Los Cinco y yo

Antonio Orejudo · Capítulo 1 de 2 · parte 1/5

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Los Cinco y yo

Antonio Orejudo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Los Cinco y yo

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Titivillus 23.06.2017

Título original: Los Cinco y yo

Antonio Orejudo, 2017

Editor digital: Titivillus

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Para explicar el influjo que las aventuras de Los Cinco han ejercido sobre mi generación hay que hacer referencia al precio que alcanzó el trigo en la posguerra española: así empecé mi presentación de After Five en la Blyton Foundation, remontándome a la catástrofe que había sufrido el sector agrario en los años cuarenta, recién terminada nuestra Guerra Civil. Entonces el Estado fijaba por ley las superficies de cultivo, compraba muy barata toda la producción de cereal y controlaba el consumo con cartillas de racionamiento. A consecuencia de ello, muchos agricultores ocultaban parte de su cosecha para venderla más cara en el mercado negro. Esta práctica, unida a los efectos de una prolongada sequía y a una deuda bélica que obligaba a exportar nuestros escasos cereales a Alemania en pago por la ayuda de Hitler a Franco en la Guerra Civil, provocó una escasez de productos básicos. Mientras la población pasaba hambre, los grandes propietarios agrícolas fueron acumulando el capital que les permitió financiar el sector industrial a partir de la década siguiente.

Me pareció pertinente comenzar aquella introducción al libro de Reig mencionando la transformación económica de España en los años cincuenta y el éxodo masivo de las zonas rurales, cuyos habitantes emigraban hacia las ciudades más desarrolladas, sobre todo hacia Madrid, que entonces carecía de las infraestructuras necesarias para dar alojamiento a todos aquellos jóvenes de pueblo que llegaban con la intención de buscarse un sustento o, en el mejor de los casos, de colocarse en un banco o en una compañía de seguros.

Fue en esta insuficiencia de los organismos públicos donde el proselitismo y la caridad del jesuita Tomás Morales encontró la misión de su apostolado: ofrecer vivienda y orientación espiritual a esta legión de futuros empleados de banca, botones y auxiliares administrativos.

Por cierto: la vida de Tomás Morales (1908-1994) merece contarse en una biografía o en un ensayo sociológico que explique la relación entre la Iglesia católica y la socialdemocracia española. Hace años yo mismo inicié el proyecto, que abandoné por diferentes razones tras la fase de documentación. En 1946 Tomás Morales fundó el Hogar del Empleado, y cuando esta residencia masculina de inspiración mariana se quedó pequeña —porque todo empezaba a quedarse pequeño entonces—, la transformó en una constructora benéfica de viviendas sociales, pensadas para esos mismos jóvenes que, tras su paso por el Hogar y ya empleados en el banco o en la compañía de seguros, se casaban y fundaban familias que en muchos casos eran numerosas.

En una gráfica que mostré en aquella presentación se veía claramente cómo las líneas de natalidad y de mortalidad infantil, que en los años cincuenta habían iniciado un suave distanciamiento, de pronto parecían quebrarse. A partir de 1960 la mortalidad se desplomaba y los nacimientos se disparaban; las líneas se separaban violentamente, y cuando ya estaban alejadas al máximo, iniciaban una trayectoria horizontal, paralela y constante que se prolongaba durante una década. En solo diez años un alegre y sostenido ritmo de nacimientos fue poblando el inmenso desierto que había quedado entre esos dos vectores, hasta convertir lo que podía haber sido un saludable índice de natalidad en una destructiva plaga de niños, cuyos efectos empezaron a notarse inmediatamente y se prolongaron hasta bien entrado el siglo XXI.

En 1968, que fue nuestro primer año escolar, los colegios españoles eran ya lugares desbordados de chavales, más parecidos a junglas que a jardines de infancia. Matricular a los niños en la escuela, que hasta entonces había sido un mero trámite, se convirtió con los nuevos tiempos en un quebradero de cabeza. Para poder atender la demanda de todas las familias del barrio, el colegio Montserrat tuvo que abrir nuevas aulas en sótanos y locales cercanos porque en el edificio principal no cabía más gente.

El Montserrat formaba parte de una de esas colonias promovidas por la constructora del padre Morales. Estaba en lo que entonces eran las afueras de Madrid, unos terrenos que bajaban en vaguada desde la confluencia de las calles Doctor Esquerdo y Sainz de Baranda hasta el arroyo Abroñigal, cuyo cauce discurría por donde ahora pasa la M-30, una de las vías que circunvalan la ciudad, a su paso por el Parque de Roma. El proyecto era muy ambicioso: además de las viviendas, amplias y de buenos materiales, los planos incluían un salón de actos vecinal, una lonja de concentraciones, un edificio de servicios, una iglesia, un auditorio, varios campos de deporte y un centro de enseñanza. Al final, solo se levantaron las viviendas, la parroquia y el Montserrat, que pronto empezó a tener problemas de espacio porque no solo debía dar servicio a la colonia, sino también a los niños que vivíamos al otro lado de Doctor Esquerdo: en Sainz de Baranda, en Ibiza y en sus perpendiculares. La dirección del centro acondicionó los bajos de los bloques adyacentes, y los cerró con unas cristaleras esmeriladas que hoy no superarían ningún control de seguridad infantil.

Los casi doscientos niños que entramos a párvulos en 1968 fuimos divididos en cuatro grupos de cuarenta —dos de chicos y dos de chicas— y diseminados por el barrio. Entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos a las cinco y media de la tarde, con una parada de dos horas para comer, cada uno en su casa porque entonces no había comedores escolares. A las once nos soltaban al recreo, y a esa hora, en medio de un griterío ensordecedor, una marabunta de niños se extendía por donde tendrían que haberse levantado el estadio, el salón de actos vecinal y la lonja de concentraciones. A ese inmenso descampado unos lo llamaban el Campo Campana, pero casi todos lo conocíamos por su nombre en plural: los Campos. Allí salíamos al recreo, allí jugábamos después de clase y allí hacían gimnasia los mayores, los que estaban en el edificio principal. Nosotros, los pequeños, contemplábamos fascinados aquellas sesiones de ejercicio físico, sobrecogidos por las súplicas y los gemidos de esfuerzo. Entre los cuerpos agotados por las flexiones y las sentadillas paseaba impertérrito un joven rubio, vestido con un chándal blanco. Quienes tenían hermanos mayores sabían que se llamaba Jon, un nombre muy raro entonces, y que sus clases de gimnasia eran extremadamente duras.

Al final del recreo un maestro se acercaba a la cuesta, tocaba un silbato y nos sacaba de nuestro ensimismamiento. Al oírlo, la marabunta se replegaba hacia arriba hasta llegar a la explanada donde había que formar por clases antes de desfilar hacia el aula, donde ocupábamos nuestros pupitres y esperábamos a que el maestro pasara lista:

Alemán Boj, Almadraba Garicano, Antúnez Monedero, Aranda Foix, Becerra Grande, Carrera Altozano, Caravajal Solís; Casero Ortega, que se ha muerto; Delgado Val, el Huevo; Estébanez García, Etreros González, Gómez García, Gómez Recio, que se quedó calvo antes de llegar a 6.º, lo llamábamos el Búfalo, y tenía barba desde 3.º.

Hernán Pérez; Jabalardo Gómez, que rompió la cristalera esmerilada de una patada cuando la señorita Pilar nos dejó solos cinco minutos porque tenía que hacer una gestión en la secretaría, que estaba en otro bloque.

Jiménez Roncero; Lantisco Blasco, que se hizo marinero y naufragó, o se perdió en el Pacífico, y cuando lo encontraron era un esqueleto.

Manrique Santonja, el Mangüi.

El Mangüi era un adefesio. Llevaba gafas con un cristal tapado porque tenía un ojo vago y calzaba botas ortopédicas, unas botas horribles hasta el tobillo, muy rígidas, que lo obligaban en las carreras a pisar con toda la planta del pie. Corría de una manera muy cómica. El Mangüi era torpe, peor que yo al fútbol. Cuando los capitanes hacían los equipos, ninguno lo elegía y siempre se quedaba de los últimos, con los malos, que se desgañitaban ofreciéndose para que los escogieran: ¡A mí, a mí!

Feo, vago, poco despierto y desangelado, el Mangüi era un muchacho muy por debajo del pelotón. Hasta que un buen día se transformó. Se transformó como se transformaba Jerry Lewis en el Buddy Amor de aquella película que me hacía reír a carcajadas, El profesor chiflado. Un primer día de curso, después del verano, el Mangüi apareció convertido en un hombretón alto y musculoso, que ya no llevaba gafas ni botas ortopédicas. Seguía siendo poco inteligente, un poco atolondrado, eso nunca cambió, pero había sido fichado por los infantiles del Rayo Vallecano. Se había convertido en un jugador extraordinario. ¡Cómo protegía el balón, cómo regateaba! Era una bestia corriendo. La metamorfosis fue tan brutal que tuvimos que cambiarle el mote. Nadie lo volvió a llamar Mangüi nunca más. Desde entonces fue siempre el Manguas.

Martín Vázquez, Martínez Galbón, Méndez Pérez.

Alejandro Méndez Pérez era huérfano. A él y a su hermana los cuidaban sus abuelos. Cuando su abuela dormía la siesta, Alejandro entraba en su habitación, le bajaba las bragas y con un par de ramitas le acariciaba el chocho. Me lo contó una tarde de lluvia, y dijo eso: el chocho. ¿Quieres saber cómo es el chocho?, me preguntaba. Y yo decía sí, sí. Entonces él me pedía que juntara las manos y que separara los dedos para que él pudiera encajar los suyos. Entonces yo abría las palmas y veía el chocho.

Molina Fernández; Molinos Refrío, el Guilgas, que dejó las anfetas de golpe, y se quedó colgado. Después de Mora Rey iba yo, con un apellido que provocaba las primeras risitas de las miles que oiría a lo largo de mi vida. Si alguien se ríe de tu apellido, me dijo mi padre, lo sacudes.

Ortego Esteban; Ortiz Gómez, que simuló su muerte; Pardo de Gracia, Pastor Fuente, Pérez Salmo.

A Santiago Pérez Salmo decidí adoptarlo y protegerlo porque tenía rasgos mongoloides y nos parecía a toda la clase que se había salvado por poco de ser subnormal. Los llamábamos así, sin ofensa ni culpa: los niños subnormales. A mí me daban miedo. Mi prima Angelines era maestra de niños subnormales y me decía que no debía tenerles miedo, pero yo no podía remediarlo. Me parecían más monos que hombres y me asustaba su manera sincopada de hablar, que en nada se parecía a la de los humanos; me asustaba su rudeza. Tampoco guardaban las normas de cortesía, no pedían las cosas por favor y se tomaban confianzas que a mí me resultaban embarazosas. Pero Santiago era diferente. Santiago había estado a punto de ser subnormal, pero se había quedado en el lado de los humanos. Aunque su mandíbula estaba un poco salida y su mirada era un poco reconcentrada y simiesca, su tono de voz no me asustaba, y eso era lo que le daba un definitivo aspecto humano. Pero era un humano desvalido que necesitaba protección. Así que me comprometí a dársela siempre, a no separarme de él jamás. Fue una promesa que me hice a mí mismo: consagrar mi existencia a cuidarlo, a defenderlo si alguien se metía con él, me llevara por donde me llevara la vida.

Pérez García; Perlo del Soto, el Gota, que también se quedó colgado y que iba por el barrio sintonizando Radio Moscú, decía, con la parte izquierda del cerebro; Rico Muñoz.

Rico Muñoz fue el primero al que sacudí por reírse de mi apellido, pero antes le di una oportunidad porque Rico era Rico, el mejor de todos jugando al fútbol. Estábamos seguros de que sería el Pelé español. En aquella época el esquema de los equipos era 3-2-5; tres defensas, dos medios y cinco delanteros, es decir, dos interiores, dos exteriores y un delantero centro.

Pues bien, en uno de mis primeros partidos de fútbol me pusieron de interior derecho y me dijeron que yo tenía que alinearme con mi compañero; tenía que estar en línea con el interior izquierdo, esa fue la expresión, que me encantó. Debió de ser una simple orientación, pero yo me la tomé al pie de la letra, y convertí el fútbol en un juego que consistía básicamente en subir y bajar al mismo tiempo que mi compañero, a quien miraba de reojo todo el tiempo: si él se adelantaba, yo me adelantaba; si él se atrasaba, yo trotaba hacia atrás, como había visto hacer a los futbolistas profesionales. No tenía ni idea de dónde estaba el balón, ni me importaba; para mí un partido de fútbol era estar el mayor tiempo posible en línea con mi compañero.

Una vez, en un recreo, nos metieron un gol por mi culpa, y Rico, que no toleraba la derrota, se burló de mi manera de jugar y se rio de mi apellido. Retíralo, le dije con la esperanza de que lo hiciera y no tener que sacudirlo. Pero Rico no tenía ninguna intención de retirar nada, todo lo contrario: me humilló aún más y me echó un lapo. Entonces alguien que vivía dentro de mí, pero que no era yo, se abalanzó sobre él. Rico, que se las sabía todas, nos esquivó, nos hizo una llave, se puso sobre nosotros y nos inmovilizó sujetándonos los brazos con las rodillas. A mí y al que vivía dentro de mí. ¿Y ahora qué?, me dijo. Yo lloraba de rabia. Encabritado, aullando maldiciones, insultos y amenazas, intenté zafarme sin resultado, porque Rico me tenía bien sujeto. Acercó su boca a la mía, me sujetó la cabeza con las manos y me echó otro lapo. La rabia que sentí fue superior al asco. Si hubiese logrado liberarme, lo habría matado. Cuando estuvo seguro de que yo estaba derrotado y exhausto, me liberó. Allí me quedé, tirado en los Campos, con los ojos enrojecidos y respirando con dificultad por la boca. Ni siquiera me levanté cuando sonó el pito.

A la salida de clase normalmente venía a recogerme mi madre; pero en ocasiones aparecía mi padre con un balón. Entonces bajábamos a los Campos y echábamos un partido hasta la hora de comer. Pero como jugar uno contra uno resultaba un poco aburrido y era muy cansado, a veces hacíamos una portería con dos piedras, yo me ponía de portero y mi padre chutaba. Así fue como descubrí que era ágil, que tenía buenos reflejos y que paraba bien. En los recreos empecé a jugar de portero, y poco a poco fui ganándome fama de ser muy bueno; no me daba miedo salir a los pies y sabía hacer palomitas. Empezaron a elegirme de los primeros sin que tuviera necesidad de pedirlo. Me compraron unas rodilleras y unas coderas, y al año siguiente me incluyeron en la selección del Montserrat como portero suplente, mi mayor gloria futbolística.

Y sin embargo, a mi carácter exhibicionista no le iba eso de jugar en la portería. Yo con lo que soñaba (porque ser portero me dejaba mucho tiempo para soñar) era con el éxtasis del gol, no con la satisfacción de la parada; así que poco a poco también fui pidiendo que se pusiera otro, y yo empecé a explotar mi velocidad por la banda derecha, como extremo. Era muy rápido. Cuando me pasaban el balón y empezaba a correr, no había quien me alcanzara. Tenía además un buen regate, rápido y eléctrico, pero estéril, porque luego no la pegaba bien, no tenía fuerza para colgarla en el área, y además no tenía visión de juego; de alguna manera seguía pensando en el fútbol como en un ballet simétrico, donde las parejas tenían que subir y bajar juntas y estar en línea. Tendía a recrearme en el regate espectacular, improductivo, pensado más para la galería y la gloria que para el bien del equipo. Era, pues, un jugador de la peor especie. Empezaron a llamarme el Piruetas, un mote doloroso pero justo, con el que algunas veces, años después, pensé firmar mis escritos, que a su manera son también los escritos de un extremo derecho ineficaz: muy veloces, pero intrascendentes.

Detrás de Rico Muñoz venía Rivera Ettinhausen; luego, Romero Peral, que se murió hace poco, y Sáenz Doncello, que tenía una madre guapísima. Todos los Sáenz Doncello eran guapísimos, empezando por él, por Javier, el Sáenz que estaba en mi clase, y continuando por sus hermanas, Belén y no me acuerdo del nombre de la otra. En el barrio todo el mundo estaba enamorado de la otra. Y de Belén también, pero Belén era una niña cuando estábamos en el Montserrat. Luego se hizo yonqui como su hermana y como Javier. Todos yonquis en esa familia menos el mayor. El mayor creo que se hizo arquitecto o ingeniero aeronáutico. Fue novio de la Palo mucho tiempo, y luego huyó de allí. Belén y la otra se murieron, Javier sobrevivió, aunque se le fue la cabeza, dicen. Yo no lo he vuelto a ver; sé que tiene un quiosco de prensa y de chuches en el norte, porque un día me escribió un correo electrónico desde la dirección de su novia, cuando yo colaboraba en los periódicos. Me dijo quién era, y que me leía en el quiosco, y que dudaba de que yo me acordara de él. Pero él y yo habíamos sido muy amigos, y me acordaba de algo que me había sucedido una vez que fui a su casa para hacer un trabajo de Naturales, y me quedé allí hasta las once o las doce de la noche, con diez años, sin haber avisado a mis padres, fascinado por la belleza de su madre, que me preguntaba con tacto si mi familia no estaría preocupada al no verme aparecer a esas horas. Naturalmente que no; yo quería parecerles a los Sáenz tan moderno e independiente como ellos me parecían a mí, y todavía me quedé un poquito más. Cuando regresé, mis padres habían dado aviso a la policía, y todo el vecindario estaba sobresaltado, fuera de sus casas. En vez de recibirme aliviada, mi madre me calentó el culo con la zapatilla, un castigo corporal muy habitual en casa.

Sánchez Valdelló, que tiene una casa rural en Ávila; Sánchez Valdés; Valverde Peña, que les hacía pajas a los perros en el recreo y hoy es el responsable de la fibra óptica en España. Me lo encontré una vez en el Alcampo. Iba con prisa. Me dijo: Toni, te sigo, ¿cómo has completado tu paso del mundo analógico al digital?

Y el último siempre: Zaguán Venturi.

Nunca había habido tantos niños en España. El país rejuveneció justo cuando Franco estaba a punto de espicharla, como decíamos entonces. Nadie sabía cuántos años le quedaban, pero era evidente que el final estaba cerca. Un marxista hubiera dicho que las leyes de la naturaleza se habían aliado con la necesidad histórica, y que aquellos niños que en los años sesenta bajaban corriendo las cuestas de los Campos, de todos los campos de España, estaban destinados por la Historia a construir el país que sería España después de Franco. Pero no fue así. Como dije en la presentación de After Five, aquella marabunta de niños no tuvo ningún protagonismo en la transición de la dictadura a la democracia ni tampoco en los primeros años de esta. Para haber tenido alguna relevancia, Franco debería haber durado diez o quince años más; pero la espichó el 20 de noviembre de 1975. Los que se hicieron con las riendas del país tenían entonces la edad de Cristo. Nosotros, que acabábamos de cumplir diez, once o doce años, teníamos la edad de Los Cinco.

Sí, Los Cinco; al final acababa llegando a Los Cinco desde el precio del trigo en la posguerra, para recordar que no a todo el mundo le había ido mal con aquella masiva llegada de niños. Los dueños de la Editorial Juventud de Barcelona, por ejemplo, hicieron su agosto. Conchita Zendrera, que entonces era la responsable del departamento de literatura infantil, tuvo el ojo de contratar los derechos de una escritora desconocida en España, pero muy célebre en el Reino Unido, Enid Blyton, que llevaba ya casi cuarenta años vendiendo libros como rosquillas. Los vendía como rosquillas y los hacía también como rosquillas; como rosquillas frescas con pasta de anchoas, por empezar a usar su terminología: escribía 1,6 libros al mes o, lo que es lo mismo, veinte libros al año, un ritmo de producción muy rentable, que ya hubiese querido yo para mí. A lo largo de su carrera literaria, que se inició en 1922 y terminó significativamente en mayo del 68, Enid Blyton dio a la imprenta más de setecientas obras. Hubo años de escasez, en los que solo firmó tres libros; y años de abundancia, en los que aparecieron más de cuarenta.

Uno de los veinte libros que publicó en 1942, durante la posguerra española y en plena contienda europea, se titulaba Five on a Treasure Island, y estaba protagonizado por cuatro niños y un perro que durante unas vacaciones de verano encontraban un tesoro en una isla. La idea estaba vagamente inspirada en la novela Four on an Island, de la irlandesa L. T. Meade (1844-1914), pero no había nada en aquel libro que hiciera presagiar un éxito mayor del que ya tenía garantizado cualquier obra firmada por Blyton. De hecho, la autora solo había pensado escribir tres aventuras más con estos mismos personajes. Sin embargo, los cuatro millones de ejemplares que se vendieron de la primera entrega le hicieron cambiar de parecer y acabó prolongando la serie hasta los veintiún episodios. La primera aventura de Los Cinco se publicó, como he dicho, en 1942 y la última en 1963, el año en que nacimos Reig y yo.

En el Reino Unido la figura de Enid Blyton es transversal. Entre sus lectores hay niños que la han leído después de 2000, pero también ancianos que se acercaron a ella en la primera mitad del siglo XX. Lilian Canon, la presidenta de la Blyton Foundation, una viejecita de pelo blanco que a sus casi cien años presume de ser la fan más vieja del mundo, es un buen ejemplo. Tenía ocho cuando Blyton publicó su primera obra; la misma edad de su biznieta cuando leyó Los Cinco y el tesoro de la isla.

En España, por el contrario, Enid Blyton es una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en los sesenta, la década en la que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares. En la Transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y la Gran Recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo. Aunque no participamos en las protestas de 1968, compartimos valores y prejuicios con quienes sí lo hicieron, nuestros hermanos mayores, a quienes admiramos y detestamos al mismo tiempo. No somos como ellos, pero tampoco somos muy diferentes; nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie. Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. Ellos leyeron a Salgari, a Julio Verne, las aventuras de Guillermo o de Tintín, pero no pudieron conocer a Enid Blyton porque hasta 1964 no se tradujo al español. Los Cinco y el tesoro de la isla se publicó ese año y desde entonces la Editorial Juventud no ha dejado de imprimirlo.

Por mi casa circulaba en los años setenta un ejemplar de la 4.ª edición, que me había regalado por algún cumpleaños la prima Angelines, la maestra de niños subnormales; la única que regalaba libros en mi familia, porque los robaba de la biblioteca de su colegio. Lo conservo todavía. Tras la portadilla tiene un exlibris de imprenta que dice ESTE LIBRO PERTENECE A, y luego una línea sobre la que están escritos a mano mi nombre y mis dos apellidos, con unas mayúsculas majestuosas y unas oes rematadas con un rabito hacia arriba que a mi padre no le gustaba porque decía que las convertía en aes y que esa confusión me iba a traer muchos problemas en el futuro.

Me acordaba de aquellas palabras de mi padre sobre las oes y el futuro mientras merendaba con mis hijos en un centro comercial. Estábamos juntos, pero en silencio: ellos, con el móvil; tecleando con los pulgares a una velocidad de vértigo; y al final yo también acababa sacando el mío y tecleando en él, pero solo con el índice de la mano derecha, mucho más lento.

En general, no me he adaptado mal a los nuevos tiempos, y salvo escribir con ambos pulgares en el minúsculo teclado de los teléfonos móviles, he completado con bastante dignidad la transición entre el mundo analógico y el digital. Comparado con otros miembros de mi generación, mi comportamiento ha sido modélico. Mucha gente de mi edad ha renunciado a seguir el ritmo de las innovaciones tecnológicas o el funcionamiento de este programa o de aquella maquinita; se ha asustado o le ha dado pereza la obligación de adquirir periódicamente nuevas habilidades y ha ocultado ese susto, o esa indolencia, con un velo de feroz oposición ideológica. Yo no, yo desde el primer momento me he mostrado entusiasmado y curioso y he ido aprendiendo y olvidando el funcionamiento y el uso de las diferentes herramientas, clientes y aplicaciones a medida que han ido apareciendo o quedándose obsoletas. Incluso he llegado a desarrollar cierta dependencia a la conexión a internet, muy modesta, pero suficiente para no sentirme anticuado en esta nueva era de la información y el conocimiento. Si alguna vez me levanto por la mañana y no puedo descargarme el periódico en la tableta, me irrito y llamo iracundo a mi proveedor de ADSL para hacer valer mis derechos de consumidor.

A estas alturas de mi vida, las únicas injusticias que todavía me exaltan, las únicas que son capaces de avivar las brasas casi extinguidas de mi resentimiento social, son las que cometen las compañías telefónicas. A todos los demás abusos me he vuelto insensible; para poder sobrevivir en este mar de atrocidad en el que vivimos he tenido que desarrollar una efectiva capacidad de distanciamiento. Ahora bien, durante el calvario al que hay que someterse para resolver una incidencia o para cancelar un contrato, noto cómo me nace en el plexo solar aquella vieja ira revolucionaria que ya creía extinguida. ¡Cuántos ensayos políticos incendiarios he esbozado mentalmente durante los tiempos de espera, con el auricular en la oreja, oyendo una versión edulcorada de los Ramones! Mi última teoría es que los servicios de atención al cliente son una metáfora de las estructuras económicas del poscapitalismo: organismos opresivos sin centro, es decir, sin motor, es decir, sin corazón, es decir, invencibles, en los que no hay jefes responsables de nada ni jerarquía de mando, pero que funcionan perfectamente desactivando por agotamiento al consumidor. Me gustaba la idea, pero nunca la desarrollé porque en un determinado momento de mi vida sentí que había perdido la alegre energía que se necesita para ponerse a escribir.

 

Aunque firmé inmediatamente el exlibris impreso de Los Cinco y el tesoro de la isla, tardé en leerlo porque a mí entonces la lectura me aburría. No lograba establecer una relación de complicidad con los piratas y los aventureros que protagonizaban los libros que había por casa: una colección de clásicos juveniles, la mayoría adaptados o acompañados de viñetas; otra de clásicos universales encuadernados en tapa dura y repujados en oro para el mueble del salón; y una tercera con todos los Premios Planeta hasta el año 1970, porque mi padre era muy de concursos y certámenes, y al Premio Planeta lo tuvo siempre en un altar.

Su sueño fue que yo ganara uno, y me presentó a varios: el primero fue de villancicos, y se retransmitía por la radio desde Cibeles. Mi padre había decidido que cantara Campana sobre campana, así que la primera tarea fue aprenderlo de memoria, como si fuera mi nombre y mis dos apellidos. De improviso, cuando estábamos comiendo o yendo de visita a casa de la prima Angelines, me decía: Cántalo. Y entonces yo lo cantaba. Cuando estuvo seguro de que no me quedaría en blanco, fuimos a Cibeles. Mi madre prefirió esperarnos en casa con la radio encendida.

En la plaza había una multitud que se agolpaba frente al escenario, donde cada niño iba cantando su villancico. Mi padre me elevó y yo volé sobre las cabezas hasta la tarima. Cuando aterricé sobre las tablas, el presentador me preguntó la edad, y yo le mostré cuatro dedos con el pulgar escondido tras ellos. Entonces fue él quien me aupó de nuevo sobre el público para hacerme llegar hasta mi padre, porque el requisito para participar era tener al menos cinco años.

La segunda competición fue una carrera ciclista. El 27 de abril, día de la Virgen de Montserrat, se celebraba la fiesta del colegio. Había concursos, competiciones diversas y una carrera de bicis. Los Reyes Magos acababan de dejarme aquel año una, bajita, de ruedas muy gordas, con un motor de juguete que sonaba como el de una moto cuando se le daba cuerda. En la acera la gente se apartaba asustada al oírlo, creyendo que era una moto de verdad, y yo me reía. Me gustaba mucho mi bici.

Como todavía no sabía montar sin ruedines, mi padre trazó un plan de entrenamiento en los Campos que empezó el día de Reyes y terminó poco antes del 27 de abril. En la primera fase practiqué con las cuatro ruedas. En la segunda me quitó una auxiliar, y cuando dejé de caerme, me retiró la otra. Así era mi padre: metódico y constante. Así soy yo: alguien para quien el método de trabajo no es un instrumento, sino en ocasiones un fin en sí mismo, como estar en línea con un compañero.

Estaba seguro de que todos se morirían de envidia cuando vieran mi bici y oyeran el ruido grabado del motor, pero el día de la carrera descubrí que mi bicicleta era la menos apetecible de todas, la más bajita y la que tenía las ruedas más pequeñas. Los demás tenían unas BH altas y esbeltas como gacelas. Destacaba sobre todas la de Ortego Esteban, que era de carreras. La mía era una bici de enano con las ruedas demasiado gordas. El motor de juguete la hacía aún más ridícula. Mi padre intentó que me bajaran de categoría para que pudiera correr con bicicletas del mismo tamaño, pero competir contra niños más pequeños habría sido una humillación, así que preferí quedarme con los de mi clase.

Nos pusimos todos en la línea de salida y el juez levantó un banderín: preparados, listos, ya. Y lo bajó.

A mis compañeros, con las bicis más grandes, les costó arrancar, dar las primeras pedaladas y coger velocidad. Cuando lo consiguieron, yo ya les llevaba mucha ventaja. Gracias a que mi bicicleta era más ligera, conseguí alcanzar mi máxima velocidad en muy poco tiempo. Pero mis rivales pronto empezaron a comerse esa ventaja; una pedalada de aquellas enormes máquinas equivalía a cinco de las mías. Sin embargo, yo no me arredré, y me pareció que podía mover mi plato a mil revoluciones por segundo; siempre he sido muy rápido de piernas, muy veloz, así que puse todo mi corazón y pedaleé a muerte. La meta estaba un poco más allá, solo un poquito más allá. Apreté los dientes y me levanté del sillín, notando que los demás se me echaban encima. Podía verlos con el rabillo del ojo. Unos por la derecha y otros por la izquierda. El final fue muy apurado, pero todavía hoy estoy seguro, completamente seguro, de que mi pequeña bici no fue sobrepasada. Sin embargo, como era tan bajita, el juez no la vio desde el extremo de la línea de meta y proclamó vencedor a Ortego Esteban, pese a las protestas indignadas de mi padre, que temió ver en aquel episodio una repetición de su vida y un avance o una premonición de lo que sería la mía.

Cuando Seat lanzó el 127 convocó un certamen de dibujo infantil. Antes el marketing era conmovedor. Mi padre estableció un plan de trabajo. Esta vez consistía en dibujar el 127 hasta que me lo supiera de memoria. Durante meses esbocé centenares de 127, uno tras otro, sin pausa, hasta que finalmente fui capaz de hacerlo con los ojos cerrados. Un día antes de que se cerrara el plazo de entrega mi padre compró papel verjurado y tinta china, y dijo: Ha llegado el momento.

Primero lo tracé a lápiz, pero estaba tan tenso por la palabra verjurado que lo que tendrían que haber sido leves líneas fueron surcos. Más que marcar, grabé el Seat 127 en todas y cada una de las hojas que componían el bloc de papel verjurado. De las cuatrocientas o quinientas veces que lo había dibujado antes, aquella fue la que peor me salió. Quise remediarlo con la goma de borrar, pero el trazo era tan firme que el único modo de hacerlo desaparecer era llevándose con él virutas de papel verjurado. Al pasarlo a limpio, la tinta china se corrió en las zonas que habían sido borradas con más violencia, y tuve que raspar la tinta con una cuchilla de afeitar. Raspé tanto, que terminé haciendo un agujero en la ventanilla trasera, que se me ocurrió tapar con papel celofán, como si fuera cristal. Cuando le mostré el resultado, mi padre me miró con una mezcla de decepción y lástima, y no volvió a pedirme que participara en ningún concurso más.

Al lado de los Premios Planeta teníamos el Diccionario Enciclopédico Sopena: tres tomos encuadernados en tapa dura verde, que durante muchos años fue nuestro único foco de sabiduría y conocimiento. La Larousse entró en casa cuando ya estaba en la universidad. Entre el Sopena de mi infancia franquista y la Larousse de mi vida democrática, hubo una especie de enciclopedia temática, de transición, llamada Universitas, cuya principal virtud a ojos de mi padre era que se había comprado por fascículos y completado a lo largo de varios meses de recolección, que quizás fueran años.

La compra por fascículos tenía para mi padre un gran poder simbólico porque para culminarla se requerían tres grandes virtudes agropecuarias: voluntad, constancia y esfuerzo. Completar una colección por fascículos era una metáfora de la vida, tal y como él la concebía: un esfuerzo constante, alentado por la voluntad, que conducía siempre al éxito. Había que perseguir siempre el éxito. Elijas la profesión que elijas, has de aspirar siempre a ser el mejor, me dijo muchas veces cuando era niño. Y él seguramente no se acordaría de haber dicho algo así porque los padres no imaginamos nunca qué frase se grabará en la memoria de nuestros hijos. Recordamos las que nosotros esculpiríamos en bronce, pero esas son precisamente las que resbalan por sus conciencias y atraviesan sus cerebros sin dejar huella. Así que no sé si mi padre se acordaría hoy de aquel principio que tanto ha marcado mi vida.

Perseguir el éxito me ha servido para no conformarme y no dormirme en los laureles. Pero, por otra parte, esa exigencia ha lastrado mi espontaneidad y mi flujo creativo. Mis virtudes y mi tormento nacen precisamente de un hipertrofiado sentido crítico, que me conduce muchas veces a la frustración. La búsqueda de la perfección y la excelencia me ha bloqueado en tantas ocasiones, que ya de adulto he tenido que negociar conmigo mismo para no quedarme hincado en el suelo como una estaca, inmóvil, incapaz de alcanzar esos inhumanos estándares de calidad.

Temía que con Los Cinco y el tesoro de la isla me sucediera lo mismo que con otros libros que había intentado leer en vano. Su ilustración de cubierta no me llamaba la atención: un niño con pinta de niña sentado al lado de un perro y mirando el horizonte. Lo abrí una tarde de verano, en ese intervalo de dos o tres horas de silencio obligatorio que había después de comer, en el que solo se podía dormir la siesta o «coger un libro», como llamaba mi madre a leer.

La siesta no nos gustaba dormirla, pero tenía más ventajas que coger un libro porque mi padre, que era muy estricto con nuestras horas de sueño incluso en vacaciones, nos permitía ver la película de la noche si no tenía dos rombos y habíamos dormido la siesta. Aquella tarde, sin embargo, renuncié a todos los privilegios y cogí un libro.

Para mi sorpresa, los protagonistas no eran piratas ni aventureros, sino niños de mi edad en un mundo que podía reconocer más o menos. Digo más o menos porque, aunque eran niños y eso me acercaba a ellos, no eran españoles, sino ingleses, lo que producía un desajuste cultural que paradójicamente hacía más eficaz el funcionamiento de la ficción. Todo lo que de su mundo me resultaba exótico —los pasteles de carne que comían, los shorts que vestían y sobre todo su libertad de movimientos, sus excursiones en bote sin adultos a una isla desierta— no los alejaba de mí hasta hacerlos inalcanzables como sucedía con los piratas, sino apetecibles porque en casa nunca hubo pastel de carne, sino filete de hígado, muy hecho, que nos daba náuseas a todos los hermanos, razón por la que mis padres lo consideraban, con esa especie de catolicismo doméstico que aplicaban a todo, doblemente nutritivo: para el cuerpo por las proteínas y para el alma por el calvario que suponía deglutirlo.

Las excursiones en bote sin adultos merecen un comentario aparte. Mis padres eran de secano y la gente del interior siempre ha tenido mucho miedo al agua: no a la higiene, sino al agua, a beberla fría, a no saber flotar en ella, a sufrir un corte de digestión, otro arcano de mi infancia. Mis padres eran muy estrictos con las horas de digestión, mucho más que con las horas de sueño; y cuando nos llevaban a la piscina municipal o, más tarde, a la playa, no les bastaba con las dos horas que guardaban todos nuestros amigos y vecinos antes de bañarse después de comer. Mis hermanos y yo teníamos que esperar tres horas, lo cual era un tormento. Y en cierto modo de eso se trataba, de que fuera un tormento, porque aquella regla no estaba dictada solo por el miedo al agua, sino también por la inculpación católica del placer que les llevaba a ponernos en el plato el hígado de los sábados, por una manera de pensar y de estar en el mundo concebida en términos de sufrimiento y recompensa; si queríamos bañarnos después de comer, teníamos que sufrir un poco. Solo así evitaríamos el temido corte de digestión. Esto en cuanto al agua.

En cuanto a las excursiones sin adultos, solo quiero recordar la primera vez que pedí permiso para pasar la noche fuera de casa en una tienda de campaña. Debía de tener yo doce años, la misma edad que Julián; pero al contrario que Mrs. Barnard o tía Fanny, mi madre se echó a llorar ante la perspectiva de pasar dos días sin saber nada de su Toñito, que es como me ha llamado siempre, Toñito, incluso después de haber cumplido los cincuenta.

El terror de mi madre no era tanto al accidente como a la incertidumbre de no saber si este se había producido. Miedo a no saber; eso era lo que le resultaba terrorífico: no saber si me había pasado algo, la expresión que ella usaba para nombrar lo peor.

Para mi madre la desgracia siempre ha sido más probable que el golpe de suerte. A la gente humilde se le inculca esta idea quizás para que renuncie a tener aspiraciones o para que, si las tiene, no pida explicaciones cuando se frustran. Porque podría descubrir que su mala suerte no es fatalidad, sino que está provocada por otros hombres que se benefician de su desgracia. Pero es una hipótesis. Alguna vez he querido escribir un ensayo incendiario sobre esto, pero al final, como no me salía perfecto, lo he dejado.

El caso es que mi madre vivió toda su vida esperando que el infortunio lanzase sobre ella un zarpazo, por decirlo con una metáfora. Ya había sido alcanzada por uno hacía tiempo, cuando era una joven madre primeriza y el hijo que tuvo se murió o nació muerto. Debió de metabolizar aquel dolor como se metaboliza el virus de una vacuna. El temor que desarrolló para defenderse de él se activó un año después con el segundo, que sí sobrevivió y que vino a ser como una dosis de recuerdo. El miedo a que pasara algo ya nunca la abandonó, y nos crio a todos los hermanos entre algodones, con una sobreprotección asfixiante; sobre todo a mí, que vine después del muerto.

Su temperamento imaginativo carecía del freno de la razón, lo que convertía su creatividad en una fuerza destructiva para ella misma y para los demás. Con una fantasía tan desarrollada, y tendente desde niña a la ensoñación, mi madre pertenecía a ese grupo de personas, en el que lamentablemente yo también me encuentro, cuya vida es un infierno por su tendencia a la anticipación de acontecimientos. Dotada de una imaginación más desarrollada de lo normal, mi madre no solo era capaz de verbalizar mentalmente una idea perversa —«si Toñito se va de excursión tendrá un accidente»—, también era capaz de ver cada detalle: el momento en el que el pie de su Toñito tropezaba en la piedra, la textura de la roca, la caída por el barranco, la búsqueda de su cuerpo por la Guardia Civil, y finalmente la entrega del cuerpo inerte, el momento en que sus brazos sentían el peso del hijo por última vez. Mi madre podía vivir las sensaciones y sufrir el dolor que le iba a producir lo que luego nunca sucedía. Jamás ocurrió lo que ella había anticipado. Pero eso, lejos de aplacarla, reforzaba su neurosis haciéndola creer que para conjurar la desgracia, para evitar que sucediera, ella tenía que vivirla por adelantado y en soledad, expiando el dolor en nombre de toda la familia.

Hace tiempo, cuando mi amiga Bárbara me contó que ella y sus hermanos lloraban cuando sus padres salían con los amigos, convencidos de que iban a morir en un accidente y de que no volverían a verlos nunca más, empecé a pensar que el trastorno estaba más extendido de lo que parecía, y que tal vez esta fuera una de esas dolencias vergonzantes que todo el mundo sufre en silencio al creerse el único afectado por ellas. A raíz de esa sospecha tomé notas para escribir una pieza titulada «El club de la gente que siempre se pone en lo peor», pero nunca la escribí. En aquella época ya me había podido la desgana.

 

Quizás fuera bueno recordar en este punto que Los Cinco y el tesoro de la isla empezaba con un desayuno familiar: el padre, la madre, los dos hermanos mayores y la hermana pequeña hablaban de las vacaciones de verano, que empezaban ese día. Los niños querían saber dónde las iban a pasar ese año. ¿Irían a las playas de Polzeath, como siempre? Busqué Polzeath en el Sopena: pueblo costero en el noroeste de Inglaterra. La madre les decía que no, que aquel año Polzeath iba a estar lleno de veraneantes, y no habría sitio «para vosotros», decía. Podría haber dicho que no habría sitio «para nosotros», pero no; lo decía en segunda persona, como si los hijos y los padres ya no formaran parte de la misma familia o como si los tiempos en los que unos y otros se iban juntos de vacaciones hubieran pasado a la historia. A los niños la noticia les hacía sentirse «grandemente decepcionados», pero no por ese «vosotros», sino porque «no habían conocido playa mejor» que la de Polzeath.

El padre quería mandarlos a casa de su hermano Quintín, que vivía junto al mar y tenía una hija de la misma edad que ellos; pero la madre tenía dudas. Aunque tía Fanny era muy agradable, no se podía decir lo mismo de su marido, que detestaba a los niños. Como su profesión «era la ciencia», se pasaba la mayor parte del día estudiando y no soportaba el alboroto. Además, su hija era algo «rara», le gustaba mucho «la vida solitaria».

Para los tres hermanos aquellos detalles carecían de importancia. Aunque tío Quintín les diera un poco de miedo, les apetecía conocer a su prima y pasar las vacaciones en un lugar donde nunca habían estado. El padre de los chicos «telefoneaba» entonces a tía Fanny, que aseguraba no tener inconveniente en recibirlos. Todo lo contrario: a su marido y a ella les venía muy bien recibir una pequeña asignación por la visita. Las dos familias ultimaban los detalles, y lo disponían todo para la semana siguiente.

Nada de lo que acabo de resumir me pareció en aquella primera lectura extraño o sospechoso. Mi vida era muy diferente a la de Los Cinco, pero no lo suficiente como para que no pudiera proyectar sobre ellos mi deseo. ¿Qué podía haber de sospechoso en un desayuno familiar, en unos padres que someten a la consideración de sus hijos dónde van a ir de vacaciones? A un niño como yo, hijo de militar y por tanto con una idea muy jerarquizada de la familia, acostumbrado además a no tener voz ni voto en las decisiones familiares, aquella especie de democracia doméstica y aquellos padres que al mismo tiempo parecían ir un poco a su aire, tan diferentes de mi madre protectora, debieron de parecerle irresistibles.

En mi mundo, lo más parecido a esa familia eran los Sáenz, cuyos padres nunca estaban en casa, una costumbre que me parecía muy distinguida, muy de clase alta. Durante la semana trabajaban los dos y los fines de semana se marchaban a la casa de la sierra. Los hermanos se quedaban solos en la colonia del padre Morales, que siempre estuvo un escalón social por encima de los pisos militares de Sainz de Baranda. Quienes vivíamos en ellos no pasábamos el verano en «playas como la de Polzeath» ni teníamos tíos con casas al borde de un acantilado. Ni siquiera teníamos casas de la sierra. Yo no había visto un acantilado en mi vida. Y hasta los doce años no me bañé en el mar. Nosotros los veranos los pasábamos en los Campos.

Nuestras madres, tan diferentes a la de Sáenz, se sentaban en sillas de tijera y se pasaban aquellas tardes infinitas de verano charlando, haciendo punto y administrando meriendas. Eran mujeres de pueblo, recién llegadas a Madrid y casadas con militares chusqueros. Tenían la sensación de haber ascendido en la escala social; y lo habían hecho; pero reproducían en la ciudad las costumbres rurales que habían dejado atrás. Cosían en la calle y ejercían unas sobre otras influencia ideológica y control de costumbres. Mi madre en sus comportamientos y decisiones siempre tuvo muy en cuenta la opinión de las vecinas, el qué dirán. La ropa, las compañías, los hábitos, la educación de los hijos, todo estaba sujeto a la aprobación tácita de las vecinas.

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