Nueva Atlántida

Francis Bacon · Capítulo 1 de 3

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Nueva Atlántida

Introducción

 

La idea de utopía es esencialmente moderna. Damos a la palabra «moderna» un significado de calidad, no de tiempo. Moderno es el hombre que piensa con su cerebro, no por inspiración y autorización de una autoridad religiosa o política. El primer ejemplo de utopía es la República de Platón, pensada y escrita mucho antes de la época que nosotros, por uso de la cronología, llamamos moderna. La República es del siglo IV a. C., y no obstante es moderna porque todo lo que entra en el espíritu griego es moderno, o sea libre de toda autoridad religiosa o política. La mente humana no sólo encuentra su carácter de modernismo, es decir, la facultad de pensar individual e independientemente, más que en el tiempo que nosotros por uso de la cronología denominamos moderno. Entonces, este cambio normal toma otro nombre, más natural, más universal: se llama Humanismo. Pero el significado es el mismo. Humanismo es solamente la dignidad recobrada del hombre, que a su vez es tan sólo la libertad de pensar con el propio cerebro. Esta libertad se encendió por primera vez en Grecia y la iluminó, y no volvió a encenderse en el mundo más que con el Humanismo.

Singular la posición de Grecia… esta isla mental. Mucho antes que ella, detrás de ella, a su alrededor, todo fue distinto: todo fue «teocrático». Sólo ella es humana y tan aislada y solitaria en su sola humanidad que parece una verdadera excepción, como un afortunado error en medio de la triste norma, al acostumbrado vacío.

La mente griega no pierde su carácter excepcional, ni se vuelve natural y común a todos más que en los tiempos modernos. Entonces, se amplía, se propaga, se desenvuelve. Se extiende a toda Europa. Se dilata poco a poco a todo el mundo. Se difunde has ta el cabo extremo de África, de Islandia, de la Pata-gorila. Y si a esta Grecia mayor y universal le toca de vez en cuando el peso y el sacrificio de una guerra médica, no conoce al menos la angustia que precede a Maratón, puesto que tan compenetrada está hoy la mente griega con la vida del hombre, tan arraigada está en todas las partes del Universo, que ya no teme ser nuevamente aplastada.

La utopía vuelve concreto y plástico el anhelo antiquísimo y difuso de una vida mejor. El sentimiento de utopía precede a la misma utopía. Mientras que el hombre está dominado por fuerzas superiores y oscuras, la idea de una vida mejor reside en dos lugares igualmente muy alejados del presente: en los principios del mundo y en los finales de la vida. Así se explican el optimismo, los mitos cosmogónicos y las prefiguraciones de vida más allá de la muerte. Para el hombre dominado por fuerzas superiores y oscuras, la mejor vida fue y será, estando excluido que sea.

Un día la idea de la vida mejor abandona las opuestas y lejanas fronteras de la vida y se sitúa en el presente. Muy pronto el hombre se libera de las fuerzas superiores y oscuras. Esta es la diferencia entre los paraísos terrestres y celestes y la utopía.

La utopía es la forma «presente» de la Edad del Oro, del Edén, del Krita-yuga; es la forma tangible y humana del paraíso. Esto no significa que la vida mejor, aunque sea transferida desde los confines nebulosos del mundo al presente sea más fácil y accesible a todos. Aunque fuese por hechicería, aún se oponen grandes obstáculos todavía al logro de la felicidad. Aunque presente, el país de una vida mejor es utopía, o sea «en ninguna parte».

La utopía no se ciñe a la teoría, sino que intenta la práctica. Tommaso Campanella se propone edificar la Ciudad del Sol sobre una colina de Calabria, Étienne Cabet experimenta en las praderas de Texas la Colonia Icariana. Pero fracasan ambos.

Era a nuestro tiempo al que le tocaba ver la actuación práctica de la utopía.

La utopía es un paraíso que el hombre fabrica por sí mismo, sin ayuda sobrenatural. Hablemos claro. En el concepto teocrático de la vida, el hombre no debe ser feliz en el presente. Tuvo ya la felicidad al principio de los tiempos, volverá a gozarla más allá del tiempo, pero «en el tiempo» se le niega la felicidad. ¿Por qué tan extraña injusticia? ¿Por qué esos oscuros celos? Bajo el régimen teocrático el hombre puede recordar la felicidad, puede esperarla, pero no puede poseerla.

La deducción es sencilla: el que quiere la felicidad debe olvidar la teocracia. Esto hace el Humanismo. Porque el Humanismo también es una forma de felicidad. Es «ante todo» una forma de felicidad «terrenal». La felicidad más elevada, más pura, más orgullosa. La felicidad de sentirse único árbitro de sí mismo. Destino limitado, pero encerrado en nuestro puño.

Dios le pide al hombre facultades de soñador. Dios quiere que el hombre sea poeta. Y de esto surgen situaciones paradójicas. Resulta que los verdaderos divinos somos nosotros que en realidad no somos divinos, si bien vivimos en una condición de divinidad, o sea, más en la fantasía que en la realidad, más en el pasado y en el futuro que en el presente, más en lo que no es que en lo que es.

Bajo el régimen teocrático, el hombre está más inspirado, es más «grande». Dante y Miguel Ángel tienen más prestancia que Charles Darwin y Sigmund Freud.

Hemos reflexionado largamente sobre la grandeza de las obras llenas del «aliento sobrehumano».

¿Es ésta la grandeza del hombre? ¿Acaso es ésta la obra del hombre? ¿Tal vez es éste el destino del hombre?

En lo que respecta a nosotros, hemos hecho nuestra elección: hace tiempo que renunciamos a «aquella» grandeza, sin lamentarlo en absoluto. Lo mismo que nosotros ahora, quizás algún día todos considerarán a «aquella» grandeza como un sueño pueril y monstruoso.

¿Quién comprende esta aproximación? Infancia y monstruosidad se dan la mano y yo no pienso de manera distinta sobre mi infancia, si no es como la época de los monstruos. La vida es una larga lucha contra el monstruo, en los hombres superiores es una lucha iluminada por la victoria.

«Ciudad del Hombre.» La Utopía conserva algunas cualidades de la Ciudad de Dios. Como su inaccesibilidad. Como el pudor que la rodea. Un día, el hombre no se contentó con las promesas y decidió obrar por sí mismo. Pero en esta creación propia, el hombre, por rutina, por emulación, imitó a Dios. En la Utopía hay aún algo sagrado. Algo que no se debe tocar, algo que no se puede alcanzar. ¿Hay algo prohibido en la Utopía?

Un día, el hombre no se contentó con la felicidad recordada, con la felicidad esperada, y quiso conquistar la felicidad presente. La Utopía es el modelo de la felicidad presente. La señal de que es posible la felicidad presente. ¿No basta esto para echar sobre la Utopía la sospecha de herejía?

Es necesario olvidar el significado de algunas palabras, darle vuelta como se gira la piel sobre el cuerpo rosáceo y azulado del cordero. La Utopía es la creación de los hombres prácticos, de los hombres que miran al presente, de los hombres que adoran en el presente al «más potente numen». Aclaremos las cosas: la Utopía no es la creación de los utópicos.

Deseo de todo corazón la edificación de la Utopía. No para mí sino para los demás. ¿Qué felicidad puedo sacar del presente? No veo el presente. No conozco el presente. El presente se me escapa. Que se nos consienta decir, con el máximo respeto, y en un sentido muy distinto: nuestro reino no es de este mundo. Que se nos consienta añadir que si todos los hombres fueran semejantes a nosotros, o sea «hombres sin presente», rivalidades y luchas, todos los dramas, todos los dolores que de ello se derivan, cesarían de repente, porque el campo de batalla del mundo no es el pasado ni el futuro, ni la memoria ni la esperanza, sino el Presente.

En la edificación de las primeras utopías, el hombre conservó parte del «estilo de Dios».

En torno a esta construcción excelentemente humana, ¿por qué esta aura «más que humana»?

Con el paso del tiempo, el divino pudor, como una muralla que rodea a Utopía palidece, aunque no desaparece. Si algunas formas de colectivismo pueden considerarse como colosales utopías en acción, a su alrededor sigue existiendo la muralla del pudor, la muralla de la defensa.

Alberto Savinio

Nueva Atlántida

Redactada en 1624, dos años antes de la muerte de Bacon, y publicada en 1627, la obra es una utopía inspirada en la Ciudad del Sol de Campanella, pero se aparta un tanto de ésta en su concepción teocrática y adquiere un neto corte renacentista: Bacon no se inclina por una especie de socialismo como Campanella, sino más bien por un estado tecnocrático donde las conquistas de la ciencia puedan otorgar la felicidad y la paz. También se aparta de la Ciudad del Sol en su estilo, ya no hay un diálogo seco, sino una búsqueda literaria, una descripción que va más allá de las ideas expuestas. Y también carece de una jerga —la astrológica— que dificulte su lectura, lo cual explica su éxito posterior.

El argumento es simple: una tripulación va camino de China y Japón por la ruta del Mar del Sur, topándose con una isla poblada por cristianos convertidos en su día por san Bartolomé: es Nueva Atlántida, quien acoge a los viajeros provisionalmente.

No abundaremos en su argumento, pero destacaremos que en Nueva Atlántida no hay políticos ni burócratas, ni menos discursos y elecciones. Un ecléctico gobierno de técnicos se ocupa del bienestar de sus súbditos, un concepto ingenuo, cuando hemos visto como los científicos han defraudado repetida y a veces cruelmente las esperanzas depositada en ellos por los humanistas.