Mariposa en la sombra

Gilly Macmillan · Capítulo 1 de 3 · parte 1/8

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Mariposa en la sombra

Domingo y Lunes

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

DOMINGO POR LA NOCHE

 

El concierto

 

ZOE

 

Antes de que empiece el concierto, me detengo un momento nada más cruzar el

umbral de la iglesia y miro la nave central. Aunque en el exterior todavía hay luz, en

las bóvedas del techo ya habitan las sombras y detrás de mí oigo cómo se cierran las

impresionantes puertas de madera.

Dentro, las últimas personas acaban de ocupar sus asientos entre el público. Está

casi todo lleno. El sonido de sus voces produce un murmullo de tono neutro.

Me estremezco. Por la tarde, cuando estaba sudando por el calor pegajoso y

cansada tras el ensayo, no me di cuenta de que en la iglesia la temperatura sería

fresca, incluso aunque el aire de afuera pareciera salido de un horno, y elegí para

ponerme esta noche un vestido corto, negro y con unos tirantes finísimos, así que

ahora tengo frío. Se me ha puesto la piel de gallina en los brazos.

El calor se ha quedado al otro lado de las puertas de la iglesia al cerrarlas para que

el ruido de fuera no nos moleste; no es que este barrio de Bristol sea conocido por lo

escandalosos que son sus habitantes, pero al fin y al cabo la gente ha pagado por sus

entradas para oír la música.

Y no es solo por eso. El concierto es mi primera actuación desde que salí del

Centro y también la primera dentro de mi segunda oportunidad de tener una vida.

Como mi madre ha dicho como unas cien veces hoy: «Este concierto tiene que

salir lo más perfecto posible».

Miro a Lucas, que está de pie a mi lado. Solo nos separan un par de milímetros de

aire.

Él lleva unos pantalones negros, que mi madre ha planchado cuidadosamente con

raya esta misma tarde, y una camisa también negra. Está guapo. Ha conseguido

domar su pelo marrón oscuro lo justo, aunque no del todo. Creo que si se molestara

un poco más, podría hacer que todas esas chicas ingenuas que leen novelas de

vampiros se murieran por él.

Yo también estoy bastante bien, o al menos lo estaré cuando se me quite la piel de

gallina. Soy de constitución menuda, tengo la piel pálida e impecable y el pelo largo

y muy rubio, aunque bastante fino, tanto que parece el hilo de una telaraña brillando a

la luz del sol. El contraste del pelo con el vestido negro es impresionante. Además, a veces, con la luz precisa, parece casi blanco, y eso me da un aire de inocencia.

«Frágil y delicada como una cervatilla», así me describió la fiscal de mi juicio, y

en principio no me pareció tan mal, pero añadió algo que todavía me duele al

recordarlo: «Pero no se dejen engañar por su apariencia».

Flexiono los dedos y los entrelazo para asegurarme de que los guantes que llevo

me quedan bien ceñidos y cómodos, como a mí me gustan, y después dejo caer los

brazos a los lados y los sacudo para que las manos se muevan. Quiero tener los dedos

calientes y flexibles. Los quiero latiendo por la circulación de la sangre.

A mi lado Lucas sacude las manos también, pero él lo hace despacio, primero una

y después la otra. Los pianistas se dedican a detectar ese movimiento de las manos en

otros pianistas, como hace el resto de la gente con los bostezos.

En el otro extremo de la nave, delante del altar, se ve el impresionante piano

sobre una plataforma baja, con sus intestinos de macillos y cuerdas expuestos y

reflejados en la parte interior de la brillante tapa negra inclinada. Nos está esperando.

Lucas lo mira fijamente, muy centrado, como si fuera la pared vertical de un glaciar

que está a punto de intentar escalar con las manos desnudas.

Ambos tenemos maneras diferentes de enfrentarnos a los nervios. Él se queda

muy quieto, empieza a respirar por la nariz despacio y no contesta cuando le hablan.

Por el contrario, yo no paro, y mi mente repasa a toda velocidad las cosas que

tengo que hacer y el orden que he de seguir antes de empezar la actuación. La

concentración absoluta no llega hasta que toco la primera nota; entonces la música,

pura y blanca como un sudario, me envuelve y todo lo demás desaparece.

Hasta ese momento tengo los nervios de punta, como Lucas.

Hay una señora al lado del piano que acaba de presentar el concierto. Nos hace un

gesto y va saliendo del escenario haciendo una reverencia tras otra, casi

arrastrándose.

Ha llegado nuestro momento de subir.

Me quito los guantes rápido y los dejo en una mesa donde hay café y panfletos

para la catequesis, y Lucas y yo caminamos juntos por el pasillo, como si

estuviéramos en el ensayo de una boda. Cuando empezamos a andar, las cabezas del

público se van volviendo poco a poco para mirarnos, una fila detrás de otra.

Pasamos junto a mi tía Tessa, que se está ocupando de una cámara de vídeo que

hemos preparado para grabar la actuación. La idea es ver la grabación después para

buscar imperfecciones e identificar cosas en las que se puede introducir alguna

mejora.

Tessa mira la cámara con los ojos entornados, nerviosa, como si de repente

pudiera girarse y darle un lametón en la cara, pero aparta la mirada un momento para

vernos pasar y levanta el pulgar. Adoro a Tessa; es una versión mucho más calmada

de mi madre. No tiene hijos y dice que eso hace que yo sea aún más especial para

ella.

Las otras caras que llenan la iglesia sonríen cuando Lucas y yo caminamos entre ellas, pero, según nos vamos acercando, lo que se ve son arrugas de concentración y

expresiones de ánimo. Ahora tengo diecisiete años, pero conozco esas caras desde

que era pequeña.

Mamá describe a ese tipo de personas como nuestros «seguidores». Dice que, si

tocamos bien, vendrán a vernos una y otra vez y además se lo dirán a sus amigos.

Pero esos seguidores no son santo de mi devoción; no me gusta cuando se acercan

después del concierto y dicen cosas como: «Tienes un verdadero don», como si tocar

el piano no fuera algo que hay que trabajar todos los días para alcanzar la perfección.

Casi se ve la palabra «genio» parpadeando en sus mentes, como un cartel de neón

con su luz sugerente. Cuidado con eso, les diría si me preguntaran. Tengan cuidado

con lo que desean, porque tiene un precio.

En la primera fila de la iglesia, las últimas caras en las que me fijo son la de mi

madre y la del padre de Lucas. O, dicho de otra manera, mi padrastro y su madrastra,

porque Lucas y yo somos hermanastros. Como siempre, son las caras demasiado

felices de unos padres que están ocultando un nivel de ambición paternal que podría

acabar asfixiando a cualquiera.

Lucas va delante, y cuando yo llego a la plataforma en la que está el piano, él ya

se está sentando.

Vamos a empezar tocando una pieza a cuatro manos. Es una de las favoritas de la

gente y cosa de nuestros padres. Ellos creen que tocar juntos para abrir el concierto

nos ayuda a calmar los nervios.

Tanto Lucas como yo preferiríamos tocar solos, pero les seguimos la corriente, en

parte porque no tenemos elección y también porque los dos somos intérpretes natos, y

los intérpretes quieren tocar, necesitan tocar y adoran tocar.

Un intérprete se prepara todo el tiempo para interpretar.

Así que lo hacemos, y lo hacemos lo mejor que podemos.

Cuando me siento al piano, mantengo la espalda muy recta, y aunque noto que las

entrañas se me retuercen y se hacen una maraña, como una bola de gomas elásticas,

le sonrío al público. Pero no sonrío demasiado; es importante que parezca también

humilde, que consiga clavar exactamente la cara de actuación.

Lucas y yo invertimos unos minutos en colocarnos y ajustar las banquetas del

piano. Ya sabemos que están exactamente como deben, porque hemos probado el

piano antes de que llegara todo el mundo, pero aun así las desplazamos un poco,

revisamos el espacio entre las dos y reacomodamos la altura un milímetro nada más.

Es parte de la actuación. Es por los nervios. O por el espectáculo. O por ambos.

Cuando los dos estamos sentados a nuestro gusto, pongo las manos sobre las

teclas. Tengo que esforzarme para controlar la respiración porque siento el corazón

acelerado, pero mi cerebro está centrado en la música que tengo por delante y el resto

de mi ser solo espera oír esas primeras notas, que son como el disparo que da la

salida de una carrera.

El público está en silencio. Solo se oye una tos que resuena en las bóvedas y entre las columnas. Lucas espera a que ese ruido se desvanezca y reine un silencio

absoluto; entonces se limpia las palmas en las perneras de los pantalones y después

pone las manos sobre las teclas.

Ahora no existe nada más que esa hilera blanca y negra que hay bajo nuestras

manos. Yo observo sus manos atentamente, como un animal que vigila su presa, a

punto de abalanzarse. No puedo perderme su señal. Hay un par de segundos de

silencio perfecto antes de que él arquee las palmas y sus manos reboten levemente

una, dos, tres veces.

Y nos ponemos a tocar en perfecta sincronía.

Cuando lo hacemos, la gente se queda deslumbrada, todo el mundo lo dice. La

energía que producen dos pianistas, cuando es la correcta, puede ser electrizante:

controlar ese poder, el tono y la dinámica es como estar en la cuerda floja, porque

todo tiene que guardar un equilibrio exacto. No ha salido tan bien esta tarde, cuando

ensayamos pasando calor, y acabamos cansados y enfadados el uno con el otro, pero

esta noche… es brillante. Es algo perfecto, hermoso, los dos nos metemos de lleno en

la música, y eso es algo que no pasa siempre. La verdad es que la mayoría de las

veces no pasa.

De hecho, estoy tan concentrada que al principio ni siquiera oigo los gritos, y no

oír los gritos supone que no me doy cuenta de que lo que se acaba de desencadenar es

el fin.

Pero ojalá me hubiera dado cuenta.

¿Y por qué deseo eso?

Porque, seis horas más tarde, mi madre estará muerta.

LUNES POR LA MAÑANA

 

SAM

 

A las ocho de la mañana Tessa sigue durmiendo, pero yo llevo despierto desde el

amanecer.

Soy abogado penalista y tengo mucho trabajo. Normalmente trabajo hasta tarde y

suelo dormir profundamente hasta que suena el despertador, pero hoy tengo una cita

en el hospital, una cita que lleva más de una semana en mi agenda; desde entonces no

ha dejado de rondarme por la cabeza y esta mañana ocupa toda mi mente desde el

mismo momento en que abrí los ojos.

Las cortinas de la ventana del dormitorio están cerradas, dejando el cuarto a

oscuras, pero cuando se agitan un poco por la brisa del río, la luz se filtra por los

laterales proyectando curvas perezosas e impredecibles. Si las abriera, vería afuera el

extenso muelle flotante y la colorida mezcla de modernos apartamentos, viejos

almacenes y cobertizos para botes que hay en la orilla opuesta.

Pero no las abro.

Me quedo en la cama y noto que la brisa es tan suave que apenas altera la quietud

de la habitación. Dijeron que iba a haber una tormenta anoche, pero no fue así; solo

tuvimos un breve y violento chaparrón de lluvia, seguido de una fina llovizna que nos

dio un respiro del calor temporalmente. Pero ha sido demasiado breve, porque ya ha

vuelto y está empezando a volverse pegajoso otra vez.

Tessa llegó bajo la lluvia, en medio de la noche.

Se disculpó por molestarme, como si no acabara de alegrarme la noche. Me dijo

que me había llamado, pero que no había podido localizarme. Yo no oí el móvil

porque me había quedado dormido en el sofá, delante de la televisión, con los restos

de un chow mein especial en el regazo y la carta del hospital sobre el pecho.

Al abrirle la puerta, me fijé en que bajo sus ojos, en su piel mojada, se veían dos

medialunas oscuras producto del agotamiento. Y cuando la abracé se quedó inmóvil,

como si todos los músculos de su cuerpo estuvieran demasiado tensos.

Me dijo que no quería hablar, así que no quise presionarla. Lo nuestro es una

aventura tranquila, respetuosa; ni pedimos, ni tampoco esperamos, que ninguno de

los dos se desahogue emocionalmente con el otro. Lo que pretendemos más bien es

proporcionarnos a ambos un refugio: un lugar sólido y seguro en el que habitar,

donde estamos, casi con total seguridad, lo que dos adultos menos reservados

llamarían «enamorados» (aunque nosotros nunca diríamos algo así).

Yo soy un hombre tímido. Me mudé de Devon a Bristol hace dos años, porque

eso es lo que hay que hacer si quieres evitar pasarte toda tu vida y tu carrera rodeado

de un reducido círculo de gente, siempre el mismo, en el sitio donde te has criado. En

Bristol había oportunidades interesantes y acababa de ocuparme del caso de Zoe

Guerin, así que me pareció que era un buen momento para el cambio.

Pero no me ha ido como esperaba. Tengo casos más variados y la cantidad de

trabajo es mayor, cierto, pero me ha costado mucho hacer nuevas amistades porque

trabajo muchas horas y no se conoce a muchas potenciales parejas en las visitas a las

cárceles o en las vistas en el juzgado. Así que cuando Tess y yo nos encontramos en

la calle un día, me pareció algo caído del cielo: era una cara conocida y

compartíamos cierta historia, por difícil que fuera. Así que fuimos estableciendo

rápidamente una rutina en la que pasábamos momentos juntos, solo para tomar café o

alguna copa al principio, aunque después surgió algo más. Pero Tessa está casada, así

que hasta ahí hemos podido llegar. No podemos dar más pasos si ella no deja a su

marido.

Anoche, cuando llegó, se dejó caer en mi sofá como si su cuerpo acabara de

desinflarse. Fui a por una cerveza fría para ella y de camino a la cocina guardé

discretamente la carta del hospital en un cajón para que no la viera. No quería que eso

estropeara las cosas entre nosotros, al menos no hasta que estuviera seguro. No hasta

después de la cita de hoy. No es difícil ocultar la falta de sensación en la mano

izquierda que tengo. Nadie en el trabajo lo ha notado de momento.

Ella se bebió la cerveza despacio y vimos una película de Hitchcock a oscuras; las

imágenes en blanco y negro de la pantalla parpadeaban de tal manera en las paredes

que parecía que la habitación estuviera animada. A mi lado Tessa estuvo viendo la

película muy quieta y sin decir nada; solo un par de veces se movió para pasarse la

botella fría por la frente. Yo le lanzaba miradas de reojo cuando podía,

preguntándome qué le pasaría.

Tessa no tiene el pelo rubio platino, la piel clara y las facciones finas de su

hermana y su sobrina (tampoco su altivez), pero sí que tiene sus penetrantes ojos

azules. El grueso y sedoso pelo rubio rojizo recogido, las facciones abiertas de su

cara con forma de corazón y las pecas de su piel le dan una apariencia accesible y

amable. Sus ojos brillan a menudo, divertidos. Y tiene la figura atlética y una actitud

práctica y eficiente. Para mí es preciosa.

La miro ahora, en la cálida oscuridad del dormitorio: está tumbada con las manos

sobre la almohada, junto a la cara, con los dedos flexionados muy cerca de sus labios.

Solo la resplandeciente alianza de su dedo anular me estropea la imagen.

Tras pasar un rato mirándola, salgo de la cama porque tengo ganas de desayunar.

Estoy rebuscando en una pila de ropa sucia que hay en el suelo para encontrar algo

que ponerme cuando vibra mi teléfono.

Lo cojo apresuradamente porque no quiero que la despierte.

El nombre que sale en la pantalla es el de Jeanette, mi secretaria. Ella siempre llega temprano a trabajar, sobre todo los lunes.

Se produce una lucha en el interior de mi mente para decidir si respondo o no,

pero lo cierto es que soy un tío muy responsable, así que realmente la batalla estaba

perdida en cuanto oí el móvil. Descuelgo el teléfono.

—Sam, perdona, pero hay aquí una persona que quiere verte.

—¿Quién es? —pregunto.

Repaso mentalmente la lista de mis clientes más importantes, intentando adivinar

cuál de ellos es el que se ha apartado del buen camino y se ha vuelto a meter hasta las

rodillas en el barro.

—Es una chiquilla —dice Jeanette en un susurro.

—¿Cómo se llama? —pregunto.

Estoy pensando que no puede ser, no, ¿verdad? Pero solo he tenido una cliente

adolescente.

—Dice que se llama Zoe Maisey, pero que tú la conoces como Zoe Guerin.

Salgo del dormitorio y entro en el baño de al lado, cierro la puerta y me siento en

la bañera. Aquí la luz de la mañana entra a través del cristal esmerilado, llenando la

habitación de un resplandor amarillo e inundando de claridad mis pupilas dilatadas

por la oscuridad.

—¿Es broma?

—Me temo que no. Sam, dice que su madre apareció muerta anoche.

—Oh, Dios santo…

Esas tres palabras se quedan muy cortas para expresar mi total incredulidad,

porque Zoe es la sobrina de Tessa y su madre, Maria, es su hermana.

—¿Sam?

—¿Se puede poner al teléfono?

—Insiste en que quiere verte.

Calculo si es posible; mi cita en el hospital no es hasta última hora de la mañana,

así que probablemente tendré tiempo antes para ocuparme de este tema, al menos

parcialmente.

—Dile que voy para allá.

Estoy a punto de colgar el teléfono cuando Jeanette añade:

—Está con su tío.

Las entrañas me dan otro vuelco porque el tío de Zoe es el marido de Tessa.

DOMINGO POR LA NOCHE

 

El concierto

 

TESSA

 

Cuando no tienes hijos, la gente tiene la tendencia a darte cosas para que te ocupes

de ellas. Creo que asumen que no tienes en qué volcar los instintos maternales y de

protección que seguramente sientes.

La noche del concierto de Zoe el sustituto de un hijo que me dan para que me

encargue de él es la cámara. Me dicen que tengo que estar pendiente de ella durante

toda la representación, para grabarla en su totalidad. «Es una tarea importante», me

asegura mi hermana con un tono muy pedante, como si yo fuera tonta.

¿Hablamos ya de las razones por las que no tengo hijos y así nos quitamos eso de

en medio? Sí, tratemos ese tema. A pesar del hecho de que soy una profesional con

éxito y que eso me llena y me hace feliz, ese detalle es el que le provoca más

curiosidad a todo el mundo.

Pues ahí va: existe una cosa que se llama «infertilidad idiopática». Es algo oficial,

a pesar de lo raro que suena, y eso es lo que yo tengo. Mi marido Richard y yo lo

descubrimos cuando teníamos ya más de treinta años, porque decidimos dejar lo de

tener hijos para después de viajar y estabilizarnos en nuestras carreras profesionales.

Cuando nos enteramos, probamos la fecundación in vitro; hicimos tres ciclos

antes de rendirnos. La gestación subrogada no me convencía; no soy lo bastante

valiente. La adopción: lo mismo por idéntica razón. De todas formas, ahora ya no nos

considerarían aptos, no teniendo en cuenta el problema de Richard con la bebida.

Y si lo que creen es que soy alguien sin instinto maternal o protector, me echaría a

reír a carcajadas, porque da la casualidad de que soy veterinaria.

Mi consulta está en el centro de la ciudad, en un punto en el que confluyen varios

barrios muy diferentes de Bristol. En un día normal veo entre veinte y veinticinco

animales, a los que palpo, pincho, acaricio, calmo y a veces hasta tengo que atar para

poder ocuparme de sus problemas de salud física o psicológica. Y después

tranquilizo, aconsejo y a veces incluso acaricio también a sus dueños, si las noticias

que tengo que darles no son buenas.

En pocas palabras, durante la semana me dedico a cuidar y proteger la mayor

parte del tiempo.

Pero hay cierta ironía en todo esto, algo que nunca se me escapa cuando estoy con mi hermana pequeña y sobre todo cuando me lía para ayudar de alguna forma a su

familia, como esta noche.

Cuando éramos pequeñas, Maria era la niña traviesa mientras que yo era la

perfecta en todo. Ella de niña tenía mucho potencial, sobre todo potencial musical, lo

que emocionó mucho a mis padres, pero Maria nunca estuvo a la altura de sus

expectativas.

Desde muy pequeña siempre fue dinámica y divertida, pero cuando cumplió los

catorce se volvió loca. Mientras yo me encerraba en mi habitación por las noches

para estudiar sin descanso, con mis sueños puestos en la Facultad de Veterinaria, su

mesa, que estaba al otro lado de la habitación, estaba cubierta de productos de

maquillaje que había dejado tirados tras arreglarse para salir de fiesta. Dejó de

estudiar, dejó de tocar música clásica y se dedicó a pasárselo bien.

Le parecía que el resto de las cosas no tenían ningún sentido, decía, a pesar de

que a mi padre se le salían los ojos de las órbitas cuando la oía hablar así.

A mí, sin novios, más feúcha y con menos habilidades sociales que mi guapa

hermana pequeña, me encantaba vivir indirectamente a través de ella, y creo que a

ella también le gustaba. Cuando volvía a casa a altas horas de la madrugada me

contaba sus secretos en voz baja: los besos que le habían dado, lo que había bebido y

las pastillas que había tomado, los celos y los triunfos… aventuras, en definitiva.

Pero después, para gran sorpresa nuestra, con diecinueve años conoció a Philip

Guerin en un festival de música. Él tenía veintisiete y ya había heredado la granja de

la familia. Y ella se fue a vivir allí con él y al poco tiempo se casaron. De repente.

«Viviendo un sueño», solía decir mi madre sarcásticamente mientras se retorcía las

manos.

Zoe llegó poco después. Maria la tuvo con solo veintidós años y creo que fue

después de eso cuando la realidad de la vida en la granja con una niña pequeña le fue

quitando poco a poco la pátina brillante que la había cubierto siempre. Pero no se

rindió y lo dejó todo, lo que la honra. Empezó a volcar todas sus energías en Zoe, y

en el momento en que la extraordinaria musicalidad de la niña quedó patente, cuando

con solo tres años empezó a tocar canciones de oído en el piano de la granja, Maria

hizo que cultivar el talento de su hija se convirtiera en su misión en la vida.

Eso fue antes del accidente, claro; después las cosas empezaron a irles muy mal.

Pero adonde quiero llegar es a que, durante todo ese tiempo, y tras haberlo hecho

todo bien en mi vida, tras estudiar mucho y seguir las normas, sí, estoy casada, pero

he acabado sin poder tener hijos. Yo ya me he hecho a la idea, pero Richard no lo

lleva tan bien, sobre todo tras una dramática decepción profesional, que además

coincidió con mi negativa a intentar un cuarto ciclo de fecundación in vitro.

Así es como hemos llegado a esta noche, en la que estoy ayudando a mi hermana

y a Zoe, que es algo que me encanta hacer cuando Maria me deja. Estoy deseando

que empiece la actuación, porque Zoe ha recuperado el nivel que tenía antes de ir al

Centro y estoy segura de que va a deslumbrar a todo el mundo. Y yo espero hacer bien la tarea que me han encomendado y grabarlo todo.

Solo he conseguido que Lucas, el hijo del nuevo marido de mi hermana, me

dedicara treinta segundos para contarme cómo funciona la cámara. Lucas es un loco

de las cámaras y las películas, así que diría que estaba en buenas manos, pero no sé si

esas breves instrucciones serán suficientes, porque yo soy de naturaleza más bien

tecnófoba, y cuando me estaba dando las explicaciones sentía que las palabras

flotaban dando vueltas alrededor de mi cabeza como un banco de peces en pleno

pánico.

Me gustaría que Richard estuviera aquí conmigo, ayudándome, pero me ha dejado

tirada otra vez.

Justo hace una hora, cuando ya teníamos que empezar a prepararnos para el

concierto, fui a buscarlo. Estaba en el cobertizo que hay al fondo del jardín,

supuestamente trabajando en la maqueta de un avión, pero cuando llegué me lo

encontré exprimiendo el plástico del interior de un tetrabrick de vino para sacarle las

últimas gotas. Había arrancado el cartón y estaba masajeando y retorciendo esa bolsa

plateada sobre una taza de té, como si fuera una ubre reticente.

Mientras le miraba desde el umbral, unas cuantas pálidas gotas de líquido cayeron

de la bolsa a la taza. Richard se las bebió inmediatamente. Entonces me vio. No se

disculpó ni se esforzó por ocultar lo que estaba haciendo.

—¡Tess! —saludó—. ¿Tenemos otra caja de vino?

Desde la puerta noté que su aliento apestaba y que arrastraba las palabras; aunque

estaba intentando comportarse como un bebedor civilizado, alguien que solo está

disfrutando de una copita de vino blanco el domingo por la tarde, en su cara había

vergüenza y sus manos temblaban de forma exagerada. La maqueta de madera seguía

allí, en su caja, esperando a que alguien la montara, con todas esas piezas cortadas

con precisión todavía colocadas en perfecto orden bajo el manual de instrucciones sin

abrir.

—En el garaje —contesté.

Y salí de allí para irme al concierto sola.

Así es como he acabado aquí, con una cámara que no estoy segura de que esté

funcionando correctamente, la cabeza a punto de reventar y el corazón lleno de

decepción, diciéndome que no debo, por nada del mundo, ceder a la tentación e ir a

ver a Sam tras el concierto de esta noche, porque eso estaría mal.

DOMINGO POR LA NOCHE

 

El concierto

 

ZOE

 

Lucas oye los gritos antes que yo.

Él deja de tocar primero, pero yo no me doy cuenta inmediatamente, porque

estamos en medio de un pasaje complicado de la partitura que siempre me arrastra de

una forma imparable, como si fuera una locomotora a toda velocidad.

Cuando me doy cuenta de que sus manos han parado y de que estoy tocando sola,

al principio continúo y me quedo mirándolo y preguntándome si habrá olvidado su

parte; estamos tocando de memoria y a veces ocurre, se te queda la mente en blanco

de repente.

Por eso espero que retome la melodía en cualquier momento, deseo con todas mis

fuerzas que la recuerde, porque este concierto tiene que ser perfecto. Sigo tocando

hasta que soy consciente de que ha parado intencionadamente porque hay un hombre

plantado en el centro del pasillo.

Entonces yo dejo de tocar también y, mientras la vibración de las últimas notas

que he tocado se va desvaneciendo, miro al hombre y me parece que le reconozco.

Su cara está desdibujada y tiene una expresión extraña: no se ve en ella

apreciación por nuestra interpretación, sino que está muy roja de rabia. Los tendones

de su cuello están muy tensos, tanto que parecen casi huesos.

—¡Esto no puede ser verdad! —grita—. ¡Es una burla! ¡Una falta de respeto!

Sus palabras resuenan en ese amplio espacio y un par de personas se levantan.

Me está mirando a mí y me doy cuenta de que realmente le conozco.

Le conozco porque maté a su hija.

La banqueta del piano se vuelca cuando me levanto, pero apenas hace ruido

porque está sobre una alfombra cuadrada carmesí que amortigua el sonido de su caída

y solo se oye un ruido sordo.

Mi madre se levanta de su asiento. Ella también conoce a ese hombre.

—Señor Barlow —dice—. Señor Barlow… Tom, por favor. —Y empieza a

caminar hacia él.

Yo no me quedo allí. Tengo mucho miedo de lo que pueda hacerme.

Salgo corriendo del escenario. Me doy un fuerte golpe en la cadera con el borde

del piano en mi huida lejos de él. Me dirijo hacia el fondo de la iglesia, donde hay una puerta tras el altar que me ocultará a su vista. La cruzo y bajo unos escalones de

piedra resbaladizos hasta una diminuta habitación, en la que solo hay una pila

cubierta de trapos manchados, y me agazapo en un rincón, temblando, cubierta por el

sudor frío del remordimiento, abrumada por la imposibilidad de mi vida, de las

segundas oportunidades o de los inicios desde cero, y me quedo ahí hasta que mi

madre me encuentra.

Me dice cosas que no significan nada para intentar hacerme sentir mejor. Habla

en voz baja mientras me acaricia el pelo y me lo coloca tras la espalda.

—Tranquila, tranquila —repite, pero no sé si es porque quiere consolarme o

porque pretende que pare de sollozar para que no me oiga nadie más.

Quince minutos después (el tiempo necesario para asegurarnos de que se han

librado de Thomas Barlow y de su furia llena de dolor) mi madre me saca por la

puerta de atrás hasta el cementerio y después me mete en el coche.

Ahora no puedo seguir tocando, es algo que no me puedo ni plantear. No paro de

temblar y las notas están todas mezcladas en mi cabeza.

Fuera solo soy consciente de que la noche es muy oscura y cálida, y ese calor me

reconforta tras el aire frío del interior de la iglesia. Noto el fuerte olor de las rosas

blancas que cuelgan sobre la puerta de la iglesia y el aleteo de los murciélagos que

revolotean en un rincón de la alta torre. Caminamos por la hierba reseca y nos rodean

unas lápidas cuyos cimientos cadavéricos han cedido y por eso se inclinan unas hacia

las otras en busca de apoyo. Distingo una cruz celta, los contornos de montículos de

piedras cubiertos de líquenes, inscripciones por todas partes, palabras de recuerdo.

Por encima de nosotras, las hojas oscuras y puntiagudas de un tejo apenas dejan pasar

la poca luz que queda.

Desde el interior de la iglesia llega el sonido del principio de la pieza de Debussy

que está tocando Lucas. El espectáculo debe continuar. El sonido al principio es un

baño cálido de notas y después un río que fluye. Es algo hermoso en lo que me

envuelvo para protegerme de lo que acaba de pasar.

Y evita que vea que al borde del camino hay una placa que han colocado

recientemente. En ella dice: «Amelia Barlow. 15 años. Tu familia te quiere. Tus

amigos te extrañan. El sol brillaba más cuando estabas en este mundo». Hay flores

bien cuidadas plantadas alrededor.

No sabíamos que su familia había hecho poner una placa en su honor allí. Nunca

habríamos alquilado esa iglesia para el concierto si lo hubiéramos sabido, nunca. Los

continentes habrían tenido que cambiar de lugar y de forma antes de que se nos

hubiera ocurrido hacer eso.

Durante el trayecto a casa, mi madre apenas dice nada aparte de:

—No importa. Podemos volver a organizar el concierto y así estarás preparada

para obtener el diploma. Ya lo estás.

Mi madre, que nunca habla de lo que realmente importa, está intentando

consolarme porque, aunque organizar un concierto público para demostrar que sigo al nivel del prodigio infantil que fui ha sido mi perdición esta noche, ella sigue creyendo

que será mi salvación al final. Está convencida de que eso fue el catalizador que nos

proporcionó nuestra segunda vida y que también será el combustible que la impulse

hasta una estratosfera que está a un millón de años luz de lo que ha sido nuestra vida

hasta ahora.

Y tal vez debería haberla escuchado con más atención entonces, porque fue la

última vez que me consoló, la última vez que sentí que la frustración por nuestra

incapacidad de conectar la una con la otra cargaba el aire.

Tal vez debería haber salido de mi capullo de dolor para preguntarle a ella si

estaba bien, aunque no se pueda decir que ninguna de las dos haya estado bien estos

tres últimos años.

Pero ojalá lo hubiera hecho. Preguntárselo, quiero decir. Ojalá.

LUNES POR LA MAÑANA

 

SAM

 

Todavía en el baño de mi piso, tras colgar a Jeanette y con un temor que me abrasa

las entrañas al pensar que tengo que darle esa noticia a Tessa, me quedo sentado un

rato recordando el día que conocí a Zoe Maisey, o Zoe Guerin, como se llama ahora.

Mi primer encuentro con Zoe se produjo tres años atrás, cuando yo vivía en el

norte de Devon, y lo que propició las presentaciones fue una llamada telefónica de la

centralita del Colegio de Abogados, porque yo era el abogado que estaba de guardia

cuando la arrestaron.

La llamada llegó a las nueve y media de la mañana, unas ocho horas después de

que ocurriera el accidente. Me describieron a Zoe y su situación así:

—Menor, adulto competente presente, se le acusa de conducción temeraria y

homicidio imprudente, dos fallecidos, un herido en estado crítico. Esperando para ser

interrogada en la comisaría de Barnstaple. El número de procedimiento es el

00746387A.

Llamé a la comisaría inmediatamente, me identifiqué y le pedí al sargento que

tenía a Zoe bajo custodia que la pusiera al teléfono.

—¿Hola? —respondió.

Me presenté.

—No le digas nada del accidente a la policía —aconsejé—. Voy para allá. Tardaré

unos cuarenta y cinco minutos. No accedas a ningún interrogatorio hasta que yo

llegue.

—Vale —contestó con una voz que sonaba demasiado tranquila, seguramente por

culpa del shock. Después me aseguró que no tenía ninguna pregunta que hacerme.

Conduje por una carretera rural para llegar a la comisaría. Era una mañana fría

pero espectacular. Dejé atrás campos escarchados rodeados de setos macizos, de algo

más de medio metro de grosor, pero sinuosos al mismo tiempo, que servían para

separar los campos circundantes. Aunque se habían quedado sin hojas porque

estábamos en invierno, formaban una muralla vegetal tan tupida que las sombras que

proyectaban eran como gruesas bandas horizontales. Por algunos sitios, donde había

algún hueco en el paisaje, se veía el mar azul verdoso, sorprendentemente en calma, y

Lundy Island, tranquila, antigua y fría, se apreciaba con total claridad frente a la

costa.

En el calabozo de Barnstaple, el sargento me pasó la denuncia con la relación completa de los hechos delictivos de los que se acusaba a Zoe.

—No quiere que su madre la acompañe —explicó—. Se ha negado, aunque su

madre está ahí fuera. Ha venido alguien de Servicios Sociales. Tampoco quería

abogado, pero la trabajadora social la ha obligado.

Revisé la denuncia. No era exactamente como me habían dicho por teléfono. Sí

que la acusaban de «conducción temeraria y homicidio imprudente», pero había un

agravante: «conducción bajo los efectos del alcohol».

Era un delito importante en cualquier circunstancia, pero teniendo en cuenta que

se trataba de una niña de catorce años, rebosante de potencial, que solo unas horas

antes tenía toda la vida por delante, resultaba absolutamente terrible.

—¿La han interrogado?

—Todavía no. Acaba de llegar la asistente social.

Por su edad, la policía no podía interrogar a Zoe sin un «adulto competente»

presente. Como se había negado a que su madre estuviera con ella, se habían visto

obligados a esperar hasta por la mañana, a que empezara su turno la asistente social.

El sargento llevaba una camiseta de la policía negra y ceñida, con el cuello alto y

manga corta, que dejaba a la vista sus brazos musculosos, y me habló sin levantarse

de su mesa, que estaba encaramada en una plataforma elevada. Mientras me

explicaba los detalles, tecleaba de forma eficiente en un ordenador, con los ojos

pegados a la pantalla.

—Acabo de empezar mi turno, así que solo me ha dado tiempo a echarle un

vistazo a todo esto, pero la trajeron a eso de las cuatro y media desde el hospital,

donde había pasado un par de horas.

Sentí lástima por todo el tiempo que ya había tenido que pasar Zoe en la celda.

Mis clientes, incluso los que ya han pasado un tiempo en la cárcel, dicen que lo peor,

lo que más odian, es el calabozo de la comisaría. No hay rutina a la que aferrarse,

solo cuatro paredes, un colchón sobre una plataforma, un baño que no siempre está

muy limpio y un par de ojos, de carne y hueso o en forma de lente de una cámara, que

te vigilan todo el tiempo.

—¿Por qué no ha querido que la acompañara su madre? —pregunté, por si la niña

estaba en acogida, vivía con su padre o era huérfana.

—No estamos seguros. Supongo que por vergüenza.

—¿Vergüenza?

Se encogió de hombros y levantó las manos con las palmas hacia arriba.

—La madre lleva sentada en recepción desde que llegó la niña.

Vi a una mujer sola en recepción cuando llegué. Tenía el pelo rubio platino y las

facciones delicadas. Estaba acurrucada en un rincón y se estremeció cuando, al entrar

yo, por las puertas automáticas se coló una fría corriente de aire. Me miró fijamente y

pensé que era la mirada de alguien que no ha podido dormir en las últimas horas y

que está esperando que pase algo malo.

Era una expresión que se ve mucho en las salas de espera que yo frecuento: en las comisarías, los juzgados… En esos sitios nadie está deseando que llegue lo que está

por venir.

Esa mujer de apariencia agradable, que en ese momento había sido expulsada

bruscamente de la vida de su hija, fue lo primero que me indicó que este caso iba a

ser cualquier cosa menos fácil.

No me había hecho una imagen mental de Zoe antes de verla. Para entonces ya

tenía suficiente experiencia para saber que la criminalidad adopta todo tipo de

formas, y por eso nunca puedes predecir cómo van a ser tus clientes, aunque si

hubiera querido aventurarme habría dicho que la niña de catorce años que estaba a

punto de conocer sería madura para su edad, probablemente un poco ordinaria y una

borracha empedernida, tal vez también habría hecho ya sus incursiones en el mundo

del trapicheo de drogas, y sin duda tenía que ser una de esas chicas a las que les gusta

demasiado la juerga.

La chica que me encontré no tenía nada que ver con eso. La policía se había

quedado con su ropa porque era una prueba, así que llevaba puesto lo que las

enfermeras de urgencias habían conseguido encontrarle: unos enormes pantalones de

chándal grises y un polar azul con cremallera. Tenía una herida vendada en la sien y

su pelo largo y rubio platino, aún más claro que el de su madre, centelleaba por los

diminutos fragmentos de cristal del accidente que tenía aún enredados.

Estaba sentada en una silla de plástico atornillada al suelo, con los pies apoyados

en el borde del asiento y abrazándose las rodillas con los brazos. Se la veía desaliñada

y muy pequeña. Tenía los pómulos delicados, los ojos azul claro brillantes y la piel

tan pálida como la escarcha del exterior. Se había metido las manos en las mangas del

polar, que tenía los puños sucios: manchas de otra vida que no habían podido quitar

en la lavandería del hospital.

A su lado estaba sentada una mujer que lucía la expresión estoica de una

trabajadora social que ya está de vuelta de todo. Mediana edad, con el pelo tan corto

que seguro que pinchaba y una cara de piel grisácea con profundas arrugas,

seguramente consecuencia de haber fumado veinte cigarrillos al día durante veinte

años. Sobre la mesa había depositado en un montón ordenado unos guantes, un gorro

y una bufanda.

Me presenté al ver a Zoe y ella me sorprendió levantándose y dándome un tímido

apretón de manos. Cuando lo hizo, me fijé en que tenía una estatura media y la

complexión muy menuda, que quedaba aún más empequeñecida por la ropa prestada.

Parecía excepcionalmente frágil.

Nos sentamos el uno frente al otro.

Ese momento no fue el principio de su pesadilla, que había ocurrido horas antes,

pero sí acabábamos de llegar al punto en el que tuve que empezar el delicado proceso

de ayudarla a comprender del todo lo grave que podía llegar a ser su situación.

DOMINGO POR LA NOCHE

 

El concierto

 

TESSA

 

Cuando Zoe y Lucas empiezan a tocar a cuatro manos, ya me siento más tranquila y

estoy bastante segura de que la cámara está grabando porque hay una luz roja

parpadeando en la esquina inferior derecha de la pantalla y un contador que registra

frenéticamente los segundos y milisegundos que pasan.

Zoe y Lucas estaban fantásticos ahí arriba, sobre la plataforma, como siempre:

una dulce imagen de perfección adolescente. Son el yin y el yang, rubia y moreno, la

princesa de hielo y su consorte de piel oscura.

Soy la primera en notar la presencia de Tom Barlow, porque el trípode de la

cámara y yo estamos justo al lado del pasillo, bastante cerca de la entrada; lo hemos

hecho así para que pueda levantarme y ocuparme del aparato sin taparle la visión a

nadie.

Al principio no lo reconozco, y cuando lo hago, ya es demasiado tarde para hacer

algo.

Más tarde me pregunto si las cosas habrían salido de forma diferente si hubiera

intervenido en ese momento, si habría podido detenerle y cambiar el curso de las

cosas, pero es una especulación sin sentido porque, al igual que el resto del público,

únicamente me quedo mirándole con la boca abierta mientras grita y las gotitas de su

saliva salen despedidas por el aire delante de él.

Zoe es la última persona de la iglesia que nota su presencia, y cuando lo hace, el

miedo provoca que se le sacudan las extremidades como si fuera una marioneta. Un

momento después sale del escenario tambaleándose. Es comprensible. Tom Barlow

parece poseído, y además es un hombretón.

Cuando Maria se levanta y hace un débil intento por calmarle, él no se muestra

receptivo.

—Usted tiene a su hija —dice él, y las palabras parecen golpear a Maria como

puñetazos—. No se atreva a decirme lo que tengo que hacer. Usted todavía tiene a su

hija.

—Lo siento mucho, Tom… —contesta ella.

Pero él la interrumpe:

—Es culpa suya. Culpa suya —acusa.

Y después se produce un revuelo: la gente empieza a abandonar sus asientos y

rodear al señor Barlow, que cae de rodillas y empieza a sollozar con un sonido

espantoso y desgarrador que hace que se me erice el vello de la nuca.

Sé quién es porque lo reconozco del juicio, claro. El juicio de Zoe se realizó a

puerta cerrada por su edad, así que yo nunca llegué a entrar, pero fui todos los días y

me quedé en la sala de espera reservada para las familias de los acusados. A las

familias de las víctimas las vi fuera del juzgado, en la calle, un día tras otro, reunidas

en grupos.

Mantuvimos las distancias para evitar que se produjeran escenas desagradables,

pero estoy segura de que se trata de Tom Barlow porque su cara salió en los

periódicos locales. Los otros padres y él aparecían en páginas destacadas en los

funerales de sus hijos, vestidos de negro y rotos por el dolor.

En el concierto, aprovechando el alboroto, Maria sigue a Zoe detrás del escenario.

Antes de ir se produce una tensa conversación entre ella y su nuevo marido, Chris, en

la que él parece interpelarla y ella niega con la cabeza enérgicamente. Mi mirada se

encuentra con la de Maria cuando está saliendo; se la ve afligida y yo pronuncio,

mirándola: «¿Quieres que vaya contigo?». Ella me hace un gesto que dice que no, así

que me quedo sentada donde estoy y me esfuerzo por no llamar la atención. Otras

personas están arrodilladas al lado de Tom Barlow, preocupándose por él, así que no

me necesita. Lo mejor en este momento es que no me vea, porque existe la

posibilidad de que me reconozca.

Me pregunto cómo habrá sabido Tom Barlow que Zoe iba a estar aquí esta noche.

Tras dejar Devon, ella se cambió el apellido y rompió todos los vínculos con esas

familias y con todo los demás. Todos creíamos que había dejado a la familia de

Amelia Barlow definitivamente atrás.

Si habíamos tenido la malísima suerte de que Tom Barlow, su esposa y sus otros

hijos se hubieran mudado allí también, la gente no tardaría en conocer la conexión.

Bristol, al parecer, no está lo bastante lejos para que mi hermana y Zoe puedan

escapar de la tragedia. Además, es un lugar donde las noticias vuelan. En ciertos

círculos hay muy pocos grados de separación entre toda la gente de esta ciudad.

Chris Kennedy no sigue a Maria y a Zoe. Va junto a Lucas, que sigue sentado al

piano. Los dos contemplan el agónico fin de la crisis de Tom Barlow con una

expresión de shock total e incredulidad en sus caras. Me entristezco al pensar en todas

las historias que habrá que contar ahora, todas las verdades que habrá que desvelar, y

reflexiono tristemente sobre la imposibilidad de que la brillante y feliz nueva vida de

mi hermana continúe como hasta ahora.

Zoe, nuestra querida Zoe, ha provocado que la felicidad doméstica estalle en mil

pedazos una vez más.

Cuando sacan de allí al señor Barlow, recogiéndolo del suelo como si fuera una

bebida que se hubiera derramado, se decide que Lucas continúe tocando solo. Al

oírlo, el público vuelve a sentarse y yo compruebo que la cámara sigue grabando. En la pantalla veo a Lucas y me parece que está bien enfocado. También veo el perfil de

Chris Kennedy, que está sentado muy quieto, mirando fijamente hacia delante. Solo

una arruga en la frente y la total inmovilidad de sus facciones revelan la

incomprensión que debe estar sintiendo.

DOMINGO POR LA NOCHE

 

Después del concierto

 

ZOE

 

El silencio espinoso, afilado y típico que se produce en el coche mientras mamá me

lleva a casa me sirve para recuperar la calma, porque a mi madre no le gustan los

llantos. Es el mismo tipo de silencio que suele reinar normalmente entre mi madre y

yo. Ahora está agarrando el volante con tanta fuerza mientras conduce que tiene los

nudillos blancos. Cuando intento hablar con ella, me manda callar, diciéndome que

necesita pensar.

Así que guardo silencio, pero minutos después, cuando aparcamos delante de la

casa, ese silencio queda hecho añicos porque los muros de piedra de nuestra gran casa

retumban con un sonido que Lucas y yo solo podemos escuchar a escondidas en

nuestros iPods.

Es música pop, esa que normalmente escuchaban los otros chicos del Centro de

Menores. Aquí, en esta casa, es algo excepcional que se raciona estrictamente para

que Lucas y yo no veamos excesivamente interrumpida nuestra dieta musical básica,

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