Las dos caras de la luna (Spanish E

Elizabeth Bowman · Capítulo 1 de 19

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Las dos caras de la luna (Spanish E

Prólogo

Malbourey House,

Sur de Gales. 1806.

Olivia Middleton se desperezó con indolencia, asomando su radiante sonrisa entre la colcha de tulipanes escarlata y oro cuyos capullos reían abiertamente al sol.

Había gastado media tarde sin hacer nada, recostada bajo el tibio sol que en esas horas se derramaba sobre la campiña, mientras el apacible aroma de la naturaleza y los colores cálidos del atardecer, la transportaban casi hasta el punto de adormecerla.

Manteniendo los ojos entornados, los brazos abiertos formando una relajada cruz y las piernas dobladas a la altura de las rodillas, Livia sonrió al cielo, escarchado a esas horas en mil ronchas anaranjadas, mientras los pajarillos cantaban alegremente alrededor y se entretenían atusando con el pico sus plumajes.

¿Acaso podría existir mayor felicidad que ver las horas correr sin hacer otra cosa más que mirar al cielo y fantasear con la forma de las nubes?

¿Acaso no existía una secreta dicha en vivir sin tener que rendir cuentas a nadie, haciendo siempre lo que le viniera en gana, sin preocuparse por un mañana?

Todavía tumbada de espaldas, movió los brazos y las piernas arriba y abajo mientras gruñía de placer, adorando la forma en la que los tulipanes se doblegaban a su alrededor para ofrecerle un confortable lecho. Su sonrisa se entremezcló con el relajado eco de un suspiro. Sí, sin duda era una jovencita muy afortunada; aunque las cosas no siempre habían sido así.

Cuando sus padres fallecieron siendo Livia apenas una niña y Ada, la hermana mayor, una jovencita recién desperezada a los albores del mundo, su rigurosa abuela paterna se había visto obligada a hacerse cargo de ellas acogiéndolas en su residencia de Londres; no sin una apatía y un desagrado evidentes y nada disimulados que la egregia dama exteriorizaba en forma de indiferencia, crueldad y marcado desdén hacia sus jóvenes nietas.

Era probable que Livia sufriera en menor medida los desprecios y humillaciones de su abuela, pues ambas eran muy parecidas en lo que a perfidia y soberbia se refiere. Y la anciana, que solo sabía mirar a través de

los perspicaces ojos del mal, enseguida se percató de ello. ¿Cómo no percatarse, si Livia en realidad tampoco se esforzaba en disimular su malicia? ¿Acaso mostró un ápice de culpabilidad cuando los sirvientes la descubrieron horrorizados, cierta tarde, sentada sobre sus rodillas, tijera en mano, cortando tranquilamente en largas tiras el vestido nuevo de su hermana, solo porque no quería que Ada estrenara ninguna prenda si ella no tenía nada para estrenar? ¿Acaso ofreció alguna otra justificación, aparte de su sonrisa siniestra y las chiribitas brillando en sus ojos, cuando arrojó al fuego la muñeca favorita de Ada solo porque esta no le permitió jugar con ella? Y mientras la muñeca ardía entre chasquidos y Ada lloraba a voz en grito, la sonrisa de Livia no podría haber sido más triunfal ni menos maliciosa. Si ella no podía jugar con aquella muñeca, nadie más podría hacerlo, pensaba.

Conforme pasaron los meses, la abuela Middleton llegó a formar una especie de extraña coalición con la pequeña, concediéndole a la niña privilegios inimaginables para la mayor de las hermanas— y para cualquier criatura con dos dedos de frente y un mínimo de sensatez, en realidad— con el propósito de ganársela, llevársela a su terreno y seguramente hacer de ella un calco de sí misma. No importaba que los caprichos de la pequeña fueran desorbitados y, procediendo de Livia, sin duda lo eran, pues cuanto más enrevesados eran sus deseos, mayor placer encontraba su abuela en satisfacerlos. Y cuanto más cruel se mostrara la pequeña con la servidumbre, con su propia hermana y con el mundo en general, mayor satisfacción encontraba la abuela ante una instrucción bien hecha.

Era obvio que la anciana, que a pesar de su clase privilegiada había vivido sola y olvidada por su familia gran parte de su vida, liberaba sus propias frustraciones a través de la pequeña. Muy posiblemente veía en Livia una acertada prolongación de sí misma; una pupila perfecta y aplicada a la que, en base a la buena materia prima que ya de por sí disponía, resultaría muy sencillo instruir, pues la menor de las Middleton ya mostraba dotes para acabar convirtiéndose en una auténtica doncella de hielo, en una dura esfinge de indiferencia muy parecida a lo que hoy era su propia abuela.

Y la anciana era muy consciente de ello. Con la niña podría culminar la obra inconclusa en su estúpido y bonachón hijo, ahora fallecido, y encauzarla por el mismo camino por el que ella se había conducido tiempo atrás, esta vez con su propia experiencia como aval.

Egoísta, respondona, egocéntrica y perversa; a buen seguro y de no haber sucedido las cosas tal y como sucedieron después, Olivia acabaría convirtiéndose en su más digna sucesora.

Pero sucedió que Ada, que por aquel entonces acababa de convertirse en una adorable florecilla de veinte años, fue presentada al augusto señor Bonneville de Malbourey House durante el transcurso de un baile, surgiendo entre ellos una atracción tan inmediata que el caballero no demoró su propuesta de matrimonio a la mayor de las Middleton más que unas cuantas semanas. El joven y enamorado caballero no dudó en ofrecerle tanto su hogar como su corazón servidos en bandeja de plata, aderezados ambos con una devoción y un entusiasmo dignos de consideración.

Por supuesto, Ada jamás hubiera barajado siquiera la posibilidad de iniciar una nueva vida dejando a su hermana menor a merced de su inclemente abuela.

Confiando que la dureza innata de la niña se viera aplacada hasta el punto de desaparecer por completo lejos de una influencia tan negativa, se apresuró a arrancarla de las fauces de su severa maestra, rezando para que el afecto y el calor de su nuevo hogar la convirtieran en una joven dócil y recuperable.

Livia no se hizo mucho de rogar; en realidad no sentía el menor aprecio por su abuela y lo único que le importaba era llevar una vida de lujo y esplendor, tanto le daba que esa vida transcurriera en Londres como en un pueblecito al sur de Gales.

Por ello, junto a los baúles y demás pertenencias de la reciente señora Bonneville, llegaron a la mansión en suntuoso carruaje tanto los bucles dorados como los enormes ojos azules de una niña delgaducha, de aspecto curioso y carácter rebelde. Y alma brumosa.

Con el correr de los años, convertida en la princesa mimada de la mansión, Livia continuó fraguando su verdadero carácter. No ayudó el hecho de que en su nuevo hogar siguieran consintiéndola en todos sus caprichos, haciendo oídos sordos a sus berrinches y la vista gorda a sus desmanes. Muy al contrario; la populosa posición de su cuñado y la abundancia de sus arcas, acabaron por convertirla en una criatura mucho más frívola, malvada y egoísta de lo que había sido durante la niñez.

Su rostro aparentemente angelical conseguía hacerse perdonar a menudo; y con una caída de pestañas oportuna y una sonrisa fingida después, lograba

disimular el ser perverso y mezquino que dormía en su interior y así engañar a todo el mundo.

De belleza agradable, (a pesar de su nariz larga y afilada, tan afilada quizás como su propia lengua) inteligencia vivaz y sustanciosa dote, la joven no contaba con ninguna amiga fuera de la mansión. De hecho no existía ni una joven en la sociedad de Gales que la considerara aceptable en su trato. Todas la miraban con recelo, tal vez con precaución, muchas veces con envidia, conscientes de que relacionarse con aquella criatura era tan peligroso como meter la mano en la boca de una piraña hambrienta. ¿Quién querría arriesgarse, cuando muchas debutantes habían sido víctimas de su lengua mordaz y de sus zancadillas durante el transcurso de un baile?

La mayoría de las damas eran conscientes de que acercarse a ella suponía arriesgarse a conocer y sufrir en propias carnes su malicia. La mayoría de los caballeros, no estaban seguros de que su dote fuera aliciente suficiente como para lidiar con tan salvaje criatura.

No obstante, existía una muchacha que la toleraba hasta el punto de llegar a apreciarla. Se trataba de Jane, la humilde hija del capataz de Malbourey, a quien Livia soportaba a su lado a falta de otra cosa mejor y ante la certeza de que aquella insignificante muchacha jamás podría llegar a hacerle sombra. La amistad para Livia solo podía tener lugar si conseguía sentirse superior a quienes deseaban considerarse sus amigos; y no solo le bastaba con sentirse superior a ellos, sino que debía manifestar su supremacía a cada segundo, resaltando a su vez la inferioridad de los demás hasta el punto de ridiculizarlos fríamente.

Y sí, con el tiempo era posible que incluso llegara a sentir algún extraño afecto por Jane. Puede que el mismo afecto que los vanidosos niños de alta cuna sienten hacia cualquiera de sus mascotas, a las que consideran de su propiedad y a su libre disposición.

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Un silbido que un jilguero tomaría por suyo, pero que Livia sabía a la perfección que procedía del labio humano, captó de inmediato la atención de la joven.

Sabía perfectamente quién era el pájaro cantor y el significado que tenía su cántico. Por algo durante años aquella melodía había sido usada como contraseña secreta entre los dos.

Se levantó de un salto, adornando su rostro con una amplia sonrisa triunfal. No hacía falta buscar demasiado, tan solo bastaba seguir la melodía y…

A escasa distancia del lugar donde había permanecido recostada y en la parte posterior de los establos, frente a la embocadura de las caballerizas, dos hombres se afanaban en cargar en una carreta el estiércol generado por los caballos. Ambos hombres aparecían completamente mugrientos y bañados en sudor, lucían el torso descubierto y las mangas de sus camisas arremangadas con tosquedad por encima del codo. Uno de ellos, sin duda el más joven y fornido de los dos, parecía haber descuidado unos minutos su labor para apoyarse sobre su horquillo y lanzar al aire, con gesto distraído, una sencilla melodía de cuatro notas.

Por supuesto que no se había equivocado. Nunca se equivocaba. Allí estaba. Pero el muy idiota no se encontraba solo e igualmente se había atrevido a silbar la contraseña secreta. La sonrisa triunfal de Livia fue poco a poco desdibujándose hasta convertirse en una extraña mueca. ¿Cómo se atrevía a silbar su canción en presencia de otro sirviente? ¿Cómo se atrevía a exponerla de ese modo?

Arrugó la nariz y apretó los puños a los costados. Ahora el acre olor del excremento llegaba en volandas hasta ella y, por culpa de aquel estúpido, estaba siendo consciente de ello. Demasiado consciente, a decir verdad.

Además, el muy cretino miraba fijamente hacia el lugar donde Livia descansaba; como si de algún modo hubiera intuido su presencia, como si de algún modo albergara la secreta esperanza de que ella debiera mostrarse ante él. ¿Mostrarse ante él? ¿Delante de otro miserable sirviente?

Alzó la barbilla con arrogancia y, entornando los ojos, regaló al hombre una mirada digna del soberano que, mostrando una encomiable generosidad, perdona la vida al más miserable de sus súbditos. En realidad,

en aquel momento hubiera preferido salvar en dos zancadas la distancia que los separaba y arrearle un buen pescozón.

Sin embargo, optó por arremangarse las faldas y echar a andar hacia la mansión con la única satisfacción de saber que los ojos del hombre la seguirían hasta que su figura se perdiera de vista en la lejanía.

—Deberías decirle algo, hombre, o cualquier día de estos se te caerán los ojos de la cara mientras la miras… —el segundo hombre, pelirrojo, de prominente estómago y abundantes barbas, apoyando también ambas manos sobre el mango de su horquillo, aprovechó aquel breve segundo de abstracción por parte de su compañero para burlarse descaradamente de él.

—¡Cállate, O’Sullivan! —Rugió el aludido, despertando de golpe de su ensimismamiento, para lanzar una mirada furibunda a su interlocutor—.

¡Deberías cuidarte de meterte en tus asuntos y olvidarte de aquellos que no te conciernen! —Y reanudó su trabajo con mayor ahínco y el ceño fruncido, hundiendo con inusitada furia su horca y su dignidad en la humeante pila de estiércol.

El pelirrojo chasqueó la lengua, divertido.

—Eres un auténtico necio, Jack Payton, si te crees capaz de disimular tu fascinación por la señorita Middleton —ahora se reía abiertamente de su compañero—. Al menos, si tu intención es pasar desapercibido, deberías aprender a disfrazar un poco mejor tus emociones… ¡has dejado todo esto perdido de babas!

— No sé de qué diablos estás hablando…

— ¡Si vieras la cara de bobo que se te queda cada vez que la miras! —

siguió pinchando el otro, ignorando tal vez el borboteo furioso en el interior de su compañero.

—Deberías dejar de beber en horas de trabajo o conseguirás que te echen

—Jack ni siquiera miraba al irlandés, sino que se esforzaba en ignorar las palabras de aquel imbécil y concentrarse en el estiércol, de donde nunca debió haber apartado la vista.

—Sabes muy bien de lo que estoy hablando: besas el suelo que pisa Olivia Middleton. ¿Crees que no se te nota? ¿Crees que ella no lo nota?

Jack chasqueó la lengua y clavó su horquillo en la pila, enderezándose muy despacio. ¿Lo notaría? ¿Sería Livia consciente de sus sentimientos?

¡Dios no lo quisiera! De lo contrario, haría mofa de ellos sin la menor consideración. Conociéndola como la conocía, sabía que era capaz de arrancarle el corazón del pecho y usarlo como felpudo durante el resto de su

vida. Por supuesto, después de clavar en él su dentadura perfecta. Pero no, él nunca le había dejado entrever sus sentimientos. Aunque ella llevara años divirtiéndose a su costa, años provocándolo sin piedad, años jugando con su corazón y haciendo escarnio de él.

—¿Cómo te atreves a hablar de ese modo de la señorita Middleton?

¡Deberías lavarte la boca para hablar de ella!

El otro resopló divertido.

—¿Y eso me lo dices tú, que la devoras con los ojos? ¿Cuántas veces la habrás despojado de su vestido con la mirada?

—¡Cállate, maldito! —Apretó los dientes y los puños. Acto seguido inclinó la mirada y su voz adquirió un matiz desolado—.Yo jamás osaría...

—¡Vamos hombre, si la mirabas como un perrito faldero mientras se dirigía a la casa! — Jack se mordió la lengua. Definitivamente había sido un desatino silbar aquella canción en presencia de aquel idiota irlandés—.

¿Y acaso su condición la hace diferente de cualquier otra mujer? — O

‘Sullivan chasqueó la lengua mientras reanudaba su trabajo—. Una vez desprendidas de sus enaguas todas son iguales, Jack. Tu señorita Middleton no es mejor que Betty, la lavandera, o que Ingrid, la hija del lechero, e incluso que cualquiera de las rameras del pueblo. Puede que sus calzones sean de seda, pero lo que esconde entre sus piernas es igual en unas que en otras —los ojos del hombre brillaron con lujuria—. Aunque en el caso de Olivia Middleton y, teniendo en cuenta su temperamento, apostaría a que bajo sus calzones esconde un volcán a punto de entrar en erupción.

Las mandíbulas de Jack se tensaron al compás de las grotescas risotadas de su compañero. Alzó la mirada y la clavó con saña en el rostro colorado, peludo y sudoroso. Aquel irlandés imbécil merecía que le partiera la boca por hablar tan a la ligera y con tan poco respeto de Olivia. De su Olivia.

—¡Cierra esa sucia bocaza, O ‘Sullivan, o de lo contrario…! —rugió, alzando un puño y blandiéndolo en el aire.

—¡Pero si estoy hablando en tu favor! —siguió el otro—. Todos sabemos que acaban casándose con marqueses y duques, pero a la hora de pasar un buen rato, poco les importa que lleves o no lleves cravat1, mientras seas capaz de hacerles gozar en el lecho. Es más, la mayoría prefieren iniciarse con un hombre de verdad antes de acabar debajo de uno de esos estirados que no son capaces ni de encontrársela bajos los pantalones — las risotadas del pelirrojo habían alcanzado el punto de carcajada—, hazte un favor y

dale un buen revolcón, ¿no ves que lo está deseando? Si no lo haces tú, lo hará cualquier otro.

Aquello ya era pasarse de la raya. Jack avanzó hacia su interlocutor con las llamas del mismísimo averno refulgiendo en la mirada. Una vez delante del irlandés, descargó con violencia su puño, que en tales circunstancias resultaba poco menos destructivo que una maza de hierro, sobre el pecho de éste para empotrarlo contra la pared del cobertizo. El cuerpo de O ‘Sullivan impactó contra el muro con un sonido sordo y ahogado, y las risas que hasta el momento llenaban el aire cesaron con brusquedad. Aferrándolo por la pechera de la camisa, Jack se dejó caer con todo el peso de su cuerpo encima del irlandés, ocultándolo por completo bajo su envergadura.

—¡Voy a arrancarte la lengua de cuajo, maldito estúpido! —siseó arrastrando las palabras, fulminando a su compañero con la mirada mientras derramaba su aliento sobre el contraído rostro de éste—. ¡Jamás! ¿Me oyes?

¡Jamás vuelvas a hablar de la señorita Middleton con tan poco respeto! ¡Y

jamás la compares con una de tus fulanas! — propinándole un último empujón que sacudió de arriba abajo las entrañas del hombre, se apartó de él dándole la espalda, mientras intentaba contener la bestia que rugía en su interior. Una bestia que bramaba y se volvía loca cada vez que Olivia salía a relucir.

El agredido cuadró los hombros para concederse un mínimo de dignidad.

Su rostro permanecía lívido y en su pecho enrojecido aparecía perfectamente visible la marca de un puño inmenso. Se obligó a tomar aire antes de hablar, aunque el pecho le doliera al tratar de recomponer la respiración.

—Yo seré un estúpido pero tú no eres más que un cobarde que observa la batalla desde la retaguardia por temor a ser alcanzado por el enemigo.

¡Sigue mirándola a hurtadillas y babeando por ella, sigue así y verás lo bien que te va!

Ignorando sus palabras, Jack se alejó a grandes zancadas para perderse bajo los cobertizos.

—¡Me das pena, Jack Payton, mucha pena!

En el pecho de Jack el corazón golpeaba como un engranaje estropeado al que la cruda realidad torturara impíamente una vez más.

“¿Qué otra cosa podría hacer más que observar? Observarla eternamente, como a esa luna preciosa e inalcanzable a la que adorar todas las noches desde la distancia. Ella. Su diosa de proporciones

perfectas, blanca como la propia Selene, tan magnífica en su hiriente hermosura que la misma reina de la noche estrellada sentiría celos de ella si pudiera manifestarse. Ella. Coronada de rizos dorados, en posesión de dos enormes zafiros engarzados en un rostro de porcelana, dos joyas avispadas y vivaces que conseguían volverlo loco cada vez que se dignaban a fijarse en él; delicada, fina, ligera como si hubiera sido hecha de bruma… así era su bella Olivia.”

En la intimidad del establo, entre los claroscuros de la estancia y bajo la atenta mirada de los caballos que observaban desde sus caballerizas, descargó un puñetazo contra uno de los pilares de madera. Un gruñido gutural resonó por todo el local.

“Ella es la señorita de Malbourey mientras que yo no soy más que un vulgar, sucio e insignificante mozo de cuadra. No puede haber bajo las estrellas dos almas que se compenetren peor ni menos destinadas a encontrarse.”

Se llevó una mano a los ojos para tratar de arrastrar el dolor que habitada en ellos.

“Jamás estará a mi alcance”.

*****

—¿Has conseguido trasplantar con éxito tus rosales, querida? —preguntó Ada a su hermana cuando ésta irrumpió en la sala de estar luciendo manchas visibles de tierra y verdín en su guardapolvo. Y el pelo revuelto y desprendido de sus horquillas, y las mejillas acaloradas, y los bajos del vestido echados a perder y…

Livia cruzó la estancia como una exhalación, ignorando a su hermana, que releía una de sus novelas favoritas sentada cómodamente junto al fuego. Al alcanzar la amplia cristalera, se sentó de medio lado sobre el alféizar, cruzó los brazos con firmeza sobre el pecho y buscó algo con detenimiento en el exterior.

¿Los rosales? ¿Si había trasplantado los…? ¿Quién podía pensar en los malditos rosales cuando la única imagen que perduraba en su cabeza, como si hubiera sido cosida a mala fe al interior de sus párpados, era la de Jack y su magnífico torso expuesto y sudoroso? Jack y su largo cabello suelto cayendo en gruesos mechones a ambos lados de su rostro…

—Lo hice a primera hora de la tarde —manifestó con desinterés.

—¿Y dónde has estado hasta ahora?

Livia se encogió de hombros y, con un marcado ceño fruncido, evidenció el fastidio que le suponía aquel interrogatorio. ¿Es que Ada no era capaz de comprender que estaba ocupada buscando a…?

—Descansando.

—Haciendo el vago —corrigió su hermana. Por toda respuesta, Livia hizo un mohín—. No deberías pasar tanto tiempo ociosa, Livia querida, no es bueno para una señorita de tu edad gastar sus días sin hacer nada de provecho.

Livia hizo mofa de ella moviendo los labios y meneando la cabeza en una cómica imitación de su regañina. Finalmente puso los ojos en blanco y suspiró.

—No he desaprovechado la tarde, Ada —comentó con retintín—, a primera hora he trasplantado mis rosales.

Ada cerró el libro sobre el regazo y dejó escapar el aire muy lentamente entre los labios. Discutir con Livia era como chocar de frente contra un muro de insensatez y obstinación y por su vida que jamás había conocido un alma con unas cualidades tan marcadas. Y contumaces.

—Estoy deseando verlos, seguro que forman un delicioso bouquet 2junto al enrejado — concedió. Y luego, en un tono claramente conciliador—, siempre se te han dado bien las plantas.

Y era cierto. A Dios gracias, Livia parecía encontrar momentos de calma y evasión en la jardinería, y practicarla de vez en cuando ayudaba a mantener a raya el mal genio que guardaba dentro.

—Si tú lo dices —murmuró mientras escudriñaba con detenimiento a través de la ventana. Desde allí la visión de los establos y de los dos trabajadores debería ser perfecta, y sin embargo era incapaz de distinguir sobre la pila de estiércol al único de los empleados al que deseaba ver.

Sacudió la cabeza con fastidio.

—¿Buscas a alguien?

Sorprendida en su debilidad, apartó la mirada de la ventana para pasearla con nerviosismo por la habitación y repasar en un único movimiento el trenzado de la alfombra y los tapices de la pared, pasando por los artesones del techo y la lustrosa madera del suelo.

—¿A quién podría buscar? —preguntó encogiéndose de hombros y obviando el rubor de sus mejillas. ¡ Desde luego no debería buscar al idiota de Jack! ¡En realidad, no debería malgastar ni un minuto de mi tiempo en

él! Exhaló ruidosamente. Estaba claro que tenía que cambiar de tema y de pensamientos cuanto antes—. ¿Y el señor Bonneville? ¿Todavía no ha regresado?

Ada suspiró.

—Me temo que no. Últimamente se encuentra demasiado ocupado dejándose seducir por esa locura de la mina y los raíles de acero —puso los ojos en blanco e hizo rodar un dedo sobre la sien.

Livia esbozó una sonrisa indiferente. Por el rabillo del ojo dirigió una última mirada al exterior. ¿Dónde se había metido aquel idiota?

—Esto empieza a resultar realmente cansino, querida —continuó Ada, que parecía sentir la imperiosa necesidad de desahogarse con alguien—.

Estoy un poco aburrida de tanto oír hablar de minas, de las fundiciones de los valles del sur, del maldito carbón o de los ambiciosos ingleses que desean levantar sus fábricas en Merthyr Tydfil.

Livia arqueó una ceja. ¿Y qué diablos le importaba a ella todo aquello?

¿Acaso debía prestar atención a la perorata de su hermana y obviar sus propias preocupaciones? ¿Debía mirarla, fingir interés y asentir de vez en cuando para confirmarlo? ¿Acaso tenía la obligación moral de hacerlo? Se mordió el labio inferior con saña. La tenía. Y era obvio que Ada no pensaba callarse hasta desenrollar todo su carrete dialéctico. ¡Resignación! O, de lo contrario, haberse comportado como una chica lista y correr a refugiarse a su alcoba en lugar de exponerse a las aburridas charlas de su hermana.

—¿Pero es en serio? —resopló aburrida—. Tenía entendido que el señor Bonneville jamás se había sentido atraído por la minería; es decir, sabía que los antepasados de tu esposo habían explotado estas montañas y que buena parte de los hombres de Merthyr trabajaron en la vieja mina de los Bonneville durante años. Pero también creía que, tras el fallecimiento de su padre, la había clausurado y renunciado a su aprovechamiento.

Ada se animó, satisfecha de disponer de la atención de su hermana al menos por una vez. ¡Resultaba tan inédito!

—¡Y así era! Pierce nunca quiso involucrarse en la explotación minera y decidió optar por una vida tranquila, sin complicaciones. Decía que los negocios no eran para él y que no necesitaba más que las rentas que le reportaban sus tierras para vivir con desahogo —Ada recuperó el aire después de soltar todo aquel discurso de carrerilla—. Hasta que alguien en mala hora le ha llenado la cabeza de fábulas, insinuándole que los filones de

esta propiedad son un tesoro en bruto capaz de devolver a Malbourey la vieja gloria de antaño.

—¡Vaya —silbó Livia—, desconocía que Malbourey hubiera perdido su gloria! ¿Cuándo ha sucedido y cómo no nos hemos enterado?

Ada elevó los hombros con resignación.

—Pues ya ves, al parecer necesita un poco más de lustre—. Se quedó pensativa un segundo para, a continuación, jadear con escepticismo—. ¡Y

ahora parece que mi señor Bonneville desea asumir con urgencia su nuevo rol de empresario emprendedor y sacarle brillo personalmente! ¡Jamás supuse que pudiera sentirse tentado por tal asunto!

Livia suspiró y escudriñó de nuevo en la lejanía, pero allí solo se encontraba aquel gordo y estúpido irlandés zanganeando con su horquillo.

¿Dónde diablos se había metido Jack?

—Es el progreso, Ada querida y, mal que nos pese, estamos condenadas a aceptarlo. En algún periódico he leído que esto que parece volver loca a Gran Bretaña y a sus caballeros, se le conoce como revolución industrial.

—¿Revolución? —Jadeó—, yo diría más bien que se trata de la excentricidad de cuatro lunáticos que pretenden transformar el agua en brandy. ¡Tantas fábricas, tantas máquinas…! ¿Acaso unos cuantos vagones conseguirán hacer más cómoda nuestra vida en Malbourey? —se llevó dos dedos al puente de la nariz y apretó con fuerza, cerrando los ojos. Livia entornó los suyos. Desde luego que esos estúpidos vagones no influirían para nada en su vida. ¡En esos momentos le importaban un comino los vagones, los raíles, la Revolución y el resto del mundo, en realidad!

—Pues no te quedará más remedio que aceptarlo, hermanita. Los periódicos dicen que el progreso marcha imparable por nuestra isla, como un monstruo que desliza sus tentáculos por todas partes, haciendo que los hombres olviden las pequeñas cosas de la vida y se entreguen a las modernidades.

—¡Los periódicos, los periódicos que todo lo saben…! ¡Por eso prefiero leer al señor Richardson! —protestó, recuperando el libro del regazo y agitándolo en el aire.

Livia se llevó las manos al talle y exhaló, aprovechando para levantarse de un salto. Tanto su paciencia como su nivel de empatía habían alcanzado la cuota soportable. No tenía necesidad, ni ganas, de seguir aguantando las bobadas de su hermana ni un solo segundo más. Además, jamás se le había

dado bien escuchar los problemas de los demás. Mientras no le afectara directamente, nada ajeno a su persona podría perturbar su paz mental.

—No le des tanta importancia y permite que tu esposo juegue con su vieja mina hasta que se canse. ¿Qué más te da? —Chasqueó la lengua—. Tú seguirás bordando, leyendo tus novelas favoritas y asistiendo a esos estúpidos bailes y reuniones como si nada, así que ¿qué hay de malo en que el señor Bonneville gaste su tiempo en esa vieja montaña? ¡Déjale en paz!

Ada abrió unos ojos como platos. ¿Acaso Livia la estaba sermoneando?

—No sabes lo que dices… ¿acaso eres consciente del estado en el que se encuentran esas minas? ¡Llevan años clausuradas, Livia, son un peligro para cualquiera que se acerque a ellas…! —Livia alzó una mano en el aire, dando a entender que ya no estaba dispuesta a escuchar más del tema, y se dirigió hacia la puerta, cruzando arrolladora delante de Ada—. Estoy segura de que en cuanto me descuide un poco, él mismo sería capaz de adentrarse a explorar por su cuenta; si no lo ha hecho ya.

Livia jadeó y sus palabras sonaron a continuación en un registro bajo y sombrío.

—¡Por mí puede meterse allí y llevarse consigo a un estúpido que yo me sé! —y cruzó el umbral para desaparecer entre los claroscuros del corredor.

Ada, que no había escuchado el comentario de Livia, se dejó caer resignada contra el respaldo de su sillón.

—¡Y yo que creía que estar casada con un caballero íntegro me mantendría a salvo de ese monstruo llamado progreso! —murmuró a media voz.

Pero por más que su esposa se resistiera a creerlo, Pierce Bonneville no se encontraba en modo alguno a salvo de sucumbir, como tantos otros británicos, ante la creciente y tentadora vorágine de cambios que inundaba el país y que parecía haber tomado forma especialmente en el sudeste de Gales. La mentalidad de los burgueses estaba cambiando y liberalizándose a pasos agigantados, y no existía ya un solo terrateniente en toda la Isla que consintiera en vivir ajeno a las ideas de cuatro visionarios que auguraban una mejora en el modo de vida del pueblo británico. Muchas zonas de Gales se estaban industrializando, grandes oleadas de inmigrantes llegaban de todas partes para asentarse en los pueblos del sur, numerosas fundiciones extendían sus brazos hacia el oeste y el interior de la nación expandiéndose como una plaga imparable a la que los prohombres veían avanzar con deleite. Todo estaba cambiando y los caballeros más pudientes de la nación,

o al menos aquellos con mayor visión de futuro, parecían muy dispuestos a recibir tales cambios con los brazos, y las arcas, abiertos de par en par.

*****

Livia cerró la puerta de su alcoba de un sonoro portazo, cruzó la estancia en cinco amplias zancadas y se sentó de golpe, en un gesto que denotaba indignación, hastío e inmadurez, frente al adornado tocador de palisandro, para fingir recolocarse el peinado. Una vez frente al espejo ovalado bufó, sin dejar de marcar con los dedos en un tic nervioso los caracolillos dorados que caían a ambos lados de su rostro. ¿Quién se había creído que era aquel idiota para silbar su contraseña secreta en presencia de otro sirviente?

¿Acaso no estaba más que avisado?

“No se te ocurra jamás ponerme en evidencia en presencia de los demás, Jack, o de lo contrario te arrepentirás, le había dicho tantas veces que ahora no podía creer que aquel bobo hiciera oídos sordos a su advertencia; nadie debe saber que somos amigos, ¿lo entiendes, verdad? O, de lo contrario, mi reputación sufriría un fuerte revés. Tú solo eres un mozo de cuadra y no tienes nada que perder, al contrario, pero yo me rebajaría hasta el mismísimo fango si alguien me relacionara contigo. No me comprometas, no me pongas en evidencia, y todo irá bien.”

Y sin embargo, hoy la había desafiado. Había silbado su melodía secreta en presencia de aquel irlandés borracho, provocando que saliera confiada de su escondite para mostrarse ante él. ¡Ante los dos!

Apretó los labios y frunció el ceño. Semejante osadía iba a salirle muy cara. Lo castigaría por su insolencia, le daría un escarmiento que le dolería el tiempo suficiente como para hacer acto de contrición y expiar sus pecados. ¿Quién se había creído Jack Payton que era para actuar por su cuenta? ¡Lo castigaría, por su vida que sí, y sabía perfectamente cómo hacerlo!

*****

Al contrario que los otros mozos y trabajadores de la finca, Jack no dormía en el edificio de una planta destinado a los empleados, situado entre

los árboles, a cierta distancia de la Casa Grande.

Él había optado por acondicionar el altillo sobre los establos convirtiéndolo en su parcela personal. En realidad, la única que poseía en el mundo.

Lo prefería así. Allí al menos gozaba de cierta intimidad, podía estar solo sin verse en la necesidad de justificar ante los demás su comportamiento sombrío y taciturno o sus frustraciones, que cada vez eran mayores; y tampoco tenía que soportar la cháchara inservible de los otros. En realidad, no se llevaba bien con el resto del mundo, o mejor dicho, era consciente de que el resto del mundo estaba ahí, pero no quería molestarse siquiera en considerar su presencia. Desde niño había aprendido a sacar provecho al dicho de vive y deja vivir. Y mientras le dejaran en paz y respetaran su forma de vida, todo iría bien.

Además, había aprendido a convivir con los sonidos que producían los animales, así como con ese olor a sudor de caballo que le encantaba, a heno fresco, cuero, madera y paja, llegando a convertirse en algo familiar, incluso necesario y querido, en su día a día.

Se liberó de la camisa arrojándola sobre el camastro. Olía a cuadra, pero todavía debía servir durante lo que quedaba de semana, puesto que no tenía otra muda limpia. Las lavanderas no aceptarían de buen grado lavar la ropa de uno de los empleados del campo entre semana. ¿Acaso te crees un señor?, le habían dicho la última vez. Y tampoco las culpaba. Lavar en aquellas enormes tinajas de latón sumergiendo sus manos en agua helada y litros y litros de sosa no podía ser bueno para nadie.

¿Qué más daba oler a boñiga día arriba día abajo? ¿Acaso se esperaba otra cosa de un mozo de cuadra?

Hundió los antebrazos en la jofaina y se aseó a conciencia. Los músculos de la espalda se revelaron en todo su esplendor, anunciando unas dimensiones formidables. Estaba claro que aquel cuerpo de anchurosa espalda, piel curtida por el sol y brazos hinchados y firmes, había sido concebido para realizar los trabajos más duros y desagradecidos. Y no para otra cosa.

Cuando terminó de asearse, peinó hacia atrás con las manos la melena que caía sobre sus hombros, se acercó al estante instalado sobre la cabecera de la cama y prendió la lámpara. Al instante, la modesta habitación emergió ante sus ojos. Una silla, una mesa, su viejo abrigo colgado en una percha…

nada de valor. ¿Qué podría poseer de valor un miserable mozo?

Se acercó al tragaluz que el tejado abuhardillado situaba a la altura de su rostro y buscó en la noche la mansión. La impresionante mole gris apareció a cierta distancia ante sus ojos, adornada con decenas de antorchas que le conferían a su fachada un aspecto fantasmagórico y majestuoso. Livia estaría allí. La princesa en su jaula de oro. Apretó los puños y suspiró. Y a esas horas sería una princesa muy enfadada. Lo sabía por la mirada desafiante que le había dirigido esa tarde o por la forma en cómo abandonó el jardín para dirigirse al trote hacia la Casa. Igual que una potrilla salvaje e indomable, lo que realmente era. Esbozó una media sonrisa. Había tenido suerte de que no le soltara una coz durante el proceso.

Se llevó una mano a la nuca y presionó al tiempo que, parpadeando por culpa del cansancio, trataba de enfocar en la oscuridad. Ojalá la distancia no fuera tanta y pudiera espiarla a través de las enormes cristaleras. Siempre lo había hecho. Su existencia se limitaba a espiar a Olivia Midleton y contentarse con las migajas que ella tenía a bien concederle. Y esas migajas suponían su vida entera. Suspiró. Ojalá pudiera verla ahora mismo.

Observar qué hacía. Contemplar esos labios fruncidos en un caprichoso mohín, o esa arruguita del entrecejo evidenciando su disgusto. Incluso disgustada, era la criatura más hermosa bajo las estrellas. Suspiró de nuevo.

Sabía que había sido un error silbar su canción en presencia de otro sirviente; se lo tenía estrictamente prohibido. Y aquel fallo sería utilizado como excusa para amonestarle y castigarle durante el tiempo que ella considerara oportuno. No podía ser de otro modo: ella se avergonzaba de él.

Livia, su adorada Livia, se avergonzaba de él.

Jadeó. ¿Y cómo no hacerlo? No existían bajo las estrellas dos almas más dispares, ni criatura menos dispuesta a combatir todo el rato. Siempre burlándose, siempre provocándole, siempre riéndose de él y apuñalándole el alma. Nunca se cansaba.

Estaba claro que no existía un mundo en el que ellos dos pudieran convivir en armonía.

¿Convivir con Livia? Esbozó una sonrisa cáustica.

Estúpido, no tienes ningún derecho a pensar siquiera en algo así, se dijo,

¡ ninguno!

Y se apartó del tragaluz.

*****

El señor de Malbourey hizo al fin su aparición horas más tarde en la sala de té, acompañado de Horatio Gibbs, administrador de la propiedad y hombre de confianza del caballero.

Algo se traen entre manos, pensaron al unísono las damas; y por si tal suposición no resultara acertada, el efusivo brindis y las risas descubiertas con que ambos parecían celebrar algún asunto desconocido, las pusieron sobre aviso.

Ada no pudo evitar sentir un escalofrío. Ya había dejado claro que detestaba los cambios, las quimeras y las promesas inciertas que no disponían de una consecución segura. No le gustaba el riesgo, sobre todo si lo que estaba en juego era la seguridad de su familia. Y el hecho de que su propio esposo pusiera en juego el futuro de las arcas familiares adentrándose en un mundo del que no tenía ni la menor idea o experiencia, le preocupaba bastante.

Por su parte, el único escalofrío capaz de sorprender a Livia sería consecuencia de alguna corriente aislada de aire. A Livia no le importaba nada más allá de sus narices, por lo que los tratos de su cuñado con el administrador le traían bastante sin cuidado.

—Esta noche contaremos con un invitado especial en nuestra mesa, querida —anunció Pierce Bonneville a Ada en un momento de la velada, tras dar buena cuenta de su segunda copa de brandy.

Ada arqueó una ceja mientras Livia, sentada en un rincón ante una cuidada máquina de madera barnizada, se esforzaba por hilar con las manos. En vano. Livia no poseía el menor talento para ninguna tarea doméstica más allá de la jardinería. Ni bordado, ni pintura, ni decoración de mesas, y mucho menos de pantallas de chimenea. Y el desatinado balanceo de su cuerpo y los abundantes chasquidos de su lengua, así lo evidenciaban.

—¿Y se puede saber de quién se trata?

—No creo que hayas oído hablar de él, puesto que es un recién llegado a Merthyr — Bonneville entornó los ojos para protegerlos de la vasta humareda de su cigarrillo.

—¿Un viajero de paso? —preguntó Ada, descansando ambas manos sobre el regazo.

Pierce Bonneville miró a su administrador y esbozó una sonrisa cómplice que el buen señor Gibbs no tardó en secundar.

—Nada de viajeros de paso, querida señora Bonneville. Estamos hablando de un joven emprendedor y entusiasta que felizmente ha escogido nuestro condado para dar forma a sus proyectos.

—¿Proyectos? ¿En medio del campo? —Ada miró a su hermana, que a esas alturas llenaba el aire de aspavientos luchando con un nudo que se había formado en su rueda. Su atención se dividía entre los gestos de Livia y la conversación de su esposo—. ¿Qué clase de proyectos podrían llevarse a cabo en mitad de la nada?

Bonneville ensanchó su sonrisa.

—Los propuestos por un joven ingeniero ferroviario dispuesto a ayudarnos a sacar rendimiento a Black Hill.

—¿ A Black Hill? ¿A esa vieja colina? — Ada achicó los ojos —. ¿ Se puede saber qué se trae entre manos, señor Bonneville?

Pierce Bonneville torció la boca, esta vez en una sonrisa socarrona. Sabía que aquel tratamiento formal por parte de su esposa no acarreaba nada bueno, pero estaba convencido de que los triunfos que conllevarían sus recientes negocios contentarían a Ada.

—Dicho ingeniero propone reabrir la vieja mina.

—¿Cómo es eso? ¿Reabrir la mina?

—Debemos sustituir los viejos carriles de madera por unos nuevos de acero. ¡Es algo que se ha empezado a hacer desde hace menos de una década! ¿Te das cuenta, Ada? ¡Y lo tendremos aquí, en Malbourey!

¡Nuestra familia será la pionera! —Bonneville se tiró de las mangas y los extremos del chaleco con suficiencia.

Un violento forcejeo procedente del rincón donde Livia se peleaba con su hilo, captó la atención de todos, distrayéndolos de la conversación durante unos segundos. Livia parecía acalorada y completamente involucrada en su peculiar contienda, ajena a todo lo demás.

—El señor Grandison es un auténtico visionario, un Midas que convertirá en oro todo el carbón que duerme en el interior de esas colinas —añadió Gibbs, entrando en la conversación

Ada observó a su esposo con escepticismo antes de continuar con su peculiar sondeo.

—¿Grandison? ¿Es ese el nombre de tu visionario? ¿Y estamos obligados a impresionar a… tu señor Grandison?

Bonneville sonrió ante la vehemencia de su dama.

—No estaría de más que causáramos una buena impresión en él, teniendo en cuenta que será el timonel que dirija nuestro navío.

—No sabía que zozobrara… —rezongó Livia, ceñuda, rompiendo de un tirón el enorme nudo formado en la hebra. Acto seguido jadeó aliviada, dio un puntapié disimulado a la máquina y se cruzó de brazos, enfurruñada como una niña pequeña. Decidió que lo mejor sería darse por vencida y prestar atención a aquella aburrida conversación; o al menos, componer una expresión que simulara un mínimo de interés por ella, cuando en realidad le importaba más bien poco.

Ada boqueó.

—¿Vas a cederle el mando de nuestro navío a un completo desconocido?

¿Acaso no era ya lo suficientemente diestro su capitán? —Jadeó—. Jamás te consideré tan imprudente...

—Tanto el capitán como su contramaestre, —mirando a Gibbs—, agradecen la opinión de un tercero más joven, con mayor ímpetu y una perspectiva mucho más progresista y ambiciosa.

—Y en este caso, querido, ¿no crees que quizás debiera ser él el que nos impresionara a nosotros? Al fin y al cabo sin nuestra materia prima el buen muchacho no conseguiría lucirse.

—No voy a consentir que sea otro el que se beneficie de las ideas de este joven pudiendo ser yo el beneficiario —sentenció Bonneville, enviando un nuevo trago a su copa y dando por zanjada la conversación.

Livia, desde su discreta posición, apretó los labios y deslizó la mirada al suelo. Las decisiones del señor Bonneville eran ley en Malbourey, y en la mayoría de los salones del condado, por lo que cualquier argumentación contraria en aquellos momentos por parte de la pobre Ada, difícilmente dispondría de algún futuro. Ada también lo sabía, por lo que se limitó a vaciar por la boca todo el aire de sus pulmones.

—¿Y debo suponer entonces que desde ahora has decidido erigirte mecenas de esa joven promesa?

—¡Por supuesto, querida! Estos jóvenes son los que levantarán el país con sus ideas liberales y su hambre de prosperidad y no seré yo el que me quede atrás cuando el carro del progreso pase por nuestra puerta. En este caso, un carro que se desplaza sobre rieles de acero.

Ada suspiró.

—Gibbs está de acuerdo —el administrador asintió alzando su vaso e inclinando la cabeza—, ambos consideramos que, llegados a este punto, es

muy recomendable relacionarse con la gente apropiada para no permanecer anclados en el pasado, y créeme, Richard Grandison es la persona idónea para ello.

Una sonrisa mordaz asomó al semblante de Ada viéndose de inmediato reforzada por el gesto escéptico de su hermana. Escéptico y aburrido; todo aquello le importaba muy poco, puesto que su ignorancia en aquel tema le impedía opinar y, por tanto, convertirse, como tenía por costumbre, en el centro de atención. Sin embargo, la menor de las Middleton era más sagaz que la señora Bonneville. Rebatir con el señor Bonneville era una batalla perdida de antemano. Más cuando el caballero se mostraba tan entusiasmado. Livia perdía el tiempo.

—Entonces no será por mi causa que Malbourey se quede obsoleta entre la flor y nata del Reino —Livia sonrió ante la ironía de Ada. La gatita mansa también sabía sacar sus uñas, por lo visto. ¡Qué divertida novedad!

—. Mandaré sacar nuestra mejor vajilla y advertiré a las doncellas que esta noche no economicen en velas. No queremos que tu señor Grandison se lleve una pobre impresión de nosotros por considerarnos anclados entre las tinieblas.

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