Mascaras de matar
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Nunca Me Abandones
Sobrecubierta
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Nunca Me Abandones
Sobrecubierta
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INGLATERRA,
FINALES DE LA DÉCADA DE 1990
PRIMERA PARTE
1
Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y llevo más de once siendo cuidadora. Puede parecer mucho tiempo, lo sé, pero lo cierto es que quieren que siga otros ocho meses, hasta finales de año. Esto hará un total de casi doce años exactos. Ahora sé que el hecho de haber sido cuidadora durante tanto tiempo no significa necesariamente que piensen que soy insuperable en mi trabajo. Hay cuidadores realmente magníficos a quienes se les ha dicho que lo dejen después de apenas dos o tres años. Y puedo mencionar al menos a uno que siguió con esta ocupación catorce años pese a ser un absoluto incompetente. Así que no trato de alardear de nada. Pero sé sin ningún género de dudas que están contentos con mi trabajo, y, en general, también yo lo estoy. Mis donantes siempre han tendido a portarse mucho mejor de lo que yo esperaba. Sus tiempos de recuperación han sido impresionantes, y a casi ninguno de ellos se le ha clasificado de «agitado», ni siquiera antes de la cuarta donación. De acuerdo, ahora tal vez esté alardeando un poco. Pero significa mucho para mí ser capaz de hacer bien mi trabajo, sobre todo en lo que se refiere a que mis donantes sepan mantenerse «en calma». He desarrollado una especie de instinto especial con los donantes. Sé cuándo quedarme cerca para consolarlos y cuándo dejarlos solos; cuándo escuchar todo lo que tengan que decir y cuándo limitarme a encogerme de hombros y decirles que se dejen de historias.
En cualquier caso, no tengo grandes reclamaciones que hacer en mi nombre. Sé de cuidadores, actualmente en activo, que son tan buenos como yo y a quienes no se les reconoce ni la mitad de mérito que a mí. Entiendo perfectamente que cualquiera de ellos pueda sentirse resentido: por mi habitación amueblada, mi coche, y sobre todo porque se me permite elegir a quién dedico mi cuidado. Soy una ex alumna de Hailsham, lo que a veces basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente. Kathy H., dicen, puede elegir, y siempre elige a los de su clase: gente de Hailsham, o de algún otro centro privilegiado. No es extraño que tenga un historial de tal nivel. Lo he oído muchas veces, así que estoy segura de que vosotros lo habréis oído muchas más, por lo que quizá haya algo de verdad en ello. Pero no soy la primera persona a quien se le permite elegir, y dudo que vaya a ser la última. De cualquier forma, he cumplido mi parte en lo referente al cuidado de donantes criados en cualquier tipo de entorno. Cuando termine, no lo olvidéis, habré
dedicado muchos años a esto, pero sólo durante los seis últimos me han permitido elegir.
Y ¿por qué no habían de hacerlo? Los cuidadores no somos máquinas. Tratas de hacer todo lo que puedes por cada donante, pero al final acabas exhausto. No posees ni una paciencia ni una energía ilimitadas. Así que cuando tienes la oportunidad de elegir, eliges lógicamente a los de tu tipo. Es natural.
No habría podido seguir tanto tiempo en esto si en algún punto del camino hubiera dejado de sentir lástima de mis donantes. Y, además, si jamás me hubieran permitido elegir, ¿cómo habría podido volver a tener cerca a Ruth y a Tommy
después de todos estos años?
Pero, por supuesto, cada día quedan menos donantes que yo pueda recordar, y por lo tanto, en la práctica, tampoco he podido elegir tanto. Como digo, el trabajo se te hace más duro cuando no tienes ese vínculo profundo con el donante, y aunque echaré de menos ser cuidadora, también me vendrá de perlas acabar por fin con ello a finales de año.
Ruth, por cierto, no fue sino la tercera o cuarta donante que me fue dado elegir. Ella ya tenía un cuidador asignado en aquel tiempo, y recuerdo que la cosa requirió un poco de firmeza por mi parte. Pero al final me salí con la mía y en el instante en que volví a verla, en el centro de recuperación de Dover, todas nuestras diferencias, si bien no se esfumaron, dejaron de parecer tan importantes como todo lo demás: el que hubiéramos crecido juntas en Hailsham, por ejemplo, o el que supiéramos y recordáramos cosas que nadie más podía saber o recordar. Y fue entonces, supongo, cuando empecé a procurar que mis donantes fueran gente del pasado, y, siempre que podía, gente de Hailsham. A lo largo de los años ha habido veces en que he tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un punto en el que dejé de resistirme. Y ello tuvo que ver con un donante concreto que tuve en cierta ocasión, en mi tercer año de cuidadora; y fue su reacción al mencionarle yo que había estado en Hailsham. Él acababa de pasar por su tercera donación y no había salido bien, y seguramente sabía que no iba a superarlo. Apenas podía respirar, pero miró hacia mí y dijo:
—Hailsham. Apuesto a que era un lugar hermoso.
A la mañana siguiente le estuve dando conversación para apartarle de la cabeza su situación, y cuando le pregunté dónde había crecido mencionó cierto centro de Dorset; y en su cara, bajo las manchas, se dibujó una mueca absolutamente distinta de las que le conocía. Y caí en la cuenta de lo desesperadamente que deseaba no recordar. Lo que quería, en cambio, era que le contara cosas de Hailsham.
Así que durante los cinco o seis días siguientes le conté la que quería saber, y él seguía allí echado, hecho un ovillo, con una sonrisa amable en el semblante. Me preguntaba sobre cosas importantes y sobre menudencias. Sobre nuestros custodios, sobre cómo cada uno de nosotros tenía su propio arcón con sus cosas, sobre el fútbol, el roundersI, el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, sus rincones y recovecos, el estanque de los patos, la comida, la vista de los campos desde el Aula de Arte en las mañanas de niebla. A veces me hacía repetir las cosas una y otra vez; me pedía que le contara cosas que le había contado ya el día anterior, como si jamás se las hubiera dicho: «¿Teníais pabellón de deportes?»;
«¿Cuál era tu custodio preferido?». "Al principio yo lo achacaba a los fármacos, pero luego me di cuenta de que seguía teniendo la mente clara. Lo que quería no era sólo oír cosas de Hailsham, sino recordar
Hailsham como si se hubiera tratado de su propia infancia. Sabía que se hallaba a punto de «completar», y eso era precisamente lo que pretendía: que yo le describiera las cosas, de forma que pudiera asimilarlas en profundidad, de forma que en las noches insomnes, con los fármacos y el dolor y la extenuación, acaso llegara a hacerse desvaída la línea entre mis recuerdos y los suyos. Entonces fue cuando comprendí por vez primera —cuando lo comprendí de verdad— cuan
I Juego inglés parecido al béisbol. (N. del T.) afortunados fuimos Tommy y Ruth y yo y el resto de nuestros compañeros.
Cuando hoy recorro en coche el país, aún sigo viendo cosas que me recuerdan a Hailsham. Paso por la esquina de un campo neblinoso, o veo parte de una gran casa en la lejanía, al descender hacia un valle, o incluso cierta disposición peculiar de álamos en determinada ladera, y pienso: «¡Creo que ahora sí! ¡Lo he encontrado! ¡Esto sí es Hailsham!». Entonces me doy cuenta de que es imposible, y sigo conduciendo, y mis pensamientos se desplazan hacia otra parte. Son sobre todo esos pabellones. Los encuentro por todas partes, al fondo de campos de deportes, pequeños edificios prefabricados blancos con una hilera de ventanas anormalmente altas, casi embutidas bajo el alero. Creo que los construyeron a montones en las décadas de los cincuenta y sesenta, probablemente fue por esas fechas cuando se levantó el nuestro. Si paso junto a uno vuelvo la cabeza y me quedo mirándolo todo el tiempo que puedo; un día voy a estrellarme con el coche, pero sigo haciéndolo. No hace mucho iba conduciendo por un terreno baldío de Worcestershire y vi un pabellón de ésos junto a un campo de críquet, y era tan parecido al nuestro de Hailsham que giré
en redondo y desanduve el camino para poder mirarlo más detenidamente. Nos encantaba nuestro pabellón de deportes, quizá porque nos recordaba a esas encantadoras casitas de campo que aparecían siempre en los libros ilustrados de nuestra infancia. Recuerdo cuando estábamos en los primeros años de primaria y les rogábamos a los custodios que nos dieran la clase siguiente en el pabellón en lugar de en el aula. Luego, en los últimos años de secundaria —
con doce años, a punto de cumplir trece—, el pabellón era el lugar donde esconderte con tus mejores amigas cuando querías perder de vista a los demás compañeros de Hailsham.
El pabellón era lo bastante grande como para albergar a dos grupos de alumnos sin que tuvieran que molestarse unos a otros (en el verano, podía haber hasta un tercero en la galería). Pero lo que tú y tus amigas preferíais era tener el pabellón para vosotras solas, lo que daba lugar a discusiones y disputas. Los custodios siempre nos decían que teníamos que ser civilizados, pero en la práctica, si querías poder disponer del pabellón durante un descanso o período de asueto, en tu grupito de amigas tenías que contar con unas cuantas personalidades fuertes. No es que yo fuera una persona apocada, pero supongo que era gracias a Ruth el que pudiéramos entrar en el pabellón tan a menudo como lo hacíamos.
Normalmente nos poníamos alrededor de las sillas y bancos —solíamos ser cinco, o seis si se nos unía Jenny B.—, y nos pasábamos el rato cotilleando. Había un tipo de conversación que sólo podíamos tener cuando nos escondíamos en el pabellón; comentábamos, por ejemplo, algo que nos preocupaba, o acabábamos estallando en ruidosas carcajadas, o nos enzarzábamos en una pelea furibunda. Y las más de las veces no era sino una vía para liberar tensiones mientras pasabas un rato con tus mejores amigas.
La tarde en la que ahora pienso estábamos de pie sobre los taburetes y los bancos, apiñadas en torno a las altas ventanas. Mirábamos el Campo de Deportes Norte, donde una docena de chicos de nuestro año y del siguiente de secundaria se habían reunido para jugar al fútbol. Hacía un sol radiante, pero debía de haber llovido ese mismo día porque recuerdo que el sol brillaba sobre la superficie embarrada del césped.
Alguien dijo que no tendríamos que mirar tan descaradamente, pero nadie se echó hacia atrás ni un ápice. Y en un momento dado Ruth dijo:
—No sospecha nada. Miradle. No sospecha nada en absoluto.
Al oírle decir esto, la miré en busca de alguna muestra de desaprobación de lo que los chicos estaban a punto de hacerle a Tommy. Pero al segundo siguiente Ruth soltó una risita y dijo:
—¡El muy idiota!
Y entonces me di cuenta de que, para Ruth y las demás, lo que los chicos fueran a hacer era algo que no nos concernía sino muy remotamente; y de que el que lo aprobáramos o no carecía de importancia. En aquel momento estábamos con la vista casi pegada a las ventanas no porque disfrutáramos con la perspectiva de ver cómo volvían a humillar a Tommy, sino sencillamente porque habíamos oído hablar de esta última conjura y sentíamos una vaga curiosidad por saber el desenlace. En aquella época no creo que lo que los chicos hacían entre ellos despertara en nosotras mucho más que esto. Ruth y las demás lo veían todo con ese desapego, y con toda probabilidad también yo compartía esa indiferencia.
O quizá lo recuerdo mal. Quizá cuando vi a Tommy corriendo por el campo, con expresión de indisimulado deleite por haber sido aceptado de nuevo en el redil, y a punto de jugar al juego en el que tanto destacaba, quizá, digo, sentí una pequeña punzada dentro. Lo que recuerdo es que vi que Tommy llevaba el polo azul claro que había conseguido el mes anterior en los Saldos, y del que tan ufano se sentía. Y recuerdo que pensé: «Qué estúpido, jugar al fútbol con ese polo. Lo va a destrozar, y entonces
¿cómo va a sentirse?». Y dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular:
—Tommy lleva el polo. Su polo preferido.
No creo que nadie me oyera, porque todas se estaban riendo con Laura —
la gran payasa del grupo—, que imitaba las caras que ponía Tommy al correr por el campo, haciendo señas y llamando e interceptando el balón sin descanso. Los otros chicos se movían todos por el terreno con esa languidez deliberada propia del precalentamiento, pero Tommy, en su excitación, parecía ya emplearse a fondo. Dije, ahora en voz mucho más alta:
—Se va a sentir tan mal si se le estropea el polo...
Ruth me oyó esta vez, pero debió de pensar que lo decía como una especie de broma, porque se rió sin demasiadas ganas, y luego soltó alguna ocurrencia de su cosecha.
Entonces los chicos dejaron de pelotear con el balón y se quedaron de pie, formando un grupo compacto en medio del campo embarrado, jadeando ligeramente, a la espera de que se eligieran los
equipos para empezar. Los capitanes que salieron eran del año siguiente al nuestro, aunque todo el mundo sabía que Tommy era mucho mejor que cualquiera de ese curso. Echaron la moneda para la primera selección, y el ganador miró a los jugadores.
—Miradle —dijo una compañera a mi espalda—. Está completamente convencido de que lo van a elegir el primero. ¡Miradle!
Había algo cómico en Tommy en ese momento, algo que te hacía pensar, bueno, si va a ser un imbécil tan grande, quizá se merezca lo que se le viene
encima. Los otros chicos hacían como que no prestaban atención al proceso de selección, como si les tuviera sin cuidado en qué orden les iban eligiendo. Algunos charlaban en voz baja, otros volvían a atarse las zapatillas, otros simplemente se miraban los pies mientras seguían allí quietos, como empantanados en el barro. Pero Tommy miraba con suma atención al capitán que elegía en ese momento, como si hubiera cantado ya su nombre. Laura siguió con su pantomima durante todo el proceso de selección de los equipos, remedando las diferentes expresiones que fueron dibujándose en la cara de Tommy: de encendido entusiasmo al principio; de preocupación y desconcierto cuando se habían elegido ya cuatro jugadores y él no había sido ninguno de los agraciados; de dolor y de pánico cuando empezó a barruntar lo que estaba pasando realmente. Yo, entonces, dejé de mirar a Laura, porque tenía la vista fija en Tommy; sólo sabía lo que estaba haciendo porque las otras seguían riéndose y jaleándola. Al final, cuando Tommy se hubo quedado allí de pie absolutamente solo, y los chicos empezaban ya con las risitas solapadas, oí que Ruth decía:
—Ya llega. Atentas. Siete segundos. Siete, seis, cinco...
No pudo terminar. Tommy rompió a gritar a voz en cuello, como un trueno, mientras los chicos, que reían ya a carcajadas, echaban a correr hacia el Campo de Deportes Sur. Tommy dio unas cuantas zancadas detrás de ellos (difícil saber si salía instintiva y airadamente en su persecución o si le había entrado el pánico al ver que se quedaba atrás). En cualquiera de los casos, pronto se detuvo y se quedó allí quieto, mirando hacia ellos con aire furibundo y con la cara congestionada. Y luego se puso a chillar, a soltar todo un galimatías de insultos y juramentos.
Habíamos presenciado ya montones de berrinches de Tommy, así que nos bajamos de taburetes y bancos y nos dispersamos por el recinto. Intentamos empezar una conversación sobre algo diferente, pero seguíamos oyendo los gritos de Tommy en segundo plano, y aunque al principio nos limitamos a poner los ojos en blanco y a tratar de pasarlo por alto, acabamos —quizá diez minutos después de habernos bajado de los taburetes y los bancos— por volver a las ventanas.
Los otros chicos se habían perdido ya de vista, y Tommy ya no seguía tratando de dirigir sus improperios en ninguna dirección concreta. Estaba rabioso, y lanzaba brazos y piernas a su alrededor, al viento, hacia el cielo, hacia el poste de la valla más cercano. Laura dijo que quizá estuviera «ensayando a Shakespeare». Otra chica comentó que cada vez que gritaba algo levantaba un pie del suelo y lo estiraba hacia un lado, «como un perro haciendo pipí». El caso es que yo también había notado ese movimiento, pero lo que a mí me había impresionado era el hecho de que cada vez que volvía a golpear el césped con el pie, el barro le salpicaba ambas espinillas. Y volví a pensar en su preciado polo, pero estábamos demasiado lejos para poder ver si se lo estaba manchando mucho o poco.
—Supongo que es un poco cruel —dijo Ruth— que siempre le hagan ponerse como un loco. Pero la culpa es suya. Si aprendiese a no perder los estribos, lo dejarían en paz.
—Seguirían metiéndose con él —dijo Hannah—. Graham K. tiene un genio parecido, y lo único que pasa es que con él tienen más cuidado. Se meten con Tommy porque es un vago.
Luego se pusieron todas a hablar al mismo tiempo; de cómo Tommy nunca se había esforzado por ser creativo, de cómo no había aportado nada al Intercambio de Primavera. Creo que lo cierto es que, a estas alturas, lo que cada una de nosotras queríamos era que viniera un custodio y se lo llevara del campo de deportes. Y aunque no habíamos tenido ni arte ni parte en este último plan para fastidiar a Tommy, sí habíamos corrido a primera fila para ver el espectáculo, y empezábamos a sentirnos culpables. Pero no había ningún custodio a la vista, así que nos pusimos a exponer razones por las cuales Tommy merecía todo lo que le pasaba. Y cuando Ruth miró la hora en su reloj y dijo que aunque aún teníamos tiempo debíamos volver a la casa principal, nadie arguyó
nada en contra.
Cuando salimos del pabellón Tommy seguía vociferando. La casa quedaba a nuestra izquierda, y como Tommy estaba de pie en el campo de deportes, a cierta distancia de nosotras, no teníamos por qué pasar a su lado. De todas formas, miraba en dirección contraria y no pareció darse cuenta de nuestra presencia.
Pero mientras mis compañeras echaron a andar por un costado del campo de deportes, yo me dirigí despacio hacia Tommy. Sabía que esto iba a extrañar a mis amigas, pero seguí caminando hacia él (incluso cuando oí el susurro de Ruth conminándome a que volviera).
Supongo que Tommy no estaba acostumbrado a que lo importunaran cuando se dejaba llevar por uno de sus arrebatos, porque su primera reacción cuando me vio llegar fue quedarse mirándome fijamente durante un instante, y luego seguir gritando. Era, en efecto, como si hubiera estado interpretando a Shakespeare y yo hubiera llegado en medio de su actuación. Y cuando le dije:
«Tommy, ese polo precioso... Te lo vas a dejar hecho una pena», ni siquiera dio muestras de haberme oído.
Así que alargué una mano y se la puse sobre el brazo. Mis amigas, más tarde, aseguraban que lo que me hizo fue intencionado, pero yo estoy segura de que no fue así. Seguía agitando los brazos a diestro y siniestro, y no tenía por qué saber que yo iba a extender la mano. El caso es que al lanzar el brazo hacia arriba sacudió mi mano hacia un lado y me golpeó en plena cara. No me dolió, pero dejé escapar un grito
ahogado, lo mismo que casi todas mis compañeras a mi espalda.
Entonces fue cuando Tommy pareció darse cuenta al fin de mi presencia, y de la de mis amigas, y de sí mismo, y del hecho de que estaba en el campo de deportes comportándose de aquel modo, y se quedó mirándome con expresión un tanto estúpida.
—Tommy —dije con dureza—. Tienes el polo lleno de barro.
—¿Y qué? —farfulló él.
Y mientras lo hacía bajó la mirada hacia el pecho y vio las manchas marrones, y cesaron por completo sus aullidos. Entonces vi aquella expresión en su cara, y comprendí que le sorprendía enormemente que yo supiera lo mucho que apreciaba aquel polo.
—No tienes por qué preocuparte —dije, antes de que el silencio pudiera hacérsele humillante—. Las manchas se quitan. Y si no puedes quitártelas tú, se lo llevas a la señorita Jody.
Siguió examinando su polo y al final dijo, malhumorado:
—A ti esto no te incumbe, de todas formas.
Pareció lamentar de inmediato este último comentario y me miró tímidamente, como a la espera de que le dijera algo que lo consolara un poco. Pero yo ya estaba harta de él, máxime cuando mis amigas seguían mirándonos (mis amigas y seguramente algunos compañeros más, desde las ventanas de la casa principal). Así que me di la vuelta con un encogimiento de hombros y volví
con mis amigas.
Ruth me rodeó los hombros con el brazo, y seguimos alejándonos en dirección a la casa.
—Al menos has hecho que se calle la boca —dijo—. ¿Estás bien? Qué bruto...
2
Todo esto sucedió hace mucho tiempo, y por tanto puede que algunas cosas no las recuerde bien; pero mi memoria me dice que el que aquella tarde me acercara a Tommy formaba parte de una etapa por la que estaba pasando entonces —que algo tenía que ver con la necesidad de plantearme retos de forma casi compulsiva—, y que cuando Tommy me abordó unos días después yo ya casi había olvidado el incidente.
No sé cómo son los centros donde se educa normalmente la gente, pero en Hailsham casi todas las semanas teníamos que pasar una especie de revisión médica —normalmente en el Aula Dieciocho, arriba, en lo más alto de la casa—
con la severa Enfermera Trisha, o Cara de Cuervo, como solíamos llamarla. Aquella soleada mañana un buen grupo de nosotros subía por la escalera central para la revisión con ella, y nos cruzamos con otro gran grupo que bajaba justo después de pasarla. En la escalera, por tanto, había un ruido del demonio, y yo subía con la cabeza baja, pegada a los talones de la de delante, cuando una voz gritó a unos pasos:
—¡Kath!
Tommy, que venía con la riada humana que bajaba, se había parado en seco en un peldaño, con una gran sonrisa que me irritó de inmediato. Unos años antes, si te encontrabas de pronto con alguien a quien te alegraba ver, quizá
ponías esa cara. Pero entonces teníamos trece años, y se trataba de un chico que se encontraba con una chica en una circunstancia pública, a la vista de todos. Sentí ganas de decir: «Tommy, ¿por qué no creces de una vez?», pero me contuve, y lo que dije fue:
—Tommy, estás interrumpiendo a todo el mundo. Y yo también.
Miró hacia arriba y, en efecto, vio cómo en el rellano inmediatamente superior la gente se iba parando y amontonando. Durante unos segundos pareció
entrarle el pánico, y rápidamente se deslizó hacia un lado y se pegó a la pared, a mi lado, de forma que, mal o bien, permitía el paso a los que bajaban, y dijo:
—Kath, te he estado buscando. Quería decirte que lo siento. Que lo siento mucho, de veras. El otro día no quería pegarte. Nunca se me ocurriría pegarle a una chica, y aunque se me ocurriera, jamás te pegaría a ti. Lo siento mucho, mucho.
—Vale. Fue un accidente, eso es todo.
Le dirigí un gesto de cabeza e hice ademán de seguir subiendo. Pero Tommy dijo en tono alegre:
—Lo del polo ya lo he arreglado. Lo he lavado.
—Estupendo.
—No te dolió, ¿verdad? Me refiero al golpe.
—Por supuesto que me dolió. Fractura de cráneo. Conmoción cerebral y demás. Hasta puede que Cara de Cuervo me lo note. Eso si consigo llegar hasta ahí arriba...
—No, en serio, Kath. Sin rencores, ¿vale? No sabes cómo lo siento. De verdad.
Al final le sonreí y dije sin ironía:
—Mira, Tommy: fue un accidente y ya lo he olvidado del todo. Y no te la tengo guardada ni un poquito.
Seguía con expresión de no acabar de creérselo, pero unos compañeros más mayores le estaban empujando y diciéndole que se moviese. Me dirigió una rápida sonrisa y me dio unas palmaditas en la espalda, como habría hecho con un chico más pequeño, y se incorporó a la riada descendente. Luego, cuando yo ya reemprendía el ascenso, le oí que gritaba desde abajo:
—¡Hasta pronto, Kath!
La situación me había resultado un tanto embarazosa, pero no dio lugar a ninguna broma ni chismorreo. Y he de admitir que si no llega a ser por aquel encuentro en la escalera, probablemente no me habría tomado tanto interés por los problemas de Tommy las semanas siguientes.
Vi algunos de los incidentes. Pero la mayoría de ellos sólo los supe de oídas, y cuando me llegaba
alguna nueva al respecto interrogaba a la gente hasta conseguir una versión más o menos fidedigna de los hechos. Hubo otras rabietas sonadas, como la vez que, según contaban, Tommy levantó un par de pupitres del Aula Catorce y volcó todo su contenido en el suelo, mientras el resto de la clase, que había huido al descansillo, levantaba una barricada contra la puerta para impedir que saliera. Y la vez en que el señor Christopher tuvo que sujetarle los brazos con fuerza para que no pudiera atacar a Reggie D. durante un entrenamiento de fútbol. Todo el mundo podía ver, también, que cuando los chicos de nuestro curso salían a sus carreras a campo abierto Tommy era el único que nunca tenía compañero. Era un corredor excelente, y siempre les sacaba a todos una ventaja de diez o quince metros, quizá con la esperanza de que con ello disimulaba el hecho de que nadie quisiera correr con él. Y los rumores de las bromas que le gastaban sus compañeros eran prácticamente diarios. Muchas de ellas eran las típicas entre chicos —le metían cosas raras en la cama, un gusano en los cereales—, pero algunas resultaban innecesariamente repugnantes, como la vez en que alguien limpió un inodoro con su cepillo de dientes, de forma que Tommy lo encontró luego en el vaso con las cerdas impregnadas de mierda. Yo pensaba que tarde o temprano alguien diría que la cosa había llegado demasiado lejos, pero lo que hizo fue seguir y seguir sin que nadie dijera ni media palabra.
Una vez yo misma traté de hablar de ello en el dormitorio, después de que apagaran las luces. En secundaria éramos sólo seis en cada dormitorio: sólo el grupito de amigas, que solíamos tener nuestras charlas más íntimas echadas en la cama en la oscuridad, antes de dormirnos. Allí hablábamos de cosas de las que ni se nos habría ocurrido hablar en ningún otro sitio, ni siquiera en el pabellón. Así que una noche saqué a colación a Tommy. No dije mucho; me limité a resumir lo que le había estado pasando últimamente, y dije que no me parecía justo. Cuando terminé, flotaba en el aire oscuro una especie de silencio extraño, y me di cuenta de que todas aguardaban la respuesta de Ruth, que es lo que solía ocurrir después de cualquier cuestión un poco incómoda que hubiera podido salir en nuestra charla. Me quedé esperando y desde el rincón que ocupaba Ruth me llegó un suspiro, y al cabo la oí decir:
—Tienes razón, Kathy. No está bien. Pero si Tommy quiere que dejen de hacerle esas cosas, tiene que cambiar de actitud. No hizo nada para el Intercambio de Primavera. Y ¿creéis que tendrá algo para el mes que viene?
Apuesto a que no.
Debo explicar un poco lo de los Intercambios que hacíamos en Hailsham. Cuatro veces al año —en primavera, verano, otoño e invierno— organizábamos una gran Exposición y Venta de todas las cosas que habíamos hecho en los tres meses anteriores. Pinturas, dibujos, cerámica, todo tipo de «esculturas» del material que en ese momento estuviera más de moda: latas machacadas, tapones de botella pegados en cartón... Por cada cosa que aportabas, recibías en pago cierto número de Vales de Intercambio —los custodios decidían cuántos merecía cada una de tus obras—, y luego, el día del Intercambio, ibas con tus Vales y «comprabas» las cosas que te apetecían. La norma era que sólo podías comprar piezas hechas por los alumnos de tu propio curso, pero ello te daba la oportunidad de elegir entre muchas cosas, ya que la mayoría de nosotros podíamos ser bastante prolíficos en ese período de tres meses. Mirando ahora hacia atrás puedo entender por qué los Intercambios llegaron a ser tan importantes para nosotros. En primer lugar, era nuestro único medio, aparte de los Saldos —los Saldos eran otra cosa, sobre la que volveré más adelante—, de hacernos con una colección de pertenencias personales. Si, por ejemplo, querías algo para decorar las paredes que rodeaban tu cama, o se te antojaba llevar algo en la cartera, de aula en aula, para tenerla siempre encima del pupitre, lo podías conseguir en un Intercambio. Ahora puedo entender también cómo estos Intercambios nos afectaban de una manera más sutil; si te pones a pensar en ello, el hecho de depender de los demás para conseguir las cosas que pueden llegar a ser tus tesoros personales, tiene que afectar por fuerza a lo que tú haces para tus compañeros. Lo de Tommy era un ejemplo típico de esto. Muchas veces, el nivel de consideración que conseguías en Hailsham, de cuánto podías gustar y ser respetado, tenía mucho que ver con lo bueno que eras en tus «creaciones».
Ruth y yo recordábamos a menudo estas cosas hace algunos años, cuando la estuve cuidando en el centro de recuperación de Dover.
—Era una de las cosas que hacían tan especial a Hailsham —dijo en cierta ocasión—. Lo mucho que se fomentaba la valoración del trabajo de los demás.
—Es cierto —dije yo—. Pero a veces, cuando pienso en los Intercambios, hay muchas cosas un tanto extrañas. La poesía, por ejemplo. Recuerdo que se nos permitía presentar poemas en lugar de dibujos o pinturas. Y lo extraño del caso es que a todos nos parecía bien, que tenía sentido para nosotros.
—¿Por qué no iba a tenerlo? La poesía es importante.
—Pero estamos hablando de escritos de gente de nueve años, de versitos raros, con faltas de ortografía, en cuadernos de ejercicios. Nos gastábamos los preciosos Vales en un cuaderno lleno de esos versos en lugar de en algo realmente bonito que decorase lo que veías desde la cama. Si teníamos tantas ganas de leer los poemas de alguien, ¿por qué no nos conformábamos con pedírselos prestados para copiarlos en nuestro cuaderno cualquier tarde? Pero
¿te acuerdas?, no era así. Se acercaba un Intercambio y nos sentíamos divididas entre los poemas de Susie K. y aquellas jirafas que solía hacer Jackie.
—Las jirafas de Jackie... —dijo Ruth con una carcajada—. Eran tan bonitas. Yo tenía una.
La conversación tenía lugar en un hermoso anochecer de verano, sentadas en el pequeño balcón de su cuarto de recuperación. Fue unos meses después de su primera donación y ya había pasado lo peor, y yo siempre programaba mis visitas vespertinas para que pudiéramos pasar media hora allí fuera, contemplando cómo se ponía el sol sobre los tejados. Veíamos montones de antenas de radio y televisión y
de parabólicas, y a veces, en la lejanía, una línea reluciente que era el mar. Yo llevaba agua mineral y galletas, y nos sentábamos a hablar de todo lo que nos venía a la cabeza. El centro en el que estaba Ruth entonces es uno de mis preferidos, y no me importaría en absoluto acabar en él yo también. Los cuartos de recuperación son pequeños, pero confortables; y están muy bien diseñados: todo en ellos —las paredes, el suelo— está alicatado con brillantes azulejos blancos, que el centro mantiene siempre tan limpios que la primera vez qué entras en cualquiera de los cuartos es casi como si entraras en una sala de espejos. Por supuesto, no es que te veas montones de veces reflejada en las paredes, pero ésa es casi la impresión que te produce. Cuando levantas un brazo, o cuando alguien se sienta en la cama, percibes ese movimiento desdibujado y vago alrededor de ti, en los azulejos. La habitación de Ruth en aquel centro tenía además unas grandes hojas correderas de cristal que le permitían ver el exterior desde la cama. Incluso con la cabeza apoyada sobre la almohada, veía un gran retazo de cielo, y si el tiempo era cálido podía salir al balcón a respirar aire fresco. Me encantaba visitar a Ruth en aquel centro, me encantaban esas charlas llenas de digresiones que manteníamos a lo largo del verano, hasta el otoño temprano, sentadas en el balcón, hablando de Hailsham, de las CottagesI, de cualquier cosa que nos viniera a la cabeza.
—Lo que estoy diciendo —continué— es que cuando teníamos esa edad, cuando teníamos, pongamos, once años, no estábamos realmente interesadas en los poemas de los demás. Pero ¿te acuerdas de Christy? Christy tenía una gran fama de poetisa, y todos la admirábamos por ello. Ni siquiera tú, Ruth, te atrevías a intentar manejar a Christy. Y todo porque pensábamos que era muy buena como poeta, aunque no sabíamos nada de poesía. Era algo que no nos importaba gran cosa. Qué extraño.
Pero Ruth no entendía lo que le decía (o puede que no quisiera hablar de ello). Quizá estaba decidida a recordarnos a todos mucho más refinados de lo que en realidad éramos. O quizá intuía adonde nos llevaba lo que le estaba diciendo, y no quería entrar en ese terreno. Fuera como fuese, dejó escapar un largo suspiro y dijo:
—Todos creíamos que los poemas de Christy eran tan buenos... Pero me pregunto qué nos parecerían ahora. Me gustaría tener unos cuantos aquí delante, me encantaría ver lo que pensábamos. —Luego rió y dijo—: Todavía conservo unos cuantos poemas de Peter B. Pero eso fue mucho después, en el último año de secundaria. Debían de gustarme, porque si no no entiendo por qué iba a
«comprarlos». Son ridículamente tontos. Se tomaba tan en serio a sí mismo. Pero Christy era buena, me acuerdo muy bien. Es curioso, dejó de escribir poesía cuando empezó a pintar. Y no era ni la mitad de buena con los pinceles.
I Cottage: casita de campo. (N. del T.)
Pero vuelvo a Tommy. Lo que Ruth dijo aquella noche en el dormitorio, que era el propio Tommy el que parecía estar pidiendo lo que siempre se le venía encima, probablemente resumía lo que la mayoría de los alumnos de Hailsham pensaba del asunto. Fue al decirlo Ruth cuando me vino a la cabeza, allí acostada en la oscuridad, que la idea de que Tommy no ponía deliberadamente nada de su parte era la que venía circulando en Hailsham desde que estábamos en primaria. Y caí en la cuenta, con una especie de estremecimiento, de que Tommy llevaba padeciendo aquello no sólo semanas sino años.
Tommy y yo hablamos de todo esto no hace demasiado tiempo, y su relato de cómo habían empezado sus problemas me confirmó que lo que estuve pensando aquella noche era correcto. Según él, todo había empezado una tarde en una de las clases de Arte de la señorita Geraldine. Hasta ese día —me contó Tommy— siempre había disfrutado pintando. Pero aquel día, en la clase de la señorita Geraldine, Tommy había pintado la acuarela de un elefante en medio de unas hierbas altas, y esa pintura concreta fue la que lo desencadenó todo. Lo había hecho, afirmaba, como una especie de broma. Le hice muchas preguntas al respecto, y sospecho que lo cierto es que fue algo parecido a muchas de las cosas que hacemos a esa edad: no sabes muy bien por qué, pero las haces. Las haces porque piensas que pueden hacer reír, o por ver si se arma un buen revuelo. Y cuando luego te piden que lo expliques, nada parece tener ni pies ni cabeza. Todos hemos hecho cosas de ésas. Tommy no me lo explicó así, pero estoy segura de que eso fue lo que pasó.
El caso es que pintó aquel elefante, una figura muy parecida a la que podría haber hecho alguien con tres años menos. No le llevó más de veinte minutos, y levantó una carcajada en la clase, es cierto, aunque no del tipo que él habría esperado. Pero la cosa no habría pasado de ahí —y en esto reside lo irónico del asunto— si la señorita Geraldine no hubiera dado la clase aquel día. La señorita Geraldine era la custodia preferida de todos los de nuestra edad. Era amable, de voz suave, y siempre te consolaba cuando lo necesitabas, aun cuando hubieras hecho algo realmente malo o te hubiera reprendido otro custodio. Y si era ella la que había tenido que reprenderte, te dedicaba mucha más atención los días siguientes, como si te debiese algo. Tommy tuvo la mala suerte de que fuera la señorita Geraldine la que estuviera dando la clase de Arte aquel día, y no, pongamos, el señor Robert, o la misma señorita Emily (la custodia jefa, que solía dar Arte montones de veces). De haber sido cualquiera de ellos dos, Tommy habría recibido una pequeña regañina, lo que le habría permitido exhibir su sonrisita de suficiencia, y lo peor que la gente habría pensado de todo ello es que no había sido más que una broma no demasiado afortunada. E incluso habría habido quien habría calificado a Tommy de gran payaso. Pero la señorita Geraldine era la señorita Geraldine, y la cosa no siguió
esos derroteros. Lo que hizo, en cambio, fue mirar aquel elefante con indulgencia y comprensión. Y, suponiendo quizá que Tommy corría el riesgo de recibir un varapalo de los demás, fue demasiado lejos en el sentido contrario y encontró en su trabajo motivos de elogio, y los expuso ante la clase: ahí empezó el resentimiento.
—Cuando salimos de clase —recordaba Tommy— les oí hablar. Fue la primera vez. Y no les importó nada que les estuviera oyendo. Yo supongo que desde mucho antes de que dibujara aquel elefante, Tommy tenía la sensación de no estar a la altura, de que particularmente sus pinturas eran propias de alumnos mucho menores que él, y se cubría las espaldas haciendo pinturas deliberadamente infantiles. Pero a raíz de lo del elefante, todo quedó expuesto a la luz pública, y todo el mundo abrió bien los ojos para ver lo que hacía a continuación. Al parecer se esforzó mucho durante un tiempo, pero tan pronto como empezaba él algo empezaban también a su alrededor las risitas y las caras desdeñosas. De hecho, cuanto más empeño ponía, más risibles resultaban sus esfuerzos para sus compañeros. Así que no hubo de pasar mucho tiempo para que Tommy volviera a atrincherarse en su actitud pasada y a presentar trabajos deliberadamente infantiles, trabajos que parecían decir a gritos que no le podía importar menos. Y a partir de entonces la cosa no hizo sino agravarse.
Durante un tiempo sólo tuvo que padecer este sufrimiento en las clases de Arte —aunque éstas eran harto frecuentes, porque en primaria dedicábamos muchas horas a esta disciplina—, pero luego su tormento alcanzó otra dimensión. Los chicos le dejaban fuera de los juegos, se negaban a sentarse a su lado en la cena, fingían no oírle si decía algo en el dormitorio, después de que se apagaran las luces. Al principio la cosa no fue tan implacable. Podían pasar meses sin que se produjera ningún incidente, y él empezaba a pensar que todo había quedado atrás. Entonces alguien hacía algo —él o alguno de sus enemigos, como Arthur H.— y todo volvía a empezar.
No estoy muy segura de cuándo empezaron sus grandes rabietas. Mi memoria me dice que Tommy siempre tuvo el genio fuerte, incluso en preescolar. Pero él me aseguró que no empezaron hasta que las burlas llegaron a hacérsele insoportables. En cualquier caso, fueron estos accesos de ira los que realmente sirvieron de acicate para que aquéllas continuaran, e incluso se intensificaran, y fue hacia la época de la que estoy hablando —el verano del segundo año de secundaria, cuando teníamos trece años—
cuando el encarnizamiento alcanzó su punto culminante.
Luego todo cesó. No de la noche a la mañana, pero sí con bastante rapidez. Por aquellas fechas, como digo, yo seguía con suma atención el desarrollo de las cosas, de forma que vi las señales antes que la mayoría de mis compañeros. Empezó con un período —puede que un mes, puede que algo más—
en el que las bromas fueron bastante continuas y en el que, sin embargo, Tommy no perdió los estribos.
A veces lo veía a punto de estallar, pero se las arreglaba para controlarse; otras, se encogía de hombros en silencio, o actuaba como si no se hubiera dado cuenta. Al principio estas reacciones causaron decepción; puede que la gente sintiera incluso rencor, como si Tommy les hubiera fallado o algo parecido.
Luego, gradualmente, la gente fue aburriéndose y las bromas se hicieron menos entusiastas, hasta que un
día caí en la cuenta con sorpresa de que no le habían gastado ninguna desde hacía más de una semana.
Esto no tendría por qué haber sido en sí mismo tan significativo, pero percibí también otros cambios.
Pequeñas cosas. Como el hecho de que Alexander J. y Peter N. caminaran con él por el patio en dirección a los campos charlando con naturalidad; como el sutil pero claramente perceptible cambio en la voz de la gente cuando mencionaba su nombre. Un día, poco antes del final del recreo de la tarde, unas cuantas de nosotras estábamos sentadas en el césped, bastante cerca del Campo de Deportes Sur, donde los chicos jugaban al fútbol como de costumbre. Yo participaba en la conversación, pero sin perder de vista a Tommy, que estaba en el meollo de una importante jugada. En un momento dado alguien le puso la zancadilla, y Tommy se levantó y puso el balón en el césped para lanzar él mismo el tiro libre. Mientras los contrarios se desplegaban por el campo a la espera del lanzamiento, vi que Arthur H.