Muertos de papel

Alicia Gimenez Bartlett · Capítulo 1 de 10

Páginas del PDF

Muertos de papel

Muertos de papel

Alicia Giménez Bartlett

Muertos de papel

Petra Delicado - 4

ePUB v1.0

RufusFire 13.02.12

OceanofPDF.com

1

Aquella mañana estaba melancólica. Los nubarrones que habían poblado el cielo durante las últimas horas, parecía que iban a estallar. La humedad apelmazaba mechones de mi pelo. De pronto, tuve una funesta y vivida percepción del efecto que sin duda producía en los demás: una cuarentona que se enfrenta a la jornada de trabajo sin ningún recuerdo memorable del día anterior. Suspiré. ¿Por qué me preocupaba tanto en aquellos momentos la imagen que pudiera proyectar en las mentes ajenas? Habitualmente no suelo pensar demasiado en ese particular, acaba siendo aburrido, incluso enloquecedor. En el fondo todos somos una mezcla variable de la realidad y de cómo nos gustaría ser. Somos... un compendio de estados de ánimo y estados de salud, una amalgama de genética y biografía, de sensibilidad emocional y nutrición. Nunca será igual un sueco que desayuna smogebort que un valenciano ahíto de paella. Ni podrá compararse la mirada de una mujer de larga experiencia con la de una chica que acabe de salir del cascarón. Ni daría el mismo perfil caracterológico una hipotética hija de Mae West que otra de Teresa de Calcuta, más hipotética aún.

El tema de mis disertaciones mentales empezaba a resultar mosqueante.

¿Por qué, puesta a filosofar en una crisis de melancolía, quizá únicamente meteorológica, no buscaba un objetivo de más alcance intelectual? Siempre me he preciado de no ser demasiado estúpida y de estar lo suficientemente inquieta por el destino del género humano, como para quedarme encerrada en una cuestión tan superficial. Pero aquella mañana cualquier

razonamiento de altura estaba destinado a zozobrar. En mis circunvoluciones cerebrales había un solo bólido en competición dando vueltas al circuito sin descanso: el triste concepto que el prójimo pudiera elaborar con respecto a mí.

Únicamente después de pasado un tiempo me di cuenta de que se trataba de una premonición. Se me representó entonces la idea con toda claridad, y sentí deseos de proclamar a los cuatro vientos que de todo lo que estaba sucediendo yo había tenido un atisbo inicial. Pero nada hay más inútil que reivindicar el papel de Casandra por parte de una mujer. La gente está acostumbrada a que las mujeres pronostiquemos los problemas con mucha anticipación, y se cansa de escuchar, de cotejar las predicciones con lo que pasa después. Reconozco que es pesado andar siempre previendo las cosas malas. Admito también que los pálpitos tienen poca base científica y cuentan con escasa bibliografía a su favor, pero empíricamente están demostrados. No puedo encontrar otra explicación a que mi tendencia de aquella mañana melancólica se viera respaldada poco más tarde por un caso sin duda muy poco corriente. Un caso en el que la imagen, el aspecto, la influencia en los otros y la consideración pública de un personaje eran el centro de la cuestión. Un caso de asesinato que levantó más polvareda que una caravana de tuaregs en el desierto.

Garzón interrumpió mis meditaciones sin mucho miramiento. Entró en el despacho y cuando me descubrió mirando por la ventana, soltó un mugido que podía significar cualquier cosa. Hacía tiempo que no trabajábamos juntos, pero siempre se las ingeniaba para venir a consultar algún archivo a mi reducto. Eso servía de excusa para pequeñas charlas intrascendentes y a veces constituía la oportunidad de tomar juntos un café.

Ya digo que aquel día había amanecido opaco y tormentoso, encapotando los caracteres con una sombra de mal humor. Al ver que mi colega era también víctima del clima, intenté contrarrestar el efecto con amabilidad.

—¿Cómo está hoy, Fermín?

—De pena —masculló—. Me duele la cabeza.

—¿Ha probado con un analgésico?

—Sí —soltó desabridamente.

—¿Y...?

—Si digo que me duele la cabeza será porque no me ha hecho efecto,

¿no?

Más que de simple nublado, su ánimo parecía de auténtico temporal.

Cansada de ser simpática sin motivo le espeté:

—¿Qué me dice de una trepanación de cráneo, cree que podría funcionar?

Cerró de sopetón el cajón en el que estaba hurgando y se volvió hacia mí.

—Es usted muy graciosa, inspectora. Es más, desde que nos conocemos, eso es lo más divertido que le he oído decir. Pero quizá le apetezca saber que no hay muchas razones para mostrarse chistoso.

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—Acaban de encargarnos un caso de rebote.

—¿Cómo?

—Lo que oye. Dentro de una hora nos espera el comisario en su despacho para una reunión. Pero los rumores corren más que los regueros de pólvora, y yo ya sé de qué vamos a tratar.

—Del caso de rebote.

—En efecto.

—¿Y desde dónde rebota el tal caso?

—Desde el inspector Moliner y su ayudante el subinspector Rodríguez.

Silbé. Moliner y Rodríguez tenían fama de llevar los asuntos peliagudos, aquellos en los que era necesaria una buena dosis de diplomacia y otra aún mayor de prudencia. Digamos que se ocupaban de cualquier delito que presentara una vertiente pública cuyo eco pudiera revertir en los medios de comunicación.

—¿Y por qué los han rebotado, si llega hasta ahí la rumorología?

—Porque otro caso ha requerido sus servicios. Uno del que, por lo visto, sí está auténticamente prohibido hablar.

—Razón de más para que los rumores hayan sido completos.

—A más no poder. Lo que dicen es que ha aparecido asesinada una elegante joven de la que todos los indicios proclaman que era la amante de

alguien importante.

—¡Joder!

—Usted comprenderá que ese caso les haya sido encomendado a Moliner y Rodríguez, mientras que el que llevaban entre manos nos pase por herencia a usted y a mí.

—Tampoco estará mal si lo llevaban ellos, lo más granado de la profesión. ¿De qué se trata?

—No lo sé.

—¡Estupendo! Desconoce usted lo único que seguramente le estaba permitido saber.

—Los rumores nunca abarcan lo que puede contarse sin más misterio.

—¿Desde cuándo lo llevaban?

—Tan sólo un par de días.

—Entonces no comprendo por qué la herencia le incomoda tanto. Aún estaremos a tiempo de gestionarlo a nuestra manera.

—Sí, pero ya sabe que me molesta hacerme cargo de asuntos sobre los que otros han tenido derechos.

—A eso se le llama el síndrome de la virginidad, y es propio de gente con muchos prejuicios, digamos de... hombres obsoletos.

Mi propósito era hacer rabiar a Garzón, pero entendía muy bien sus aprensiones. No haber estado presente en los prolegómenos de un caso complica a menudo las tareas. Quizá se tratara sólo de una sensación, pero iniciada la investigación desde unos parámetros, costaba mucho plantearse si eran los mejores, y resultaba aún más complejo, casi imposible, volver al punto cero y reiniciar desde otra óptica el trabajo. Alguien argumentará que el policial no es un oficio de creación, de modo que muy probablemente sólo existe un camino por el que transitar: aquel que marcan las pruebas.

Sin embargo, eso sería como admitir que todos los detectives somos iguales, y que no existe en nuestra metodología ni un solo gramo de personalidad. ¿Podía yo permitirme un pensamiento tan poco estimulante al iniciar un caso, en un día tan melancólico como aquél y encima con el pelo apelmazado por la humedad? Ni pensarlo. Mientras nos encaminábamos al despacho de Coronas quise creer que íbamos a poner en aquel próximo caso

la firma del artista, la marca del diseñador, al menos el distintivo de los buenos artesanos. Y no me equivoqué. Puestos a no mentir, incluso grabamos nuestras iniciales a fuego en un caso que, si no gloria, al menos nos proporcionó notoriedad en el servicio. Mucha más de la que hubiéramos querido.

—¿Ustedes saben lo que es un hijoputa? —inquirió el comisario Coronas como toda presentación del asunto.

Al tiempo que Garzón contestaba sin fisuras «Desde luego que sí», yo inicié una perorata de resultados inciertos.

—Hombre, pues no sé. En realidad es curioso que los mayores insultos dirigidos a los hombres acaben también cayendo sobre la cabeza de una mujer. Porque ya me dirá, comisario, si porque un tío sea malvado o cabrón hay que cargárselo también a su madre.

Coronas elevó una mano para que parara mi carro dialéctico.

—No saquemos la cosa del contexto, Petra, tómelo como si fuera una simple expresión. ¿Sabe usted lo que es un hijoputa?

—Sí.

—Pues ahí voy. Es el asesinato de un hijoputa lo que tienen que investigar. Apareció hace dos días muerto en su propia casa de un disparo.

Y según el informe de la autopsia, fue degollado después. Un caso de ensañamiento singular.

—Así suelen morir los hijoputas —sentenció el subinspector.

Una vez más, aunque no me pareció oportuno confesarlo, estaba en desacuerdo con lo dicho. Es público y notorio que no siempre los hijoputas mueren como deberían morir. Incluso tengo observado que los auténticos hijoputas de raza presentan una tendencia alarmante a la supervivencia contra viento y marea, incluso me atrevería a decir a la longevidad.

—Se lo cargaron a las doce de la noche, y utilizaron el viejo truco del falso repartidor de pizzas para entrar en su piso. Un trabajo muy limpio, dentro de lo que cabe. Mínimos indicios de lucha, aunque el tipo se resistió, con resultado de una lámpara y un vaso por el suelo. Poco más. Ni una huella. Sin pistas que hayan podido aparecer aún. Hay un testimonio poco concluyente. Una vecina vio salir del portal a un hombre bien vestido que

se alejó corriendo. Se reconoce incapaz de identificarlo porque vive en un cuarto piso y no tenía buena visibilidad. Un caso para gente muy competente, señores, y no exenta de imaginación y experiencia.

—Como Moliner y Rodríguez —apuntó Garzón con malicia.

—Ellos ya tienen otras cosas que hacer —contraatacó el comisario sin cortarse—. Pero si este caso les parece poco para su pedigrí, siempre puedo proponerles para una reyerta callejera entre borrachos que ha quedado sin aclaración.

—No, comisario, no me malinterprete. Me refería a que, personalmente, espero estar a la altura de tan buenos precedentes. Y supongo que a la inspectora Delicado le ocurre exactamente igual.

—Cualquier cosa que piensen sobre sus antecesores, prefiero que se lo digan de viva voz. Les esperan ahora mismo en el despacho de al lado para pasarles los trastos de matar.

Una metáfora muy poco afortunada tratándose de un crimen, como tampoco había sido agradable la indirecta de Garzón. En especial porque nuestros compañeros Moliner y Rodríguez no eran jactanciosos con su condición de detectives estrella de la comisaría. Y si se daban alguna importancia, este hecho quedaba explicado por su condición de policías auténticos. ¿Qué quiero decir con eso, que Garzón y yo somos polis de pega? No, pero algo me mueve a considerarnos como personas normales que, en sus horarios de trabajo, ejercen una profesión sin ir más allá. No así Moliner y Rodríguez, cuyo barro el día de la Creación fue sin duda insuflado con el aliento de lo policial. Nadie como ellos lleva la americana entre caída y marcial, ni nadie tantea con más estilo a los sospechosos infundiendo respeto con sólo su aparición. Y en cuanto a léxico y argot, mil veces me he preguntado qué determina que su jerga, que también utilizo yo, suene en sus labios como en los de un Humphrey Bogart en una consumada interpretación. Ni aun intentándolo con denuedo, obtengo yo los mismos resultados. Pero así es, y si hubiera que conservar dos policías de platino iridiado en el Museo de Sèvres para servir de patrón, ésos serían Moliner y Rodríguez y, si Noé hubiera incluido profesiones humanas además de

especies animales en su Arca, Moliner y Rodríguez hubieran sido salvados de las aguas en el apartado policial.

—¿Así que un hijoputa, eso os ha dicho Coronas? —rió el inspector Moliner al comienzo de la reunión—. Pues no anda muy desencaminado, la verdad. ¿Vosotros qué opináis?

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin entender ni una sola palabra.

—Pero si al muerto lo conocéis, ¡seguro que lo conocéis! Se trata de Ernesto Valdés.

—¡No! —dijo Garzón como si la sorpresa le atenazara el alma.

—¡Sí! —soltó Rodríguez encantado de haber ofrecido la primicia.

—¿Y cómo es que aún no se han hecho eco los medios de comunicación?

—¡Hombre, Fermín, sabes que contamos con recursos para demorar un poco la cosa! Pero la bomba no tardará en estallar. Lo cual lamento por vosotros puesto que...

Atajé con maleducada vehemencia.

—Un momento, un momento, ¿se supone que los tres conocéis al tal Ernesto Valdés?

Todos los ojos se fijaron en mí preguntándose quién había colado a una extraterrestre en aquella asamblea. Moliner tomó la iniciativa.

—Bueno, Petra, ya sabes, Ernesto Valdés, el periodista number one de la prensa del corazón.

—Pues no, no sé —objeté con la tranquilidad de espíritu que proporciona no estar ignorando a un filósofo trascendental.

Rodríguez se puso zumbón:

—¿Usted ve la tele alguna vez, o lee los periódicos... quizá ojea alguna revista en el salón de su peluquero?

—Ella sólo lee libros sesudos y escucha a Chopin —colaboró en la rechifla Garzón.

Moliner interrumpió el cachondeo incipiente de nuestros subalternos seguramente en honor a mi puesto y condición.

—Nos extraña que no lo conozcas porque sobre Ernesto Valdés se puede tener noticia no sólo a través de la prensa rosa. Es uno de esos

periodistas agresivos y salvajes cuyos programas o artículos a menudo vienen comentados en todos los medios. Siempre trata temas escandalosos: bodas secretas, divorcios, líos de famosos, ya sabes por dónde voy.

—¿Es ese tipo que prácticamente insulta a la gente que entrevista?

—Ése es. Trabaja en televisión y en un par de revistas.

—¿Con qué le dispararon? —preguntó el subinspector.

—Con una semiautomática de nueve milímetros. Un tiro muy preciso en la sien que hace pensar en un profesional.

—¿Un sicario se hubiera entretenido en degollarlo?

—A veces se hacen encargos complicados.

—¿Le disparó primero?

—Eso parece indicar la autopsia.

—Entonces corrió un riesgo quedándose allí un rato más para rematarlo con arma blanca.

—Si alguien le pagó para que llevara a cabo una venganza...

—¿Ésa es vuestra hipótesis?

—Si he de serte sincero, no tenemos hipótesis aún, aunque el club de damnificados de ese tipo es amplísimo. Una venganza no sería impensable.

—Me lo puedo imaginar.

—Quizá te quedes corta. Ha sacado reportajes sin permiso. Ha publicado fotos comprometedoras. Se ha metido en intimidades de toda clase. Era un hombre... ¿cómo decirlo?, un tanto amoral en el ejercicio de su profesión.

—Me gusta más la definición del comisario —dijo Rodríguez.

—Pero ningún crimen está jamás justificado —concluyó Moliner sonriendo con ironía.

—¿Cómo describió el testigo al hombre que vio huir?

—Alto, bien vestido, de complexión atlética y zancada firme. No pudo añadir nada con más concreción; por lo tanto hay que ser cautelosos y tomar el testimonio de modo muy relativo.

—¿En qué punto de la investigación estáis?

—En punto muerto. Hemos recopilado los datos de la autopsia, los de balística y la declaración del hipotético testigo. Es ahora cuando hay que

empezar.

—¿Y el entorno de la víctima?

—Vivía solo. Estaba divorciado desde hace siete años. Tiene una hija de diecisiete que se quedó con su ex mujer. No se le conocen amistades íntimas ni casi amistades superficiales. Estaba completamente entregado al trabajo.

—¿Habéis interrogado a la ex mujer?

—Aún no.

—¿Tus sospechas se inclinan más hacia su mundo profesional?

—Me temo que sí, lo cual lo convierte en algo muy complicado. De manera que, ¡bienvenidos a la vida de la lentejuela y el glamour! ¿Tienes vestidos de noche, Petra?

—Siempre duermo con pijama.

—¿Y usted, Fermín, cuenta su vestuario con un esmoquin?

—No, hace tiempo que dejé de fumar.

Rió de buena gana. Daba la impresión de que estaban librándose de algo, pasándonos un muerto, con toda propiedad. Aunque no me atrevía a opinar sobre si el caso era una mala o una buena herencia. Me parecía pronto aún. Estábamos a tiempo de que sucedieran cosas: aparición de nuevos testigos, chivatazos de última hora... El tercer día tras un asesinato es todavía un cuaderno en blanco sobre el que se puede escribir. Tampoco les envidiaba su suerte a Moliner y Rodríguez. Su víctima había aparecido muerta una semana atrás; pero cuando se tuvieron indicios de que era la amiguita de alguien importante, le quitaron el caso a otros dos y se lo pasaron a Moliner. Un rebote más.

—¿Qué le parece? —me adivinó el pensamiento Garzón cuando estuvimos solos.

—Nada en particular. Me parece que hay que ponerse en marcha.

—¿Una visita de cortesía para empezar?

—Aunque sea sin invitación.

Las pocas veces que había visto a Valdés en televisión se me antojó un tipo de aspecto zafio. Tan imbuida me encontraba de su talante espiritual, que segregar lo físico objetivamente me resultaba poco menos que

imposible. Lo recordaba de modo nebuloso: ojos de comadreja, nariz algo ganchuda, bigotillo poco poblado y una boca de vieja rural que no paraba de espumarajear maldades. Era sin duda vomitivo. Por eso la muerte no le sentaba del todo mal. Lo había dignificado. En su cajón del depósito, emergiendo de la funda plástica como una crisálida dentro de su capullo, tenía una apariencia incluso humana. Apreciamos con claridad el orificio de la bala en la sien izquierda y el tajo del degüello que los médicos habían recompuesto con destreza. Su rostro exangüe no expresaba nada.

—Al fin está callado —comentó Fermín.

—Para sécula seculórum.

—La pregunta es, ¿se lo han cargado para que callara?

—Hay otra pregunta para contraponerla a la suya: ¿o se lo han cargado por haber hablado demasiado?

—Cierto, la precisión del disparo nos llevaría a pensar en un trabajo de disuasión: si está muerto, no hablará. Pero la brutalidad del degüello señala una venganza.

—Dos caminos posibles, Fermín. Aunque tampoco me atrevo a descartar el ámbito privado.

—No debe hacerse jamás.

—¿Cree que este tipo se opondría a que inspeccionáramos su casa?

—Me han dicho que no queda gran cosa allí. Los pocos papeles que conservaba en un escritorio los llevó Rodríguez a comisaría, y el muy cabrito no usaba ordenador.

—Da igual. Quiero ver cómo vivía. ¿Lleva consigo el informe de Moliner y Rodríguez?

—Aquí lo tengo.

—Bien, pues vamos a contrastarlo con la realidad.

Puede que me encuentre más cercana a los tópicos de lo que estoy dispuesta a confesar, pero lo cierto es que esperaba encontrar otra cosa cuando entramos en el precintado apartamento de Valdés. No sé cómo expresarlo exactamente, pero mi imagen preconcebida fluctuaba entre un decorado de novela negra americana y la cutrez de un patio de vecinos.

Grave error. La guarida de aquella alimaña informativa estaba decorada con

primor de recién casada. Cortinas con estampado a juego con el diván, paredes color crema, alfombras discretas, lazos enormes en las fundas de las sillas, y borlones de seda colgando por todas partes. Si el aserto «una casa habla sobre la personalidad de su dueño» tiene el más ligero viso de verdad, allí había algo fuera de tono. O bien aquélla no era la casa de Ernesto Valdés, o el encartado poseía unas entretelas muy distintas de su apariencia exterior.

—¿Qué opina sobre esta decoración?

Garzón se encogió de hombros y dijo desganado:

—Es cursi, ¿no cree?

—Demasiado para ser verosímil. Además, todo es absolutamente nuevo.

Como si acabaran de montarlo.

—¿Es eso importante?

—Puede ser indicativo de un cambio en la vida de Valdés.

Mi compañero me miró completamente escéptico. Lo interrogué.

—¿Usted en qué circunstancias cambiaría las cortinas de su casa, Fermín?

—No las he cambiado nunca. Aún tengo las que usted me aconsejó que colocara cuando alquilé mi piso.

—Bien, pero abstrayéndose de su caso concreto, ¿cuándo las cambiaría?

Se quedó pensando un rato como si aquella simple cuestión fuera más complicada que el álgebra.

—Pues... —farfulló por fin—, pues las cambiaría si las anteriores hubieran sido atacadas por la polilla.

—¡Es usted imposible, Fermín!

—¿Por qué?

—¡Porque sí, porque ya no existen polillas que ataquen como escuadrones de la muerte y porque no es eso lo que debía contestar! Aunque de todas maneras también me sirve su respuesta. Usted cambiaría las cortinas sólo en un caso de urgencia mayor, ¿no es eso?

—Supongo que sí.

—Y toda la decoración de la casa sólo la cambiaría si hubiera habido un terremoto.

—No sé adónde quiere ir a parar.

—A que debió de existir una razón poderosa para que un hombre divorciado y metido hasta los ojos en un trabajo absorbente se decidiera a llenar de lindezas su salón.

—¿Una mujer?

—Por ejemplo, una mujer con la que planeara vivir. ¿Qué piensa de mi hipótesis?

—Que a mí no se me hubiera ocurrido planteármela en mil años.

—E incluso está convencido de que yo no debería plantearla en otros mil.

—Sinceramente, inspectora, a mí eso de seguir una vía de investigación porque a un tipo se le ha ocurrido cambiarse los muebles me parece cuando menos... frivolón.

—¡Cierto!, pero usted olvida que si bien la frivolidad no es la esencia de las cosas, muchas veces es su motor. ¿Me entiende?

—Desde que me he enterado de que las polillas son otra especie en extinción soy incapaz de pensar.

—¿Sabe lo que significa polilla en Perú?

—¡Tenga piedad, inspectora!, ¿podríamos volver al meollo de la cuestión?

Mientras salíamos del apartamento e íbamos a comisaría, seguí jugando un rato a la mujer sabia de Molière, sobre todo para fastidiar a Garzón. Me gustaba tocarle un poco las narices de vez en cuando. De lo contrario, habríamos encontrado un punto de entendimiento tan bueno que no discutiríamos jamás y se habría aburrido. Además él me lo consentía y eso me gustaba muchísimo. No hay mayor éxito de seducción para una mujer que cualquier hombre, ya sea padre, amigo, marido o compañero, aguante sus ironías e incluso encuentre en ellas un cierto placer.

Los papeles de Valdés sacados de su apartamento estaban en efecto sobre la mesa de mi despacho, formando parte de un más o menos abultado dossier. Una inspección detallada de los mismos nos puso entre las manos el material habitual de un ciudadano corriente: facturas, seguros, recibos y justificantes del banco, declaraciones de Hacienda de años anteriores,

títulos de crédito, documentos legales... Nada parecía extraño o relevante.

Moliner y Rodríguez ya habían realizado un estudio exhaustivo de sus llamadas telefónicas. Todo normal: contactos con sus dos centros de trabajo, televisión y revistas, peticiones de comida preparada, alguna llamada a casa de su ex mujer... Ellos no habían resaltado nada que pudiera ponernos sobre aviso. Tampoco de las cuentas del banco emergían sospechas. Eran saneadas y constantes. Según las notas que figuraban con letra de Moliner, se habían contrastado las cantidades ingresadas con los sueldos que Valdés percibía en todos sus empleos, y coincidían. ¿Un ciudadano ejemplar? La mayor parte de la gente lo es, no se podía sacar de eso conclusiones precipitadas.

Siguiendo con mi frívolo sentido de la investigación busqué entre las facturas algunas que correspondieran a una tienda de muebles o artículos para el hogar. No fue eso exactamente lo que hallé, pero sí el recibo de un decorador: «Juan Mallofré. Estilista y diseñador. Proyectos de decoración integral.» Valdés le debía tres millones. Su estudio estaba situado en la Bonanova. Le pedí a Garzón, aún escéptico, que comprobara en las salidas de la cuenta la cantidad que Valdés aparentemente había pagado tan sólo hacía un mes al decorador. Mientras él ejercitaba la obediencia debida, yo abrí un sobre en cuyo interior se encontraba algo que había sido catalogado por nuestros antecesores como documento importante: la agenda de Valdés.

Pero el hecho de que nadie se la hubiera llevado del apartamento, o mejor dicho, de que el asesino no se la hubiera llevado, parecía demostrar que no íbamos a encontrar el móvil del crimen entre aquellas páginas cargadas de nombres y números de teléfono escritos con letra pequeñísima.

Cuando Garzón volvió se lo comenté y él dedujo enseguida:

—O sea que no lo habría matado alguien que pretendiera impedir la difusión de una información, sino que cobraría fuerza la hipótesis de la venganza. A no ser que el asesino supiera perfectamente que en esa agenda no había nada que pudiera comprometerlo.

—¿Qué puede haber de interesante en la agenda de un tipo que ni siquiera tiene ordenador para garantizar la confidencialidad de todo cuanto hace?

—Recuerde que puede ser un sicario, y los sicarios son muy brutos.

Quizá le ordenaron una venganza y ya no se fijó en nada más. ¿Y si esa agenda estuviera repleta de información crucial?

—Lo dudo, pero dígame, ¿cómo anda su conocimiento del mundo de los asesinos profesionales, subinspector?

Chistó sin mucha fe.

—No es mi especialidad. Oiga inspectora, aquí no está.

—¿Cómo?

—Valdés no sacó tres millones del banco en el último mes, ni firmó ningún cheque por esa cantidad, ni a nombre de Mallofré ni tampoco al portador.

—Eso es interesante, ¿no cree?

—Quizá lo dejó a deber.

—Habrá que averiguarlo. De momento, vámonos.

—¿Adónde?

—A ver a su ex esposa.

—¿Cree que estará compungida por el asesinato?

—¿Lo estaría usted?

—Creo que no. Si yo fuera la ex esposa de Valdés brindaría con champán.

—No esté tan seguro, ¿ha visto cuánto le pasaba al mes como pensión?

—Mucho. ¡Hay que joderse!, ¿cómo es posible que ese tipo ganara tanta pasta por remover en el fango?

—Ahí es donde se encuentran las pepitas de oro, ¿no?

—¡Deben de encontrarse en cualquier parte, menos en una comisaría!

¿Puede usted gastarse tres millones del ala en renovar el mobiliario de su salón?

—¡Ni aunque me hubiera atacado furibundamente todo un ejército de polillas embravecidas!

Me miró con mala cara, pero cuando me eché a reír, él también rió.

La ex esposa de Valdés vivía en San Cugat, en una casa con jardín perteneciente a una lujosa urbanización. Dos perros labradores nos

chupetearon las manos al entrar. La mujer era alta, atractiva, con una mueca de sufrimiento o mal humor ya dibujada para siempre en su semblante. Sin embargo, no fue desagradable. Parecía que esperaba nuestra presencia en su casa, que la juzgaba un incordio difícil de evitar. Nos miraba con indiferencia total, sin ningún rastro de curiosidad en sus ojos.

El salón donde nos recibió estaba decorado con los detalles del lujo convencional. Nos ofreció café y se sentó junto a nosotros más dispuesta a escuchar que a hablar. Ya habíamos comprobado con anticipación que la heredera de todos los bienes de Valdés, no demasiado abundantes por otra parte, era la hija de ambos, Raquel. Ningún seguro de vida beneficiaba a la joven, por lo que no parecía necesario, pues, incidir sobre ese tipo de preguntas. Aquella mujer no se presentaba en principio como sospechosa económica que hubiera podido sacar beneficio directo de la muerte. ¿Lo odiaba quizá, la relación entre ambos después del divorcio se había hecho insostenible por alguna razón, la acosaba Valdés? Sonrió con profundo desdén ante mi batería de preguntas.

—No, Ernesto nunca me acosó. Se portaba bien.

Encendió un cigarrillo mientras Garzón y yo esperábamos que añadiera algo más. Pero había acabado la frase y volvió a sonreír, una sonrisa mecánica, inexpresiva, profesional. Deduje que, si trabajaba en algo, una de sus obligaciones laborales consistía en sonreír.

—¿Trabaja usted, Marta?

—Sí. Soy relaciones públicas de una tienda de joyas.

—Y sin embargo, su ex esposo nunca dejó de enviarle una pensión de alimentos.

—Era para mi hija. Al principio de nuestro divorcio figuraba mi nombre como beneficiaria en el banco porque la niña era menor de edad. Más tarde no se cambió, quizá por descuido, pero era mi hija quien recibía el dinero.

Volvió a hacerse un silencio que a ella aparentemente no la violentaba.

—¿Tuvo alguna dificultad con el señor Valdés en todos estos años?

—No, ya le he dicho que se portaba bien.

—¿Qué quiere decir?

—Pagaba, llamaba de vez en cuando para preguntar por la chica... No nos separamos con odio. La cosa se acabó sin tragedias. La verdad es que...

—¿Qué?

—Entiendo menos por qué me casé con él que por qué nos separamos.

Hubiéramos podido seguir mucho tiempo tal como estábamos.

—¿Puedo preguntar qué sucedió?

Sopló como quitando importancia de antemano a su respuesta.

—Mire, no sé, él se fue metiendo más y más en su trabajo... además...

bueno, quizá les parezca una barbaridad lo que voy a decir, pero lo cierto es que no pertenecíamos a la misma clase social. Mi padre era notario, el suyo barbero. Al principio esas cosas parece que no tienen importancia, pero después...

Imaginé lo que estaría pensando Garzón.

—Pero no hubo animadversión entre ustedes.

—No, los pecados de juventud deben ser considerados como eso, como pecados de juventud.

Garzón intervino, en un tono tan neutral como el que ella estaba utilizando.

—¿Estaba usted informada del día a día de la vida de su ex esposo?

Negó con la cabeza, haciendo que su cabello surcado por mechas de color artificial se moviera de modo ondulante.

—Prefería no saber demasiado. Ya lo veía alguna vez por televisión.

—¿Sabe quizá por algún comentario de su hija si Ernesto Valdés estaba metido en líos o si frecuentaba a alguien distinto en los últimos tiempos?

—No, no tengo ni idea. Ernesto veía muy poco a nuestra hija. No sé nada de la gente que frecuentaba.

—¿Su hija está en casa?

Por primera vez vi que su rictus amargo o airado se acentuaba.

—No, no está. He preferido que siguiera yendo a clase como si todo fuera normal.

—Tendremos que hablar con ella.

Cruzó y descruzó las piernas embutidas en un pantalón negro de terciopelo. Observé sus botines de reluciente y hermosa piel cobriza.

—Sí, ya me lo imagino. Está afectada, al fin y al cabo han matado a su padre.

—Pero es imprescindible.

—Bueno, vuelvan mañana.

Nos acompañó hasta la puerta con la misma impasibilidad con la que lo hacía todo. Pensé que quizá el rictus impreso en su cara era sólo de aburrimiento. También contribuyó a ese pensamiento la asepsia del vecindario. Algunas mamás jóvenes paseaban a sus retoños en carritos, o bajaban las compras del coche. Imaginé la vida de cualquiera de aquellas mujeres en lo que no dejaba de ser un lujoso barrio dormitorio. La ausencia prolongada de los maridos, la uniformidad de la gente. Largas mañanas sólo punteadas por alguna taza de café. Tardes de sol declinante, la vuelta a casa con los niños desde el colegio... la televisión...

—No parece el tipo de mujer que comete un crimen pasional, ¿verdad?

—apuntó Garzón de vuelta al coche.

—Si alguna vez ha conocido la pasión, ya debe haberse olvidado de ella.

—¿Qué vería en un tipo como Valdés?

—Mi querido Fermín, el tiempo pasa y no sólo produce heridas sino también metamorfosis.

—Deje de hablarme usando filosofías. ¿Qué coño quiere decir con eso?

—Pues que seguramente cuando se conocieron Valdés era un aguerrido periodista recién titulado, loco por la revolución de los Claveles.

—Ya, y ella era una hija de notario llena de romanticismo.

—Algo así.

—Y de todo eso sólo queda que ella sigue siendo la hija de un notario.

—También queda el cadáver de Valdés.

—Por cierto, el juez ya ha dado permiso para que lo entierren. Creo que es esta tarde.

—Pues deberíamos darnos una vuelta por el cementerio.

—¿Para qué?

—No sé, para husmear.

Husmear en el entierro de Valdés no nos sirvió de gran cosa, aunque sí pudimos acumular algunos indicios sobre su personalidad privada. Por ejemplo, observamos que Valdés tenía pocos amigos incluso entre sus compañeros de trabajo. A la ceremonia asistió su jefe, un par de reporteras, y un minúsculo número de allegados. Estaba también su ex mujer y su hija, la única que lloró. Fue de cualquier manera un entierro muy frío y esperamos a que finalizara fuera del cementerio.

—No me gustaría acabar así —comenté.

—A mí, una vez acabado, el acto final me importa un pimiento —objetó el subinspector—. ¿Que me quieren incinerar?... ¡adelante!, ¿que prefieren un entierro de pontifical?... también me conformo. Como si quieren cortarme en trozos y usarme para pienso de leones en el zoo.

—¡No sea bestia, Fermín!

—¡Lo digo en serio! Una vez en el otro mundo, ¿qué más da?

—¿Y las últimas voluntades, la postrera afirmación de nuestra personalidad?

—¡Al carajo las personalidades cuando ya se está muerto, y de las últimas voluntades nadie hace caso!

—Puede que lleve usted razón.

Vimos salir del cementerio a la ex mujer de Valdés acompañada por su hija. Me acerqué a ellas un momento.

—Ya sé que no es la ocasión, pero quisiera saber cuándo podemos contar con su hija para un interrogatorio.

Me miró con repugnancia para que quedara patente que deploraba mi mal gusto.

—Mañana a las cinco. Es cuando acaba sus clases en la facultad.

A Garzón le sorprendió que la hubiera abordado de aquel modo.

—Quiero que esa mujer tenga presente que vamos a estar todo el tiempo dando vueltas a su alrededor —le expliqué.

—¿Y vamos a estarlo?

—Aún no estoy muy segura. De cualquier modo, así nos han visto todos.

—¿Por eso hemos venido?

—Digamos que ha sido una especie de aviso general.

—¿Cuidado con la bofia porque os pisa los talones?

—Algo así.

—Ya me gustaría a mí estar pisándole los talones al asesino, aunque fuera la estela por donde ha pasado.

—¡Quién sabe, quizá está haciéndolo ya!

La tienda de Juan Mallofré, estilista y decorador, no debía de recibir un alto porcentaje de policías. De hecho, la recepcionista que nos atendió no parecía reconocer el significado de nuestra profesión. Garzón se lo recalcó, y especificó que éramos de la brigada de homicidios para que en aquella mente embarullada por la novedad se abrieran algunos claros. Lo primero que se le ocurrió a la chica fue ocultarnos a la mirada de unos clientes que pululaban por allí como si fuéramos un par de paragüeros pasados de moda, indignos de su local.

—Siéntense allí —musitó señalando el rincón más apartado—.

Enseguida aviso al señor Mallofré.

—Preferimos dar una vuelta —contesté tan tranquila mientras me lanzaba, seguida por Garzón, al curioseo de los muebles expuestos en un enorme hall.

El subinspector observaba las salitas y comedores, las falsas ventanas encortinadas y las lámparas de pie como si nos moviéramos entre bichos animados que en cualquier momento pudieran atacarnos.

—¿No le gustan? —inquirí.

—No sé —dijo con desagrado mirando una base de mesa que era un elefante—. Creo que nunca me acostumbraría a vivir en un sitio con tantos... obstáculos.

—Ni yo tampoco —dije sinceramente.

—¡Menos mal, pensé que no me gustaba porque soy muy hortera!

—Nada de eso —dije bajando la voz—. Éste es un estilo relamido y tradicional.

—¿De nuevo rico?

—Yo diría más bien de gente bienpensante.

La chica de la recepción nos miraba como si existiera algún riesgo de que robáramos uno de aquellos mastodónticos muebles.

—¡Mire aquel catre! —exclamó Garzón un poco más alto de lo adecuado. Aunque el catre no era para menos: cuatro esclavos orientales retorcidos sobre sus fuertes músculos sujetaban las columnas de un barroco dosel.

—¿Se imagina, inspectora? Si quisiera meter ese artefacto en mi dormitorio tendría que derribar la pared. ¿Para qué cree que sirve?

—No entiendo la pregunta.

—Quiero decir que con tantos tíos de turbante y tantas cortinas debe de ser para algo más que para dormir.

—Quizá contribuya a cierta inspiración —dije malévolamente.

Una voz detrás de nosotros saludó:

—¡Hola!, ¿cómo están?

Mallofré era el tipo de comerciante-artista que trataba al cliente como a un amigo de toda la vida. Nos hizo pasar a su despacho demostrando tal naturalidad y dominio de la situación, que empecé a malpensar. ¿Tanto azoramiento le producía nuestra visita que debía disimular con semejante empeño?

—Señor Mallofré. Estamos aquí como consecuencia de la muerte de Ernesto Valdés.

—¿No es espantoso? Lo he leído esta mañana en el periódico.

—Usted lo ha leído hoy, pero lo cierto es que pasó hace un poco más de tiempo. El suficiente como para haber visto en los documentos personales de la víctima que era cliente suyo, ¿estoy en lo cierto?

—Era un hombre muy conocido, muy popular.

Quedé desconcertada frente a su indeterminación.

—Pero, era cliente suyo, ¿no?

—Sí, sí, lo conocía; venía por aquí.

Garzón me pidió con una mirada que se lo pasara a él.

—Señor Mallofré. Hemos encontrado un recibo de su estudio en los papeles de Valdés. El importe era de tres millones de pesetas. La fecha es muy reciente, por lo que supongo que se acordará.

Noté que el decorador sudaba y que el aire se agolpaba en su pecho.

—¡Por supuesto, decoré su salón! Estoy muy satisfecho de ese trabajo.

El estilo era sencillo, pero encantador.

—¿Le pagó Valdés esa factura?

Soltó una carcajada falsa y teatral que más parecía un grito de terror.

—¿Se hace cargo la policía de las deudas de las víctimas?

Garzón continuó sin piedad.

—En las cuentas bancarias de Valdés no figura ningún cheque a su nombre, ni ninguna salida coincidente en fecha e importe.

Mallofré, desencajado, se volvió hacia mí olvidando su talante mundano.

—Inspectora, mis clientes son gente importante, personas que ganan mucho dinero y que cotizan siempre grandes porcentajes al erario público.

Yo mismo le aseguro que llevo mis declaraciones casi al céntimo. Pero si alguna vez... quiero decir, si ellos manifiestan...

Comprendí.

—No somos inspectores de Hacienda, en ese tema no pensamos entrar.

—No me gustaría que por una bobada...

—Puede estar bien tranquilo, no filtraremos ningún dato. A nosotros nos interesa otra cosa. Valdés le pagó con dinero negro, ¿verdad?

—Él insistió. Dijo que tenía unas cantidades sin justificar y yo... en fin, tres millones no es gran cosa.

Garzón sacó su libretita y se puso a apuntar. Cuando le hice la siguiente pregunta a Mallofré levantó la vista, algo sorprendido.

—¿Cuántas veces vio usted a Valdés?

—Pues... no sabría decirle, dos o tres. Creo que tres, las dos veces que estuve en su casa y después aquí.

—¿Estaba solo en esas ocasiones?

Garzón se sorprendió ya abiertamente y sus cejas me interrogaron.

Algo desconcertado Mallofré contestó:

—Pues... estaba con una mujer, supongo que sería su esposa.

—¿Qué aspecto tenía esa mujer?

El decorador comenzó a relajarse y actuar como pensaba que un testigo debía hacerlo.

—Estatura media, unos treinta y tantos, melena corta, castaña... una chica muy normal.

—¿Por qué pensó que era su esposa?

—No sé, inspectora, ella escogía los colores, los muebles... ¡entendía muchísimo de decoración! Estilos, marcas, tendencias... me quedé sorprendido, no es lo habitual.

—¿La trataba él como si fuera su esposa?

—Pues... si he de decirle la verdad, a él le telefoneaban continuamente por el móvil y salía cada dos por tres de la habitación.

—¿La llamó Valdés por algún nombre?

—No me fijé. Oiga, ¿no estaba casado el señor Valdés?

—Vivía solo. Estaba divorciado.

Se mostró intrigado.

—En ese caso...

Me libré de su curiosidad incipiente poniéndome de pie y saliendo al galope. Suele ser el mejor sistema, un cortante «gracias» y un definitivo

«adiós».

—Mucho me temo que se nos presentan cosas que hacer —dijo Fermín.

—¿A qué damos la preferencia, al dinero o al amor?

—¡Al dinero, naturalmente!

—¿Pido una investigación financiera de Valdés?

—Y que sea exhaustiva.

El inspector Sangüesa, nuestro experto económico, nos prometió proceder con celeridad. Al parecer era relativamente fácil detectar cuentas a nombre de Valdés en otros bancos, y más difícil desenmascarar sociedades tipo tapadera que hubiera podido organizar. La localización de inversiones tardaría unos días, aunque sin duda lo más trabajoso sería investigar en los bancos suizos. Entre unas cosas y otras no tendríamos información completa hasta pasado un mes. Pensé que la rapidez con la que nos habíamos movido hasta el momento se remansaba allí. Aquella información

financiera era crucial, y a no ser que surgieran nuevas y sorprendentes revelaciones habría que esperar, inaugurar un día a día de la investigación y seguirlo con paciencia. El espejismo de una inmediata resolución del caso se desintegraba en el aire. Nunca llegaré a comprender por qué todos los policías soñamos con esa posibilidad si raramente topamos con ella. Sin embargo, Garzón reiteraba que no debíamos dormirnos, y que aún eran factibles avances sustanciales en aquellos primeros momentos.

No quise contradecirlo, las pesquisas que se nos avecinaban me parecían lo bastante ingentes como para que trabajar a destajo resultara en cualquier caso una buena solución. Pero estaba cansada. A menudo olvidaba que mi ayudante poseía un empuje y una vitalidad capaces de dejar a cualquiera en la cuneta. Garzón envejecía poco y bien. Carecía de rémoras psicológicas. Cuando se levantaba por las mañanas se aplicaba al presente como si el pasado se hubiera difuminado con el sueño y el futuro consistiera en las siguientes veinticuatro horas. Un carácter así sólo podía calificarse de bendición de los cielos. Nada parecido a mi forma de ser. Yo arrastraba mi carro de recuerdos, contradicciones, errores y frustraciones conmigo. Una impedimenta de la que había que tirar con fuerza. Una fuerza que se restaba para todo lo demás. Por no hablar del futuro, que se me presentaba como un horizonte cargado de dudas que en cualquier momento podía poblarse de imprevistos negativos. Aunque Garzón estaba en lo cierto cuando decía que debíamos avanzar lo más rápido posible. Por el momento, aquél era un caso de asesinato dotado de una cierta normalidad.

Implicaciones económicas cada vez más evidentes, entorno familiar con ex esposa, e incluso una misteriosa mujer emboscada en la sombra. Nada que se apartara de la ortodoxia de un delito cometido en un medio social alto.

Sin embargo, no estaba garantizado que las cosas continuaran en los mismos parámetros si nos veíamos obligados a entrar en el mundo profesional de Valdés. Información rosa tendente al amarillo y revistas del corazón. ¿Qué tipo de territorio era aquél? Confesaré que no tenía ni idea, pero que a priori se me antojaba como una especie de lodazal en el que la gente chapoteaba entre salpicaduras hediondas. Si la investigación invadía ese camino, extralimitando el núcleo personal de Valdés, estábamos

apañados. No podía asegurar que los deseos de rapidez y precisión del subinspector estuvieran fundamentados en la misma sospecha de complicaciones que me asaltaba a mí, pero sin duda también él veía venir el problema. ¿Qué demonio sabíamos nosotros de los amores, desdichas o escándalos de los famosos? Para empezar, ¿quiénes eran los tales famosos?

No se trataba únicamente del desconocimiento de un medio determinado, sino del grado de complejidad que alcanzarían las pesquisas al entrar en un marco en que los protagonistas podían llegar a ser múltiples. Un escalofrío mental me recorrió entera. ¿Estaba precipitando acontecimientos? Si le hubiera hecho esa pregunta a Garzón, me hubiera respondido que sí; pero ni se me ocurrió hacerlo. Ya se sabe que con los optimistas hay que andar con mucho cuidado. Crucé los dedos, cada vez menos convencida de que nos dispusiéramos a transitar por una senda despejada.

Al día siguiente nos enfrentábamos al interrogatorio de Raquel, la hija de Valdés. Sólo con que aquella muchacha se hallara medianamente informada de la vida privada de su padre, podíamos avanzar un buen trecho.

Pero la suerte no nos acompañó, Raquel había salido a su madre en la forma de ser y se comportaba con gelidez e impasibilidad. Se agazapó todo el tiempo tras sus hermosos ojos oscuros para negar cualquier cosa que decidiéramos preguntarle: «¿Tu padre te informaba de su trabajo?» «No.»

«¿Te hacía confidencias?» «No.» «¿Te comentó si alguien le había amenazado?» «No.» No, no y siempre no ¿Por qué perdíamos el tiempo?, pensé, y así se lo hice saber, harta de tanta negativa. Curiosamente la salida de tono la hizo reaccionar y se sinceró mínimamente.

—Lamento hacerles perder el tiempo. No piensen que no quiero hablar.

Lo que ocurre es que nunca he sabido muchas cosas sobre mi padre.

Prefería no saberlas. Cada vez que él quería contarme algo privado o de trabajo yo le cortaba. Al final, ya nunca decía nada.

—¿Puedo saber por qué tenías esa actitud?

Miró al techo mostrando abiertamente que la pregunta la fastidiaba. Creí que no pensaba contestarla, pero al final se encaró conmigo y preguntó a su vez:

—¿A usted le gustaban los reportajes de mi padre?

Cogida en falta, carraspeé.

—Bueno, pues... he de reconocer que no los seguía demasiado.

—Yo sí —soltó Garzón.

La chica se volvió hacia él, desafiante, e insistió:

—¿Y qué pensaba de ellos?

—Eran pura basura —dijo Garzón sin pestañear.

Raquel Valdés sonrió tristemente.

—Pues ya está, no hace falta hablar más. Yo comía algún domingo con él porque era mi padre, nos veíamos, pasábamos un rato juntos y en paz; pero no tenía la menor intención de meterme en toda su porquería.

—¿Su vida privada también era porquería?

—Eso ya no lo sé. Sobre eso ni se le ocurría hablar.

Decidí cortar un interrogatorio que no arrojaría ni un solo dato interesante.

—Está bien, Raquel, ya puedes marcharte.

Sin que yo supiera por qué la chica se quedó sorprendida ante mi modo expeditivo de largarla. Afloró a su rostro algo así como un destello de culpabilidad. Se disculpó.

—Les aseguro que no sé nada más.

—Sí, muy bien. Puedes irte.

Pero no se movió.

—Es que parece que yo esté tan tranquila después de que han matado a mi padre y no quiera colaborar.

Intenté sacar algo en claro de su curiosa reacción.

—¿Y no es así?

—¡Desde luego que no es así!, pero ¿qué puedo hacer? Sí, supongo que algo me diría, pero a veces decía cosas que no tenían ni pies ni cabeza.

—¿Como por ejemplo?

—Pues... últimamente dijo que había conocido a una chica estupenda y que su vida iba a cambiar.

Un par de compuertas se abrieron con estruendo en mis oídos. Garzón clavó sus ojos en la joven como un águila avistando un cordero y preguntó

con sutileza dudosa:

—¿A quién?

—Les aseguro que no sé nada más.

Acerqué mi silla a la suya buscando una intimidad que no me había parecido necesaria hasta aquel momento.

—Raquel. Supongo que te das cuenta de que cualquier cosa que recuerdes puede servir, ¿eres consciente de eso?

Titubeó, sin comprender aún la importancia de lo que acababa de confesarnos.

—¿Lo dice por lo de esa chica? Mire, no era la primera vez que mi padre soltaba una cosa por el estilo. A veces le daba por jurar que un día se casaría, que volvería a formar una familia... luego nunca más volvía a mencionarlo.

—¿Te contó algo concreto de esa chica, cuál era su nombre, su aspecto, su profesión, su edad?

—No. Sólo dijo que la había conocido y que su vida iba a cambiar.

—¿Te habló de la decoración de su apartamento?

Me miró como si hablara en otro idioma.

—¿Qué?

—¿No has estado en su casa en los últimos días?

—¡Yo nunca he estado en su casa! —afirmó con vehemencia.

—¿Y no te dijo que había cambiado los muebles del salón?

Con cara de fastidio supino se levantó y, por primera vez, habló con desprecio.

—Oigan, no sé qué tipo de relación piensan que yo tenía con mi padre, pero les aseguro que no era la normal de un padre con su hija. Tal y como les he dicho, comíamos juntos algún domingo, nada más. No sé nada de su decoración ni tampoco me importa. ¿Puedo marcharme ya?

Asentí clavando la vista en los papeles que tenía sobre la mesa para no tener que mirarla directamente. Garzón se indignó cuando estuvimos solos.

—¡Joder con la niña! ¿Es que acaso también le va a hacer ascos a la herencia de su padre?

—Quizá no herede todo lo que él poseía en realidad. Quizá alguien ya tiene en su poder algunas riquezas secretas de su taimado padre.

—¿Se refiere a esa mujer? ¿Adónde nos lleva esa mujer?

—La pregunta no se formula así, la pregunta es ¿qué puede llevarnos hasta esa mujer?

—¿Las cuentas que descubra Sangüesa?

Tiré el lápiz sobre la mesa con mal humor.

—He intentado evitarlo, pero...

—¿Qué quiere decir?

—¿Tiene botas de agua, Fermín?

Garzón, cada vez más despistado, agudizó su mirada sobre mí.

—Botas, ¿para qué?

—Porque, si Dios no lo remedia, vamos a tener que meternos de patas en el barrizal de la prensa rosa.

OceanofPDF.com