Mar de mañana
Farid y la gacela
Farid nunca ha visto el mar, nunca ha entrado en él.
Se lo ha imaginado muchas veces. Punteado de estrellas como la capa de un pachá. Tan azul como el muro azul de la ciudad muerta.
Ha buscado conchas fósiles enterradas hace millones de años, cuando el mar penetraba en el desierto. Ha perseguido los peces lagartija que nadan por debajo de la arena. Ha visto el lago salado y el lago amargo y los dromedarios color de plata avanzar como raídos barcos piratas. Vive en uno de los últimos oasis del Sáhara.
Sus antepasados pertenecían a una tribu de beduinos nómadas. Se detenían en los uadi, los lechos de los ríos cubiertos de vegetación, para montar allí sus tiendas. Las cabras pastaban, las mujeres cocinaban sobre las piedras ardientes. Jamás abandonaron el desierto. Sentían cierta desconfianza hacia la gente de la costa, mercaderes, corsarios. El desierto era su casa, abierta, ilimitada. Su mar de arena. Jaspeado por las dunas como la piel de un jaguar. No poseían nada. Tan solo huellas de pasos que la arena volvía a tapar. El sol movía las sombras. Estaban acostumbrados a resistir la sed, a desecarse como dátiles, sin morir. Un dromedario les abría camino, una larga sombra retorcida. Desaparecían en las dunas.
Somos invisibles para el mundo, pero no para Dios.
Se desplazaban con este pensamiento en el corazón.
En invierno, el viento del norte que atravesaba el océano de rocas volvía rígidos los barraganes de lana sobre los cuerpos, la piel se aferraba a los huesos, desangrada como la de cabra en los tambores. Antiguos maleficios
caían del cielo. Las fallas de arena eran cuchillos, tocar el desierto significaba herirse.
Los viejos eran enterrados allí donde morían. Abandonados al silencio de la arena. Los beduinos volvían a ponerse en marcha, flecos de tela blancos e índigos.
En primavera nacían nuevas dunas, rosadas y pálidas. Vírgenes de arena.
El siroco ardiente se acercaba junto con el gemido ronco de un chacal.
Pequeños bucles de viento cual espíritus en viaje pellizcaban la arena aquí y allá. Después, ráfagas rasantes, tan afiladas como cimitarras. Un ejército resucitado. En un instante, el desierto se elevaba y devoraba el cielo. Y ya no había fronteras con el más allá. Los beduinos se plegaban bajo el peso de la tormenta gris, se protegían contra los cuerpos de los animales puestos de rodillas, como bajo la costra de una antigua condena.
Más tarde se detuvieron. Construyeron una muralla de greda, y un pastizal cerrado. Había surcos de ruedas sobre la arena.
De vez en cuando, una caravana pasaba por aquellos lugares. Se hallaban en la ruta de los mercaderes que desde el África negra cortaban el desierto hacia el mar. Transportaban marfil, resinas, piedras preciosas, hombres encadenados para ser vendidos como esclavos en los puertos de Cirenaica y de Tripolitania.
Los mercaderes hallaban descanso en el oasis, comían, bebían. Había nacido una ciudad. Muros de arcilla desecada parecidos a cuerdas entrelazadas, techos de palmas. Las mujeres vivían en lo alto, separadas de los hombres, cruzaban los tejados descalzas. Caminaban hasta el pozo con ánforas de terracota sobre la cabeza. Mezclaban el cuscús con entrañas de oveja, la harina hervida. Rezaban sobre las tumbas de los morabitos. Al atardecer, bailaban sobre los tejados al ritmo del ney, moviendo sus vientres como serpientes somnolientas. Abajo, los hombres amasaban ladrillos, hacían trueques, jugaban a los dados persas fumando narguiles.
Ahora aquella ciudad ya no existe. Queda un dibujo, un santuario devorado por el viento de arena. A su lado ha surgido una ciudad nueva por voluntad del Coronel, realizada por arquitectos extranjeros del este.
Construcciones de cemento, antenas.
Diseminadas a lo largo de las calles hay grandes efigies del rais, con ropajes de desierto, de musulmán, de oficial. Ciertas veces se muestra imperioso y serio, ciertas veces sonríe con los brazos abiertos.
La gente está sentada sobre bidones de gasolina vacíos, niños huesudos, viejos que chupan raíces para refrescarse la boca. Los cables de la luz cuelgan sueltos de un edificio a otro. El siroco ardiente arrastra bolsas de plástico y basuras abandonadas por los turistas del desierto.
No hay trabajo. Solo bebidas azucaradas y cabras. Dátiles que enlatar para la exportación.
Muchos jóvenes se marchan, van a las zonas petrolíferas, a los grandes bloques negros. Las llamas perennes del desierto.
No es una verdadera ciudad, es un conglomerado de vidas.
Farid vive en la zona antigua, en una de esas casas bajas en las que todas las puertas dan a un único patio, con un jardín silvestre y una verja siempre abierta. Va andando al colegio. Corre con sus piernas delgadas que siempre se le despellejan como cañas. Jamila, su madre, le envuelve algún tronquito de ajonjolí para la merienda.
A su regreso, juega junto a sus amigos con una carreta hecha de chapa con la que arrastran tarros, o a la pelota. Se revuelca como un gusano entre el polvo rojo. Roba plátanos pequeños y racimos de dátiles negros. Se encarama con una cuerda fina en lo más alto, en el corazón de esas plantas llenas de sombras.
Lleva un amuleto al cuello. Todos los niños lo llevan. Un pequeño saquito de cuero con algún abalorio, el mechón de algún animal.
Los miradas malas mirarán el amuleto y tú estarás a salvo, le ha explicado su madre.
Omar, su padre, es un técnico, instala antenas de televisión. Aguarda la señal. Sonríe a las mujeres que no quieren perderse el episodio de la telenovela egipcia y lo tratan como a un salvador de sueños. Jamila siente celos de esas estúpidas mujeres. Ella ha estudiado canto. Pero el marido no quiere que se exhiba en bodas o en fiestas públicas, ni mucho menos ante los turistas. De modo que Jamila solo canta para Farid, él es su único espectador en esas habitaciones de cortinas y alfombras, que huelen a artemisa y a hierbas aromáticas, bajo aquel techo ahuevado de cal.
Farid está enamorado de su madre, de sus brazos que abanican como hojas de palmera, de su aliento cuando entona uno de esos maluf[2] repletos de amor y de lágrimas, y su corazón se le hincha tanto que debe sujetárselo con fuerza con las dos manos para que no se le caiga al suelo, en la palangana de hierro del agua de lluvia, completamente oxidada y siempre seca.
Su madre es muy joven, parece una hermana. De vez en cuando juegan a que están casados, Farid le peina el pelo, le coloca el velo.
La frente de Jamila es una gran piedra redonda, sus ojos están ribeteados como los de las aves, sus labios parecen dos dátiles dulces y maduros.
Es un crepúsculo sin viento. El cielo es del color del melocotón.
Farid se sienta contra el muro de su jardín. Se mira los pies, los dedos mugrientos que le asoman de las sandalias.
Hay una estela de musgo joven que se enfila en una grieta, Farid acerca la nariz a aquel olor fresco. Solo entonces se percata de que un animal respira a su lado. Está tan cerca de él que no puede moverse, el corazón le palpita en los ojos.
Tiene miedo de que sea un uaddan, la oveja asno de grandes cuernos protagonista de tantas leyendas. Su abuelo le ha dicho que suele aparecer por el horizonte, entre las dunas, como un mal espejismo. Ya hace muchos
años que nadie ha visto un uaddan, pero el abuelo Mussa jura que sigue escondido aún en el uadi negro de costras arenarias, donde no hay vida que resista, y que está muy enfadado por todos esos jeeps que estropean el desierto, que lo desplazan con sus ruedas.
Pero ese animal no tiene mechones blancos, ni cuernos de media luna, ni le rechinan los dientes. Tiene el pelaje del color de la arena y cuernos tan finos que parecen arbustos. Lo mira, tal vez tenga hambre.
Farid comprende que es una gacela. Una gacela joven. No huye. Sus ojos, muy abiertos y muy juntos, son límpidos y sosegados. Un escalofrío le sacude el pelaje. Tal vez esté temblando ella también. Pero ella también siente demasiada curiosidad ante aquel encuentro como para retroceder.
Farid le acerca lentamente una rama, la gacela abre una boca de dientes planos y blancos, arranca algún pistacho fresco. Se va encogiendo poco a poco sobre sí misma, sin dejar de mirarlo. Luego, de golpe, se da la vuelta, salta el murete de barro y corre levantando la arena, hasta sobrepasar el horizonte de las dunas.
Al día siguiente, en el colegio, Farid llena páginas enteras de gacelas, las dibuja inclinadas, a lápiz, las colorea metiendo los dedos en las témperas al agua.
La televisión emite una y otra vez la película, producida por el rais, en la que Anthony Quinn interpreta al legendario Omar al-Mukhtar, el guerrillero beduino que luchó como un león contra los invasores italianos. Farid se siente orgulloso, el corazón le late en los huesos. Su padre se llama Omar, como el héroe del desierto.
Juega a la guerra con sus amigos, cerbatanas hechas de cañas que escupen pistachos, guijarros rojos que dejan las tormentas.
¡Estás muerto! ¡Estás muerto!
Discuten, porque ninguno de ellos tiene ganas de tirarse al suelo y que acabe el juego.
Farid sabe que en alguna parte ha estallado la guerra.
Sus padres susurran hasta altas horas de la noche y sus amigos dicen que han llegado armas de la frontera, han visto cómo las descargaban de los jeeps por las noches. Ellos también querrían tener un kalashnikov, un misil.
Disparan algunas bengalas junto al viejo mendigo sordo.
Farid salta, se divierte como un loco.
Hisham, el más joven de sus tíos, estudiante universitario en Bengasi, se ha unido al ejército de los rebeldes.
El abuelo Mussa, que guía a los turistas hasta la Montaña Maldita y sabe reconocer las huellas de las serpientes, y descifrar las pinturas rupestres, dice que Hisham es un idiota, que ha leído demasiados libros.
Dice que el qa’id ha empedrado Libia entera de asfalto y cemento, la ha llenado de tuaregs negros de Mali, ha grabado las palabras de ese ridículo libro verde suyo en cada muro, se ha reunido con autoridades financieras y políticas por todo el mundo rodeado de mujeres guapas como un actor de vacaciones. Sin embargo, es un beduino como ellos, un hombre del desierto. Ha defendido su raza, perseguida por la historia, expulsada hasta los márgenes de los oasis. Mejor él que los Hermanos Musulmanes.
Hisham ha dicho mejor la libertad.
Omar sube al tejado, orienta la antena parabólica. Captan un canal no oscurecido por el régimen. Las ciudades de la costa están en llamas. Ahora saben que el profeta del África Unida dispara contra su Yamahiriya.
Definitivamente, está solo en el castillo del poder. Cuando ve la ciudad de Misurata destruida, el abuelo Mussa descuelga de la pared la estampa del qa’id, la enrolla y la mete debajo de la cama.
Ha llegado el telegrama. Hisham ha perdido la vista. Una esquirla en la cara. No volverá a leer libros con sus propios ojos. Todos lloran, todos rezan. Hisham está en el hospital de Bengasi. Al menos está vivo, no metido en un saco verde, como el hijo de Fátima.
Por la calle, la gente arranca de los muros las palabras del rais, los cubren de pintadas que ensalzan la libertad y de viñetas satíricas sobre la
gran rata cubierto de medallas falsas. La estatua que se yergue ante la medina ha sido decapitada a pedradas.
Es de noche, solo brilla una pequeña luz desnuda que no deja de vibrar, como si tuviera tos. Omar vacía una bolsa del mercado sobre la mesa, dentro hay dinero. Los dinares de los ahorros de Omar, los euros y los dólares que el abuelo Mussa ha ganado con los turistas del desierto. Omar cuenta el dinero, luego quita una piedra y lo esconde en la pared. Habla con Jamila, estrecha sus manos con fuerza entre las suyas. Farid no duerme, observa en la oscuridad ese nudo de manos que tiemblan como un coco bajo la lluvia.
Omar dice que tienen que marcharse. Que deberían haberse ido hace mucho. En el desierto no hay futuro. Y ahora encima, la guerra. Tiene miedo por el niño.
Farid piensa que su padre se equivoca al tener miedo por él, él se siente listo para ir a la guerra, igual que su tío Hisham. Ha probado a taparse los ojos con las manos, para ver cómo se vive siendo ciego. Se da unos cuantos golpes, pero no importa.
Farid se sienta contra el muro de su jardín.
La gacela llega siempre sin ruido, un ligero salto y ahí está. Con sus ojos de bistre, sus pupilas de diamante, sus orejas más claras y tupidas dentro, sus pequeños cuernos de hueso retorcido. Ahora ya son amigos.
Farid no ha hablado de esto con nadie. Pero siempre queda la sospecha de algún intruso. También él está aterrorizado de que puedan capturarla. Es joven e inexperta, corre un gran riesgo. Se acerca demasiado, entra en la zona habitada. Se aventura con algo de nerviosismo por debajo del pelaje, los músculos vibrantes. Lista para alejarse de un salto, para no quedarse quieta. Han de acostumbrarse a tener confianza de nuevo. Pertenecen al mismo desierto, aunque a razas diversas. Farid se aplasta contra el muro, espera a que la gacela respire por sus oscuras fosas nasales para respirar con
ella. Mueve el hocico, quiere jugar. Cuando se sienta sobre las patas traseras parece su madre al atardecer. La misma postura regia.
Es una mañana de primavera. Omar está trabajando en el tejado. Une los cables eléctricos, espera la chispa. La señal de que la telenovela está garantizada. La corriente, en estos días, va y viene, a trompicones. Las mujeres no quieren pensar en la guerra, quieren llorar de amor. Quieren descubrir si el hombre bueno acabará por averiguar que el hijo es suyo, y si el hombre malo caerá por el acantilado con su coche negro.
Farid ha visto retroceder a Omar, buscar un agarradero en el vacío, caer, levantarse. Hay otros hombres subidos a los tejados, con ropas de camuflaje y cascos amarillos, igual que los obreros, pero están disparando. Apuntan hacia abajo, contra la gente del mercado que huye y grita. Son las tropas leales al régimen, muchos de ellos extranjeros, murtaziqa, mercenarios contratados de otras guerras subsaharianas. Mientras disparan, gritan como en las películas. Un miliciano semidesnudo se ha acurrucado para hacer sus necesidades. Tal vez haya bebido demasiado zumo de tamarindo, o tal vez tenga miedo. El caso es que dispara así, con los pantalones bajados.
Omar se ha quedado mirándolos. Ha intentado hablar, detenerlos. Le han puesto un fusil en la garganta, o vienes a luchar con nosotros o eres hombre muerto. Farid ha visto resbalar a su padre hacia el alero. Le faltaba un zapato, se veía uno de sus calcetines beis, ésos que Jamila remendaba por la noche. Le han puesto una pistola en las manos. Omar ha disparado hacia arriba, contra el cielo, contra aves que no volaban. Luego ha dejado caer la pistola. El hombre sin pantalones ha empujado a su padre desde el tejado.
Farid ha visto las furgonetas con las ametralladoras, los lanzagranadas, las caras sucias y ofuscadas, las banderas verdes alrededor de las cabezas. Han matado incluso a los animales para infundir miedo.
La gacela, por suerte, ese día no estaba. Solo se acercaba en el silencio.
Jamila ha esperado a que se hiciera de noche. Esa noche que nunca ha sido tan oscura. El plenilunio iluminaba los cerros de arena y los palmerales, los edificios y las casas de arcilla con sus remates puntiagudos contra los maleficios.
Ha escondido a Farid en la trampilla de la despensa, entre las hojas de té y la carne seca colgada. A su alrededor se sucedían los disparos, el resplandor de los incendios. El olor a gasolina quemada en la arena.
Ha arrastrado el cuerpo de su marido hasta el patio. Lo ha lavado con el agua del pozo.
Omar tiene largos los cabellos, mojados parecen racimos de uvas.
Jamila le limpia las orejas, le agarra del pelo: qué suerte tienes, amor mío, los ángeles no tardarán en recogerte, en llevarte hasta el cielo. Es una antigua creencia del desierto, los muertos inocentes son arrastrados hasta el cielo de los cabellos.
En los jardines de al lado, otras mujeres rezan y lloran. Algunas familias han sido secuestradas, usadas como escudos humanos.
De madrugada, el cuerpo de Omar ya no está.
Jamila susurra a través de los muros de greda. Habla con sus antepasados, les pide un consejo para el viaje.
Farid ha salido de la trampilla. Siente aquel extraño olor. El de los ungüentos para los muertos, mira la tierra removida en el jardín. El columpio roto que a su padre no le ha dado tiempo a arreglar.
Recoge sus cosas, un cuaderno, el jersey rojo para el invierno.
Mira la fotografía de su abuelo con un turbante blanco sobre un dromedario delante del oasis, las gafas de ver y las sandalias de tiras en sus pies enjutos. Escribe el Corán sobre tablas, conoce los relatos antiguos y las grandes batallas, las de los romanos, las de los turcos. Le ha hablado de la Fortaleza Roja y de los piratas. Está cojo porque pisó una mina abandonada de la guerra contra Chad. De vez en cuando, se lo lleva con él al desierto.
Farid ha visto los comedores de gusanos, las pinturas rupestres de elefantes y antílopes, de simples manos impresas. Una vez se perdieron. El abuelo Mussa decía que los auténticos beduinos mueren en el desierto, envueltos por un remolino de arena, que no puede esperarse nada mejor. Que Dios había hecho que se perdieran para conducirlos a su destino. El desierto es como una hermosa mujer, no se revela nunca, aparece y desaparece. Tiene un rostro que cambia de forma y de color, volcánico o blanco de sal. Un horizonte invisible, que danza y se desplaza como sus dunas.
Farid ha visto a Jamila retirar la piedra, sacar el dinero y atárselo con una venda alrededor del cuerpo. Ha oído el ruido de sus dientes al temblar.
Había preparado un pequeño equipaje dentro de una bolsa Adidas.
Por las celosías de madera Farid ha intentado ver a la gacela. Quería despedirse, sentir el olor de su respiración en el recinto de barro del jardín.
Se marcharon de madrugada. Jamila besa la losa de piedra de delante de la puerta. Farid ha pensado en el olor de ciertas tardes, cuando su madre se quitaba el velo y bailaba descalza, en sujetador. Su vientre pequeño, reluciente de aceite de argán, se movía como la tierra. Una costra sacudida por la vida. Era aquél el centro de la casa. La piedra de la salvación.
Jamila ha cogido la llave, la ha arrancado de la puerta, se la ha guardado.
Corren entre las casas y los bloques de humo, se escabullen como ratones.
La guerra está en la manzana de al lado, los proyectiles trazadores abrasan el cielo. La llave cae entre el polvo. La madre no se agacha a recogerla.
—No importa, Farid, no tenemos tiempo.
—¿Y cómo hará papá para entrar?
—Llamará a un herrero.
Jamila no le ha dicho que Omar es un ángel hundido en el desierto.
Farid mira a su alrededor. ¿Qué habrá sido de sus amigos, de la pista de coches de choque, bajo el toldo, del quiosco del hielo o del de las gafas de sol?
La puerta de la ciudad parece ahora una feria. Todos tienen ojos de animales. El sudor les cubre el pelo, la nariz. Todos gritan y buscan algo.
Por detrás de la puerta está el desierto. Se colocan en columnas con los demás, gente con colchones enrollados a hombros, maletas que no consiguen cargar en los autobuses.
Muchos buscan la salvación en los campos de refugiados al otro lado de la frontera. Jamila sabe que ése es un trayecto peligroso, los milicianos del régimen controlan kilómetros de alambradas, disparan contra los fugitivos.
Ellos irán hacia el mar. Montados en un camión cargado de paquetes y negros apretujados como esclavos, que casi no se detiene a recogerlos.
Jamila grita, lo persigue. Montan en marcha: primero Farid, como un mono, luego ella.
Farid ve un jeep con las ruedas en llamas arrollar a un viejo. Es la primera imagen del desierto.
No consigue mantener los ojos abiertos, su madre le ha puesto su velo en la cara para protegerlo de la arena. Las ruedas del camión se inclinan y se encaraman sobre las dunas.
Kilómetros de silencio, solo el ronco motor. Es una escena de guerra, de todas las guerras. La humanidad deportada como ganado. Sin parada para mear.
Todos tienen los ojos cerrados, las cabezas inclinadas, blancas de arena.
El horizonte es viscoso. El siroco sacude la superficie sucia de residuos.
Chasis de vehículos quemados, basura que se agita.
El abuelo Mussa le decía que todo lo que se encuentra en el desierto pertenece al desierto y tiene sentido porque podrá ser reutilizado para otro objetivo, para otra vida.
De la arena asoman trapos de colores. Una camisa, un par de vaqueros que parecen vacíos, como ropas resecas tendidas por el suelo. Más adelante, un zapato.
Luego las cabezas devoradas por el calor, hundidas en la arena. El pelo y las mandíbulas. Las manos como algarrobas desecadas.
En el camión todos gritan, luego todos se callan. Jamila se asoma y vomita. Farid tiene el velo sobre los ojos, ve ese cementerio al aire libre a través de su pálido filtro.
Son todos negros. Que llevan ya meses muertos. Antes de la guerra. Sus ropas están intactas, ningún proyectil las ha traspasado.
Todos saben de qué se trata, son los prófugos de Mali, de Ghana, de Níger, abandonados en el desierto por los caravaneros, tras los acuerdos europeos del rais para bloquear los flujos migratorios de los desesperados.
Dios, en el desierto, es el agua y la sombra.
Hay una botella de plástico vacía junto a una mano descarnada. El último gesto antes de la muerte.
¿Dónde está Dios en ese desierto?
Jamila tiene sed. Sed. Rebusca en la bolsa, vierte el agua en la cabeza de su hijo, le arranca el velo de la boca. Le calma la sed, lo abraza. Bebe, Farid, bebe.
Se han quedado ellos dos solos en el mundo.
La casa es un huevo de greda abandonado a sus espaldas.
Luego, los arbustos, algunos con ciertos brotes blancuzcos. Un matorral de orgaza. El aire es más templado, el siroco ruge sin ganas como un felino cansado ya de retirada.
Es la zona predesértica. Hileras de vides. Muros en seco, desmoronados.
Caseríos abandonados como los que se encuentran en la campiña toscana.
Es una de las viejas aldeas rurales de los colonos italianos. Un campo de olivos retorcidos. Arcos abiertos en la nada.
Ha entrado arena en el motor. El camión se detiene. El hombre que lo conduce tiene el rostro cubierto de los tuaregs, ojos enrojecidos y ancianos que gritan a todos que bajen. De repente, el estruendo de una explosión tan cercana que corta los gritos, y sin embargo el cielo está tranquilo. Una bandada de aves mensajeras pasa, componiendo un dibujo en movimiento.
El tuareg está hablando por el móvil, se desgañita en tamashek, Farid no le entiende.
El disco del sol está en lo alto del cielo. Hace dos horas que esperan.
Farid y Jamila dan un paseo por la localidad fantasma, buscan un poco de reposo. Hay una plaza, con el viejo ayuntamiento. Se introducen en la iglesia. El techo se ha desmoronado en el centro, el ábside está desfigurado.
El suelo es de tierra, con algún ladrillo. Se dejan caer junto a un muro, se reparten el pan. Jamila reza. No es una mezquita pero no importa. Es una sombra donde la gente se ha arrodillado y ha hablado con la voz del silencio.
Un negro se ha quitado los zapatos. Uno de los dos pies está hinchado como un carnero despellejado. Viene de la sabana, lleva días caminando. Tiene miedo a la gangrena, se queja. Un somalí se acerca. Enrojece el cuchillo con un mechero para sajar el pie del negro. Luego lo envuelve en una hoja.
Como los dátiles antes de ser guardados en las cajas para los turistas.
Han empezado de nuevo a caminar.
El ruido de un motor, luego una moto de arena aparece por el horizonte.
Un hombre gordo, con una botella de Pepsi impresa en la camiseta, debajo del letrero ISHRAB PEPSI.
Farid mira esa camiseta que hace que le entre sed de otro mundo.
El hombre toma el relevo al frente del grupo de turistas. Será él quien los guíe hasta el mar.
Todos caminan detrás de la moto, que parece un tractor lunar. El negro arrastra su pie vendado de verde. Alguien abandona un colchón, una
cacerola de peso excesivo. Avanzan en un silencio total. Antes hablaban, ahora no. Solo los gemidos de la mujer embarazada. Aunque ella parece más fuerte que los hombres. Esconde su estado bajo capas negras de ropa, tal vez tenga miedo de que la dejen atrás.
Una hilera de escarabajos cruza las dunas.
Dejan la marca antigua de los beduinos errantes, una estela de huellas que la arena barrerá. Han vuelto a su destino. Orientarse en la nada.
El abuelo Mussa no ha querido marcharse, se ha quedado en el huerto con los pies en la palangana, observando las águilas en sus batidas a la caza de lagartos del desierto.
Jamila no está triste. Se hunde, toma aliento ante un nuevo banco de arena. Ahora lleva a Farid a hombros, envuelto en un pañuelo de tela, como cuando era pequeño.
Jamila es joven, tiene poco más de veinte años. Es una joven viuda con su hijo. El desierto es su concha.
Farid lleva un amuleto colgado del cuello.
El horizonte cambia, se va manchando de un verdor abrasado. Un muro de algarrobos. Una larga pendiente bordeada por oleandros en flor.
Es un olor que Farid desconoce, agreste y profundo.
¿Será ése el olor del mar, de sus superficies relucientes, de sus abismos azules?
Todos corren ahora, con la cabeza agachada entre retablos espinosos de higueras. Farid baja de la espalda de Jamila, abandona a la pequeña dromedaria. Corre, cae rodando entre la arena y el tamarisco. Es la primera vez que sale del desierto.
Una mano recoge el dinero en la playa. Otro hombre con turbante, pero vestido de ciudad. Una chaqueta clara, sudada en el cuello, sobre los hombros. El hombre gordo grita. La botella de Pepsi se agita sobre su vientre fofo. Han de darse prisa, se hallan al descubierto. Aunque la
situación está bajo control. Los pretorianos del régimen tienen órdenes de dejar partir las barcazas. Ahora el rais quiere que el Mediterráneo se llene de miserables para que Europa se eche a temblar. Es la mejor arma que tiene. La carne marchita de los pobres. Es dinamita. Hará estallar los centros de acogida, la hipocresía de los gobernantes.
Ahora, en la playa, todos protestan.
Miran derrotados ese enorme cascarón oxidado que flota en el agua.
Parece un autobús volcado, no una lancha motora.
Todos gritan, meneando la cabeza.
La barca es demasiado cara, demasiado vieja. Un asco de barca.
El hombre vestido con elegancia dice ¿qué os esperabais?, ¿un crucero? Grita que para él no hay nada más que hablar. Que embarcará otro cargamento de fugitivos menos estúpidos que ellos. Agita el brazo, dice que deben irse, dejar sitio, regresar a los matorrales, al desierto. Escupe por el suelo, dice que no tiene tiempo que perder con las ratas.
Arroja el dinero a la arena. Un joven lo recoge pero el hombre ya no quiere saber nada más de ellos, monta en el jeep. El joven lo persigue, le suplica por la ventanilla por favor, por Alá. Hay muchas mujeres, entre ellas su esposa, que está embarazada. Le pregunta al hombre si es que no tiene hijos. El hombre le da un golpe con la portezuela. Baja. Mete el dinero en la cartera. Ahora nadie vuelve a rechistar. El traficante de hombres camina sobre la arena con sus zapatos relucientes. Abre el maletero del jeep, lanza sobre la arena envases de plástico con agua. Hasta he pensado en que tendréis sed. Todos le dan las gracias. Jamila recoge una botella de aquella agua tan ardiente como té, se la guarda en la bolsa.
Farid mira el mar. Por primera vez en su vida. Lo toca con los pies, lo recoge con las manos. Lo bebe y lo escupe.
Piensa que es grande, aunque no como el desierto. Termina donde comienza el cielo, tras aquella franja azul, horizontal.
Creía poder caminar sobre él, igual que los barcos de los piratas. En cambio, está mojado y tira hacia abajo. Las olas van y vienen, como la ropa
tendida de su madre, si él huye se le echan encima.
La mujer embarazada se levanta la ropa para entrar en el agua, pero acaba por empaparse hasta la garganta. Abre una boca delgada repleta de dientes demasiado grandes, parece un dromedario asustado por el fuego.
Todos han empezado a subir, a empujarse, a encaramarse.
El borde de la barca ha descendido casi a ras del agua.
Dos chicos de Malaui, más despiertos que los demás, caminan con los pies desnudos como marineros, verifican el interior del casco. Abren los bidones sujetos con cintas elásticas a popa, acercan la nariz. Quieren comprobar que están realmente llenos de gasóleo. El hombre gordo les grita que son unos desconfiados hijos de puta ifriqiyyun, esclavos huidos de los guetos de los oasis. Ha configurado el GPS con la ruta y se ha bajado de un salto. Se moja hasta la cintura. Da un golpe al casco. Buena suerte, hijos de puta.
Farid mira el mar, límpido y compacto como cerámica azul. Busca los peces, sus dorsos, las primeras piezas de su vida nueva. Jamila le besa, juega con su pelo. ¿Cuánto durará el viaje?
Poco, el tiempo de una nana.
Jamila ha empezado a cantar con su garganta de ruiseñor, silba, imita el soplo de la zukra[3]. Su voz desciende hasta el mar. Luego se queda dormida. La cabeza delgada de una gacela, de una hermana mayor. Farid mira hacia atrás, encuentra una hendidura a través de los cuerpos. La costa ya no existe. Solo mar que sube y baja. Se acuerda de su casa, del columpio, de las mayólicas con dibujos de color óxido y esmeralda alrededor del pozo.
Piensa en la gacela. Iba y venía, a su voluntad. Siempre al atardecer. Había empezado a comer de su mano. Él arrancaba los dátiles, los pistachos, y se los ofrecía sobre la palma abierta, como si fuera un plato. Piensa en el ruido, después en el olor de su boca. Tenía unas manchas en el interior, sobre la lengua. Olía a uadi, a agua que fluye. El mejor hocico de la Tierra, aparte del de su madre. Aquel día se abrazó a ella. No sabía que no volvería a verla. Su pelaje color tierra quemada se iluminaba al caer el sol. El pelo le
olía a alfombra. El mismo olor que Farid advertía en el desierto, cuando montaban la tienda con el abuelo Mussa y dormían sobre la alfombra de las plegarias.
No le importa abandonar el pasado. Es un niño, es demasiado pequeño para tener sentido real del tiempo. Está todo junto, en la misma mano, lo que conoce y lo que le espera.
Al principio está excitado, luego está asustado, luego está cansado y ya nada más. Ha vomitado, ahora ya no le queda nada que echar fuera. El sol los sigue como una lengua hambrienta, goteando en sus cabezas un calor asfixiante, sudor.
El mar es monótono, no ofrece ninguna novedad. Mirarlo es un error, es como mirar un animal sin cabeza, con muchas grupas que oscilan. Carne azul que espumea desde una boca sumergida. Farid busca esa cabeza que nunca se asoma, que llega a la superficie y luego desaparece.
Se pregunta cuál será la cara del mar.
Uno de los chicos somalíes ha disparado a las olas hace un momento, para probar una de las bengalas luminosas. No funcionan, están tan podridas como la barca. El chico ha bebido demasiado con sus amigos, se han quemado el estómago y el cerebro. Ahora están peleándose a puñetazos.
Todos están pálidos, grises como cuerdas. Todos han vomitado. El vómito corre por el suelo sobre la madera macerada, siguiendo el balanceo del mar.
Jamila le dice a su hijo que mire fijamente un punto del horizonte para salvarse del mareo.
Farid rebusca en el fondo del bolsillo del cielo, donde el sol diluye el horizonte.
Le llega a la cara el humo negro del gasóleo. Su madre lo abraza con fuerza. Él busca aquel contacto, aquel olor. Pero Jamila está ya impregnada de gasóleo. Es ése el olor del viaje, de la esperanza.
A Farid le duelen los ojos, las piernas. El mar está ahora de través, la barca se ladea completamente. No pueden desplazarse, ése es el sitio que tienen asignado. Un hueco entre los cuerpos. Una niña se queja, dos hombres gritan en un dialecto que Farid desconoce. Se asfixia, el sol levanta costras en su boca. Su madre raciona el agua. Le da sorbos cada vez más pequeños que no bastan siquiera para limpiarle la lengua. Hacen sus necesidades en un cubo común que luego se vacía en el mar. ¿Como animales? Un poco más allá. Los animales no tienen tanto miedo a morir. El mar es un mundo en sí mismo. Un mundo en el mundo. Con sus leyes, su fuerza. Se ensancha, se eleva. La barca parece la coraza de un escarabajo muerto. Los que Farid encontraba en la arena fina, fulminados por el siroco. Farid tiene el sol dentro de su cabeza. No se marcha ni siquiera cuando cierra los ojos.
Piensa en las hojas de las alcaparras silvestres. Las que masticaba su madre y le ponía sobre la frente para curarlo. Piensa en el vendedor ambulante que pela los higos con un gesto decidido, mágico. Jamila le desmigaja en la boca un tronquito de ajonjolí, pero la garganta es un muro de arena.
El mar es una montaña que se alza. Farid tiene miedo de esas dunas de agua. El motor renquea como un dromedario moribundo.
Por la noche hace frío, la temperatura baja con el agua, el mar se convierte en papel negro. Exhala un humo que se te pega y te moja. Farid tiembla. La madre lo ha envuelto en su velo húmedo, resbaladizo como una cáscara.
Farid siente frío allí debajo. El viento es perverso y azota. Farid se abraza a los huesos de su madre, busca el calor del pecho. También ella tiembla, parece una de esas cestas con serpientes dentro que se agitan. Hacía tiempo que no le dejaba acercarse a su pecho, ahora ya eres mayor. Ahora lo empuja hacia allí, donde queda un poco del calor del día, como con las piedras. A fin de cuentas, es una suerte estar tan juntos, son una suerte el viento y el mar. Farid duerme. Piensa en las gruesas hojas de palmera bajo las que se refugiaba cuando empezaba a llover. Un día oyó decir a Aghib, el
viejo que cose zapatos bereberes para los turistas bajo el sol, que todo lo que les sucede es por culpa del petróleo, que de no haber sido por el mar negro que hay debajo del desierto ningún dictador habría tenido ganas de decretar leyes ni ningún extranjero de acudir a defenderlos lanzando misiles de crucero. El viejo Aghib le ha señalado con aquel duro dedo suyo, horadado por la aguja: el petróleo es la mierda del diablo, no te fíes de lo que parece una bendición. Porque es peor que una trampa para monos. Y
lo que para los ricos es una bendición, para los pobres es siempre una desgracia.
Farid ha seguido fiándose de la gacela, de su hocico que llegaba hasta la puerta de casa para comerse las sobras.
Todo está oscuro y la luna se ha ido. El chico que va echando gasóleo en el motor se ilumina con un mechero de plástico, se tambalea e impreca porque la llama se le apaga con la humedad del mar. Los brazos de la madre son menos fuertes, se hunden junto con la barca, ceden como ruedas en el desierto.
Farid aguarda a la madrugada. Aguarda a Italia. Allí las mujeres caminan con la cabeza al descubierto y la televisión tiene infinitos canales.
Desembarcarán bajo las luces, alguien los fotografiará. Les darán juguetes, les darán Coca-cola y pizza.
Rashid, el padre de su abuelo Mussa, hizo ya ese viaje, a principios de siglo, cuando los italianos prendieron fuego a sus aldeas, expulsaron a los beduinos de los oasis y los encerraron en recintos vallados, apiñados como cabras. Rashid era un chico alegre, tocaba el tablá y recogía la resina de los árboles del caucho; sus hermanos murieron en la deportación, él fue embarcado y enviado al destierro, a unas islas llamadas Tremiti. Nadie volvió a recibir noticias suyas. Nadie supo nada más de su muerte o de su nueva vida.
Farid mira el mar.
El abuelo Mussa le ha hablado del viaje de su padre.
Se había levantado una tormenta de arena, un viento de polvo gris barría la costa, casi como si el desierto se rebelara ante aquel éxodo cruel. Los beduinos subieron a los barcos con sus túnicas manchadas y sus rostros huesudos tras meses de hambre, los ojos adolorados e inmóviles de un rebaño empujado hacia el vacío.
En una ocasión, Mussa, ya adulto, fue hasta allí en el Toyota de unos arqueólogos del desierto. Eran un grupo de chicos de Bolonia, habían dormido juntos en los viejos campamentos tuaregs, habían visitado las necrópolis de los garamantes y los blancos laberintos de Gadamés.
Desde el golfo de Sirte, Mussa había mirado el mar que se había tragado a su padre. Empezó a pensar en embarcarse, en ir a buscarlo a Italia. En presentarse ante él, alto y elegante cual era, con sus gafas de hueso inglés, su jallabiya blanca. Soñaba con recoger a su viejo padre Rashid en sus brazos y con devolverlo, montado en un dromedario, a su desierto.
El óxido de la nostalgia arañaba entre los dientes como arena.
Pero todo aquel azul lo asustó. Sintió una especie de mano que le tiraba del cuello hacia atrás. El antiguo terror al mar.
Sin embargo, le dio tiempo de ver a un grupo de turistas semidesnudas sobre la playa que comían moras de un cesto de hojas entrelazadas y bebían zumo de lima.
Volvió a casa con aquel relato que con los años se hizo cada vez más audaz, las mujeres estaban cada vez más desnudas e incitantes, como vírgenes del paraíso.
Farid mira el mar y piensa en el paraíso.
Su abuelo le ha dicho que allá arriba las mujeres son más hermosas, la comida es mejor y todos los colores son más intensos, porque Alá es el pintor de la madrugada.
Farid piensa en la fotografía de su padre Omar, la que está colgada en el comedor, retocada por el fotógrafo con los pinceles. Los labios más rojos, las pestañas dibujadas, la mirada más profunda.
No se parece en absoluto al legendario Omar al-Mukhtar. No tiene ideas políticas. Es tímido y débil de nervios.
Farid mira el mar.
Las lágrimas le brotan de los ojos, se deslizan lentas entre el vello del rostro blanquecino por la sal.
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