Las algas
Cita
Tira la piedra de hoy, olvida y duerme. Si es luz
mañana la encontrarás, ante la aurora, hecha sol.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
PRIMER DÍA
UNO
L A PRIMERA EN LEVANTARSE ES GALA. Duerme encima de las sábanas y cada vez que alargo la mano, semiinconsciente por el sueño, tropiezo con el frescor de su piel. Le he dicho miles de veces que dormir de ese modo y con el balcón abierto no puede ser nada bueno. Se limita a darme la razón.
Entre brumas la oigo. Ninguno de sus movimientos me es desconocido. Se refresca: oigo el agua. Luego el ruido suave de un ropaje: la bata. Más tarde el roce de los pies desnudos sobre las baldosas del dormitorio, el chasquido de las persianas al abrirse.
Es el primer contacto con el sol. Entra de plano en la pieza, choca contra los muros encalados, se refleja en el espejo y parece detenerse en mis párpados. Abro y cierro los ojos desesperadamente, agarrándome a un vestigio de sopor. En la terraza, Gala habla conmigo desde lejos. Su voz se ha despertado también, suena entre los chillidos de los vencejos que anidan en el alero. Me explica el día a su modo:
—Hoy está perezoso. El mar se estira como un metal derretido. El sol aún no tiene color. El aire viene dormido…
Estoy acostumbrado al lenguaje de Gala, me he hecho a él y lo he utilizado mil veces en mis novelas. Es un lenguaje sin normas y casi sin lógica, repleto de imágenes y sugerencias. Desde la cama escucho su voz, lenta y grave. Entra de nuevo en el dormitorio y se inclina hacia mí. Beso sus labios.
—¡Hola! —me dice.
Quiero atraparla, intentar que se acueste de nuevo. Se niega casi siempre.
—Es hora de levantarse.
Gala tiene normas en la vida, aunque no las tenga en el lenguaje.
—¿Quién te obliga a levantarte? Son las ocho de la mañana. El noventa y nueve por ciento de los habitantes de Sescalas está dormido todavía.
—Bueno, y a mí ¿qué?
No he dicho la verdad. Hace un buen rato que Sescalas está despierto. Los indígenas madrugan, los forasteros duermen hasta las tantas y los turistas se dividen en bandos: los asimilados al ambiente y los otros, los que aprovechan con avidez el sol desde que despunta hasta que se apaga.
Gala forma parte del pueblo. Ha conocido todas las épocas de Sescalas: el primitivo bienestar de los años veinte, cuando el pueblecito vivía del mar y de la única fábrica de corcho; el colapso de la industria cuando se cerró el mercado de Alemania después de la primera guerra mundial; el abandono del pueblo por los que fueron a buscar trabajo más lejos; la guerra civil, con su afluencia de refugiados que habitaron de nuevo las casas ruinosas, y finalmente los primeros balbuceos de la invasión turística.
La casa de Gala, la nuestra, está en uno de los puntos más altos de la colina, a unos dos kilómetros del mar. Tiene la típica construcción de las viviendas coloniales y debió de ser construida por un indiano a finales del siglo pasado. Las terrazas cubiertas se abren al mar, sostenidas por arcadas. El tejado es rojo y el agua de las lluvias llega a la cisterna a través de los canalones de recogida. El portalón es grande, de madera maciza, y el zaguán fresco, amplio, de ladrillo.
Cada vez que entro en la casa siento la misma impresión que tuve hace diez años, el día que conocí a Gala. Mejor dicho: la noche que conocí a Gala. La noche que Gala entró en mi vida, o si se prefiere: la noche que yo entré en casa, en la vida de Gala.
—¿Vienes a desayunarte?
Se ha vestido. Yo aún estoy entre las sábanas. Percibo el olor a café que reanima el alma y la voz de Pura, que trastea en la cocina y habla —de lejos también— a Gala, sin esperar respuesta:
—Voy a cascar unas almendras en el patio.
De Pura no hay mucho que decir. Durante el verano hace las faenas de la casa. La mecánica no es su fuerte y no se entiende con los cascanueces. Ha de partir almendras y avellanas con una piedra, sobre las losas del patio trasero. A poco llega a mis oídos el ruido monótono y chasqueante de la piedra y de la cáscara.
—Ahora voy —contesto.
Y al fin salto de la cama.
Asomo la cabeza a la terraza. Me adelanto hacia las arcadas y me apoyo en la balaustrada. En pocos años ha cambiado el rostro de Sescalas. Esta casi irreconocible. Salvo el mar y la colina, que siempre son los mismos, apenas quedan espacios libres entre lo que antes eran las calas y el pueblo.
La casa, nuestra casa, está al final de la calle de los Coraleros y desemboca, bajando, en la Plaza Nueva. En la misma esquina se ha terminado de construir el Pleamar, uno de tantos hoteles de Sescalas. Los otros están en el paseo del Mar, que da a las playas, a continuación de las antiguas casas de pescadores, restauradas por el elemento forastero.
Frente a mí, a la izquierda del pinar, la Cala Dorada, la mayor de las tres y la más batida. Luego el macizo abrupto de Cap Salat, y entre éste y la quebrada de Cap Negre, la cala Freda, cerrada y profunda. Finalmente la Cala Bona, protegida del levante, la menos profunda y, por tanto, la preferida por las madres de familia. Allí va toda la chiquillería de Sescalas.
Me dejo La Caleta. Se encuentra a la derecha de Cala Dorada, separada de ésta por unos peñascos y el bosque de pinos. En la punta rocosa, Florián, el viejo ex alcalde de Sescalas, tiene su casa. Y casi al lado, pero en dirección a La Caleta está la de Lorenzo, el nieto de Florián. La civilización se ha detenido en La Caleta. Allí casi no hay playa y, por lo cerrada y pequeña, proliferan las algas. Florián tiene una casucha deshabitada. No hay camino para ir desde Cala Dorada a La Caleta y Florián va por mar, con la barca o con la motora. Desde la carretera hay acceso por un sendero de cabras, entre zarzales y pedruscos.
En la cabaña de La Caleta me he construido un refugio. Escribo lejos de todos, lejos de ruidos, de músicas, de amigos. Me he acostumbrado a esta soledad. A veces me voy, muy de mañana, y no regreso hasta las cuatro de la tarde. Otras, hago una pausa y acudo un rato a la tertulia del Roig, adonde van los pocos pescadores que aún quedan en Sescalas. La taberna del Roig está en la carretera, en la entrada de Sescalas, cerca del puente que cubre la torrentera y al lado del manantial.
Los brazos de Gala me envuelven. Ha venido a sorprenderme a la terraza y me estrecha por la espalda. Apoya fuertemente su mejilla contra mi hombro. Es casi tan alta como yo. Me oprime mientras dice:
—¿En qué piensas? ¿Por qué no bajas de una santa vez? Tienes el desayuno en la mesa.
Deshace su abrazo. La beso de nuevo.
—Pensaba en todo y en nada. Es un rato de ocio maravilloso. No creas que pierdo el tiempo. Por dentro voy trabajando, estructurando, dando forma a mis pensamientos.
—¿Cuándo vas a empezar?
Se refiere a mi novela. La segunda parte de Géminis. Confieso que tengo miedo y he ido retrasando el momento. Ahora estoy a punto. Tengo elaborado el esqueleto y recogido los datos. Sólo me falta ponerme a escribir. Pero no me gusta que me den prisas.
—No sé —contesto—. Escribir no depende únicamente del tiempo. He de centrarme un poco. Acabamos de llegar a Sescalas.
Gala enciende un cigarrillo. Es un ademán de defensa. Mientras lo enciende no responde, tiene tiempo de pensar en lo que va a decirme.
—Por supuesto. No quiero insistir. Y ahora, si no te importa ¿quieres venir a desayunarte?
Abajo, la voz de Pura nos reclama.
Estamos a fines de junio. La avalancha aún no ha empezado. Aún puede vivirse en Sescalas con cierta independencia. Aunque, la verdad sea dicha, Gala y yo siempre hemos sido independientes. Lo que ocurre es que nuestro círculo de amistades se ha ensanchado. Pero no hacemos la vida de los demás. De todos modos, en nada se parece nuestra vida a la que llevábamos hace diez años, cuando conocí a Gala a través de Rómulo.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto una vez terminado el desayuno.
—He de terminar con los últimos detalles de La Corraliza. Creo que llegarán a principios de julio.
La Corraliza también pertenece a Gala. Está separada de la casa por la última calle de Sescalas, la más empinada, y trazada sobre roca viva. Era el antiguo corral, el establo donde se guardaban el carro y las caballerías. Durante muchos años quedó deshabitada porque Gala dudaba entre conservarla o venderla. Aconsejada por mí, consolidó los muros, abrió ventanales, la acondicionó para vivienda y la alquila desde hace tres años a turistas o forasteros. La Corraliza tiene dos dormitorios y una habitación amplia que sirve de comedor y cuarto de estar. La pared de esta pieza es de roca. Durante algún tiempo luchamos para llamar La Corraliza de otro modo, pero al fin desistimos. Gala la había llamado así durante años y años y no podía habituarse al cambio. La Corraliza se alquila por cuatro meses, a veces cinco. Este año, según parece, la ha alquilado solamente por tres a un matrimonio de Barcelona.
—Pero ¿no está todo a punto?
Gala me mira con aire desaprobatorio.
—Lo principal, sí. Pero ya se sabe. Tengo que hacer el inventario y ver lo que falta. Cada inquilino rompe un cupo normal de enseres. Además, he de encargar la bombona de butano. No lo encuentro en el pueblo. Lo mejor será que Luis la traiga de Gerona.
Sescalas ha crecido, pero hay cosas que se han quedado estancadas. En caso de emergencia es difícil encontrar un fontanero, un electricista. Están todo el santo día empleados en los hoteles y cuesta convencerlos para que le arreglen a uno la tubería rota, la resistencia fundida, etc. Están desbordados de trabajo y no acuden más que suplicándoles. Aún así, tardan lo que pueden.
—Falta la bombona de butano —repite Gala— y las mil menudencias de todos los años. Pero voy a ocuparme en ello.
—¿No vienes a la playa?
—Claro. ¿Bajamos ahora?
Le digo que sí. Es pronto. Es la hora preferida por Gala. El sol está alto y no abochorna. El agua parece más limpia y hay menos gente en la playa.
—¿Te quedarás?
Afirmo de nuevo y pregunto:
—¿Quién te subirá al pueblo?
Porque los dos kilómetros de bajada se hacen volando, pero la subida es ruda y la solanera del retorno de aúpa. Hay autocares que hacen el servicio de las playas, pero no a cualquier hora.
—Veré si Luis baja a alguien y aprovecharé para subir en su coche.
Luis es andaluz. Cayó aquí, con los suyos, para ganarse la vida. Compró un coche que era pura chatarra, pero le fue bien. Lo cambió por uno nuevo al cabo de pocos años y hace el taxi con fortuna. Luis García pidió a Gala que apadrinara a su último nacido y este medio parentesco hace que las relaciones entre nosotros y el taxista sean buenas y cómodas. Ni Gala ni yo tenemos coche. No nos gusta conducir y además vivimos al día.
Tomamos la carretera y Gala me pregunta:
—¿Almorzarás conmigo?
Gala y yo discrepamos en pequeñas cosas y nos entendemos en las grandes. Digo al cabo del rato:
—Ya sabes que prefiero quedarme. Volveré a las cuatro.
—Bueno. De todos modos, si cambias de parecer ya lo sabes.
Nos bañamos en un pequeño recodo, al pie de la casa de Florián. El viejo está fuerte todavía. Vive solo en la casa donde hace años eran muchos. La mujer se le murió, los hijos se le fueron. Pero le queda Lorenzo, el nieto. Lorenzo vagabundea por Sescalas durante los tres meses de verano. Los otros se van a Gerona, con los padres. Lorenzo, nieto de pescador, tiene ribetes de señorito. Es un guapo muchacho de ojos claros, como Florián. Las extranjeras le vuelven loco, y viceversa. Los tres meses de verano son fructíferos en todos los sentidos. Florián le dejó la casa del pinar por prudencia y Lorenzo le saca partido. Casi todos los amores le dejan algún recuerdo y si las paredes de aquella casa hablasen, lo harían en casi todos los idiomas del mundo ultracivilizado. Hasta en el cuarto de baño hay recuerdos amorosos. Gala no siente especial simpatía por Lorenzo; en cambio, sí la siente por Florián. Dice que parece un patriarca.