Medicina sin engaños
Dedicatoria
Para todas las víctimas de la pseudomedicina y para Paula,
porque sabes que todo lo que hago es por ti
OceanofPDF.com
INTRODUCCIÓN
Conectando los puntos
PUNTO 1: EXCUSAS NO SOLICITADAS
No soy médico. Por lo tanto, en esta obra no vas a encontrar ninguna indicación sobre qué tratamiento seguir para una enfermedad, ningún consejo para que tomes tal o cual medicamento ni ninguna pauta para prevenir una determinada dolencia. Este libro no va de esto. Si notas que te pasa algo raro, ve al médico. Si no te gusta lo que te dice, ve a otro. Este libro no va a sustituir la información que te pueda dar el doctor, ni mucho menos; la idea es diferente. En cambio, sí que te puede servir para evitar que te pongas en malas manos y que confíes en quien no debes, dejándote la pasta, la salud o la vida por culpa de algún pseudomédico, curandero o charlatán que te promete una solución a tus problemas que la «ciencia oficial» todavía no ha encontrado.
Mi relación con la medicina es curiosa. Pasé los últimos años de EGB,
BUP y COU diciendo a todos los que me preguntaban que iba a estudiar medicina. Dado que tenía notas bastante buenas (para qué vamos a engañarnos, era el empollón del pueblo), los numerus clausus no iban a suponer ningún problema, y eso que se trataba de una de las carreras con mayor nota de corte. Además tengo muy mala caligrafía y soy bastante parco en las visitas, así que apuntaba maneras. No obstante, mi vocación era peculiar. Yo no quería meterme en un quirófano para operar a Clara, la amiga de Heidi, y que así pudiera salir andando de éste, y menos para curar a Ali MacGraw de su cáncer maligno y de este modo lograr que volviera a
los brazos de Ryan O’Neal. Tampoco me apetecía irme a sitios remotos a
ayudar a las mujeres a dar a luz o a vacunar niños (aunque no descartaba
hacerlo durante algunas vacaciones). Lo que yo quería era encerrarme en un laboratorio, rodeado de microscopios y de máquinas muy grandes y complicadas, y un día salir y decir que había encontrado el remedio contra el cáncer y, ya de paso, si me daba tiempo, el del sida.
Había un inconveniente. En la práctica médica, el enfoque que muchas
veces se hace de la enfermedad consiste en considerar el cuerpo humano como una caja negra. El paciente presenta unos síntomas, se elige una terapia y, si no funciona, otra, hasta que los síntomas desaparecen y éste se ha curado. Fin de la historia. En algunos fármacos, como la aspirina, sólo se ha descubierto su mecanismo de acción muchos años después de estar utilizándolos satisfactoriamente. Por el contrario, a mí lo que me gustaba era saber qué pasaba dentro de la célula. Como al televisivo doctor House, que el paciente se curara me parecía la parte menos interesante. Así que empecé a darme cuenta de que mi vocación presentaba ciertas lagunas preocupantes. Quizá yo no quería ser médico realmente, y todavía no lo sabía.
Y entonces apareció la bioquímica, la biología molecular y la genética.
Recuerdo una gloriosa clase en tercero de BUP en la que nuestro profesor Dani Oliver nos explicó el principio básico de la biología molecular (ADN-ARN-proteína) y, luego, en COU, Tono Fornés no hizo sino abundar en esta vocación, por lo que yo realmente deseé ser ingeniero genético, biólogo molecular o algo parecido. También tuve en física y química a Carles Domènech, que tenía fama de duro y de suspender mucho, pero a mí se me
dio bien. Lo que él explicaba permitía entender lo que pasaba dentro de la célula, aunque no hablara de ella. Lo más parecido que podía estudiar en España era bioquímica, que no existía como carrera, pero sí como especialidad de química o de biología. Escogí química, elección a la que contribuyó el hecho de que el único examen que suspendí en todo el bachillerato correspondiera a esta asignatura. Cabezón que es uno.
Así que un día a mitad de COU dije en casa que finalmente no estudiaría medicina, sino química. Supongo que en una casa normal eso podría haber supuesto un cataclismo. Química era una carrera sin nota de corte a la que iba a parar mucha gente que no había podido entrar en medicina o en enfermería. Venía a ser como si me hubieran regalado una cena gratis en el mejor restaurante de la ciudad y yo me hubiese ido al McDonald’s. Pero mis padres, curados de espanto, ya habían asumido que
su hijo de dieciocho años era raro, por lo que no recuerdo que dijeran ni que sucediera nada especial. Ya era mayor para saber qué hacer con mi vida.
PUNTO 2: Y AL FINAL ME HICE VERDE
Así, durante la carrera, tuve claro que cuando saliera de la facultad iba a meterme en un laboratorio para investigar y hacer la tesis doctoral, y entre mis objetivos prioritarios estaba dar con una solución para el cáncer (y de paso, para el sida). De modo que hice los tres primeros cursos. En tercero empecé a trabajar como alumno interno en el Departamento de bioquímica:
léase, preparar todas las soluciones de prácticas, lavar todo el material de vidrio con una mezcla de ácido sulfúrico y dicromato y ayudar en algún experimento (si no molestaba mucho). Por lo tanto, pasé tercero, cuarto y quinto de carrera yendo de laboratorio en laboratorio mientras observaba (generalmente de lejos) cómo investigaban. En quinto escogí la asignatura optativa de fisiología animal porque, claro, yo iba a curar el cáncer (y el sida) y algo tenía que saber de animales. No obstante, a mitad de quinto curso, cuando estaba haciendo prácticas en un laboratorio que investigaba las plantas, descubrí que éstas también tenían genes, que también se podía intervenir en su genética, que no todo se reducía a la aplicación de la medicina. Hice cuentas. Si lograba curar el cáncer (y el sida), iba a salvar a millones de personas, pero si conseguía hacer plantas más eficientes y que aumentara la producción de alimentos, podría tratar a muchos millones más, puesto que hoy en día todavía se muere más gente de hambre que de cáncer.
Así que decidí que centraría la tesis en las plantas. Por cierto, me cambié de universidad y me fui al grupo de Ramón Serrano porque me gustaba más la
investigación que éste realizaba. En vez de hacer la tesis sobre plantas, la hice sobre un sistema modelo, levadura de panadería, Saccharomyces cerevisiae. Nunca he trabajado con nada relacionado con medicina ni con células animales, ni siquiera en el posdoctorado en Suiza, donde participé en un grupo (el de Michael Hall) que tenía una línea de trabajo con células animales. Sólo he trabajado con levadura o plantas. Sólo he publicado mis resultados en revistas de bioquímica, microbiología o plantas. De la misma forma, he firmado cuatro patentes que tienen que ver con genes de plantas.
Nunca he aportado nada a la medicina. Tengo que hacerme a la idea de que
no voy a curar el cáncer (ni el sida). No obstante, sigo siendo muy feliz investigando las plantas, que además no muerden como los ratones ni hay
que correr detrás de ellas por el laboratorio.
Nunca he mirado atrás ni me he arrepentido de no haber estudiado medicina. ¿Me hubiera dedicado a la investigación? ¿Qué especialidad habría escogido en el MIR? ¿Habría ganado más dinero? La verdad, jamás
me lo he planteado, ni siquiera en los momentos más duros de la carrera investigadora, como cuando me quedaban dos meses para que se acabara el
contrato posdoctoral y tenía mujer y una hija de tres años. Mi futuro inmediato dependía de que el Ministerio resolviera una convocatoria. Según el resultado de esa resolución, disfrutaría de tres años de contrato que me permitirían volver a España o me iría directo al paro.
Tampoco me arrepentí cuando, en una reunión de un proyecto europeo,
tuve que dar una charla helado de frío, entre el castañeteo de mis dientes y los de la audiencia. Supongo que investigar en ciencias básicas tiene menos glamour y reconocimiento social que ser médico. Nuestros congresos y reuniones científicas se celebran en sitios baratos, y para aprovechar el tiempo se suelen hacer en sábado y domingo, cuando los billetes de avión salen más económicos. Investigar en plantas tampoco ayuda. Las
universidades fuertes en ciencias agrarias normalmente están en zonas apartadas, rodeadas de campos y vacas. La reunión tuvo lugar un fin de semana en Wageningen, una ciudad en medio de la llanura holandesa que
no acostumbra a salir en las guías de viaje. Como era fin de semana, apagaron la calefacción. Disfrutamos de un gélido viento estepario de finales de noviembre que azotaba los ventanales mientras yo trataba de explicar qué tenía que ver el estrés con el ensamblaje del citoesqueleto de levadura.
Tampoco me arrepiento cuando algún amigo médico me dice que ha hecho un viaje en primera amablemente financiado por alguna empresa farmacéutica o me enseña un generoso obsequio de un laboratorio (aunque
esto es algo cada vez menos frecuente). Algunas de esas potentes compañías también venden reactivos para biología molecular. En una ocasión necesité uno para probar si servía en un experimento nuevo, pero la compra mínima era de cien unidades. Se me ocurrió llamar para ver si me
podían enviar una muestra porque no sabía si iba a funcionar y no quería comprar cien unidades para luego tener que tirarlas. Me dijeron que su
política era no dar muestras, que si quería averiguar si el reactivo servía tendría que comprar las cien unidades. Esta misma compañía ha sido denunciada por los generosos regalos con que obsequia a los médicos a cambio de que receten sus pastillas, pero, sin embargo, nunca hemos conseguido que colabore económicamente en ninguna de las reuniones o congresos que hemos organizado sobre temas centrados en las plantas. Por suerte, con el tiempo han salido otras empresas enfocadas a la investigación, con catálogos más reducidos y precios más ajustados, por lo que siempre que puedo evito comprar a multinacionales farmacéuticas.
Dada la escasez de mi presupuesto, no creo que mi actitud les genere demasiados problemas en su balance anual. Eso sí, siguen sin regalar muestras, ni viajes, ni congresos, ni pendrives, ni bolígrafos, ni llaveros.
Bueno, hay uno, Alejandro, que por navidades nos trae una caja de bombones, pero es el único.
PUNTO 3: LA DIVULGACIÓN, FICHAS DE DOMINÓ QUE VAN CAYENDO
Hay cosas en la vida que llegan sin que uno se las espere, de sopetón, pero con las que, sorprendentemente, nos sentimos a gusto. Mi relación con la divulgación científica viene a ser como un juego de dominó en el que en algún momento alguien empuja ficha y las demás empiezan a caer una tras
otra. Nunca me he planteado ser divulgador científico y sigo sin considerarme como tal, aunque después de dos libros, bastantes artículos en revistas, decenas de conferencias y varios cientos de entradas en el blog, tengo que hacerme a la idea de que la divulgación es una parte de mi labor profesional que cohabita con mi faceta de investigador y de profesor en la universidad.
De hecho, mi interés por la divulgación surge como un apéndice de una actividad profesional. Hace unos años saqué la oposición a profesor de universidad. En ese momento, sólo me dedicaba a la investigación, por lo que entonces mi vida afrontó un cambio sustancial. Además de estar en el laboratorio, tenía que preparar clases e impartirlas. Como miembro del Departamento de biotecnología, área de bioquímica y biología molecular, debía dar la asignatura que me tocara dentro de las que tenía asignadas el área, aunque no tuviera nada que ver con mi experiencia investigadora. El
primer año empecé con bioquímica de primero, en la licenciatura de Forestales en el campus de Gandía. Bien, era una asignatura muy básica. El segundo año la cosa se complicó, ya que tuve que impartir clases en la Escuela de Ingenieros Agrónomos a los alumnos de cuarto de la
especialidad de industrias agroalimentarias. Me tocaba dar una asignatura de bioquímica para la industria alimentaria, lo que me obligó a preparar el programa y los apuntes a partir del trabajo de los profesores anteriores.
Aproveché la ocasión para ponerme al día en un tema del que sólo sabía lo más básico, y menos que algunos de los alumnos a los que se suponía que
debía evaluar. Así fue como empecé a leer mucho sobre alimentación.
Curiosamente, una de las cosas que más me interesó de la industria alimentaria fue averiguar que los conservantes son imprescindibles; a pesar de ello, la industria se esfuerza en publicitar productos «sin conservantes ni colorantes», mientras la palabra «natural» parece sagrada pese a que la evidencia científica que demuestra que lo «natural» o lo «ecológico» es mejor no aparece por ninguna parte, por mucho que la busques. Ésa fue la primera ficha del dominó.
Desde hace años pertenezco a una asociación de pensamiento crítico llamada ARP-SAPC (Alternativa Racional a las Pseudociencias, Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico) que se dedica, entre otras cosas, a desenmascarar la pseudociencia que se difunde en la sociedad, ya sea mediante cazadores de ovnis, vendedores de remedios mágicos o gente que
dice que habla con los muertos. ARP colabora con una colección de libros llamada ¡Vaya timo!, que se ocupa de evidenciar estos aspectos. Se me ocurrió que podía ser interesante dedicar un volumen de la colección a denunciar todo lo que nos venden como natural, ya sea desde el punto de
vista de la alimentación, la medicina o incluso la energía. Se lo propuse a la editorial y aceptaron. Así que unas navidades cogí el netbook y escribí el libro. A finales de enero entregué el manuscrito en la editorial. Claro, una editorial pequeña y un autor desconocido; lo más normal era que mi obra
sólo sirviera como regalo de Navidad para las amigas de mi madre. Por ello, se me ocurrió que podría abrir un blog llamado igual que el libro (www.losproductosnaturales.com) para darle un poco de vida. Así fue como la pieza del manuscrito empujó la pieza del blog.
El libro tardó año y medio en salir al mercado. En ese tiempo, empecé
el blog modestamente, pero poco a poco fue creciendo. Además, colaboraba
con el portal de divulgación Amazings, luego rebautizado como Naukas, donde escribía de todo lo que me apetecía, no sólo de productos naturales y alimentación, así que cuando salió el libro, en junio de 2011, el blog ya tenía vida propia y una media de dos mil visitas al día. De hecho, hubo gente que pensó que el libro era una recopilación de posts.
Entre el blog y el libro, la retroalimentación era bastante buena. Había gente que leía el blog y se compraba el libro o gente que adquiría el libro y luego se hacía lectora del blog. Y el jaleo que monté con uno y otro empujó la siguiente ficha: los medios de comunicación. Cuando algún periodista quería abordar algún tema de los que trataba en el blog, buscaba por internet, me encontraba y me llamaba. Así que empecé a salir de vez en cuando en algún reportaje de prensa o en algún programa de radio o de televisión. Entre otros, participé en un capítulo de Salvados titulado «Qué comemos» en el que se suponía que tenía que hablar de transgénicos y acabé hablando de conservantes. Ana, que entonces trabajaba en la editorial Destino, vio ese programa. Buscando por internet, llegó al blog, y dio la casualidad de que la entrada que tenía en portada desmontaba (ácidamente y abusando del sarcasmo, qué le vamos a hacer) un libro que estaba arrasando en las librerías llamado La enzima prodigiosa. En Destino debieron de ver algo porque me propusieron escribir una obra sobre mitos de la alimentación. El libro se llamó Comer sin miedo y acabó siendo mi puesta de largo en la divulgación científica. Funcionó bastante bien y ahora lo están traduciendo al chino.
Mientras todo esto pasaba, yo continuaba escribiendo en el blog acerca
de cualquier tema que me apetecía. La gente seguía leyéndolo y dejando comentarios. Algunos eran de apoyo, elogios, otros mencionaban algún aspecto que no había quedado claro con mi explicación e incluso me sugerían temas. También había comentarios críticos, y algunos insultantes o amenazantes, aunque suelo borrar estos últimos sin darles mayor
importancia.
Un día recibí un comentario un poco diferente. Era de una chica o una
señora (no sé su edad ni se la he preguntado) que, buscando por internet, dio con mi correo electrónico. Quería contarme su historia. Había leído Los productos naturales ¡vaya timo! , y al parecer los capítulos en los que criticaba la medicina natural le habían servido de consuelo. Tras perder a a su madre por un cáncer hacía unos años, habían diagnosticado también a su
hermana. Era una entusiasta de todo lo natural y alternativo a la que le diagnosticaron un cáncer cervical en fase muy temprana que se podría solucionar con una intervención de cirugía menor; ni siquiera precisaría pasar una noche en el hospital. Para estupor de su hermana, la paciente decidió que no quería ser víctima de la «pérfida medicina oficial».
Renunció al tratamiento y se puso en manos de terapeutas alternativos.
Empezó con una ginecóloga «natural» que le recetó aceite de Pompeya
(un producto cosmético) y «setas anticancerígenas naturales» (100 euros la visita, 50 el aceite y 65 las setas). Cuando fue muy obvio que el tumor estaba creciendo, dijo que no podía hacer nada más por ella y la derivó a otro «especialista» para un tratamiento más agresivo, pero de buen rollo. El siguiente tratamiento consistió en ozonoterapia acompañada de cremas ultracaras; la tarifa, idéntica, 100 euros la visita. En una clínica preciosa con un personal amabilísimo le aplicaban directamente ozono en la zona vaginal, lo que le produjo tremendas quemaduras, de forma que había días en los que, después de las sesiones, no podía ni ir al baño por el dolor y el escozor. No obstante, en la consulta, el médico (muy majo y muy simpático) le decía que eso era la evolución normal del tratamiento, pero que podría aminorar el dolor con un jabón especial que vendían ellos, hecho con la tierra de un glaciar, o con unas cremas de avena (como de costumbre, 50 euros la más barata). Ante cualquier protesta o crítica de la desesperada hermana, la enferma respondía que su actitud le transmitía una energía negativa perjudicial en su proceso de curación.
Toda su vida giraba alrededor de lo que le decían sus médicos, que, por
cierto, por la mañana pasaban consulta en un centro de la Seguridad Social y por la tarde aplicaban estos exóticos y caros tratamientos en su consulta privada. Toda su comida tenía que ser ecológica, toda su casa debía ajustarse a los patrones del feng shui, etcétera. Mientras tanto, el cáncer iba avanzando y su relación familiar se estaba deteriorando debido a la negativa de atender a razones y someterse a la intervención. La historia me estremeció. El problema es que este caso es más frecuente de lo que parece (en ARP-SAPC, nos llegan consultas por situaciones muy similares). Le propuse publicar la historia en el blog quitando nombres y referencias personales para que sirviera de ayuda a gente que pudiera estar en el mismo caso. Ella accedió y así lo hice.
La entrada, titulada «El verdadero peligro de la pseudomedicina», tuvo casi 16.000 visitas y se convirtió en la décima más visitada del blog. En ese momento tuve la sensación de que el blog, además de ser una afición que
me servía para hablar de temas que me gustaban y echar alguna risa de vez en cuando, podía tener una utilidad entre la gente que había sido víctima de estafas.
PUNTO 4: LA DESESPERACIÓN EN DIRECTO
No visito a mis padres en Dénia todo lo que debiera, pero cuando lo hago siempre cumplo una tradición inquebrantable. Voy a la librería Públics, situada justo enfrente de su casa. Allí hago varias cosas. Una es dirigirme a la sección Els nostres autors y comprobar si tienen ejemplares de alguna de mis obras (señal inequívoca de que no se ha vendido), que disimuladamente dejo más a la vista. Si veo algún libro o cómic interesante, me lo compro, y por último, adquiero el Canfali Marina Alta, el diario local. Gracias a él me entero de quién va a ser el próximo Mayoral de Sant Roc, quién se ha casado y quién es la fallera mayor de Baix la Mar. Me sirve de nexo con mis raíces. Además, desde hace unos años en el diario se publica una columna que llama mi atención por encima del resto. La escribe una paciente que sufre esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad terrible donde las haya y sin tratamiento conocido. Esta enfermedad se puso de moda en el verano de 2014 por la campaña Ice Bucket Challenge que pretendía concienciar a la gente arrojándose un cubo de agua helada por encima. La enfermedad existía antes de esta campaña y seguirá existiendo ahora que ya nos hemos olvidado.
En los últimos años ha descrito cómo su dolencia le ha ido restando facultades poco a poco hasta acabar postrándola en una silla de ruedas e incapacitarla para hablar, por lo que se comunica únicamente con un teclado de ordenador e internet. En su columna explica también su lucha contra su destino, aunque muchas veces por caminos equivocados. Durante estos años, ha pasado por todos los «terapeutas alternativos» de la ciudad y ha probado tratamientos como la ozonoterapia homeopática.
Al principio se la notaba entusiasmada. Siempre decía que
experimentaba alguna mejoría, pero cuando el progreso de la ELA se hacía
patente, probaba otra terapia, más estrambótica si cabe. Su tiempo libre lo invertía en contactar por internet con gente que sufriera su enfermedad.
Como los buitres con la carroña, esas páginas están pobladas de charlatanes que ofrecen sus remedios mágicos a pacientes o familiares desesperados.
Da igual lo grave que sea la enfermedad o lo disparatado que parezca el tratamiento. Siempre hay un vídeo en YouTube de alguien que jura que se
ha curado de una dolencia muy grave con un tratamiento muy raro que la
medicina «oficial» no autoriza, presionada por la mafia de las grandes compañías farmacéuticas. Al final, ella cayó en las peores manos. Un médico de Perú la convenció de que tenía un método infalible para curar su enfermedad mediante un autotransplante de células madre. En su columna
contaba que le habían asegurado que las ventajas eran patentes desde el primer día y que podría salir por su propio pie de la clínica. ¿Quién no se hubiera ilusionado con estas perspectivas? Así, recaudó dinero mediante carreras benéficas y galas solidarias hasta conseguir sacar los billetes de avión, y aquí empezó una pesadilla más dura que la anterior. El desplazamiento a Perú fue peor que un castigo. Como era de esperar, la operación resultó ser una estafa, y el regreso, una odisea, con una deuda de 30.000 euros. Lo de repatriar enfermos a cargo del Estado en 2013 todavía no estaba de moda.
Leer su relato me sumía en una gran tristeza y, a la vez, en la impotencia. Me enteré de que vivía a sólo una calle de la casa de mis padres, pero ¿qué podía hacer? Desde el punto de vista científico, su enfermedad no tiene tratamiento y su estado es irreversible. Eso ya se lo han dicho antes que yo muchos médicos. Sólo puedo ofrecer consuelo. ¿Por qué se puso en manos de charlatanes y estafadores? Sus columnas de prensa antes del viaje a Perú destilan una fe y una esperanza estremecedora, esperanza que le habían vendido a precio de oro. Yo sólo podía decirle que la operación era un engaño y quitarle la esperanza. Y la esperanza tiene mejor mercado que el consuelo.
PUNTO 5: STEVE JOBS
Por lo poco que he leído de Steve Jobs, no creo que fuera una persona con la que me iría a tomar unas cervezas. Al parecer tenía un carácter peculiar.
No obstante, tuvo acceso a una cultura y, además, hizo una fortuna más que considerable, por eso su final no deja de ser desesperanzador. Le diagnosticaron un tumor maligno, pero operable. De forma similar a la hermana de mi lectora, decidió renunciar a la medicina oficial y tratarse con zumos de frutas. El tumor fue creciendo, y cuando quiso operarse ya era demasiado tarde, por lo que pasó a engrosar la muy abultada y poco publicitada lista de víctimas de las pseudoterapias médicas que quizá estarían vivas de haber seguido un tratamiento convencional. Por cierto, el título de la introducción de este libro, «Conectando los puntos», es un nada disimulado homenaje al título del discurso de inauguración de curso que dio Steve Jobs en la Universidad de California, en Stanford, en 2005.
PUNTO 6: EN TUS MANOS TIENES LA CONEXIÓN
En algún momento, hace tiempo, se me ocurrió que podía escribir un libro no sobre medicina, sino sobre los peligros de la pseudomedicina. El primer motivo para hacerlo es que me gusta mucho escribir de ciencia y disfruto con ello; a la vez, podría ayudar al lector a saber cuándo le están estafando o si lo que le venden como un remedio infalible realmente lo es, y, sobre todo, a distinguir lo que es medicina de lo que sólo es charlatanería. El libro constituiría una buena forma de conectar todos estos puntos que previamente se han quedado colgados en mi biografía, como mi peculiar relación con la medicina, así como a los lectores a los que les han interesado estos temas cuando los he tratado en el blog o en otros sitios.
También podría ser útil para los futuros lectores, pues podría ayudarles a conservar su salud o su dinero. Por ello le hice la propuesta a la editorial y parece que les gustó. Y aquí lo tienes.
Tú, lector, tienes la última palabra. De ti depende que juzgues si la conexión entre los diferentes puntos ha sido correcta.
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