La vida en las ventanas
Capítulo 1
Ayer resucité. No estuvo mal. No hay grandes cosas que hacer, los
domingos.
Afuera han empezado a limpiar la piscina. Los vecinos se asoman de vez
en cuando a las ventanas, como para presionar al jardinero. Por mí puede
tomarse todo el tiempo que quiera. Verlo trabajar me tranquiliza. Arrincona
las hojas que han caído en la superficie, cuela el agua con una paciencia
adormecedora, pasa un aspirador por el fondo y vuelta a empezar. Cuando se
marcha, el agua va aquietándose. Avanzada la tarde, toma un brillo de
pantalla. Nadar en la piscina se parece bastante a navegar por la Red. Es
silencioso. Es fresco. Es fácil sumergirse. Y muy fácil ahogarse.
Mi madre acaba de llegar y ni siquiera me ha mirado. Vete a saber qué ha
hecho con su antiguo entusiasmo. Admito que yo tampoco me he levantado a
saludarla. Llamémoslo empate.
No espero que me llames uno de estos días, pero siento cierta curiosidad:
¿qué haces con tu vida, Marina? Te imagino ocupadísima, estudiando para
esas oposiciones que nunca llegan. Lo comprendo, de veras, lo comprendo.
Aun así, me permito añadir que es de buena educación responder de vez en
cuando los correos.
Anoche vi un anuncio que me dejó impresionado. Un hombre y una mujer
avanzaban de la mano por encima del mar. No quiero decir que volaran.
Sencillamente caminaban como nosotros, solo que ellos lo hacían sobre el
agua. Lo que más me impactó fue que al fondo de la imagen, a los costados,
en el cielo, por todas partes había un color blanco. Un color blanco y nada
más. Una pareja había conseguido el milagro de andar entre las olas, pero no
tenía ningún horizonte hacia el que dirigirse.
Qué idiotez.
En fin, pronto estará lista la cena. Me inquietan las comidas con mi
madre. De vez en cuando recupera cierta iniciativa y me pregunta cómo estoy,
qué hago, con quién voy, esa clase de amabilidades que suelen terminar en y
por qué no te buscas un trabajo, ya que no vas a tomarte en serio los estudios.
¿Tomarme en serio los estudios? Prefiero ser inútil que carne de cañón.
Si no tienes tiempo para salir, a lo mejor podría hacerte una visita. Tu casa
me encantaba. Sobre todo el balcón. Las vistas eran una mierda —mis
disculpas— pero ahí estaban tus flores, yo diría que jazmines y ciclámenes y
algunos pensamientos. En primavera daba gusto asomarse a ese balcón. Era
como entrar en el cuarto de los aromas. Pensarás que lo que me interesaba era
terminar desnudos contra los azulejos. Y sin embargo, créeme, lo que tengo
más presente es el perfume, una mezcla sin nombre que podría identificar
entre cien jardines. Será porque aquí en casa solo tenemos tres macetas
secándose, o porque a estas horas empiezo a divagar un poco, o yo qué sé. El
único problema es que las vistas eran una mierda.
Me voy. Te llamo. No, mejor te escribo. Así pienso mejor lo que te
cuento. Contéstame si puedes. Localizarte en el móvil es una quimera:
siempre aparece ese buzón de voz. ¿Has pensado qué cosa más extraña es un
buzón con voces?
Mi madre está gritando. Si no se comporta, se quedará sin postre. Te
escribo de nuevo mañana o pasado,
Net
http://www.?
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