Los inquilinos
Capítulo 1
Lesser se despierta dispuesto a terminar su libro mientras ve su imagen
reflejada en el espejo solitario. Perfume de tierra viva en lo más hondo del
invierno. A lo lejos los tristes resoplidos de un vapor que sale del puerto. ¡Si
uno pudiera partir con él! Lesser, inquieto, intenta dormir de nuevo, pero es
en vano, se diría que tiene las cuatro piernas atadas a un caballo y que éste tira
de ellas para arrojarlo de la cama. «Debo levantarme y escribir, de lo
contrario no me quedaré tranquilo. En eso no tengo elección. ¡Dios mío, los
años!». Lesser aparta la manta y de pie, inseguro, cerca de la silla coja donde
está su ropa, se pone los pantalones que están fríos. Otro día empieza.
Lesser se viste sin ganas, con una sensación desagradable de sorpresa,
porque se había metido en cama ardiendo en deseos de escribir por la mañana.
Se había ido a dormir expectante y se levanta reluctante, afligido. ¿Por qué?
¿Por quién? ¿Qué inútiles sueños han intervenido? A pesar de que no
recuerda ninguno, aunque sus noches están llenas de sueños, Lesser siente el
influjo de uno tocado por el miedo: he aquí al extraño que encontré en la
escalera.
—¿A quién buscas, hermano?
—¿A quién llamas hermano, madre?
Mutis del extraño. ¿Es el merodeador de ayer o el de hoy? ¿Acaso se trata
de Levenspiel disfrazado? ¿O de un matón que ha alquilado para quemar o
hacer saltar el edificio?
«Eso no es más que mi imaginación hiperactiva que trabaja a contrapelo».
Lesser se complica las cosas por varias razones. Sería largo de contar, pero el
hecho es que no sabe cómo terminar el libro. Ni sabe por qué esta vez le
resulta tan difícil, cuando tenía pensados todos los pasos que le conducirían al
final, algunos de los cuales se desmoronan si los considera con atención. «¿Se
trata acaso de un tipo de trampa escatológica? ¿Como si un final fuera algo
que no puedo soportar? ¿Como si cada libro me advirtiera que estoy más
cerca de la muerte?». En cuanto termina uno empieza otro.
Ahora que la imaginación está imaginando, Lesser imagina que ya lo ha
terminado, que aquella larga fatiga acabó finalmente. Descanso, calma, todo
un mes de quedarse en cama por la mañana. Amanecer en el mar, una luz rosada que ilumina las inquietas olas que lamen una isla, despertarse, respirar
la fresca brisa de sus árboles, sus flores, sus laureles, sus conchas marinas.
Ah, los renovados olores sensuales de la tierra rodeada de la mar femenina.
Pájaros que se levantan de la orilla, giran, vuelan sobre las palmeras parecidas
a mástiles hechos jirones hacia el cielo brillante. Gaviotas que graznan,
repentinas bandadas de mirlos que pasan chillando por encima del agua
violeta. Ah, esa tierra viva, esa isla majestuosa en medio de la mar de plata,
esa calle Treinta y uno y esa Tercera Avenida. Esa maldita casa. Ese Lesser
feliz infeliz que debe escribir.
En esta fría mañana de invierno, mientras el mohoso radiador alborotaba
como un huésped cordial, aunque el calor que producía era muy escaso, con la
nieve caída el día anterior cubriendo la calle emblanquecida con una capa de
más de un palmo por la que se escurría el hollín local, Harry Lesser, un
hombre serio, se ajustaba su medidor de tiempo a la muñeca —el tiempo
estaba también presente y vivo sobre sus espaldas— y bajaba los seis sucios
tramos de escalera del edificio de apartamentos de desvaídos ladrillos, casi
abandonado, construido en 1900, donde vivía y escribía. Treinta y cinco
familias lo habían evacuado durante los nueve meses después del aviso de
demolición enviado por correo, pero no Lesser. Él resistía. Cruzó la Tercera a
contraluz. El fango de la calle le hizo caer en la cuenta de que se había
olvidado los chanclos debajo del fregadero y con los zapatos playeros
empapados entró en la tienda para comprar pan, leche y media docena de
manzanas. Al volver a casa miraba periféricamente a derecha e izquierda y
después, furtivamente a sus espaldas, por ver si su casero o alguno de sus
abogados a sueldo estaban agazapados en algún húmedo portal o detrás de
algún automóvil cubierto de nieve, esperándole. Preocupación inútil porque
otra cosa no podían hacer sino intentar persuadirlo y a este respecto él era
impersuadible. Levenspiel quiere que se vaya de la casa para poder derribarla
y levantar otra, pero está fresco. El edificio era de renta limitada y en el
District Rent Office —donde le conocían muy bien— habían dicho a Harry
que él era un inquilino con los papeles en regla y determinados derechos.
Los demás habían aceptado el dinero que les ofrecía el casero para
marcharse, pero Lesser no se iba ni pensaba irse todavía hasta que terminara
el libro allí donde éste había nacido. No era sentimentalismo, sino rutina, que
ahorra tiempo. Prescindiendo del jodido Levenspiel, Harry corría hacia su
casa caminando por la nieve.
«Mi hogar está donde está mi libro».
Frente al edificio de color marrón y en plena decadencia, que en tiempos
había sido una casa decente y ahora era la cúpula del placer de Lesser que le
insuflaba espíritu, había un solitario cubo de la basura que contenía casi
únicamente sus desechos, millares de palabras vociferantes arrugadas, y
podridos corazones de manzanas, café usado y cáscaras de huevo; un cubo de
basura literaria. Los desechos del lenguaje se convertían en el lenguaje de los
desechos. Lo vaciaban dos veces por semana, sin solicitarlo; Lesser lo
agradecía. A lo largo de la calle, delante de la casa, corría un sendero para
peatones a través de la nieve inmaculada. Desde hacía meses no había
portero, esfumado como un fantasma. La calefacción funcionaba
automáticamente a bajo rendimiento para el solitario habitante del último
piso, Robinson Crusoe de las alturas durante los últimos tres meses y medio, y
había sido el propio Levenspiel quien había colocado el termostato en las
tripas del sótano. Si se estropeaba, cosa que ocurría con frecuencia —la
caldera había celebrado su cincuenta aniversario— uno llamaba al servicio de
reparaciones de la Oficina de la Vivienda que maldecía a sí misma, y al cabo
de unas horas, si no más, volvía a funcionar de mala gana, gracias al guarda
del gris y picado de viruelas caserón en falso estilo Reforma que estaba allí
enfrente, el cual acudía a echar una ojeada si Levenspiel se lo pedía por
teléfono. El calor suficiente para sentir frío. Se congelaba el aliento. Harry
tenía una estufa en el estudio para mantener la movilidad de los dedos durante
el invierno, y esa estufa no funcionaba mal, pero era ruidosa y consumía
mucha electricidad. Las cosas podían ir peor y de hecho habían ido peor, pero
Lesser seguía siendo un escritor que escribía. Reescribía. Éste era su fuerte,
cambiar muchas cosas. Y en su vida también lo hacía, por supuesto. El
edificio de la izquierda hacía tiempo que había desaparecido para dejar paso a
un aparcamiento, sus restos de arte pop, las cicatrices de las habitaciones y los
tenaces colores de su esqueleto que atestiguaban una existencia anterior
incolora, estaban grabados como jeroglíficos en la pared de ladrillos de la
casa de Levenspiel; y corría el rumor de que la descarnada casa de la derecha,
diez estrechos pisos del 1880 (¿había vivido allí Mark Twain?), con un
restaurante italiano abandonado en el sótano y un portal de hierro forjado,
seguiría el mismo camino. Detrás había una vieja escuela pública de tres pisos
en ladrillo rojo, cosecha del 1903, con las cifras historiadas puestas como un
camafeo en la fachada llena de ventanas rotas. También estaba condenada a desaparecer. ¿Qué necesidad hay de una bomba atómica en Nueva York? En
cuanto uno se va de un sitio en seguida lo derriban.
En el sucio vestíbulo, Harry se detuvo obsesivamente ante los buzones,
algunos rotos, hundidos a martillazos, otros arrancados; dejó en el suelo la
bolsa de la tienda, el ojo derecho con un tic nervioso por la espera de una
carta del editor que sin duda no podía llegar hasta que él hubiera acabado y
enviado aquel largo y sufrido manuscrito. Sueño: «Hemos leído su novela y
consideramos que es una obra de mérito excepcional. Nos sentimos muy
honrados en publicarla». Elogios por el libro, no por haber resistido.
Lesser, treinta y seis años, soltero, escritor profesional, había resistido.
«Mi propósito, seguir siendo escritor. A los veinticuatro y a los veintisiete
años publiqué mi primera y mi segunda novelas, la primera buena, la segunda
mala, la primera fue un éxito de crítica, cuya venta no bastó para cubrir el
pequeño anticipo; la mala, más afortunada, comprada para sacar de ella una
película, me ha dado lo suficiente para vivir. Poco basta si uno lo que
pretende es terminar un libro. Mi mayor deseo es que el tercero sea el mejor.
Quiero que los demás opinen que soy alguien consciente y no un frívolo que
ha disparado todos sus cartuchos».
Por la ranura de su buzón extrajo un sobre. No sentía ninguna curiosidad
porque conocía el tipo de letra y por tanto el remitente y el contenido: Irving
Levenspiel, BBA, CCNY, quinta del 41, un hombre desafortunado en la
forma y en el fondo. Una súplica en una sola frase sobre papel fino: «Lesser,
reflexione un momento sobre la realidad y tenga piedad, por favor». Con una
risita nerviosa, el escritor rompió la carta. Las que guardaba eran de las raras
mujeres que aparecían en su vida, flores de primavera marchitas en verano; y
las de su agente literario, un tipo de cabellos grises que ya no le escribía casi
nunca. ¿Para qué tenía que escribirle? Nueve años y medio viviendo de un
libro son suficientes para ser olvidado. En los últimos tres años, una carta casi
humorística en que se interesaba por él y que empezaba: «¿Vives aún?».
«No sé si estoy vivo, pero sí que sigo escribiendo».
Subió los seis pisos mordisqueando una manzana helada, con la leche, el
pan y la fruta. El pequeño ascensor automático de color verde, construido
para cuatro personas, había pasado a mejor vida no hacía mucho. El
funcionario de la Vivienda había dicho que el casero tenía la obligación de
mantener en funcionamiento los servicios esenciales mientras Lesser no se
mudara o de lo contrario ordenaría una reducción del alquiler, pero como Lesser sabía que estaba fastidiando a Levenspiel impidiéndole derribar el
edificio, le concedía la merced de no quejarse. Muchas gracias por la merced.
De todos modos, subir a pie las escaleras era un buen ejercicio para una
persona que no realizaba ninguno. Contribuía a mantener la línea de un
hombre ya de por sí delgado. La escalera olía que apestaba, un olor sucio,
sucísimo, de varias cosas: orines, vómitos, vaciedad. Subió corriendo los seis
tramos en penumbra, iluminados donde Lesser había reemplazado las
bombillas muertas o moribundas, las bombillas morían como moscas, y
llegado a su piso, jadeando, abrió la ruidosa puerta antiincendio que daba a un
rellano viejo, oscuro, de paredes grises con grandes remiendos de yeso y
algunos agujeros que dejaban al descubierto la estructura. Había seis
apartamentos en el piso, tres a cada lado, vacíos, a excepción del habitado por
Lesser, a la izquierda, entrando; como esqueletos de pavo después de un
alegre Día de Acción de Gracias, las puertas sin tiradores ni cerraduras,
arrancados en su mayoría por huéspedes no deseados: vagabundos, borrachos
meones, drogados sin rostro… extraños que entraban para huir del frío de la
nieve y se encaramaban hasta aquellas alturas porque el sexto piso está
encima del quinto. Pobre Everest humano, al que aspiraban hasta los lisiados,
un zoo de seres sin hogar. ¿En busca de qué? No de gloria, sino de un lecho
sin cama para las altas y débiles horas de la madrugada; los cuales por la
mañana rompían los vidrios de las ventanas como pago del no logrado reposo
nocturno, y después el viento y la lluvia entraban en el piso desalquilado hasta
que alguien sustituía con una tabla el vidrio roto, y arramblaban con todo lo
que podían: cables, clavos, puertas de alacenas sacándolas de sus bisagras o
dejándolas colgadas de una bisagra sola; y se meaban y cagaban en el suelo
en lugar de hacerlo en el retrete, donde lo había. Porque faltaban incluso
algunas tazas o habían arrancado los asientos; ¿para qué? ¿Sombreros? ¿Leña
para el fuego? ¿Piezas de arte pop? ¿Cómo burla del destino humano? Y por
la mañana salían dando traspiés, escapaban a la calle antes de correr el riesgo
de que Levenspiel los descubriera, el cual acudía para echar un vistazo o para
hacer una visita a su recalcitrante escritor-inquilino, y les amenazaba con
hacerlos detener por ocupación ilegal. Desaparecían. Quedaba el olor.
En la azotea había antes un jardincillo atrayente donde el escritor gustaba
de sentarse después de un día de trabajo para respirar, así creía, mientras
contemplaba el cielo manchado, las nubes cambiantes, y pensaba en
Wordsworth. A veces un retazo de azul saltaba por alguna parte. Todo
desaparecido, el jardín, descompuesto, raptado, robado, las macetas de plantas
floridas, los cajones con pensamientos y geranios, las sillas de mimbre, incluso la empalizada blanca, alta quince centímetros, que un civilizado
inquilino había imaginativamente construido para aquéllos que como él
gustaban de un momento de reposo en aquella altura sobre el país. Herr
Holzheimer, un caballero de origen alemán, nacido en Karlsruhe, uno de los
que recientemente habían sido requeridos para marcharse, cuyo apartamento
de seis habitaciones era el de la puerta de al lado del de tres de Lesser,
profanado ahora, con las paredes del dormitorio desfiguradas, llenas de
dibujos a lápiz, manchadas de cerveza, vino, pintura, de manchas sin nombre,
borrones, una caricatura a lápiz de A. Hitler con dos órganos sexuales
completos, machohembra; en otro dormitorio brotaba una selva, corpulentos
árboles misteriosos de tronco blando que emergían de una tupida espesura y
llenaban las cuatro paredes de la habitación y se introducían en un tercer
dormitorio, entre helechos lujuriantes, hojas afiladas como cuchillas de
afeitar, gigantescos cardos peludos, palmeras enanas con hojas putrescentes
semejantes a sierras, secas enredaderas parecidas a cuerdas alrededor de
espinosos cactos que exudaban pus, deslumbrantes orquídeas —violeta, rojo,
dorado— que se comían viva a una atónita cabra mientras un gorila,
sosteniéndose con la mano el pene erecto, y dos atentas serpientes
contemplaban la escena. Una selva mortal. «Y Herr Holzheimer tan amable,
tan limpio, tan ordenado. Espero que vuelva y atrape a esos bastardos y que
por una vez lo limpio pisotee a lo que no lo es». Lesser intentaba asustar a los
merodeadores nocturnos que se arriesgaban hasta su piso —Dios sabe qué
zarabandas se organizaban debajo— poniendo a todo volumen su instalación
de alta fidelidad, y si salía de noche dejaba todas las luces encendidas.
Cuando lo pensaba sentía miedo de la sonora soledad de aquel edificio donde
familias enteras habían vivido y desaparecido, y al que llegaban extraños, no
para quedarse, sino para no quedarse, triste destino para una vieja casa.
Una sensación desolada lo entorpeció —algo perdido en el pasado, ¿qué
pasado?— al entrar en su apartamento, fuertemente protegido por dos
cerraduras patentadas más un pesado candado. Sólo cuando se encontraba en
sus sanas y salvas habitaciones Lesser se sentía protegido del mundo y se
relajaba. Allí olvidaba todo cuanto debía olvidar para trabajar. Olvidaba entre
libros amontonados a lo largo de paredes de estanterías que laboriosamente
había construido y pintado hacía años, manuscritos de dos novelas publicadas
y de una en elaboración, próxima al final, conservados en una gran caja de
cartón en la alacena; el equipo de alta fidelidad, montones de discos y
carpetas en las estanterías inferiores de la librería, y otras cosas necesarias
guardadas en armarios, en los cajones del escritorio, en el armarito de las medicinas. Su cuarto de dormir-estudio era una habitación grande y ordenada:
diván, pequeño tocador, viejo sillón junto a la ventana, lámpara de pie, mesa
de escribir y silla, todo evidenciaba el orden de la vida vivida. No quería
pensar en cuánta parte de la vida no intentaba siquiera usar. Ésta estaba fuera
y él dentro.
Harry, en su pequeña cocina, puso la leche en el frigorífico y consideró la
posibilidad de desayunar, pero sólo de pensarlo le entraron náuseas. Era de
aquéllos a quienes basta una taza de café. Para después tenía el pan y la fruta.
En realidad era sólo para tomarse el tiempo de pensar que debía escribir. La
cosa irresistible —pensar que todavía no trabajaba le hacía estremecerse—
era sentarse inmediatamente a la mesa, áncora, giroscopio, montaña mágica:
está allí pero se mueve. Largo viaje por una habitación. Hay un largo libro
que es preciso terminar. El café se lo haría más tarde, cuando hubiera llenado
de palabras una página. Las palabras no se comen, pero calman la sed.
Entró en su estudio de tres ventanas, levantó las persianas verdes
cuarteadas, sin mirar a la calle, y se sentó a la mesa. Del cajón de arriba sacó
parte del manuscrito. Harry experimentó una momentánea sensación de
extravío, de lamentar el haber dedicado su vida a escribir, seguida de una
oleada de afecto por su yo creativo mientras releía la página y media del día
anterior y la encontraba válida, sólida, buena. El libro le redimía. Dos o tres
meses más y lo terminaría. Después, una rápida reelaboración de lo hecho
—digamos tres cuartas partes del original—, que le tomaría otros tres meses o
a lo mejor cuatro, y la novela estaría lista, terminada. El triunfo después de
diez años. El peso de una década gravitaba sobre su cabeza, pero ni la
aplastaba ni la hacía crujir. Su pobre cabeza. Harry sintió el impulso de
inspeccionarse la cara en el espejo del baño, grises ojos cansados, las más de
las veces inyectados en sangre, labios utilitarios, falsos, cada vez más
delgados, pensó, con el paso de los años, nariz interesada y observadora; pero
lo resistió con éxito. Una cara es una cara: cambia cuando se le encara. Las
palabras que escribe en el papel cambian. Él ya no es el joven de veintisiete
años que empezó el libro, ni deseaba serlo. El tiempo pasado es tiempo
ganado a menos que el libro estuviera mal concebido, mal construido, un
limón sin jugo; entonces es tiempo muerto. Fuera esa idea.
Lesser, cuando escribía, era a veces como una ruidosa locomotora, con
todos los vagones enganchados, a excepción del furgón del maquinista, que
chirriaba a lo largo de las vías retintinantes hacia una región cuya topografía
sospechaba pero no conocía hasta llegar a ella. Lesser explorador. Lesser y
Clark, por tierra, para Revelar el Destino. O acaso un vapor en el Mississipi con una rueda de paletas resonante y salpicante, una aguda sirena para la
niebla y otras maravillosas invenciones. No está mal como metáfora una
barca. Lesser en un alud, con un soplo de viento en la vela surcando el lago de
Galilea, intentando descubrir qué sucedía en la apostólica orilla. Lesser
remando en el Hudson, en busca de Hendrik, escuchando las tonantes bochas
en las metafísicas colinas; o remando al compás de la música por el Támesis
de mansa corriente: le gustaban las aguas corrientes inglesas. Mejor aún, el
artista como un ancho río impetuoso que fluía libremente entre islas de
experiencia, algunas de un verde intenso, lujuriante, llenas de árboles; otras
yermas, de arena blanda con huellas húmedas; corriente que abrazaba islas e
islotes multiformes, a los que cubría cuando la marea estaba alta y abarcaba
las dos fangosas orillas de la vida y de la muerte.
«Y así mis vísceras sonarán como un arpa» — Isaías.
Sin levantar los ojos hacia las ventanas que tenía al lado, el escritor
imaginaba la jornada invernal exterior, luminosa como un cristal, viva belleza
fría; contento de que existiera, pero sin desear estar en ella o formar parte de
ella, de inspirar su hiriente esplendor en sus pulmones en retirada, de vivirla.
Hacía tiempo que había sofocado dentro de sí esa especie de movimiento de
vaivén, porque de lo contrario nunca habría escrito seriamente. Mientras
escribía ardía en deseos de abrir el armario y contemplar su cajón lleno de
manuscritos. Tuvo incluso una semierección… un efecto de la creatividad.
Harry garrapateaba con una creciente sensación de placer a medida que las
palabras fluían fructuosamente en la página. Saboreaba ya la satisfacción de
una buena mañana de trabajo. Por la tarde pasaría a máquina lo que ahora
escribía a mano con su pluma estilográfica. ¿Quién había dicho que él
pensaba con la mano derecha? Después de trabajar se reharía en la cama, se
ducharía con agua caliente y fría —bueno, caliente no— y más tarde
escucharía algunos discos bebiendo algo. Aquella noche, una reunión
inesperada, y con un poco de suerte, un polvo; con una migaja de amor
humano en un mundo furioso. Debes usar palabras pero debes usar más que
palabras. Lesser sabía que el timbre estaba sonando, pero siguió escribiendo.
Sonaba con insistencia.
Suena por siempre.
Levenspiel toca el timbre.
El escritor está sentado ante el escritorio y habla a través de dos
habitaciones. Sabe la canción, la han cantado juntos varias veces. Empieza con afirmaciones de mutua consideración. Cada uno proclama la estima en
que tiene al otro. Lesser promete marcharse en cuanto pueda, para que el
casero tenga posibilidad de derribar su casa. Levenspiel, un tipo de ancho
pecho cuya voz reside en la barriga, jura que desea que el otro escriba el
mejor de los libros; él respeta a los escritores serios. «Sirena de piel de cabra,
deja de cantarle a mi corazón». Ahora a los negocios: El casero regresaba del
funeral de un pariente próximo en Queens y ha pensado subir un momento a
saludarle.
—Tenga un poco de piedad, Lesser, márchese para que yo pueda destruir
esta casa podrida que me pesa como una joroba.
Lesser dice que no puede irse a la mitad del libro. Si lo hiciera, en su
estado de ánimo actual, necesitaría seis meses para superar el trauma y volver
a trabajar, eso sin contar el esfuerzo que requeriría enfrentarse con una
materia cuya sensación habría perdido.
—No tiene usted idea de cómo cambian las cosas cuando uno las deja.
Temo lo que pasaría si sólo cambiara un poco mi concepto. Usted no sabe lo
que me pide, Mr. Levenspiel.
—Le buscaremos un bonito apartamento por ahí cerca, donde se
encontrará mucho mejor que en este agujero pestilente. Y si dejara de escribir
una semana o dos, no se hundiría el mundo. Suponga que cae enfermo y tiene
que internarse durante un tiempo en el hospital. Está usted más pálido que una
gallina muerta, Lesser. Necesita moverse, cambiar. No entiendo cómo es
capaz de estar todo el santo día en este asqueroso apartamento. Piénselo y
hágame caso, lo digo por su bien.
—Le escucho. He trabajado mucho, Levenspiel. Soy yo quien se sacrifica
más que usted. Si tiene usted paciencia, terminaré pronto. Mi último libro, por
motivos de los que no quiero hablar, fue un desastre. Tengo que justificarme
ante mí mismo con una obra de primera clase. Prácticamente lo he terminado,
pero la última parte, lo confieso, se me resiste. La verdad es que está
empezando a volverme loco. En cuanto la solucione —se trata de establecer la
realidad de modo impecable— nos sacaremos de encima el libro, yo de mi
estómago, usted de sus espaldas. Respiraré de una vez y me iré aquel mismo
día. Le doy mi palabra. Y ahora váyase, por amor de Dios. Está usted
haciéndome perder el tiempo de escribir.
La voz del casero se suaviza, aunque con su manaza da rítmicos puñetazos
en la puerta cerrada.
—Hab rachmones, Lesser, yo también tengo mis proyectos. Tengo quince
años más que usted, por lo menos, y prácticamente estoy tan desnudo como cuando vine al mundo. No se imagine que tengo nada. Sabe que mi mujer está
enferma y que a mi hija la han violado a los dieciséis años. Además, voy
religiosamente todas las semanas una tarde a ver a mi madre, que está loca, en
Jackson Heigths. Todo el rato que estoy con ella lo pasa mirando por la
ventana. No sé a quién cree ver, no a mí, desde luego. Antes era una señora
delgadísima, pesaba cuarenta y cinco kilos, pero ahora pesa ciento y sigue
engordando. Yo me quedo sentado llorando. Estamos juntos un par de horas
sin decirnos nada y después me voy. Mi padre era un inmigrado camorrista de
mal genio que no hacía nada a derechas y no conseguía ni ganarse la vida. Se
ha cargado mi juventud, ese hijo de mala madre, pero, gracias a Dios, está
muerto. Y además, todos —todos— me piden dinero. Ahora tengo la
oportunidad, a pesar de mi escaso capital —puedo pedir un préstamo a la
Metropolitan Life—, de construir una casa moderna de apartamentos de seis
plantas, cinco de hermosos pisos encima de una hilera de buenos comercios, y
de vivir un poco cómodamente, suponiendo que esto siga siendo posible hoy
día. Todos los demás malditos inquilinos se han ido por cuatrocientos dólares.
Yo le ofrezco a usted mil en dinero contante y sonante y usted me contempla
como si yo fuera un apestado. Y por si fuera poco, se trabaja usted a los de la
Vivienda y me arma tal lío con pericias, inspectores y citaciones, que a ese
abogado mío de los cojones le costará más de un año deshacerlo. Aparte de
los setenta y dos dólares mensuales de su alquiler, que ni siquiera me pagan el
gasoil que gasto con usted, de aquí no saco nada. De modo que si usted,
Lesser, es de verdad un hombre, un ser razonable ¿cómo puede rechazar mi
modesta petición?
—¿Y la casa que tiene usted en Harlem?
—No sé de dónde saca usted esas cosas, Lesser, tal vez porque es usted
escritor. Esa casa la heredé de un tío mío mutilado, que en paz descanse, y por
motivos que usted no ignora es una lata terrible para mí. No hablo como un
racista. Lo único que digo es que en las actuales condiciones pierdo dinero
con ella.
«Si las cosas siguen así, tendré que dejarla. Los asuntos van
asquerosamente mal hoy día. Si no le asusta oír la verdad, le diré que la
congelación de los alquileres es una inmoralidad. El que se fastidia es el
pobre casero. El hecho es que usted me arrebata mi propiedad legal en contra
de la Constitución».
—Tiene usted un remedio, Levenspiel. Añada al proyecto de la nueva
casa que quiere usted construir un veinte por ciento más de apartamentos de los que derriba y, de acuerdo con lo establecido, me podrá usted poner
inmediatamente de patitas en la calle.
Un largo suspiro, causado por falta de aliento.
—No me lo puedo permitir, Lesser. Significaría todo un piso nuevo o tal
vez dos. No tiene usted idea de lo que cuesta edificar hoy día, el doble de lo
que se calcula. Y hasta que la casa está terminada, tres veces lo
presupuestado. Confieso que lo he pensado, pero Novikov, mi socio para esa
ampliación, ha muerto, y después de pensar en buscar otro socio o pedir más
dinero, he decidido que no, que edificaría la casa como siempre la he soñado.
Sé perfectamente qué tipo de casa quiero. Tiene que estar de acuerdo con mi
manera de ser. Quiero una casa de tipo pequeño. Prefiero tener que tratar con
cinco o seis comerciantes que con un veinte por ciento más de inquilinos. No
va conmigo eso de ir detrás de la gente para que me pague el alquiler. Soy
más sensible de lo que usted cree, Lesser. Si no fuera usted tan egoísta, se
daría cuenta, créame.
Lesser reflexiona.
—Le diré lo que estoy dispuesto a hacer para ayudarle. Barreré la escalera
y los rellanos de esta casa una vez por semana. No tiene más que darme la
escoba del portero. Los domingos no escribo.
—¿Y por qué no, si tiene tanta prisa en terminar el libro que no puede
siquiera tomarse un día libre para mudarse?
Una vieja costumbre, el espíritu se rebela.
—¿Qué diablos me importan esos repugnantes rellanos? Lo único que
quiero es derribar de una vez esa jodida casa.
El escritor habla desde lo hondo de su espíritu:
—Se trata solamente de esa última parte, Levenspiel. He trabajado en ella
durante un año casi, pero no he sacado nada en limpio. Falta algo esencial que
me costará tiempo encontrar. Pero estoy ya cerca, lo siento en la sangre. Estoy
avanzando por un misterio hacia la revelación. Con eso quiero decir que lo
que me preocupa está en los confines de la conciencia. Mía y del libro. La
forma, a veces, ofrece tantas posibilidades que uno tarda en poder determinar
en qué está uno insistiendo. Si no escribo esta novela exactamente tal como
debo, si, Dios no lo quiera, tengo que forzarla o falsearla, entonces esos nueve
años y medio serán inútiles y yo también lo seré. Después de esa locura ¿qué
otra cosa podría esperar de mí mismo? ¿Qué vería al contemplarme en el
espejo sino un gusano deforme con cuatro agujeros en el culo? ¿Y cuál sería
mi futuro una vez terminado el dinero de la película? ¿Tendría que redimirme con otro libro que tal vez acabaría a los cuarenta y seis años y muerto de
hambre?
—¿Qué es una novela que cuenta cosas no verdaderas en comparación
con todas las penas y desdichas que acabo de contarle?
—No estamos hablando de una novela cualquiera. Ésta, en potencia, es
una pequeña obra maestra. Ahí están mis mejores ideas de artista y todo lo
que la vida me ha ido enseñando poco a poco. Cuando la lea, Levenspiel,
hasta usted me querrá. Le ayudará a entender y a soportar su vida, del mismo
modo que escribirla me ha ayudado a soportar la mía.
—Pero, por Dios ¿qué está usted escribiendo? ¿La Biblia?
—¿Quién sabe? ¿Quién puede saberlo? Lo que sí sé es que no hago nada
mientras arme usted ese alboroto de las narices. ¿Cómo puedo pensar si el
sonido de su voz me está hiriendo el pensamiento? Mi pluma se ha quedado
como muerta. ¿Por qué no se va usted a otra parte y me deja trabajar en paz?
—El arte a tomar por el culo. En este mundo lo que cuenta es el corazón.
No tardará usted en darse cuenta, Lesser. Recuerde mis palabras.
Sus puñetazos resuenan en el rellano.
Lesser había dejado de escribir y se había ido a leer en el cuarto de baño.
Después que el rumor hubo cesado, cogió de nuevo la pluma, pero ésta no
fluía a pesar de haberla llenado dos veces. Lesser ponía toda su voluntad, pero
como si nada. La locomotora, cubierta de hielo, estaba parada como un
mastodonte petrificado sobre las vías heladas. El vapor tenía una vía de agua
y poco a poco se hundía para embarrancar en el Mississipi convertido en una
masa ingente de hielo verde, todo él lleno de peces muertos que miraban en
diversas direcciones.
Aunque angustiado, mejor es fingir que uno ha dejado de escribir porque
ha querido. La jornada laboral ha terminado; ahora descansa en la taza del
retrete. En este libro está escrito: «Nunca pensaría dedicar menos de veinte
años a un Poema Épico» —Coleridge. Lesser cierra los ojos y lee las últimas
páginas de su manuscrito. Verifica su destino: vive para escribir, escribe para
vivir.
Harry Lesser, el escritor, está de pie en la azotea en pleno invierno.
Una corriente de agua blanca circunda Manhattan. Tal vez está nevando.
Un remolcador pita en el East River. Levenspiel, semejante a un misterioso extraño o incluso al propio príncipe de las tinieblas, inicia una pequeña
hoguera en el sótano con pedazos de madera.
Pronto las llamas rugientes invaden el local.
La caldera estalla, no una sino dos veces, celebrando las dos generaciones
de su existencia.
El edificio tiembla, pero Harry, escribiendo en su mesa, piensa que son los
edificios de por allí cerca que se están construyendo, y escribe mientras el
fuego que gime y las sombras que hierven suben corriendo la fétida escalera.
Dentro de las paredes encendidas las cucarachas estallan por los aires, cada
una con un leve quejido.
Nadie se opone, y así el fuego, inevitablemente, sube hacia lo alto y con
un rugido convulso abre de par en par la puerta de Lesser.