Los nuevos disfraces del Leviatán
Agradecimientos y Desagradecimientos
No hubiera escrito este libro si Tomás Rodríguez, de Ediciones Akal, no me
hubiera azuzado los caballos con la urgencia de una carencia bibliográfica sobre el
Estado en el neoliberalismo. Debiéramos cuidar a los buenos editores como especies
en extinción.
Que los alumnos cada año reclamen nuevas respuestas no permite que echemos la
manta en el suelo y nos pongamos a dormir. Son, sin duda, lo mejor de la
Universidad. Su interés es auténtico y su desinterés genuino.
Cruzar cada semana las ideas en el diario Público.es, y acudir a la televisión con
En La Frontera y las Mañanas de Cuatro, me obliga a tener siempre un cable a tierra.
Cualquier análisis del más sesudo de los politólogos se tiene que traducir en un hecho
concreto que afecta a una persona de carne y hueso en un momento dado.
Decía Simón Rodríguez que hay tres tipos de maestros: «Unos, que se proponen
ostentar sabiduría, no enseñar. Otros, que quieren enseñar tanto que confunden al
discípulo. Y otros, que se ponen al alcance de todos, consultando las capacidades».
Es evidente que nuestra intención va por la última de las posibilidades. Enfrentar un
libro sobre el Estado con la voluntad de llegar a las mayorías sin rebajar el rigor no es
sencillo. El Estado siempre está rodeándonos. Toda la gente que ha acompañado este
libro se relaciona de una forma u otra con el Estado. Odiándolo o pensándolo como
una herramienta que quizá sea útil. El Estado puede indignarnos o emocionarnos. Nos
ha dado becas y nos ha castigado. Nos permite pensar horizontes luminosos y nos
conduce a los calabozos de la desesperanza. A la generación de mi hermano mayor se
la llevó la heroína y el Estado lo permitió. Cosas de la democracia recién recuperada.
He visto a la policía en América Latina entrar en las favelas disparando primero y
preguntando después. También a jueces en España llorando porque otros jueces han
ayudado a mafiosos, a corruptos y a ladrones. He visto al Estado subiendo el IVA al
pan y haciendo amnistías fiscales a millonarios. He hablado con responsables
políticos que tienen el cinismo como único argumento y dedican su esfuerzo a
legislar para los poderosos. El Estado, siempre, es parte del problema y de la
solución. No hay nadie que no sepa algo de él ni casi nadie que pueda explicarlo de
manera sencilla. Es difícil hablar con objetividad acerca de algo sobre lo que cada
cual tiene una opinión.
Antonio Gramsci, Michel Foucault, Bob Jessop, Boaventura de Sousa Santos,
Álvaro García Linera, Christian Laval, Pierre Dardot y Nancy Fraser son fuentes
inagotables de este trabajo. Con Jessop, Santos y García Linera he podido discutir
con mayor o menor intensidad sobre el Estado, desde la teoría y desde la práctica.
Estas tres personas están presentes en cada línea de este libro. Y con ellos, en su
diálogo permanente, Marx, Gramsci, Zavaleta, Mariátegui, Poulantzas, Foucault,
Benjamin…
Al igual que Boaventura de Sousa Santos con Portugal, entiendo que soy de un país semiperiférico —en mi caso España—, que he podido entender la complejidad
de la política pasando por el centro (en mi caso Alemania) y he completado el viaje
viviendo en la periferia, esto es, siguiendo los criterios del sistema mundo, en
América Latina. No como turista ni como viajero, sino implicándome en la
posibilidad de superar el modelo neoliberal que produce pobres reales. Cada párrafo
que he escrito lo he cruzado con una pregunta: ¿esto se puede hacer si gobiernas?
Este libro bebe de muchas obras anteriores que han ido brindando paso a paso
este resultado final. Empezó con un número especial de la extinta revista Zona
Abierta titulado Estado nacional, mundialización y ciudadanía (Zona Abierta 92/93
[2000]). Luego lo actualicé con el título Cansancio del Leviatán (Madrid, Trotta,
2003). La obra de Boaventura de Sousa Santos ha sido esencial en este recorrido, en
especial la introducción a su obra que publiqué con el título «Conciencia de frontera:
el pensamiento social posmoderno de Boaventura de Sousa Santos» (introducción a la
primera edición de Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano. Ensayos para
una nueva cultura política, Madrid, Trotta, 2005). Tengo a Santos por mi maestro y
su pensamiento atraviesa todo lo que escribo. Si vamos sobre hombros de gigantes, es
mi gigante.
Igualmente han sido esenciales las dos ediciones —y sus respectivas
introducciones— de la versión en castellano de dos de las principales obras de Bob
Jessop. La primera introducción la titulé «El Estado como relación social: la
recuperación de un concepto politológico del Estado» (en Robert Jessop, El futuro del
Estado capitalista, Madrid, La Catarata, 2008); la segunda, «Los laberintos de Borges
y la imposibilidad de una teoría del Estado» (en Bob Jessop, El Estado: pasado,
presente, futuro, Madrid, La Catarata, 2017). Mi mirada sobre el Estado bebe
esencialmente del trabajo de Jessop. Su generosidad y su rigor son dos exigentes
compañeros para hablar de algo tan complejo y complicado. Poder debatir con Jessop
es interrogar a lo más lúcido y sensible de la academia anglosajona. Mi experiencia
también ayuda. Veinte años explicando en la Universidad Complutense de Madrid la
asignatura Teoría del Estado y Teoría crítica del Estado han hecho el resto. Si no
puedes poner un ejemplo, a lo mejor es que no lo has entendido. Contra los heraldos
de lo abstracto.
Nunca hubiera leído igual la Teoría del Estado de no haber tenido la posibilidad
de vivir en primera persona y desde las cocinas del Estado el nacimiento de los
gobiernos del cambio latinoamericanos —hoy asediados o desmantelados— y
también gracias a la experiencia política del 15M, a la formación de Podemos y a la
amable atención recibida por los partidos del régimen del 78 y sus cancerberos
mediáticos. Hay cosas que se entienden mejor cuando te persiguen. He aprendido que
los que habitan el Estado desde los partidos señalan, y los medios de comunicación
disparan. Luego intenta el mismo Estado terminar la tarea de una manera aséptica,
porque los medios de comunicación han establecido ya la culpabilidad social del
«enemigo público». Hasta que la gente deja de creer a unos y a otros. Hoy, los Parlamentos son los medios, y los medios son también los verdugos, y con frecuencia
la oposición. Los medios ya no se explican desde el periodismo sino desde la ciencia
política.
Las alternativas emancipatorias siempre tienen su primera prueba de fuego en un
buen diagnóstico. He podido contrastar ideas con los profesores y activistas que
pusieron en marcha el 15M y Podemos. De la misma manera, la experiencia de
gobiernos alternativos en ayuntamientos y comunidades autónomas de España ha
sido otra fuente esencial de aprendizaje, de contraste, del ir y venir de las ideas a los
hechos y de los hechos a las ideas.
La honestidad, perspicacia y compromiso de Laura Gómez dan mucha luz a las
conclusiones de este libro y a las ganas de haberme sentado a escribirlo como una
forma de continuar el compromiso con los otros. Gracias por recordarme siempre los
«afueras».
El Estado es capaz de mucho dolor y es la herramienta para transformar las cosas.
Pienso el Estado y pienso en el narcoestado colombiano con Uribe y con Santos, y
también en la gente de la sociedad civil que conozco que enfrenta esa violencia y que
se deja, literalmente, la vida sin perder el amor por la vida. Pienso en el Estado y
pienso en las usurpaciones de la voluntad popular del PAN y del PRI en México, y la
gente que no acepta el statu quo también ahí jugándose la vida (quiero seguir viendo
cada vez que vaya a México a la periodista Carmen Aristegui y a toda la gente que
salió a la calle a hacer lo que no hacía el Estado cuando el último terremoto). Pienso
el Estado y pienso en los amigos israelíes y palestinos que confrontan el sionismo de
Israel. Los judíos que sufrieron el Holocausto parecen haber aprendido poco cuando
ejecutan palestinos. Pienso en Venezuela y pienso en los lastres de la cultura rentista
y la ausencia de Estado, y también en la fortaleza de un pueblo —donde tengo tantos
amigos que no terminaría de citar—, que, pese a las muchas dificultades, sabe que fue
con Chávez que empezó a ser tratado como persona y también que fue la primera vez
que se sintió orgulloso de su país. Pienso el Estado y regreso a Perugia, con lo mejor
de la politología italiana, en esa ciudad subterránea enterrada por un papa que
recuerda el poder de la Iglesia y los problemas de no atrevernos a pensarnos sin
motores inmóviles y eternos. Pienso el Estado y recuerdo en un viaje a Nueva York,
invitado por Naciones Unidas, una charla en Harlem con negros cuya esperanza de
vida era quince o veinte años menor que la de la gente de Manhattan. Recuerdo los
tres años largos en Alemania, donde entendí lo que distingue a una esfera pública
virtuosa —donde lo de todos se cuida entre todos— de una esfera pública inexistente
—un espacio en el que cabe también España— donde lo de todos es del primero que
pueda quedárselo. He aprendido en mi país —no en los libros— que lo que diferencia
a una persona progresista de una persona conservadora no está en sus lecturas y, a
menudo, tampoco en sus ideas, sino en su confianza en los demás. Lo he aprendido
en el 15M, en las luchas internas en Podemos, en las marchas de la dignidad, en la
generosidad en un momento difícil en el cual España tenía y tiene que discutir su herida territorial. Lo he aprendido en el Brasil que resiste al golpe parlamentario
contra Dilma Rousseff por parte de un Parlamento corrupto.
La realidad se empeña en contradecir constantemente a la teoría. Sin todas estas
experiencias, no entendería el Estado. Quizá por eso no puedo aceptar explicaciones
demasiado simples. Y por eso me he atrevido a añadir el adjetivo «descompensada» a
la definición de Jessop del Estado como «una relación social». Claro que se puede
desobedecer al Estado (de lo contrario, no habría perspectiva de cambio alguna), pero
el precio de hacerlo es alto.
Hace veinticinco años discutíamos en un departamento universitario de la
Universidad Complutense de Madrid acerca del nuevo descriptor de la asignatura
Teoría del Estado. En aquella reunión algunos profesores se pronunciaron en contra
de incorporar la globalización a la definición de la asignatura: «Es una moda, y las
modas se pasan. Lo que nunca se pasa son los griegos». Se referían a la Grecia
clásica. La astucia de la academia no siempre está a la altura de los tiempos.
Empecé en la teoría del Estado porque los politólogos más lúcidos de entonces,
que se inventaron la politología española, me llevaron con su inteligencia por ese
camino. Las apuestas personales posteriores nos alejaron. Y la Teoría del Estado ha
desaparecido de los currículos universitarios. Se enseña «Instituciones políticas y
estructuras de decisión». Los alumnos no entienden el nombre y creo que yo
tampoco.
Enfrentarse al Estado es un reto para valientes. Le he puesto el coraje y la
perseverancia. El resultado, ya veremos si rinde sus frutos. Mi sensación es que llevo
un par de decenios dialogando con algo que reclama mucha atención y que brinda
pocos frutos. En cualquier caso, algo vamos haciendo en la práctica. Lo aprendido en
mi relación con la teoría del Estado me acompaña en mis decisiones. Es un regalo.
Con las dificultades de ser coherente cada día en la práctica. La política real debiera
ser obligatoria para todos los profesores de ciencia política. Mentiríamos menos. Y
mentiría ahora si no reconociera a los colegas que, contra viento y marea, levantan la
universidad pública.
Hemos entrado en el siglo XXI. La Universidad que no acompañe a los tiempos va
a convertirse en innecesaria. Haciendo autocrítica, esto vale también para la ciencia
política. La falta de compromiso con lo que ocurre —aunque se pueda fracasar en el
intento— es la vacuna para no convertirse en un figurante inútil que nunca cocinará
ni probará los platos que ni siquiera se atreve a pensar.
Se paga precio por la crítica. En América Latina te matan físicamente. En Europa,
te intentan matar civilmente. Saber la relación entre la política, los intereses
materiales y los medios de comunicación mella los cuchillos que quieren apuñalarte y
desvía los proyectiles que quieren atravesarte. Al final, la teoría del Estado tiene su
gracia. Es una suerte de chaleco antibalas.
Con Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y otras muchas compañeras y compañeros
confrontamos la política con la excusa de Juego de tronos. Apostar por los dragones es tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Nunca nos pusimos de acuerdo y, sin
embargo, construimos el mismo barco. Los caminantes blancos, estábamos
convencidos, son los neoliberales. En eso siempre hemos estado de acuerdo. Y
porque teníamos ese barco, navegamos con nueva gente, Pablo Echenique, Rafa
Mayoral, Irene Montero, Juanma del Olmo y otras muchas y muchos esenciales
aunque su nombre no sea conocido.
Dios no existe pero funciona. El Estado existe pero no funciona. Al menos, para
la defensa del interés general. Y en la defensa del interés del 1%, vemos a su
maquinaria pasar por encima de cualquier cosa. Luchar contra enemigos invisibles es
tenaz. Pese a todo, seguimos. Comprometidos con un buen diagnóstico. Cualquier
revolución se va a hacer con libros. Con muchos libros. Seguro que eso explica estas
líneas donde ahora debiera empezar a citar a todas las personas que han logrado que
este libro exista. Pero son muchas, y ellas y ellos saben quiénes son. Vaya aquí mi
más comprometidas gracias.