Noche de amor
Cap�tulo 1
PRIMERA PARTE :
El regreso
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Capítulo 1
Pese a lo temprano de la hora y al frío que hacía, el patio de la posada White Horse, en Fetter Lane, Londres, desbordaba de gente y bullicio. La diligencia para el West Country se estaba preparando para su viaje diario.
Eran pocos los pasajeros que habían subido ya; la mayoría de ellos daban vueltas, nerviosos, para asegurarse de que su equipaje estaba adecuadamente colocado. Los vendedores ambulantes trataban de vender sus productos a los pasajeros a quienes esperaba un día largo y tedioso. Los mozos de cuadra se ocupaban de sus tareas. Cuando no los echaban de vuelta a la calle, unos niños harapientos corrían de un lado para otro, alimentándose de la excitación.
El guardia tocó la corneta, una advertencia ensordecedora de que el coche partiría a los pocos minutos y que todos los que tuvieran billete harían bien en subir a bordo.
El capitán Gordon Harris, muy elegante con el uniforme verde del Noventa y cinco de Fusileros, y su joven esposa, que iba vestida con ropa de abrigo a la moda, parecían un poco fuera de lugar en aquel ambiente tan poco distinguido. Pero es que ellos no eran pasajeros; habían acompañado a una mujer al White Horse para despedirla.
El aspecto de la mujer contrastaba fuertemente con el de ellos. Aunque iba limpia y bien arreglada, no se podía negar que su ropa estaba gastada.
Llevaba un sencillo vestido de algodón de talle alto con un chal para abrigarse. Ambas prendas se veían muy usadas y lavadas. Estaba claro que su sombrero, que quizá en un tiempo fuera bonito, aunque nunca a la moda, había protegido a su propietaria de demasiados chaparrones. Su amplia ala
estaba lacia y deformada. Era joven; en realidad, era tan pequeña y delgada que, a primera vista, se la podría confundir con una muchacha. Pero había algo en ella que atraía segundas miradas, más demoradas, por parte de los varios hombres que se ocupaban de las diversas tareas. Había belleza y gracia y un aire indefinible de feminidad en ella que proclamaban que era, sin lugar a dudas, una mujer.
- Debo subir al coche -dijo sonriendo al capitán y a su esposa-. No es necesario que esperen más. Hace demasiado frío para estar aquí, de pie. -Le tendió las esbeltas manos a la señora Harris, aunque siguió mirándolos, alternativamente, a los dos-. ¿Cómo podré agradecerles lo suficiente todo lo que han hecho por mí?
Las lágrimas afloraron a los ojos de la señora Harris y estrechó apretadamente a la joven entre sus brazos.
- No hemos hecho nada muy importante -dijo-. Y ahora te abandonamos para que viajes en la diligencia, la forma más barata de transporte, cuando podrías haber ido más respetablemente en silla de posta o, en el peor de los casos, en el coche correo.
- Ya me han prestado demasiado -dijo la joven- como para que me permita lujos innecesarios.
- ¿Prestado? -La señora Harris sacó un pañuelo de encaje del ridículo y se secó los ojos con él.
- Todavía no es demasiado tarde para cambiar de planes, ¿sabes? -dijo el capitán Harris cogiendo una de las manos de la joven entre las suyas-.
Vuelve al hotel a desayunar con nosotros y escribiré esa carta, antes incluso de que tomemos nada, y la enviaré enseguida. Me atrevo a decir que llegará una respuesta dentro de esta misma semana.
- No, señor -le respondió ella, con mucha firmeza, aunque sonriendo-No puedo esperar. Debo ir.
Él no insistió más; suspiró, le dio unas palmaditas en la mano y luego, impulsivamente, la atrajo hacia él y la abrazó igual que había hecho su esposa. Para entonces, la joven corría peligro de perder el asiento interior en que él había insistido. Incluso le había dado una propina al cochero para que le asegurara un lugar junto a la ventana para el largo viaje hasta el pueblo de Upper Newbury, en Dorsetshire. Pero una mujer robusta, con
aspecto de estar dispuesta a encargarse de cualquier cochero o capitán del ejército que se atreviera a cruzarse en su camino, o incluso de los dos a la vez, ya se estaba acomodando en el único asiento de ventana todavía disponible.
La joven tuvo que introducirse, apretada, en el asiento de en medio. No parecía compartir la cólera del capitán. Sonrió e hizo un ademán, despidiéndose. En ese momento, la corneta del guardia sonó de nuevo, advirtiendo a todos los que estaban cerca de que la diligencia estaba a punto de emprender viaje.
La mano enguantada de la señora Harris seguía alzada con un gesto de adiós después de que el coche saliera con gran estruendo del patio, entrara en la calle y se perdiera de vista.
- Nunca en toda mi vida había conocido a nadie tan terco -dijo, utilizando el pañuelo de nuevo-. Ni a nadie tan encantador. ¿Qué será de ella, Gordon?
El capitán suspiró una vez más.
- Me temo que está cometiendo un error -dijo-. Ha pasado casi un año y medio, y lo que parecía una locura incluso en aquel momento, ahora será, sin duda, algo totalmente imposible. Pero ella no lo entiende.
- Cuando aparezca de repente va a causar una conmoción terrible -dijo la señora Harris-. Qué tonta ha sido al negarse a esperar unos pocos días mientras escribías la carta. ¿Cómo se las va a arreglar, Gordon? Es tan menuda y frágil y tan… tan inocente. Temo por ella.
- Durante todo el tiempo que conozco a Lily -respondió el capitán Harris- siempre ha tenido casi el mismo aspecto, aunque reconozco que ahora está más delgada que antes. Pero esa apariencia de fragilidad e inocencia son bastante ilusorias. Sabemos que ha pasado por muchas cosas que pondrían gravemente a prueba al más duro y rudo de mis hombres.
Debe de haber sufrido otras cosas peores que solo podemos imaginar.
- Prefiero ni intentarlo -dijo su esposa, fervientemente.
- Ha sobrevivido, Maisie -le recordó-, con su orgullo y su valor intactos.
Y también con su dulzura; no parece estar amargada. Pese a todo, sigue pareciendo conservar algo más que un poco de inocencia.
- ¿Qué hará él cuando la vea? -preguntó ella, mientras se encaminaban al hotel para desayunar-. Oh, cariño, la verdad es que tendríamos que habérselo advertido.
Newbury Abbey, casa solariega y principal propiedad del conde de Kilbourne en Dorsetshire, era una mansión imponente, dentro de un gran parque, muy bien cuidado, que incluía un valle solitario lleno de helechos y una playa privada de arena dorada. Situado más allá de las verjas del parque, Upper Newbury era un pueblo pintoresco, con casas encaladas con techo de paja, agrupadas alrededor de un prado, junto a la iglesia de Todos los Santos, con su alto chapitel, y una posada con el bar abajo y la sala de actos y las habitaciones de los huéspedes arriba. El pueblo de Lower Newbury, una comunidad pesquera construida alrededor de la protegida cala en la que cabeceaban los barcos de pesca en reposo cuando no se usaban, estaba comunicada con el pueblo de arriba por un empinado sendero, bordeado de casas y de unas cuantas tiendas.
Los habitantes de ambos pueblos y de las tierras de alrededor estaban, en general, contentos con la tranquila oscuridad de su vida. Pero, a fin de cuentas, eran humanos. Les gustaba algo de excitación tanto como a cualquier hijo de vecino. Newbury Abbey se la proporcionaba de vez en cuando.
El último gran espectáculo fue el funeral del viejo conde, hacía más de un año. El nuevo conde, su hijo, estaba en Portugal por aquel entonces, con los ejércitos de lord Wellington, y no pudo volver a tiempo para el fúnebre suceso. Más tarde, vendió su puesto en el ejército y volvió a casa para asumir sus responsabilidades.
Y ahora, a principios de mayo de 1813, los habitantes de los dos Newbury estaban a punto de experimentar algo mucho más gozoso, mucho más espléndido que un funeral. Neville Wyatt, el nuevo conde de Kilbourne, un joven de veintisiete años, iba a unirse a su prima en matrimonio, que se había criado en la abadía con él y con su hermana, lady Gwendoline. Su padre, el difunto conde, y el barón Galton, el abuelo materno de la novia, habían planeado el enlace muchos años atrás.
Era una unión que gozaba del favor popular. Los lugareños estaban de acuerdo en que no había una pareja más atractiva que el conde de Kilbourne y la señorita Lauren Edgeworth. Cuando su señoría se fue a la guerra -muy en contra de los deseos de su padre, según se rumoreó- era un joven alto, esbelto, rubio y apuesto. Volvió, seis años después, mejorado hasta casi ser irreconocible. Era ancho donde un hombre debe ser ancho, esbelto donde un hombre debe ser esbelto y en buen estado físico, fuerte y duro. Incluso la cicatriz de una vieja herida de sable que le recorría la cara desde la sien derecha hasta la barbilla, evitando por muy poco el ojo y el extremo de los labios, parecía aumentar más que estropear su atractivo. En cuanto a la señorita Edgeworth, era alta, esbelta, elegante y más bonita que cualquier cuadro, con sus rizos oscuros y brillantes y unos ojos que algunos describían como de color gris humo y otros violeta, aunque todos estaban de acuerdo en que eran inusualmente encantadores. Y había esperado pacientemente a su conde hasta una edad casi peligrosamente avanzada; ya había cumplido los veinticuatro años.
Todos estaban de acuerdo en que todo era muy apropiado y muy romántico.
Durante dos días una corriente ininterrumpida de imponentes carruajes había cruzado el pueblo, mientras el vulgo los contemplaba con la boca abierta y los más refinados atisbaban ocultos tras las cortinas de las ventanas. Se decía que la mitad de la gente de categoría de Inglaterra acudiría para la ocasión y más personas con título de las que algunos de ellos pensaban que había en toda Inglaterra, Escocia y Gales juntos. Se rumoreaba, aunque seguro que era más un hecho que un rumor, porque venía directamente del primer primo del cuñado de la tía de una de las ayudantes de cocina de Newbury, que no quedaba ni una cámara en la abadía que no estuviera llena de huéspedes. Y eso representaba un número prodigioso de habitaciones.
Una serie de familias del lugar habían recibido invitaciones a la propia boda, al almuerzo que se celebraría seguidamente en la abadía y al gran baile de la noche anterior a la boda. La verdad es que nadie recordaba unos planes más minuciosamente pensados. Ni siquiera los más humildes estaban condenados a ser meros espectadores. Mientras los invitados a la boda
estuvieran desayunando, los lugareños, por su parte, disfrutarían de una suntuosa comida, servida en la posada a instancias del conde y a su cargo.
Después habría baile alrededor del mayo levantado en el prado.
La víspera de la boda era un momento de intensa actividad en el pueblo.
Tentadores aromas de comida salían de la posada durante todo el día, como promesa del festín del día siguiente. Algunas de las mujeres preparaban las mesas en la sala de actos, mientras sus maridos colgaban guirnaldas de colores en el mayo y los niños las probaban y recibían regañinas por enredarlas y estar siempre en medio. La señorita Taylor, hija solterona del anterior vicario, y su hermana más joven, Amelia, ayudaban a la esposa del actual vicario a adornar la iglesia con lazos blancos y flores primaverales, mientras el propio vicario colocaba velas nuevas en los candelabros y soñaba en la gloria que el día siguiente le traería.
La mañana siguiente vería cómo convergían todos los ilustres huéspedes con sus carruajes en el pueblo de arriba. Y allí estaría el conde, para que lo admiraran, vestido con sus mejores galas y la novia, con las suyas. Y estaría
-suprema felicidad- la pareja recién casada para que la aclamaran cuando saliera de la iglesia, mientras sonaban las campanas anunciando que había una nueva y joven condesa para la abadía. Y luego empezaría el festín y la diversión.
Todos miraban, desconfiados, hacia el oeste, de donde solía venir el mal tiempo. Pero no había nada ominoso a la vista. El día era claro, soleado y realmente bastante cálido. No había señales de nubes por el oeste. Parecía que el día siguiente sería un hermoso día, tal como debía ser. No se debía permitir que nada estropeara la jornada.
A nadie se le ocurrió mirar hacia el este.
La diligencia de Londres dejó a Lily frente a la posada del pueblo de Upper Newbury. Mientras respiraba el aire del atardecer, fresco y ligeramente salino, y empezaba a sentirse un poco recuperada, pese al cansancio y la rigidez de las piernas, se dijo que, sin duda, era un bonito lugar. Todo le parecía muy inglés, muy hermoso, muy tranquilo y bastante extraño.
Pero empezaba a caer la noche y quizá todavía le quedara un trecho que recorrer a pie. No tenía el tiempo ni las energías para dedicarse a explorar.
Además, el corazón le latía desbocado en el pecho, dejándola un poco sin aliento. Se acababa de dar cuenta de lo cerca que estaba, por fin. Pero cuanto más cerca estaba, más insegura se sentía de ser bienvenida y de la sensatez de haber hecho aquel viaje; excepto que no le parecía que hubiera otra alternativa.
Lily dio media vuelta y entró en la posada.
- ¿Está lejos Newbury Abbey? -le preguntó al posadero, sin hacer caso del silencio casi absoluto que se había hecho en el bar cuando ella entró. La sala estaba llena a desbordar de hombres y todos parecían estar de ánimo festivo, pero no era una situación inusual para Lily. Un gran número de hombres juntos no la hacía sentirse violenta ni asustada.
- Algo más de media legua, si quiere saberlo -dijo el posadero, apoyando unos codos enormes en el mostrador y mirándola de arriba abajo con evidente curiosidad.
- ¿En qué dirección? -preguntó Lily.
- Pasada la iglesia y a través del portón -dijo, señalando-, luego sigue el camino de carruajes.
- Gracias -dijo Lily educadamente y dio media vuelta.
- Yo, en tu lugar, bonita -le dijo, con un tono no exento de amabilidad, un hombre sentado a una de las mesas-, llamaría a la puerta de la vicaría.
Junto a la iglesia, de este lado. Te darán un poco de pan y una jarra de agua.
- Si vienes y te sientas aquí, entre Mitch y yo -añadió otro de los hombres, con tosco buen humor-, haré que tengas tu pan y una jarra de cerveza para acompañarlo, preciosa.
Sus palabras fueron recibidas con fuertes risotadas, unidas a unos cuantos silbidos y al ruido de las mesas al golpearlas con la palma de la mano.
Lily sonrió, sin ofenderse. Estaba acostumbrada a hombres y modales toscos. Raramente tenían malas intenciones; ni tampoco la intención de faltarle al respeto.
- Gracias -dijo-, pero esta noche no.
Salió de la posada. Más de media legua. Y ya casi era de noche. Pero no podía esperar hasta por la mañana. ¿Dónde iba a alojarse? Tenía suficiente dinero para comprarse un vaso de limonada y quizá un pan pequeño, pero no para pagar una habitación para pasar la noche. Además, estaba muy cerca.
Solo faltaba poco más de media legua.
El salón de baile de Newbury Abbey, magnífico incluso cuando estaba vacío, ahora estaba lleno de flores amarillas, naranjas y blancas, procedentes de los jardines e invernaderos, y adornado con cintas y lazos de satén blancos. Resplandecía con las luces de cientos de velas colocadas en las arañas de cristal del techo y con sus mil reflejos en los largos espejos que cubrían dos de las paredes. Estaba atestado con la flor y nata de la buena sociedad además de con los miembros de la burguesía local, todos vestidos con sus mejores galas para el baile de la víspera de bodas. El satén y la seda brillaban y los encajes y el hilo de las mantelerías resplandecían.
Las costosas gemas centelleaban. Los perfumes más caros competían con el olor de mil flores. Subía el tono de las voces, en un esfuerzo de todos por ser oídos por encima de los demás y del sonido de la música que ofrecía una orquesta completa.
Más allá del salón, los invitados paseaban por el amplio rellano y ascendían o descendían por la doble escalinata curva hasta el gran vestíbulo abovedado, con columnas. Salían al balcón del otro lado del salón o a la terraza frente a la casa; paseaban alrededor de la fuente de piedra, bajo la terraza; deambulaban por los caminos de grava del jardín de rocas y flores al este de la casa. Había farolillos de colores colgados alrededor de la fuente y en los árboles, aunque la luz de la luna habría ofrecido iluminación incluso sin ellos.
Era una noche de mayo perfecta. Solo cabía esperar, como varios de los invitados comentaron en voz alta a Lauren y Neville, cuando los saludaron al llegar, que mañana fuera un día igual de magnífico.
- Mañana será el doble de magnífico -respondía Neville cada vez, con una cálida sonrisa para su prometida-, aunque ruja el viento, llueva a mares y truene sin parar.
La sonrisa de Lauren solo podía describirse como radiante. Mientras la acompañaba al salón para las primeras danzas tradicionales, Neville pensó que era extraño que hubiera vacilado alguna vez en convertirla en su esposa, que la hubiera tenido esperando seis años, mientras él agotaba la impaciente rebeldía de la juventud como oficial con el Noventa y cinco de Fusileros. Le había aconsejado que no lo esperara, claro; sentía demasiado afecto por ella para dejarla allí colgada, cuando no estaba seguro de sus intenciones hacia ella. Pero ella había esperado. Ahora se alegraba de ello, después de que la paciencia y fidelidad de la joven le dieran una lección de humildad. Su próxima boda era lo justo. Y su afecto por ella no había disminuido.
Había crecido a la par que la admiración por su carácter y la apreciación de su belleza.
- Y este es el principio -le susurró, cuando la orquesta empezó a tocar-.
Son nuestros esponsales, Lauren. ¿Eres feliz?
- Sí.
Pero hasta aquella única palabra era innecesaria. Brillaba de felicidad.
Parecía la quintaesencia de una novia. Era su novia. Todo estaba bien.
Neville bailó primero con Lauren y, a continuación, con su hermana.
Luego, con una serie de jóvenes que parecían pensar que nadie las iba a sacar a bailar, mientras Lauren lo hacía con una serie de parejas diferentes.
Después de dar una vuelta por el balcón con una de sus parejas de baile, Neville entró en el salón por las puertas cristaleras y se unió a un grupo de caballeros jóvenes que, como suele suceder en los bailes, parecían necesitar de la compañía colectiva de los demás para reunir el valor de pedirle a una joven que bailara con ellos. Tuvo la mala fortuna de comentar el hecho de que ninguno estuviera bailando.
- Bueno, tú no te has perdido ni un baile, Nev -dijo su primo Ralph Milne, vizconde de Sterne-, aunque solo has bailado una vez con tu prometida. Mala suerte, compañero, pero supongo que no te está permitido danzar con ella más de una vez, ¿verdad?
- No, por desgracia -admitió Neville, mirando al otro lado del salón hacia donde Lauren estaba de pie junto a su madre, su tía paterna, lady
Elizabeth Wyatt, y el duque y la duquesa de Anburey, todos ellos familia de Neville.
Sir Paul Longford, vecino y amigo de la infancia, no pudo resistirse a una oportunidad tan perfecta para hacer un comentario subido de tono.
- Bueno, ya sabes, Sterne, querido amigo -comentó con su mejor acento-, esto es solo por esta noche. Mañana, Nev danzará solo con su novia toda la noche, aunque no necesariamente en la pista de baile. Lo sé de las mejores fuentes.
Todo el grupo explotó en estridentes carcajadas masculinas, atrayendo una considerable atención.
- Paul ha dado en el blanco, Nev, tienes que reconocerlo -dijo el marqués de Attingsborough, su primo, que sería su padrino al día siguiente.
Neville sonrió, después de fruncir los labios y arreglar la cinta de su monóculo.
- Si dejas que esas palabras lleguen a los oídos de cualquier dama, Paul
-amenazó-, quizá me vea obligado a pedirte que salgamos. Caballeros, divertíos, pero no descuidéis a las damas, por favor.
Se dirigió, lentamente, hacia donde estaba su prometida. Iba vestida con un traje de talle alto, de blonda sobre tafetán de Venecia, de color amarillo narciso, y parecía tan lozana y encantadora como la primavera. Era de verdad una lástima que no pudiera volver a bailar con ella durante el resto de la noche. Pero sería muy raro que no consiguiera arreglar las cosas más a su gusto.
No fue posible de inmediato. Fue necesario sostener una cortés conversación con el señor Calvin Dorsey, un conocido del abuelo de Lauren de mediana edad y modales suaves, quien había venido a solicitarle a Lauren el baile de después de la cena y que se había quedado unos minutos por cortesía. Y luego llegó el duque de Portfrey, pisándole los talones a Dorsey para llevarse a Elizabeth para la próxima danza. Era su amigo y pretendiente desde hacía mucho tiempo. Pero finalmente, Neville vio su oportunidad.
- Fuera más parece ser verano que primavera -comentó, sin dirigirse a nadie en particular-. El jardín de rocas debe de tener un aspecto encantador
a la luz de los faroles. -Le sonrió a Lauren con un deliberado aire nostálgico.
- Humm -dijo ella-. Y la fuente también.
- Supongo que has reservado el siguiente baile con Lauren, ¿verdad, tío Webster?
- Por supuesto que sí -respondió el duque de Anburey, pero le guiñó un ojo a su sobrino por encima de la cabeza de Lauren. No le había pasado por alto la indirecta-. Pero tanto hablar de farolillos y noches de verano me ha hecho entrar ganas de ver los jardines del brazo de Sadie. -Miró a su esposa y movió las cejas-. Si pudiera convencer a alguien para que se encargara de Lauren en mi lugar…
- Si me retorcieras el brazo lo bastante fuerte -dijo Neville- quizá podrías persuadirme de que me encargara yo mismo de la tarea.
Y así fue como, un minuto después, bajaba por las escaleras con su prometida del brazo. Ciertamente, fueron detenidos, por lo menos media docena de veces, por invitados que deseaban felicitarlos por el baile y desearles lo mejor para el día siguiente y los años venideros, pero finalmente llegaron afuera y descendieron por la amplia escalinata de mármol para deleitarse mirando los arco iris creados por la luz de los farolillos en la rociada de agua de la fuente. Se dirigieron lentamente hacia el jardín de rocas.
- Eres un manipulador desvergonzado, Neville -dijo Lauren.
- ¿Y te alegras? -Acercó más la cabeza a la de ella.
Ella lo pensó un momento, con la cabeza ladeada y un hoyuelo delator en la mejilla izquierda.
- Sí-dijo con decisión-. Mucho.
- Recordaremos esta noche -respondió él- como una de las más felices de nuestra vida. -Aspiró la frescura del aire con su ligero sabor a salitre marino. Entrecerró los ojos de forma que las luces de cada farolillo del jardín rocoso se confundieron en un caleidoscopio de color.
- Oh, Neville -exclamó Lauren, apretándole el brazo con la mano-.
¿Alguien tiene derecho a tanta felicidad?
- Sí -le respondió él, en voz baja, al oído-. Tú.
- Pero mira el jardín. Los farolillos hacen que parezca el país de las hadas.
Neville se dispuso a disfrutar de aquella inesperada media hora con ella.
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