Nueve lunas

Gabriela Wiener · Capítulo 1 de 9

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Nueve lunas

2. Enero

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ENERO

 

Ni que la hubiera enterrado en el patio.

FRED WEST, (Broma familiar sobre la desaparición de su hija Heather)

 

Los manuales para embarazadas dicen muchas cosas sobre cómo cuidar tu

alimentación, evitar el tabaco, alejarse del alcohol, hacer ejercicios y luchar

contra las estrías, pero ninguno dice nada acerca de Rotten.com. Ninguna

dice: ¡No te acerques! ¡Peligro! Lo lamentarás. Este site es un archivo de

imágenes y datos macabros. Su especialidad es el horror en sus formas más

insoportables: coprofagia, descuartizamientos, autopsias, suicidios,

ejecuciones, masacres, celebridades muertas… Allí están la foto del supuesto

cadáver de Marilyn Monroe y el ahorcamiento de Sadam Husein. Pero lo más

perturbador son los muertos anónimos. Yo recordaba haberla ojeado con

mucho desagrado hace unos años, pero en los primeros días que siguieron a

las revelaciones del test de embarazo volví a ponerme frente al personaje de la

guadaña que da la bienvenida a la web. No sé si era este cóctel molotov de

hormonas, pero aquella «fantástica aventura llamada embarazo», «la más

ilusionada espera de tu vida», «los nueve meses inolvidables», habían

desatado mi lado más dark. No estaba sola en esto, había oído hablar de

mujeres embarazadas que no podían dejar de imaginar a su niño con

malformaciones. Las acechaban los fantasmas. Cerraban los ojos y lo veían

con alguna deformidad.

Ya en Rotten, me dejé llevar por un link irresistible. Decía: «El último

tabú». Internet puede trasladarte de una sensación a otra abismalmente

diferente en un clic. Estás revisando el correo después de pelar una mandarina

y te das de bruces con una estampa imposible:

Un hombre estaba comiéndose a un bebé.

Un bebé frito.

No sé si el hombre era un criminal, un comensal con costumbres bizarras

o un pésimo bromista con talento para el gore de plastilina, pero engullía a un

pequeño niño dorado en un plato, se comía su pequeño brazo como un ala de

pollo crocante. Se veía demasiado real. Era real. Y esta fue la primera vez que

me sentí una dama. O una persona. O un proyecto de madre con un proyecto

de moral. Y fue la primera vez que vomité como toda una embarazada más

sensible de lo normal.

Pero no vomité a mi hijo. Para eso hubiera tenido que tragármelo primero.

Como Saturno. Ahora que lo pienso, la imagen de Rotten bien podría ser un

homenaje al cuadro de Rubens que está en el Museo del Prado en Madrid. Por

su realismo, es aún peor que el de Goya. En el lienzo, el dios Saturno se come

a uno de sus hijos, un niño rubio y regordete como un querubín. Le desgarra

el pecho de un mordisco. El bebé sangra con rostro de dolor. El mito griego

dice que Saturno devoró a sus hijos porque un oráculo le avisó que iba a

destronarlo. Y así pasó. Zeus se salvó porque su madre, Gea, lo sustituyó por

una piedra que envolvió en pañales. Luego Zeus hizo que Saturno vomitara a

sus hermanos.

Todo ese asunto freudiano del banquete totémico cobraba sentido para mí

en esos momentos: almorzarse al padre es el rito que simboliza la

culminación del deseo de ocupar su lugar a la cabeza de la tribu. El padre

egoísta que quiere para sí mismo todas las hembras expulsa al hijo de la

cueva, este vuelve con sus amigotes, lo mata y lo devora. Supongo que los

hombres primitivos podían permitirse ser caníbales cuando tenían hambre, no

se psicoanalizaban demasiado.

Yo empezaba a ser devorada. No cabía la menor duda. De adentro hacia

fuera. Se había creado el cordón umbilical y a través de él, el escuálido ser iba

nutriéndose de las sustancias químicas que lo harían engordar. Como

consecuencia, había bajado un poco de peso y estaba anémica. Yo era su

desayuno, su comida y su cena. Su menú de diez euros cada día y el banquete

de fin de semana. Tomaba pastillas de hierro y ácido fólico para reforzar los

niveles de hemoglobina. Pero el bebé seguía comiéndose todos mis glóbulos

rojos. Con mis nutrientes se había formado la placenta, una bolsa que lo

protegía, incluso de mí, una especie de sillón mullido donde descansaba

esperando la hora de volverse un feto.

Mi pequeño habitante era en ese instante lo más parecido a un tumor. Sus

células crecían y se multiplicaban rápidamente, penetrando en mis tejidos y

erosionando mis vasos sanguíneos. Era un parásito que vivía a expensas de mí, extrayendo su fuerza y alimento de mi cuerpo. Respiraba de mi oxígeno.

Y yo resoplaba.

 

En tanto el pequeño renacuajo luchaba por aferrarse a la vida, yo pensaba que

nos íbamos directo al descalabro. El futuro de J y el mío pendía de un hilo.

Teníamos dos billetes de avión Barcelona-Madrid-Lima/Lima-Madrid-

Barcelona para fines de febrero. Los habíamos comprado con varios meses de

anticipación, sin saber que se venía la quiebra de la revista. Lo que podría

haber sido un motivo de júbilo, la esperada visita a casa después de dos años

de ausencia, ahora no parecía una buena idea. El proyecto de viaje tenía varias

desventajas. En Lima con seguridad nos gastaríamos buena parte del dinero

que teníamos ahorrado y eso nos dejaría en una situación muy vulnerable a

nuestra retorno, más aún estando desempleados. Al regresar es probable

también que mi barriga hubiera salido del armario y entonces, ¿quién querría

contratar a una embarazada cada vez más gorda y cansada, que muy pronto

tendría que dejar de trabajar por exceso de peso? ¿Qué clase de empresa

querría contratar a una joya así y por tan poco tiempo? Llegaría el día en que

tendría que correr al hospital y desaparecer durante cuatro meses, el tiempo

que dura el permiso de maternidad. Además, ya no podría producir al mismo

ritmo los mismos osados reportajes. Y en determinado momento, lo admití, ya

no podría producir nada. Solo, probablemente, leche. Lo que algunos veían

como una bien encaminada carrera periodística se truncaba y no había manera

de detener la mala racha.

J, por su parte, había empezado a trabajar en el área de telemarketing de

una empresa que ofrecía tarjetas de crédito sin intereses. J no le hacía ascos a

ningún trabajo. Además, nos venía muy bien que siguiera entrando dinero

para no seguir dilapidando. Yo también había echado algunos currículums

pero nadie me había llamado, así que me pasaba todo el día sola en casa. No

tenía ni ganas de escribir porque acababa de terminar el libro sobre los

swingers. Me avergonzaba un poco tener tanto tiempo libre. Pero tampoco me

sobraban energías. Estaba destrozada por las náuseas. Dicen que las náuseas

son una respuesta al agujero negro emocional que supone saber que serás

madre.

A los dos meses de embarazo el bebé está completamente formado. Tiene

una enorme boca, la nariz aplastada y unos ojos todavía sin párpados, abiertos

hacia la oscuridad más insondable. Las guías de «tu bebé mes a mes»

describen con tanta minuciosidad el desarrollo de sus rasgos faciales, de las extremidades, del sistema digestivo y nervioso, que hacia la tarde la piedad

por esos bracitos trazados de venas azules y rojas me embargaba por

completo, tanto como las ganas de abrazar a aquel pobre embrión y tejerle

una bufanda para su inocente colita.

Pero hacia la noche, los pensamientos más oscuros me dominaban. La

gran mayoría de los abortos se realiza en ese momento, en el segundo mes,

cuando su presencia se detecta con claridad: así es muy fácil que el pececillo

caiga en la red. Sus articulaciones todavía tienen la flexibilidad de un

cartílago. Después de los dos meses es muy peligroso, porque los huesos del

bebé se han endurecido y pueden dañar las paredes del útero. Mientras los

manuales me endulzaban, Google seguía aportando el imaginario siniestro

que reclamaba mi estado de ánimo. «Aborto a los dos meses», escribí, y

surgieron fotos que podrían haber aparecido tranquilamente en rotten.com. En

una se veía un brazo diminuto, perfectamente formado, con el espesor de un

mondadientes, arrancado y ensangrentado. La foto estaba evidentemente

trucada. El brazo de un embrión de ocho semanas no puede ser de ese tamaño,

si todo él mide como mucho dos centímetros. Aunque su forma es humana,

para verlo hace falta un microscopio.

El embrión suele activar en la madre una hormona para evitar el rechazo

con el que naturalmente reacciona el cuerpo ante la presencia de un invasor.

Yo intuía que las náuseas eran una reacción de mi organismo ante la presencia

de un objeto extraño no identificado. Como cuando tomas alguna droga y

sientes un poco de náuseas o ganas de ir al baño. Nuestro sistema

inmunológico detecta la presencia del enemigo y lucha por expulsarlo.

Nuestro cuerpo es capaz de los métodos más mortíferos para deshacerse de

los intrusos. Si el futuro bebé al implantarse en el útero no enviara estas ondas

para no ser confundido con un cuerpo extraño, entonces sería destruido por su

propia madre. Pero, al parecer, la madre algunas veces no entiende el idioma

de las hormonas y/o ignora el mensaje. O directamente pulsa la tecla suprimir.

Según los manifiestos antiabortistas, el embrión siente dolor, «se resiste

violentamente antes de ser descuartizado vivo». No puedo evitar sentirme una

asesina en serie. Solo una mujer que ha abortado sabe lo que eso significa. La

reprimenda puede venir de fuera y de una misma. Siempre hay gente

rondando, leyes, curas, preceptos morales, diciéndonos por qué debemos

sufrir o por qué no debemos. ¿Realmente la cuestión es cuándo empieza la

vida, si en la concepción, a la primera semana o a la vigésimo octava, si

empieza cuando es un huevo con ADN o un feto que puede vivir fuera del

útero, cuando es un recién nacido o un niño educado entre los hombres? El escritor Hernán Migoya posteó en su blog que estaba a favor del «aborto

posparto», ahora que todos sus amigos estaban teniendo hijos menos él.

Sostenía que nunca tendría niños porque él era su propio niño: «No soportaría

la idea de que un crío me desplazara en el centro de atención, ya sea de la

ajena, ¡tanto más de la mía propia! No sé en qué coño está pensando la gente

cuando tiene hijos. ¿Tan rápido quieren renunciar a ser el centro de sus

propias vidas? ¿Tantas ganas abrigan de librarse de sí mismos?». Migoya dice

que todos los artistas han sido unos padres horrorosos, unos padres hijos de

puta. ¿Y si el instinto asesino despertara mucho después? ¿Cuántas formas

existen de matar en vida? ¿Quién denuncia estos crímenes?

 

Las mujeres que han abortado viven su propio dolor y luto en silencio. Qué

bueno sería que el arrepentimiento y la culpa y el dolor se pudieran succionar

y echar en un cubo. Pero eso no es posible.

Recordé que J me había hablado de una película de terror de los setenta

que bien podría haber sido producida por alguno de los grupos de fanáticos

antiabortistas. Se llamaba Está vivo y trataba sobre un bebé asesino. La madre

había tomado alguna pastilla abortiva para interrumpir el embarazo, que no

había hecho el efecto esperado. Al contrario, el pequeño ser había mutado en

un monstruo con rostro de marciano y dientes de perro dispuesto a asesinar a

todo el que le saliera al paso. Ni bien es parido, mata a los médicos y sigue

matando hasta ser derrotado al final de la película. Lo sorprendente es que el

personaje de la madre no deja de creer en toda la peli que el bebé puede

rehabilitarse.

Dicen que el amor de madre es a prueba de monstruos. ¿Lo sería el mío?

 

—Vamos a estar bien —me dijo J al volver de su absurdo trabajo de

teleoperador—. Tendremos un bebito solo para nosotros. ¿No te parece

genial?

J había llamado a unos ochenta números telefónicos y colocado solo tres

tarjetas de crédito en todo el día. Era una situación patética.

Esa noche, metidos en la cama, y mientras J acariciaba mi vientre plano,

pensé en las mujeres que mataban a sus hijos para que no sufrieran el

cautiverio, por ejemplo en Sudáfrica. Me pregunté a qué extremos podía

llegar el amor de una madre. ¿Se podía matar hijos por amor, un amor

equivocado, genocida, pero amor al fin?

En la naturaleza el aborto y el abandono de las crías son bastante

habituales. Entre los primates, el infanticidio es común pero el asesino no

suele ser la madre sino un macho celoso nunca emparentado con las crías. El

ser humano, en cambio, es el único primate que mata deliberadamente a sus

hijos. Y las mujeres llevan ventaja sobre los hombres. Somos las responsables

de la mayor parte de crímenes de lactantes y niños.

Una de las madres asesinas con más estilo que ha producido este país en

el que yo llevaba viviendo tres años, y donde probablemente pariría a mi hijo,

se llamaba Aurora Rodríguez. Su historia la había leído por primera vez en un

artículo de Rosa Montero publicado en una revista de fin de semana. Justo

antes de que estallara la Guerra Civil, el caso estremeció a la sociedad

española. A Aurora Rodríguez se le ocurrió que tenía una misión: engendrar

una niña a la que criaría como una mujer superior, capaz de salvar el mundo y

construir la utopía socialista. Aurora se creía Dios y usó para ello a un

colaborador, con el que se acostó solo para concebir a Hildegart, una chica

prodigio que fue instruida desde que usaba pañales, aprendió a hablar en

cinco idiomas en el mismo momento en que aprendía a leer y escribir. A los

once daba conferencias y a los diecisiete ya se había licenciado de abogada y

empezaba la carrera de medicina, todo bajo el opresivo estímulo de su

creadora. Ingresó a las Juventudes Socialistas y se volvió una activista

política, además de una estudiosa de la sexualidad humana. Era una feminista

que enarbolaba la libertad sexual de las mujeres, frecuentaba los círculos de

intelectuales y revolucionarios de la época y se codeaba con H. G. Wells y el

célebre sexólogo Havelock Ellis. Hasta ese momento, sin embargo, Hildegart

no había dejado el domicilio materno, ella y su madre dormían en la misma

habitación, y a Aurora no le gustaba que la chica de 18 años estuviera

tomando las riendas de su destino y, sobre todo, que últimamente se pusiera

unos coquetos pendientes que la hacían verse muy bien. Hildegart estaba

enamorada, quería mudarse y seguir adelante con su vida, echando a perder

los planes que su madre tenía para ella, así que una madrugada Aurora le

disparó varios tiros en la cabeza mientras dormía. Antes de ser internada de

por vida en un psiquiátrico, la madre declaró: «Como una gran artista que

puede destruir su obra si le place, porque un rayo de luz se la muestra

imperfecta, así hice yo con mi hija a quien había plasmado y era mi obra». La

locura total.

«Un bebé solo para nosotros». Las palabras de J. Sí, podía intuir el

tremendo poder que me iba a ser conferido. Dar vida empezaba a producirme

auténtico terror, sobre todo porque, para una madre, dar como quitar están demasiado al alcance de la mano. Un ser absolutamente confiado y frágil

depende de tu buen humor y mejor juicio. Si lo piensas bien, es enloquecedor.

 

Al día siguiente entré a la estación de metro y me encontré con un amigo que

trabaja para una editorial de cómics. Mientras esperábamos el tren hablamos

de las madres asesinas. El tema era lo suficientemente pop para fascinar a mi

amigo. Hablamos de Fred y Rose West, el matrimonio inglés que violó y

asesinó a su hija, y a otras ocho chicas, y que siguió conviviendo con los

cadáveres de todas ellas hasta que la policía los desenterró del patio de su

propia casa.

—¿Has oído hablar del síndrome de Münchhausen?

Mi amigo era uno de esos tipos que siempre sacan a colación un dato

extravagante que resulta muy pertinente en medio de una conversación.

—No…

—Lo vi en House. Los bebés están graves pero los médicos no se explican

por qué. Las sospechas los hacen poner cámaras ocultas en las casas de los

niños y descubren que las madres les están haciendo daño.

—¿Y qué les hacen?

—Dejan de alimentarlos, les inyectan orina o caca a sus hijos, les cambian

los medicamentos para producirles fiebre, vómitos y diarreas.

—¿Les inyectan caca?

—Los médicos descubrieron que las madres sufrían el síndrome de

Münchhausen. Es un desequilibrio mental que las hace actuar con

premeditación, generan síntomas de alguna enfermedad en el bebé para luego

llevarlos a urgencias. Hay niños que han sido operados decenas de veces antes

de que se descubra que la madre tiene la culpa.

—¿Y qué ganan con eso? Las madres, quiero decir…

—En el hospital ponen cara de preocupadas. Fingen ser buenas. Se

quedan al lado de sus hijos. Al parecer les gusta que estén enfermos de algo

inexplicable, las hace sentirse orgullosas. Adoran el dramatismo de la

situación. Quieren llamar la atención enfermizamente. Ponen a sus hijos al

borde de la muerte a veces para salvar sus matrimonios o para parecer

simpáticas a la gente.

El tren llegó a mi estación y me despedí de mi amigo.

—Oye —le grité antes de que la puerta se cerrara—, estoy embarazada.

A lo lejos, pude oírlo reír, con una risa endemoniada como la de Thriller. Eulalia, la comadrona, me había pesado en la primera visita. Estaba

Habíamos hecho bien en tener sexo por la noche, porque en la India dicen

que durante el día «el aliento vital» no habita en el hombre y por consiguiente

solo puede concebir hijos débiles. Otro punto a favor era que los

espermatozoides de mejor calidad que puede producir un hombre a lo largo de

su vida se consiguen alrededor de los treinta años. Eso quería decir que J me

había dado lo mejor de la cosecha de toda una vida.

 

Claro que si él mismo lo llevara en el vientre todo sería distinto. Ya no hace

falta un útero, ni trompas, ni ovarios para llevar un embarazo. A J pronto

podrán abrirle el vientre e implantarle un óvulo fecundado en probeta en la

capa de tejido graso del peritoneo, justo en la zona que rodea los intestinos. A

continuación, a J le inyectarán una dosis hormonal y entonces él será madre y

padre de nuestro hijo. Tan embarazado y tan poco femenino como Thomas

Beattie, el transexual nacido con genitales de mujer que alumbró a una niña

en julio de 2008.

Pero por ahora yo, la de las grandes tetas, sigo siendo la madre. Todo

había ocurrido dentro de mí. Es probable que siguiéramos uno encima del

otro, preguntándonos si había sido satisfactorio o solo regular. Quizá nos

estábamos contando la intensidad de nuestros orgasmos. O a lo mejor ya

estábamos fumándonos un cigarro o preparándonos un sándwich. Y dentro de

mí ocurría esto: en cinco minutos, trescientos millones de espermatozoides

corrieron la maratón y en una hora ya estaban en mis trompas. El 99 por

ciento moría en el intento, sobre todo los imperfectos, liquidados por mi moco

cervical, algo así como un gorila en la puerta de la discoteca anunciando que

se reserva el derecho de admisión. Solo un centenar ha asaltado mi delicioso

óvulo, todavía más selectivo, que al final ha dejado entrar a uno, el más fuerte

e inteligente, claro, que avanza con la cola y se abre paso con su enorme

cabeza llena de información.

Entonces se hizo la vida. Desde ese momento, ya todo está dicho, desde el

color de los ojos hasta el timbre de la voz y el ancho de la sonrisa. Poco

después el huevo estaba alojado en mi útero y en cuatro semanas se convertía

en embrión. Esas eran las imágenes microscópicas. En la superficie estaba yo,

disfrutando del primer mes de mi vida de adulta sin regla, cortesía de mi

embrión.

comenzando el embarazo con 62 kilos. No era flaca, precisamente. Lo normal

sería subir entre 9 y 12 kilos. Me temí lo peor. Nunca me había sentido tan

animal, era capaz de detectar con renovada intensidad los olores y sabores,

algunos que antes me gustaban ahora me intoxicaban y otros que antes me

desagradaban resultaban gloriosos.

Leído en un cuadernillo hospitalario: «A los dos meses de embarazo, las

transformaciones que estará sufriendo exigen una pizca de prudencia de su

parte, la lenta maduración de esta idea: formar un niño en cuerpo y psique (o

alma) exige disponibilidad, disposición y prudencia».

 

Tenía dieciséis años y estaba enamorada. No podíamos ir a hostales porque yo

me veía demasiado joven. Así que improvisábamos una cama con mantas

sobre el frío suelo del entrepiso de un edificio vecino. Llevábamos vino en

tetrabrik y porros. Era suficiente.

La primera vez que hice el amor sangré. No sé qué hace a una mujer

sangrar y a otras no. Pero he oído a chicas contar con mucho orgullo que no

sangraron. ¿Un reclamo feminista para quitarle peso al «desfloramiento»? ¿Le

daba yo demasiado peso a lo vaginal? En realidad, por distraída más que por

cualquier otra cosa, descubrí el clítoris bastante tarde y me pasé la mitad de

mi niñez metiéndome cosas al coño. A mí, lo siento, pero me conmovió el

rastro del himen que por más que me esforcé no logré romper yo misma. Él

pintaba. Quizá si no se hubiera enganchado tan terriblemente a las drogas

podría haber sido un buen ilustrador. A él le gustaba dibujar y por eso manchó

su dedo con mi sangre y trazó la inicial de su nombre en la pared como si

firmara un cuadro. Un gesto que de tan retrógrado era hasta encantador.

Muchos meses después peregrinábamos al lugar en que perdí mi inútil

virginidad para ver si sus créditos seguían ahí. Y seguían, aunque cada vez

más descoloridos. Cuando conté esa historia de graffitis sangrientos a mis

amigas de la universidad, casi me linchan.

Vivíamos muy cerca al Instituto Peruano de Paternidad Responsable.

Comenzamos a frecuentarlo porque mi vida sexual no había hecho más que

empezar y no me parecía de buen gusto ir al ginecólogo con mi madre a que

me viesen la cistitis o los hongos que me brotaban una y otra vez. Creo que

nunca como en esa época fui tan irresponsable. Acudía al centro, hablaba con

los psicólogos y consejeros para jóvenes, me dejaba revisar por los médicos, probaba nuevos métodos anticonceptivos. Me regalaban tiras y tiras de

condones, pero nunca los usábamos.

Hasta que sucedió. Mi novio se lo contó a su mamá y ella nos llevó donde

un doctor que tenía un consultorio en el último piso de un edificio en San

Isidro, un barrio pijo de Lima. Me tendí en la camilla y me durmieron. No

sentí nada. Yo, que era una niña muy frívola —nunca tanto como una

conocida de la universidad que había confesado habérsela mamado a su chico

en un consultorio como este, justo después de abortar—, le pedí que me

mostrara lo que había extraído y el médico me contestó secamente que no

había nada que ver, que solo era una «bola de sangre».

—Aun así quiero verlo, rogué.

El médico se hizo a un lado y apareció ante mis ojos una mujer muy

similar a la Kathy Bates de Misery, era la enfermera, que llevaba una botella

que parecía de vino. Mi ánimo de quinceañera era curioso y festivo. Me sentía

importante y con ganas de ser mimada, como cuando te sacan las amígdalas.

Me dijo que ese día no comiera nada picante pero mi mamá, que no sabía

nada, me dio anticuchos con ají por la noche y, como me encantan, me los

comí. No pasó nada. No sentí nada. Se lo conté a mis amigas como una

anécdota más de mi vida: me vino la regla, me depilé las piernas, tuve un

aborto. Lo contaba porque me gustaba ver sus caras expectantes.

Lo único que quedó de aquella experiencia fue un poema. Le puse como

título «Parto»:

 

¿Me van a hacer una herida

nos van a hacer una herida

te voy a hacer una herida

me voy a hacer una herida?

 

parto, fugo

 

doy a luz

la sombra más negra de la noche

 

cierro los ojos

cierra tú también los ojos

 

se que tú, tú

exactamente tú

no volverás

 

mis pechos aún calientes

se miran extraños y absurdamente enormes

 

me parten, Bola de Sangre,

cómo lanzarte del agua al gran vacío

partes

silueta

cabezón

Bola de sangre

partes y estoy demasiado sola

 

La segunda vez que quedé embarazada no fue por descuido, lo planeamos

meticulosamente. En esa época nos veíamos a escondidas. Mi familia me

había prohibido verlo para protegerme. Fue en el peor momento de su

adicción a las drogas. Yo ya era mayor de edad, así que me planté ante mis

padres y les dije que iba a tener un hijo, que él se alejaría de las drogas y

seríamos felices. Mi madre me dijo que tenía que abortar. Me explicó

llorando que era por mi bien, que no cometiera la tontería de tener un hijo a

mi edad y «con un adicto». Pero a mí no me interesaba ser razonable. Yo solo

quería que mi historia de amor continuara y un bebé podía ayudarme a

cumplir ese sueño. Me encerré en mi cuarto, me tiré en la cama a llorar hasta

que me dormí. Cuando desperté escuché la voz de mi papá. También estaba

llorando y me susurraba algo, seguro creía que aún dormía, me rogaba que no

lo tuviera y me pedía perdón. Al final, les dije que lo haría. No soportaba ver

sus caras de dolor. Aunque lo que realmente me decidió fue una llamada del

padre de la criatura informándome que se internaba en un centro de

rehabilitación en ese mismo momento, que yo lo esperara con nuestro hijo,

que cuando saliera seríamos felices. La intención era buena pero yo hubiera

querido que me dijera que tenía dos billetes de avión para México.

Mis padres me llevaron a otro siniestro edificio, esta vez en el

clasemediero barrio de Jesús María, el médico era de alguna ONG y amigo de

mis padres. A punto de empezar el legrado, me dio una pena inmensa y aullé

de dolor. Estaba despierta. Le dije al médico que no podía hacerlo. La

enfermera, una completa extraña, me abrazó por pura compasión. Todo, sin

embargo, iba a consumarse en los próximos minutos. La succión me produjo

un enorme dolor y grité. Pensé que era notorio que el bebé y yo no queríamos

separarnos. El médico me dijo: «No grites, que el aborto es ilegal en este país

y los vecinos pueden quejarse de los gritos». Sorbí mis lágrimas en silencio,

aguantando la pena, aguantando el asco y la sensación de que si bien no era

una como una violación, seguro se parecía mucho.

Al salir, tiritaba de frío. Mi estado era de completo desconsuelo. Mis

padres me sostuvieron, me llevaron a casa y me cuidaron como si otra vez me

hubiera dado sarampión. Yo me dejé cuidar. No había nada que hacer. El mío

era un amor desahuciado. Y este, un segundo intento fallido.

Me prometí a mí misma que nunca más tendría un aborto. Dos ya eran un

récord suficiente para mis dieciocho años. Por lo visto, ya había hecho uso de

mi derecho de mujer emancipada y dueña de mi cuerpo, aunque tuviera la

impresión de haber hecho todo lo contrario.

Pero cuatro años después volví a quedar embarazada.

Y del chico que hizo que olvidara a mi primer amor, de hecho del chico

que hizo que olvidara lo que era el amor. Aquella vez quien me llevó a

abortar fue él. ¿Por qué siempre hay alguien más inteligente que yo que me

arrastra al camal? Supongo que nadie va a esos sitios por las buenas, creo.

Días antes me había roto la nariz de un puñetazo. Yo lo había sometido a

largas sesiones de violencia psicológica e infidelidades sistemáticas que, en

mi cosmovisión, eran maneras de vengar su incapacidad para hacerme el

amor después de la guerra. Me odiaba y yo lo odiaba a él, para qué íbamos a

tener un hijo. Que el resto de nosotros también se fuera por las cañerías. Fue

una excelente iniciativa de su parte que aplaudí solo mucho después.

Alguna vez me pregunté si en el futuro podría tener hijos, si alguna parte

de mí no habría sufrido un daño irreparable. Como no creo en el infierno, si

hubiera sido cierto, ese sería —pensé— un castigo a mi medida.

 

Dicen que hay hijos que llevan el matricidio en su corazón durante toda la

vida. Algunos lo hacen realidad y otros no.

Como cada mañana estaba leyendo la prensa peruana en Internet y

descubrí una noticia: «Giuliana Llamoja Hilares, una joven de 18 años,

asesinó salvajemente a su madre la noche del sábado luego de una agria

discusión en su casa de San Juan de Miraflores. María del Carmen Hilares

Martínez (47) murió desangrada luego de recibir 65 puñaladas en el cuerpo».

Giuliana se estaba probando ropa y bajó a mirarse al espejo grande de la

sala. Su madre llegó y le llamó la atención por algo. Entonces, Giuliana la

apuñaló 65 veces. Dijo que su madre la atacó primero.

En la época en que perdí mi virginidad usaba unos polvos faciales Angel

Face para disimular las típicas imperfecciones en el rostro de una

quinceañera. A mi madre no le gustaba verme así. De hecho, el maquillaje le

daba a mi piel una claridad forzada, pero yo estaba segura de que me veía

bien. Las adolescentes nos miramos en el espejo de la madrastra, no de la

madre. Pero ella no tenía por qué entender eso, habían pasado muchos años

desde su adolescencia, le irritaba la manera en que una chica de mi edad

busca atenuantes para sus inseguridades físicas. Una tarde me senté a la mesa y mi mamá me dijo que tenía cara de payasa. No vi venir el golpe. Corrí a

encerrarme al baño. Las lágrimas corrieron por mi máscara. Podría haberle

clavado el cuchillo de la mantequilla en el corazón, pero en cambio lancé el

estuche de polvos faciales por la ventana del décimo piso donde vivíamos.

Cuando se es joven las madres son un terrible estorbo para nuestros

planes. Su amor es un arma arrojadiza.