Muerte en el cepo
Capítulo 1
Georgette Heyer
Inspector Hannasyde - 1
ePub r1.0
smonarde 07.11.13
Título original: Death in the Stocks
Georgette Heyer, 1935
Traducción y notas: Gema Moral Bartolomé
Editor digital: smonarde
ePub base r1.0
1
Pasaba de la medianoche y la gente que vivía en las casas apiñadas en torno al triángulo del prado comunal llevaba ya un buen rato acostada y durmiendo. No había luz en ninguna ventana, pero la luna llena surcaba un cielo de color zafiro e iluminaba el pueblo con un resplandor mortecino, de una frialdad acerada. Árboles y casas arrojaban sombras grotescas, negras como el hollín; al claro de luna todos los objetos presentaban contornos claramente definidos pero sin color, por lo que incluso una vulgar hilera de surtidores de gasolina ofrecía un aspecto algo fantasmal.
En un extremo del prado había un coche aparcado; los faros despedían dos haces amarillentos y el motor ronroneaba suavemente. Una de las portezuelas estaba abierta. Algo se movió a la sombra del gran olmo que se alzaba junto al vehículo, un hombre apareció iluminado por la luna, miró a uno y otro lado como temiendo ser visto y, tras un momento de vacilación, se metió en el coche con premura y maniobró para dar la vuelta, rascando un poco las marchas. Echó una mirada al olmo, a algo que apenas se distinguía entre las sombras, y a continuación cambió de sentido y se alejó por la carretera de Londres. El ruido del motor fue apagándose lentamente; cerca de allí un perro ladró y luego se hizo el silencio.
La sombra del olmo se acortó a medida que la luna seguía su curso: su luz fantasmagórica pareció penetrar sigilosamente por debajo de las ramas del árbol y al poco iluminó unos pies calzados con zapatos de charol, metidos en los agujeros de un cepo. Dichos pies permanecían inmóviles y, cuando el resplandor fue ascendiendo lentamente, mostró la pechera de una camisa blanca.
Una hora más tarde, un ciclista giraba en la curva de la carretera junto a King’s Head. El agente Dickenson volvía a casa después de patrullar durante la noche. La luna alumbraba ya el cepo entero. El artilugio sujetaba a un caballero con traje de etiqueta, sentado y aparentemente dormido, con el cuerpo inclinado hacia delante y la cabeza sobre el pecho. El agente Dickenson pedaleaba silbando por lo bajo, pero se interrumpió de repente y la rueda delantera de su bicicleta viró con brusquedad. El cepo era un rasgo distintivo de Ashleigh Green, mas Dickenson no recordaba haber visto en su vida a alguien atrapado en él. Se llevó un buen susto. «Borracho como una cuba —pensó—. Parece que alguien se ha divertido contigo, muchacho».
Bajó de la bicicleta, la empujó hacia la hierba y la apoyó contra el olmo con cuidado. La figura del banco no se movió.
—¡Bueno, a ver, despierte, señor! —dijo el agente, amable pero en tono recriminatorio—. No puede pasarse la noche aquí, ¿sabe usted? —Puso la mano sobre un hombro y le dio una leve sacudida—. Venga conmigo, señor, estará mucho mejor en su casa, ya verá.
No hubo respuesta. El policía sacudió el hombro un poco más fuerte al tiempo que rodeaba al hombre con el brazo para auparlo. Seguía sin haber respuesta, pero el brazo que antes yacía sobre las rodillas de su dueño se movió y quedó colgando, rozando con la mano inerte los pantalones de Dickenson. Este se inclinó para mirar la cabeza caída y metió la mano en el bolsillo para sacar su linterna. Al encenderla se echó atrás con un respingo. A causa de las sacudidas, la figura del banco cayó hacia un lado con los pies sujetos aún en el cepo.
—¡Dios! —susurró el agente, notando de repente la boca completamente seca—. ¡Oh, Dios mío! —No quería volver a tocar la figura ni acercarse a ella, porque notaba algo pegajoso en la mano y era la primera vez que veía a un muerto.
Se agachó para limpiarse la mano frotándola contra la hierba, reprochándose ser un blandengue. Pero aquello lo había pillado por sorpresa y se le había revuelto el estómago. Cualquiera se habría mareado un poco; era como si a uno se le subiera el estómago a la garganta de repente. Respirando de manera entrecortada volvió a acercarse al hombre y lo enfocó con la linterna, al tiempo que con cautela tocaba una de las flácidas manos. No estaba fría exactamente, tampoco húmeda, como explicaban los libros, sólo un poco menos caliente de lo normal. Quizá habría preferido que estuviera helada. Aquel leve calor tenía algo de repugnante.
Se incorporó. Su tarea no consistía en imaginar cosas, sino en decidir qué debía hacerse en primer lugar. Desde luego el hombre estaba muerto; no serviría de nada quedarse junto al cadáver: lo mejor sería informar a la comisaría de Hanborough cuanto antes. Empujó la bicicleta hasta la carretera, montó y pedaleó velozmente hasta el otro extremo del prado, donde se hallaba la casa con las cursis cortinas de muselina y los pulcros arriates de flores, y un estrecho letrero colgado sobre la puerta que rezaba: «Policía del Condado».
Entró y se dirigió al teléfono, caminando con sigilo para que su mujer, que dormía arriba, no se despertara y lo llamara. Entonces tendría que contarle lo ocurrido, pero estaba embarazada de su primer hijo y no se encontraba demasiado bien.
Levantó el auricular, preguntándose si había obrado correctamente al dejar el cadáver en medio del pueblo. No le parecía demasiado decente.
Le respondió el sargento. A Dickenson le sorprendió oír su propia voz tan firme, pues en verdad estaba muy afectado, y no era de extrañar. Presentó su informe con la mayor naturalidad de que fue capaz y el sargento, mucho menos flemático, dijo primero:
—¿Qué? —Y luego—: ¿En el cepo? —Y finalmente—: A ver, ¿está seguro de que está muerto?
Dickenson estaba completamente seguro, y cuando mencionó la sangre y la herida en la espalda, el sargento dejó de proferir exclamaciones de incredulidad.
—De acuerdo —repuso sin más—. Vaya y asegúrese de que nadie toque ese cadáver. El inspector acudirá enseguida con una ambulancia.
—Un momento, sargento —replicó el agente, ansioso por transmitir toda la información posible—. No es un desconocido. He podido identificarlo: se trata del señor Vereker.
—¿El señor qué?
—Vereker. El caballero de Londres que compró Riverside Cottage. Ya sabe, sargento, de los que vienen los fines de semana.
—¡Ah! —dijo el otro con vaguedad—. No es del pueblo.
—Para ser exactos, no. Pero lo que no entiendo es cómo acabó sentado en el cepo a estas horas. Y vestido de etiqueta, además.
—Bueno, usted vuelva y vigile bien hasta que llegue el inspector —ordenó el sargento, y colgó.
Dickenson oyó el clic del auricular y lo lamentó, porque ahora que había tenido tiempo de recobrarse de la sorpresa inicial, veía varias cosas extrañas en el asesinato y le habría gustado comentarlas. Pero no podía hacer más que obedecer, así que colgó él también y salió de casa de puntillas para recoger la bicicleta, que había dejado apoyada contra la verja de hierro.
Cuando llegó al cepo, el muerto seguía en la misma posición. No había ningún indicio de que alguien hubiera estado allí en ese breve lapso, y tras inspeccionar un poco el terreno con la ayuda de la linterna por si encontraba alguna pista o huella, se apoyó contra el árbol y trató de resolver el misterio él solo mientras esperaba la llegada del inspector.
No tardó mucho en oír un coche a lo lejos, que al cabo de unos minutos se detuvo junto al prado. El inspector Jerrold se apeó ágilmente y se volvió para echar una mano a un hombre corpulento, que el agente reconoció como el doctor Hawke, el médico forense.
—Bueno —dijo el inspector con brío—. ¿Dónde está ese cadáver, Dickenson? ¡Oh! ¡Ah! —Se acercó al banco y paseó su linterna por la figura inmóvil—. ¡Mmm! Por lo que veo, no hay gran cosa de interés para usted, doctor. Apunte con los faros hacia aquí, Hill. Eso está mejor. ¿Estaba así cuando lo encontró?
—No, señor, no exactamente. Estaba sentado… bueno, sentado pero un poco inclinado hacia delante, ya me entiende. Creí que dormía. Al verlo con el traje de etiqueta y los pies en el cepo, pues pensé que había bebido más de la cuenta, así que me acerqué y le toqué el hombro para despertarlo. Le di dos sacudidas, y entonces me percaté de que había algo raro y noté que tenía la palma de la mano húmeda y pegajosa, así que encendí la linterna, y entonces, claro, vi que estaba muerto. Al sacudirlo fue cuando cayó de lado, como puede comprobar.
El inspector asintió con los ojos fijos en el médico, arrodillado detrás del cadáver.
—El sargento Hamlyn dice que lo ha identificado usted. ¿Quién es? No me suena su cara.
—Bueno, es normal, señor. Es el señor Vereker, de Riverside Cottage.
—¡Ah! —repuso el inspector con cierto desdén—. Uno de esos de fin de semana. ¿Alguna cosa fuera de lo normal, doctor?
—Tendré que practicarle la autopsia, por supuesto —rezongó el médico, levantándose pesadamente—. Pero parece un caso claro. Herida de cuchillo un poco por debajo del omóplato izquierdo. Es muy probable que la muerte haya sido instantánea.
El inspector lo observó unos instantes mientras examinaba el cadáver y luego preguntó:
—¿Se ha formado una opinión sobre la hora en que se cometió el crimen, señor?
—Diría que hace entre dos y cuatro horas —contestó el médico, y se irguió.
—Eso es todo por el momento, gracias. —El inspector se volvió hacia el agente Dickenson—. ¿Recuerda cómo estaba sentado el cadáver cuando lo encontró?
—Sí, señor.
—Bien. Vuelva a ponerlo así. ¿Tiene a punto ese flash, Thomson?
A Dickenson no le hacía mucha gracia la tarea que se le había encomendado, pero se acercó de inmediato al cadáver y lo devolvió a su posición inicial poniendo con cuidado un brazo sobre las rígidas piernas. El inspector lo observó en silencio y, cuando el agente se retiró por fin, hizo una seña al fotógrafo.
La ambulancia llegó mientras el fotógrafo terminaba su trabajo, y la ventana de una casa adyacente se iluminó. El inspector lanzó una mirada sagaz hacia el edificio.
—Bien —dijo con tono cortante—. Ahora ya pueden sacarlo de ahí. ¡Cuidado al tocar ese travesaño! A lo mejor podemos sacar alguna huella.
Levantaron el travesaño del cepo, sacaron el cadáver y lo llevaron a la ambulancia, justo cuando alguien abría la ventana y asomaba una despeinada cabeza.
—¿Qué ocurre? ¿Ha habido un accidente? ¿Hay algún herido?
—Sólo un accidente leve, señora Duke —contestó el agente Dickenson—. No se preocupe.
La cabeza desapareció, pero se oyó la voz conminando a un tal Horace a levantarse deprisa porque fuera estaba la policía con una ambulancia y todo.
—Conociendo a los del pueblo, tendremos a un montón de entrometidos rondando por aquí en menos de diez minutos —declaró el inspector con una débil sonrisa adusta—. Bien, ustedes, al depósito. Bueno, Dickenson, oigamos su informe. ¿Cuándo ha descubierto el cadáver?
—Pues calculo que sobre las dos menos diez, señor. Eran las dos cuando llamé a comisaría. Volvía de patrullar.
—¿No ha visto a nadie por aquí? ¿Ningún coche? ¿No ha oído nada?
—No, señor. Nada.
—Y el hombre este, ¿cómo se llamaba? Vereker, sí. ¿Estaba actualmente en Riverside Cottage?
—No que yo sepa, señor. Claro que no solía venir durante la semana. Siendo sábado, supongo que iría de camino a Riverside Cottage. La señora Beaton lo sabrá. Lo normal es que haya recibido instrucciones para preparar la casa.
—¿No vive en ella?
—No, señor. Vive en Pennyfarthing Row, a unos minutos del Cottage. Se encarga de la limpieza y de comprar leche, huevos y demás cuando él viene. Según me contó, Vereker a menudo llega el sábado por la noche. Sé que a veces se trae al ayuda de cámara, pero también acude solo a menudo. —Hizo una pausa y se corrigió—. Cuando digo solo, me refiero a que no trae a ningún sirviente.
—En suma, ¿qué trata de decirnos exactamente? —preguntó el médico.
—Bueno, señor, a veces viene con amigos. —Dickenson carraspeó—. La mayoría de las veces se trata de mujeres, según tengo entendido.
—¿La esposa? ¿Una hermana? —interrumpió el inspector.
—¡Oh, no, señor! Nada de eso —contestó el agente, algo escandalizado.
—¡Ah, esa clase de mujeres! Lo mejor será que a primera hora de la mañana vayamos a Riverside Cottage y veamos qué sacamos de allí. Aquí no hay nada. El terreno está demasiado seco para encontrar pisadas. Si ya ha terminado, nos vamos, doctor. Mañana me entrega usted el informe, ¿de acuerdo, Dickenson? Ahora ya puede irse a la cama. —Se dirigió al coche con el médico. El agente Dickenson le oyó decir con su cáustico estilo—: Me parece que tenemos un caso para Scotland Yard. No nos compete. Que vengan los de Londres. Y bien fácil lo tendrán, si consiguen echarle el guante a la mujer.
—Desde luego —convino el doctor, reprimiendo un bostezo—. Si es que había una mujer con él.