Mientras llega el perdón
Prólogo
Bobby Yazzie yacía en el suelo. Muerto. La sangre que manaba de dos heridas de bala cubría su camisa amarilla y manchaba la alfombra hecha a mano sobre la que estaba tumbado. Russ Lapahie estaba de pie, inmóvil, cubriendo parcialmente con su cuerpo a Jewel Begay, que esperaba en las sombras unos metros detrás. Si el asesino podía verla en la penumbra, seguramente no podría percibir nada aparte de que era una mujer. Russ la conminó a huir con un gesto de la mano.
Oyó el ruido de pies corriendo y la puerta de fuera que se cerraba con fuerza y lo invadió una sensación de alivio al darse cuenta de que la chica le había hecho caso. Pero el alivio no duró mucho. Al otro lado de la habitación, el asesino de Bobby achicó los ojos y apuntó de nuevo con el arma. La luz de la única lámpara encendida en la sala de estar del apartamento de Bobby cayó sobre el metal de la pistola, que brillaba como un diamante.
Russ había visto la cara del asesino y lo había reconocido. Era testigo del homicidio, y el asesino no podía dejarlo con vida. Si se movía, dispararía. Pero si no se movía... Parecía estar condenado hiciera lo que hiciera.
—Russ, ¿qué sucede? —sonó la voz de Eddie Whitehorn desde la puerta principal—. He visto salir a Jewel y subir al coche y... —se interrumpió al lado de Russ, al ver el cuerpo tumbado en el suelo de la sala.
Dos disparos cortaron el aire. Russ y Eddie se dejaron caer al suelo a cuatro patas. Dieron un salto y corrieron todo lo que les permitieron las piernas. La brisa nocturna envolvió sus cuerpos cálidos y sudorosos.
—¿Dónde está el coche? —gritó Russ para poder oír su voz por encima del estruendo que producía su corazón resonando en el interior de su cabeza.
—Jewel y Martina se han largado con él —Eddie se esforzaba por no quedarse atrás.
Los dos muchachos se escondieron jadeando detrás de un coche aparcado al otro lado de la calle. Se encendieron algunas luces en los porches. Se subieron persianas y se abrieron ventanas. Varios vecinos valientes salieron de sus casas.
—Tenemos que seguir corriendo —dijo Russ—. Hemos de salir de aquí antes de que venga por nosotros.
—Hay que llamar a la policía —repuso Eddie.
—Sí, claro. Y entonces preguntarán qué hacíamos en casa de Bobby Yazzi. Pensarán que hemos ido a comprar drogas. Y seguro que creen que lo hemos matado nosotros.
—Pero nosotros no...
—Hablaremos de eso más tarde —Russ tomó a Eddie por el brazo—. Te repito que tenemos que irnos antes de que venga por nosotros. Estoy en apuros. Ese tipo me ha visto. Sabe que puedo identificarlo.
Salieron de detrás del coche y corrieron entre un par de casas. Al cruzar, Russ vio a dos hombres en el porche de la casa más cercana. No se detuvo ni frenó el paso. Solo podía pensar en alejarse del tipo que había matado a Bobby. Era la primera vez que veía matar a alguien. Que veía la sangre abandonar un cuerpo en silencio hasta que se paraba el corazón.
No podía permitir que el asesino de Bobby lo encontrara. Y no podía llamar a la policía. Con su fama de adolescente delincuente, seguramente lo encerrarían sin pensárselo dos veces. Solo le quedaba una opción. Correr y esconderse. Y como otras personas habían visto a Eddie con él, los habían visto a los dos huir de la escena del crimen, eso implicaba que su mejor amigo estaba también en un lío. Si querían escapar de la policía y del asesino, tenían que permanecer juntos.
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