Nieve en Abril
Capítulo 1
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
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Capítulo 1
Envuelta en una perfumada espuma y con el cabello recogido en el gorro de baño, Caroline Cliburn permanecía tendida en la bañera, escuchando la radio. El cuarto de baño era amplio, como todas las habitaciones de la casa.
Antes había sido cuarto de baño y vestidor, pero tiempo atrás Diana había decidido que la gente ya no usaba ni necesitaba vestidores, por lo que lo había desmantelado y había hecho colocar porcelana color rosa, una mullida alfombra blanca en el suelo y una cortina de calicó en la ventana. En una mesita baja con superficie de cristal había recipientes de sales de baño, revistas y una gran pastilla de jabón con perfume de rosas. También había rosas estampadas en las toallas de baño y en la estera sobre la cual reposaban en ese momento la bata de Caroline, sus zapatillas, la radio y un libro.
La radio emitía un vals. Uno-dos-tres, uno-dos-tres, decían los arrullos de los violines, evocando visiones de patios con palmeras, caballeros de guante blanco y ancianas damas sentadas en sillas doradas, siguiendo con movimientos de la cabeza el compás de la bonita melodía.
«Me pondré el nuevo traje pantalón», pensó. Pero entonces recordó que uno de los botones dorados de la chaqueta se había caído y que, casi con seguridad, lo había perdido. Claro que podía buscar el botón, enhebrar una aguja y coserlo. La operación no le llevaría más de cinco minutos, pero sería más sencillo no hacerlo y ponerse en su lugar el caftán de color turquesa o el vestido de terciopelo negro que, según decía Hugh, le confería aspecto de Alicia en el país de las maravillas.
El agua se estaba enfriando. Abrió el grifo del agua caliente con el dedo gordo del pie y decidió salir de la bañera a las siete y media, secarse, maquillarse y bajar. Llegaría con retraso, pero no importaba. Todos la estarían esperando en torno de la chimenea; Hugh con aquel esmoquin de
terciopelo que ella tanto aborrecía, y Shaun ceñido con su faja escarlata. Y
los Haldane estarían allí, Elaine ya iría por el segundo martini y Parker con sus maliciosos y bellos ojos, y los invitados de honor, los socios de Canadá de Shaun, Mr. y Mrs. Grimandull, o algo por el estilo. Tras una razonable espera, los invitados pasarían al comedor para saborear la sopa de tortuga y el cassoulet que Diana se había pasado toda la mañana preparando y el sensacional budín que probablemente sería servido flameado entre los
«ohs» y los «ahs» y los «Pero, Diana querida, ¿cómo lo haces?».
Como de costumbre, el solo hecho de pensar en toda aquella comida le provocó náuseas. Lo cual era muy extraño porque la indigestión era privilegio sin duda de los muy viejos, los glotones y tal vez las embarazadas, y Caroline, a sus veinte años, no entraba en ninguna de esas categorías. No es que se encontrara mal, pero nunca se sentía del todo bien.
Puede que antes del martes… no, del martes de la otra semana, fuera a ver a un médico. Ya se imaginaba su explicación. «Me voy a casar y me encuentro siempre mal.» E imaginaba la sonrisa paternal y comprensiva del médico. «Son los nervios que preceden a la boda, eso es muy natural, le recetaré un sedante.»
El vals terminó discretamente y el locutor anunció el noticiario de las siete y media. Caroline lanzó un suspiro, se incorporó en la bañera, quitó el tapón antes de sucumbir a la tentación de seguir disfrutando del baño y pisó la estera de baño. Apagó la radio, se secó superficialmente, se puso la bata y se dirigió a su dormitorio, dejando unas húmedas huellas en la inmaculada alfombra blanca. Se sentó ante el tocador con faldones, se quitó el gorro de baño y observó sin demasiado entusiasmo su propia imagen reflejada tres veces. El largo cabello liso tan pálido como la leche le colgaba a ambos lados del rostro cual dos borlas de seda. Su rostro no era bonito en el habitual sentido del término. Los pómulos eran demasiados altos, la nariz chata, la boca ancha. Sabía que podía resultar guapa o fea según se mirara y que sólo sus grandes ojos oscuros de espesas pestañas llamaban la atención en cualquier circunstancia, incluso en aquellos momentos en que estaba totalmente agotada.
(Recordó algo que Drennan le había dicho una vez, sosteniéndole la cabeza
entre sus manos y levantándole el rostro hacia el suyo. «¿Cómo es posible que tengas la sonrisa de un chico y los ojos de una mujer? ¿Y, para colmo, los ojos de una mujer enamorada?» Ambos estaban sentados en el asiento delantero del coche de Drennan y fuera llovía y estaba muy oscuro.
Recordaba el rumor de la lluvia, el tic tac del reloj del coche y la sensación de las manos de Drennan rodeándole la barbilla, pero era como evocar un suceso de un libro o una película, un suceso que ella había presenciado, pero en el que no había intervenido. Le había ocurrido a otra chica.) Alargó bruscamente la mano hacia el cepillo, se recogió el cabello con una banda elástica y empezó a maquillarse. De pronto, oyó unas suaves pisadas sobre la mullida alfombra del pasillo. Las pisadas se detuvieron delante de su puerta, que estaba entornada.
–Hola.
–¿Puedo entrar?
Era Diana.
–Pues claro.
Su madrastra ya estaba vestida de blanco y oro y llevaba el cabello rubio ceniza recogido en un moño y atravesado con un alfiler de oro. Se veía, como siempre, hermosa, esbelta, alta, inmaculadamente impecable. El azul de sus ojos destacaba en un rostro que conservaba el bronceado gracias a las regulares sesiones de lámpara ultravioleta, que era uno de los motivos de que a menudo la tomaran por nórdica. Poseía la rara habilidad de estar tan guapa con ropas de esquí o tweed como con un lujoso vestido de noche, dispuesta a participar en una elegante velada de gran etiqueta.
–¡Caroline, aún no estás lista!
Caroline empezó a hacer unas cosas muy complicadas con el cepillo del rímel.
–Voy por la mitad. Ya sabes lo rápida que soy en cuanto empiezo. Creo que fue lo único provechoso que aprendí en la Escuela de Arte Dramático -
añadió-. Quiero decir, maquillarme en un minuto exacto.
Inmediatamente lamentó haber hecho aquel imprudente comentario. La Escuela de Arte Dramático seguía siendo todavía territorio prohibido desde el punto de vista de Diana, la cual adoptaba una actitud belicosa en cuanto la oía nombrar.
–En tal caso -dijo fríamente Diana-, los dos años que pasaste allí no fueron una completa pérdida de tiempo. – Al ver que Caroline, arrepentida, no contestaba, añadió-: Bueno, de todos modos, no hay prisa. Hugh ya ha llegado y Shaun le está sirviendo una copa, pero los Lundstrom llegarán un poco tarde. Me ha telefoneado ella desde Connaught para decirme que John se ha retrasado por culpa de una reunión.
–Lundstrom. No recordaba su apellido. Pensaba que se llamaban Grimandull.
–Qué poca consideración. Ni siquiera los conoces.
–¿Tú sí?
–Sí y son muy simpáticos.
Con indirecta intención, Diana empezó a ordenar el dormitorio de Caroline, emparejando los zapatos, doblando un jersey y recogiendo la toalla que estaba en el suelo. La dobló y la llevó al cuarto de baño donde Caroline la oyó limpiando el lavabo, abriendo y cerrando el armario con espejos y guardando sin duda un pote de crema para la cara tras haber cerrado la tapa.
–Diana -dijo Caroline, levantando la voz-, ¿qué son esas reuniones de Mr.
Lundstrom?
–¿Cómo? – dijo Diana, regresando a la habitación.
Caroline le repitió la pregunta.
–Es un banquero.
–¿Tiene algo que ver con este nuevo negocio de Shaun?
–Tiene mucho que ver. Él lo va a financiar. Por eso ha venido a este país, para ultimar los detalles.
–O sea que todos tendremos que ser encantadores y portarnos muy bien.
Caroline se levantó, se quitó la bata y, completamente desnuda, fue en busca de su ropa.
Diana se sentó a los pies de la cama.
–¿Y eso te parece un esfuerzo tan grande? Caroline, estás terriblemente delgada. De verdad, demasiado delgada, deberías engordar un poco.
–Estoy bien. – Caroline sacó unas prendas de ropa interior de un cajón muy bien surtido y empezó a ponérselas-. Estoy bien así.
–No digas tonterías. Se te marcan las costillas. Y comes menos que una mosca. Hasta Shaun se dio cuenta el otro día, y sabes lo poco observador que es. – Caroline se puso unas bragas-. Y además, estás muy pálida. Lo he visto al entrar. Quizá tendrías que empezar a tomar hierro.
–¿Eso no te pone los dientes negros?
–Pero bueno, ¿de dónde has sacado esa historia?
–A lo mejor, me pasa porque me voy a casar y he tenido que escribir ciento cuarenta y tres cartas de agradecimiento.
–No seas desagradecida… Ah, por cierto, Rose Kintyre me ha llamado para preguntarme qué quieres que te regale. Le he sugerido aquellas copas que
viste en Sloane Street, ya sabes, aquellas que tenían las iniciales grabadas.
¿Qué te vas a poner esta noche?
Caroline abrió el armario y sacó el primer vestido que le vino a mano, el cual resultó ser el de terciopelo negro.
–¿Éste?
–Sí, me encanta ese vestido. Pero tendrías que ponerte medias oscuras.
Caroline lo volvió a guardar y sacó el siguiente.
–¿Y éste?
Por suerte, era el caftán, no el traje pantalón.
–Sí. Precioso. Con pendientes de oro.
–Los he perdido.
–Oh, no me digas que has perdido los que Hugh te regaló.
–Bueno, en realidad, es que no sé dónde los he puesto. Los guardé, pero no recuerdo dónde. No te preocupes. – Caroline se pasó por la cabeza el fino modelo de seda color turquesa-. De todos modos, a mí no se me ven los pendientes a menos que me recoja el cabello. – Mientras se abrochaba los pequeños botones, preguntó-: ¿Y Jody, dónde va a cenar?
–Con Katy en el sótano. Le he dicho que podía cenar con nosotros, pero prefiere ver una película del Oeste en la televisión.
Caroline se soltó el cabello y empezó a cepillárselo.
–¿Está allí ahora?
–Creo que sí.
Caroline se roció con el perfume del primer frasco que le vino a mano.
–Si no te importa -dijo-, bajaré primero a darle las buenas noches.
–No tardes mucho. Los Lundstrom estarán aquí dentro de unos diez minutos.
–No tardaré.
Mientras bajaban juntas, se abrió la puerta del salón y apareció Shaun Carpenter, llevando un recipiente de hielo de color rojo en forma de manzana cuyo tallo dorado, surgiendo de la tapadera, formaba el asa. Shaun miró hacia arriba y las vio.
–No hay hielo -dijo a manera de explicación y entonces se distrajo, como un comediante que dirige una segunda mirada antes de decir su parlamento, al verlas aparecer, y se quedó de pie allí, en medio del vestíbulo, para verlas bajar.
–Estáis las dos guapísimas -dijo-. Sois unas mujeres maravillosas.
Shaun era el marido de Diana y, para Caroline, solía ser varias cosas distintas. «El marido de mi madrastra», lo llamaba algunas veces. O, «mi padrastro». O, simplemente, Shaun.
Él y Diana llevaban tres años casados, pero, tal como Shaun se complacía en decirle a la gente, conocía a Diana y la adoraba desde hacía muchísimo más tiempo.
«La conocí hace mucho tiempo -decía-. Pensaba que ya la tenía en el bote, pero entonces ella se fue a las islas griegas a comprarse una casa e, inesperadamente, me escribió para decirme que había conocido a un arquitecto llamado Gerald Cliburn, y se había casado con él. Más pobre que una rata, con hijos y más bohemio que yo qué sé. Podrían haberme
derribado con una pluma.»
A pesar de todo, él había seguido fiel a su memoria, había triunfado en los negocios y había tenido igual éxito en su papel del más sofisticado soltero profesional, muy solicitado por las anfitrionas de Londres, que siempre tenía la agenda llena de compromisos con varios meses de antelación.
Su vida de soltero era tan agradable y estaba tan bien organizada que, cuando Diana Cliburn, viuda y con dos hijastros a su cargo, regresó a Londres para instalarse en su antigua casa e iniciar una nueva vida, la gente empezó a preguntarse qué iba a hacer Shaun Carpenter. ¿Se habría acostumbrado demasiado a su cómoda vida de soltero? ¿Sería capaz, por Diana, de renunciar a su independencia y aceptar la rutinaria existencia de un padre de familia normal y corriente? Los chismosos lo dudaban.
Pero los chismosos no habían contado con Diana. Esta había regresado de Afros, si cabe, más hermosa y deseable que nunca. Tenía entonces treinta y dos años y estaba en la cumbre de su atractivo. Shaun reanudó cautelosamente la amistad y cayó en la trampa en cuestión de unos días.
Antes de que transcurriera una semana le pidió que se casara con él y fue repitiendo la petición a intervalos regulares de siete días hasta que, por fin, ella dijo que sí.
Lo primero que Diana le pidió fue que él mismo comunicara la noticia a Caroline y Jody.
–Yo no puedo ser un padre -les dijo Shaun, paseando muy nervioso por la alfombra del salón mientras ellos lo observaban con sus grandes ojos curiosamente idénticos-. No sabría serlo por mucho que quisiera, pero me gustaría que supierais que siempre podréis contar conmigo como confidente o posible financiero… después de todo, ésta es vuestra casa… y me gustaría que os sintierais…
Se atascó y maldijo a Diana por haberlo colocado en aquella situación tan embarazosa, y deseando que lo hubiera dejado en paz y permitido que su relación con Caroline y Jody se desarrollara lenta y naturalmente. Pero
Diana era impaciente por naturaleza y le gustaba que las cosas estuvieran claras desde el principio.
Jody y Caroline contemplaron a Shaun con simpatía, pero nada dijeron ni hicieron para echarle una mano. Les gustaba Shaun Carpenter y, con la clara mirada de la juventud, habían visto que Diana ya se lo había metido en el bolsillo. Les habló de Milton Gardens como la casa de ellos, a pesar de que su casa, para Caroline y Jody, era y siempre sería un cubo blanco como un pan de azúcar suspendido por encima del intenso azul del mar Egeo. Pero aquello ya había quedado atrás, se había hundido sin dejar huella en la confusión del pasado. Lo que Diana eligiera hacer o la persona con la que eligiera casarse, no les incumbía. No obstante, si tenía que casarse con alguien, ellos se alegraban de que lo hiciera con el corpulento y simpático Shaun.
En ese momento, cuando Caroline pasó por su lado, Shaun se apartó cortésmente y se sintió un tanto ridículo, sosteniendo en sus manos el cubo de hielo cual si fuera una ofrenda. Olía a Brut y a ropa limpia. Caroline recordó la barba frecuentemente cerdosa de su padre y su gastada camisa azul de trabajo que prefería ponerse directamente salida de la lavadora y sin el menor toque de plancha. Recordó también las peleas y discusiones en las que él y Diana solían enzarzarse alegremente, ¡y que casi siempre ganaba él!, y se asombró de que una misma mujer pudiera casarse con dos hombres tan diametralmente opuestos.
Bajar al sótano y a los dominios de Katy era como pasar de un mundo a otro. Arriba había alfombras en tonos pastel, arañas y pesados cortinajes de terciopelo. Abajo todo estaba revuelto y desordenado y se respiraba una atmósfera tremendamente alegre y despreocupada. El suelo de linóleo a cuadros competía con las alfombras de vivos colores, las cortinas estampadas con dibujos en zigzag y hojas, y todas las superficies horizontales ocupadas por fotografías, ceniceros de porcelana de olvidadas localidades costeras, conchas pintadas y jarrones con flores de plástico. El fuego crepitaba en la chimenea y, delante de ella, acurrucado en un combado sillón y con los ojos clavados en la parpadeante pantalla del
televisor, estaba Jody, el hermano de Caroline.
Vestía unos pantalones téjanos y un jersey de cuello cisne azul marino, calzaba unas viejas botas de polo, y se tocaba, sin motivo aparente, con una destartalada gorra de marinero demasiado grande para él. Al entrar su hermana, el niño levantó la vista, pero enseguida volvió a centrar su atención en la pantalla. No quería perderse ni una sola escena, ni un solo segundo de acción.
Caroline lo empujó un poco para hacerse sitio en el sillón y se sentó a su lado.
–¿Quién es la chica? – le preguntó después de un momento.
–Una imbécil. Se pasa todo el tiempo dando besos. Una de ésas.
–Pues entonces, apágalo.
Jody estudió la posibilidad, decidió que quizá no era mala idea, y se levantó del sillón para apagarlo. El televisor emitió un breve gemido. Él permaneció de pie sobre la alfombra de la chimenea, mirando a su hermana.
Tenía once años, una buena edad, pues había dejado atrás la infancia, pero todavía no era alto, delgado y malhumorado ni tenía problemas con las espinillas. Sus rasgos eran tan parecidos a los de Caroline que, cuando los desconocidos los veían por primera vez juntos, enseguida adivinaban que eran hermanos, a pesar de que Caroline era muy rubia mientras que Jody tenía un lustroso cabello castaño tirando a rojizo, y de que Caroline sólo tenía unas cuantas pecas en el caballete de la nariz y Jody las tenía diseminadas como confetis por la espalda, los hombros y los brazos. Sus ojos eran grises, su sonrisa, no muy frecuente pero cautivadora cuando se producía, dejaba al descubierto unos dientes demasiado grandes para su rostro y algo torcidos, como si hubieran luchado entre sí para hacerse espacio.
–¿Dónde está Katy? – le preguntó Caroline.
–Arriba, en la cocina.
–¿Ya has cenado?
–Sí.
–¿Te han dado lo mismo que vamos a cenar nosotros?
–He tomado una sopa, pero no me ha apetecido lo otro, así que Katy me ha preparado unos huevos con bacón.
–Ojalá hubiera podido cenar eso contigo. ¿Has visto a Shaun y Hugh?
–Sí. He subido. – Hizo una mueca-. Van a venir los Haldane, que te sean leves.
Ambos sonrieron con expresión de conspiradores. La opinión que les merecían los Haldane era prácticamente la misma.
–¿De dónde has sacado esta gorra? – preguntó Caroline.
Jody ya no se acordaba de la gorra. Se la quitó, con cierta turbación.
–La encontré en una vieja caja en el armario del cuarto de los niños.
–Era de papá.
–Sí, ya lo suponía.
Caroline se inclinó y se la quitó. Estaba sucia, deformada y manchada de sal, y la insignia se estaba descosiendo.
–Se la ponía cuando salía a navegar. Decía que el hecho de ir debidamente vestido le daba confianza porque, así, cuando alguien le soltaba un taco por haber hecho mal alguna cosa, él le contestaba con otro taco. ¿Recuerdas
cuando decía estas cosas?
–Algunas -contestó Jody sonriendo-. Y también lo recuerdo leyendo Rikki Tikki Tavi.
–Tú eras muy pequeño. Seis años, pero ya veo que lo recuerdas. – Él sonrió de nuevo y Caroline le puso la vieja gorra en la cabeza. Como la visera le tapaba la cara, la muchacha tuvo que inclinarse para darle un beso-. Buenas noches -le dijo.
–Buenas noches -contestó Jody sin moverse.
No hubiera querido separarse de él. Al llegar al pie de la escalera se volvió.
Él la estaba mirando fijo por debajo de la visera de la ridícula gorra. Algo en sus ojos la indujo a preguntarle:
–¿Qué pasa?
–Nada.
–Pues entonces, hasta mañana.
–Sí -dijo Jody-. Buenas noches.
Una vez arriba, Caroline observó que la puerta del salón estaba cerrada, oyó un murmullo de voces procedente del interior y vio a Katy colgando en una percha un abrigo de pieles oscuro y colocándolo en el armario que había junto a la puerta principal. Katy llevaba un vestido marrón y un delantal floreado, su concesión a una cena de etiqueta. Pegó un respingo cuando Caroline apareció de repente.
–Oh, qué susto me has dado.
–¿Quiénes han venido?
–Mr. y Mrs. Haldane. – Señaló con la cabeza-. Están ahí dentro. Será mejor que te des prisa, llegas tarde.
–He ido a ver a Jody.
No le apetecía incorporarse a la fiesta, decidió quedarse un ratito con Katy y apoyó la espalda en la barandilla de la escalera. Imaginó la dicha de subir a su habitación, meterse en la cama y que le sirvieran un huevo duro.
–¿Aún está mirando esa película de indios?
–No creo. Dijo que había demasiados besos.
Katy hizo una mueca.
–Mejor mirar besos que toda esta violencia, digo yo. – Cerró la puerta del armario-. Prefiero que los niños sientan curiosidad por estas cosas a que salgan por ahí a pegarles una zurra a las viejas con sus propios paraguas.
Tras esta atinada observación, Katy regresó a la cocina y Caroline, una vez sola y sin otra excusa para retrasarse, cruzó el vestíbulo, se puso una sonrisa en la cara y abrió la puerta del salón. (Otra de las cosas que había aprendido en la Escuela de Arte Dramático era cómo hacer una entrada.) Inmediatamente cesó el murmullo de las conversaciones y alguien dijo:
–Aquí está Caroline.
El salón de Diana, por la noche, iluminado para una fiesta, resultaba tan espectacular como un decorado de teatro. Los tres grandes ventanales que daban a la tranquila plaza estaban adornados con cortinas de terciopelo verde manzana claro. Había unos grandes y mullidos sofás en tonos rosa y beige, una alfombra beige y, combinando maravillosamente con unos cuadros antiguos, unas vitrinas de nogal, varias piezas de estilo Chippendale y una moderna mesita auxiliar italiana de acero y cristal. Había flores por todas partes y el aire estaba impregnado de una variedad de deliciosos y caros aromas: jacintos, Madame Rochas y los cigarros habanos de Shaun.
Tal como Caroline había imaginado, se encontraban todos reunidos alrededor de la chimenea con sendas copas en las manos. Pero, antes de que ella cerrara la puerta, Hugh se separó del grupo, dejó su copa y cruzó el salón para recibirla.
–Cariño -dijo, tomándola por los hombros e inclinándose para darle un beso. Después, consultando su finísimo reloj de pulsera de oro y mostrando sus blancos puños almidonados con gemelos de oro, añadió-: Llegas tarde.
–Pero si ni siquiera han llegado los Lundstrom.
–¿Dónde estabas?
–Con Jody.
–En tal caso, te perdono.
Era alto, mucho más que Caroline, delgado, moreno y con calvicie incipiente, lo cual le hacía aparentar más edad de la que tenía: treinta y tres años. Vestía un esmoquin de terciopelo azul medianoche y una camisa con unos delicados adornos de encaje. Sus oscuros ojos bajo las pobladas cejas miraban en aquellos momentos con una expresión en la que había diversión, exasperación y una cierta cantidad de orgullo.
Caroline vio el orgullo y se sintió más tranquila. Resultaba un poco difícil estar a la altura de Hugh Rashley, por cuyo motivo ella se pasaba el rato luchando contra sus sentimientos de ineptitud. Por lo demás, era, como futuro marido, altamente satisfactorio, afortunado en su elección de la carrera de agente de cambio y bolsa y extremadamente atento y considerado, aunque a veces sus exigencias alcanzaran unas cotas a todas luces innecesarias. En cierto modo no cabía esperar otra cosa de él, pues constituía una característica de su familia, y era, después de todo, el hermano de Diana.
Debido al hecho de que Parker Haldane se sentía irresistiblemente atraído por las chicas bonitas y Caroline era una de ellas, la actitud de Elaine Haldane para con Caroline era por lo general fría. Esto no preocupaba demasiado a Caroline, ya que veía a Elaine muy de tanto en tanto, pues los Haldane vivían en París donde Parker era el director de la filial francesa de una gran agencia de publicidad estadounidense y sólo viajaba a Londres para asistir a importantes reuniones cada dos o tres meses. Aquella visita había coincidido precisamente con una de ellas.
Además, Caroline no sentía una particular simpatía por Elaine, lo cual era una lástima, pues Elaine y Diana eran íntimas amigas. «¿Por qué eres siempre tan antipática con Elaine?», le preguntaba Diana, y Caroline había aprendido a encogerse de hombros y decir «Lo siento», pues cualquier otra explicación más detallada hubiera podido ser el mayor de los insultos.
Elaine era una bella y distinguida mujer muy aficionada a vestir con excesiva elegancia, un defecto que en París se le había agudizado. Era también muy graciosa y divertida, pero Caroline sabía por amarga experiencia que, bajo sus ingeniosos comentarios, se ocultaban unas afiladas flechas de crueldad verbal dirigidas contra amigos y conocidos ausentes. Escucharla era una temeridad, pues nunca se podía saber con certeza lo que se proponía decir acerca de uno.
A Parker, en cambio, no se le podía tomar demasiado en serio.
–Tú, bellísima criatura -dijo éste, inclinándose en reverencia para rozar levemente con sus labios, tal como se hacía en el continente europeo, la mano de Caroline, la cual casi estaba esperando que chocara los talones-.
¿Por qué nos tienes siempre esperando?
–Le he ido a decir buenas noches a Jody. – Caroline se volvió hacia la esposa de Parker-. Buenas noches, Elaine.
Ambas se rozaron las mejillas, besando el aire.
–Hola, querida. ¡Qué vestido tan bonito!
–Gracias.
–Estas cosas sueltas son muy cómodas de llevar… -Elaine dio una calada al cigarrillo y exhaló una nube de humo-. Le estaba contando a Diana lo de Elizabeth.
Caroline experimentó un sobresalto, pero preguntó cortésmente:
–¿Qué tal está Elizabeth?
Pensó que le iban a decir que Elizabeth se había prometido en matrimonio; que se alojaba en casa del Aga Khan o que estaba en Nueva York, trabajando como modelo para Vogue. Elizabeth era hija del primer matrimonio de Elaine y algo mayor que Caroline, pero las muchachas no se conocían personalmente, a pesar de que a veces Caroline tenía la impresión de conocerla mucho mejor que a sí misma. Elizabeth repartía su tiempo entre sus dos progenitores -su madre en París y su padre en Escocia- y, en las pocas ocasiones en que había viajado a Londres, Caroline no estaba.
Entonces trató de recordar la noticia más reciente sobre Elizabeth.
–Ha estado en el Caribe, ¿verdad?
–Sí, cariño, se lo ha pasado de maravilla en casa de una ex compañera de estudios, pero, al regresar hace un par de días, su padre fue a recibirla a Prestwick y le comunicó una noticia tremenda.
–¿Qué noticia?
–Bueno, tú ya sabes que hace diez años, cuando Duncan y yo todavía estábamos juntos, compramos una finca en Escocia… mejor dicho, la compró Duncan a pesar de mi violenta oposición… Fue la gota que colmó el vaso de nuestro matrimonio. – Elaine se detuvo con expresión perpleja.
–¿Y Elizabeth? – la espoleó delicadamente Caroline.
–Ah, sí. Bueno, lo primero que hizo Elizabeth fue trabar amistad con los dos chicos que vivían en la finca colindante… en realidad, ya no eran unos chicos, sino unos adultos hechos y derechos cuando los conocimos, absolutamente encantadores, y tomaron a Elizabeth bajo su protección como si fuera una hermanita menor. A partir de aquel momento, ella empezó a entrar y salir de su casa como si siempre hubiera vivido allí.
Ambos la adoraban, pero el mayor le tenía un cariño especial, y, querida, justo antes de que Elizabeth regresara a casa, él se mató en un terrible accidente de coche. Fue horrible, las calles estaban heladas y se estrelló contra un muro de piedra.
–¡Oh, que desgracia tan terrible! – exclamó Caroline, sinceramente apenada.
–Espantosa. Tenía apenas veintiocho años y era un magnífico agricultor, un cazador extraordinario y una persona estupenda. Ya puedes figurarte la clase de recibimiento que tuvo la pobrecilla. Me llamó llorando para decírmelo. Insistí en que se reuniera con nosotros aquí, en Londres, pero me ha dicho que la necesitan allí…
–Seguramente a su padre le encantará tenerla a su lado… -terció Parker, acercándose de repente a Caroline para ofrecerle un martini tan frío que a ésta casi se le helaron los dedos-. ¿A quién estamos esperando? – preguntó.
–A los Lundstrom. Son canadienses. Él es un banquero de Montreal. Está relacionado con el nuevo proyecto de Shaun.
–¿Significa eso que Diana y Shaun tienen intención de irse a vivir a Montreal? – Preguntó Elaine-. ¿Qué vamos a hacer sin ellos? Diana, ¿qué vamos a hacer sin ti?
–¿Cuánto tiempo piensan quedarse allí? – preguntó Parker.
–Unos tres o cuatro años. Tal vez menos. Se irán lo antes posible después de la boda.
–¿Y esta casa? ¿Tú y Hugh vais a vivir aquí?
–Es demasiado grande. Además, Hugh tiene un piso estupendo. No, Katy se quedará en el sótano como una especie de ama de llaves, y Diana tiene intención de alquilar la casa si encuentra al inquilino adecuado.
–¿Y Jody?
Caroline lo miró y luego bajó la vista hacia el vaso que sostenía en la mano.
–Jody se irá a vivir con ellos.
–¿Y a ti no te importa?
–Sí, claro que me importa. Pero Diana quiere llevárselo.
«Y Hugh no quiere cargar con la responsabilidad de un niño. Por lo menos, de momento. Tal vez un hijo dentro de un par de años, pero no un niño de once años. Diana ya le ha buscado una escuela privada y Shaun quiere que aprenda a esquiar y a jugar al hockey sobre hielo.»
Parker seguía mirándola. Ella sonrió irónicamente.
–Ya conoces a Diana, Parker. Hace planes y no hay quien se los quite de la cabeza.
–Lo echarás de menos, ¿verdad?
–Sí, lo echaré de menos.
Al final, llegaron los Lundstrom, los presentaron, les ofrecieron una copa y los introdujeron amablemente en la conversación. Caroline, apartándose a un lado con la excusa de ir a buscar un cigarrillo, los observó con curiosidad y vio que ambos se parecían mucho, tal como les suele ocurrir a las personas casadas. Ambos eran altos y angulosos y tenían pinta de
deportistas. Se los imaginó jugando al golf juntos los fines de semana o practicando el deporte de la vela -tal vez incluso participando en regatas oceánicas- en verano. Mrs. Lundstrom vestía con gran sencillez, pero lucía unos brillantes sensacionales y Mr. Lundstrom poseía la típica personalidad anodina que a menudo desdibuja el perfil de un hombre que ha triunfado de manera espectacular en la vida.
De pronto Caroline pensó que habría sido algo tan maravilloso como respirar una bocanada de aire fresco, que entrara en la casa un pobre de solemnidad, un fracasado, un ser sin moral o incluso un borracho. Un artista que se estuviera muriendo de hambre en una buhardilla. Tal vez un escritor cuyas obras nadie compraría. O algún alegre vagabundo con una barba de tres días y un abultado vientre sobresaliendo por encima del cinturón de sus pantalones. Pensó en los variados y poco recomendables amigos de su padre que solían pasarse la noche bebiendo vino tinto o retsina y durmiendo en cualquier sitio, ya fuera en un combado sofá o en el simple suelo con los pies apoyados en el murete de una terraza. Recordó la casa de Afros de noche, pintada por la luz de la luna en bloques blancos y negros y siempre el rumor del mar.
–… ya vamos a cenar. – Era Hugh. Ella se dio cuenta que ya se lo había dicho y había tenido que repetírselo-. Estás dormida, Caroline. Termínate la bebida, ya es hora de que comas algo.
En la mesa se encontró entre John Lundstrom y Shaun. Como Shaun estaba ocupado escanciando vino, Caroline empezó a conversar con toda naturalidad con Mr. Lundstrom.
–¿Es la primera vez que visita Inglaterra?
–No, en absoluto. He estado aquí muchas veces. – Mr. Lundstrom contempló su cuchillo y su tenedor, frunciendo levemente el ceño-. A ver si me aclaro. No entiendo muy bien esta relación familiar. ¿Usted es la hijastra de Diana?
–Sí, en efecto. Y me voy a casar con su hermano Hugh. Mucha gente cree
que eso es prácticamente ilegal, pero, en realidad, no lo es. Quiero decir que la religión nada tiene en contra.
–Ni por un momento he pensado que fuera ilegal. Simplemente muy ordenado. Así todo queda en casa.
–¿No le parece un comentario un poco mezquino?
Lundstrom levantó la vista de los cubiertos y sonrió. Pareció más joven, más alegre y menos rico cuando sonrió. Más humano. Caroline le cogió simpatía.
–No cabe duda de que es un arreglo muy práctico. ¿Cuándo se casan ustedes?
–El martes de la semana que viene no, de la otra. Casi no puedo creerlo.
–¿Y acudirán ustedes a visitar a Diana y Shaun en Montreal?
–Espero que podamos hacerlo más adelante. Pero, de momento, no.
–¿Y el niño…?
–Sí, mi hermano Jody.
–Se irá con ellos, ¿verdad?
–Sí.
–En Canadá se va a encontrar como pez en el agua. Es un lugar estupendo para un niño.
–Sí -repitió Caroline.
–¿Son sólo ustedes dos?
–Oh, no -contestó Caroline-. También está Angus.
–¿Otro hermano?
–Sí. Tiene casi veinticinco años.
–¿Y qué hace?
–No lo sabemos.
John Lundstrom levantó las cejas, cortésmente, pero sorprendido.
–Lo digo en serio -añadió Caroline-. No sabemos qué hace ni dónde está. Es que antes nosotros vivíamos en Afros, en el mar Egeo. Mi padre era arquitecto, actuaba como una especie de agente para personas que querían comprar parcelas y construir casas. Así fue como conoció a Diana.
–Un momento. ¿Quiere decir que Diana fue allí para comprar una parcela?
–Sí y construir una casa. Pero nada de eso hizo. Conoció a mi padre, se casó con él y se instaló con todos nosotros en nuestra casa de Afros…
–Pero después regresaron ustedes a Londres, ¿no es cierto?
–Sí, mi padre murió, de manera que Diana nos trajo con ella. Pero Angus dijo que él no quería venir. Entonces tenía diecinueve años, llevaba el cabello largo hasta los hombros y no tenía ni un céntimo en el bolsillo.
Diana le dijo que, si quería quedarse en Afros, ella no tenía inconveniente, pero él dijo que Diana podía vender la casa, pues él se había comprado un Mini Moke de segunda mano y pensaba ir en coche a la India cruzando Afganistán. Diana le preguntó qué iba a hacer cuando llegara allí y Angus le contestó que encontrarse a sí mismo.
–Eso lo hacen miles de jóvenes. Usted ya lo sabe, ¿verdad?
–Pero eso no constituye un consuelo cuando se trata del propio hermano.
–¿Y no lo ha vuelto a ver desde entonces?
–Sí. Regresó poco después de la boda de Diana y Shaun, pero ya sabe usted cómo son estas cosas. Pensábamos que habría cambiado un poco, pero era el mismo de siempre. Todas las sugerencias de Diana le atacaban los nervios hasta que, al final, regresó a Afganistán y desde entonces no hemos vuelto a saber de él.
–¿Nada en absoluto?
–Bueno… una vez recibimos una postal de Kabul o Srinagar o Teherán o algún sitio así.
Caroline sonrió, como si hubiera dicho un chiste, pero, antes de que John Lundstrom tuviera tiempo de pensar una respuesta, Katy interrumpió la conversación, inclinándose sobre su hombro para colocar delante de él una taza de sopa de tortuga y, con la conversación interrumpida, Lundstrom volvió la espalda a Caroline y empezó a charlar con Elaine.
La velada transcurrió tal como era de esperar y Caroline se aburrió como una ostra. Tras el café y el brandy, todos volvieron a reunirse en el salón.
Los hombres se congregaron en un rincón para hablar de negocios y las mujeres lo hicieron alrededor de la chimenea para contar chismes, hacer planes para Canadá y admirar el tapiz en el que Diana estaba trabajando en aquellos momentos.
Al cabo de un rato, Hugh se apartó del grupo de los hombres con la excusa de volver a llenar el vaso de John Lundstrom, pero, una vez hecho esto, se acercó a Caroline, se sentó en el brazo de su sillón y le preguntó:
–¿Qué tal estás?
–¿Por qué lo preguntas?
–¿Te apetece ir un rato al Arabella?
Caroline levantó la vista. Desde lo hondo del mullido sillón, el rostro de Hugh se veía casi al revés.
–¿Qué hora es? – le preguntó.
Hugh consultó su reloj.
–Las once. ¿Estás un poco cansada quizá?
Antes de que ella pudiera contestar, Diana, que había oído la conversación, levantó la vista de su tapiz y les dijo:
–Vamos, idos los dos.
–¿Adonde se tienen que ir? – preguntó Elaine.
–Al Arabella. Un pequeño club del que Hugh es socio… -Eso suena muy intrigante… -dijo Elaine, mirando con una sonrisa a Hugh como si supiera muchas cosas sobre los clubes. Hugh y Caroline se excusaron, dieron las buenas noches a los reunidos y se retiraron. Caroline subió a recoger el abrigo y peinarse un poco. Al pasar por delante de la puerta de la habitación de Jody, se detuvo, pero vio que la luz estaba apagada y no se oía el menor ruido, por lo que decidió no molestar a su hermano y bajó de nuevo al vestíbulo, donde Hugh la esperaba. Hugh abrió la puerta y ambos salieron a la suave oscuridad y bajaron por la acera hasta el lugar donde él había dejado aparcado el coche. Rodearon la plaza y salieron a la Kensington High Street. La luna estaba empezando a despuntar en el cielo, parcialmente cubierta por unas nubes empujadas por un viento que azotaba también las desnudas ramas de los árboles del parque; el anaranjado resplandor de la ciudad se reflejaba en el cielo y Caroline bajó la ventanilla para que entrara un poco de aire fresco, pensando que, en una noche como aquélla, hubiera sido bonito estar en el campo y pasear por oscuros senderos, escuchando el rumor de las ramas de los árboles agitadas por el viento bajo el plateado fulgor de la luz de la luna.
Caroline lanzó un suspiro.
–¿Y eso a qué viene? – preguntó Hugh.
–¿A qué viene qué?
–El suspiro. Sonaba muy trágico.
–A nada.
Al cabo de un rato, Hugh preguntó:
–¿Todo bien? ¿No estás preocupada por algo?
–No.
Después de todo, no tenía de qué preocuparse, pero se preocupaba por muchas cosas. Una de ellas eran los constantes mareos. Se preguntó por qué razón no se atrevía a comentarle aquel tema a Hugh. Tal vez porque él siempre estaba en muy buena forma, era tremendamente activo, rebosaba de energía y jamás estaba cansado. En cualquier caso, los problemas de salud eran muy aburridos y aún más hablar de ellos.
El silencio se estaba prolongando demasiado. Al final, mientras aguardaban que un semáforo se pusiera verde, Hugh comentó:
–Los Lundstrom son muy simpáticos.
–Sí. Le he hablado a Mr. Lundstrom de Angus y me ha escuchado con interés.
–¿Y qué otra cosa esperabas que hiciera?
–Lo que hace siempre todo el mundo. Escandalizarse, horrorizarse, divertirse… o cambiar de tema. A Diana no le gusta que hablemos de
Angus. Supongo que porque fue su único fracaso. – Caroline se corrigió-.
Es su único fracaso.
–¿Quieres decir porque no regresó a Londres con todos vosotros?
–Sí y porque no estudió contabilidad o cualquier otra carrera que ella hubiera pensado para él. En cambio, Angus hizo exactamente lo que le dio la gana.
–Aun a riesgo de que me digas que le doy la razón a Diana en este tema, yo creo que tú hiciste lo mismo. A pesar de su oposición, te matriculaste en la Escuela de Arte Dramático e incluso conseguiste un trabajo…
–Durante seis meses. Nada más.
–Te pusiste enferma. Tuviste neumonía y eso no fue tu culpa.
–No, pero me curé y, si hubiera valido como actriz, habría regresado y lo habría intentado de nuevo. Pero no lo hice, me acobardé. Diana dijo que yo no tenía fuerzas para perseverar, de manera que, al final, inevitablemente, tuvo razón. Menos mal que no me atormentó con la consabida frase del «Ya te lo dije».
–Pero, si aún estuvieras trabajando en el teatro -dijo Hugh-, seguramente no estarías a punto de casarte conmigo.
Caroline contempló su perfil extrañamente iluminado por las farolas de la calle y el resplandor del salpicadero y le pareció que su expresión resultaba ligeramente perversa y malvada.
–No, supongo que no.
Sin embargo, las cosas no eran tan sencillas. Sus razones para casarse con Hugh eran muchas y estaban tan entremezcladas entre sí que hubiera sido muy difícil desenredarlas. Pero la gratitud era, probablemente, la más importante de todas. Hugh había surgido en su vida poco después de su
llegada a Londres con Diana, cuando apenas contaba quince años. Ya entonces, triste, enfurruñada y malhumorada mientras Hugh se encargaba del equipaje y los pasaportes y del cansado y lloroso Jody, Caroline había reconocido sus cualidades. Era la clase de sólida amistad masculina que siempre había necesitado, pero nunca había conocido. Resultaba muy agradable recibir órdenes y dejar que otra persona se encargara de todo. Su actitud protectora -no exactamente como de padre, sino más bien como de tío- la había ayudado a superar los difíciles años de la adolescencia.
Otra fuerza determinante había sido la propia Diana, la cual ya desde un principio parecía haber decidido que ella y Hugh eran la pareja perfecta. La pulcritud de aquel arreglo la atraía. De una manera sutil, pues era demasiado inteligente para actuar a la descarada, fomentó las relaciones entre ambos. «Hugh te puede acompañar a la estación. Cariño, ¿estarás en casa a la hora de cenar? Vendrá Hugh y te necesito para completar la mesa.»
Sin embargo, aquella implacable presión de nada hubiera servido de no haber sido por el término de sus relaciones con Drennan Colefield. Después de aquello… después de haber amado de aquella manera, Caroline pensó que ya nada podría ser igual. Cuando todo se acabó y ella pudo mirar a su alrededor sin que se le llenaran los ojos de lágrimas, vio que Hugh aún estaba allí, esperándola. Nada había cambiado… salvo que en ese momento Hugh quería casarse con ella y no había razón alguna para que ella no lo aceptara.
–Te has pasado toda la noche muy callada -dijo Hugh.
–Pues a mí me ha parecido que hablaba demasiado.
–Si algo te preocupara, ¿me lo dirías?
–Lo único que me preocupa es la rapidez con que está ocurriendo todo, y las cosas que todavía me quedan por hacer. Además, el hecho de haber conocido a los Lundstrom me recuerda que Jody se irá a Canadá y que nunca volveré a verlo.
Hugh se quedó en silencio, sacó un cigarrillo y lo encendió con el encendedor del salpicadero. Tras dejar el encendedor en su sitio, dijo:
–Estoy casi seguro de que estás sufriendo lo que las páginas femeninas de los periódicos llaman «la depresión de las novias».
–¿Y cuál es la causa?
–Demasiadas cosas en que pensar; demasiadas cartas que escribir; demasiados regalos que desenvolver. Vestidos que probarse, cortinas que elegir, floristas y proveedores a los que responder. Todo eso basta para volver loca a la más sensata de las chicas.
–Pues entonces, ¿por qué dejaste que nos arrastraran al carnaval de esta multitudinaria boda?
–Porque ambos significamos mucho para Diana, y el hecho de limitarnos a acudir al Registro Civil e irnos después a pasar dos días a Brighton la hubiera privado de un ilimitado placer.
–Pero nosotros somos personas, no corderos destinados al sacrificio.
–Alegra esta cara -dijo Hugh, apoyando una mano en las suyas-. Pronto llegará el martes, todo terminará y nos iremos a las Bahamas, donde podrás tumbarte al sol todo el día y no escribir ni una sola carta y no comer más que naranjas. ¿Qué te parece?
–Ojalá pudiéramos ir a Afros -contestó Caroline, sabiendo que su comentario era un poco infantil.
Hugh empezó a mostrarse impaciente.
–Caroline, sabes que eso ya lo hemos discutido miles de veces…
Caroline dejó de prestarle atención, sus pensamientos regresaron de repente a Afros. Recordó los olivares y los viejos árboles rodeados de amapolas
contra el telón de fondo del azul del mar. Y los campos de campanillas y los perfumados pamporcinos rosa pálido. Y el sonido de las esquilas de los rebaños de cabras y el aroma de los montes y de la cálida resina de los pinos.
–… en cualquier caso, ya está todo preparado.
–Pero algún día iremos a Afros ¿verdad, Hugh?
–No has escuchado ni una sola palabra de lo que te estaba diciendo.
–Podríamos alquilar una casita.
–No.
–O un yate.
–No.
–¿Por qué no quieres ir?
–Porque creo que debes recordarlo tal como era, no como quizá es ahora, estropeado por los promotores inmobiliarios y con hoteles tan altos como rascacielos.
–A ti no te consta que sea así.
–Tengo una idea bastante aproximada.
–Pero…
–No -dijo Hugh.
Tras una pausa, Caroline dijo, tercamente:
–Pues yo quiero volver.
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