. Todos los cascos que había acumulado y que nunca había bajado al contenedor. Fue a por las botellas y las estrelló. Una por una. Contra la pared. Una por una. Las oyó estallar. Una por una. Vio cómo se hacían añicos. Contra la pared. Estaba enfadada. Rabiosa. Llena de ira. Rebosaba cólera. Estaba enfadada. Enfadadísima. Tan enfadada. Con cada botella. Con cada estallido. Con cada pedazo de cristal. Sentía expandirse su enfado. Asediarla. Cercarla. Colmarla. Quería explotar. No paró hasta que no quedaron botellas. No paró hasta que el suelo estuvo sembrado de cristales. Entonces sintió que la invadía la calma. Estaba tranquila. Relajada incluso. Fue a por una escoba y recogió los pedazos. Despacio. Con sumo cuidado. Después se metió en la cama y se durmió. Profundamente. Tan profundamente como si también ella estuviera muerta.

En una ventana del edificio de enfrente una mujer sacude una colcha. «No es su casa», piensa. Lleva mascarilla. Es una trabajadora doméstica.

Le obsesiona el espacio. Luego le obsesionan las mascarillas. Espacio y poder están estrechamente relacionados. El espacio del que dispone cada persona equivale al poder que acumula. La mascarilla es un indicador de cuál es el espacio de cada persona. Luego la mascarilla es un indicador de su poder.

El espacio que cada persona ocupa sin mascarilla es el espacio que le pertenece. Según sea de pequeño o de grande ese espacio así será de pequeño o de grande su poder. Luego el tiempo que cada persona pasa sin mascarilla, es decir, el tiempo que pasa en el espacio que le pertenece revela cuán poderosa es.

La trabajadora doméstica lleva mascarilla porque no está en un espacio de su propiedad. En esa vivienda ajena no tiene poder alguno.

Todo esto lo piensa ella mientras observa cómo la trabajadora doméstica sacude la colcha por la ventana.

En el momento en que la trabajadora doméstica deja de sacudir la colcha y cierra la ventana, ella piensa en la persona a la que pertenece la casa. Sin duda no usa mascarilla. Al ser el espacio de su propiedad puede exigir a la trabajadora doméstica que se la ponga mientras la deja en la indefensión. Es su privilegio.

Se figura que un empleado entra, con mascarilla, en un despacho. El jefe le recibe sin mascarilla. El empleado tiene miedo. Sin embargo no dice nada. El jefe, al exhibir el rostro descubierto frente al embozado del empleado, le señala cuál es el sitio de cada uno. Es decir, quién sustenta el poder en ese espacio.

Ella piensa que, si le contara a alguien lo que piensa, ese alguien le diría que es absurdo. Pero no lo es.

La noche del tres de mayo de 2020, cuando estrelló las botellas, la vecina tuvo que oír los golpes. Al otro lado de la pared.

Las noches de verano, su abuela salía a la calle con una silla. Formaba un círculo con las vecinas. Aprovechaban la fresca para hablar mal de las veraneantes: sus hijas y sus nietas. Vivían en la ciudad e iban al pueblo solo por vacaciones. Ella sacaba también su sillita. Se sentaba junto a su abuela. Escuchaba sus conversaciones. Su abuela estaba orgullosa de que su hijo y su nuera jamás hubieran abandonado el pueblo. Ella fue la primera. Se marchó. Para estudiar Bellas Artes. A la ciudad. No volvió. Más que en verano, como las veraneantes. El último verano no estuvo en el pueblo. Su madre le contó por teléfono que su abuela y las vecinas seguían sacando las sillas a la calle con la fresca. Solo que ahora el círculo era más grande. Dejaban, entre ellas, metro y medio. Estaban vivas. Y tenían miedo. De que las veraneantes llevaran el virus al pueblo. Pero no se atrevían a decirlo. Eran sus hijas y sus nietas.

Tampoco ha ido al pueblo por Navidad.

Ha terminado el desayuno. Al pasar hacia la cocina con la bandeja, posa un instante los ojos sobre la puerta de la calle. Cuando vuelve, se detiene. Duda. Se acerca a la mirilla. No hay nadie en el pasillo. La ventana está cerrada. La puerta está cerrada. Detrás de la puerta está la vecina. Lo sabe. Observa también el pasillo. Por su mirilla.

En la primera parte del cuaderno del confinamiento, «Lo que se ha roto», ella dibujó ventanas. Sobre las ventanas pegó palabras recortadas de aquí y de allá.

Sobre una ventana azul y roja. Pegó

Una forma desdibujada

Contra la pared

Repitiendo el final

Sobre una ventana en tres tonos diferentes de verde. De más claro a más oscuro.

Pegó

Una certeza esencial

Estoy despierta

Sobre una ventana azul y gris. Atravesada por una gruesa raya negra horizontal.

Pegó

Un cuerpo

Piernas

Cabeza

Ojos

Sobre una ventana azul marino. Pegó

Todo llega cuando tiene que llegar

¿Sabes? Todo llega cuando tiene que llegar

¿Y antes?

El breve lapso de una vida

Durante el confinamiento, a menudo leía y escuchaba opiniones sobre el confinamiento. La mayoría de estas opiniones procedían de artistas y escritores de reconocido prestigio. La mayoría de estos artistas y escritores vivían en grandes ciudades.

Sin embargo, concedían entrevistas, escribían artículos, grababan vídeos y audios, presentaban libros e inauguraban exposiciones Online desde sus segundas viviendas. Sus segundas viviendas estaban situadas en zonas rurales (rodeadas de bosques frondosos e inmensas praderas). O en la sierra (el sol se pone tras la grandiosidad de las montañas). O en pueblos de la costa (frente al mar). Eran su espacio. Donde se aislaban para pensar y crear. Y donde ahora se habían confinado.

Anotó algunas de estas opiniones.

Decían:

El confinamiento es una oportunidad para ser mejores.

El confinamiento es una oportunidad para cambiar nuestros hábitos.

El confinamiento es una oportunidad para desarrollar la creatividad.

El confinamiento es una oportunidad para parar, descansar y estar con la familia. El confinamiento es una oportunidad para compartir lo que nos emociona.

Decían:

El confinamiento es una ocasión para la reflexión poética. El confinamiento es una ocasión para la reflexión política. El confinamiento es una ocasión para la reflexión social.

Decían:

El confinamiento nos ha privado de libertad.

El confinamiento ha militarizado el discurso.

El confinamiento nos ha sometido a la tecnología.

El confinamiento ha implantado el estado de excepción.

Decían:

El confinamiento nos hace más humanos.

Decían:

Solo nos queda aprender de esto.

Sobre la última ventana de la primera parte del cuaderno del confinamiento, «Lo que se ha roto». Una ventana verde cruzada por una fina línea vertical negra. Pegó

Porque humanamente

Permanecer entero

Es muy estúpido

En la siguiente página del cuaderno del confinamiento, arriba, en la esquina izquierda. Escribió

Lo que queda

A continuación, pegó

Arriba. En la esquina derecha

Vivir

En la misma esquina. Abajo

Una oleada

Abajo. En la esquina izquierda

Tengo que contar lo que ha pasado

En el centro de la página: las palabras se extienden como los tentáculos de un pulpo en torno al pronombre nosotros

Comunidad

Virus

Angustia

Sin sentido

Pensamientos

Una conversación

Belleza

Una idea

Antidepresivos

Lágrimas

Júbilo

Conciencia

Coacción

Conocimiento

Libros

Nostalgia

Mirada

Depresión

Oscuridad

Intuición

…

El cuatro de mayo de 2020 (lunes) no salió de casa. Tampoco el cinco (martes). Ni el seis (miércoles). Ni el siete (jueves). El ocho de mayo (viernes) llamó al ambulatorio. Le respondió una voz grabada: «En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere». Esperó. La voz repitió: «En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere». Esperó. «Si lo desea puede coger cita en nuestra web». No lo deseaba. Siguió esperando. La grabación volvió a repetir: «En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere». Esperó. «Si quiere que el sistema le dé una cita, diga “Sí”. Si no la desea, diga “No”».

Dijo «No». «En breves momentos le atenderá uno de nuestros operadores. Por favor, espere». Sonó un tono. Dos. Tres. Cuatro. Hasta diez. La grabación retomó su retahíla: «En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere». Colgó. Los días nueve de mayo (sábado) y diez de mayo (domingo) tampoco salió. En realidad, no recuerda en absoluto qué hizo los días cuatro (lunes), cinco (martes), seis (miércoles), siete (jueves), nueve (sábado) y diez (domingo) de mayo de 2020. Tampoco el once de mayo (lunes) ni el doce de mayo (martes). Están vacíos en su memoria. Perdidos sin remedio. Quizá no se levantó de la cama. O sí se levantó. Quizá se duchó. O no se duchó. Quizá se sentó delante del ordenador. Y lo encendió. Quizá se sentó delante del ordenador. Y nunca lo encendió. Quizá.

Lo siguiente que recuerda es estar oyendo otra vez la grabación automática: «Todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere». Era trece de mayo (miércoles). Esta vez no se rindió. Después de batallar durante un rato con la voz automática y con una voz humana (aunque indiferente) consiguió que le pasaran con su médica de cabecera. No se conocían. Nunca había necesitado ir a la consulta. En los cuatro años que llevaba allí jamás se había puesto enferma. La médica apenas le dejó hablar. Parecía extenuada y acelerada al mismo tiempo. La interrumpía sin cesar. Le recetó Orfidal. Tres veces al día. ½ - ½ - 1. Le recomendó salir a la calle. Al menos un ratito cada día. Que la volviera a llamar en un mes y le dijera cómo estaba.

El catorce de mayo (jueves), a las tres y media de la tarde, abrió la puerta de su casa por primera vez en diez días. Pasó por delante de la ventana abierta. Bajó los tres pisos de escaleras. Salió del portal. Recorrió como una zombi las dos calles que la separaban de la farmacia. Entró. Compró Orfidal, mascarillas y gel hidroalcohólico. Después volvió a casa. Cerró la puerta con llave. Se lavó las manos. Se sentó en el suelo. En medio de la habitación. Y se echó a llorar. Durante los días siguientes tomó Orfidal. Tres veces al día. ½ -½ - 1. Como le había recetado la doctora. Todos los días. Poco a poco, empezó a salir a la calle. Todos los días. Una hora. Cada día. Antes. Horas antes de salir. Tal vez desde que se despertaba y lo pensaba (pensaba: «Tengo que salir»). Le invadía una sensación de alarma. Una opresión en el pecho. El corazón comenzaba a latir desbocado. Le costaba respirar. Sentía que iba a pasar algo espantoso. Inevitable. «La sensación de un horror indefinible» se apoderaba de ella. Se consolaba pensando en el momento en que podría tomarse el siguiente Orfidal. El Orfidal adquirió a sus ojos las cualidades de una pócima mágica. Una píldora capaz de engañar al miedo. Si no era la píldora de la felicidad, sí al menos lo era del desapego. Se ponía la mascarilla. Se metía el gel hidroalcohólico en el bolsillo. Salía de casa flotando en una nube de ansiolíticos. Iba hasta el parque. Se acuclillaba en el centro del claro. Entre los árboles. Fijaba la vista en las raíces de los árboles cuajadas de musgo. Miraba al cielo. Durante una hora. Todos los días. Respirando. Solo respirando. Y mirando. Solo mirando. Arriba. Abajo.

Respirar

Mirar

Arriba

Abajo

Después volvía a casa.

Antes (era la vieja normalidad). A veces ella impartía una clase. O acudía a una exposición. O tomaba unas cañas con unos amigos. O iba al cine. Al volver, solía encontrar a la vecina en el pasillo. Entre la puerta abierta y la ventana abierta. Regaba las plantas. O les echaba abono. O sacudía el felpudo. O fregaba (ahora se pregunta por qué la vecina friega el pasillo. Hay una persona que lo hace cada semana. Entonces no lo pensó). Ella saludaba a la vecina al pasar. La vecina, a veces, no contestaba. Ella se inquietaba. Pensaba, «¿Qué habré hecho? ¿Qué falta habré cometido?». Sin resultado. Al día siguiente. O al otro. Cuando volvían a encontrarse en el pasillo. La vecina no solo la saludaba. Se interponía entre ella y su puerta. La retenía con su charla.

Ella se impacientaba. Quería entrar en su casa. Tenía hambre. O ganas de hacer pis. Se ponía de malhumor. Después. Ya en casa. Se sentía aliviada. Y culpable. Se preguntaba, «¿Se habrá dado cuenta? ¿La habré ofendido?». Si la veía en los días posteriores, redoblaba sus atenciones para compensarla.

Antes (era la vieja normalidad). Si regresaba a casa al mediodía. O a la hora de cenar. Desde el mismo momento en que se abría la puerta del ascensor en su planta, olía a lentejas estofadas. A chuletas de cordero. A pescado frito. Al pasar entre la puerta abierta y la ventana abierta, decía: «Que aproveche». Los tres contestaban al unísono: «Gracias». Ella no lograba acostumbrarse.

Aún quedan algunos cristales. Minúsculos. Agazapados en los rincones. Aparecen a veces. Cuando menos se lo espera. Como un recordatorio. Al anudarse los cordones de un zapato. O al pasar la aspiradora.

Lee en un periódico digital:

«Uno de cada tres españoles admite que “ha llorado debido a esta situación”».

Ella llora todos los días.

Una goma de borrar

Un pincel

Tintas de colores

Algunos WhatsApp

Los audios

Si quisiera, aún podría oír su voz

Pero no quiere

Solo es una voz

Una voz dentro de un móvil

Ser también ella una voz

Dos voces. Juntas

En el interior de un móvil

Abrir los bares fue la señal de salida hacia la nueva normalidad.

Alrededor de la casa de ella hay muchos bares. Cuando iba a pasear debía sortear sus terrazas. Cada día eran más grandes. Cada día se adueñaban un poco más del espacio público. El espacio por el que ella paseaba. A ella le obsesiona el espacio.

En las terrazas la gente hacía cola durante horas para coger una mesa. Sin mirar qué dejaba atrás. Sin mirar qué quedaba por delante. Pugnar por unas cañas en medio de un tsunami. Fingir que no está sucediendo.

Al principio observaba a la gente beber. Reír. Se indignaba. Quería gritarles: «¿Es que no sabéis lo que está pasando? Hay muertos. Todos los días. Hay muertos». Quería gritarles: «¿Es que no sabéis lo que ha pasado? Ha muerto. Le gustaba beber. Y reír. También. Como a vosotros. Y ya no está».

Durante el confinamiento, oía los aplausos de las ocho desde su habitación. No aplaudía. Oía también, desde su habitación, la música. Cada noche. En los balcones. No bailaba. Pensaba, «¿La salvarán? ¿Lo harán?». Imaginaba que lo hacían, y se lo agradecía con toda su alma. Imaginaba que no lo hacían, y les odiaba con toda su alma. Como si solo dependiera de la voluntad de alguien.

A veces, en algún chat, convocan una quedada para tomar unas cañas. O ver una exposición. O reunirse en una casa para una celebración. Pone disculpas. Piensa: «Cuando baje un poco más el virus». Piensa: «Cuando nos pongan la vacuna». Piensa: «Cuando haya menos gente en la UCI». Piensa: «Cuando esto acabe». Poco a poco se van olvidando de ella.

Ella no se fía de la nueva normalidad. Más bien la detesta. Nueva normalidad. Solo la expresión es una burla obscena. Cuando lo piensa, «nueva normalidad», dentro de la cabeza le dan vueltas las palabras. Negras y feas. Giran en desorden en el interior de su cabeza: virus. Pandemia. Estado de alarma. Confinamiento. Desescalada. Ro. Restricciones. Cierres perimetrales. Positividad. Meseta. Curva. Desconfinamientos. Previsiones. Dientes de sierra. Estadísticas. Contagios. Vacunas. «La nueva normalidad es una burla obscena», piensa. Y cuando lo piensa, dentro de su cabeza se arremolinan las palabras. Palabras tangibles. Amenazadoras. Palabras reales. Destructoras de cualquier normalidad: ambulatorios cerrados. Números (muertos que a nadie le importan). Enfermos crónicos sin tratamiento. Personal sanitario agotado. Bares llenos de gente. Tiendas llenas de gente. UCI llenas de gente. «Salvemos el verano». Tiestas. Palizas policiales. Gente autoconfinada. Ir a la playa. Gente con mascarilla. Gente sin mascarilla. Gente con mascarilla en la barbilla. Metros repletos. Manifestaciones. ERTE. «Salvemos la Navidad». Compras online. Ir a la escuela. Trabajo presencial. Personas fallecidas (con nombre y apellidos). Vidas rotas. Familias destruidas. Despidos. Teletrabajo. Fascistas brazo en alto. Hambre. Para ella, la nueva normalidad es una cena familiar que acaba en tragedia. Un hijo que se culpa de la muerte de su padre. Una madre que hace un año que no abraza a su hija. Para ella, la nueva normalidad son niños. Juegan en su plaza a pillarse unos a otros. Un toque en el hombro. Un grito: «¡Coronavirus! ¡Muerto!». Son niños. Que no duermen por las noches.

Ella no se fía de la nueva normalidad. Más aún, le guarda rencor. No quiere adaptarse. O tal vez no puede. Piensa: «Cuando deje de tener memoria. Cuando no recuerde nada».

Ha pasado un año

Desde que no entra en un bar

Un año

Desde que no pisa una tienda

Un año

Sin ir al cine

Un año

Sin comprar el pan

Un año

Sin sacar dinero del cajero

Un año

Sin tener billetes en el billetero ni monedas en el monedero

Un año

Sin coger un resfriado

Un año

Sin nadar

Un año

Sin salir de su barrio

Un año

Sin ver a nadie

Un año

Sin follar

Un año

Sin un beso

Un año

Sin un abrazo

Un año

Sin acariciar una mano

Un año

Que se despierta todas las mañanas llorando

Una vez. Era invierno. Durante la vieja normalidad. Salió al pasillo a regar sus plantas. Las dos drácenas, junto a su puerta. La kentia hacía mucho que la había metido dentro de casa. Y vio que estaban encharcadas. La vecina abrió la puerta. Le dijo: «Me sobraba un poco de agua con abono y se la he echado. Espero que no te moleste». Sí le molestaba. Pero le dio las gracias. Se sintió mezquina. Ingrata. ¿Cómo podía molestarle que abonara sus plantas?

Alguien ha encendido un taladro. Toda la casa retumba. Ruge. Hay mucha gente reformando sus casas. Tiran paredes. Pulen suelos. Acristalan terrazas. Compran muebles. Hacen cosas. Todo el rato. Hacen cosas. Sin parar. Fingen que no está sucediendo. Las cuchillas golpean contra los lavabos. Resuenan las cadenas de los váteres. Los niños lloran. El taladro brama. Mira el correo. Mira el Telegram. Mira el WhatsApp. Aspiradoras. Golpes que no identifica. Martillazos. Sillas que se arrastran. Grifos abiertos. El taladro le trepana el cerebro. Debería publicar algo en Instagram. ¿Un dibujo? Ya no dibuja. Sonidos. Sonidos. Sonidos. Estridentes. Invasivos. Violentos. De casas ajenas. Todo el rato. Sin parar. Ni un segundo. No está sucediendo. No ha sucedido. Solo es ruido.

Lee en Twitter:

«Perseverarles consigue llegar a Marte en busca de huellas de vida».

Marte. Piensa: «¿Dónde está Marte?». Piensa: «¿Habrá silencio en Marte?».

Cuando iba al colegio tenía una amiga. Una amiga del alma. Estaban siempre juntas. Cogidas de la mano. Su amiga no vivía en el mismo pueblo que ella. Vivía en el pueblo de al lado. En verano, a veces, se bañaban en la tina de su casa. A veces, en verano, se bañaban en la tina de la casa de su amiga. Su amiga tenía el pelo grueso, liso y rubio. Del color de los granos de maíz. Su amiga tenía la tez muy clara. El verano la volvía pecosa. A su amiga le gustaba su perro (y a su perro le gustaba su amiga). A su amiga y a ella les gustaba bañarse juntas en la tina. Se metían en el agua. Juntas. De la mano. Tapándose con los dedos de la otra mano la nariz. Jugaban a sumergirse y ver quién tardaba más en emerger. Antes de hundirse, cantaban: «San Serenín del monte, San Serenín cortés, yo como soy cristiana, yo me arrodillaré». Se tapaban la nariz, se sumergían y forcejeaban con el agua. Luchaban por arrodillarse en el fondo de la tina. Por no ascender. Por no soltarse las manos. Fuera, sobre la superficie, se posaban las abejas. Su amiga, una vez, pisó una abeja. La muy ladina estaba escondida. Entre la hierba que rodeaba la tina. Le dolía. Lloró muchísimo. Le dolía. Su abuela le pidió que hiciera pis sobre un trapo y le envolvió el pie en él. Su amiga lloraba también cuando le cepillaban el pelo. Su madre le daba tirones con el peine. La llamaba quejica. Ella lloraba. En silencio. Los lagrimones le rodaban por las mejillas. Se los limpiaba con el dorso de la mano. Como siempre tenían las manos sucias, se dejaba la cara llena de chorretones. Acabaron el colegio. Ella se fue a la universidad. Su amiga se mudó a un pueblo más grande. Empezó a trabajar en una imprenta. Se casó. Tuvo un niño. No volvieron a verse. A veces se escribían un WhatsApp: «¿Cómo estás?». «¿Y tú?». Cuando llevaban una semana confinadas, su amiga la llamó por teléfono: «¿Cómo estás?». «¿Y tú?». Hacía veinte años que no hablaban. No han vuelto a hablar desde entonces.

Durante la desescalada la vecina sacaba al pasillo los zapatos. La bicicleta de su hijo. El carrito de la compra. Los rociaba con lejía y los frotaba bien con un trapo. A pesar de que la ventana del pasillo estaba abierta, el olor a desinfectante invadía su habitación.

Durante la desescalada, antes de ir a pasear, ella pegaba el ojo a la mirilla. Observaba. La puerta cerrada. La ventana abierta. Nadie en el pasillo. Salía. Si al volver vislumbraba a la vecina, se daba rápidamente la vuelta. Regresaba a la calle. Hacía tiempo en el exterior con la esperanza de que se metiera en su casa. Tenía miedo. De que el virus se cruzara también en su camino.

Durante la desescalada, procuraba no salir ni entrar a la hora de comer. Ni a la de cenar. Procuraba pasear a primera hora de la mañana. O a primera hora de la tarde. Tenía miedo de pasar entre la puerta abierta y la ventana abierta. Decir: «Que aproveche». Y que los tres contestaran al unísono: «Gracias». Tenía miedo. De que el virus se cruzara también en su camino.

En diciembre empezó otro cuaderno. Solo llenó tres páginas. Lo tituló «La espera». En el cuaderno de diciembre no dibujó ventanas. Para entonces había dejado de dibujar. Pegó piedrecitas. Durante años había recogido piedrecitas en sus viajes. Las guardaba en una caja.

En la primera página pegó tres piedras minúsculas, redondas, traslúcidas, casi transparentes. La más grande y la más pequeña de las tres se tocaban. Estaban unidas. Juntas. La tercera permanecía al margen, apartada, más o menos a un centímetro de las otras dos. Un centímetro: un espacio tenebroso (el papel del cuaderno es negro) e insalvable. A ella le obsesiona el espacio. En el margen izquierdo de la página. Arriba. Pegó

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