Mensajes del norte

Jane Hormuth · Capítulo 1 de 43

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Mensajes del norte

Capítulo 1

CASTILLO DE COILL, ESCOCIA

Los guerreros atisbaron los muros cubiertos de musgo de la fortaleza después de varios días de viaje. El ánimo de todos mejoró al saber que pronto iban a estar a resguardo de la llovizna, con un buen plato de comida delante y con un whisky para entrar en calor. La chimenea iba a recibirlos con su fuego y ellos iban a poder dormir en un lugar seco. Archie encabezaba la marcha.

Aunque fueran McLeod, sabían que el clan Mackenzie era territorio amigo. El laird poseía lazos familiares con ellos, además de una relación fraternal con Archie. El motivo de su visita era diplomático. El rey Jacobo había convocado a los clanes aliados para respaldarlo en un conflicto en la zona norte de las Highlands. Archie iba en representación de los McLeod hasta que su laird pudiera reunirse con ellos. Al saber que los Mackenzie también habían acudido a la llamada, acordaron viajar juntos aquel final de otoño.

—¡Mi buen amigo! —saludó Daimh con un abrazo cargado de golpes en la espalda—. ¿Esta vez te ha tocado a ti cumplir el mandato de Alistair?

—Así es. —Archie sonrió, satisfecho—. Ahora es Clarion quien se encarga de los McLeod en ausencia del laird. Elinor sigue en peligro, por lo que Alistair creyó conveniente que no se alejara.

—Mmfm —gruñó Daimh al hacerlo pasar al interior—. ¿Y cómo se lo ha tomado?

Archie sopesó bien sus palabras antes de contestar.

—En otras circunstancias, te habría dicho que rabió por la decisión, pero creo que esa muchacha le importa más de lo que cree. Aceptó la orden sin más.

—Sí que debe de importarle, porque Irvyng y él solían disputarse las salidas cuando éramos unos críos —comentó Daimh.

—Las mujeres solo son fuente de debilidad. —Irvyng gruñó esa certeza con sus ojos azules brillando de mofa.

El hombretón de melena rubia y barba trenzada se acercó a Archie para darle la bienvenida. Lo seguía de cerca Aila, la castellana de los Mackenzie.

—No veo que mi esposo posea esa cualidad después de varios años de matrimonio —replicó Aila—. En cambio, tú vas agriándote con cada día que pasa.

La mujer le hizo una mueca desdeñosa al fiero guerrero, que refunfuñó ante su respuesta. A pesar de la refriega dialéctica, se adoraban sin que la diferencia de caracteres afectara a su amistad.

—Ay, Archie, me alegra tenerte por aquí. Cuéntame cómo están todos en Craig, aunque será mejor que pongamos a secar esas pieles; ya tendremos tiempo de conversar. —Aila valoró el estado de los guerreros, que esperaban en silencio a cierta distancia—. Es posible que queráis acomodaros en vuestros aposentos antes de que os sirvan la comida que hay preparada.

El grupo, al unísono, dejó atrás a la castellana para ocupar los asientos alrededor de la gran mesa. Aila suspiró, resignada. Saciar el hambre estaba por encima de cualquier otra necesidad.

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