Mesalina

Violaine Vanoyeke · Capítulo 1 de 24

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Mesalina

I. Claudio

CAPÍTULO I

CLAUDIO

 

N O llevaba muerto tres meses el emperador Tiberio cuando ya el pueblo se entusiasmaba por su sucesor, Cayo César, el hijo del célebre Germánico, quien llevaba el sobrenombre que le habían dado los legionarios de su padre a las orillas del Rin, calígula, «botita». En todos los lugares públicos resonaban los gritos de la multitud: «¡Tiberio al Tíber!», aullaban los que habían tenido motivos de agravio por causa de las locuras criminales del emperador difunto; éstos eran numerosos y contagiaban su pasión a las gentes del pueblo, al tiempo que todos los romanos aclamaban a su «pequeño», a su «nuevo astro», Cayo César. Este joven de veinticuatro años adoptado por Tiberio, a quien los caprichos de la fortuna habían colocado de pronto a la cabeza del Imperio romano, se beneficiaba de la inmensa popularidad de su padre Germánico, cuya modestia, cortesía y brillantes victorias sobre los germanos seguían vivos en todos los corazones, aunque hiciera ya ocho años que había muerto. Su juventud y los peligros que había corrido en la corte de Tiberio habían hecho crecer ya ese aura, y por no desmentir esta gloria precoz desde que subió al trono se había mostrado afable, buen administrador, economizador de los denarios públicos, pero generoso con el pueblo: eso era lo único que precisaba para seducir a la turba romana, ávida y versátil.

Calígula se instaló en el Palatino, en el palacio en el que había residido su sanguinario predecesor antes de que abandonara Roma para ir a la Isla de Capri, a la que había convertido simultáneamente en una suntuosa fortaleza, un centro administrativo del que partían las condenas de muerte y el más prodigioso lugar de libertinaje. El palacio de Tiberio ocupaba la parte occidental del monte Palatino. Estaba limitado al sur por la plaza en la que se elevaba el templo de elegantes columnas corintias de la diosa oriental Cibeles, a la que los romanos llamaban la Gran Madre. El pueblo accedía allí por una escalera de toba rosada. A pesar del tamaño ya respetable de esta morada imperial, que se extendía en paralelo con el pequeño palacio de Augusto, Calígula soñaba con extenderla hacia el norte, hasta el atrio de las vestales y el foro.

Se acercaba la hora décima y el sol, descendiendo suavemente en el cielo, iluminaba el verdor de la prestigiosa colina, a la que amarilleaba casi con sus rayos, y animaba con su esplendor el bronce dorado de la cuadriga solar que dominaba la parte frontal del templo de Apolo, adosado a la casa de Augusto. Los pájaros, que habían echado a volar desde Velabro, el barrio construido sobre las antiguas marismas que dominaba el Palatino, se posaban en el borde de las ventanas y contaban las leyendas de la gruta del lupercal, donde la mítica loba había alimentado a los gemelos Rómulo y Remo antes de que el pastor Fáustulo los recogiera. En esta hora los extranjeros comenzaban a apretujarse al pie de la colina para visitar la cabaña del buen pastor y la gruta escondida desde hacía ocho siglos en el bosque consagrado al dios Pan, guardada por la higuera bajo la cual había varado la cuna de mimbre de los gemelos abandonados a la orilla de las aguas del Tíber.

Tiberio Claudio Germánico, hermano del gran Germánico, a quien de manera más simple llamaban Claudio, leía un poema de Ovidio en la biblioteca de palacio. Invitado por Calígula a compartir su almuerzo, había llegado tarde, y el emperador no había querido recibirlo. Así se complacía en burlarse de su tío y le castigaba, sabiendo que era un comilón y que le gustaba prolongar su comida durante horas, a pesar de sus dolores estomacales. Aunque ello le irritaba, Claudio no lo demostraba, pues temía atraer la cólera del emperador. Había aprendido a disimular sus sentimientos durante todo el reinado de Tiberio, y ello le había permitido sobrevivir a un emperador a quien obsesionaba el temor a los complots y el resentimiento.

Unas voces repentinas le apartaron de su lectura: los esclavos se afanaban en el comedor vecino, volviendo los lechos para limpiar los restos de la comida, sin duda refinada y copiosa, tal como le gustaba a Calígula. Claudio refunfuñó, sintiendo su vientre todavía más vacío. Trató de concentrarse nuevamente en la lectura, pero le volvieron a distraer unos gritos que provenían del exterior. El calor había menguado y los romanos, levantados de la siesta, se apresuraban para acudir a los juegos excepcionales con los que el emperador había decidido honrar a su madre Agripina, a quien se llamaba la Mayor para distinguirla de su hija, Agripina la Menor, nacida tres años después de Calígula. Los comerciantes comenzaban a instalarse en los alrededores del Circus Maximus, el Circo Máximo, donde se desarrollaban la mayor parte de las carreras de carros, situado al pie del Palatino. Por eso llegaban ya hasta palacio los martillazos de los comerciantes que precipitadamente construían sus barracas y abrigos, en medio de los gritos y llamadas de las gentes del pueblo, excitadas ante la perspectiva de esas diversiones.

Unas aclamaciones atrajeron todavía más la atención de Claudio. Dejó el rollo de papiros en la mesa de cedro, de un millón trescientos mil sestercios (¡el precio de un gran dominio!), que recientemente había regalado Ptolomeo de Mauritania a su primo Calígula. Se levantó, vacilando ligeramente. Era un extraño espectáculo ver avanzar así a ese hombre de 47 años, de piernas demasiado delgadas, vestido con una toga de una blancura inmaculada, ricamente bordada con dibujos verdes y dorados. Llevaba sin la menor majestad esta toga solemne, que sólo se ponía para ir a palacio. Cuando salía para asistir a los juegos o tomar el aire en el foro, como hacían todos los romanos, se contentaba con vestir una túnica de lino. Se dirigió arrastrando los pies, calzados con sandalias de cuero, hasta una ventana elevada y lanzó una curiosa mirada hacia la casa de Livia, donde percibió una agitación febril. Los guardias imperiales distribuían dinero al pueblo en nombre de Calígula, quien acababa de heredar la inmensa fortuna de su abuela Antonia la Menor, hija del triunviro Marco Antonio y de Octavia, la hermana mayor de Augusto. Por eso los romanos aclamaban a su buen emperador.

Los gruesos labios de Claudio expresaron enojo al recordar a esa Antonia, su propia madre, quien había cedido la herencia a su nieto, colmado ya por el imperio. A él nunca le había amado, y siempre le había despreciado. Decía con crueldad que su hijo Claudio no era más que un boceto, con sus pies demasiado grandes, los cabellos extraños y los ojos globulares. Él tenía apenas un año cuando había perdido a su padre Druso, hermano de Tiberio, quien había dirigido bajo Augusto gloriosas campañas en Germania. Víctima de numerosas enfermedades en su juventud, privado de la protección del padre, no se le había considerado apto para cumplir ninguna función, y a una edad ya avanzada se le había entregado a un preceptor, antiguo inspector de un depósito de sementales, que le trataba brutalmente, con menos miramientos que a sus caballos. En una ocasión, su madre le había permitido presidir los combates de gladiadores celebrados en honor de su padre difunto, pero a condición de que cubriera a medias el rostro con un capuchón para no ridiculizar a la familia imperial. Cuando quería decir lo estúpido que era alguien, Antonia tenía la costumbre de afirmar que era más necio que su hijo Claudio. E incluso su abuela Livia, la mujer de Augusto, no se dirigía a él más que por medio de otra persona, o por medio de notas escritas.

Recordando esos comportamientos, que le parecían tanto más injustos cuanto que él era el más estudioso y cultivado de los miembros de su familia, Claudio guardó el rollo de poemas de Ovidio en el estuche, lo volvió a colocar en la caja y comenzó a buscar una obra sobre los etruscos. Claudio era un apasionado de la historia y se interesaba tanto por los antiguos etruscos como por Cartago. Podía gloriarse de haber tenido por maestro y amigo a Tito Livio, el gran historiador de Roma, muerto hacía ya una veintena de años, sin que por ello hubiera olvidado las atenciones que de él había recibido. Encontró un rollo de las Geórgicas de Virgilio, lo desplegó y se puso a recorrer algunos versos. Estaba de espaldas a la puerta y no oyó entrar a Calígula.

—¡Salud, Claudio! ¿Qué lees mientras me esperas?

Claudio se sobresaltó al oír la voz de su sobrino. Se dio la vuelta y quedó callado, sorprendido por el atavío ridículo de Calígula, quien se había vestido con una pesada túnica de seda moaré, recubierta de piedras preciosas, que le caía en pliegues asimétricos hasta los pies. El emperador tenía un gusto pronunciado por estas túnicas multicolores, que los romanos no llevaban más que en el campo. Era alto y delgado, un poco desgarbado, de cuerpo nervioso y mal proporcionado y piernas delgadas; sus sienes ahondadas y su frente grande, abombada y abollada, contrastaban con la parte baja del rostro, más menuda, terminada en un mentón sobresaliente y voluntarioso; sus ojos hundidos, aunque móviles y vivos, le conferían un aire de inteligencia penetrante, en la que brillaba no se sabía qué llama inquietante.

Claudio elevó el brazo para saludar al emperador, quien le cogió el rollo de las manos.

—¿Virgilio? —gritó con una risotada de burla—. ¡No! ¡Todo salvo Virgilio! ¡Es un poetastro! ¡Escucha esto mejor!

Desdeñosamente había arrojado la obra sobre la mesa y levantando los brazos con énfasis declamó en griego:

—Mi corazón se desgarra al recordar al prudente Ulises, el desgraciado que desde hace tanto tiempo sufre, lejos de sus amigos, en una isla cercada por el oleaje, en el centro de los mares… Homero, ¡ése sí que era un poeta! ¡El único gran poeta!

Sin querer contrariar a su irascible sobrino, Claudio volvió a poner el rollo en su lugar, recordando que hubo un tiempo en el que Calígula había apreciado al maravilloso poeta de La Eneida. Pero sus gustos habían cambiado y de pronto había echado a las llamas lo que antes había adorado.

—Siéntate, Claudio —volvió a hablar Calígula—. Te he hecho esperar, ¿pero por qué te presentas siempre en palacio con tanto retraso cuando se te espera para cenar? Eso me disgusta, bien lo sabes. Seguro que has recorrido los lupanares toda la noche y te has acostado al alba, según acostumbras.

El sobrino había dado en el blanco. Claudio enrojeció sacudiendo la cabeza, según una manía que tenía desde la infancia, y dijo tartamudeando.

—Ni siquiera he encontrado el placer…

Calígula estalló en risas al tiempo que se estiraba sobre un lecho de madera incrustado en oro.

—¿Y cómo ha sido eso? ¿Acaso te ha apaleado algún rufián por no haber querido pagar el precio?

—Nada de eso. Toda la noche esperé en vano en el Esquilmo a una armenia.

—¡Por Príapo! ¿Y por qué buscas a una armenia y no a una bella romana, de pecho firme y grupa redonda y carnosa?

—Porque me gustaba. Cuando llegué a su casa salía con un centurión y me pidió que la esperara.

—¿Y obedeciste dócilmente? ¡Pobre asno! Espero que no sepa quién eres, para que no se jacte de haber dado plantón toda una noche al tío del César. Mi pobre Claudio, yo te vengaré. Mandaré que la traigan al lupanar que pienso instalar en el palacio y podrás tenerla cada vez que vengas a visitarme. Quizá así no te harás esperar.

—Te lo agradezco, Calígula —murmuró Claudio bajando la cabeza.

—No me lo agradezcas —contestó el emperador levantándose.

Tomó una aceituna de una fuente puesta en la mesa de cedro, la masticó mirando a Claudio con malicia y escupió hábilmente el hueso a sus cabellos al tiempo que le preguntaba.

—¿No tienes hambre?

Claudio, que no había podido evitar el hueso lanzado a la corona de flores con que ceñía la cabeza, sacudió ésta. Calígula dio unas palmadas y enseguida una esclava etíope, desnuda hasta las caderas, envueltas en un largo paño de lino, con la espesa cabellera rizada sujeta por una cinta teñida de púrpura, acudió a cumplir sus órdenes.

—Trae vino de Sorrento con salchichón de la Galia y nueces de Thasos.

Cuando la joven se hubo retirado, Calígula volvió a hablar, dirigiéndose a su tío:

—Mientras esperamos, come aceitunas… Créeme que no te he hecho esperar por placer. Tenía las orejas acosadas por los consejos de los senadores con respecto a las medidas que conviene tomar enseguida. Toda la comida la hemos pasado en estas discusiones vanas, pues tengo la intención de no hacer nada más que lo que yo quiera. Después, he tenido que recibir a los mensajeros de los ciudadanos de Anitio, venidos de Lusitania, y a los de Assos, venidos de Troade, para que me leyeran los juramentos de fidelidad prestados por su pueblo, y no he podido terminar con los correos de los gobernadores de provincias. Todos me escriben para felicitarme. ¡Me pregunto cuándo tendré tiempo para montar a Incitatus, mi querido caballo! Desde hace tres meses que me he vestido con la púrpura imperial no he tenido un momento de ocio.

La esclava etíope entró seguida de una compañera, las dos cargadas con cántaros de oro cincelado, finos vasos de Alejandría, fuentes de plata llenas de charcutería y panes redondos.

—Aquí está nuestro agradable aguapié —dijo Calígula, tomando el vaso que le ofrecía, arrodillándose, una de las dos esclavas—. El vino de Sorrento no me parece el mejor, a pesar de su fama de pureza, mas como es ligero, pienso que a esta hora te será conveniente.

Claudio asintió riendo tonta y desagradablemente y presentó sus manos a la otra esclava, quien las cubrió con agua tibia a la que habían añadido limón y pétalos de rosa.

Les llegó entonces el nombre de Calígula, pronunciado por una multitud reunida en lo alto de la escalera de Cacus, por la que se accedía al Palatino. Al mismo tiempo, un esclavo encargado de anunciar a los visitantes llegó para decirle al emperador que Mnéster, célebre pantomimo favorito del emperador, quería ser presentado. Calígula hizo un gesto de aquiescencia y Mnéster entró enseguida. Este hombre, delgado, flexible, vivo en sus gestos, parecía mimar y danzar incluso cuando se desplazaba, como sí su oficio se hubiera convertido en una segunda naturaleza. Pareció deslizarse sobre el suelo de mármol, hasta llegar hasta Calígula, a quien saludó con obsequiosidad:

—César, tu nombre es aclamado en toda Roma. Conviene que te muestres en la ventana para recibir las felicitaciones que te valen tus méritos y tu generosidad sin par.

Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro del joven emperador, quien declaró volviéndose hacia Claudio:

—El pueblo me reclama. Es natural: he ordenado que se distribuyan setenta y cinco denarios a cada ciudadano. Degusta pues este vino mientras les saludo. Tú también, Mnéster.

Calígula se había levantado con un gesto brusco. Tenía un modo de andar falso, y esa violencia se había intensificado desde que ciñó los laureles imperiales. Sin embargo, sabía brillar en sus discursos, pues en los cursos de retórica y filosofía que había tenido que tomar había adquirido un repertorio de ideas generales y juicios hechos que respondían a lo que esperaba el público. Sabía adornar los discursos con ejemplos tomados de la historia romana y sus acontecimientos. Sobresalía en la deliberación y la controversia, y había adquirido un vocabulario que le permitía asombrar a su público y suscitar la admiración hacia un talento un poco artificial. El propio Tiberio, desde su retiro de Capri, le había estimulado a perseverar por esa vía, pues ya lo había elegido como heredero. La forma de hablar de Calígula era suelta y clara, su voz fuerte, y había heredado de su padre Germánico el deseo de complacer y persuadir. Aplastó con la mano los mechones que sobresalían de su poco abundante cabellera, pues la cima de su cráneo había sido ya alcanzada por la calvicie propia de la familia de Julia, a la cual pertenecía por su bisabuela Octavia, y arregló con los dedos largos y huesudos las mechas que cubrían la parte superior de la frente.

Cuando el pueblo vio a su emperador, los vivas recrudecieron, acompañados de aplausos; levantó la mano para saludar a la multitud.

—¡Este pueblo acabará asfixiándome! —dijo suspirando Calígula mientras volvía para acostarse en el lecho.

—Te ama, César, tanto más por cuanto que has sido cruelmente tratado por Tiberio —afirmó Mnéster, adulador.

Contrariamente a lo que cabía esperar, Calígula se volvió hacia él, con la mirada severa.

—¿Tienes tú quejas de Tiberio, Mnéster? —le preguntó con una voz melosa.

Pues para combatir el rumor según el cual no era ajeno a la muerte de Tiberio, algo tan natural que hasta se había declarado oficialmente, Calígula se mostraba un defensor intransigente de la memoria de su imperial y difunto abuelo.

Mnéster, que percibió la amenaza, se inclinó asegurando con unción:

—Todo lo contrario, César, no puedo más que felicitarme por la magnificencia de ese gran príncipe.

—Me alegra oírtelo decir, Mnéster. Retírate ahora. Quiero descansar con Claudio. ¡Ah! Anuncia al pueblo que, con ocasión de los juegos que ofrezco en honor de mi lamentada y venerada madre, haré nuevas distribuciones de dinero.

Cuando Mnéster salió, Calígula volvió a dirigirse a Claudio.

—¿Qué te parece este vino?

—¡Excelente!

—Prueba también el salchichón. ¡Nosotros ya nos hemos regalado! Lo hemos comido degustando un vino viejo de ciento sesenta años que me ha ofrecido Pomponio Segundo. Parece ser que lo ha pagado a un precio exorbitante, pero no he conseguido saber la suma exacta.

A pesar de su hambre, Claudio sólo comía un poco por temor a atraer nuevas bromas de su sobrino. Calígula le observaba mientras mordía las rodajas de salchichón, dejando colgar negligentemente su pie calzado con un coturno de cuero dorado excesivamente adornado.

—Hablemos ahora de asuntos serios —dijo de pronto Calígula, mientras Claudio, a quien el hambre volvía cada vez más audaz, comenzaba a atracarse de nueces y salchichón—. He decidido que presidas los Juegos en honor de Agripina…

—Quieres que yo… —dijo Claudio, con un ataque de hipo mientras se tragaba una nuez transversalmente.

—Presidirás en mi lugar los juegos que doy en recuerdo de mi madre.

—Te burlas de mí, Calígula…

—En absoluto. Quiero que comiences a aparecer en público y asumas cargos de estado.

Esas palabras, dichas con firmeza, bastaron para persuadir a Claudio de que su sobrino no bromeaba. Se sintió invadido enseguida por sentimientos contradictorios. Sobre todo temía no ser capaz de mostrarse a la altura de las tareas que le iban a ser confiadas, lo que le colocaría en una situación todavía más penosa frente al emperador. Pero soñaba también que se le presentaba una ocasión de su revancha frente al destino, y de deshacer la desastrosa imagen de sí mismo que sus padres y Augusto habían impuesto al pueblo. Pues Augusto, aunque había reconocido su “nobleza de alma”, según su propia expresión, y la limpieza de su alocución cuando hablaba en público, se había abstenido de atribuirle el menor cargo, a excepción del de sacerdocio augural. Sin embargo, Claudio quería todavía asegurarse, aunque no fuera más que para comprobar la firmeza de las resoluciones del emperador:

—César, ¿me tomas por un asno rematado? Sabes que he sido obligado a renunciar a los honores y a la vida activa. ¡Hace tanto tiempo que paso mi vida en la ociosidad, tanto en mi villa de Campania como en mi casa de Roma! No se me ve más que rodeado de gentes a las que se considera abyectas, y que me han dado una fama de ebrio y gozador…

Calígula se incorporó en el lecho e hizo un gesto brusco de impaciencia:

—Sé todo eso, Claudio. Pero a pesar de ello, el pueblo te ama. Yo te he elegido, en este día, como los caballeros te eligieron para venir a honrarme en Campania después de la muerte de Tiberio. El propio Senado ha propuesto ya que te unas a los sacerdotes de Augusto y puedas dar tu consejo entre los cónsules. Tiberio mismo no te despreciaba como las otras personas de tu familia. ¿Acaso no te menciono entre sus herederos de tercera línea y no te recomendó al ejército, al senado y al pueblo antes de morir?

Claudio, cuyo asombro era tan fuerte que le había hecho olvidarse de comer, le dio la razón con la mano mientras sacudía la cabeza.

—Por eso vas a comenzar por presidir los juegos —siguió diciendo Calígula—. Quiero también que apacigües a los senadores que se quejan de sufrir nuevos gastos rivalizando por financiarlos. Igualmente, he decidido rehabilitar a mis hermanos Druso y Nerón, declarados enemigos públicos bajo Tiberio, y hacerles erigir estatuas. Vigila que ese trabajo se lleve a cabo correctamente. Tengo también la intención de confiarte la construcción de un acueducto en la región de Tibur, y la de un anfiteatro cerca del recinto electoral.

—No tendrás queja de mí, Calígula. Haré todo lo que esté en mi mano para satisfacerte, te lo juro, por la felicidad y prosperidad de Cayo César y sus hermanas.

—No lo dudo, Claudio. Termina de comer y, sobre todo, no te duermas. En adelante no te faltará trabajo. Demuestra que no me he equivocado al confiar en tu capacidad. Si lo hicieras, mandaría que mis esclavos te despertaran a golpes.