Navigatio
Capítulo I
COBISA, PROVINCIA DE TOLEDO, 6 DE JUNIO DE 2009
Capita I. Navigatio Sancti Brendoni abbatis. El monje Odran vuelve al monasterio de Conflert después de una ausencia de más de siete años. Da noticia al abad Brendanus de su extraordinario viaje y le pide que se reúna con el hermano Mernoc en la isla del Paraíso.
Cobisa era uno de esos pueblos pequeños y tranquilos de La Mancha, en donde nunca pasaba nada. Hasta que un día pasaba algo.
Y entonces, pasaba todo de golpe.
—Debería usted venir a ver lo que ha ocurrido en la iglesia, señor alcalde. —El secretario había entrado en su despacho, después de tocar dos veces con sus nudillos en el quicio de la puerta.
Ramón Sánchez, el alcalde, levantó la vista de sus papeles, las pruebas de color del folleto de las fiestas del pueblo para las que apenas quedaban unas semanas. Acuchilló con la mirada a su secretario. Era el único de su equipo municipal que le llamaba de usted, y el único que tenía los santos cojones de irrumpir en su despacho sin esperar el preceptivo «entre» que el alcalde daba a todo el mundo. Pensó que si no fuera tan condenadamente eficaz, ocuparía un puesto de privilegio en su primera crisis municipal.
—¿Qué ha pasado? —preguntó sin descomponerse, que para eso llevaba tres legislaturas en el cargo, y esta última con mayoría absoluta, que siempre le deja a uno el cuerpo como muy templado para cuatro años.
—Un accidente en las obras de la iglesia, señor alcalde.
Ramón torció el gesto. Un accidente laboral en unas obras municipales nunca era una buena noticia, siempre traía preguntas de la oposición sobre seguridad, adjudicación de la contrata y esas zarandajas.
—Me lo cuentas por el camino —dijo, mientras se levantaba de la mesa.
Los obreros terminaron de desescombrar, retirando con cuidado los últimos cascotes que cubrían el cuerpo que descansaba en el fondo de la doble pared recién descubierta por la acción de la piqueta. Cuando los operarios se apartaron, Nuria Rubio, la inspectora de Patrimonio de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, trepó por los andamios con la agilidad que le daban sus treinta y tres años, y la costumbre de muchas obras a sus espaldas.
Cuando llegó a la plataforma superior, a tres metros del suelo, se inclinó por el hueco del derrumbe y enfocó su linterna sobre las oscuras tinieblas que inundaban la cámara recién descubierta entre el muro maestro de la iglesia y la falsa pared.
No había duda. Lo que descansaba en el fondo del vano era un cuerpo humano. Los restos esqueléticos de un monje, por el hábito con el que iba vestido. A su lado podía distinguir tres bultos, envueltos en viejas y polvorientas mantas.
Chasqueó la lengua un par de veces y apagó la linterna antes de volver a bajar de la estructura metálica del andamio. En el mejor de los casos, aquellos hallazgos paralizarían las obras unas cuantas semanas. Su agenda volvía a desmoronarse. Se estaba sacudiendo el polvo de las manos en sus recios pantalones tipo «cargo»; «a las obras y yacimientos nunca se va con faldas», consejo de las veteranas; cuando oyó a sus espaldas una voz familiar. La de Ramón Sánchez, el alcalde, que acababa de entrar con su secretario. Parecían discutir.
—Si no hay heridos no es un accidente, Luis —casi le pontificaba con paciencia —, como mucho es un «incidente», pero no un accidente, coño, a ver si aprendemos a utilizar el lenguaje, que no gana uno para sustos con vosotros.
Su enfado pareció desaparecer en cuanto distinguió a Nuria rodeada de obreros. Se acercó a ella con una franca sonrisa.
—Inspectora Rubio, es un placer volver a verla en nuestro pueblo.
—Lamento haberle hecho llamar, alcalde —Nuria le estrechó la mano que le tendía—, pero tenía que estar informado de lo sucedido.
—Lo importante es que no haya habido heridos entre los operarios —quiso asegurar la información que tenía.
—Oh, no. Ha sido un derrumbe parcial y hacia dentro del vano que se ha abierto. Sucedió cuando comenzábamos el saneamiento de la parte superior de esta pared — dijo señalando el tabique cubierto de andamios—. A «lo que» había dentro, los cascotes ya no han podido hacerle daño.
—Un cuerpo humano, al parecer.
—Sí. Por lo que he podido apreciar desde la plataforma superior, parece el cuerpo de una persona vestida con hábitos. Un monje, tal vez. Hasta que no saquemos el cadáver no podré asegurarlo. Junto al cuerpo hay tres bultos más. Desconocemos su contenido.
—¿Podrían ser restos humanos? —preguntó el alcalde con un rastro de inquietud.
—Demasiado pequeños para ser cuerpos enteros —le tranquilizó Nuria.
—Podrían ser cadáveres descuartizados, señor alcalde —apuntó el secretario.
Ramón se volvió hacia él y le fulminó con la mirada.
—Luis, te me vas a ir ahora mismo al ayuntamiento y me esperas allí, hasta que yo termine de hablar con la inspectora Rubio.
El secretario se dio la vuelta sobre sus talones y salió con paso ligero del templo. No era cuestión de tentar más la suerte. Cuando Ramón lo vio salir por la puerta, se volvió de nuevo hacia Nuria.
—Bueno, en una iglesia ya se sabe —quiso quitarle importancia el alcalde—, lo normal es encontrarse con restos de curas…
—No he dicho que fuera un cura, he dicho monje o fraile —puntualizó Nuria—.
Y lo que hemos encontrado no es un enterramiento, es un emparedamiento. No hay nada normal en todo esto, alcalde.
—Ya. ¿Han llamado a la Guardia Civil? ¿Y al juzgado? —Ramón prefirió salir del jardín en el que se había metido para comenzar a moverse por territorios que conocía mejor—. Habrá que levantar el cadáver —puntualizó.
—He podido escuchar cómo su secretario se ponía en contacto con el cuartelillo de Argés. También ha utilizado el móvil para llamar a los juzgados de Toledo. Un hombre con una imaginación desbocada, pero eficaz —quiso Nuria echarle un capote al atribulado funcionario.
—¿Y el cura? ¿Está don Simón enterado de todo esto? —volvió a preguntar. Porque Ramón, a pesar de ser socialista, y no haber vuelto a comulgar desde su primera comunión, había sabido mantener siempre una exquisita relación con la jerarquía eclesiástica del pueblo. La restauración de la iglesia de San Felipe y Santiago Apóstol era casi un proyecto personal suyo. Había logrado sacar adelante la subvención incluso contra la opinión de la Federación Socialista de Toledo, que hubiera preferido ampliar el polideportivo.
—Don Simón estaba con nosotros cuando se cayó la pared —le aclaró Nuria—. Ahora mismo está en su despacho de la sacristía hablando con el arzobispado.
—Bien, pues todo indica que vamos a tener un día movidito, y que Cobisa se va a llenar de gente. —Se sacó del bolsillo de los pantalones un Motorola de última generación y marcó un número de su memoria—: Luis —hablaba con el secretario—, que los municipales me acordonen la iglesia, quiero una patrulla aquí todo el día, que no pase nadie sin mi autorización, la de la inspectora o la del cura. Y sobre todo ningún periodista aquí dentro hasta que no preparemos una declaración. Anúlame la agenda de toda la semana y convoca un pleno para mañana. Ahora mismo voy para el ayuntamiento, no te muevas de ahí. —Y colgó.
Ramón se frotó las manos con un mal disimulado gesto de satisfacción. No estaba mal un poco de acción para un pueblo tan tranquilo y pequeño como el suyo. En realidad, crisis así tenían la capacidad de tonificarle y hasta rejuvenecerle.
—Inspectora —dijo dirigiéndose a ella con una brillante sonrisa tendrá que disculparme. Debo hacer unas llamadas y formar un pequeño comité para gestionar este «incidente». Cuento con su colaboración, por supuesto.
—Me temo que estoy obligada a ello, señor alcalde. —Ella también sabía sonreír como un político.
Fue una larga y dura jornada, pero a media noche el regidor municipal logró, por fin, un acuerdo que parecía satisfacer a todas las partes.
El falso muro había resultado ser finalmente una auténtica caja de sorpresas. De allí había salido el cuerpo momificado de un monje y tres bultos de contenido sorprendente. El mayor de ellos contenía una talla polícroma de la Virgen de las Angustias, la patrona del pueblo, que se creía perdida desde la guerra civil. En sí misma tenía escaso valor, realizada a finales del XIX y donada a la parroquia por la marquesa de Sonseca, antigua terrateniente. Don Simón aportó, como prueba irrefutable de la autenticidad de la imagen, fotos antiguas del archivo de la parroquia. De su examen por la improvisada comisión, quedaron pocas dudas de que era la talla desaparecida. Se acordó por unanimidad que quedase en la iglesia de San Felipe y Santiago, presidiendo el altar de su capilla, como lo había hecho hasta el poco venturoso año de 1936.
Aparentemente, la pieza escultórica no había sufrido daño alguno en su encierro, ya que la doble pared había conseguido un efecto de cámara de aislamiento seco e inalterable durante aquellos setenta y dos años de obligada reclusión. Las labores mínimas de limpieza y restauración de la talla se llevarían a cabo en una sala especialmente habilitada para ello en la Biblioteca Municipal, y serían realizadas por técnicos de conservación del Patrimonio de la Comunidad. La inspectora Rubio estimaba que aquellos trabajos finalizarían coincidiendo con la terminación de la restauración de la iglesia en octubre o noviembre.
La reapertura de la iglesia en todo su esplendor, finalizadas las obras, tendría un broche inesperado con la reaparición al culto de la imagen perdida de la patrona del pueblo, como se encargó de señalar el alcalde a don Simón y al secretario del arzobispado, a los que se notaba visiblemente satisfechos por los acuerdos alcanzados.
El segundo bulto contenía un libro. En realidad un manuscrito: Navigatio Sancti Brendani abbatis, «La navegación del abad san Brendano». En su última página aparecía fechado en el año 555 d. J.C. Su estado era impecable, por lo que la inspectora de Patrimonio consideró, con aparente buen juicio, que la pieza tenía que ser una falsificación. El secretario del arzobispado, que parecía tener algunos conocimientos de paleontología, apoyó el veredicto de la funcionaría y perdió todo el interés por el manuscrito. Siguiendo indicaciones de Nuria Rubio, se decidió el traslado del libro a la Biblioteca Nacional de Madrid para su autenticación en sus laboratorios, que pasaban por ser los más avanzados y fiables de España.
Fuese cual fuese el resultado de sus análisis, el «Navigatio» regresaría al pueblo. La ubicación final para su exhibición se tomaría de común acuerdo entre la parroquia y el ayuntamiento.
El tercer hallazgo no era menos sorprendente. Una larga ampolla de cristal con una embocadura sellada por un tapón de plata que contenía una enorme y nívea pluma de ave y lo que parecía un finísimo cabello rubio. Un trozo de papiro con una inscripción en latín clásico detallaba el increíble contenido del receptáculo de vidrio. Decía así: «Pluma y cabello de ángel encontradas en la entrada del Santo Sepulcro, al tercer día de la resurrección y ascensión a los cielos de Nuestro Señor Jesucristo».
Nuria no pudo evitar sonreír al traducir el texto. De repente, sintió una enorme curiosidad por el monje. Si había tenido algo que ver con el contenido de aquellos tres bultos, le hubiese gustado conocerle en vida, porque debía de tener una buena historia que contar. Con la pluma del ángel, el secretario del arzobispado se mostró inflexible. La presunta reliquia debía viajar a Roma para su análisis y autenticación. Se haría en los laboratorios vaticanos. Con la mayor discreción. A los medios se les comunicaría la aparición de una posible reliquia, pero no se les daría ningún detalle sobre su naturaleza.
—Bastantes vejaciones sufre la Iglesia por sus enemigos, como para que encima nosotros les pongamos una alfombra roja —razonó el secretario con el animoso apoyo de don Simón. Nadie se opuso.
El cuerpo del infortunado monje fue enviado al Instituto de Medicina Legal de Madrid, después de que un juez autorizase su levantamiento y traslado a la capital previendo una autopsia complicada y una identificación, en el mejor de los casos, compleja.
El alcalde intentó recabar alguna información del médico forense que había realizado la primera inspección del cadáver in situ.
—¿Cuánto tiempo cree usted que lleva muerto? ¿Fue muerte natural o violenta? —casi le acosó a preguntas el máximo dignatario municipal.
—Yo la bola de cristal la dejo siempre en el laboratorio. Ya le informarán —fue la única contestación desabrida que consiguió del forense.
Un imbécil el galeno, pensó Ramón. No había comprendido el alcance de sus preguntas. No eran preguntas gratuitas ni de barato, que él tenía un sexto sentido para aventar problemas aun cuando estaban germinando.
—Bien, señoras y señores —dijo el alcalde, elevando el tono de voz por encima de las conversaciones de los miembros del precipitado gabinete de crisis—. Parece que hemos llegado a un acuerdo de mínimos que satisface a todas las partes. Propongo que firmemos pues el acta, y que fijemos una rueda de prensa con los medios, para lo cual este ayuntamiento ofrece gustosamente el auditorio de la biblioteca municipal para mañana mismo.
Todos estuvieron de acuerdo. Se firmó el acta y se fijó para el día siguiente a las diez de la mañana la rueda de prensa, donde los miembros de la comisión responderían a todas las preguntas que quisieran hacerles los amables chicos de la prensa.
Ramón despidió a todos en la puerta del ayuntamiento con cálidos apretones de manos, mientras los flashes de los fotógrafos y los focos de las cámaras de televisión los iluminaban.
Todos los componentes de la comisión reflejaban el agotamiento y el cansancio de una larga jornada en sus rostros. Todos menos el alcalde, que parecía en plena forma, mientras leía un escueto comunicado convocando a los medios al día siguiente para darles amplia información de todo lo sucedido en una rueda de prensa.
Se guardó la cuartilla en un bolsillo de su chaqueta y les dedicó a todos una de sus mejores sonrisas. Les sonreía de verdad. Mañana, Cobisa, su pueblo, sería portada en todos los periódicos y abriría los boletines informativos de todas las emisoras y canales de televisión. Cobisa estaría de actualidad en todo el país durante los próximos días. El pueblo, la iglesia de San Felipe y Santiago, el monje, la Virgen de las Angustias, el libraco ese y la pluma del ángel. Una pena que faltaran casi tres años para las próximas elecciones, pensó después de saludar por última vez a los medios y cerrar la puerta del ayuntamiento.