Las agujas de la noche
35. Domingo por la noche
De entre todos los objetos desparramados sobre la mesilla de noche, el único intacto era la jeringuilla. La sesión había sido una de las largas, de esas a las que Iván llamaba noches blancas, tanto por las más de veinticuatro horas de fiesta como por el color del cóctel básico de un buen desfase: cocaína, ketamina, mefedrona, metanfetamina y speed. Mención aparte para el éxtasis en toda su amplia gama de tonos chillones y flúor, y para el GHB, ese líquido transparente despachado en goteros de un marrón oscuro casi negro.
No sabía por qué conservaba la jeringuilla. Había aparecido en otra noche blanca, una que se remató en su casa. La trajo consigo el amigo de un amigo al que le iba el slam. Iván ya no se sorprendía de nada, pero pasaba de agujas. Bastante tenía con llevar el bicho en la sangre como para jugar también a mezclarlo con el bicho de otro. Y eso que, al final, aquel amigo de un amigo no llegó a usarla. Cuando terminaron la sesión, el chico iba tan puesto que tuvieron que empujarlo a la ducha entre tres para espabilarlo. Después Iván lo invitó a largarse a toda leche, dándole el tiempo justo para que encontrara su ropa, el móvil y la cartera, y para que se dejara olvidadas, desperdigadas por toda la casa, el resto de sus pertenencias. Como la jeringuilla. Huelga decir, en cuanto al asunto de mezclar los bichos de unos y de otros, que ninguno de los participantes había usado condón. Una contradicción muy habitual en las noches blancas. Una más. Como el hecho de que, a pesar de tantas horas como pasaban metiéndose de todo, eran muchos los participantes que, precisamente por todo lo que se metían, al final no llegaban a rematar. No se corrían.
Eran las diez de la noche cuando Iván por fin le echó algo sólido al estómago. Se tragó un Orfidal y se metió en la cama sin cambiar las sábanas. Había salido de la comisaría el día anterior, al mediodía, con la intención de tomar un vermú, solo una cerveza, si acaso un vodka cortito con tónica a media tarde, pero ya.
A las doce menos cuarto el teléfono llevaba un buen rato sonando. En su duermevela intermitente Iván sentía los timbrazos a oleadas: tal y como venían, le taladraban los tímpanos y las sienes; tal y como se iban, sonaban muy lejanos, ecos reverberando en una realidad paralela. Cuando ya no aguantó más —joderquesecalledeunaputavezeseputoteléfonodeloscojones—, con un manotazo, y tumbado de costado, lo dejó caer sobre una oreja. El aparato estaba ardiendo. Llegar a preguntar quién era no le quiso salir del cuerpo, aunque tampoco le hizo falta.
—¡Iván, por Dios, ya era hora! ¿Se puede saber dónde estás? —La cabeza le iba a reventar cuando Paco, al otro lado de la línea, gritó aún más alto—. ¡Ha pasado algo terrible! ¡Tienes que venir inmediatamente!
—Vete a la mierda.
Pero no reventó. Después de dejar a Paco con la palabra en la boca, Iván ya fue incapaz de volver a conciliar el sueño. Todavía no habían pasado ni treinta segundos cuando los timbrazos regresaron con una desesperante insistencia que, al cabo de unos minutos, empezó a parecerle sospechosa.
—No cuelgues otra vez, te lo pido por favor. Por Dios, Iván, tienes que venir.
—¿Se puede saber qué cojones te pasa?
—Ven a la sauna y te lo explico. No te molestaría si la cosa no fuera grave. ¡Ven ya!
—¿Cómo de grave?
—Nivel ruina. —Un silencio dubitativo hizo creer a Iván que era entonces Paco quien había colgado—. Pero por teléfono, no. Tienes que venir. ¡Date prisa! ¡Ya!
Una ducha y una raya de coca más tarde, mientras esperaba a su Cabify, el inspector de policía Iván de Pablos Escudero pensaba que no se le ocurría nada más triste que una noche de domingo después de un fin de semana de fiesta; los caballos desbocados y los fuegos artificiales del día anterior habían mutado en pesadumbre y cristales en las sienes.
La tarde antes, a eso de las seis, Iván ya se había merendado tres vodkas cortitos con tónica y dos rayas. Antes de las nueve habían caído otros dos de cada. Por supuesto, ya no cenó. Después, se encontró con tres amigos que iban buscando fiesta de garito en garito, con actitud y predisposición idénticas a las suyas. A partir de entonces se aliaron en una ronda nocturna que derivó en diurna. Una odisea etílica, química y sexual que contempló una sucesión de estaciones en otras camas, en la guarida de un camello y en un chino donde se reabastecieron de alcohol, Red Bull y gominolas. Terminaron llegando por fin a su casa. Allí siguieron de chill un par de horas más, hasta que liquidaron las existencias, los tres amigos se largaron e Iván se tragó el Orfidal.
El Cabify se detuvo justo en la puerta de la sauna. Las farolas de la calle estaban apagadas a pesar de la hora y el local cerrado. En contraste, el cartel luminoso sobre la puerta brillaba con desfachatez. Mostraba todavía el lustre arrogante de lo recién estrenado; unas letras doradas sobre un fondo turquesa que lucían como una promesa:
BLACKSUN, UN NUEVO CONCEPTO DE SAUNA MASCULINA EN SEVILLA
Iván le pidió al conductor que le concediera unos segundos antes de apearse. Metió la punta de una llave en una bolsita y esnifó una apresurada pizca de coca. Era la segunda que se metía desde que había salido de su apartamento. El conductor, joven y atractivo, de bigote abundante y con pinta de cantante de rancheras, lo miró por el retrovisor sin inmutarse. Iván le dio las gracias y las buenas noches, y el ranchero guapo siguió clavándole los ojos en silencio a través del espejo. «Este tío es gilipollas», pensó.
Claro que, en cuanto cerró la puerta del coche y vio su reflejo en la ventanilla, lo comprendió: resultaba difícil presentar un aspecto más desastrado y amenazante. Él mismo habría recelado de alguien con su facha.
No necesitó llamar al timbre. Paco, que acechaba desde el otro lado, abrió la puerta y salió a recibirlo como un cuco histérico al dar la hora.
—Muchas gracias, Iván. No sabía qué hacer ni a quién más llamar.
—Espero que la urgencia esté justificada. Si se trata de una gilipollez, te juro que…
—Ven —Paco se lo dijo sin tocarle, pero surtió el mismo efecto que si le hubiese tirado de la camiseta hacia el interior del local.
Iván se sentía extenuado. Empezaba a dolerle la cabeza y acababa de hacer acto de presencia el pinchazo de ansiedad en la nuca que reclamaba otro tiro. Con paso lento y arrastrado, se dejó conducir por Paco hacia la zona de las cabinas. Se notaba que hacía un buen rato que habían cerrado, jamás había visto todo aquello tan recogido, jamás lo había olido tan limpio.
Como cliente habitual, asiduo incluso entre semana, Iván conocía muy bien aquel «nuevo concepto de sauna masculina en Sevilla» que era la BlackSun. Sin embargo, cuatro meses atrás, durante los primeros días de apertura, le sucedía lo mismo que a todos los clientes: se desorientaba. BlackSun, sol negro: aquello era la sauna.
De la recepción partía un largo pasillo que, unos metros más adelante, se abría radialmente a izquierda y derecha hacia un considerable número de estancias de diversas formas y tamaños.
En primer lugar, a las hileras de tres alturas de taquillas numeradas, cuyas cerraduras se abrían con las pulseras de goma que se les entregaban a los clientes a la entrada, junto con unas chanclas, un par de condones y otro de toallas. A continuación, el pasillo se iba oscureciendo y, tras girar a la derecha, se adentraba en la denominada zona húmeda, con una decena de duchas vistas, una sauna turca, otra finlandesa y un jacuzzi gigante con capacidad para treinta personas. El recorrido, cada vez menos iluminado, continuaba por la zona de fumadores hasta la de juegos: una veintena de cabinas provistas de camas con colchonetas para dos o tres clientes, alguna para grupos más numerosos.
—Es aquí —dijo Paco. Se había detenido ante la puerta de la cabina más cercana a la sala de fumadores, sobre cuyo dintel una pequeña placa de color negro mostraba en letras rojas las palabras «STENDHAL - CABINA VIP».
A Paco le temblaban la voz y la mano sobre el picaporte, un gesto que hizo al inspector tomar conciencia de la gravedad de la situación y que lo llevó del hastío a la preocupación. Paco abrió la puerta y se apartó. A continuación, mientras Iván contemplaba la escena con una mezcla de asombro y repentina tristeza, el dueño de la sauna le fue relatando los hechos, hablándole desde atrás y por encima del hombro.
Habían cerrado a las once de la noche, como todos los domingos. Mateo, marido y socio de Paco en el negocio, cobraba las consumiciones a los clientes que iban saliendo. El camarero del turno de esa tarde, Juanpe, había terminado de limpiar y se acababa de marchar a casa, avisándole previamente de que algunas cabinas estaban cerradas por dentro.
Paco realizó un barrido completo por las instalaciones apremiando a los rezagados para que fueran recogiendo, duchándose, vistiéndose y pagando. Mera rutina. En total, eran cuatro las cabinas cerradas, incluyendo aquella, la Stendhal. Paco se dedicó a aporrear las puertas. Todo normal. En las dos primeras, sendas parejas dormidas, los cuatro tipos bastante puestos y dóciles; en la tercera, otros dos hombres apuraban el polvo. Lo de siempre. Como si no hubieran tenido tiempo en todo el día.
—Pero algo sucedía en la Stendhal. No contestaban. Te puedes imaginar lo que insistí —dijo Paco—. Me moría de ganas por irme a casa, después de todo el fin de semana al pie del cañón, metido aquí dentro, sin ver la luz del sol, que esto no está pagado con nada.
Las taquillas se abrían con la pulsera electrónica, pero las cabinas de la sauna disponían de un pomo metálico con pestillo, con el que los clientes podían encerrarse por dentro manualmente. En situaciones como aquella, una llave maestra que se guardaba en la recepción permitía abrir por fuera sin forzar el pomo, así que Paco se dirigió allí para pedírsela a Mateo. Cuando regresó y abrió la puerta de la Stendhal, le sorprendió la placidez en el rostro del muchacho que yacía dentro, con los ojos cerrados y el ceño relajado como el de un bebé durmiente. ¿Cómo no se había enterado de los golpes en la puerta y de las llamadas a voces de Paco? O estaba muy drogado o…
Se dio cuenta de que algo no iba bien. La postura. La actitud. El aire. Paco apartó un bote de póper para sentarse en el borde de la colchoneta. Tomó la mano del joven, al mismo tiempo que un gemido escapó de su boca.
—Te juro por Dios que nunca en mi vida había tocado una piel así —dijo Paco—, fría como un pescado. Jamás lo olvidaré. Pobre chaval.
El inspector corroboró lo que Paco le decía tomando a su vez la mano del muchacho y comprobando que no había pulso. No pudo evitar acariciarle la muñeca con el dedo meñique.
—Sí, pobre Ale.
—Lo conocías, claro —preguntó Paco.
—De hola y adiós. —Iván puso su otra mano sobre la frente inerte—. ¿A las once, dices que lo encontraste?
—Sí, acabábamos de cerrar.
—Ahora son las…
—… las doce y media —se anticipó Paco.
—Y no sabes cuánto tiempo llevaba encerrado aquí, en esta cabina.
—No. Qué te voy a contar yo a ti de cómo se pone esto de gente los domingos por la tarde. Entre los que han llegado de empalmada de la noche anterior —lo miró Paco enarcando una ceja— y los que se dejan caer después de comer para rematar el finde con un polvo, aquí casi no se cabe. Y con lo grande que es la sauna, es imposible saber quién está, dónde y con quién en cada momento.
Iván apreció en su tono una excusa no solicitada. Dejó caer con suavidad la fría mano de Ale sobre la colchoneta. En un acto reflejo le colocó bien el flequillo.
—Venga, Paco, no te quejes.
—No, si yo no me quejo, de verdad. Desde que abrimos en julio, el negocio va de fábula, tú lo sabes. Tenemos doscientas taquillas y veinticinco cabinas. Los sábados y domingos la mayoría están ocupadas, cerradas durante horas, ya sabes…
—Durmiendo, follando…
—Así es —interrumpió Paco.
—… o drogándose.
—Lo que hagan ahí dentro es cosa suya.
El inspector era consciente del impacto que, a buen seguro, iba a tener el hallazgo de un cadáver sobre el negocio y sobre la propia reputación personal de Paco. Le caía bien, eran viejos conocidos de la noche, aunque siempre lo había tenido por un rácano. Jamás en aquellos cuatro meses en la sauna, ni tiempo antes, cuando Paco trabajaba como camarero y relaciones públicas en una discoteca, había tenido el detalle de invitarlo a una mísera copa. Ni siquiera sabiendo Paco que Iván era inspector de policía y ni siquiera sabiendo Iván que Paco, además de camarero y empresario, había sido —y todavía lo era en menor medida— camello y chapero ocasional. Con todo, él siempre había hecho la vista gorda.
El inspector efectuó un repaso visual más detallado a la Stendhal: con sus veinte metros cuadrados era, con diferencia, mucho más grande que las otras cabinas. Sus codiciadas prestaciones incluían ducha privada, nevera, tres surtidores de lubricante, condones y kleenex —todo por cortesía de la casa—, sling, un par de argollas ancladas a la pared y una robusta cama de dos por dos metros. Las paredes, el suelo y el techo estaban pintados en negro y unos débiles fluorescentes rojos iluminaban la estancia con desgana. Iván reparó en la papelera rebosante: a su alrededor, en el suelo, se habían desparramado vasos de plástico, bolas de pañuelos y condones usados.
Ale estaba tumbado en posición fetal. Decúbito lateral derecho, de cara a la pared, de espaldas a la puerta. Su piel lechosa y su pelo rubio, querubinesco, chocaban con el rojo intenso de la colchoneta. Dos toallas cubrían su cuerpo a medias. Una, anudada en la cintura, le llegaba hasta los muslos. La otra le tapaba los pies, como si le hubiera asaltado un repentino ataque de frío segundos antes de zambullirse en el sueño definitivo.
Porque aquel era su aspecto: el de un plácido durmiente. Ni una señal de violencia. Ni en el cuerpo ni en la escena. Lo único que desentonaba en aquel cuadro de calma total eran los labios amoratados y un escueto reguero de saliva seca en la comisura izquierda. Su mano aún sujetaba el asa de una riñonera con la cremallera abierta. En su interior, un par de bolsitas con restos de polvos blancos y un bote de póper medio lleno, con una etiqueta de un dorado intenso y exótico, muy marciano.
—Tiene toda la pinta de un ataque al corazón. Este pobre se metía de todo —dijo Paco—. Seguro que también se comió una Viagra, ya sabes —dijo señalando el póper.
Iván asintió. Sabía del riesgo mortal que aquello conllevaba, como todo el mundo en el ambiente, ¿no? Una explosión dilatadora de las arterias y del corazón. Y, sin embargo, no eran pocos los que mezclaban póper con viagra; él mismo lo había hecho en alguna ocasión ignorando el riesgo de un más que probable infarto de manual.
Pero lo que el inspector no podía quitarse de la cabeza era la papeleta que le iba a tocar más pronto que tarde: llamar a Roberto, el marido de Ale, el difunto. Iván estaba seguro de que todavía conservaba su número de teléfono en la agenda del móvil.
Porque si bien era cierto que conocía a Ale de vista, con quien más se había relacionado había sido con su marido. Roberto y el inspector habían echado un par de polvos hacía años, cuando todavía aquel estaba soltero. Después le perdió la pista, hasta que Iván se enteró de que se había casado por un breve en el periódico. Roberto era un miembro de los Silva-Suárez, familia bien de la Sevilla de toda la vida, de las que acreditan algún tanto por ciento de sangre azul. La última vez que Iván coincidió con él había sido en un restaurante del centro, donde Roberto le presentó a su flamante marido. Había pasado un año de aquello y, desde entonces, no se habían vuelto a ver. Con quien sí había coincidido con mucha frecuencia, sobre todo en la sauna, era con Ale. De hecho, rara había sido la vez que Iván se dejara caer por allí sin encontrarse con él. Pero no habían pasado de un hola y un adiós.
—¿Habéis avisado a la policía?
—Te hemos avisado a ti, inspector.
—No es lo mismo. Tienes que llamar, Paco. Se te ha muerto un cliente. Yo poco puedo hacer ya.
—Sí, Iván, hay algo que puedes hacer. Por eso te he llamado a ti antes que a nadie. Necesito que me cubras.
—¿Cubrirte? ¿Con qué?
—Con lo otro, ya sabes…
—Tus ingresos extraordinarios.
—Tú mismo alguna que otra vez me has pillado un gramo.
—Bastante malo y escaso, por cierto.
—Nadie se ha quejado hasta ahora. Cuando llegáis aquí, ya lleváis muchas horas de fiesta y os entra todo.
—Guárdate tus chistes para mejor ocasión, Paco. —Iván no escondió su mejor mueca de desprecio—. Esconde lo que tengas que esconder, pero hazme el favor de llamar ya.
Paco recorrió todo el pasillo hacia la recepción mascullando y, antes de llegar al mostrador, exclamó:
—¡Llama a la policía, Mateo!
Cuando lo perdió de vista y se quedó a solas, Iván tomó unas fotos del cuerpo de Ale desde distintas perspectivas. Antes de marcharse, hizo algo que llevaba un buen rato deseando: cogió la toalla que le tapaba los pies y se la puso sobre la cara. Esa serenidad en el rostro le resultaba impropia, desasosegante, o ¿cómo decirlo? ¿Obscena?
Fue entonces cuando advirtió el detalle del dedo meñique del pie izquierdo. Le faltaba la tercera falange. Iván se agachó para observar con más detalle. El pequeño hueso parecía haber sido extirpado de cuajo y con precisión. Un corte recto y limpio. Además, la herida estaba seca y sellada, sin rastro de sangre, como si inmediatamente después de la amputación se le hubiera aplicado un objeto muy candente para cauterizarla. Lo más curioso de todo era que la intervención parecía reciente. El inspector acercó un poco más la nariz. La herida aún desprendía un levísimo olor a quemado.
En lugar de ir directamente a la recepción en busca de Paco y de Mateo, buscó el aseo más cercano y se echó agua en la cara. Había perdido la cuenta exacta, pero seguro que llevaba más de treinta horas seguidas sin dormir. Aunque estaba claro que se trataba de un infarto, tocaba esperar a que llegaran los compañeros y el médico forense para los trámites del levantamiento del cadáver. La cosa podía alargarse toda la noche. Lo mejor sería prepararse. Allí mismo, sobre la tapa de un váter, se metió dos rayas.