Los tres mosqueteros

Christina Rosenvinge · Capítulo 1 de 6

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Los tres mosqueteros

Introducción

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La novela de folletín en el siglo XIX

Empezaremos estas líneas con una aparente paradoja: comparativamente, los libros eran mucho más caros en el siglo XIX que en la actualidad, y mucha gente no tenía acceso a el os. Las clases bajas, evidentemente, pero también una gran parte de la clase media. En cambio, la narrativa de ficción conoce durante ese siglo un éxito sin precedentes en Europa, y los lectores de novelas se cuentan por mil ones.

Hay que pensar que, por ejemplo, el inglés Charles Dickens, con la denuncia de las condiciones de vida infrahumanas en los barrios bajos de Londres que hal amos como telón de fondo en Oliver Twist, sensibilizó tanto a la opinión pública que el gobierno se vio obligado a realizar ciertas reformas que seguramente no se hubieran l evado a cabo si la citada novela no hubiera existido.

¿Cómo accedía, pues, un público mayoritario a la lectura de las novelas? Pues sencil amente a través de la prensa: las novelas eran publicadas por capítulos (o entregas) en diarios y revistas. Si tenían éxito, aparecían más tarde en forma de libro. Llamamos a este sistema «novela fol etinesca» o «de fol etín»; y aunque haya algunos que identifiquen

«fol etín» con novela popular y de baja calidad, debemos recordar que autores tan importantes como el citado Dickens, Balzac y, claro está, Alejandro Dumas, son autores representativos de este género, un género que, evidentemente, comportaba el establecimiento de relación muy especial entre el autor y sus lectores, y que se ha trasladado modernamente a las series de televisión (y a las sagas fílmicas), pasando por los seriales cinematográficos que se solían proyectar, como complemento de las películas largas, durante la primera mitad del siglo XX, o por las radionovelas, tan populares durante las décadas posteriores a la Guerra Civil.

De entrada, el autor de una novela de fol etín tenía que lograr que el lector tuviese ganas de continuar leyendo la historia que le proponía. Por lo tanto, los capítulos solían acabar en un momento crucial, con los personajes en peligro o a punto de conocer una revelación terrible… Con «suspense», vamos, para que el lector desease intensamente saber cómo continuaba la narración. ¿No les suena este recurso a los lectores o espectadores de sagas literarias o a los asiduos de las ficciones televisivas?

Por otra parte, como la publicación de las novelas se alargaba durante meses, el autor también podía estar atento a las reacciones de la cal e y actuar en consecuencia. Se dice que Dumas había pensado en matar a Porthos durante la redacción de Los tres mosqueteros, pero decidió echarse atrás al darse cuenta de que se trataba de un personaje muy querido por el público. También es sabido que Arthur Conan Doyle, harto de su personaje Sherlock Holmes (es el protagonista de solamente cuatro novelas, pero las historias cortas del gran detective aparecían con regularidad en la revista The Strand Magazine), decidió acabar con él, haciéndolo caer a las cataratas de Reichenbach (Suiza) durante una lucha a muerte contra su acérrimo enemigo, el profesor Moriarty. Pues bien: a raíz de este hecho, Conan Doyle recibió tantas presiones (centenares de cartas con

súplicas, insultos e incluso amenazas de muerte, frecuentes manifestaciones ante su casa de personas con cintas negras de luto en el sombrero, etc.) que al final se vio obligado a

«resucitar» a su personaje, inventándose una explicación verosímil para justificar su desaparición temporal. Actualmente, cuando un actor de una serie televisiva decide abandonar su papel, a menudo los guionistas «matan» al personaje. Pero si el personaje en cuestión era tan valorado por los telespectadores que la audiencia se resiente, los productores pueden obligar a los guionistas a hacer que el personaje reaparezca («Quedó solamente herido en aquel accidente, pero decidieron hacerlo pasar por muerto porque…»), y si el actor de antes no está disponible, no hay problema: se contrata a otro y se da una explicación lógica para el cambio: «Recibió unas heridas que hicieron necesaria una operación de cirugía estética». Siglo XIX, siglo XXI: los medios y los soportes han cambiado, hasta cierto punto, pero la narración fol etinesca continúa viva y coleando.

Dumas y Los tres mosqueteros

Alejandro Dumas fue uno de los grandes autores de novelas de fol etín, pero hay que decir que no trabajaba solo, existía toda una «fábrica Dumas de novelas». Es decir, contaba con una serie de colaboradores que escribían algunas partes de las novelas que él firmaba como único autor (después de revisarlo todo, evidentemente). Estos escritores anónimos, conocidos popularmente con el nombre, hoy sin duda políticamente incorrecto, de «negros», no son exclusivos del siglo XIX. Apuntamos un par de casos del mundo del cómic: Hergé, el creador de Tintín, trabajaba con otros dibujantes, pero el nombre de estos nunca constó en los álbumes. El famoso cohete rojo y blanco que l eva a los personajes a la Luna, por ejemplo, fue obra de Bob de Moor (que también intentó acabar Tintín y el Arte-Alfa, dejada en estado de bocetos a la muerte de Hergé, pero chocó con la negativa de su viuda). Y lo mismo pasaba con Peyo, el creador de los Pitufos ( Les Schtroumpfs), que se vio desbordado por el éxito de sus personajes y se convirtió prácticamente en un administrador de sus negocios, dejando lápices y plumas en manos de jóvenes dibujantes que, mientras él vivió, jamás fueron acreditados como autores de las aventuras de los pequeños duendes azules.

Pero volvamos a nuestro tema: la novela Los tres mosqueteros fue publicada entre marzo y julio de 1844 en las páginas de la revista Le Siècle, antes de aparecer en forma de libro. En el a se cuenta la historia del joven gascón D’Artagnan, que l ega a París con la esperanza de convertirse en mosquetero del rey. Antes de conseguir su propósito, se verá inmerso en conflictos de todo tipo, y se enfrentará a el os con la ayuda de tres mosqueteros (el impertérrito Athos, el forzudo y fanfarrón Porthos y el refinado Aramis), con los cuales está a punto de batirse en duelo nada más conocerlos, pero que acabarán convirtiéndose en sus amigos inseparables. Enfrentados a menudo a los designios del poderoso cardenal Richelieu —que, sin embargo, respeta su valor y desearía que formasen parte de su compañía de guardias—, salvan el honor de la reina Ana de Austria —que ha hecho un regalo comprometedor al duque de Buckingham, un enemigo que se prepara para invadir Francia y que está locamente enamorado de la esposa de Luis XIII—, y viven juntos, y en compañía de sus hábiles criados Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin, muchos viajes y aventuras. La novela es rica en misterios (¿Qué secreto esconde el pasado de Athos?

¿Quién es el hombre con la cicatriz en la sien que roba en Meung la carta que el padre de

D’Artagnan da a su hijo para que la entregue al capitán de los mosqueteros? ¿Quién es el misterioso enmascarado de la capa roja?) y en personajes de gran fuerza, que han pasado a formar parte del imaginario colectivo, como la bel ísima, cruel y peligrosa Milady de Winter, un modelo para todas las mujeres fatales que la literatura y el cine nos han servido posteriormente. Los tres mosqueteros consiguió un éxito inmediato y permanente, y esto comportó que Alejandro Dumas volviera a utilizar a sus personajes en dos novelas más.

La segunda y la tercera parte de Los tres mosqueteros La historia de Los tres mosqueteros acaba cuando D’Artagnan es nombrado teniente de mosqueteros por el cardenal Richelieu, y sus amigos desaparecen de su vida (Athos recibe una herencia en el Rosel ón, Porthos se casa con una viuda rica y Aramis entra en religión).

A partir de 1845, Dumas da continuidad a la primera novela con Veinte años después.

La acción tiene lugar entre 1648 y 1649 (la época inicial de la Fronda, los movimientos de insurrección que tuvieron lugar durante la regencia de Ana de Austria y la minoría de edad del futuro Luis XIV). Los personajes han envejecido y se encuentran separados por sus ideas políticas: Athos y Aramis apoyan a los príncipes, y D’Artagnan convence a Porthos para que se ponga de parte del cardenal Mazarino. Los cuatro se unen de nuevo para ayudar a Carlos I de Inglaterra, que ha sido condenado a muerte, pero verán su misión obstaculizada por el hijo de Milady, que desea vengar la muerte de su madre. Sin renunciar a las aventuras, Dumas hace madurar psicológicamente a sus personajes, e introduce un profundo análisis del sistema político de la época. En esta novela, Dumas vuelve a ser un precursor: ¡En cuántas historias uno o varios héroes se han retirado aparentemente, pero acaban dejándose convencer para lanzarse a una nueva aventura!

El universo de los mosqueteros se cierra con la novela El vizconde de Bragelonne (publicada como libro en 1848). La acción se sitúa en 1660, unos doce años después de los hechos narrados en Veinte años después, en la corte del joven rey Luis XIV, y propone una solución muy novelesca al misterio de «el hombre de la máscara de hierro», uno de los prisioneros más famosos de la historia de Francia. El vizconde que da título a la novela es Raoul de Bragelonne, hijo natural de Athos. El tono de la obra es más melancólico que el de las anteriores, y va unido a la vejez y al final inminente de unos personajes que habíamos conocido jóvenes e intrépidos. En el transcurso de la historia, mueren Porthos (aplastado por una piedra), su criado Mosquetón, Athos (al recibir la noticia de la muerte de su hijo Raoul)… y el mismísimo D’Artagnan, herido por un cañonazo mientras lucha, recién nombrado mariscal, en Holanda. Tal vez Dumas —como haría más adelante Agatha Christie con su famoso detective Hércules Poirot, muerto en la novela Curtain ( Telón)—

quería asegurarse de que ningún otro autor volviera a utilizar a sus personajes. Pero no lo consiguió. Los tres (o, mejor dicho, los cuatro) mosqueteros habían conseguido tener vida propia más al á de su autor y, aunque el gran realizador Bertrand Tavernier presentó a los personajes ya envejecidos en la tierna e irónica (y muy divertida) película La hija de D’Artagnan, es en su plenitud física, y viviendo una eterna juventud, que escritores, dibujantes de cómics y cineastas, con más o menos fidelidad al espíritu de Dumas, han utilizado, y continúan utilizando, las figuras ya míticas de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, a veces de manera sorprendente: por ejemplo, en el cómic de la Marvel Thor (el personaje, un dios nórdico defensor de la Tierra, que ha dado lugar a dos películas

recientes y también aparece en las dos primeras partes de la saga Los Vengadores) tiene tres grandes amigos asgardianos, excelentes guerreros: el cal ado y sombrío, pero noble y fiel, Hogun; el voluminoso y fanfarrón Volstagg; y el siempre fino y elegante Fandral. Es fácil imaginar en quiénes están inspirados, ¿verdad?

Nuestra edición

El texto original de Los tres mosqueteros tiene unas mil páginas. Recordemos que la novela fue publicada por entregas: Dumas ganaba más dinero cuanto más hiciera durar la historia (siempre que mantuviera el interés de los lectores) y no se privaba de alargar las acciones y los diálogos, a veces de manera innecesaria. Para esta edición, pues, hemos reducido el texto a las dimensiones habituales de esta colección, sin prescindir sin embargo de ninguna parte esencial de la trama, y hemos eliminado la distribución de la obra en sesenta y siete capítulos, dividiéndola en cambio en dos partes y un breve epílogo (ya existente en la obra original de Dumas). Hemos adaptado al castel ano los nombres propios que más se prestaban a el o, manteniendo los otros en su versión francesa original. También hemos intentado corregir algunas contradicciones (debidas tal vez a las diferentes manos —los famosos «negros» de Dumas, quien, curiosamente, sí tenía la piel negra— que trabajaron en el manuscrito). Por ejemplo, cuando D’Artagnan conoce a Constanza Bonacieux, esta es una joven morena. En cambio, cuando hacia el final de la novela Milady la ve a la cabecera de su cama, en el convento de las Carmelitas de Béthune, se ha vuelto rubia milagrosamente (y es poco probable que utilizara tinte para los cabel os). Por último, hemos buscado hacer lo más inteligible posible el vocabulario de la época, reduciendo por lo tanto las notas explicativas al mínimo indispensable.

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