Las trece colonias

Jaime Bedoya Martínez · Capítulo 1 de 23

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Las trece colonias

Introducción

Jaime Bedoya Martínez

Las trece colonias

Historia de los Estados Unidos

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Titivillus 10.10.2020

Jaime Bedoya Martínez, 2017

Editor digital: Titivillus

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Introducción

 

La fundación de las «Trece Colonias» que dieron origen a la formación de la Nación de Naciones, al país más cosmopolita y desarrollado del mundo, sui generis por excelencia, se asimiló a la «Confederación Iroquesa» y en particular a las «Cinco Naciones» que más tarde fueron SEIS, y que dieron origen a la gran nación de los Estados Unidos de América, fue o ha sido la odisea del siglo XVII, que empezó con la fundación de la primera Colonia en Virginia en 1607, y la última que fue la Colonia de Georgia en 1733.

El nuevo mundo, y por ende, América del Norte, existía en el pensamiento europeo y de otras partes del mundo, comenzando por los asiáticos, mucho antes de que los corsarios vikingos y del descubrimiento hecho por Cristóbal Colón el 12 de Octubre de 1492. Sí, era un mundo maravilloso en el desconocido occidente. Y parecía que lo que antes era leyenda ahora se convertía en historia, porque anterior al siglo IX a. C., de Homero, y del siglo IV a. C., de Platón, se especulaba con las creencias de que las tierras fuera del Oikoumene —el mundo conocido de los griegos— contenía a la Atlántida, un continente perdido o apenas imaginado.

Según Ellman Crasnow y Philip Haffenden, el interés se vio revivido en los primeros tiempos del cristianismo debido a la historia de Saint Brendan, el monje irlandés quien hizo un viaje entre las islas encantadas del oeste de Irlanda; y muy relacionada con esta fábula estaba la leyenda de los siete obispos, quienes huyeron de la España Mora internándose atrevidamente en el Atlántico para descubrir la hermosa isla de Antilia, en la cual construyeron siete ciudades.

Y se sabe, que todas estas narraciones influyeron en las exploraciones del siglo XV, lo cual provocó que la leyenda estuviese en estrecho contacto con la realidad. El mismo Cristóbal Colón creía en la leyenda de Antilia. Más tarde se tuvo la idea del «Paraíso Terrestre», que fue desarrollada por «Travels of Sir John Mandeville», un trabajo fantástico de la Edad Media tardía, con mucha aceptación en Europa. Mandeville ubicaba este «Paraíso» al Oriente de la fabulosa tierra del Preste Juan, emperador de los abisinios, donde se sostenía que estaba la Fuente de la Juventud y tenía ríos por los cuales corría oro, plata y piedras preciosas. Y quién lo creyera, que el genovés Cristóbal Colón, buscó muchos de estos detalles durante su viaje a «Catay» (China), y de la misma manera lo hicieron otros viajeros quienes transformaron a la Edad Media europea con el inmenso impacto de sus descubrimientos y hallazgos.

Además, se agregaba otro mito a la idea de la Edad Media tardía, referente al Paraíso al final del Oriente: el mito renacentista de «Utopía», que tomó forma en el trabajo imaginativo del mismo título escrito por Sir Thomas More, impreso por primera vez en 1516.

Recordemos, que en ese entonces la sociedad estaba guiada por una educación gratis y obligatoria para los jóvenes, que en la edad adulta se extendía con lecturas diarias, cosa que hoy en día no se hace. Las mentes libres se ejercitaban en reuniones comunitarias, por medio de las cuales se gobernaba.

Y sostienen los autores mencionados anteriormente, que de la misma forma se ha dicho que todos los grupos de pioneros ingleses, desde Maine hasta Georgia habían sido influidos por las ideas de More. Y así, los hombres habían dirigido sus miradas hacia una cumbre inalcanzable; cualesquier que fuesen los dones que la tierra ofreciera o las oportunidades para reformar al viejo mundo, eran sencillamente insuficientes ante el gran ideal utópico.

Por otra parte, no obstante la idea de un mundo alternativo era crucial para la imaginación renacentista, ya imbuida con la noción de libertad de sus propias instituciones. Es importante observar, dicen los autores, que estas expectativas optimistas no se daban en la realidad. Son una relación de lo que «no hay», casi dependen de la carencia de una evidencia empírica para usar al nuevo mundo como vehículo de la imaginación proyectiva. Y el hecho de escribir sobre América, se ha dicho, precedió al de conocerla. Y agregan los autores, que a pesar de las experiencias de la historia que niegan su confirmación ha evolucionado en la actitud de muchos escritores posteriores, por ejemplo Barlow y Whitman durante el siglo XIX, Hart Crane y Charles Olson en el XX.

Y puede hacerse interminable todo este montón de especulaciones, pero lo cierto es que durante el siglo XVI los exploradores de todas partes del mundo occidental —alentados por dichas ideas— hicieron sus intentos en el nuevo mundo. Y de este modo las posibilidades de pesca atrajeron a los ingleses al Atlántico Norte, y desde casi a finales del siglo XV (1480), con los viajes iniciados en Bristol en la búsqueda de la isla mítica de Hy-Brasil. El descubrimiento de la «New Founded Land», ahora Terranova, frente al Canadá actual, hecho por el genovés John Cabot en 1497, enfocó el interés inglés en la explotación de una abundante pesca, pero el descubrimiento más importante fue el realizado por John Smith Rolfe, cuando inició la plantación de tabaco en Virginia en el año 1612, con lo cual se le daba un gran impulso al comercio entre los nativos, colonos y los ingleses, puesto que los barcos iban cargados de toneladas de tabaco y regresaban con toda clase de mercaderías, desde doncellas, sirvientes escriturados, esclavos africanos, lana y toda clase de artículos producidos en la Madre Patria, allende los mares.

Sin embargo, en lo que más insistían los exploradores y navegantes era en el descubrimiento de un camino o un pasaje por el noroeste hacia Catay, y por ello desde 1550, la preocupación principal de los propagandistas ingleses hacia Norte América, era la búsqueda de un paso más corto hacia el Oriente. En 1566 Humphrey Gilbert, hermano medio de Sir Walter Raleigh y amigo cercano del influyente cartógrafo John Dee, produjo el importante «Discourse of a Discoverie for a New Passage to Cataia», cuyo manuscrito circuló durante más de una década antes de ser impreso. Del mismo modo el navegante florentino Juan Verrazzano estaba preocupado por el descubrimiento de un pasaje por el norte hacia Catay, pero probablemente estaba quizás impulsado por la «Utopía» de Moro, agregó más ideas, y vio a América como un lugar de refugio para los religiosos disidentes y los pobres de Inglaterra.

Se sabe, por el libro escrito por Richard Hakluyt «Discourse Concerning Western Planting» en 1584, que la primera función del colono era mejorar la calidad de vida para los que se habían quedado en Inglaterra: Al emigrar habían reducido el número de desempleados y, si eran soldados, habían reducido los peligros de la falta de movilización. Y como sembradores podían producir los bienes esenciales para la economía inglesa, y a su debido tiempo podría ofrecer mercado para sus productos. También podían proporcionar bases para oponerse a los enemigos de la nación y en especial a España. Por otro lado, los colonizadores, ya fuera en Irlanda o en Norteamérica, eran considerados como patriotas y servidores de la nación.

América se intuía como un «Paraíso», por eso el diccionario nos ofrece una palabra adecuada «neofantasía». De manera que hubo numerosos preámbulos antes del real asentamiento de los colonizadores que nos haríamos interminables. Finalmente, la malograda expedición de Hernando de Soto, fue narrada como una historia de aventuras de caballería. Y así la literatura, como en todas las épocas, estuvo ligada a este acontecimiento. La «Oda del Viaje por Virginia» hacia 1605, de Michael Drayton, basada en la expedición patrocinada por Raleigh, celebra con toda libertad al «Paraíso en la Tierra» e intenta encender las mentes heroicas, de los ingleses con ambiciones románticas, como dijo un autor:

Y alegremente en el mar,

Al triunfo todavía atraes;

Para ganar perlas y oro,

Y para que sea nuestra Virginia,

Paraíso en la Tierra.

Así Drayton, transfiere la tradición pastoral arcaica al otro lado del mar, como al poco tiempo estarían haciéndolo muchos otros poetas, hasta el mismo Shakespeare en «La Tempestad». Y la clara realidad se detecta muy bien en «La historia general de Virginia» (1624) del capitán John Smith, esposo de Pocahontas, donde William Simmons comenta sobre la realidad de la fundación de Virginia después del año de 1607:

Más aún tan grande era nuestra hambre que a un salvaje que ya habíamos matado y enterrado, los más pobres lo sacaron y se lo comieron; y así pasó con los zambullidores que uno tras otro se hervían y se guisaban con raíces y hierbas. Y uno de ellos mató a su esposa, la pulverizó y ya se había comido parte de ella antes de que se supiera, por lo que fue ejecutado como bien se merecía; ahora, si ella estaba mejor asada, hervida o al carbón, no lo sé; pero un platillo tal como una esposa pulverizada es algo de lo que nunca había oído. (Págs. 34-35).

Sin embargo, el trabajo entusiasta de Smith, muestra que persistían las expectativas de una tierra de abundancia, inclusive en esta «época de hambre»:

Era demasiado ruin de decir y difícil de creer, lo que resistimos, pero era nuestra ocasión, por carecer de providencia, industria y gobierno, y no la esterilidad y defectos de esta tierra, como generalmente se supone. (Pág. 35).

De todas maneras, las colonias británicas sobrevivieron a pesar de dichas penalidades. En Virginia surgió una sociedad de plantadores de tabaco; en Nueva Inglaterra, la costa estaba salpicada de pequeños poblados y a su debido tiempo se fundaron otras colonias: Maryland en 1634, Rhode Island en 1636 y Nueva York (antigua posesión holandesa) y Nueva Jersey en 1664… Los británicos fueron tomando posesión poco a poco. América aún no dejaba de ser un lugar de maravillas. Debía darse a conocer y su vida tenía que ser debidamente registrada, y la literatura fue la encargada de ello, y con lo cual nos sentimos satisfechos cumpliendo tan encomiable deber como escritor, educador, y tal vez, con algo de historiador como lo demostré en mi primer libro escrito «Testimonio de la Montaña» que aún no ha sido publicado, y en mi primer libro publicado (novela histórica social) «El Pijao Rebelde» (1978) por Editorial Quingráficas de Armenia (Colombia), y con las novelas históricas «Zoratama» y «Pocahontas y el esclavo y rey», e «Historia de los Estados Unidos de América»…

De todas maneras, el descubrimiento de América y la colonización de Norte América, fueron una necesidad adivinada, la solución al problema económico-social y sociopolítico de que adolecían España, Portugal, Inglaterra, Alemania, Holanda y Francia, entre otros, en esa época en que las calamidades y necesidades eran severamente apremiantes, aparte del gran problema religioso inglés y francés que afectó a infinidad de disidentes ingleses de la iglesia Anglicana, que permitió la oleada de embarcaciones trayendo a los peregrinos, hugonotes y a los puritanos que querían huir de su madre patria, para encontrar la libertad en el nuevo mundo. En realidad un nuevo mundo había nacido para salvar al viejo mundo.

El problema mayor, para los ingleses, era la pobreza y el desempleo que se multiplicaban vertiginosamente, y de igual manera la iglesia de Inglaterra. Sin embargo, aunque una congregación de independientes de Scrooby, Nottinghamshire, huyó primero a Holanda y después en 1626, a Plymouth en Norte América, sus integrantes no pensaron nunca en separarse de su nación inglesa como tal, con la que estaban unidos por la cultura y el interés económico, humano y social.

Deben saber, los pueblos, que el establecimiento de una nación nueva, y sui generis como los Estados Unidos de América, no fue una tarea nada fácil, ni fue cosa de fiesta, de rumba… Supuso un trabajo áspero, rudo, inconsecuente e injusto a veces, pesado y muy peligroso, en el que un gran número de héroes que querían legarle una nueva y amable patria a los suyos, ofrendaron infinidad de sacrificios y hasta sus propias vidas y fortunas…

Las Trece Colonias inglesas, que se confederaron para formar los Estados Unidos de América fueron fundadas, menos una, como resultado de dos grandes corrientes de actividad colonizadora, así como las colonias francesas que llegarían a ser el único núcleo de la comunidad canadiense. La primera de estas corrientes que se inició en 1606 y perduró hasta 1637, estableció tres grupos de colonias inglesas y tres colonias francesas: Virginia y Maryland, en la bahía de Chesapeake; las repúblicas puritanas de Nueva Inglaterra, y las Indias Occidentales británicas. La misma época vio el establecimiento de los franceses en Acadia (Nueva Escocia), Quebec y las Antillas, así como la colonia holandesa de Nueva Holanda, que llegaría a ser Nueva York, en honor y memoria del Conde de York y de su antigua ciudad natal.

Y como se conoce, que debido a la muerte de Isabel I y la subida de Jacob I en el año de 1603, trajo consigo la liquidación de las luchas seculares con España y Escocia, y dejó libres los capitales y esfuerzos ingleses para productivos proyectos. La lección de que «las bolsas de los particulares son pobre aliento para los aventureros» había sido bien aprendida. Se habían obtenido ya excelentes resultados en el comercio exterior por parte de sociedades anónimas, que ponían el capital de muchos bajo la administración de unos pocos. La Compañía Moscovita y la Compañía de Levante habían realizado excelentes operaciones mercantiles con Rusia y el Cercano Oriente, y la Compañía de las Indias Orientales estaba acumulando sorprendentes utilidades. Cada compañía obtenía un monopolio de comercio inglés con determinados lugares del mundo, y pleno control en cualesquier plazas mercantiles o colonias que creyera conveniente establecer para incrementar sus empresas.

Y de este modo se llevó a cabo la colonización inglesa de Virginia. Se formaron dos grupos de capitalistas que tenían sus centros en Bristol y en Londres. Todo accionista podía tomar parte en las reuniones trimestrales, llamadas Asambleas Generales, y tenía derecho a voto para la elección de la Junta Directiva, a la que se daba el nombre de «Tesorero y Consejero».

Los derechos ingleses sobre Norteamérica se dividieron entre aquellas dos compañías de Virginia. La Virginia del Norte, rebautizada en 1620 con el nombre de Nueva Inglaterra, correspondía al grupo de Bristol. La Virginia del Sur, que incluía también las regiones que después habrían de llamarse Maryland y Carolina, correspondían a los londinenses.

Y el único intento de la Compañía del Norte por hacer plantaciones dio mal resultado a causa de un invierno en Maine «sumamente intenso y helado», entonces la Compañía de Londres estableció el viejo dominio de Virginia. Esta corporación no se limitaba a ser una empresa para ganar dinero, aunque ciertamente tenía la esperanza de obtener ganancias; era más bien una empresa nacional, con centenares de grandes y pequeñas acciones.

De todas maneras, existen una gran cantidad de libros donde el lector, el investigador, el historiador y el estudiante pueden complementar estos estudios; nosotros solo pretendemos difundir una sucinta historia que hemos aprendido de profesores, de terceros y de una pequeña bibliografía consultada y comparada, y porque además, en la forma como está escrito este libro, solo servirá para una información general y como un estímulo para empezar a leer otros libros más eruditos sobre tan importante tema.