Las horas

Jorge Cela Trulock · Capítulo 1 de 8

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Las horas

Capítulo I

I

 

L A puerta no se abría y Julián empezó nuevamente a andar. Un momento antes, quizá una cortina se había movido ligeramente o unas pisadas cuidadosas se podrían haber acercado a la mirilla de la puerta. Acaso toda una conversación comedida, en la posible salita cercana.

—¿Quién es?

—¿Qué querrá?

—Un hombre de apariencia media.

—Mejor será que no abra usted.

Bastante antes, hace ya una hora, Julián andaba por las calles, se quedaba en las esquinas, llamaba a las puertas, estiraba la mano.

Una mujer se le acercó y le dijo:

—Escucha, bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Julián apenas contestó.

—Sí, señora, lo que usted mande.

La mujer siguió su camino, hacia su casa, su trabajo, a casa de una tía, al dentista por tercera vez, el tercer día de curas, con el torno raspando las muelas, las caries.

La mujer entró en una casa.

—Señora, un hombre muy extraño llamó a la puerta…

—Hizo usted bien… Cualquiera sabe.

—Ha llegado su madre, del señor.

Julián se volvió para su casa. En el bolsillo, unas monedas. En el pensamiento algún pensamiento tenue, vago. Cualquiera cosa, tirando a nada. Tenía cierta edad. Por lo menos la edad de un hombre. Pegado a las casas pasaba el dedo, frotaba el dedo contra la piedra de las paredes, de los muros. Lo pasaba por el lado interno, por donde un dedo se junta con otro. Por allí tenía hecho un callito y el roce, aunque fuera intenso, no le molestaba nada.

En su casa enseñó las monedas.

—Es bastante. Una treinta y cinco es bastante, está bien. Come.

Julián comió. Patatas. Las patatas tienen resquicios, agujeritos, pequeñísimos lugares. Por ellos, un pulgón, ya muerto, anduvo todo un día intentándole echar el diente a la prometedora carne de aquella patata. Después voló hasta el suelo. En el suelo una piedra interrumpió su único camino, el que no veía, el que le tapaba la piedra: los demás no tenían ningún interés. Por entretenerse demasiado con aquella piedra murió. Julián se metió una patata entera en la boca. La patata estaba dura, y Julián no pudo abrir ni cerrar la boca, ni masticar. El vecino de mesa, un muchacho meticuloso, se la sacó con un calzador.

Después de la comida (lo del calzador ya había tenido mucha gracia) Julián se fue por el pasillo de la casa y veía, justo al lado del recodo del comedor, una mancha grande de un tintero de tinta azul negra con forma de elefante, hoy; en forma de ave, mañana; en forma indecisa, pasado. Desde su cama nunca recordaba bien la forma de la mancha: un lago de mapa pintado de azul (con más o menos colorido, según las profundidades). Mejor explicado: dos lagos, uno sensiblemente más grande que el otro, unidos por un estrecho cuello. Julián no recordaba bien la mancha y se levantó de la cama. Al lado de su cama estaba la cocina, lustrosa, con la cocinera en bata y el pelo recogido atrás con una goma. Más allá, el agujerito dejado por un clavo, el que hoy sujeta la jofaina del cuarto de baño o aseo, negro de tanto hurgarle, de tanto mirar por él. Al pasar, Julián sacó del bolsillo una cuchara e intentó meterla.

—¿Qué haces?

—Probar.

—Probar, ¿qué?

—Probar si me cabe la cuchara. Si me cabe, me le como… Tengo hambre, soy pobre.

—Bienaventurados los pobres…

—Lo que usted mande.

Julián siguió su camino hacia la mancha. Ya estaba cercana. Desde hace un rato la estaba empezando a ver claramente de nuevo. Como el que conoce perfectamente algo, pero que sólo lo recuerda cuando lo ve. De pronto, la mancha empezó a achicarse por un extremo, poco a poco, hasta desaparecer completamente. Una muchacha ya crecida (de otra forma no habría podido tapar la mancha, que está colocada en la mitad de la pared) se paró delante de Julián, entre éste y la pared, sólo un momento, suficiente para tapar algo.

—¡Guapa! —dijo Julián, mirando a la muchacha fijo—, más que guapa.

—¡Mamá, mira para este idiota, que me está llamando guapa, más que guapa! —dijo la muchacha afligida.

—No soy idiota, soy pobre. Por eso no quieres venirte conmigo.

La muchacha salió corriendo, pasillo adelante, y Julián pudo ver la pared vacía, sin mancha ninguna. Algo raro ocurría. Pero la mancha empezó lentamente a aparecerse en una nueva forma.

—¡Una cabra, una cabra! —chillaba por el pasillo, y cantó:

Estaba la cabrita haciendo su quesito, laran, laran, larito…

—Chist…, calla.

Julián se volvió rápidamente, e intentó buscar a alguien.

—¿Quién ha sido? —dijo—. ¡Quién ha sido! —insistió más alto.

La oscuridad del invierno iniciaba el pequeño misterio nocturno. El mínimo ruido ilógico, el débil brillo, ligeramente brillador, el tenue movimiento de una puerta.

—Soy pobre…, ¡soy pobre! —y subiendo la voz— soy pobre…, ¿Qué quieres de mí?, yo nada tengo. Algo sí, es cierto…, no, no es engaño, yo nunca engaño, es cierto, hoy traje unas monedas a la casa, pero no, ya no las tengo, las di. Con ellas como, pero ya no son mías. Mañana te las puedo dar.

—Calla, hombre, calla, que no dejas trabajar —dijo un hombre.

Julián se calló. Siguió andando por el pasillo; en la ventana levantó la cortina. Antes, frotó con la tela el cristal empañado. Hace mucho tiempo, remontándose en el tiempo diez años atrás, desde que tuvo la estatura y, por lo tanto, la edad suficiente para alcanzar y abarcar con su vista el patio entero desde el borde del cristal donde acaba la madera, hace mucho tiempo, después de levantar la cortina, el visillo, o la tela que tapaba de miradas la ventana, se encontraba el cristal empañado. Al principio, muchas veces tuvo que volver a bajar el tapaventanas para desempañar el cristal frotándolo; otras veces, simplemente pasaba la mano, pero como era propenso al sudor entre los dedos y le resultaba desagradable, prefirió no aumentar la humedad y quitar el vaho de la otra forma. Miró por la ventana y contó:

—Sesenta y ocho ventanas, cuarenta del treinta y cinco, y veintiocho del treinta y siete. Y veintiún ventanucos, catorce del treinta y siete, y siete (peladas) del treinta y nueve. Total un patio… Un muchacho, el del cuarto, por la segunda ventana de la izquierda, después de cenar (en verano, cuando se está bien tomando el fresco, y en invierno, cuando hace un frío que pela), mira hacia un ventanuco de la derecha, algunas veces casi con riesgo de su vida, tantas son las peripecias que hace. Desde la misma ventana, un muchacho, por el día (a eso de media tarde por el verano; por el invierno no se le ve, quizá esté interno en un colegio de los de pago), intenta trabar conversación con una muchacha del quinto. Su voz se hace tan baja, tan fina, que la mujer, acaso deseosa de conversación, renuncia al tira y afloja por la poca voz de su seguidor. Entonces él, el tonto…, ¡que me pusieran mi ventana como la suya!, el tonto deja pasar la ocasión. Hay un refrán que dice: la ocasión la pintan calva. El patio algunas veces se alarga, se alarga y crece; entonces no se puede mirar para abajo, porque ocurre como cuando se mira para arriba, que da vértigo. Entonces, sólo se puede mirar para adelante. Mirando para adelante un vecino mío tiene una ventana y detrás de ella una mujer, como si fuera la hija de la casa, pero mayor y gorda, que mira a los mirones con mala cara. La mala cara de una mujer que ha mirado poco. Otro, en cambio, tiene mejor suerte; encima de su piso vive una amiga (bueno, conocida de vista), que cuando se asoma a la ventana mucho para colgar la ropa en la cuerda (muy combada, porque por lo menos le sobra un metro, así que en vez de tener unos diez, tiene unos once de largo), y él está asomado también, pero de espaldas al alféizar y mirando al cielo la ve. Algunas veces, ¡pobre chico!, así me lo ha contado, cuando hace sol, que no son pocas, la muchacha cuelga la ropa al mediodía, a la vuelta de la oficina, o del trabajo, cuando fatalmente el sol está más molesto y le deslumbra. Esta chica (mi vecino la ha seguido por las calles) antes no trabajaba en nada y la podía ver de cuando en cuando, haciéndole la guardia en la puerta y esperándola a que saliera a por el ajo, o a por el perejil olvidados, a por la media del punto, a por el traje del padre del tinte, pero ya hace meses, escamado de que no saliera ningún día a por algún recado, espió todos sus movimientos: la siguió por la calle, en tranvía, en autobús o en metro, y la chica se metió en una tienda de reventa de localidades (usted quiere una entrada para un espectáculo difícil, pues llame a uno de estos tres teléfonos: 35463, 65743 y 32456, y se la darán). Él, desde fuera, leyó el cartel de toros anunciador haciendo disimulos. No importa que ella le reconociera de vista: él no miraría nunca hacia arriba (y así pasaría la cosa como si hubiera pasado por casualidad) y le interesara lo que le interesaba. Al final se casarán o no se casarán. Otro caso es el mío, pero ése no me lo voy a contar: por la mañana, cuando no estoy en el garaje, y miro por la ventana, si me fijo mucho en un cristal de un ventanuco del segundo, y si lo mueven, como algunas veces ocurre, veo ligeramente el cuerpo de alguien, pero no sé exactamente si es de mujer o de hombre. Es una difícil distinción cuando las cosas son tan nebulosas: un cuerpo alargado, y deformado por un cristal lleno de suaves promontorios. Este cuerpo tiene una parienta o, simplemente, una persona afín (acaso sean una sola persona), que demuestra poca ciencia al no saber que el cristal es un material transparente. El señor rico de la casa, un señor alto que vive en el primero, señor guerrero y nada trabajador, tiene, por los cuartos de la cocina, de la despensa, de los servicios, a tres mujeres y un hombre, andando de aquí para allá, cogiendo bultos, participando de la vida en su oficio que, a través de los huecos de las ventanas, evidencian lo que pueda ocurrir detrás de los entrehuecos de las ventanas y demás lugares. Cuando la gorda habla con la flaca, la alta habla con el hombre; cuando la flaca habla con… Las mujeres de la cocina se reúnen para hablar de ventana a ventana, en el rato libre entre la limpieza de los platos y el planchado de ropa, el recado fortuito, la limpieza extraordinaria. Las dueñas de las casas están entonces escondidas, durmiendo la siesta, de merienda en casa de los conocidos, de novena o haciendo sus variados quehaceres.

—¡Ju, ju!…, la Paca, vaya bicho que llevaba…

—… un chico que va para perito.

—Oye, Fila, y de la media tro…

—La estúpida…

—Las palabras —siguió Julián— se chocan, se empujan, pero, milagrosamente, llegan a los oídos de la que escucha. Ninguna palabra llega defectuosa. Ninguna palabra se mezcla entre otras de diferente conversación, ni entorpece el entendimiento de las frases. Gritan, ríen, lloran, sonríen, insultan, halagan; todas las manifestaciones de los sentimientos. Las dueñas de las casas, más comedidas, ni más ni menos de lo que les corresponde a su papel, sólo cambian por el patio pequeños signos significativos, saludos defectuosos, todo lo más, cortas frases sin ningún sentido: «espérame…, el siete», o «acueducto…, el sarampión». Los niños odiosos de la vecindad, los que se ríen del más pintado sin ninguna razón, juegan durante todo el día y sólo paran para hacer el pis que se les sale de tanto jugar. Después de hacerlo, vuelven al juego y al ruido más aprisa, más violentos, sin ningún peso inútil.

Julián se separó de la ventana, y el visillo fue bajando lentamente, planeando hasta su posición normal. Noche ya, se fue para su cama. En un mueble inesperado, chocó. Un mueble bajo, pequeño, de fuerte madera tallada con robustos guerreros conquistadores, de aire fiero y nariz sobresaliente. Precisamente en una nariz tropezó su pierna.

—La pierna…, el mueble, el dichoso mueble, este mueble lo acaban de poner aquí para que me dé… La mierda del mueble (encendió la luz) con guerreros…, vaya mueble. ¿Quién lo habrá puesto aquí? Parece que viven de fastidiar…, esto se dice: vamos a poner un mueble en la vuelta del pasillo, y en paz. Pero no, aquí en esta casa no dicen nada. Qué trabajo les habría costado. Se dice: cuidado con el mueble de los guerreros que tienen la nariz muy pronunciada, y en paz. Pero no, en este lugar no hay quien abra la boca. Si se matan, que se maten. Si se estropean, que se estropeen.

Julián dejó de hablar y se agachó hacia los guerreros. Palpó las furiosas batallas, las narices de los capitanes, el bosque cercano, las caras de los más próximos, el conjunto de los más lejanos. La luz se apagó y Julián siguió su inspección. No supo si eran sus dedos…, los guerreros empezaron a moverse, primero lentamente, después más ligeros, luego violentos. Lejos, Julián oía un ligero murmullo: el grifo del cuarto de baño, las canciones de guerra. El grifo cesó: el silencio que antecede al comienzo de la batalla, el momento en que cada guerrero deja de ver a sus compañeros y no ve nada: entonces llega la orden, la inútil orden (pues ya están avanzando), y arremeten a ciegas contra algo que no se sabe exactamente lo que es. La luz se encendió, y Julián siguió su camino. Delante de él, múltiples cosas: la clavija de la luz, el armario perdido en la oscuridad, el relucir lejano de un chisme, el color de las cosas, el determinado color de una partícula de madera, formaban el pensamiento, paso a paso, enmarañado, difícil. La divulgación, el color del tragiuvet, lo feo del artilugio, meur fyebd s, eds. Cualquier pensamiento, cualquier cosa se graba en algún lugar. La cama, el cobijo de Julián se acercaba.

—Toma.

—Gracias.

La mujer le dio un bocadillo de queso. Julián, sin empezarlo, se fue a la cama. A su cama llegaba poca luz. La luz suficiente para atender a un niño enfermo. Lo que se dice un farolillo: la luz de un farolillo lejano, el de la cocina. Se sentó en medio, donde siempre se sienta. Hace años, quizá cuando todavía era amigo de Juaneca, cuando el canalillo era un río inmenso donde una legión de zapateros custodiaban las orillas, cuando el pan y el chocolate era una gran comida, la cama estaba llana, tersa; ahora, en cambio, cuando muchas cosas han muerto, la cama está abollada, hundida por donde Julián pone el culo todas las noches. La cama, desde arriba, cuando uno está de pie, parece pequeña, por lo menos insuficiente; después, dentro de ella, los pies, desde la almohada, parecen lejanos, lejanísimos. El cuerpo, unas montañas; las rodillas, los altos picos de la cordillera; el pecho, la inmensa meseta. El avión llega, la gran aviación del aire se va a posar. En el suelo, al pie de las montañas, del terreno rocoso, el llano árido, que desde la altura se ve moteado de tanques, las cucarachas negras y blancas; pero todas blancas por dentro. El combate que se avecina será, según todos los cálculos de los observadores, cruel, fenomenal, grandioso. Los adjetivos no llegan, los víveres tampoco, nada llega, todo falta, la resistencia se hace difícil: S. O. S. Todo está en conmoción. Julián se empezó a comer el bocadillo (el queso en miguitas caía por el embozo, por las sábanas. Julián, presuroso, se las quitaba, les daba con el dedo hacia el suelo). El alto mando castiga severamente las faltas, por pequeñas que sean: los aviones necesitan las pistas de aterrizaje limpias de toda impureza, cualquier cosa, por pequeña que sea (una piedra, un montón de arena), puede hacer peligrar la vida de dos hombres y, desde luego, la inutilización de un aparato. La comida hay que comerla despacio. Despacio hay que hacerlo. El aprovechamiento requiere tiempo. Enfrente de la cama de Julián, por la pared, y por dentro de un saliente, pasa la chimenea de la cocina de un piso de abajo, y el calor, las emanaciones mal olientes, las que disimula el vecino visitante, caldean el ambiente en el invierno. El calor, también resquebraja la superficie de la pared: delante de la cama de Julián, una mujer egipcia, cuerpo delgado, cara imprecisa, gran sombrero egipcio (pues ella es egipcia), mirada provocativa, el ademán duro. En el techo, innumerables olas, movimientos de aguas: una mancha en forma de mar, hoy. Una cara mira, un cuerpo acaba de pasar. Julián es un lugar donde mirar las gentes de la casa: las gentes de todas las casas nunca se cansan de los espectáculos. Julián se duerme, poco a poco, lentamente. Ocurre algo extraño; Julián piensa en algo posible pero absurdo para aquel momento, en alguna cosa factible pero no para él, e inmediatamente, todavía despierto, igual que antes, recapacita, comenta el gran ocurrido, piensa en él, pero en el momento en que cae en la cuenta de que está pensando y de que está despierto, se le va la cosa de la cabeza por artes de magia. Después de haberle parecido raro lo pasado despierto, intenta seguir pensando en ello, seguir el recorrido del asunto, y no puede. La lucha se hace trágica: es el levantarse de la cama para preguntar el nombre de alguna persona: ¿tú sabes cómo se llama aquel señor de Jaén que vendía bacalao en el mercado grande, que tenía una hija con escrófula y que un día le dijo al tío Luis que la vida estaba cara? Es también el nombre de la batalla que se tiene en la punta de la lengua. Julián se desveló. Dio una vuelta en la cama, se quedó con la espalda a la pared. Delante, el cajoncito de los caramelos, de los pitillos de hebra, de las cajas de cerillas, de los paquetitos de goma de mascar: el cajoncito de la mercancía. Un ruido imperceptible hace cerrar los ojos y escuchar. Cri, pru… cri, pru… ¿un animalito?, ¿una viga madre que trae el movimiento gimnástico de alguien desde muy lejos?, ¿el calor del día y el frío de la noche, la dilatación y la contracción? El ruido para y Julián abre los ojos. Delante, las cosas están mucho más claras, un papelito se ve colorado: caramelo de fresa; otro, amarillo: caramelo de limón. El pitido del tren: viento sur, lluvia. Un niño llora: el padre (el empleado), la madre (la mujer), escuchan resignados; poco falta ya para levantarse, encender la luz, mecer al niño. Son millones de personas casi durmiendo, algunos durmiendo ya, otros todavía escuchando el tictac del reloj: tic, tac, tic, tac. Cualquier canción se adapta. Las canciones marciales que cantan la disciplina se confunden con el marcar del despertador: la patria, la patria, patatín, patatán. Hace mucho tiempo que Julián intenta dormirse. Acaba de pensar: ésta será la última vuelta que doy; después pierde la cuenta, ¿da una vuelta, dos, diez? Todo se olvida, todo se va olvidando, muy poco a muy poco. El final se hace rápido, ligero, vertiginoso: Julián se ha dormido. Ya no ve nada, no siente nada, todo se ha esfumado. Más tarde, el sueño vendrá. ¿Qué se soñará? Sería un tormento el poder esperar el sueño. Se acabó la vida, no hay nada. Mañana, ayer será algo sin sentido. Yo ayer, a las diez y cuarto de la noche, estaba intentando dormir. Primero me acosté, después procuré no pensar en nada, con el pensamiento desviado, la imaginación tranquila, discurridora: un avión, una pipa, un meteoro, un solterón, un viaje, etc.; hoy, aquello no es nada. Después llegó el sueño, un sueño estúpido, la actuación de un ballet raquítico: las figuras eran varias; pero la persona, una sola que se movía con gran ligereza. Después empezó a estropearse y acabó en una persona cualquiera. Algo más debió ser, algo más deben ser las cosas, pero se olvidan, se deforman, se mueren para no volver a existir más. Las cosas que han vivido y ya están muertas, muertas están.

Amanecía y Julián se despertó. Por la mañana, en el invierno, que hace frío, es difícil levantarse. A Julián le fastidiaba dormir demasiado; a una hora determinada tenía que levantarse, más no le dejaban estar.

—Hay que levantarse…

—Va —contestaba siempre Julián.

De esto hace mucho tiempo; ahora (desde hace algún tiempo también), Julián se despierta cuando amanece: después puede tener un buen rato para disfrutar despierto.

Despierto, y vivo, y coleando. Vivo y coleando como un bicho de cola. El hombre no tiene cola. El hombre ya no tiene cola. Las vacas usan la cola para espantarse las moscas del costado; los toros, también. El hombre usa las manos. ¿Y el pájaro? La enfermedad viene y va cuando menos se piensa. De pronto, gripe; de pronto, no. De repente, resfriado, o anginas. El enfermo se queda en la cama y no sale a trabajar. El descanso es bueno y saludable.

Julián hizo un esfuerzo y se levantó: se incorporó, se puso los calcetines, los zapatos, y se quedó arropado, sentado en la cama. En la calle hace frío: los ruidos son muy claros. Un autobús, una moto de tal marca, un coche de lujo, un carro cargado, un soldado. En los garajes trabajan los hombres. Julián, saltando, se vistió y salió del área de la cama. A tres metros aún llega el calor de un hombre de toda una noche. Después, las mujeres abren las ventanas, y entra el frío.

Julián se paró delante de la mujer de la cocina.

—Quiero el café.

—Espera…, está terminándose de calentar —dijo la mujer.

Un momento se puede esperar, se puede esperar siempre.

—No tengo prisa. Eres amable al darme el café con leche caliente. Otra persona me lo daría frío, y en paz.

Las buenas formas, el ser amable, el ser atildado de espíritu, cualquier cosa amable, la más mínima cosa dentro de la higiene social, ambienta el trato, evita los malos humores.

—Te doy el café con leche caliente porque me da la gana, y en paz.

A Julián le ocurre algo simple, simplísimo: la esperanza de obtener un objeto por mínimo que sea, le alegra el corazón, le reconforta el espíritu.

—Hoy voy a trabajar con gusto. Cualquier trabajo, por gordo que sea me va a parecer fácil de hacer. ¿Que me mandan a una calle que no conozco, y que me importa mucho ir…? Pues no me importa ir y en paz. Sí, en el garaje van a ponerse contentos. Voy a estar alegre con todos, hasta con el último mono…, y como el último mono soy yo… ja, ja, tru…

—Calla, hombre, calla y no digas tonterías. Toma el café.

Hacia el trabajo, los hombres van tristes: se les ponen los pies pesados, la imaginación torpe. Julián, por la calle, fue con el tarareo de la canción. El sol calentaba bastante, para la hora. Había sonreído a los vecinos.

—Mira qué orondo va el del garaje.

—Alegre…

—Sonriente…

Las palabras, las voces en una mañana de sol.

—Buenos días a todos —dijo radiante Julián, al entrar en el garaje.

—Sí señor, buenos días —dijo el andaluz.

—Cuando hace buenos días, es que hace buen tiempo. Y cuando hace buen tiempo, es que hace sol —dijo el lógico.

Todos los trabajos que puede hacer un hombre están previstos por las leyes. Pero la fantasía puede saltar por encima. Julián trabaja cuando quiere, cuando no tiene otra cosa que hacer… Al que trabaja, le pagan con dinero. Julián trabaja por amor al arte. El martillo, el torno, la palanca, el taladrador, el ruido… El troquel hace la forma, la broca taladra la chapa. La taladradora sujeta la broca que hace el agujero, el orificio por donde pasa el tornillo hacia la tuerca.

—¿Hay algo que hacer? —dijo Julián.

—De momento, no gran cosa. Vete a la mesa del fondo y cepilla un poco aquella chapa. Cuando salga alguna cosa más importante, en seguida te llamo.

La chapa, una chapa nueva de acero que daba gusto verla, pesaba mucho y Julián no la pudo llevar a la mesa del fondo. Pedir ayuda, resultaba inútil; con el ruido que había, era inútil reclamar ayuda. Gritar en un desierto o en un lugar en el que hay mucho ruido, es cosa parecida. Sin embargo, Julián (acaso para consolarse, quizá para tener después la conciencia tranquila, para poderla tener) llamó a algún compañero, a cualquiera, daba igual. Junto a la lata de aceite para las tuercas, al lado de la lata de aceite para las perforaciones (lo mismo podría haber dicho: orillando el botecito de crema para la cara, el cutis, para antes de acostarse, para la mañana al levantarse, para las manos, para la piel grasienta o para la piel seca, la mujer contando la traición del hombre) en aquel rincón Julián chilló:

—¡Necesito ayuda! Félix, Pepe, Manolo, Doroteo, venid alguno. Echadme una mano, que con esto no puedo.

Ninguno iba, nadie contestaba. Alguna cara se volvía, a través del ruido, incomprensiblemente, idiota. Los hombres, lejanos unos a otros, debían apañárselas cada uno como mejor pudiera. Uno de ellos encendió una cerilla. Entre el ruido, el pensamiento de cada uno, dicho en alto, a viva voz para poder oírlo, voló, por la chimenea de la fragua. Uno, «ese idiota fumará para parecer mayor…, es un chaval y fumando…, un día le voy a hacer tragarse el pitillo… ¡Si le coge un día su padre…!»; dos, «buen tabaco fuma el condenado, ¡y americano!»; tres, «Todo el día con el pitillo…, el pitillo por acá, el pitillo por allá…, todo el día con el pitillo; luego vienen las enfermedades»; cuatro, «¡a final de mes y echando humo de la mañana a la noche…!» Cuatro hombres amigos de otro. En un momento determinado, un pensamiento fuera de tiempo, un mal pensamiento que no cuenta, traiciona acaso la amistad. Nadie es culpable. Nadie es reo; tampoco nadie es acusador. Un negro —cuento lo que cuentan los periódicos— mató a su amigo íntimo, negro también, en un país de negros, sin ninguna causa, ¡pero lo tenía tan a modo! «Él se agachó para atarse los zapatos, y yo le di en el cuello con el cuchillón». No sé si lo han condenado.

Julián, ante la inútil demanda de auxilio, continuó su trabajo, paciente, hacendoso, pero a la vez deseando acabar: que la cosa se acabara sola o, al menos, con poco trabajo.

—Oye, ven para acá —dijo el patrón.

—Voy —dijo Julián, acercándose inmediatamente.

—¿Te aburres?

El aburrimiento puede venir por trabajar mucho, por trabajar poco, por trabajar a gusto, por trabajar a disgusto. El aburrimiento acaso pueda llegar también por el tiempo siempre igual, por el paisaje siempre igual: viviendo bien, viviendo mal, viviendo regular, viviendo. Un hombre se apunta a una secta protestante para intentar ir al extranjero. Su idea es muy sencilla (yo me hago pastor protestante y me voy al extranjero a predicar) pero las cosas se complican, entonces para ser protestante hay que dar clase…, al final, después de estudiar tres meses ocurre cualquier cosa, o se encuentra un trabajo o se echa uno novia…

—Sí, señor.

—Es pesado el cepillar, ¿verdad?

«Cepillar: tr. acepillar. Alisar con cepillo la madera o los metales. Limpiar, quitar polvo con cepillo. Fig. y fam. Pulir.» Cepillar, acepillar, pulir. Julián —oficio, cualquiera; edad, cualquiera; paciente, impaciente—, ha estado cepillando hasta hace un momento.

—Sí, señor.

La soldadura autógena deslumbra los ojos: los mil y pico de grados que proporciona, el color de la llama casi blanca, deslumbradora, atenaza la mirada curiosamente; el chischis, el ruido, atrae el oído del transeúnte. Desde fuera, el que pasa por la puerta mira para adentro: claro, el ruido, el fulgor… Una muchacha miró: deslumbrada, arrugó la boca, la nariz.

—Culo pollo —dijo Doroteo.

—¿Te gustaría salir? —dijo el patrón.

Te gustaría, me gustaría, le gustaría, el verbo gustar en todos los tiempos.

—Sí, señor, ¿salir qué? —dijo Julián.

—A un recado. Vas a coger una barra que te voy a dar, y te vas con ella a una casa… Espera…, ven que te voy a explicar.

La barra de acero hueca, de metro y medio de larga, había que llevarla a Manolito, 7.

—Mira, esto anda por el final del Gran Paseo… ¿No sabes?, al lado de aquella plaza por donde pasa el tranvía.

—Sí, señor. ¿Cuándo marcho?

—Cuando quieras.

—Entonces me marcho. Adiós.

Julián se puso un saco en el hombro y cargó con la barra. Las barras a pelo, el cargar con las barras encima del hombro sin apenas ropa, no son cosa de broma. Al principio no pesan nada; después, algo más tarde, la cosa cambia; al final se clavan como un clavo, desuellan la piel.

Al abrir alguien la puerta del taller, algo se cuela por el hueco: frío. Dentro, junto a las máquinas, no hay quien sienta el frío; además no hay ocasión para ello, la puerta poco tiempo queda abierta y el viento no es grande. Luz, ¿más luz que la de la autógena? Ruido. Para ruido, el de las máquinas. Cuando la puerta se abre, algo se cuela. Julián abrió la puerta, los obreros, los mecánicos, hasta hace un momento trabajadores en su trabajo, atentos al filo de la cuchilla, a la fresa de la fresadora, volvieron la cabeza. A la vuelta de varios meses el dueño de un coche observa que a una aleta se le está descascarillando la pintura. Hace varios meses un mecánico soldador notó que algo entraba por la puerta —que no fue ni ruido, ni frío, ni luz— y miró hacia la calle, desvió la vista, el brazo, el cuerpo entero. Los no sé cuantos grados del soldador se encontraron con una chapa de automóvil.

Julián, con su barra al hombro, se puso en camino andando: no quería líos en los tranvías. El Gran Paseo primero, la carretera después: larga, inmensamente larga. El sol caldeando la mañana. Julián andando por el largo paseo, bajo el sol que iba templando sus carnes.

—Oiga, ¿por aquí voy a la plaza de Carolinos?

—Sí, va usted bien. Pero está un poco lejos, coja el tranvía.

—No quiero líos. Gracias.

—¿Líos? No hay líos que valgan…, en fin, haga usted lo que quiera.

Un árbol, dos, tres, cuatro. Un niño, dos niños…, veinte. Un coche para allá, otro para acá. Una mula, un carro, un obrero, un trolebús. Las tiendas, un banco para descansar. A los bancos de piedra les falta un respaldo. Julián se sentó a descansar un rato. Los codos en las rodillas, las manos sujetando la cara, al lado, junto al banco, la barra. Los bolsillos viejos, los bolsillos de los trajes viejos, tienen en el fondo una pelusilla mezcla de tabaco, polvo y migas, que en un momento malo de no tener tabaco que fumar, de estar los estancos lejos, proporciona un pitillo. Julián achicó sus bolsillos y pudo fumar un cigarro. Con el gusto del tabaco malo en la boca, las manos apoyando la cara, la cabeza sujetando inútiles pensamientos. Cogió la barra y la puso entre las rodillas: la pertenencia.

Los lugares desconocidos adonde hay que llegar se imaginan de una forma seguramente distinta a la real; después, cuando se conocen, parecen lo más naturales del mundo y nunca diferentes a lo imaginado. Acaso, hay algo que no es igual, una vieja algo más cascada de lo que se suponía, una fuente, quizá, más caudalosa.

—¿La calle de Manolito?

—Manolito… no, no sé.

—… Está cerca de la calle del Duque de Pelo.

—Duque…, sí, la calle del Duque de Pelo… ¿Usted ve aquella iglesia, allá en lo alto? —después que Julián dijo sí—, pues al lado.

—Gracias.

El terreno montañoso. Una montaña pelada y encima unas casas. La iglesia en lo alto; los caminos, torrenteras. La espalda inclinada, la cuesta pina, la barra al hombro, el sol en lo alto, el sudor en la frente. Al rato…

—¿La calle del Duque de Pelo?

—Ésta —dijo un hombre señalando.

—¿Y la calle de Manolito?

—La calle de Manolito, la calle de Manolito… Manolito… Venga usted conmigo… Aquí cerca vamos a tomar un vaso de vino… Manolito… Esta gente es vieja en el lugar…

—No, si no lo sabe…

—Deje usted…, venga al vaso de vino…, invito yo. Esta gente es vieja…

—No. Me han dicho que ha habido un cambio de nombres hace poco; el nombre no puede ser antiguo. En la taberna no lo sabrán, no sabrán nada…

—Usted se viene conmigo…, usted verá cómo en esta taberna, que es de gente antigua en el lugar, se sabe de calles.

Una calle, la orientación, ese instinto, la desorientación. Julián sabía que el hombre le llevaba en dirección contraria. Luego ese suponer, esa ciencia será cierta o no lo será.

Entraron en la taberna: un pequeño mostrador, unos taburetes, los barriles. Las cosas, luego, menos a mano, fuera del primer golpe de vista, apenas se recuerdan, acaso las enguatadas cajas de huevos, el niño sucio, la vieja casi ciega.

—Buenos días…

—Buenos.

—Este muchacho pregunta por la calle de Manolito…

—Cualquiera sabe —dijo el tabernero, rascándose la cabeza—, ¿sabe usted lo que es cambiar el nombre de las calles?… Pues aquí lo hacen cada dos días.

Trin, trin, el teléfono.

—¿Diga…? No —y colgó.

—¿Dos blancos?

—Dos blancos… Soy cobrador… Fíjese, cobrador…, y nada. Esto de las calles…

La barra de acero apoyada en la barra del bar. La una y cuarto. Dentro de un rato, la hora de comer. Julián se tomó el vaso de vino. Con el tono de la obligación, pidió otros dos vasos.

—¡Cualquiera sabe esto de las calles! Un día, tal; otro día, cual. Uno nunca sabe a qué atenerse. Mire usted, el martes; no, el miércoles; no, el…

A las dudas, los dichos, los entredichos, los bulos, lo mejor es no hacerles caso. Lo más prudente es dejarlos a un lado.

—Bueno, yo me voy a buscar mi calle; adiós, señores.

—Adiós.

Las ciudades, por los barrios céntricos, tienen las casas a la altura de las calles, los portales al nivel de la acera. Por los lugares extremos, por donde todavía están haciendo las casas, un burro aparece por encima de una tapia, un niño por encima de una chimenea. En lo alto de un terraplén, a la puerta de una casa subterránea, unas mujeres contemplan el paso de Julián con mirar intrigado, receloso, como el que ve algo por primera vez: una persona ajena al lugar, las absurdas casas —difícil imaginación para un andante de la ciudad. Julián, extraño en el lugar, extrañando el lugar, mirando desde las casas, los bares, las altiplanicies del terreno por ojos absurdos, observando con igual preocupación, preguntó:

—Oiga —chillaba—, oigan, señoras ¿alguna de ustedes sabe dónde está la calle de Manolito?

—¿La calle…?

—Manolito…

Cuatro mujeres, acaso más, quizá una muchedumbre, empezaron a hablar. Las palabras, la lejanía, la altura de la voz; una vez más, otras menos.

—¿Mano…?, cualquiera… ayuntamiento… será —lo que oía Julián.

El rumor terminó. Una conversación innecesaria. Las cuatro mujeres, de antemano, suponían lo que luego supieron: que nadie sabía lo de la calle.

—No, no sabemos…

Y otra.

—¿Ha preguntado usted calle abajo?

—No. Yo vengo de arriba.

Dos muchachas jóvenes: las dos casadas, ninguna casada, una casada pero la otra no. O: una con otra a la casa de una de ellas; o las dos a casa de una amiga. O: etcétera, etcétera.

—A estas jóvenes… —dijo una de las mujeres a sus compañeras.

Y a las muchachas.

—¿Ustedes saben por dónde alcanza la calle de Manolito?

—¿La calle de Manolito? —las muchachas se miraron interrogándose, sonriéndose—. No, ¡como no sea por arriba de la calle del Duque!

—Eso decían aquí —señalaba una mujer—, pero debe ser alguna de ahí abajo, una de las que han cambiado de nombre.

—Gracias, muchas gracias —dijo Julián.

—Espere, que aquél es el cobrador de la luz y debe saberlo.

Una de las mujeres salió corriendo. Las demás, una pensó en las borracheras del marido; otra, en los potingues de la cara; la tercera, en lo cara que está la vida.

—Oiga, don Juan, usted sabe de calles. ¿La calle…?

—Sí, pues no sé. Es extraño… ¿Y dice usted que por aquí? —decía el cobrador, con la conciencia llena de razón.

—Acaso, por allí —dijo alguien.

Julián se despidió a todo correr y tiró hacia donde le dijeron. Un terraplén. El cuerpo encorvado. La mirada al suelo, una cáscara de naranja vieja, seca, de las que arden. Un pedazo de zapato —un zapato usado por una mujer del centro de la ciudad, vuelto a usar por la mujer de la limpieza, cedido, por último, a la mujer de un albañil parado, al final fue un objeto tirado en un rincón, quién sabe si cobijo de pequeñas alimañas. Sobre el terraplén nace una calle: Sorolla.

—¡Ésta tampoco! Oiga —era una viejecita—, ¿la calle de Manolito?

—La misma. Sólo que ahora se llama Sorolla.

—Gracias, señora, me da usted una gran alegría. Llevo buscando esta dichosa calle más de una hora, y con esta barra… ¿Y el 7?

—Pues éste es el 15… Para allá…

Para abajo, igual que antes, las casas tampoco tenían número. Casas de una planta, de pueblo, de pueblo pobre. Una casa. Tap, tap. La puerta se abre, un zaguán fresquísimo, desabrido. En un rincón, un viejo con una cesta de pipero. Una mujer. El 5. El 7, el solar de al lado. La calle, desconocida; el número, un solar. Una barra de acero hueca de metro y medio de largo, paseada por toda la ciudad. Alguna persona, por entretenerse, llama por teléfono y pide una barra de acero. El teléfono, ese invento. La persona, uno que usa el teléfono. Julián, entristecido, así le dan las cosas a Julián, se fue hacia casa. Otra vez la barra al hombro. La mirada perdida por las ventanas, por las paredes de las casas. La mirada llorosa. Un vaso de vino alegra el corazón de los hombres; el vino es bueno porque alegra el corazón de los hombres, así lo dice la Biblia. Una taberna. Un vaso de vino. Un boquerón en vinagre, de tapa. Una llamada por teléfono al patrón. Y llego aquí y la calle casi no existe y el número es un solar. Esto está muy lejos. No es broma buena, ésta. Hay gente que se podía meter el dedo por el culo, en vez de llamar por teléfono. Gracias patrón. Gracias patrón, es usted muy bueno. Lo que usted mande. Yo soy un mandado.

—Sí, señor —dijo Julián.

La llamada al patrón alegró el pensar de Julián. Antes —bueno está lo bueno— no se hubiera podido ni aún siquiera reír. Pagó sus vasos de vino y salió a la calle. Las cosas tienen que ser completas. Al darse cuenta de la broma, su mal le cogió por todas partes: por dentro, por arriba, por un lado. Ahora —el patrón comprendió su cansancio, la mala broma del cliente, y le dijo que cogiera un taxi— ya se ha visto lo que su jefe le contestó; en cambio, para redondear el momento, para que no se diga que las cosas nunca vienen solas, para completar la situación hasta con los más leves detalles, para que la felicidad, que nunca llega, que siempre le falta algo (la barra con la querencia, el mismo acero, la pronta marcha en coche, los vasos de vino, primero para olvidar, después para alegrar), ahora, en cambio, para redondear, Julián se acercó a un vendedor ambulante de tabaco y se compró todo un rubio. Un rubio de los largos, de los king size, de los que después de tirar la colilla, se ha fumado uno de los pitillos normales. Cerillas. El bolsillo de la derecha de la chaqueta; el de fuera, nada. El de la izquierda…, siete bolsillos. Una cerilla, en la anterior limpia de bolsillos en el banco del parque, libró entre unos hilos de la costura; después, el uso de los bolsillos, el meter y sacar de las manos, quizá el tenerla entre los dedos en un instante de una manera inconsciente, la preparó, la dejó encontrable al primer toque de dedos, precisamente hoy que la vida sonríe a Julián desde hace sólo cinco minutos. Un pitillo en la boca, la barra en el hombro izquierdo, el brazo izquierdo en la barra, la cerilla en la derecha. Julián esperó a llegar a un portal. En el quicio de la puerta. Zri. La llama, el pitillo. Un auténtico y aromático king size.

—¿No apareció la calle? —preguntó una mujer, una de las que le ayudaron en la búsqueda.

—No…, bueno, sí.

Explicar resulta más complicado que decir una mentira.

—¡Taxi!… ¿La barra, dónde la pongo?

—Donde pueda meterla… Espere, la vamos a poner en la baca.

Cinco minutos y los dos subieron al coche.

—¿A dónde?

—A la esquina del bulevar.

Julián, loco de contento. Pocas veces había montado en coche. La vida, las cosas, los hombres y las mujeres, los niños y las niñas (todo borroso), las caras alargadas, el brillo reluciente. Un perro, un perro confiado, uno de los perros callejeros, en medio de la calle mira hacia el coche (que avanza) como a cosa parada; en el último momento un salto a tiempo, sencillo, desde luego sin la importancia que tiene, salva su vida: quizá sólo el revolcón. Una pala y un cubo de niño. En el azul del cubo un bicho verde oscuro —¿un cangrejo?, ¿una langosta? El coche debe tirar por tal calle, luego por otra. En un momento dado, cuando se repara que se va en automóvil, una calle resulta desconocida.

—¿No tira usted por Alameda?

—Es más corto por aquí; además, por Alameda es dirección prohibida.

—Sí, señor —dijo Julián.

La última casa a la derecha, antes de atravesar, es la del patrón de Julián. El 31. El mismo. El mismo que viste y calza. 12,50 el viaje. Tres duros. 2,50 de vuelta. 50 de propina: la barra, el uso de la baca, la cuerda. La casa del patrón tiene ascensor. Es práctico el ascensor; se pueden subir las barras de acero. Trrrin, el timbre del cuarto centro.

—Pasa… Calla, hombre, calla…, no hay derecho.

Julián contó su historia.

—¿Has comido?

—No, señor.

—¿Quieres comer?

—Sí, señor.

—Juana, trae algo de comer a este muchacho —gritó el patrón.

Julián ya no tenía que decir más. El patrón era hombre de pocas palabras. Entre Julián y el patrón, una humareda de puro. Donde esté un puro, que se quite todo lo demás. Y los rubios y los largos.

—Toma —patatas con carne tenía el plato—, ¿vino?, ¿quiere vino?

—Sí, señora.

—No preguntes tonterías, mujer —dijo el marido.

—No son tonterías.

—Son tonterías.

A Julián le gusta el vino. Prefiere el vino a todo. De chico, hace ya mucho tiempo en unos tiempos muy difíciles, todavía en su casa, un día de tiempo bueno, pues aún recuerda que las ventanas estaban abiertas, después de comer, descubrió en el aparador del pasillo una botella de vino oscuro, dulce, hoy piensa que quizá fuera vino de Málaga. Se la topó y, mirando antes para los lados, bebió a morro un traguito. Está bueno. Esto está bueno. Fue a ponerle el corcho… Miró otra vez a la izquierda y a la derecha, a lo largo de todo el pasillo. Era un pasillo largo, difícil de otear por la oscuridad de las persianas. Otro traguito. Sigue estando bueno. Da un calorcito especial que no molesta. Se marchó a su cuarto. En un rincón hacía que jugaba con algo. Las manos se movían para coger un objeto. Le picaba la nariz, se metió el índice derecho, pero nada, es muy gordo para llegar arriba. Ahora con el meñique. Se llega más arriba, pero está difícil lo que haya. Se tapó el agujero con la izquierda, y echó aire, fuerte, por el de la derecha. Ya no molesta. Otra vez el dedo pequeño a la nariz. Con el índice bastaba. El moco estaba a la puerta. Uno hermoso, grande, de colorido variado, gris en su mayor parte, por un extremo rosado, por otro hasta negro. Lo estuvo trabajando un rato. El pensamiento perdido. Le echó un ojo. Una bolita, una mota de polvo, una partícula de un cenicero, nadie diría su procedencia. Una bolita dúctil y maleable. Primero entre una juntura de dos baldosines. Luego debajo de la uña. Una uña a medio limpiar. ¡El vino! Se incorporó de un salto y, velocísimo, llegó hasta el aparador. Vuelta a mirar a su alrededor. Un trago, un traguito. Esto es una maravilla. ¡Para haberlo sabido! Aquí esto, muriéndose de risa.

Un pedazo de carne atraganta al más pintado. Un poco de agua o de vino, y la cosa pasa. La carne con patatas no está mala. La mujer del patrón es buena cocinera.

Ya queda poco vino. Un poco de descanso. Y esto pasa como el agua. No se siente nada. Cuando se empina la botella, dan ganas de estarse así hasta morir. Morir con la botella puesta en la boca. Je, je. Un par de tragos de los pequeños, de los que apenas hacen cerrar los ojos. Mejor será uno sólo de los buenos. Glu, glu. Se acabó. Se levantó. El aparador tiene unas puertas bajas, detrás unos estantes, dos, en el de abajo la botella vacía. Eufórico, dio un pequeño paseo por el pasillo. Delante de la puerta del cuarto de su hermana, se empezó a encontrar mal: el vino, ese viscosillo, con cierto dulzor al paladar, el que apenas se siente de bueno que está, el vino que se agarra al estómago, le trastornó las tripas, el equilibrio. Entró en el cuarto, la puerta estaba abierta, dio un traspiés y se tumbó en el suelo. Por el suelo escurridizo, de hule, serpenteó hasta la cama, encima había algo. Incorporarse, aunque fuera poco, era difícil. Luego, quizá, la cosa no compensaría. Levantó, simplemente, un poco la cabeza. Era un paquete de tienda, en forma de bolsa, con un cartel por fuera.

Delante de Julián, a su derecha, estaba la fuente de patatas con carne.

—¿Puedo echarme lo poco que queda?

—Puedes.

—Gracias, señor.

Las cosas, cuando se ha bebido de más, se recuerdan dificultosamente. Julián, de pronto, en el recuerdo, se encontró comiendo cacahuetes. Cacahuetes de una, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis bolitas. Los comió con todo cuidado. Absurdamente, en los momentos de vino puede ocurrir que se vuelva uno ordenado, meticuloso. Julián comía los cacahuetes. Las cáscaras las dejaba, a ser posible, justo partidas por la mitad, a la derecha; el pellejito interior, la cascarilla fina de color marrón, a la izquierda. Todas las cosas requieren su método. Luego, al cabo de mucho tiempo o a la vuelta de poco, cualquiera sabe, le encontraron. Primero desaparecieron los cacahuetes, los que trajeron de la plaza porque resultan algo más baratos; después, porque en un momento dado la madre de Julián, todavía pequeño, echó de menos a su hijo.

—¡Niño!, ¡niño! —voceaban por la casa. Julián no oyó, no comprendió, ni se le pasó por la cabeza que el niño fuera él. Debajo de la cama, callado, sin hacer ruido, apenas el cri de la rotura de las cáscaras.

—¡Niño!, ¡niño! —voceaban por el pasillo.

Ya no recuerda más. La madre lo sacó completamente borracho. Vomitó. Lloró. Gritó. Cualquier cosa. Luego se lo contaron.

—Acabé… Esto estaba muy bueno… Se agradece después de la caminata. Es usted una buena cocinera…

—No he sido yo —dijo la mujer—, fue la cocinera.

—Entonces, la cocinera es una buena cocinera. Y ahora mismo me voy.

—¿Tienes prisa? —dijo el patrón.

—No, ninguna, señor…, para no molestar.

—Ven, siéntate aquí, fúmate este cigarrito, y cuéntame…

—¿Que le cuente…?

—Lo que has hecho hoy.

—Ya se lo he contado, señor. Lo de la barra.

Después de comer, después de haber comido bien, sentado en una butaca cómoda, de las de orejas, o de las de sin orejas, a la gente le entra sueño. Un sueño apañado. Uno ya está dormido, pero se dicen algunas palabras hasta con algún sentido; después, sólo se escucha: la cara sonríe, pone cara de circunstancias, se enfada.

—Cuéntame…, algo…, lo que quieras… —dijo el patrón.

—La barra es pesada, ¿sabe usted?, y se clava. Pero para que no se note tanto el dolor, se cambia de hombro, ¿comprende?… ¿Qué le diré…?

El sueño va, el sueño viene; al sueño le ocurre como a las olas. De repente, uno está completamente dormido; de pronto, menos. La cabeza se empieza a ladear, poco a poco, hasta que cae sobre el hombro, un rato así, y vuelta para arriba, para empezar otra vez a caer.

—Más —dijo el patrón.

—¿Más?, sí, señor. Vamos a ver qué le cuento a mi patrón. Un día un niño llamó a su tío, agarrado… No le había querido dar una peseta, ni un real, ni siquiera diez para pipas.

—¿Quién dijo eso? —preguntó el patrón.

—Yo le cuento: un niño, el sobrino de su tío, un niño que pasaba. Pero ¿está usted despierto?

Al patrón, otra vez dormido, se le hizo un guiño en la cara.

Julián miró el reloj: las cuatro y cuarto; más exacto, dos minutos más: las cuatro y diecisiete. Ya va siendo hora de marchar. El patrón dormía. La mujer canturreaba en el fondo de la casa. Algo se le oía, sinceridad, pralará, lará…, sinceridad. Las normas de la educación lo dicen. En una casa de superiores donde es normal el uso de formas, no se debe pedir ir al retrete, por ejemplo, como no sea en caso extremo; entonces sería peor el remedio que la enfermedad. Tampoco es lícito el vagabundear por los pasillos, mirar las habitaciones, pasear la vista con descaro. Julián quería marcharse y dejar de una vez la barra en el garaje. La butaca, una butaca de cuero, la butaca donde estaba sentado Julián, al moverse mete ruido. Después de comer, cuando lo del cigarrillo, llegó a quemarse por no echar la colilla en el cenicero. El cenicero, un instrumento cómodo, en un momento determinado —la casa del patrón, la colilla, el cenicero lejano, el ruido del cuero de la butaca al moverse, el respeto al silencio con el superior—, se convierte en incómodo. Ahora, solucionado todo lo anterior hace un rato, Julián intentaba llamar la atención del dormido, sin turbarle el sueño. Pretendía llamar la atención del superior sin que se diera cuenta, al menos sin que tuviera la certeza de quién le había molestado. Luego, tres o cuatro palabras dichas muy de prisa, seguidas de una conversación normal, disimularían por completo la situación. No, no le quiero entretener más, me voy a llevar la barra; o, me voy corriendo que tengo que hacer algo determinado…, y llevar la barra desde luego. Algo determinado, ya está, descansar del cansancio de la mañana, eso mismo. Uno, dos y tres, ahora…, nada. Otra vez, palabra de honor que a las tres hago un poco de ruido con la butaca: uno —pero inmediatamente pensó, bueno a la de diez—, dos, tres…, nueve, diez, ahora, ya, en este momento, ahora mismo, pumba, tris, tras cruz y raya… nada. El valor se pierde.

Cinco minutos han pasado. La mujer cantando, el hombre durmiendo, el muchacho esperando, todo lo mismo. Julián, no es que estuviera mal, no, estaba bien a gusto, pero quería irse y cada uno hace lo que quiere.

Las cuatro y media; sonó la campana. La mujer se acercaba por el pasillo.

—¿Cómo va eso? —preguntó.

—Bien, señora, yo me voy a ir marchando…, a llevar la barra.

—Haz lo que quieras… No molestas… Mi marido duerme.

El patrón levantó la cabeza, recién caída, se llevó la mano a la cara, abrió un ojo, los dos. Una habitación limpia, con una mesa, cuatro sillas pegadas a las paredes, unos cuadros: la perdiz, el perro, el ajo, la manzana, la última cena; entornando los ojos, un montón de colores chillones detrás de un cristal, enmarcados por una tira de papel de plata, de los de chupa y pega. Se despierta uno y, durante el primer desperezo, lo que está alrededor, el cuarto, las personas, los muebles, resulta extraño, inútil, desconocido. Luego (el cuerpo despierto, ya estirado, los ojos abiertos) se reconoce todo, se explica todo, hasta el rincón, y el último punto (ocupado, quizá, por otro punto de material: la miga, el bichito, la bolita de polvo) es conocido, familiar, natural. Hasta este momento nadie se había fijado en la partícula del rincón, pero tampoco extrañó que hubiera lo que había.

—¿Qué hay?

—Nada…, éste que dice que se va —dijo la mujer.

—¿A dónde? —dijo el patrón.

—¿A dónde?…, no sé. Llevaré la barra…, luego, no sé.

Al que hace un trabajo se le paga. Tanto de trabajo, tanto de paga. Las mismas leyes lo dicen. Tanto por aquí, tanto por allá. Todo muy bien ordenado, muy bien clasificado, en el caso de que tal, cual; en el caso de que cual, tal. Luego están los trabajos de…, luego los de… por último… El patrón mandó por la mañana a Julián a llevar una barra de acero hueca, de metro y medio de larga y unos veinte kilos de peso. El trabajo no se puede cumplir. Trabajo hizo Julián. El patrón le dio de comer, le pagó el taxi de vuelta, le quitó las penas. Julián puede pedir dinero. El patrón puede no dárselo y llamarle desagradecido.

Julián no pidió nada. El patrón por ahora ni le pagó, ni no le pagó. Si le paga algo, la mujer del patrón va a poner mala cara. El patrón quiere dar algo a Julián. Julián es un mandado. El sopor de después de la comida ya se ha ido. Las cabezas piensan muy deprisa. Todos esperan algo. ¿Uno, ser pagado?, ¿otro, pagar?, ¿otra, no mirar con buenos ojos la paga? Todos se conocen muy bien. Todas las reacciones de cada uno, sencillas por otra parte, son conocidas por los demás. El juego es limpio. Cada uno intenta hacer lo suyo, sabiendo que el otro intenta lo contrario. El patrón y Julián esperan que suene el timbre de la puerta, que se salga la leche, que la vecina llame a la mujer, que de pronto le entren ganas de orinar. En el aire, todos los pensamientos revueltos. La conversación ha venido orillando la tontería, el poco interés, relamiendo la frase tonta, la conversación inútil. El tiempo, el tiempo, el tiempo…

—Con el permiso de ustedes —dijo Julián— voy a pasar al retrete.

—¿Sabes ir? —dijo el patrón.

—Sí…

El patrón le miró con desesperación. Era casi la última oportunidad. Le hubiera acompañado al retrete y por el camino podía haberle dado el dinerito. Julián fue y volvió. El patrón cogió el teléfono y llamó al garaje: oye, mira, va a ir Julián por ahí, le das dos duros… yo no tengo cambio…, adiós. Luego iré por allá.

Julián cogió la barra, mucha barra ya, se despidió, repitió miles de veces su agradecimiento y se fue.