Muriendo En Bangkok

Dan Simmons · Capítulo 1 de 2 · parte 1/2

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Muriendo En Bangkok

Sección 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Muriendo En Bangkok

Sobrecubierta

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Tags: General Interest

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Dan Simmons

Muriendo En Bangkok

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Probablemente Dan Simmons (1948) sea uno de los escritores más eclécticos surgidos de la literatura fantástica en las últimas décadas. capaz de abordar cualquiera de sus tres ramas: el terror, la fantasía y la ciencia ficción, con notable maestria. Asi ha producido incursiones -las más reiteradas- en el terror como La canción de KaIi (1985), Los vampiros de la mente (1989) o Un verano tenebroso (1991), la fantasía -en varias de las historias de Pravers to broken stones (1990)- y la CF, donde ha producido dos de las novelas más importantes del último cuarto de siglo: Hyperion (1989) y La caída de Hvperion (1990), a la que seguirá en el cercano futuro Endymion. Estos libros articulan en un contexto de space-opera temas tan diversos como la búsqueda religiosa, el viaje en el tiempo, el ciberespacio, ecología, bioingenieria, el desarrollo de inteligencias artificiales y muchos otros más. Simmons también se ha acercado al mainstream con su novela Fases de gravedad (1989).

Muriendo en Bangkok recoge la tradición de Clive Barker trasladándola al Lejano Oriente, como lo hizo en La canción de Kali. Con este relato obtuvo los premios Bram Stoker y Locus en 1993.

Regreso a Asia en avión, a finales de la primavera de 1992, parto de una Ciudad de Los Angeles que acaba de exorcizar a sus espíritus malignos en una orgia de saqueos y llamas, y llego a otra donde los demonios de la sangre se están congregando en el horizonte como nubes de monzón. Hace un mes, mi ciudad natal, Los Angeles, se ha deshecho en llamas y en saqueos demenciales; Bangkok -conocida localmente como Krung Thep, la Ciudad de Los Angeles- se está preparando para masacrar a sus hijos en las calles, cerca del Monumento a la Democracia.

Todo eso me resulta irrelevante. Tengo mi propia cuenta de sangre que saldar.

Apenas salgo de las bóvedas con aire acondicionado del Aeropuerto Internacional Don Muang de Bangkok, todo vuelve a mi mente: el calor, rnás de 40 ºC; la humedad, lo más parecido al aire líquido que la atmósfera es capaz de ofrecer, el hedor dcl monóxído de carbono, la contaminación industrial y las cloacas abiertas de 10 millones de personas, que convierte al aire en un cóctel tan espeso que podría beberse. La combinación del olor con el calor, la humedad y el intenso sol tropical hace de la respiración un esfuerzo físico, como si uno tratara de inhalar oxígeno a través de una

frazada humedecida con querosén. Y eso que el aeropuerto está a 25

kilómetros del centro de la ciudad.

Siento que me inquieto y que tengo una erección por el solo hecho de estar aquí.

–¿Dr. Merrick? – dice un tailandés con uniforme de chofer.

Asiento. Me espera un Mercedes amarillo del Hotel Oriental. Hoy en día no hay rutas de ingreso a Bangkok que ofrezcan buenos paisajes, a menos que uno viaje río arriba, en un sampán, hasta alcanzar el corazón de la ciudad. La ruta que entra en el sector viejo de Bangkok ahora es pura locura capitalista: embotellamientos de tránsito, palacios asiáticos que en realidad son centros comerciales, batahola industrial, nuevas autopistas rápidas elevadas, torres de departamentos de ferrocemento, carteleras que pregonan productos electrónicos japoneses, el rugido de las motocicletas, el constante destello de la soldadura y los golpes de martillo neumático de las obras en construcción. Igual que sucede en todas las nuevas megalópolís asiáticas, Bangkok se demuele y se vuelve a construir todos los días, con un frenesí que hace que las ciudades occidentales como Nueva York parezcan tan permanentes como las pirámides.

De soslayo, veo la calle Silom, repleta de gente pero de aspecto vacío y letárgico comparado con su habitual apretujamiento de muchedumbres maniáticas. Echo un vistazo a mi reloj. Son las ocho de la noche del viernes, hora de Los Angeles; 11 en punto de la mañana del sábado, aquí en Bangkok. La calle Silom está descansando, aguardando la excitación nocturna que emana del distrito de entretenimientos de Patpong como el aroma de una puta caliente… un aroma urgente que es como el de un perfume exótico mezclado sutilmente con el tufo a Clorox del semen y con el sabor a cobre de la sangre.

Apresuradamente, dejo atrás los corteses saludos, los wais con reverencias y el afable trámite de registrarme en el Hotel Oriental -quizás el mejor hotel del mundo- deseando solamente llegar a mi suite, ducharme y fingir el sueño, quedarme allí acostado y contemplar el cielorraso de teca y yeso hasta que la luz del sol se desvanezca y comience la noche. La oscuridad traerá vida a esta singular Ciudad de Los Angeles, o al menos hará que su cadáver comience a revolverse con movimientos lentos y eróticos. Cuando la oscuridad es completa y auténtica, me levanto, me pongo mis ropas de calle de Bangkok y salgo a la noche.

ViBangkok por primera vez hace 22 años, en mayo de 1970. Tres y yo habíamos elegido Bangkok como destino de la licencia de siete días, lejos del frente, que pronto tomaríamos. En realidad, no conozco a muchos soldados que en ese entonces la llamaran «licencia». Muchos la llamaban

«CI»: coito e intoxicación. Los oficiales casados usaban sus días de permiso para encontrarse con sus esposas en Hawai, pero al resto de nosotros el Ejército nos ofrecía una amplia gama de destinos que iban de Tokio a Sydney. Muchos elegíamos Bangkok, por cuatro razones: 1) era fácil llegar y no desperdiciábamos demasiado tiempo viajando, 2) el sexo barato, 3) el sexo barato y 4) el sexo barato.

A decir verdad, Tres había elegido Bangkok por otros motivos, y yo lo seguí, confiando en su buen juicio, casi de la misma forma en que lo seguía cuando estábamos en patrulla de reconocimiento. Tres -Robert William Tindale III- era sólo un año mayor que yo, pero era más alto, más fuerte, más inteligente e infinitamente mejor educado. Yo había abandonado la Universidad Midwestem en primer año y me había dedicado a vagar de aquí para allá hasta caer en las garras de la conscripción. Tres se había recibido con honores en la Universidad de Kenyon y luego, en vez de continuar con los estudios de postgrado, se había enrolado en la infantería. Su sobrenombre provenía de la traducción al castellano de la palabra «three».

En el pelotón, casi todos teníamos apodos -el mio era Prick, debido a la pesada radio PRC-25 que había tenido que acarrear durante mi breve desempeño como operador de radioteléfono- pero Tres ya traía el sobrenombre de antes.

Tres sentía un profundo interés por las culturas asiáticas y tenía facilidad para los idiomas. Era el único soldado de la compañía que hablaba vietnamita en serio. La mayoría pensábamos que beaucoup era vietnamita y nos creíamos muy inteligentes por saber decir di di mau y otra media docena de frases locales distorsionadas. Tres sí hablaba vietnamita, aunque evitaba que ese hecho llegara a oídos de cualquier oficial que no fuese nuestro Teniente Coronel. «No permitirá que me pongan de dactilógrafo o secretario», solía decirme. «Antes muerto que dejar que me conviertan en un asqueroso interrogador».

Tres nunca había estudiado la lengua tailandesa, pero aprendió rápido.

–Cuéntame cómo se dice «chupada» en tailandés -le dije durante el vuelo que nos llevaba de Saigón a Bangkok.

–No sé -dijo Tres-. Pero la frase para decir «mastúrbame con la mano»

es shak wao.

–No bromees -le dije.

–No es broma -dijo Tres. Estaba leyendo un libro y no levantó la vista-Significa «tira del hilo del barrilete».

Pensé en esa imagen un minuto. El transporte estaba perdiendo altitud, atravesando las nubes a los sacudones, rumbo a Bangkok.

–Creo que prefiero que me la chupen -dije. Todavía no había cumplido los 20 y había experimentado el sexo oral sólo una vez, con una novia de la facultad que, obviamente, tampoco lo había intentado antes. Pero rebosaba de hormonas y de actitudes machistas que había aprendido de los muchachos del pelotón, para no mencionar la completa oleada de adrenalina que me provocaba el hecho de estar vivo después de pasarme seis meses en el culo del mundo-. Definitivamente, que me la chupen -dije.

Tres gruñó y siguió leyendo. Era un libro lleno de polvo que trataba de las costumbres, o la mitología, o la religión, o algo de Tailandia.

Ahora advierto que si yo hubiese sabido qué era lo que leía y por qué había elegido Bangkok, probablemente no me habría bajado del avión.

El valet del piso, el ascensorista, el conserje y los porteros del Oriental no levantan las cejas al ver mis pantalones chinos arrugados y mi manchado chaleco de fotógrafo. A 350 dólares norteamericanos la noche, los huéspedes pueden vestirse como quieran. Sin embargo, antes de que abandone la sanidad del aire acondicionado del hotel, el conserje se adelanta para hablarme.

–Dr. Merrick -dice suavemente-, ¿está al tanto de las… eh… tensiones que existen en Bangkok en la actualidad?

Asiento. – ¿Los tumultos estudiantiles? ¿La crisis militar?

El conserje sonríe y hace una ligera reverencia, obviamente agradecido por no tener que educar al farangen una materia que parece resultar embarazosa.

–Si, señor. Lo menciono simplemente porque, aunque los problemas se han estado concentrando cerca de la universidad y del Gran palacio, han ocurrido… eh… disturbios en la calle Silom.

Vuelvo a asentir.

–Pero todavía no hay toque de queda -digo-. Patpong sigue abierta.

El conserje sonríe sin mostrar señales de malicia.

–Oh, sí, señor. Patpong y los clubes nocturnos están abiertos. La ciudad está abierta en su mayor parte.

No es difícil reconocerla cuando llego. Las callejuelas angostas que conectan las calles Silom y Suriwong están repletas de carteles de neón: MASAJE MARAVILLOSO, CONCHAS A GRANEL, CHICAS A-GO-GO, SUPERCHICA, SHOWS DE SEXO EN VIVO, ¡CONCHAS EN

VIVO! y treintenas más. Las callejuelas del distrito de Patpong son tan estrechas que sólo las transitan los peatones, pero el rugido de los tuk-tuks de tres ruedas que circulan por los bulevares sirve de telón de fondo constante para la música de rock-and-roll que aturde desde los parlantes y las puertas abiertas. Apenas doblo por la calleja llamada Patpong Uno, hombres o mujeres jóvenes -a veces es difícil diferenciarlos en la andrógina Tailandia- comienzan a tironearme de la manga y a gesticular hacia los umbrales.

–Señor, los mejores shows de sexo en vivo, los mejores shows de conchas.

–Eh, señor, por aquí. las chicas más lindas, los mejores precios

–¿Quiere ver la concha afeitada más linda? ¿Conocer linda chica?

–¿Quiere chicas? ¿No? ¿Quiere chicos?

Sigo avanzando, ignorando los suaves tirones en la manga. Esa última pregunta llega cuando entro en la calleja llamada Patpong Dos. La zona nocturna está dividida en tres áreas: Patpong Uno, para los heterosexuales, Patpong Dos, que ofrece delicias tanto para heteros como para homosexuales: y Patpong Tres, toda para homosexuales. La mayor parte de la actividad, aquí en Patpong Dos, sigue siendo para heterosexuales, aunque casi todos los bares, además de chicas, tienen sonrientes muchachos.

Hago una pausa frente a un bar llamado Delicia de Conchas. Un hombrecito con un solo brazo y la cara azul por la luz intermitente del neón da un paso adelante y me entrega una larga tarjeta de plástico.

–¿Menú concha? – dice, con una voz que es el epitome de la de un maitre.

Tomo la mugrienta tarjeta de plástico y la examino: BANANAS CONCHA, COCA-COLA CONCHA, PALILLOS

CONCHA, HOJAS DE AFEITAR CONCHA, CIGARRILLOS CONCHA.

Asintiendo, entro en el concurrido club nocturno. El maitre de un solo brazo se apresura a alcanzarme y recupera la tarjeta.

El club es pequeño y está lleno de humo: hay cuatro mostradores dispuestos en forma de cuadrado que rodean un tosco escenario. La chica que está en el escenario -no parece tener más de 16 ó 17 años, está arqueada hacia atrás de modo que la parte superior de su cabeza casi toca la áspera madera del suelo; sus brazos y piernas la sostienen en una postura similar a la de un cangrejo. Está desnuda: se ha afeitado a entrepierna. A través del humo, descienden columnas de luces de colores que caen sobre ella como suaves láseres. El centro del escenario es giratorio; la chica mantiene la postura arqueada mientras su cuerpo va rotando para que todos puedan ver sus genitales expuestos. Alguien le ha puesto un cigarrillo encendido entre los labios vaginales. A medida que el escenario gira hacia cada sector del bar, su vulva sopla humo, como si lo estuviera exhalando. Ocasionalmente, alguno de los clientes borrachos aplaude. La mayoría de los hombres del bar son tailandeses, pero hay muchos farang desparramados por ahí: alemanes arrogantes vestidos de color caqui, con el pelo engominado hacia atrás; británicos hocicudos, prestándole más atención a sus bebidas que a la chica del escenario; algún ocasional chino de Hong Kong, con el ceño fruncido, tratando de ver a través de los vasos; algunos gordos norteamericanos con copas intactas y ojos desorbitados.

Me dirijo a la barra grande y ocupo una banqueta vacía, La cara de la chica, cabeza abajo, pasa girando a noventa centímetros de mí. Tiene los ojos abiertos pero no enfocados. Sus pequeños senos parecen poco más que una hinchazón, Puedo contarle las costillas.

Se me acerca una joven tailandesa, tocando mi antebrazo desnudo con su seno izquierdo cubierto por un delgado top de algodón. Aunque no es mayor que la chica cuyos genitales están girando hacia nosotros, parece más grande por el denso maquillaje que, bajo la cambiante luz azul, refulge con colores de necrosis.

–Llamarme Nok -grita por encima del rock-and-roll-. ¿Cuál ser tu nombre?

Está tan cerca que distingo su dulce aroma a talco y transpiración a pesar del humo de cigarrillo. El pueblo tailandés es uno de los más limpios del mundo; se bañan varias veces por día. Ignorando su pregunta, le digo:

–Nok significa pájaro. ¿Eres un pájaro, Nok? Abre más los ojos.

–¿Hablas tailandés? – me pregunta en tailandés. No demuestro comprensión.

–¿Eres un pájaro, Nok? – vuelvo a preguntarle.

Suspira y me dice, en inglés: -Sí, pájaro con sed. ¿Invitarme un trago?

Asiento y el barman llega una fracción de segundo después, sirviéndole el «whisky» más caro de este lugar. Es 98 por ciento té, por supuesto.

–¿Ser de los Estados Unidos? – me pregunta, mientras sus ojos comienzan a animarse un poco-. Gustarme mucho los Estados Unidos, Le aparto el largo cabello de los ojos y bebo un poco de cerveza,

–Si eres un pájaro -le dijo-, ¿eres un khai long? -La frase significa

«pequeño pollito perdido», pero con frecuencia se aplica a las chicas de la calle de Bangkok.

Nok echa la cabeza hacia atrás y cruza los brazos, como si le hubiese dado una bofetada. Comienza a darse vuelta, pero yo aferro su brazo delgado y de un tirón la atraigo hacia mí.

–Termina el whisky -le digo.

Nok hace un puchero pero bebe un poco de té. Miramos a su amiga del escenario cuando la vulva sin vello de la chica vuelve a girar hacia nosotros. El cigarrillo se ha consumido hasta casi tocar los labios vaginales.

Sorbiendo cerveza, me maravillo -y no es la primera vez- por la forma en que los seres humanos son capaces de convertir los paisajes más íntimos en los más grotescos. Finalmente. un segundo antes de que el cigarrillo la queme, la chica estira la mano, lo toma le da una pitada con los labios que corresponden, lo tira entre el escenario y la barra y abandona su postura de yoga. Sólo aplauden uno o dos hombres de la barra. La chica abandona el escenario de un salto y una mujer tailandesa, mayor que ella y también desnuda, sube a la plataforma giratoria, se pone en cuclillas y agíta cuatro hojas de afeitar de doble filo para someterlas a la aprobación del público.

Me vuelvo hacia Nok,

–Perdóname si herí tus sentimientos -le digo-. Eres un pájaro muy bello.

¿Te gustaría ayudarme a pasarla bien esta noche?

Nok me dedica una sonrisa forzada.

–Me encanta divertirte esta noche. – Simula fruncir el entrecejo, como si se le acabara de ocurrir algo-. Pero el Sr. Diang -señala con la cabeza a un hombre flaco, tailandés, con el pelo teñido de rojo, que está parado en las sombras-ponerse muy enojado con Nok si Nok no trabajar todo el turno.

Deber pagarle a él si irme a divertir.

Asiento y saco un grueso rollo de baht que obtuve a cambio de dólares en el aeropuerto.

–Ya entiendo -le digo, separando cuatro billetes de 500 baht… casi 80

dólares. Antes, ni las putas de los bares de alta categoría de Bangkok solían cobrar más 200 ó 300 baht, pero el gobierno lo arruinó todo hace unos años, al emitir el billete de 500 baht. A la gente le pareció poco elegante comenzar a exigir el vuelto, así que ahora la mayoría de las chicas cobran 500 baht, y 500 más para pagarles a los señores Diang.

Le echa un vistazo al viejo de pelo rojo y él hace un levísimo gesto afirmativo con la cabeza. Nok me sonríe.

–Sí, tener lugar para mucha diversión.

Retengo el dinero -Pensé que podríamos tratar de encontrar a alguien para que se divierta con nosotros -le digo, por encima del ensordecedor rock-and-roll. Por el rabillo del ojo, veo que la mujer del escenario está insertándose las hojas de afeitar.

Nok hace un mohín. Si comparte la noche con otras chicas, sus ganancias serán menores,

-Sakha bue din -dice con suavidad. Sonrío burlonamente y le pregunto:

–¿Eso qué significa?

–Significar que tener bastante diversión con Nok sola, que amarte mucho -dice ella, volviendo a sonreír.

En realidad, la frase es la abreviatura de un adagio de un pueblo del norte, que reza: «Tu verga está en el suelo. Yo la pisoteo como si fuera una víbora». Sonrío para demostrarle que aprecio su amabilidad.

–Este dinero va a ser sólo para ti, claro -le digo, poniéndole los 2000

baht cerca de la mano-. Y va a haber más si encontramos a la chica indicada.

Ahora sonriendo más ampliamente, Nok me estudia.

–¿Tener alguna chica en mente? ¿Alguien que conocer o alguien que yo encontrar? ¿Buena amiga que también amarte mucho?

–Alguien que conozco -le digo, tomando aliento-. ¿Oíste hablar de una mujer de nombre Mara? ¿O quizás de su hija, Tanha?

Nok queda paralizada y, por un instante, es un pájaro, un pájaro aterrado, capturado. Trata de apartarse pero yo todavía la estoy sujetando del brazo.

–¡Na! – grita con voz de niñita-. Na, na…

–Hay más dinero -comienzo, deslizando los baht hacia ella.

–¡Na! – grita Nok. con lágrimas en los ojos.

El Sr. Diang avanza rápidamente un paso y hace una seña con la cabeza a dos enormes tailandeses que están cerca de la puerta. Los hombres se abren camino por el gentío rumbo a nosotros, como tiburones partiendo las aguas poco profundas.

Suelto el brazo de Nok y ella se escabulle entre la gente. Levanto las dos manos, mostrando las palmas, y los gorilas de seguridad se detienen a cinco pasos de mí. El viejo de pelo rojo inclina la cabeza hacia la puerta y yo asiento, indicándole que estoy dispuesto a irme.

Tengo otros lugares en la lista. Habrá alguien que sienta más amor por el dinero que miedo de Mara. Tal vez.

Veintidós años atrás, Patpong existía, pero los soldados norteamericanos no podían pagar sus servicios. El gobierno tailandés y el Ejército de los EE.UU. habían improvisado un distrito de burdeles, con bares baratos, hoteles más baratos todavía y salones de masaje, en la calle New Petchbun, a kilómetros de la más comercial Patpong.

Durante el primer día y la primera noche que pasé en Bangkok con Tres, descubrí lo que era un bar sin manos. La comida era espantosa y la bebida excesivamente cara, pero la novedad de que las chicas nos dieran de comer y llevaran los vasos hasta nuestros labios fue memorable. Entre bocado y trago que nos daban en la boca, nos decían cosas tiernas., nos hacían guiños y recorrían la parte interna de nuestros muslos con sus dedos de largas uñas.

Era difícil reconciliartodo esto con el hecho de que 24 horas antes habiamos estado ascendiendo las colinas de jungla y arcilla roja del valle A Shau con las mochilas a cuestas.

De todos modos, bebimos y putañeamos por todo el distrito de burdeles durante 48 horas. Tres y yo habíamos reservado habitaciones separadas para poder llevarnos chicas, y eso fue lo que hicimos. En ese entonces, el precio de una noche de favores sexuales era menor del que habría pagado por una caja de cerveza fría en la proveeduría de la base… que no era mucho.

Regalar una remera o un jean a nuestras nenitas cubría el costo de una semana de mia chaos, «esposas alquiladas». No solo cojían y obedecían órdenes, sino que además nos lavaban la ropa y ordenaban la habitación del hotel mientras nosotros salíamos en busca de otras chicas.

Deben recordar que esto ocurría en 1970, Entonces nadie soñaba siquiera con el SIDA. Sí, el Ejército nos obligaba a llevar forros y nos hicieron ver una decena de películas que nos prevenían sobre las enfermedades venéreas, pero la mayor amenaza a nuestra salud era la Rosa de Saigón, una cepa muy rebelde de sífilis traída al país por los soldados norteamericanos. Así y todo, ahora me doy cuenta de que nuestras chicas eran tan jóvenes y estúpidas que ni siquiera nos pedían que usáramos forro.

Tal vez pensaban que tener un hijo de un farang traía buena suerte o que, de algún modo milagroso, las haría viajar a los Estados Unidos. No sé.

Nunca les pregunté.

Pero pasados cuatro días de nuestra licencia de siete, hasta la atracción ejercida por la marihuana tailandesa barata y por el sexo más barato todavía estaba empalideciendo un poco. Yo seguía haciéndolo porque Tres lo hacía; para mí, seguirlo a todas partes se había convertido en una forma de supervivencia, allá en el culo del mundo,

Pero Tres quería otra cosa. Y yo lo seguí.

–Averigüé algo interesante -me dijo, en las primeras horas de nuestra cuarta noche en la ciudad-. Realmente interesante.

Asentí. Tang, mi pequeña mía chaos, estabaencaprichada con que quería salir a cenar, pero cuando Tres me llamó yo la ignoré y bajé a encontrarme con él en el bar.

–Vamos a necesitar bastante dinero -dijo Tres-. ¿Cuánto tienes?

Revolví mi billetera. Tang y yo habíamos estado fumando porros tailandeses en la habitación; veia las cosas descentradas y con algo de luminiscencia.

–Un par de cientos de baht -le dije.

Tres meneó la cabeza. – Para esto se necesitan dólares -dijo-. Tal vez cuatrocientos o quinientos.

Lo miré con ojos desorbitados. No habíamos gastado ni una fracción de esa cantidad en todos los días de licencia transcurridos hasta ese momento.

Nada de Bangkok costaba más que un par de dólares.

–Esto es algo especial -dijo él-. Verdaderamente especeial. ¿No me dijiste que ibas a traer los trescientos dólares que te envió tu tío?

Asentí, atontado. El dinero estaba embutido en una zapatilla, en el fondo do mi bolso marinero, arriba.

–Quería comprarle algo bueno a mamá -le dije-. Seda, o un kimono, o algo así… repuse débilmente.

Tres sonrió.

–Esto te va a gustar más que un kimono para tu mamá. Ve a buscar el dinero. Apúrate.

Me apuré. Cuando llegué abajo había un tailandés joven esperando en la puerta, con Tres.

–Johnny -me dijo Tres-, te presento a Maladung. Maladung, te presento a Johnny Merrick. En el pelotón le decimos Prick.

Maladung me dedicó una sonrisa tonta.

Antes de que pudiera explicarle que a la radio PRC25 le decían «prick-25», y que yo había llevado una de ésas a cuestas durante un mes y medio, hasta que encontraron a un operador de radioteléfono más corpulento, Maladung nos hizo una seña con la cabeza y nos guió hacia la noche de afuera. Tomamos un tuk-tuk y navegamos río abajo. Técnicamente, el ancho río, que bajaba de los Himalayas y partía en dos el corazón de la parte vieja de Bangkok, se llamaba Chao Phraya, pero lo único que escuché de boca de los lugareños fue que lo llamaban Mae Nam, «el Río».

Desembarcamos en un muelle oscuro y Maladung le escupió algunas palabras a un hombre que estaba de pie sobre un barco alargado y angosto que no era más que una simple sombra debajo del muelle. El hombre respondió algo y Tres dijo:

–Dame un billete de cien baht, Johnny.

Tres le pagó a Maladung, que con un gesto nos indicó que subiéramos a la proa del estrecho bote. Ahora sé que esos botecitos se llaman «taxis de cola larga» y que hay cientos para alquilar. Su nombre proviene del largo eje propulsor, sobre el que está montado un motor de automóvil. Esa noche, advertí que el eje estaba tan bien balanceado que nuestro piloto podía elevar la escora fuera del agua con una sola mano; el pesado motor, ubicado en el medio, daba la impresión de ser ingrávido.

Bangkok es una ciudad con pequeños canales o klongs. Nos dirigimos corriente abajo, pasando las luces del Hotel Oriental -un lugar del que Tres y yo habíamos oído pero que nunca habíamos soñado que podríamos pagar-y por debajo del puente de una autopista muy transitada. Con un rugido de su motor V8, nuestro taxi de cola larga se precipitó por delante de un enorme ferry, cruzó hacia la orilla occidental y luego tomó un klong, no

más ancho que alguno de los estrechos sois del distrito de Patpong. El pequeño canal estaba negro como un pozo, a excepción del débil resplandor de la luz de los faroles de los sampanes amarrados y las casuchas colgantes.

Nuestro piloto había encendido un farol rojo y lo tenía colgado de una armella, cerca de popa, pero yo no entendía cómo era posible que otros botes evitaran chocar con nosotros al tiempo que el nuestro avanzaba rugiendo, tomaba las curvas ciegamente y pasaba por debajo de puentes poco elevados. A veces, estaba seguro de que el techo de loneta de nuestro taxi se iba a golpear contra la parte inferior de los combados puentes, pues aunque Tres y yo nos agachábamos, apenas esquivábamos por unos centímetros las maderas en descomposición. Unos pocos taxis pasaban rugiendo junto a nosotros como ruidosas almas en pena; sus estelas cacheteaban nuestra proa y nos salpicaban las rodillas. Miré a Tres cuando pasábamos cerca de un sampán pobremente iluminado y vi en sus ojos una mirada extraviada. Tenía una amplia sonrisa.

Durante media hora o más, avanzamos por tortuosos y estrechos klongs de mano única. El hedor de las cloacas era tan fuerte que me lagrimeaban los ojos. Varias veces, oí voces provenientes de los sampanes escorados, sin luces, que se alineaban a lo largo del canal como otras tantas ruinas anegadas.

–Allí vive gente -le susurré a Tres al pasar por una masa negra donde unas chozas destartaladas y unos sampanes medio hundidos angostaban tanto el klong que nuestro piloto suicida se vio forzado a disminuir la velocidad del bote hasta convertirla en un paso de tortuga. Tres no me contestó.

Justo cuando estaba seguro de que el piloto se había extraviado en el laberinto de canales, llegamos a una zona de agua abierta rodeada de depósitos abandonados montados sobre pilotes y de partes traseras de chozas incendiadas. El efecto era el de un gran patio flotante, oculto de las calles de la ciudad y de los canales públicos. En el centro de esta plaza acuática había varias barcazas y sampanes negros atados entre si, y vi los tenues faroles de varios taxis de cola larga que estaban amarrados al sampán más cercano.

El piloto apagó el motor y avanzamos con el impulso hasta el improvisado muelle, en medio de un silencio tan repentino que me hizo doler los oídos.

Acababa de darme cuenta de que el muelle era sólo una plataforma flotante hecha de tambores de petróleo y tablas de madera atadas al sampán cuando aparecieron dos hombres, salidos de un agujero cortado desprolijamente en el costado de loneta de la embarcación, que se quedaron parados sobre las tablas a mirar cómo nos deteníamos al golpear contra el muelle. Incluso con esa oscuridad, pude advertir que tenían físico de luchadores o de guardias de seguridad. El que estaba más cerca de los dos nos ladró algo en tailandés.

Maladung le contestó y uno de ellos tomó nuestras amarras de proa, mientras el otro se apartaba para permitirnos ascender al pequeño espacio.

Desembarqué del taxi yo primero y percibí el débil resplandor de un farol a través de la abertura deshilachada; estaba a punto de atravesarla cuando uno de los hombres me tocó el pecho con tres dedos que me parecieron más fuertes que todo mi brazo.

–Deber pagar pnmero -siseó Maladung desde su lugar, en el taxi.

¿Pagar qué?, quería preguntar yo, pero Tres se inclinó hacía mí y me susurró:

–Dame los trescientos dólares, Johnny.

Mi tío me había enviado el dinero en billetes de cincuenta nuevos. Se los di a Tres, quien le entregó dos billetes a Maladung y los otros cuatro al hombre del muelle que tenía más cerca.

Los hombres se apartaron y me señalaron la abertura. Apenas me agaché para poder pasar por el pequeño orificio, me sobresaltó el sonido del motor de nuestro bote, volviendo a la vida con un rugido.

Me enderecé, justo a tiempo para ver que el farol rojo desaparecía por un angosto klong.

–Mierda -dije-. ¿Y ahora cómo volvemos?

La voz de Tres sonó tensa por algo mucho más importante que la tensión nerviosa.

–Nos preocuparemos de eso después -dijo-. Adelante.

Miré la abertura deshilachada que parecía dar a un pasillo que conectaba una serie de sampanes y barcazas. De allí venían fuertes olores y había un sonido sordo, como si un inmenso animal estuviera respirando en algún sitio, al final de ese túnel.

–¿En serio queremos hacer esto? – le susurré a Tres. Los dos tailandeses del muelle parecían tan inanimados como las estatuas de esos perros-leones

chinos que vigilan las entradas de los edificios importantes de toda Asia-.

¿Tres? – dije.

–Sí -dijo él-. Vamos. – Apartándome de un empujón, pasó adelante de mi y se introdujo por la abertura. Acostumbrado a seguirlo en las patrullas, en las emboscadas nocturnas y en las misiones especiales, bajé la cabeza y fui detrás de él.

Estoy mirando un show de sexo en vivo en el Conchas A Granel cuando me rodean cuatro tailandeses. El show de sexo es típico de Bangkok: una pareja joven cojiendo sobre dos Harley-Davidson idénticas que cuelgan de alambres por encima del escenario central. Se están dedicando al coito desde hace más de diez minutos. Sus rostros no denotan ninguna fingida pasión, pero sus cuerpos son expertos en lograr que el acoplamiento se vea desde todos los rincones del bar. El público no parece centrar sus expectativas primarias en el coito, sino en el hecho de que ambos se caigan de las motocicletas suspendidas.

Estoy ignorando el show, interrogando a una chica del bar llamada Lah, cuando a mi alrededor aparecen los tailandeses. Lah se pierde entre el gentío. El bar está oscuro, pero los cuatro hombres llevan anteojos de sol.

Tomo un trago de cerveza insulsa y no digo nada, mientras ellos se acercan más.

–¿Usted se llama Merrick? – me pregunta el más bajo. Su cara es delgada como el filo de un hacha y está poceada de acné o de cicatrices de viruela.

Asiento.

El hombre poceado avanza un paso.

–¿Usted estuvo preguntando por una mujer llamada Mara?

–Sí.

–Venga -dice él. No opongo resistencia y los cinco salimos del bar en formación de cuña. Ya afuera, se abre un espacio entre los fornidos hombres que están a mi izquierda y puedo optar por salir corriendo. Pero no opto por eso. Hay una Iimusina negra estacionada al final del callejón y el hombre que está a mi derecha abre la puerta de atrás. Cuando lo hace, veo la empuñadura de madreperla de un revólver que tiene metido en el cinturón.

Me subo al asiento trasero. Los dos hombres más altos se sientan junto a mí, uno de cada lado. Observo al hombre poceado mientras se acomoda en el asiento del acompañante: el hombre del revólver se acomoda detrás del

volante. La limusina avanza por calles laterales. Sé que es algún momento después de las tres de a mañana, pero los sois todavía están vacíos, cosa extraña estando tan cerca de Patpong. Al principio me doy cuenta de que nos desplazamos hacia el norte, paralelamente al río, pero luego pierdo el sentido de la orientación en ese laberinto de estrechas callejuelas. Sólo los oscuros carteles en chino me hacen saber que estamos en la zona norte de Patpong conocida como el Barrio Chino.

–No pases por Sanam Luang ni por Ratchadamnoen Klang -le dice el hombre poceado al conductor en tailandés. Esta noche el ejército está fusilando manifestantes.

Echo una mirada a miderecha y sobre los techos veo el resplandor anaranjado de las llamas. Por encima del siseo del aire acondicionado del auto, se oyen ruidos de metralla y explosiones distantes. casi suaves, producidas por armas pequeñas.

Nos detenemos en una zona de edificios abandonados.

Aquçi no hay iluminación pública y lo único que me permite ver los terrenos baldíos y los depósitos a medio demoler al final de la calle es el resplandor anaranjado reflejado en las nubes bajas. Huelo el río, que debe estar en algún lado, en esa oscuridad,

El hombre poceado se da vuelta y hace una seña con la cabeza. El tailandés que está a mi derecha abre la puerta y me tironea del chaleco para hacerme salir. El conductor se queda en el auto, mientras los otros tres me arrastran hacia las sombras que están cerca del río.

Quiero comenzar a hablar cuando el hombre que está detrás de mi entrelaza sus dedos con mi pelo y me tira la cabeza hacia atrás, fuertemente, El tercer hombre me agarra los brazos, mientras el hombre que me sostiene la cabeza me apoya el filo de una navaja en la garganta. De repente, el hombre poceado se me acerca tanto que percibo el olor a pescado y cerveza de su aliento.

–¿Por qué pregunta por una mujer llamada Mara con una hija llamada Tanha? – me pregunta en tailandés.

Pestañeo para indicarle que no comprendo. La navaja extrae sangre de un punto que está por debajo de mi nuez. Me están tirando de la cabeza tan atrás que me resulta casi imposible respirar.

–¿Por qué pregunta por una mujer llamada Mara con una hija llamada Tanha? – vuelve a preguntarme, en inglés.

Mis palabras son poco más que una gárgara ronca.

–Tengo algo para ellas. – Trato de liberar mi mano derecha, pero el tercer hombre me aprieta la muñeca-. En el bolsillo izquierdo.

El hombre poceado vacila sólo un segundo, antes de abrir el chaleco de un tirón y tantearlo en busca del bolsillo escondido. Saca veinte billetes.

Vuelvo a sentir su aliento en mí cara, mientras él ríe suavemente.

–¿Veinte mil dólares? Mara no necesita veinte mil dólares. Mara no existe -concluye en inglés. En tailandés, le dice al hombre de la navaja-: Mátalo.

No es la primera vez que hacen esto. El primer hombre me empuja la cabeza más atrás todavía, el otro hombre me da un fuerte tirón en los brazos mientras el poceado retrocede, apartándose con fastidio del rocío arterial por venir. Un segundo antes de que la navaja me tajee el cuello, jadeo tres palabras.

–Busque otra vez,

Siento que la tensión aumenta en la mano y el brazo del que empuña el cuchillo cuando el corte comienza a profndizarse, pero el hombre poceado levanta una mano autoritaria. La navaja ha producido tanta sangre que tengo el cuello de la camisa y del chaleco empapados, pero no sigue cortando más. El hombre poceado tiene un billete en la mano levantada, lo escruta bajo la lúgubre iluminación y luego hace aparecer la llama de un encendedor de cigarillos. Masculla algo entre dientes,

–¿Qué? – dice el tercer hombre, en tailandés.

El hombre poceado responde en el mismo idioma,

–Es un bono al portador por diez mil dólares. Son todos bonos de diez mil dólares. Hay veinte.

Los otros dos resoplan.

–Hay más -les digo en tailandés-. Mucho más. Pero tengo que ver a Mara.

Nos quedamos ahí, inmóviles, durante al menos un minuto, hasta que el hombre poceado gruñe algo, la navaja desciende, me sueltan el pelo y regresamos a la limusina, que nos está esperando.

Seguí a Tres a través del túnel excavado bajo los toldos arqueados que forman los techos de los sampanes.

Cuando entramos en la barcaza cubierta, varios hombres tailandeses nos miraron, y luego volvieron a mirarnos, obviamente sorprendidos de que hubiesen dejado pasar a dos farang. Pero entonces su atención volvió a fijarse en el precario escenario ubicado en el centro de la embarcación. Me quedé quieto, pestañeando, tratando de ver a través de la pesada nube de humo de cigarrillo y marihuana. El escenario no tenía más de 1,80 x 1,20

metros, y estaba iluminado únicamente por dos faroles siseantes que colgaban de vigas, sobre nuestras cabezas. Estaba vacío, a no ser por dos mujeres que se hacían mutuos cunnilingus. Había cuatro filas de bancos burdos a cada lado del escenario y los aproximadamente veinte hombres tailandeses ubicados allí eran poco más que formas oscuras en la niebla de humo,

–¿Qué…? – comencé, pero Tres me hizo callar y me guié hasta un banco vacío que estaba a nuestra izquierda. Dos hombres tailandeses delgados, muchachos jóvenes en realidad, se unieron a las mujeres del escenario; las ignoraron y se dedicaron a acariciarse mutuamente para lograr la excitación. Estaba cansado de que me hicieran callar. Me incliné hacia Tres y le dije:

–¿Por qué carajo tuvimos que pagar trescientos dólares norteamericanos por esto, cuando podemos mirar lo mismo por un par de dólares en cualquier bar de la calle New Petchburi?

Tres meneó la cabeza,

–Esto es sólo un show preliminar, Johnny -susurró-. Un precalentamiento. Pagamos por ver el espectáculo principal.

Un par de hombres que estaban delante de nosotros se dieron vuelta y fruncieron el ceño, como si estuviésemos haciendo demasiado ruido en un cine. En el escenario, los dos muchachos habían terminado de prepararse y se habían enredado con las jóvenes mujeres y también entre si. Las combinaciones eran complicadas.

Me senté y crucé las piernas. En Vietnan no usábamos ropa interior porque nos salían hongos en los genitales, y yo, al igual que muchos otros soldados, me había acostumbrado a no usarla, incluso cuando llevaba ropas de civil durante una licencia. Esa noche, deseé haberme puestc calzoncillos debajo de los livianos pantalones de algodón. Me parecía de mal gusto tener esa evidente erección frente a todos esos hombres.

Los cuatro jóvenes del escenario exploraron combinaciones durante más o menos diez minutos más. Cuando acabaron -todos casi al mismo tiempo-, los orgasmos de las mujeres pudieron ser fingidos, pero no hubo dudas de que los de los hombres fueron sinceros. Una de las chicas tailandesas recibió semen sobre los senos, mientras la otra untaba la leche del segundo muchacho sobre las nalgas del primero. Lo bisexual me perturbaba y me excitaba al mismo tiempo. En ese entonces no me entendía bien, Al finalizar, los cuatro jóvenes, sencillamente, se pusieron de pie y salieron por una puerta que daba a un túnel, ubicada en la pared del fondo.

Los parroquianos no aplaudieron. El escenario quedó vacío por varios minutos, pero entonces un tailandés de baja estatura, vestido con pantalones y camisa de seda negra, avanzó hacia el escenario y dijo algo en voz baja, seria. Entendí la palabra Mara, dos veces. Repentinamente, el salón se llenó de tensión.

–¿Qué dijo? – comencé.

–Shhh -dijo Tres, con los ojos remachados al escenario.

–A la mierda -dije. Había pagado por esta basura. Merecía saber qué me iban a dar a cambio de ese dinero-¿Qué es una Mara?

Tres suspiró.

–Mara es el phanyaa mahn, Johnny. El príncipe de los demonios. El envió a sus tres hijas, Aradi, el descontento, Tanha, el deseo, y Raka, el amor, para tentar a Buda. Pero Buda triunfó.

Entrecerré los ojos para escudriñar, a través del humo, el escenario vacío y el farol que se balanceaba lentamente.

–¿Entonces Mara es un hombre?

Tres meneó la cabeza. – No cuando el espíritu del phanyaa mahn se combina con el naga en una reencarnación demoníaco-humana -me dijo.

Miré a Tres de arriba abajo. Desde nuestra llegada a Bangkok ambos habíamos estado fumando buena mierda -el porro tailandés era casi gratis-pero era obvio que Tres había estado fumando más de lo que le convenía.

Notó mi mirada y sonrió levemente.

–Mara es la parte del mundo que muere Johnny… el principio de la muerte. La única cosa a la que le tenemos más miedo que a los vietnamitas cuando salimos de patrulla nocturna. El naga es una especie de dios serpiente que se asocia con el agua. El río. Puede darte o quitarte la vida.

Cuando se le concede el espíritu del naga a alguien poseído por el poder del

phanyaa mahn, es decir de Mara. la criatura demoníaca puede ser masculina o femenina. Pero lo que pagamos por ver es un Mara femenino que se supone que es phanyaa mahn naga kio. Eso no ocurre ni una vez en diez mil reencarnaciones.

–¿Qué es un kio? – susurré. Tenía la deprimente sensación de que había dilapidado 300 dólares para nada.

–Un kio es… shhh -siseó Tres, señalando el escenario.

Sobre el escenario apareció una mujer. Estaba vestida con seda tailandesa tradicional y traía una beba en los brazos. Tenía un rostro afilado, casi masculino, y su pelo era un aureola negra y enredada. Era de más edad que los actores sexuales que habíamos visto antes, pero no tendría mucho más que 20 años. La beba lloriqueaba y tironeaba de la seda que cubría los pequeños senos de la mujer. Me di cuenta de que los tailandeses que estaban en el salón hacían una leve reverencia desde donde estaban sentados. Algunos hacían el tradicional wai, con las palmas juntas, que indicaba sumisión. Parecía raro que lo hicieran ante una actriz sexual. Miré a Tres con el ceño fruncido, pero él también estaba haciendo el wai. Meneé la cabeza y volví a mirar el escenario. Casi todos los hombres habían apagado sus cigarrillos, pero en la barcaza había tanto humo que era como tratar de entrever algo en medio de la niebla.

La mujer se había arrodillado en el escenario. La beba colgaba flácidamente de sus brazos. El hombre de seda negra subió al escenario y dijo algo en voz baja, inexpresiva.

Hubo un largo silencio. Finalmente, un tailandés gordo que estaba en primera fila se puso de pie, se volvió para mirar una sola vez al público y luego subió al escenario. Hubo una exhalación general de aire y pude sentir que la tensión que había en el salón se concentraba en otro lado, aunque en realidad no disminuyera.

–¿Qué? – susurré.

Tres meneó la cabeza y señaló. El gordo le estaba entregando un grueso rollo de baht al hombre de seda negra.

Como si les hubieran dado el pie, las dos mujeres jóvenes que habíamos visto antes volvieron a salir. Vestían una especie de indumentaria ceremonial que yo asocié con una danza tailandesa formal que había visto en fotos. Ambas llevaban sombreros altos, terminados en pico, hombreras extrañas y blusa y pantalones de seda dorada. Comencé a preguntarme si

había pagado 300 dólares para ver a cuatro personas teniendo relaciones sexuales con la ropa puesta.

Los dos muchachos, con sus correspondientes trajes, volvieron al escenario trayendo un sillón ornamentado. Temí que volvieran a ofrecer más espectáculos de maricas y lesbianas, pero los muchachos se limitaron a colocar el sillón en su lugar y desaparecer. Las dos chicas comenzaron a desvestir al gordo, mientras la mujer llamada Mara miraba fijamente a ningún lado, sin prestar atención al hombre, ni a sus asistentes, ni al público.

Luego de haber desvestido al cliente de una manera casi ritual y de haber doblado sus ropas, las chicas lo empujaron hasta sentarlo en el sillón.

Vi que el sudor perlaba el labio superior y el pecho del hombre. Me pareció que sus piernas temblaban ligeramente. Si él había pagado por alguna clase de servicio erótico, por cierto no parecía estar de humor para recibirlo. La verga del tipo estaba arrugada, reducida a casi nada, y el escroto parecía haberse encogido al tamaño de una nuez.

Las jóvenes se inclinaron y comenzaron a trabajar sobre él, con las manos y la boca. Demoraron un rato, pero eran muy buenas: en el lapso de unos minutos la verga del gordo estaba dura y tan alta que el glande casi le tocaba el vientre. Mientras tanto, Mara seguía mirando la nada y la beba se agitaba suavemente en sus brazos. La mujer parecía indiferente al punto de la catatonia.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Tuve miedo de que fueran a hacerle algo a la beba y la idea me hizo sentir físicamente asqueado. Meneé la cabeza. Toda esta mierda era muy rara.

Las dos jóvenes se fueron. El escenario quedó vacío, a excepción del gordo, sentado en el sillón con su modesta erección, y de la mujer con su beba. Lentamente, Mara se volvió hacia el hombre y una ilusión óptica causada por la luz del farol hizo que en sus ojos refulgiera un color casi amarillo. De repente, todo pareció quedar demasiado silencioso, como si todos hubiesen dejado de respirar.

Mara se puso de pie, avanzó tres pasos hacia el hombre y luego volvió a arrodillarse. Estaba tan lejos del tipo que iba a tener que inclinarse hacia adelante para poder siquiera apoyarle la mano en el muslo. Advertí que sus uñas eran muy rojas y muy largas. En ese punto, la erección del gordo

comenzó a flaquear visiblemente y advertí que las bolas comenzaban a elevarse de nuevo, como si quisieran buscar protección en su cuerpo.

Mara pareció sonreír ante ese panorama. Se inclinó hacia adelante, sin dejar de acunar a la beba, y abrió la boca.

Entonces supuse que habría sexo oral, pero su cabeza en ningún momento se acercó a los genitales del hombre más de 45 centímetros. En vez de eso, la mujer asomó la lengua entre sus dientes afilados, perfectamente blancos, hasta que la lengua se arqueó tanto que con ella podía tocarse el mentón. Los ojos del gordo ahora estaban muy abiertos, y pude ver que sus brazos y su vientre se sacudían levemente. La erección se había repuesto.

Mara movió la cabeza, la sacudió como si estuviera aflojándose el cuello, y su lengua continuó deslizándose hacia afuera. Quince centímetros de lengua. Después veinte. Treinta centímetros de lengua carnosa saliendo de su boca abierta, como un serpiente rosada desenrollándose y saliendo de su oscuro nido.

Cuando unos 45 ó 50 centímetros de gruesa lengua habían salido de la boca, se habían arrastrado por el muslo del gordo y habían comenzado a envolverse alrededor de su miembro, traté de tragar saliva y descubrí que no podía. Traté de cerrar los ojos y descubrí que mis párpados se rehusaban a cerrarse. Con la boca abierta, respirando con dificultad, sencillamente seguí mirando.

La lengua de Mara se deslizó alrededor de la cabeza del pene no circuncidado del hombre, empujando el prepucio hacia atrás con su movimiento. La luz del farol se reflejaba en la rosada humedad de esa lengua y hacía resplandecer la erección del hombre donde ya estaba lubricada.

Se desenrolló más lengua; la punta describía espirales descendentes, como si estuviera explorando la cabeza de una serpiente de cuerpo muy ancho. El gordo cerró los ojos en el mismo momento en que la larga lengua terminaba de encerrar completamente su miembro: la angosta punta de esa cinta de carne se hamacaba y se sacudía de arriba abajo hacia sus tensos testículos. Las pestañas de Mara también habían descendido, pero vi el centelleo blanco y amarillo debajo de sus párpados cuando el hombre comenzó a mover la cadera.

Ver esa lengua húmeda bajo la luz amarilla del farol era terrible -

nauseabundo- pero no era lo peor. Lo peor eran las lesiones que había en esa lengua y que por un instante pude ver: aberturas, tajos oblongos, en la carnosa parte interna de la lengua, como si alguien hubiese tomado un escalpelo muy afilado y hubiese practicado una serie de incisiones incruentas, de un centímetro de largo.

Pero no eran incisiones. Incluso con esa pobre iluminación, pude ver que esas aberturas carnosas latían, abriéndose y cerrándose por su propia voluntad, como las bocas de alimentación de alguna anémona hambrienta que flota con la suave corriente de la marea. Entonces, la lengua apretó con más fuerza el ya estrangulado pene del hombre, y vi las contracciones casi peristálticas de esa cinta de carne rosada que tiraba y apretaba, apretaba y tiraba. Mara cerró los labios, echó la cabeza hacia atrás como un pescador que trata de sacar un anzuelo profundamente encajado y el gordo gimió de éxtasis. Se aferró de los apoyabrazos del sillón y se puso a sacudir las caderas más violentamente, con los ojos a medio abrir pero obviamente sin ver nada, salvo el rojo oleaje de su propio placer.

Seguir: parte 2 de 2